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sábado, 25 de abril de 2026

Walt Whitman, y el Flower power


Walt Whitman por Gaby D´´ ´Alessandro. Imagen tomada de aquí





TRIBUNA MARÍA JOSÉ LÓPEZ DE ARENOSA


Walt Whitman, icono hippie


Poeta de la joven democracia norteamericana, de la Guerra de Secesión –durante la que trabajó como enfermero voluntario–; de la naturaleza y de la ciudad, que recorrió confraternizando con tranviarios, carpinteros, vendedores, bohemios, cargadores, menesterosos y gentes de toda condición

01 ene. 2026 - 01:30

Walt Whitman en 1848


Una edición especial de Hojas de hierba, de Walt Whitman (1819-1892), fue el regalo navideño de Bill Clinton a Mónica Lewinsky durante su relación. Algo que, según las palabras de la entonces becaria en la Casa Blanca, significó mucho para ella. Tratándose del escritor que canta a la democracia y a la libertad, incluyendo la libertad sexual con versos muy explícitos, el regalito de marras tenía mucha miga.

https://www.instagram.com/p/DLYR-Y4BwRh/


Whitman es el arquetipo del americano hecho a sí mismo del siglo XIX, como lo fuera Benjamin Franklin cien años antes. Nacido en el entorno campestre de Long Island, su infancia rural y el traslado de la familia a Brooklyn, donde convivían granjas con los talleres de una incipiente industria frente a la isla de Manhattan, marcarían su amor a la naturaleza y su poesía urbana. Autodidacta, su avidez por la lectura y su afición al teatro y a la música le dotaron de una gran cultura, lo que le permitió ganarse la vida como maestro de escuela y periodista. Esta última condición, de reportero inquieto y gran observador de los problemas de la ciudad y sus gentes, le dio el profundo conocimiento de la sociedad de su tiempo que plasmaría en Hojas de hierba.


American Crime Story Temporada 3 Trailer SUBTITULADO [HD]

https://m.youtube.com/watch?v=OzbSyS7lYM4


Considerado el padre del verso libre, que en España entraría de la mano de la Generación del 27, Hojas de hierba supuso una revolución estilística y temática, cuya influencia perdura hasta hoy. La ausencia de métrica y rima la compensa el poeta con un ritmo prosódico, aliteración y repetición dando a sus versos una gran musicalidad y, sobre todo, flexibilidad para una mayor expresividad y profundidad al no someter el fondo a la tiranía de la forma. Melómano y asistente habitual a la ópera en calidad de periodista, confesó que nunca podría haber escrito Hojas de hierba sin la emoción, arrebato e inspiración operística.


Poeta de la joven democracia norteamericana, de la Guerra de Secesión –durante la que trabajó como enfermero voluntario–; de la naturaleza y de la ciudad, que recorrió confraternizando con tranviarios, carpinteros, vendedores, bohemios, cargadores, menesterosos y gentes de toda condición. «Walt Whitman, un cosmos, de Manhattan el hijo,» dice en uno de sus versos.


Desconocido en el panorama literario, autopublicó Hojas de hierba con escaso éxito y duras críticas no solo por su revolucionario e incomprendido estilo poético, sino por sus referencias sexuales no siempre sutiles. Aprovechando sus contactos, publicó astuta y anónimamente críticas elogiosas a su propio libro titulando la primera de ellas, con descarado autobombo, «¡Por fin, un bardo americano!». Tuvo, además, audacia de enviar un ejemplar a Emerson (otro icono del movimiento hippie), respetado intelectual y escritor y principal figura del trascendentalismo americano. La elogiosa respuesta de Emerson ha pasado a la historia como la carta más famosa de la literatura norteamericana y situó a Whitman en el mapa literario de su época, pues no dudó en publicarla en el periódico neoyorquino Tribune sin permiso del autor.


El libro presentaba un daguerrotipo suyo con aspecto de un trabajador cualquiera de Brooklyn; con una mano en la cintura y la otra metida en el bolsillo de un pantalón de trabajo, camisa con el cuello abierto mostrando la camiseta debajo y sombrero de ala ancha. Una estética muy alejada de la de sus respetables contemporáneos, como Emerson o Longfellow, con sus levitas negras. Celoso de su imagen, el poeta demostró ser el mejor publicista de sí mismo.


¿Cómo se convierte un poeta del siglo XIX en icono y referente para los beat de los años cincuenta y del movimiento flower power hippie de los sesenta?

Flower power, de Bernie Boston. 1967.


Como Emerson, su padre literario, Whitman fue un estudioso de la filosofía hindú, que tanto influyó en el movimiento pacifista y contracultural beat, muy especialmente en Allen Ginsberg, y posteriormente en los hippies. Su poema Pasaje a la India ensalza la comunión entre hombre y naturaleza en un viaje espiritual y místico. El poeta se veía a sí mismo como apóstol de la democracia y la libertad, de la armonía entre pueblos y culturas, defensor de la mujer, de la abolición de la pena de muerte y de la esclavitud, de los desfavorecidos, de las mejoras de las condiciones laborales y consuelo de los afligidos. Un activista en el sentido moderno del término.

Imagen tomada de aquí.


Su Canto a mí mismo canta a la libertad, al cuerpo y al alma, a la naturaleza, a la solidaridad, al amor libre –incluyendo el homosexual–. Todo ello, impregnado del pensamiento trascendentalista americano, resultaba muy inspirador y sugerente para aquellos universitarios rebeldes, pacifistas y contestarios que se manifestaban contra la guerra de Vietnam y que expandieron su inconformismo por el mundo occidental.


Su poema A los Estados, no ha perdido vigencia:


A los Estados, o a cualquiera de entre ellos, o a una ciudad


cualquiera de los Estados, le digo: Resistid mucho, obedeced poco,


Una vez admitida la obediencia sin protesta, es la servidumbre total.


Una vez esclavizada totalmente, ninguna nación, Estado


o ciudad de la Tierra volverá a reconquistar su libertad.


María José López de Arenosa es filóloga y miembro de la Junta Directiva de la Asociación de Escritores y  Artistas Españoles


https://www.eldebate.com/opinion/tribuna/20260101/walt-whitman-icono-hippie_370332.html



Flower Power - La Historia A Través De La FOTOGRAFÍA
994 Visualizaciones desde el 30 mar 2022 hasta el 25 abr 2026



martes, 8 de agosto de 2023

Unas viñetas de Walt Whitman, Allen Ginsberg y García Lorca en un Supermercado en California


Estimados Liponautas

Hurgando en la red  conseguimos una adaptación al formato historieta del poema "Un supermercado en California" de Allen Ginsberg, miembro de la Generación Beat, un grupo de literatos rebeldes ante muchos aspectos convencionales de la sociedad estadounidense de los años 50. A esa sociedad, minada de hueca prosperidad y consumismo, y su generación Ginsberg arrojó  su Aullido, su canto en medio de una noche primigenia salpicada de destellos de pasado: "He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricas, famélicas, desnudas, arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de un colérico pinchazo, cabezas de ángeles hipsters ardiendo por la antigua y celestial conexión al estrellado dínamo de la maquinaria nocturna" . Un aullido que retornó a Ginsberg en forma de censura y rechazo inicialmente pero paulatinamente logró hacer sonar sus palabras en las mentes y corazones de otros. Ginsberg fue un hombre que no temió trepar por las piedras brillantes y filosas de la montaña de su homosexualidad para contemplar el paisaje y a sí mismo.

Un supermercado en California, canta al templo local de consumismo y allí el poeta y el lector encuentra a personajes queridos de Ginsberg, como Whitman y Lorca aunque no sabemos si Allen amaba más a los cambures y a las alcachofas. El poema es bastante visual razón por la cual el ilustrador Nathan Gelgud asumió el reto de convertir versos en viñetas.

Compartimos con ustedes la versión en español de W. Shand y A. Girri publicada en la Antología Universal de la poesía Universal, editada en 1968 por la legendaria editorial CEAL, Centro editor de América Latina dirigida por el ya mítico Boris Spivacow que vendía los libros que editaba al precio de un kilo de pan.

Confesamos aquí el enorme esfuerzo realizado por evitar cambiar las palabras sandías, bananas, paltas y alcauciles por patillas, cambures, aguacates y alcachofas.

Despues podrá ver y escuchar al mismísimo Allen Ginsberg recitando su poema y podrán leerlo en su versión original en inglés.

Disfruten de la entrada


Richard Montenegro

20/07/2023

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Un supermercado en California

 

  Cómo he pensado en ti esta noche, Walt Whitman,

mientras caminaba por las callejuelas, bajo los árboles,

con dolor de cabeza, ensimismado en la contemplación

de la luna llena

  ¡En mi hambrienta fatiga, y para comprar imágenes,

entré en el supermercado de frutas, soñando con tus enumeraciones!

  ¡Qué duraznos y qué penumbras! ¡Familias enteras comprando de noche!

¡Pasillos llenos de maridos! Esposas en las paltas, bebés en los tomates!; 

y tú García Lorca,  ¿qué hacías allí junto a las sandías?

  Te vi, Walt Whitman, sin niños, solitario viejo harapiento,

hurgando entre las carnes en el refrigerador, y mirando a los muchachos de la carnicería.

  Oí las preguntas que le hacías a cada uno de ellos: ¿Quién mató  las costillas de cerdo?

¿A qué precio las bananas? ¿Eres mi Ángel?

  Anduve alternativamente por las brillantes pilas de latas,

siguiéndote, perseguido en mi imaginación por el

policía del negocio.

  Juntos recorrimos los abiertos corredores de nuestra solitaria

fantasía, probando alcauciles, gozando de cada una de las

heladas golosinas,

y sin pasar nunca por caja.

  ¿A dónde vamos, Walt Whitman? Las puertas se cerrarán

 dentro a una hora. ¿Hacia dónde apunta tu barba

esta noche?

  (Toco tu libro, y sueño con nuestra odisea en el supermercado

y me siento absurdo.)

  ¿Caminaremos toda la noche por las calles solitarias? Los

árboles  añaden sombra a las sombras, las luces de las casas

se apagaron, nos sentiremos solos.

   ¿Pasearemos soñando con la perdida américa del amor

al lado de automóviles azules en las carreteras, camino

hacia nuestra silenciosa casita?

  Ah, padre querido, barba gris,  solitario y viejo maestro del valor,

  ¿qué América tuviste cuando Caronte dejó de impulsar tu barca

y tu descendiste a una humeante orilla observando como desaparecía

la balsa sobre las negras aguas del Leteo?

 

Traducción de W. Shand y A. Girri

Tomado de la Antología de la Poesía Universal. 1968. Centro Editor de América  Latina



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Poetry Breaks: Allen Ginsberg Reads "A Supermarket in California"


A Supermarket in California 

What thoughts I have of you tonight, Walt Whitman, for I walked down the streets under the trees with a headache self-conscious looking at the full moon.
In my hungry fatigue, and shopping for images, I went into the neon fruit supermarket, dreaming of your enumerations!
What peaches and what penumbras! Whole families shopping at night! Aisles full of husbands! Wives in the avocados, babies in the tomatoes! --- and you, Garcia Lorca, what were you doing down by the watermelons?

I saw you, Walt Whitman, childless, lonely old grubber, poking among the meats in the refrigerator and eyeing the grocery boys.
I heard you asking questions of each: Who killed the pork chops? What price bananas? Are you my Angel?
I wandered in and out of the brilliant stacks of cans following you, and followed in my imagination by the store detective.
We strode down the open corridors together in our solitary fancy tasting artichokes, possessing every frozen delicacy, and never passing the cashier.

Which way are we going, Walt Whitman? The doors close in an hour. Which way does your beard point tonight?
(I touch your book and dream of our odyssey in the supermarket and feel absurd.)
Will we walk all night through solitary streets? The trees add shade to shade, lights out in the houses, we'll both be lonely.
Will we stroll dreaming of the lost America of love past blue automobiles in driveways, home to our silent cottage?

Ah, dear father, graybeard, lonely old courage-teacher, what America did you have when Charon quit poling his ferry and you got out on a smoking bank and stood watching the boat disappear on the black waters of Lethe?


Texto original tomada de  Poetry by Heart


Imagen tomada de INFOMAG.ES


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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Pohttp://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas tangibles y electrónicas hispanas Fantastic-Films NeutrónAlfa Eridiani, Valinor, miNaturaTiempos OscurosGibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en la revista cubana digital Korad y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.

lunes, 29 de octubre de 2012

Jugando Atari con Allen Ginsberg




A los ojos de un niño de nueve años, Allen Ginsberg parecía algo muy distinto a un gran poeta beat. Feo, raro, hippie y mal jugador de Frogger, así lo recuerda el autor en este artículo.





Yo tenía nueve años en 1983 cuando mi padre, profesor de la Universidad Rice, invitó a Allen Ginsberg a dar un recital de poesía en Houston, prometiéndole asistencia financiera por parte de la Decanatura de Humanidades. Ginsberg pidió un pago de trescientos dólares y un tiquete aéreo en clase económica, lo cual debe clasificar todavía entre las mayores gangas del entretenimiento en la era moderna.


No estaba programado que yo fuera en la caravana ruidosa que recogería a Ginsberg en el aeropuerto. Inicialmente, mi padre insistió en que el comité de bienvenida no fuera más que una “operación académica”: solo él y el decano de Humanidades. Pero la información del itinerario del poeta se filtró entre los estudiantes. Vivíamos en el campus de Rice y mis padres eran prefectos de uno de los edificios residenciales. Por lo que podía observar, el trabajo de los prefectos consistía en aconsejar a los estudiantes drogadictos y asegurarles que sus padres no los desheredarían si cambiaban su especialización de ingeniería mecánica a lengua francesa.

–¡Dios santo, el niño se va a contagiar! –clamaba mi madre mientras se desparramaba por nuestra casa un tropel de entusiastas de la poesía beat, profesores adjuntos, diplomados en literatura inglesa y otros tantos vagos fritos–. ¡Richard, saca esta banda alegre de delincuentes de nuestra sala y mételos a una camioneta o algo así, por favor!




Mi padre hizo lo mejor que pudo y los dirigió hacia la acera de enfrente.

Le pregunté a mamá por qué tanto alboroto. Después de todo, ya habíamos recibido algunos dignatarios en casa. El renombrado experto en ciencias chinas y practicante del nudismo Joseph Needham pasó, dio una conferencia y compró juegos de video. El escritor James Dickey se escurrió hacia el estrado, empezó a leer los comentarios introductorios del maestro de ceremonias, alzó una ceja y terminó bailando una mazurka frente a la esposa del procurador. Habíamos tenido eminencias pero esta vez, me decía el nerviosismo de mi madre, era diferente.


Horas más tarde, mi padre guiaba al decano y a Ginsberg (escapando de la multitud de desadaptados) hacia la puerta de mi casa. Los tres se veían exhaustos. Hubo presentación y saludos cortos entre Ginsberg, mi madre y yo. Me dio la mano. Me gustaba apretar lo más fuerte posible para mostrar que era un niño potente. Ginsberg me siguió el juego y hasta fingió que lo había lastimado.


–Uh, macho. Un empuñar aferrante –lo primero que recuerdo acerca de Ginsberg es que no hablaba como la gente que yo conocía, la gente de Texas.


Cuando oyó mi nombre repitió el estribillo de una vieja canción popular:


–“Tippecanoe y Tyler también”. ¿Has oído eso, hombrecito?


–Sí –contesté–, mi dentista me lo dice todas las veces que voy. Tiene los brazos peludos y huele a cigarrillo.


–Mala medicina –dijo Ginsberg. Noté que había rastros de comida en su barba.



Cartucho de Combat

Para los criterios tradicionales, o al menos para un niño de nueve años, Allen Ginsberg era feo. Pero era una fealdad serena como la de un monstruo amable, como Yoda en La guerra de las galaxias, solo que con orejas más grandes. Su pelo era de un salvaje innato, y más aún cuando se pasaba los dedos regordetes en su agitación perpetua. Era también un prodigio de la sudoración: a cada rato se acomodaba los anteojos, solo para que sucumbieran a la gravedad y volvieran a deslizarse por su nariz grasosa a los pocos segundos.

Sentados en la sala, Ginsberg y yo nos conectamos gracias a nuestra compartida admiración por la música de The Clash, aunque en mi caso lo que me atraía primordialmente eran los uniformes militares que usaban en el videoclip de “Rock the Casbah”. Me inventé un show para Ginsberg en el que, mientras sonaba el álbum Combat Rock en mi radiocasetera, yo hacía de cantante, vestido con un uniforme que compré en una tienda de productos del ejército en Galveston. Mi posesión más preciada era un fusil Kalashnikov de plástico que sonaba ratatatatá como los de verdad, y mientras payaseaba delante de Ginsberg le disparé con mi arma. Pareció divertirle porque reaccionó fingiendo gritos de guerra y estertores de muerte. Me asombré aún más cuando supe que Ginsberg había sido llamado por The Clash para recitar el Sutra del Corazón en la canción “Ghetto Defendant”.




Antes de irme a dormir me leyó unas páginas de Donde el camino se corta, de Shel Silverstein. Nuestro poema favorito era “Capitán Garfio”. Me dijo que conocía a Silverstein y que el hombre estaba “putamente loco”. Luego agregó:

–No le digas a tu mamá ni a tu papá que dije esa palabra.


–No hay problema. Ellos dicen “putamente” todo el tiempo.


–Hermoso.


Combat


A la noche siguiente, pasado el recital de poesía de Allen Ginsberg (¿por qué habría yo de ir a eso?), varios estudiantes ansiosos por escucharle impartir bocados de sapiencia fueron obligados a esperar afuera de mi cuarto mientras jugábamos con mi Atari 2600. Yo le gané en Frogger, pero él me destripó totalmente en Combat. Haciendo un flojo intento de armisticio, me explicó algo acerca de los ángulos de trayectoria y las matemáticas, que no entendí en absoluto. Dijo que nunca antes había jugado Combat, pero nadie está libre de sospecha.


Claro que no todo fue Atari, Shel Silverstein y The Clash. Para el tercer día, la residencia de Ginsberg en mi casa se había vuelto parte de la cotidianidad. Mi mamá, el poeta y yo nos levantábamos temprano en la mañana y nos reuníamos en la mesa del comedor a desayunar cereal de avena.





–Siento que no tengamos mejor cereal, Allen –le dije–. Siempre pido bolas de chocolate pero mis papás no me las quieren comprar.

–Bueno, uno siempre tiene que pensar en sus dientes. Lisa, pásame el azúcar, si tienes la bondad.
Mi mamá le pasó el azúcar y Ginsberg volvió a su montón de papeles. Ella volvió a su crucigrama y yo a mi revista Boys’ Life. A Ginsberg lo conmovió especialmente mi lectura en voz alta de “Scouts en acción”, una historia sobre un niño que se caía de una lancha, se atascaba entre los rotores y era salvado por un boy scout que usaba todos sus recursos, incluido un pañuelo.


–¡Auch! Menos mal existen los boy scouts, ¿no? Tyler, ¿tú eres scout?

–No, yo fui lobato.

–¿Qué?

–Es antes de ser scout. Pero me sacaron.

–Bastardos –exclamó Ginsberg–. ¿Por qué?

Frogger

–Le pegué a Jason Yost en un encuentro de exploradores porque dijo que el pan de ajo de mi mamá sabía a pedo –contesté, y vi a mi mamá sonreír.

–Eso no se hace, hombre –dijo Ginsberg meneando su cabeza. En retrospectiva, quisiera considerar que Ginsberg quiso decir: uno no dice que el pan de ajo de la mamá de alguien sabe a pedo. Nunca. Pero a veces se me ocurre que quiso decir que uno no le pega a la gente.

Ginsberg salió a hacer cosas con mi padre, un corrillo de académicos atolondrados y gente que no tenía nada más que hacer. Yo me puse a hacer mis cosas, ansioso por su regreso.

La última mañana de su visita, el paraíso se tornó problemático. Ginsberg nos pidió a mi padre y a mí que lo acompañáramos en su sesión de yoga y meditación. Se tomaba su hinduismo con total seriedad, así que antes de iniciar el proceso en la sala nos dio una charla breve pero apasionada sobre la importancia del yoga.






Antes de que el poeta pudiera recitar los versos de su mantra y asumir la postura correcta de la meditación, a mi papá y a mí nos dio un ataque de risa incontrolable. A nuestro gurú no le gustó nada, se levantó y salió histérico de la sala, mientras nosotros nos quedamos rodando por el piso a carcajadas.

Mi papá me aseguró que habíamos sido perdonados por la compasión yogui de nuestro poeta beat residente. No obstante, sugirió que fuera y le ofreciera disculpas. Entonces fui. En ese momento, Ginsberg empezó a hacer muecas, se orinó en los pantalones, se aferró violentamente con su mano a mi hombro y cayó de rodillas.


Resultó que estaba sufriendo un ataque de cálculos renales. Salí disparado a mi cuarto, dejando a Ginsberg en una situación de lo más incómoda sobre el piso de nuestra cocina. Sentía un enredo de emociones: traición, culpa, una sensación de haberlo estropeado todo con este tipo feo y cool, a cuyos pies el mundo parecía inclinarse. Estaba destrozado, furioso conmigo mismo por no tomar las cosas un poco más en serio.

Un equipo de médicos llegó a nuestra casa. Ginsberg fue atendido sobre el colchón auxiliar de mi cama. Convaleció rápidamente y ya en la tarde se sentía bien como para hablar por teléfono a gritos con alguien en México. Al final de la tarde fue hora de dejar a nuestro poeta en el aeropuerto. Ginsberg permaneció en silencio durante casi todo el recorrido hasta que, quizá en un último esfuerzo por poner el cosmos en orden, sugirió de mala gana que mi padre y yo lo acompañáramos en un mantra. Comenzó a recitar:

Gate Gate,
Paragate Parasamgate
Bodhi Svaha.

Por poco lo logramos. Pero hubo un ronquido casi imperceptible (¿de mi padre?, ¿mío?) y fue todo lo que se necesitó para que el eco de un blasfemo paroxismo de risa retumbara en el interior del Toyota Carina. Entonces entonamos nuestro propio mantra:

–Perdóoooon.

Disgustado, Ginsberg se bajó del automóvil sentenciando en voz baja:

–Ustedes dos tienen mucho que aprender acerca de la perfección de la sabiduría –agarró su maleta y desapareció tras la puerta giratoria del Aeropuerto Intercontinental de Houston.

Veinticinco años más tarde, estoy afuera de un centro de yoga en Austin. Me encuentro en el interior hirviente de un Honda Civic con las ventanas cerradas, esperando a que mi novia salga de su clase. Entonces aparece frente a mí una visión de Allen Ginsberg: “Tienes mucho que aprender acerca de la perfección de la sabiduría”, musita. Se le ve cansado. Hay rastros de cereal de avena entre sus barbas


 Tomado de El Malpensante.


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21/06/2024

sábado, 11 de diciembre de 2010

Allen Ginsberg: Descansa en paz, Ezra. Bello tipo. Murió completamente en paz, estoy seguro. Consumido físicamente pero en estado de gracia mental.

La muerte de Ezra Pound


Ezra Pound. Fotografia tomada por E. O. Hoppe en 1918


Descansa en paz, Ezra. Bello tipo. Murió completamente en paz, estoy seguro. Consumido físicamente pero en estado de gracia mental.La muerte de Ezra Pound (Entrevista con Allen Ginsberg)



La muerte de Ezra Pound

(Entrevista con Allen Ginsberg)

¿Se enteró?

AG.: No.

Murió Ezra Pound.

AG.:AH...* Por Ezra Pound ¿Cuándo murió?

No sé. Acabo de oír la noticia. Parece que hace dos horas.

AG.: Descansa en paz, Ezra. Bello tipo. Murió completamente en paz, estoy seguro. Consumido físicamente pero en estado de gracia mental. Era como Próspero: sabio y gran maestro, un gran gurú y un gran hombre en silencio al final de sus días. El mismo silencio que esta noche hemos guardado aquí por un minuto, él lo sostuvo por horas y horas sin cesar. Y, en los últimos diez años, no habría abierto la boca a menos que tuviera algo sensible y penetrante que decir, entonces cuando la abría siempre era para referirse como con disgusto a algo concreto.

Ezra Pound y Allen Ginsberg

Recientemente hubo alguna discusión acerca de un premio que recibió de la Academia Norteamericana de Artes y Ciencias.

AG.: Es un grupo de escolásticos neo-fascistas que atacaban a Pound, los traficantes neo-reaccionarios de la CIA atacando a Ezra Pound. Irving Kristol atacando a Ezra Pound; Irving Kristol, quien fue uno de los editores de la revista Encounter cuando era financiada por la CIA, un gran abogado de la ley y el orden académico, que escribió a Harper and Row diciendo que el libro donde se revela la complicidad de la CIA con el tráfico de opio en Indochina, debían mostrárselo antes a la agencia para una censura previa (lo que condujo a que el libro fuera censurado antes de ser publicado). I. . . K. . . quien tuvo el descaro de escribir a The New York Times afirmando que Pound no merecía un premio porque era una persona moralmente corrompida. ¡I. . . K. . . que acababa de firmar un remitido donde decía que iba a votar por el asesino Nixon! Esto es como un disparo Karma.

¿Qué piensa Ud. sobre concederle un premio a alguien que mantuvo actitudes como las de Pound?

AG.: ¡No tiene importancia! Si el premio tiene la fortuna de encontrarlo, Dios bendiga al premio. El premio necesita de él, no él del premio. Concédanle todos los premios. Es una vergüenza que no haya recibido el Nobel y todos los demás premios de una vez, fue el mis grande poeta del siglo. El más grande poeta del siglo… Qué gran alivio para Pound estar muerto.

Revista Poesía número 26 de donde fue extraído este texto