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lunes, 22 de julio de 2013

Daína Chaviano: "La noveleta proporciona el espacio justo para dibujar un universo semejante al de la novela"









"La noveleta proporciona el espacio justo para dibujar un universo semejante al de la novela"

Noveleta: el género olvidado; por Daína Chaviano






Hace años, cuando vivía en Cuba, leí una antología titulada 10 noveletas famosas, con selección y prólogo del desaparecido escritor Antonio Benítez Rojo. Era parte de una serie de volúmenes publicados por el Instituto Cubano del Libro durante las décadas de 1960 y 1970, entre los que se encontraban verdaderas joyas: Cuentos fantásticos (selección y prólogo de Rogelio Llopis), Cuentos de ciencia ficción (selección y prólogo de Oscar Hurtado), Cuentos norteamericanos, Cuentos ingleses  y Cuentos de horror y de misterio (estos tres con selección y prólogo de José Rodríguez Feo), y otros similares. Nunca he vuelto a encontrar antologías con estos temas que las superen. No por gusto se encuentran entre los libros que rescaté (y aún conservo) de mi perdida biblioteca en Cuba.


El volumen con aquellas diez noveletas fue una revelación. Allí descubrí joyas como “La soledad del corredor de fondo”, de Alan Sillitoe, “La muerte de Iván Ilich”, de León Tolstoi, “La última niebla”, de María Luisa Bombal, “Nada menos que todo un hombre, de Miguel  de Unamuno, “La historia de Shunkin”, de Junichiro Tanizaki, “Duelo”, de Joao Guimaraes Rosa,  y esa maravilla que es “El tigre de Tracy”, de William Saroyan, un texto del cual me enamoré perdidamente con una pasión que no ha menguado con el tiempo.


Esas lecturas me revelaron la existencia de un género del cual sabía poco. Me dediqué a buscar ―y encontré― nuevas muestras de él, a veces publicadas de manera independiente; otras, como parte de antologías de relatos. Nunca me defraudaron. Por el contrario, parecía como si su extensión fuera la idónea para narrar. Y es que, por su longitud peculiar, la noveleta incluye lo mejor del cuento y la novela. Por un lado, permite adentrarse en la psicología de los personajes de una manera que el cuento, por su brevedad, no admite. Los personajes deben ser descritos con pinceladas rápidas y escuetas; no hay posibilidades de redondear aristas o arrojar más luz sobre rincones apenas esbozados. Por otro lado, la noveleta proporciona el espacio justo para dibujar un universo semejante al de la novela. Su brevedad con respecto a la novela puede ser también una bendición, porque la trama se ve obligada a prescindir de divagaciones.


La literatura es un oficio lleno de obstáculos. No se trata solo de llegar al medio editorial, sino de conseguir esa novela impecablemente escrita, con ideas interesantes y personajes bien trabajados. En este sentido, la noveleta es un excelente ejercicio de aprendizaje. Siempre recomiendo a los narradores jóvenes que comiencen escribiendo cuentos, innumerables cuentos. Con el tiempo, pueden intentar relatos más largos que los lleven a la noveleta. Aunque no todos los grandes novelistas han escrito noveletas, muchos grandes clásicos sí lo han hecho. En el caso de los escritores noveles, es un paso que no deberían pasar por alto antes de llegar a la novela con una práctica considerable en el manejo de tramas, subtramas y personajes. Por supuesto, no es imprescindible haber escrito noveletas para convertirse en un buen novelista. Pero al igual que en otras profesiones –artísticas o científicas–, más vale ir escalando poco a poco en complejidad y pericia. Quien intente comenzar con una novela  sin antes haber experimentado con textos de complejidad y longitud menores, tendrá más posibilidades de fracasar.


Lamentablemente, he tropezado con escritores, editores y críticos literarios que aseguran que la noveleta, como género, no existe; que eso que llaman noveleta es sencillamente una novela corta. Sin embargo, la academia anglosajona tiene muy bien delimitado su concepto, distinguiendo ―tanto en la crítica literaria como en el mundo editorial y hasta en los diccionarios― que existen el cuento (short story), la noveleta (novelette), la novela corta (novella) y la novela (novel). Incluso hay premios literarios que distinguen categorías diferentes para estos cuatro géneros.


Creo que es necesario emplear el término noveleta para nombrar textos de cierta extensión. Es absurdo llamarle cuento a un texto de 80 páginas, también es ridículo catalogarlo como novela, y es obvio que tampoco se trata de una novela corta. Grosso modo, un cuento puede tener hasta 50 páginas ―contando las cuartillas escritas a doble espacio. Una noveleta oscila entre 60 y 80 páginas. Y una novela corta, entre 90 y 130 páginas. De ahí en adelante, ya puede hablarse de novela.

Pero la peor injusticia contra el género no proviene de los editores ni de los críticos que niegan su existencia, sino de los filólogos. Y digo esto porque la Real Academia de la Lengua Española ha ignorado el término una y otra vez. Dicho de otro modo, la palabra noveleta no aparece en el diccionario oficial de nuestra lengua, aunque ya ha anunciado que aceptará palabras como jetlag, baby-sitter, friki, espanglish, chatear, blog, bloguero, tableta (en el sentido de dispositivo electrónico portátil), y otras menos necesarias como anticrisis, cartelería, euroescepticismo, billonario (por influencia del inglés, aunque ya existía multimillonario) y hasta la insólita e inadmisible okupar (como si ocupar no fuera ya suficiente). Con semejante carencia idiomática, no es de extrañar que muchos autores noveles ni siquiera consideren la posibilidad de ejercitarse en un género que han cultivado tantos clásicos de las letras. Es una verdadera pena.

Tomado del blog de Daína Chaviano



 


miércoles, 10 de noviembre de 2010

Los mundos de Daína Chaviano

(donde todas las posibilidades son reales)





Estimados Amigos

Hoy compartimos con ustedes este texto sobre la escritora cubana Daína Chaviano, rescatado de la revista Glamour en español.

Deseamos disfruten de la entrada.


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Hay un mundo que corre paralelo al nuestro. En él, los más triviales sucesos adquieren un sentido mágico....como de universo seducido. Detrás -hilando las finas hebras de la escritura, o recogiendo el agua de la llovizna del siglo- una mujer delgada, de edad imprecisa y cabello lacio, construye con la penitencia de una Penélope moderna las fábulas o las historias de su imaginación. "La Habana es un mito, un sueño lejano", dice con nostalgia. "Mis padres, mis hermanos, una  infancia llena de libros, una familia enorme y risueña con muchos primos, los rincones misteriosos en la casa de mi abuela materna, la finca de mis abuelos donde exploraba los naranjales y trataba de atrapar los colibríes que se acercaban a la enredadera del portal... La Habana es otra vida, una ciudad que nunca recuperaré. Es el lugar donde nací y crecí, un mundo perdido para siempre. Aunque algún día vuelva a caminar por sus calles, La Habana que conocí habrá muerto. Es una ciudad que sólo existirá en mi recuerdo". Esta urbe costera que ha sido la obsesión de tiranos y escritores es la patria de Daína Chaviano. Allí comenzó a darle vida a ese universo de ficción y realidad que la ha convertido en una de las autoras más importantes de Hispanoamérica. Esta ciudad es también el escenario de su ciclo de literatura La Habana Oculta (con las novelas El hombre, la hembra y el hambre, Planeta, 1998, Premio Azorín de novela; Casa de Juegos, Planeta, 1999, y Gata Encerrada, Planeta, 2001).

Conocí la obra de Daína hace veinte años, cuando siendo una adolescente publicó su primer libro de relatos. Los mundos que amo (1980) que se convirtió en un best-seller, algo increíble dentro del atrofiado mecanismo editorial cubano. En aquel entonces, empezaba sus estudios de Lengua y Literatura Inglesas, en la Universidad de La Habana. De la "novia soñada" de toda una generación a la escritora, aún joven y apasionada, de belleza inteligente y distante, ha transcurrido una obra que me ha proporcionado excelentes momentos de lectura. "Mi literatura es deudora de los autores anglosajones. Había leído a escritores de otras latitudes, incluyendo a mis coterráneos, pero quienes me mostraron las verdaderas posibilidades del género fueron los maestros anglosajones. Tuve modelos iniciales -como Ray Bradbury-, pero siempre narré las historias a mi manera, con una mezcla de..., mitología, magia y religión (en el caso de la ciencia ficción), y más tarde de realidad con fantasía, en mis libros más 'realistas' ", dice. "Yo escogí mi carrera porque me interesaba la literatura anglosajona, quería leer a Bradbury y a Shakespeare en su lengua original. Así conocí a otros autores. Pude leer en inglés textos que me marcaron profundamente: El Paraíso Perdido, de Milton; El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien; Perelandra, de C. S. Lewis; los poetas románticos ingleses, y muchos autores fantásticos". Su exilio a Miami ha creado una falsa imagen de ruptura en su universo creativo, pero lo cierto es que esta mujer de formación "renacentista", como su obra lo demuestra, es una de las autoras más versátiles del ámbito hispánico. "El escritor de ciencia ficción debe tener un conocimiento general de disciplinas como la astronomía, la biología, la física. Es imposible crear mundos coherentes o realidades alternativas si no tienes las herramientas mínimas para delinearlas. El llamado 'Hombre del Renacimiento', ese individuo con conocimientos generales sobre diversas ramas del arte y de la ciencia, es algo que hoy sólo existe entre los autores de ciencia-ficción: Es por eso que Ray Bradbury puede escribir una novela sobre la vida cotidiana en un pueblito de Ohio, pero García Márquez es incapaz de convertirse en un autor de ciencia ficción. Le falta  cultura científica. Lamentablemente, se trata de un mal general entre casi todos los artistas de nuestra época".