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martes, 8 de noviembre de 2022

Richard Davidson: La meditación es como el deporte, así como hay muchos tipos de deportes, hay muchos tipos de meditación



Imagen tomada de La Tercera.




Resiliencia y Cerebro: Un entrevista a Richard Davidson



Por Sam Mowe.

Durante su presentación del Instituto de Investigación de Mind & Life en el Instituto Garrison, el neurocientífico Richard Davidson presentó la neurociencia del miedo y la ansiedad. Compartió nuevos hallazgos que sugieren que el mindfulness o Atención Plena y otras prácticas contemplativas pueden tener  un gran impacto en la recuperación de estímulos detonantes de temor. Antes de su presentación, hablamos con él acerca de su investigación reciente.

¿Nos puede compartir un poco de su trabajo acerca de la resiliencia y el cerebro?

Parafraseando una famosa calcomanía del parachoques, todo sabemos que “las cosas pasan”. Todos estamos sujetos a la adversidad. Y una de las claves para la resiliencia sino es que la más importante es la rapidez con la cual nos podemos recuperar de la adversidad. Estamos particularmente interesados en formas de medir la habilidad de recuperación en el cerebro al indagar en circuitos neurales específicos.

Partiendo de ahí nos preguntamos si diferentes prácticas de meditación podrían modular ese mecanismo neural específico. Presentaré algunos datos en mi presentación hoy, que aún no se han publicado, que muestra que formas particulares de meditación pueden acelerar la recuperación con la que respondemos a los eventos adversos y que esa rapidez de recuperación también predice cómo respondemos al dolor. También predice algunos rasgos emociones negativos. Si te recuperas con mayor rapidez, estás menos ansiosa(o) y neurótica(o).


Cuando hablas de rapidez de recuperación ¿a qué periodo de tiempo te refieres?

Una de las cosas geniales de eso es que la escala de tiempo que usamos para medir es en segundos. Sin embargo, resulta que esa escala de tiempo predice la recuperación en minutos u horas. Más adelante presentaré datos de otro estudio en el que notamos la relación entre el tiempo en segundos en el scanner MRI y pedimos a los participantes usaran sus teléfonos inteligentes y nosotros hicimos un muestreo de la experiencia. Resulta que la escala de tiempo corta que medimos en el laboratorio predice la escala más grande que medimos.

¿Están midiendo la recuperación de experiencia traumáticas mayores, por ejemplo, la pérdida de un ser querido o experiencias traumáticas de menor impacto, como “Oh, derrame café en mi laptop”?


Bueno, en el laboratorio no podemos crear una experiencia traumática mayor de forma que usamos el dolor. Hemos encontrado de personas que han practica la meditación durante mucho tiempo responden diferente al dolor físico, se recuperan del dolor más rápido. De hecho, ellos muestran una mayor respuesta en áreas particulares de la matriz del dolor, es decir, no es que el dolor sea menor… sin embargo, es en el tiempo de recuperación, una vez que el dolor se va, cuando regresan directamente a su línea base. A diferencia de personas sin entrenamiento en estas prácticas quienes mantienen su respuesta

[no regresan a su línea base tan pronto], es como si se mantuvieran rumiando sobre lo dolorosa que fue la experiencia.

¿Hay evidencia de que la meditación ayude con eventos traumáticos del pasado? ¿O sólo han podido estudiar traumas recientes que ocurren en el laboratorio?

Esta es una pregunta completamente diferente. No me gustaría asegurar que la información que estamos recopilando sobre la resiliencia, en términos de rapidez de recuperación, va a ser necesariamente relevante para las experiencias traumáticas. Hemos estado realizado trabajo con el desorden de estrés post-traumático en veteranos. Pero esa es harina de otro costal que requiere diferentes conceptos.

¿Qué tipo de meditaciones están realizando estos practicantes?

Principalmente, estamos indagando sobre prácticas de mindfulness y compasión. Y en términos de la medida específica de recuperación de estímulos emocionales negativos, la práctica de mindfulness o Atención Plena muestra mayor relación. Aunque también podemos ver algunos efectos con la práctica de compasión. Y siempre tenemos un tercer tipo de práctica que usamos para comparar, que es una de concentración.

¿Hay otras prácticas contemplativas que puedan ser estudiadas en el futuro?

Sí, hay muchos tipos de prácticas que son diseñadas para diferentes tipos de personas. Suelo decirles a las personas que la palabra meditación es como la palabra deporte, es decir, hay muchos tipos de deportes que pueden practicarse… y lo mismo pasa con la meditación.

Artículo Original:






Aprender a gestionar nuestras emociones




viernes, 9 de agosto de 2013

Mundos interiores: Aprender a leer aumenta literalmente la materia gris en las áreas fonológicas del córtex cerebral



Células de neuroblastoma I diferenciándose en cultivo (Wittmann), University of California (UCSF), San Francisco, de la exposición 'Paisajes neuronales'.








JAVIER SAMPEDRO           


14 JUL 2012 




Una buena forma, no sé si por metafórica o por todo lo contrario, de capturar el problema central de la neurología de la mente, y quién sabe si hasta de su filosofía, es reflexionar un rato sobre el cubo de Necker.  Mételo en Google Imágenes si no sabes lo que es. Lo mismo valdrían la joven y la vieja de Dalí, el pato que parece un conejo o esa vasija que también son dos caras de perfil, pero el cubo de Necker es seguramente la forma más simple y estilizada de esta paradoja sobre la percepción, la voluntad y la consciencia.



El cubo de Necker tiene dos posibles interpretaciones: un cubo visto desde arriba o desde abajo. Es condenadamente difícil ver las dos a la vez. Tú sabes que están allí, pero cuando miras el dibujo solo ves una de ellas, generalmente la vista desde arriba. Pero basta que mires el dibujo un buen rato para que el cubo flipe a su otra interpretación. Como sucede con la joven y la vieja, o con la vasija y los perfiles, la información que te entra desde los ojos es siempre la misma, pero alguna parte de tu cerebro —eso que tú llamas yo— está oscilando entre dos percepciones, entre dos estados de consciencia. Más aún: con un poco de práctica,  puedes dar una orden voluntaria a tu córtex visual para que te presente una imagen o la otra. ¿Qué quiere decir esto?

RELATIVIDAD. Maurits Cornelis Escher


Nuestro cuerpo está representado en dos tiras verticales de cerebro, un poco por encima de cada oreja. Es el famoso homúnculo somatosensorial, esa figurilla deforme y horripilante de enorme boca y grandes manazas, en justa proporción a las zonas de la piel que le mandan más información sobre lo que tocan: sobre su textura y su temperatura, sobre su forma, también sobre su capacidad para hacer daño. Como nuestro cuerpo es un objeto situado en el mundo físico, y como su geometría es coherente con las coordenadas del entorno —un delante, un detrás, dos lados con la simetría familiar de los espejos—, el homúnculo somatosensorial es en realidad un mapa del mundo. Representa la realidad tal y como la percibe el sentido del tacto, nuestro contacto físico con las cosas.



Nuestra mente es en parte una colección de mapas interiores de ese tipo, aunque muchos no posean una topografía tan evidente como la del homúnculo, ni tan desagradable de observar. Lo primero que hace el córtex auditivo —tampoco muy lejos de las orejas, ni del homúnculo que representa nuestro cuerpo— con la masa sonora que le llega del mundo exterior a cada instante es clasificarla por sus frecuencias acústicas: como notas en la escala musical, casi literalmente. En el córtex visual, allí atrás en la nuca, los homólogos de las notas musicales son las inclinaciones de las fronteras entre la luz y la sombra.

Zonas del cuerpo, notas en la escala, secuencias ordenadas de ángulos, series de fonemas: mapas de los distintos ejes del mundo.


Aprender a leer aumenta literalmente la materia gris en las áreas fonológicas del córtex cerebral

Puesto que, redondeando un poco, esos mapas encarnan toda la información que recibimos del mundo, se sigue forzosamente que el contenido de nuestra mente —las imágenes y las imaginaciones, el ruido de un motor que se acerca y la comprensión de la estructura de una sonata, la jerigonza absurda de un bebé y el verso profundo de un poeta— son elaboraciones internas del córtex cerebral, resultados de un proceso en gran medida inconsciente que va interpretando los datos crudos del mundo, extrayendo sus pautas e integrándolos en una geometría coherente: una que sea compatible con el mundo, pero también con lo que ya habíamos aprendido del mundo, de sus regularidades, de sus correlaciones, de sus patrones arquitectónicos.


Lo que tienen en común todos esos procesos, por todo lo que conocen hoy las neurociencias, es un mecanismo de abstracción progresiva. Los fonemas se abstraen en sílabas, raíces y sufijos, luego en nombres y verbos, después en oraciones simples que valen por un nombre o por un verbo dentro de una frase compuesta de mayor jerarquía. Parece el trabajo de un gramático, pero también es la operación estándar de nuestro córtex. Lo es de nuestro córtex lingüístico, una de las adquisiciones más importantes de la evolución de los homínidos, pero también del resto del córtex, que es un logro evolutivo muy anterior al lenguaje. Anterior en cientos de millones de años, por ponerle una datación conservadora. Porque lo que llamamos ver se basa en un proceso similar.

La visión empieza, como vimos antes, con una secuencia ordenada de las inclinaciones que muestran las fronteras entre la luz y la sombra. Esa clasificación ocurre en la región más primaria del cerebro visual, que se llama, no muy inspiradamente, V1. Las unidades funcionales del córtex, o al menos del córtex visual, se llaman columnas y tienen el tamaño de una mina rota de uno de esos lápices recargables. Imagina miles de ellas apiladas como vasos de tubo en una bandeja.

En V1, una columna se activa en respuesta a las fronteras horizontales, la de al lado en respuesta a las ligeramente inclinadas, la siguiente a las que están inclinadas un poco más, y así hasta una docena de columnas que completan el reloj. Como vimos, esta es la información elemental con la que las áreas visuales superiores generan sus modelos de las formas geométricas y de los objetos tridimensionales.



En su viaje hacia arriba (literalmente, desde la nuca hacia lo alto de la cabeza), la información se va haciendo cada vez más abstracta, paso a paso y de un modo automático. A cierta altura de esa escalera hacia lo abstracto, las columnas ya no responden a un tipo de objeto tridimensional visto en cierta orientación, sino a un tipo de objeto visto en cualquier orientación. Imagina una forma más o menos cúbica, como un edificio. Todas las orientaciones de esa forma cúbica tienden a formar una secuencia en nuestra experiencia (como al dar la vuelta al edificio). La siguiente área del córtex visual aprende esa secuencia como un todo. Así nace un concepto abstracto (cubo, aprenderá luego el niño en su clase de geometría).


Más arriba en esa jerarquía hay pequeños grupos de neuronas que significan Bill Clinton o Halle Berry, por citar dos ejemplos reales descubiertos por Christof Koch, un neurocientífico de Caltech (el instituto tecnológico de California). El reconocimiento de las letras y las palabras es otra de estas funciones de alto nivel.


Al igual que ocurría con el córtex lingüístico, las áreas visuales del cerebro forman una serie jerárquica. La primera área recibe de la retina un vulgar informe de luces y sombras (fonemas, notas musicales), pero entrega un mapa ordenado de las inclinaciones de esas fronteras (sílabas, intervalos musicales); la siguiente recibe esas líneas y entrega polígonos (palabras, acordes), que la otra convierte en formas tridimensionales, luego en conceptos geométricos abstractos, y dejo aquí los paréntesis al lector.

La teoría actual más radical sobre la neurobiología de la mente propone extrapolar ese mecanismo jerárquico de abstracción progresiva a todo el córtex cerebral. Incluidas las regiones más anteriores, o más próximas a la frente, que son las que han crecido más desproporcionadamente durante la evolución de los homínidos: las que más nos diferencian de un chimpancé, o de un australopiteco. Y que es donde un siglo de neurología ha situado nuestras más altas funciones mentales, como la autoconsciencia, la interacción social y los juicios éticos.

Pero, según la teoría radical, la única diferencia esencial entre las distintas áreas del córtex es la información que llega de abajo. Si le llegan superficies, genera objetos tridimensionales; si notas, genera melodías; si fonemas, genera sílabas; si nombres y verbos, genera frases. Ya ves la idea general. ¿Alguna propuesta para generar una metáfora? ¿O una teoría científica? Recuerda que también esas son funciones del cerebro, o al menos de algunos cerebros.

¿Qué dice todo esto sobre la naturaleza innata o aprendida de las facultades mentales? No gran cosa, en realidad. La capacidad del lenguaje, por ejemplo, es en gran parte innata en nuestra especie. Hay un “órgano mental del lenguaje”, como predijo Chomsky a mediados del siglo XX. Pero ¿qué pasa con la escritura y la lectura? La capacidad innata del lenguaje no evolucionó asociada a la visión, sino al oído. Hasta hace 5.000 años todo el lenguaje era hablado, y ese es un lapso demasiado fugaz para que la evolución invente un “órgano mental de la lectura”. Y sin embargo, los niños aprenden a leer de todos modos.

Las evidencias experimentales muestran que el aprendizaje de la lectura refuerza las conexiones entre la información visual —la percepción de la forma de las letras y de las palabras— con un dispositivo cerebral preexistente que maneja la sintaxis y la semántica, pero que estaba dedicado a analizar sonidos, no imágenes. Aprender a leer aumenta literalmente la materia gris en las áreas fonológicas del córtex cerebral.

¿Y dónde está el cubo de Necker? ¿Ahí fuera en el mundo físico? ¿O tan solo dentro de tu mente cansada? Vaya, eso es otro cubo de Necker.




Tomado de El País


domingo, 9 de junio de 2013

Esto lo explica todo: El cerebro humano está encogiendo




Estimados Amigos


¿Será posible que el motivo de tanta metedura de pata del ser humano en el siglo pasado y en este que apenas comienza se deba a la reducción del tamaño de nuestro cerebro?

Para saber la respuesta deberán leer la nota. Esperamos la disfruten.


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El cerebro humano ha reducido su tamaño en los últimos 30.000 años. Concretamente, las últimas mediciones revelan que el volumen medio del cerebro del Homo sapiens en este periodo ha disminuido un 10%, es decir, de 1.500 a 1.359 centímetros cúbicos, el equivalente de una pelota de tenis. El fenómeno intriga a los antropólogos, que en su mayoría lo valoran como un efecto de la evolución hacia sociedades más complejas. Según las últimas mediciones, la reducción del tamaño del cerebro se podría explicar en la medida en que cuanto más músculo, más materia gris hace falta para controlar un cuerpo. El hombre de Neandertal, desaparecido hace 30.000 años, era más corpulento y tenía un cerebro mayor. El hombre de Cromagnon, que hizo las pinturas rupestres de la gruta de Lascaux (Francia) 17.000 años atrás, era el Homo sapiens dotado del cerebro más grande, pero también era más fuerte que sus actuales descendientes. "Esos rasgos eran necesarios para sobrevivir en un entorno hostil", explica David Geary, profesor de psicología en la Universidad de Missouri y autor de varios trabajos sobre el desarrollo del cerebro humano a lo largo de la evolución


Partiendo de esa constatación, este investigador ha estudiadola evolución del tamaño del cráneo entre hace 1,9 millones de años y 10.000 años, a medida que nuestros ancestros fueron viviendo en un entorno social más complejo. Geary parte del principio de que cuanto mayor es la concentración humana, más intercambios hay entre los grupos, mayor es la división del trabajo y más ricas y variadas son las interacciones entre los individuos. También ha constatado que el tamaño del cerebro disminuye cuando la densidad de población aumenta. "Con la emergencia de sociedades más complejas, el cerebro humano se ha empequeñecido porque los individuos ya no necesitan ser tan inteligentes para sobrevivir; los demás los ayudan", ha explicado a la agencia AFP.

Esta reducción del cerebro no significa que los hombres modernos tengan menos capacidades intelectuales que sus ancestros, sino que han desarrollado formas de inteligencia más sofisticadas, aclara Brian Hare, profesor adjunto de antropología en la Universidad Duke, en Carolina del Norte. Según él, existe un paralelismo similar entre los animales domesticados y los salvajes. Así, el perro-lobo tiene un cerebro más pequeño que el del lobo, pero es más inteligente y sofisticado, porque comprende los gestos de comunicación de los hombres. Lo que demuestra que "no hay correlación estrecha entre el tamaño del cerebro y el cociente intelectual", que se define sobre todo por la capacidad de inducir y crear, añade Hare. 

Elena Sanz

Tomado de Muy Interesante



24/06/2024