Antonio Mora Vélez comparte junto a René Rebetez el honorable mérito
de haber sido uno de los primeros escritores en Colombia que apoyaron
su obra sobre el suelo de otros mundos. Por igual, ambos sufrieron la
incomprensión de la época y el rechazo tácito a la iniciativa de una
imaginación que no diera cuenta inmediata de los problemas locales.
Motivo que no los llevó a la desmoralización o al abandono de sus
trabajos sino a la reafirmación del género. En términos de René
Rebetez: “Lo que llamamos ciencia ficción es la crónica más fiel de
nuestro tiempo y una guía premonitoria del futuro”.1
Hace 30 años un escritor local hablando de robots, de viajes al
espacio, de investigaciones cruciales desde complejos laboratorios
científicos, no podía sino raspar el desasosiego de una sociedad que se
veía a sí misma bajo la sombra del subdesarrollo y el margen histórico.
Actualmente, cuando deja de parecernos extraño hablar del universo al
tener un astronauta orbitando el espacio hijo de una mujer colombiana;
cuando estamos aportando desde nuestros laboratorios a la discusión
real de la ciencia universal y cuando, efectivamente, contamos con
nuestras propias escuelas de robótica e ingeniería avanzada; no podemos
sino agradecer a aquellos hombres que se atrevieron a soñar más allá
de las ataduras de su tiempo sin que por ello dejaran de expresar una
postura crítica con los problemas universales.
Antonio Mora Vélez. Nacido en Barranquilla. Abogado de profesión y
escritor de ciencia ficción de vocación. Accede a contestarnos unas
preguntas desde el futuro, desde la era del e-mail y los hyperlinks,
haciendo un recorrido desde sus primeras lecturas fantásticas hasta
hoy.
—Para empezar nos gustaría saber qué lo motivó a crear historias de ciencia ficción.
—Las lecturas de Superman, Tarzán, Buck Rogers y otros personajes de las tiras cómicas y del cine. Películas como Forbidden planet, Flash Gordon conquista el universo, Frankenstein y Viaje fantástico, que vi en mis primeros años. Las novelas de Julio Verne y H. G. Wells. Los consejos de un profesor que me hizo leer El Ramayanaen
la secundaria para que me enterara de que por esos tiempos de Rama en
la India hubo naves guerreras que surcaban el espacio, rayos letales
como el láser y simios que hablaban. Mis lecturas de cosmología que
hacía por afición y para preparar las clases de filosofía que dictaba
en el bachillerato, y la misma filosofía. Y los libros y revistas de CF
que leí antes de empezar a escribirla.
—¿Qué libros considera usted fueron las piedras angulares en sus comienzos como lector y posteriormente como escritor?
—20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne; La máquina del tiempo y El hombre invisible, de H. G. Wells; Fahrenheit 451, de Bradbury; Qué difícil es ser Dios, de los hermanos Strugatsky;El fin de la eternidad, de Isaac Asimov, y La nebulosa de Andrómeda y Corazón de serpiente, de Iván Efremov, novelas que leí en mis años de estudiante.
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—Debido al considerable tiempo que lleva sumergido en la
ciencia ficción ¿cuáles considera han sido los cambios más
significativos dentro del género? Y en relación a la anterior pregunta,
¿conoce las nuevas tendencias del género y, de ser así, qué opinión le
merecen?
—El gran cambio se da cuando la CF empieza a ocuparse del cosmos
interior del hombre y abandona la pretensión inicial de anticipar
inventos y descubrimientos. Y cuando elige como uno de sus temas las
repercusiones de la ciencia en la vida y en el futuro del ser humano.
Tendencias como la “New wave”, el ciberpunk y todas sus variantes y la
anti-ciencia-ficción de C. S. Lewis, son una consecuencia de este
cambio de enfoque que transformó la CF en una literatura de ideas que
pretende mostrar cuán alto puede ser el precio de la degradación del
ser humano por el camino que la ciencia y la sociedad transitan en el
mundo de hoy y criticarla desde la perspectiva de los valores del
escritor. Algunas obras de Dick llevadas a la pantalla como Blade Runner y Minority report (Sentencia previa)
y la Trilogía Cósmica de Lewis son un buen ejemplo de esta ciencia
ficción, que yo veo como parte de lo que ella es pero que no creo deba
ser la única posible ni menos la única legítima. Pienso que la
corriente esperanzadora tiene mucho que hacer en el mundo de hoy
todavía. O sea que no soy partidario de la exclusión, de considerar que
la ciencia-ficción debe limitarse a tal o cual variante, modalidad o
tendencia. Para mí es un género de libertad que admite todas las
tendencias y enfoques y su utilización depende de la cosmovisión y del
mensaje que quiera dejar el autor, y que no se limita a considerar como
parte estructural suya las ciencias básicas o naturales, sino que
extiende el campo a las demás ciencias, como lo sostuvo el escritor
cubano del género Oscar Hurtado al afirmar que Borges, en algunos de
sus cuentos, era escritor de ciencia-ficción ya que el término ciencia,
interpretado extensivamente, puede comprender la filosofía (“la ciencia
de las ciencias”). Y como lo sostienen hoy, para el caso de lo
religioso, C. S. Lewis y Orson Scott Card.
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—¿De qué manera cree que afectó la imaginería de la vieja
ciencia ficción grandes revoluciones culturales sucedidas luego de los
años 80’s como la caída de la Unión Soviética; la marcada incursión de
la cibernética en la vida diaria de los individuos; la caída del muro
de Berlín; los monopolios de la información por parte de los grandes
grupos mediáticos; el terrorismo y el 11 de septiembre; los grandes
descubrimientos en materias como genética y biología —sólo por
mencionar algunos tópicos generales?
—La CF surgió cuando al hombre se le hizo evidente que el mundo y
la sociedad no han sido siempre los mismos, dicen Scholes y Rabkin. Por
eso ella evoluciona con los cambios científicos y sociales. La caída
de la Unión Soviética, por ejemplo, sepultó el optimismo marxista de
alguna CF que se hizo en ese país y que colocaba el comunismo como el
fin luminoso de la humanidad. En relación con el monopolio de la
información, que es el Gran Hermano pensado por Orwell, está toda la
literatura de ciencia-ficción que se inicia con 1984 de Orwell y Fahrenheit 451.
Los otros temas que señalan ustedes, en especial los descubrimientos
en biología y genética, sin duda aportan un material importante para
escribir la CF de hoy. Sobre todo para bajarla del espacio a la tierra.
De hecho ya hay muchas obras que se nutren de estos conocimientos y
que nada tienen que ver con la conquista del espacio. Como Clones, de Michael Marshall Smith, por ejemplo. O Presa, de Michael Crichton, que es una novela basada en la nanotecnología, otra revolución de las ciencias.
—¿Cuál cree usted que sea el reto más grande para los nuevos
escritores de ciencia ficción en un mundo de continuo progreso
científico en el que la ciencia parece ir un paso más adelante de la
imaginación fantástica?
—El reto es escribir bien y no pretender ser como Verne o comoEfremov o como Bradbury o como Dick. Y ver en las ciencias un referente
que es el marco o el telón de fondo pero que no es la obra. Lo
fundamental es la trama, el argumento, los personajes y el mensaje que
quiera enviar. Eso sí, para no escribir tonterías, hay que documentarse,
sujetarse al inventario actual de las ciencias sin perjuicio de la
libertad de poder inventar en este campo lo que pueda y necesite la
obra para ser creíble. Y la razón ustedes la insinúan en su pregunta:
las ciencias son de suyo fantásticas y al escritor le es casi imposible
ir al paso de ellas, mucho menos anticiparse a ellas. Aunque, les
aclaro, no es necesario ser un esclavo del dato científico. Todo el
mundo sabe que en Venus no hay vida y que ella es imposible en ese
planeta y sin embargo Asimov la supone en Los océanos de Venus, y lo mismo hace Lewis en Perelandra, un viaje a Venus.
—En la mayoría de cuentos que pudimos encontrar de su autoría,
de los años 70’s y 80’s fundamentalmente, imperaba un evidente sentido
de optimismo y esperanza por el porvenir de los hombres. Este
sentimiento de confianza hacia la raza humana, ¿aún perdura? ¿Qué
opinión le merecen aquellos autores que optan por retratar mundos
distópicos, casi de darwinismo social, en los que la naturaleza del ser
humano queda bastante comprometida?
—Es cierto que la ciencia ficción de mis primeros cuentos tiene esa tendencia, sobre todo en Glitza (1979) y en la mayor parte de los cuentos de El juicio de los dioses (1982). Pero hay un cambio a partir de cuentos como “Error de apreciación”, cambio que es más evidente en el libro Lorna es una mujer
(1986) sobre todo por el cuento “Los ejecutores”. Y que se continúa en
varios cuentos inéditos, en los poemarios impresos, en Los jinetes del recuerdo (2006) publicado en la web y en la novela Los nuevos iniciados, que
va a ser publicada este año por Pijao Editores. Sigo creyendo que la
raza humana tiene todo para poder aspirar a dar ese gran salto a las
estrellas que impida su desaparición como especie junto con la
desaparición del planeta, pero no estoy ahora tan seguro de que no
seamos capaces de destruirlo antes con las armas que poseemos o con la
contaminación. Por lo anterior me parece lógica y necesaria la variante
distópica, sabemos que el hombre es un ser animal que también tiene
instintos y atavismos y que se deja irracionalmente llevar por las
ideologías, todo lo cual puede desdibujarlo como individuo y como
especie. La ciencia ficción está en la obligación de advertirle al
hombre las posibles consecuencias de sus errores y terquedades. Pero
les aclaro: yo no creo que haya una barrera infranqueable entre lo
utópico y lo distópico.
—Desde un país como Colombia, ¿cuál es el valor de escribir ciencia ficción y qué le puede aportar al género?
—En mis primeros años encontré la hostilidad de los amigos y
lectores que consideraban que no era de buen recibo escribir ciencia
ficción en un país de bajo nivel científico y tecnológico como Colombia
y con problemas sociales tan graves que obligaban, según ellos, a
escribir literatura social comprometida. Pero desde que empecé a
vincular la geografía nuestra a mis relatos, los mitos y leyendas
nuestros a mis poemas, el mensaje crítico utilizando la extrapolación
que lo facilita y la palabra esperanzadora de la ciencia ficción
respecto del futuro, mis amigos y lectores que saben que Colombia es un
país que no tiene futuro a menos que cambie la orientación, empezaron a
mirar mis textos de otra manera. Yo creo que si la ciencia ficción de
Colombia muestra las falencias espirituales de esta sociedad
deshumanizada, logra su cometido como literatura de ideas. No debemos
olvidar que la ciencia-ficción es medularmente crítica y que logra en
este campo lo que no logra la llamada literatura realista y que es una
literatura que por mucha fantasía que tenga hunde sus raíces en la
realidad y que toma de ella sus argumentos, sus pensamientos, sus
ideales, sus sueños y sus lamentos. En un ensayo que escribí sobre la
novela de Daína Chaviano “Fábulas de una abuela extraterrestre”, digo
que la ciencia-ficción latinoamericana tiene que ser por fuerza
diferente de la anglosajona o la rusa porque nuestra realidad es
diferente y porque en ella debe pesar la influencia de nuestra cultura,
que es más mágica que racionalista y científica.
—¿De qué forma, si la hay, podría influir la ciencia ficción
en nuestro país, teniendo en cuenta la poca cultura literaria
existente?
—La ciencia ficción puede influir en las escuelas, reforzando en
los niños la capacidad de soñar, de pensar en un mejor futuro. Pero no
es suficiente. Es poco lo que logra ese capítulo que aparece en los
textos de noveno grado. Hay que pensar más en grande, en la TV por
ejemplo. Desde luego hay dificultades. De modo que toca estimular el
interés por ella entre los jóvenes escritores, en las editoriales, en
las colegios y universidades. Divulgando el género con lecturas,
charlas y seminarios, publicando en la red, editando revistas, páginas
web, organizando grupos de amigos del género y gestionando la edición
de nuestros propios libros. Y bueno, si de influir se trata, la
ciencia-ficción tiene todas las herramientas para hacerlo si llega a
los lectores, por eso la necesidad de crear las condiciones para que
eso suceda.
—Somos concientes de que ha habido un paso significativo en el
que la ciencia ficción ha dejado de quedar excluida a las
publicaciones de kiosco o pulps y ha empezado a considerarse como un
género válido por críticos y lectores. No obstante, parece ser un
género no muy tenido en cuenta en la organización de festivales y
eventos literarios, como los que están de moda por estos días.
¿Considera importante generar un espacio para la ciencia ficción en
estos eventos? ¿Estaría dispuesto, dado el caso, a ser partícipe de
ellos?
—Lo que ustedes dicen es cierto, ya se nota un cierto cambio. En
la Costa me invitan a ofrecer charlas sobre el tema. Hace dos años
dicté en Santa Marta una conferencia sobre ecología y ciencia-ficción
titulada El mar en la CF y ofrecí un recital de mis poemas
esotéricos, cósmicos y apocalípticos. Hace poco fui a Bogotá a una
semana de la ciencia-ficción que organizó la Biblioteca de la
Universidad Nacional. Hace algunos años participé en una Feria
Internacional del Libro, junto con Rebetez y Germán Espinosa, en una
mesa redonda sobre el tema. De modo que sí, estoy disponible en la
medida de mis posibilidades para colaborar en la tarea de divulgación
del género. Pero falta promoción de las editoriales en los eventos y
festivales y que crean en los nuevos cultores colombianos del género.
Toca aplaudir y agradecer por esto la edición de la reciente Antología de la literatura fantástica de Colombia hecha por la Universidad Sergio Arboleda con prólogo del crítico y escritor del género, Campo Ricardo Burgos.
—En la actualidad, ¿qué tipo de lecturas prefiere y, si se puede saber, qué se encuentra leyendo?
—Yo leo de todo. Pero leo ciencia-ficción para no perderme su
atmósfera, para mantenerme ligado al género y saber qué aportan los
escritores consagrados del exterior en materia de temática y de
recursos literarios. Para estar actualizado, en dos palabras. Y porque
si bien tengo inéditos un par de novelas, un libro de cuentos y un
poemario, todos de literatura realista, no puedo convertirme en otro
desertor del género, por el contrario, para servir de estímulo a los
nuevos y mejores valores debo seguir en la brega hasta que el cuerpo
aguante. Ahora leo Esa horrible fortaleza, la tercera novela
de la trilogía de C. S. Lewis. Y después tengo en turno varias novelas
de las conocidas sagas de Orson Scott Card.
"La noveleta proporciona el espacio justo para dibujar un universo semejante al de la novela"
Noveleta: el género olvidado; por Daína Chaviano
Hace años, cuando vivía en Cuba, leí una antología titulada 10 noveletas famosas, con selección y prólogo del desaparecido escritor Antonio Benítez Rojo.
Era parte de una serie de volúmenes publicados por el Instituto Cubano
del Libro durante las décadas de 1960 y 1970, entre los que se
encontraban verdaderas joyas: Cuentos fantásticos (selección y prólogo de Rogelio Llopis), Cuentos de ciencia ficción (selección y prólogo de Oscar Hurtado), Cuentos norteamericanos, Cuentos ingleses y Cuentos de horror y de misterio
(estos tres con selección y prólogo de José Rodríguez Feo), y otros
similares. Nunca he vuelto a encontrar antologías con estos temas que
las superen. No por gusto se encuentran entre los libros que rescaté (y
aún conservo) de mi perdida biblioteca en Cuba.
El volumen con aquellas diez noveletas
fue una revelación. Allí descubrí joyas como “La soledad del corredor de
fondo”, de Alan Sillitoe, “La muerte de Iván Ilich”, de León Tolstoi,
“La última niebla”, de María Luisa Bombal, “Nada menos que todo un
hombre, de Miguel de Unamuno, “La historia de Shunkin”, de Junichiro
Tanizaki, “Duelo”, de Joao Guimaraes Rosa, y esa maravilla que es “El
tigre de Tracy”, de William Saroyan, un texto del cual me enamoré
perdidamente con una pasión que no ha menguado con el tiempo.
Esas lecturas me revelaron la existencia
de un género del cual sabía poco. Me dediqué a buscar ―y encontré―
nuevas muestras de él, a veces publicadas de manera independiente;
otras, como parte de antologías de relatos. Nunca me defraudaron. Por el
contrario, parecía como si su extensión fuera la idónea para narrar. Y
es que, por su longitud peculiar, la noveleta incluye lo mejor del
cuento y la novela. Por un lado, permite adentrarse en la psicología de
los personajes de una manera que el cuento, por su brevedad, no admite.
Los personajes deben ser descritos con pinceladas rápidas y escuetas; no
hay posibilidades de redondear aristas o arrojar más luz sobre rincones
apenas esbozados. Por otro lado, la noveleta proporciona el espacio
justo para dibujar un universo semejante al de la novela. Su brevedad
con respecto a la novela puede ser también una bendición, porque la
trama se ve obligada a prescindir de divagaciones.
La literatura es un oficio lleno de
obstáculos. No se trata solo de llegar al medio editorial, sino de
conseguir esa novela impecablemente escrita, con ideas interesantes y
personajes bien trabajados. En este sentido, la noveleta es un excelente
ejercicio de aprendizaje. Siempre recomiendo a los narradores jóvenes
que comiencen escribiendo cuentos, innumerables cuentos. Con el tiempo,
pueden intentar relatos más largos que los lleven a la noveleta. Aunque
no todos los grandes novelistas han escrito noveletas, muchos grandes
clásicos sí lo han hecho. En el caso de los escritores noveles, es un
paso que no deberían pasar por alto antes de llegar a la novela con una
práctica considerable en el manejo de tramas, subtramas y personajes.
Por supuesto, no es imprescindible haber escrito noveletas para
convertirse en un buen novelista. Pero al igual que en otras profesiones
–artísticas o científicas–, más vale ir escalando poco a poco en
complejidad y pericia. Quien intente comenzar con una novela sin antes
haber experimentado con textos de complejidad y longitud menores, tendrá
más posibilidades de fracasar.
Lamentablemente, he tropezado con
escritores, editores y críticos literarios que aseguran que la noveleta,
como género, no existe; que eso que llaman noveleta es
sencillamente una novela corta. Sin embargo, la academia anglosajona
tiene muy bien delimitado su concepto, distinguiendo ―tanto en la
crítica literaria como en el mundo editorial y hasta en los
diccionarios― que existen el cuento (short story), la noveleta (novelette), la novela corta (novella) y la novela (novel). Incluso hay premios literarios que distinguen categorías diferentes para estos cuatro géneros.
Creo que es necesario emplear el término noveleta para nombrar textos de cierta extensión. Es absurdo llamarle cuento a un texto de 80 páginas, también es ridículo catalogarlo como novela, y es obvio que tampoco se trata de una novela corta. Grosso modo, un cuento puede tener hasta 50 páginas ―contando las cuartillas escritas a doble espacio. Una noveleta oscila entre 60 y 80 páginas. Y una novela corta, entre 90 y 130 páginas. De ahí en adelante, ya puede hablarse de novela.
Pero la peor injusticia contra el género no proviene de los editores ni
de los críticos que niegan su existencia, sino de los filólogos. Y digo
esto porque la Real Academia de la Lengua Española ha ignorado el
término una y otra vez. Dicho de otro modo, la palabra noveleta no aparece en el diccionario oficial de nuestra lengua, aunque ya ha anunciado que aceptará palabras como jetlag, baby-sitter, friki, espanglish, chatear, blog, bloguero, tableta (en el sentido de dispositivo electrónico portátil), y otras menos necesarias como anticrisis, cartelería, euroescepticismo, billonario (por influencia del inglés, aunque ya existía multimillonario) y hasta la insólita e inadmisible okupar (como si ocupar
no fuera ya suficiente). Con semejante carencia idiomática, no es de
extrañar que muchos autores noveles ni siquiera consideren la
posibilidad de ejercitarse en un género que han cultivado tantos
clásicos de las letras. Es una verdadera pena.
Estimados Amigos Hoy compartimos con ustedes este texto sobre la escritora cubana Daína Chaviano, rescatado de la revista Glamour en español. Deseamos disfruten de la entrada.
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Hay un mundo que corre paralelo al nuestro. En él, los más triviales sucesos adquieren un sentido mágico....como de universo seducido. Detrás -hilando las finas hebras de la escritura, o recogiendo el agua de la llovizna del siglo- una mujer delgada, de edad imprecisa y cabello lacio, construye con la penitencia de una Penélope moderna las fábulas o las historias de su imaginación. "La Habana es un mito, un sueño lejano", dice con nostalgia. "Mis padres, mis hermanos, una infancia llena de libros, una familia enorme y risueña con muchos primos, los rincones misteriosos en la casa de mi abuela materna, la finca de mis abuelos donde exploraba los naranjales y trataba de atrapar los colibríes que se acercaban a la enredadera del portal... La Habana es otra vida, una ciudad que nunca recuperaré. Es el lugar donde nací y crecí, un mundo perdido para siempre. Aunque algún día vuelva a caminar por sus calles, La Habana que conocí habrá muerto. Es una ciudad que sólo existirá en mi recuerdo". Esta urbe costera que ha sido la obsesión de tiranos y escritores es la patria de Daína Chaviano. Allí comenzó a darle vida a ese universo de ficción y realidad que la ha convertido en una de las autoras más importantes de Hispanoamérica. Esta ciudad es también el escenario de su ciclo de literatura La Habana Oculta(con las novelas El hombre, la hembra y el hambre, Planeta, 1998, Premio Azorín de novela; Casa de Juegos, Planeta, 1999, yGata Encerrada, Planeta, 2001).
Conocí la obra de Daínahace veinte años, cuando siendo una adolescente publicósu primer libro de relatos. Los mundos que amo (1980) que se convirtió en un best-seller, algo increíble dentrodel atrofiado mecanismo editorial cubano. En aquel entonces, empezaba sus estudios de Lengua y Literatura Inglesas, en la Universidad de La Habana. De la "novia soñada" de toda una generación a la escritora, aún joven y apasionada, de belleza inteligente y distante, ha transcurrido una obra que me ha proporcionado excelentes momentos de lectura. "Mi literatura es deudorade los autores anglosajones. Había leído a escritores de otras latitudes, incluyendo a mis coterráneos, pero quienes me mostraron las verdaderas posibilidades del género fueron los maestros anglosajones. Tuve modelos iniciales -como Ray Bradbury-, pero siempre narré las historias a mi manera, con una mezcla de..., mitología, magia y religión (en el caso de la ciencia ficción), y más tarde de realidad con fantasía, en mis libros más 'realistas' ", dice. "Yo escogí mi carrera porque me interesaba la literatura anglosajona, quería leer a Bradbury y a Shakespeare en su lengua original. Así conocí a otros autores. Pude leer en inglés textos que me marcaron profundamente: El Paraíso Perdido, de Milton; El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien; Perelandra, de C. S. Lewis; los poetas románticos ingleses, y muchos autores fantásticos". Su exilio a Miami ha creadouna falsa imagen de ruptura en su universo creativo, pero lo cierto es que esta mujer de formación "renacentista", como su obra lo demuestra, es una de las autoras más versátiles del ámbito hispánico. "El escritor de ciencia ficción debe tener un conocimiento general de disciplinas como la astronomía, la biología, la física. Es imposible crear mundos coherentes o realidades alternativas si no tienes las herramientas mínimaspara delinearlas. El llamado 'Hombre del Renacimiento', ese individuo con conocimientos generales sobre diversas ramas del arte y de la ciencia, es algo que hoy sólo existe entre los autores de ciencia-ficción: Es por eso que Ray Bradbury puede escribir una novela sobre la vida cotidiana en un pueblito de Ohio, pero García Márquez es incapaz de convertirse en un autor de ciencia ficción. Le falta cultura científica. Lamentablemente, se trata de un mal general entre casi todos los artistas de nuestra época".