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lunes, 6 de enero de 2025

En SABANAS EN EL CIELO está el mismo Adhely con sus versos traídos en la chácara del corazón

 



Crónicas del Olvido

SABANAS EN EL CIELO, DE ADHELY RIVERO

**Alberto Hernández**

1.-

Un hombre de acento campesino viaja bajo el cielo abierto; frente a él, la planicie, la pampa, la llanura, la sabana desnuda, casi borrada por el espejismo. El hombre se desplaza a caballo y habla solo. Habla con el padre muerto, con el padre vivo en la memoria. Habla con sus difuntos y con sus vivos, con los que una vez lo despidieron para irse a la ciudad, como una vez le ocurrió a otro campesino y poeta llamado Ángel Eduardo Acevedo. Y ese hombre, muchacho aún, enhorquetado en esa bestia (como le decimos a los caballos en el llano) ha comenzado a pronunciar, a recitar  desde sus adentros (y no ha parado hasta ahora) el canto de ordeño, a ajustarle cuentas a las horas, a oír la voz del madrugador quien silba y declama unas rimas mientras soba con mano amable la ubre de una vaca. Y así viene el hombre. Otras veces va. O sea, va y viene de su tierra, porque Adhely Rivero viaja sobre un caballo imaginario, en carro propio o en autobús. Entonces el horizonte barinés se abre como mujer deseosa y el poeta respira la tierra y los ojos dibujan la sabana y el cielo con la misma fuerza con que Pancho Lazo la trazó en sus versos. 

Vuelve “La vida entera” a instalarse en la porfía de Adhely Rivero. Retorna una vez más sin haberse borrado el rastro trazado por el camino mientras el paisaje se hacía más entrañable, más cercano, pese a los extravíos en la ciudad, a los dones de la universidad, a los favores de la cátedra y las publicaciones de sus voces y silencios. En esa vida completa, en la que caben todas las sabanas y todos los cielos transitados, está la poesía de este hombre, de este hijo del Gadín y el Guadarrama, de Arismendi y sus relámpagos, del mar soñado y el desierto encontrado en cada médano mientras el pequeño estero se traduce en un verso. 




2.-

Desde “15 Poemas” hasta “La vida entera” la existencia de Adhely ha estado centrada en las sabanas de Arismendi, en el cielo que se refleja en las aguas de las lagunas, pero también en el ojo redondo de los caballos y las reses. Hay una imagen cercana: sabana y cielo son la misma mirada, el mismo lugar por donde andan los huesos de los muertos y las trashumancias de los vivos. Sabana y cielo se encuentran en todos los horizontes donde cabe el espíritu. Por eso, entonces, el Llano es parte de esa conjunción celestial de imágenes creadas por la poesía, por las palabras que el hombre enhebra desde su montura, desde la memoria ahora situada en la ciudad, en la tentación de la urbe, en la que no obstante sigue existiendo el Llano y sus poderosas expresiones convertidas en palabras, en susurros, en poemas y poesía. Poemas porque destacan su carácter aforístico, en algunos, y poesía, porque sorprenden muchas imágenes que nacen de la sensibilidad de quien respira el aire completo de las sabanas y se extasía con el cielo que lo cubre mientras celebra la faena en el monte, la de vivir y la de mantener viva la memoria plena de costumbres, de su característico acento y hasta de su manera de danzar, de celebrar la música y hacer de la compañía amorosa un espacio también próximo al paisaje. El amor femenino es también el logos que habita el alma del poeta, la de este poeta que sigue cantando con el mismo ahínco mientras el cielo se acerca a la tierra convertida en llanura. 





3.-

En la contratapa de “La vida entera”, el poeta Enrique Mujica escribe, entre otras cosas lo siguiente: “Poesía fundada en el claro de lo abierto para decirlo con la expresiva categoría heideggeriana de SER y TIEMPO o con la incondicionada y cruda visión del hombre mismo de las llanuras”. Palabras de un hombre de raíz llanera quien también ha cabalgado sus letras entre matorrales y caminos de nuestra planicie nacional. Y, en efecto, en el claro de lo abierto, bajo el cielo, reflejo de la pampa, como ella misma, calco del cielo. Y así el viajero, porque este libro de Adhely es una odisea, un viaje que lo trajo del monte a la ciudad, una marca imborrable que se mantiene en la manera de pronunciarse en voces, en la manera de mirar el mundo, en la manera de destacar su presencia ante el Otro, ese personaje que es el Dios de todos, el que lo acompaña cada vez que bendice el recodo del camino o saluda con su característica respiración. 

ADRIANO GONZÁLEZ LEÓNFotografía coloreada de José Sardá.



4.-

Publicado por Rubiano Ediciones en 2024, el poeta se encumbra con textos como éstos: “Adónde va uno después del Llano”, como si el Llano fuese la continuación de ese cielo que arropa la sabana. “Nada es realidad mientras dormimos”, porque el llanero, y si es poeta más, no suele dormir completamente: siempre hay un fantasma que lo visita. “Dios se está poniendo viejo…”, oración que dibuja la edad del mismo poeta, como aquella reclamación final de Adriano González León en su novela: “Estoy viejo”, y desde ese instante el relato de sus desequilibrios. Dios es también ese espacio entre el cielo y la tierra: Dios es la sabana, esa infinitud. Y por eso, “Así se le hacen los años a una persona…”, razón por la cual a la voz del poeta le gustaría confesar que “Ya no vengo del lugar de origen”, porque la ciudad se vierte olvido en muchos de los que el éxodo campesino se convirtió en ciudadano de toldos, tiendas y multitudes. Pero el poeta, a pesar de la incertidumbre, de su apostolado regional, de apego a la tierra, de su desapego a otras costumbres, tiene el ardor de criticar la realidad: es antipoder, enemigo del abuso, enemigo de quien se hace fuerza contra el otro, por eso, y más allá de no acercarse a ese poder, dice: “Voy a quedarme en la poesía/ para ver si podemos vivir”.



Telúrica, íntima, casera, universal, llanera, venezolana, mundial. Traducida, hecha conjunción de voces en otras latitudes, la poesía de Adhely Rivero no pierde el rumbo: “Que nunca dejen de enviarme un relámpago”, y se refiere a la tierra, al terruño abierto bajo el cielo cargado de energía, de los ríos que secundan sus deseos, sus viajes, su travesía por las palabras y por el polvo de tantos caminos, desde su natal Arismendi hasta Valencia, sin dejar de nombrar al padre, suerte de mímesis ontológica, de espíritu ambulante en el espíritu inquieto del poeta.

Avenida Cedeño de Valencia. Fotografía de Richard Montenegro


Ver a este hombre caminar por la calle Cedeño, detenerse en cualquier esquina de su ciudad, porque Valencia es su ciudad populosa como Arismendi su pueblo natal visto desde la quietud de las nubes, verlo –digo- entrar o salir de un edificio y observar su andar, nos permite advertir que estamos frente a un personaje de ayer que se incorpora a diario al hoy de estos avatares, de esta su memoria cargada de nostalgia, por eso siempre dice “ponerle poesía al viaje”.

Adhely Rivero, Carlos Osorio y Enrique Mujica


Desde su perspectiva, de la realidad que nos incumbe ha escrito: “Los gobiernos y los toreros son imbéciles”, y sigue su andar campesino con la mirada aguda, puesta en la verdad que acaba de mencionar. Y no deja tampoco de ser la tierra desde el polvo de sus muertos en los pequeños cementerios de la memoria, medidos con precisión para que puedan caber los parientes en sus tumbas. 

Orlando Araujo

Y menos deja de ser un compañero de viaje desde la pasión de Orlando Araujo. O un amante quien asume sus riesgos y los publica “en su óseo cajón de ternura”.

Ha llegado el poeta a sostener el aliento: mira desde la casa que imagina, en la que vivió de niño, el horizonte y silba con la boca seca: “El tiempo no se ahorra/ no se puede guardar para más tarde”.



En este libro está todo el poeta de sus libros anteriores. Es el mismo poeta de sus versos traídos en la chácara del corazón. Y por eso seguimos con él bajo el cielo abierto mientras todas las sabanas del Llano venezolano se convierten en poesía.





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Adhely Rivero nació en Arismendiestado Barinas,  Venezuela en 1954. Está residenciado en Valencia desde 1970. Licenciado en Educación mención Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. Fue Jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, donde dirigió la Revista Poesía y coordinó el Encuentro Internacional Poesía de Universidad de Carabobo. Ha obtenido varios premios por su trabajo poético, entre ellos el Premio de Poesía Facultad de Ciencias de la Educación (dos años consecutivos) U. C. Premio ‘Miguel José Sanz’ de la Facultad de Derecho de la Universidad de Carabobo. Premio de Poesía de la Universidad de Carabobo. Premio de Poesía Universidad ‘Rómulo Gallegos’. Premio de Poesía ‘Cecilio Chío Zubillaga’ de Carora. Premio Único de Poesía 40 Aniversarios de la Reapertura de la Universidad de Carabobo. Ha publicado los libros: 15 Poemas (1984); En sol de sed (1990); Los poemas de Arismendi (1996); Tierras de Gadín (1999); Los Poemas del Viejo (2002); Antología Poética (2003); Medio Siglo, La Vida Entera (2005); Half a Century, The Entire Life, (2009): versión al Inglés de Sam Hamill y Esteban Moore. Poemas (Antología editada en Costa Rica) (2009): Compañera (2012). Poesíe Caré, Poemas queridos (2016), Versión al italiano de Emilio Coco, publicado en Colombia. Está representado en varias antologías nacionales y en la antología italiana La Flor de la Poesía Latinoamericana de hoy, tomo I, II, editada en Italia, 2016. Ha participado en diversos e importantes Festivales de poesía a nivel nacional e internacional, entre ellos, el Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, en 2007 y 2016. Festival Internacional de Poesía Al-Mutanabi en Suiza. 2008. Festival Internacional de Poesía de Bogotá, Festival Internacional de Poesía del Mundo Latino, México. Festival Internacional de Poesía de los llanos Colombo-Venezolano en Yopal, Colombia. Feria Internacional del Libro de Bogotá, Colombia, Feria Internacional del Libro de Caracas, Venezuela. Festival Internacional de Poesía de Venezuela. Festival Internacional de poesía de los llanos colombo-venezolano en Arauca, Colombia. Encuentro Internacional Poesía Universidad de Carabobo, Feria Internacional del Libro Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela. Bienal Internacional de Literatura “Mariano Picón Salas”, Mérida, Venezuela. Sus poemas han sido traducidos al inglés, portugués, italiano, alemán, francés y árabe. La revista POESIA le rindió homenaje en su número 156.

 


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Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua. 

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Recientemente ha publicado «Poética del desatino» y «El sollozo absurdo».


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SEPARADOS EN EL TIEMPO Y EN EL ESPACIO (3)


lunes, 30 de abril de 2018

Renato Rodríguez: Salvador Garmendia me lanzó al olvido y Orlando Araujo me rescató




Un joven Renato Rodríguez. Foto tomada de aquí

Estimados Amigos

Tenemos el agrado compartir con ustedes esta entrevista que conseguimos en nuestras navegaciones usuales en la red. La extraímos del portal Letralia


Esperamos disfruten de la entrada.



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Alberto José Pérez

Hace ya unos 20 años tuve la oportunidad de conversar con Renato Rodríguez (Porlamar, 1927) sobre la personalidad intelectual de Orlando Araujo (1927-1987), con la intención de recabar testimonios para armar un libro. Me descuidé, sólo pude hacerlo con Renato, en su apartamento en La Pedregosa Sur, en Mérida, donde fuimos vecinos. Cuando toqué otras puertas nadie me abrió, se habían marchado los que yo sabía que como Renato me hablarían de Orlando con honradez y respeto. A continuación transcribo lo conversado con el autor de novelas memorables como El bonche, Al sur del ecuanil, La noche escuece y Viva la pasta.

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Al sur del Equanil. Foto tomada de aquí


AJP: ¿Cuando y en qué circunstancia conociste a Orlando?

RR: En realidad yo conocí a Orlando hace muchos años, por los años cincuenta, cuando él era economista y yo comerciante. Yo tenía una oficina en el cuarto piso del edificio “El Nacional”, donde funciona el diario que todos conocemos, pero en ese tiempo sólo ocupaba el primer piso, la planta baja y los sótanos; y Orlando estaba con la Compañía Anónima Venezolana de Alimentos que funcionaba también en el cuarto piso frente a mi oficina. Pero a mí se me olvidó y a él también se le olvidó que nos habíamos conocido y después, muchos años después, como veinte años más tarde lo vine a tropezar: él era escritor y yo contador de historias.

AJP: ¿Cómo fluyó nuevamente la amistad?

RR: Por diversas razones he podido cantarle a Orlando la canción de Panchito Rizek, una que dice “te odio y te quiero”.




AJP: ¿Por qué?

RR: ¿Por qué? Bueno, por una razón muy simple. Primero: he podido decirle te quiero porque él me rescató del olvido. Yo fui expulsado del Olimpo, del Olimpo venezolano. Me expulsó la OCI, mediante un proyecto que escribió Salvador Garmendia en el año 66 y entonces a él (Salvador) se le olvidó que yo existía. Por eso digo que fue la OCI pero a través de Salvador Garmendia. A mí me dejó muy sorprendido eso porque en primer lugar, fue Salvador Garmendia el que me lanzó públicamente como escritor; la primera persona que me nombró públicamente como escritor fue Salvador Garmendia en una entrevista que le hicieron en El Nacional en el año 62 o 63, no recuerdo con exactitud.
AJP: ¿Y el te odio?

RR: Pero a Orlando he podido decirle, también, te odio, bueno, chico, porque resulta que mi mamá peleaba mucho conmigo por cualquier motivo, por ejemplo: una cosa que ella siempre me reprochaba eran los zapatos sucios porque yo jamás limpio los zapatos. Desde chiquito tenía esa cosa, lo primero que me veía eran los zapatos. Esos zapatos están muy sucios, me decía. Y un buen día se me ocurrió regalarle, a ella, un ejemplar de Compañero de viaje y le encantó y entonces cada vez que pelaba conmigo me decía:

—Ya que eres tan escritor, ¿por qué no has escrito nada como Compañero de viaje?

Y la última vez que me lo dijo fue cinco minutos antes de morir, más o menos.


La señora María Felízcar García García,“Mamá Maruja”, madre del poeta Renato Rodríguez e inspiradora de su vida y de su literatura. Imagen tomada de aquí


Cuando yo entré al cuarto donde ella estaba recluida, muy enferma, lo primero que hizo fue que me miró los zapatos y repitió lo de siempre:

—Esos zapatos están sucios, ¿desde cuándo no los limpias?

—Mamá. Tú sabes que yo nunca limpio los zapatos, yo no soy político, ni profesor ni financiero ni nada; yo lo que soy es un simple escritor.

Entonces me respondió:

—¿Sí? ¿Si eres tan escritor por qué nunca has escrito nada como Compañero de viaje? —y cerró los ojos y no los abrió más nunca.


Viva la pasta. Foto tomada de aquí


AJP: ¿Luego, cómo crecieron en el afecto?

RR: Mi amistad con Orlando Araujo tuvo una agradable consecuencia, digamos, creo que... sí, porque ya yo tenía en proyecto, medio escrito, un libro que tiene cierto parentesco con Compañero de viaje; contiene cuatro relatos que podrían emparentarse. Pero bueno, yo no lo escribí por eso. En el prefacio explico por qué lo escribí, porque cuando mi mamá empezó con ese castigo, por allá en el año 72, entonces me empeñé en terminarlo. Yo creo que la lectura de Compañero de viaje me dio unas luces, en ese sentido, algunas no, probablemente más de una aunque me cueste reconocerlo, y el libro al cual me refiero está inédito. Es un libro que contiene cuatro relatos y se llama Quanov, ese es un nombre que yo acusé porque oí decir muchas veces que mis libros no llegaban a novelas, que lo que yo hacía eran intentos fallidos. Entonces una vez estaba leyendo un libro de Isaac Asimov que se llama Introducción a la ciencia y él habla ahí de los cuerpos celestes y nombra una palabra que yo había conocido siempre como una marca de televisores, resulta que no, que “Quasart” es un cuerpo celeste que está en proceso de ser estrella. O sea, casi estrella. Y entonces me dije, nada, ahí está el nombre para lo mío y como lo mío son casi novelas vamos a ponerle Quanov.


Renato Rodríguez. Foto tomada de aquí


AJP: ¿Cómo te sacó Orlando del olvido?

RR: Orlando me rescató del olvido, bueno, eso ocurrió porque él dijo una vez que había llegado al conocimiento de mi existencia como autor a través de Juan Rulfo, porque curiosamente yo le caí en gracia a Rulfo, a pesar de que nunca lo conocí personalmente. Las cosas ocurrieron de esta manera: cuando salió Al sur del ecuanil, yo le envié un ejemplar a Teresa Selma, actriz venezolana que para entonces vivía en México, y ella conocía a Juan Rulfo y le pasó el libro y lo leyó y parece que le agradó porque siempre se expresó en buenos términos de mí. Así fue que vino Orlando a enterarse de mí, de que yo existía como escritor. Como dicen: son extraños los caminos del Señor.


Salvador Garmendia. Foto tomada de aquí

AJP: ¿De qué año me hablas?

RR: Eso fue cuando vino Rulfo a Venezuela el año 76 a invitar para un congreso de escritores que tuvo lugar en México al año siguiente y entonces quiso invitarme a mí y se encontró con la novedad de que nadie sabía que yo existía, es decir, muchos lo sabían pero se hacían los locos para no quedar mal con la OCI, y Orlando oyó eso y le pidió a una de mis hermanas que le consiguieran un ejemplar de Al sur del ecuanil y lo leyó y posteriormente Rafael Diprisco le dio información complementaria sobre mi oficio de escritor. Tengo entendido que así ocurrió. Luego Orlando se empeñó en escribir el prólogo de la segunda edición de Al sur del ecuanil, pero Monte Ávila Editores se lo había encargado a Roberto Lovera de Sola y, cuando Orlando se enteró, armó un zaperoco y dijo que ese prólogo no lo escribía nadie sino él, y que si no lo escribía él no dejaba que saliera el libro. Entonces lo tuvieron que complacer y después Lovera de Sola en vez de odiar a Orlando me detesta a mí. Cuando yo regresé el año 73 de los Estados Unidos de Norteamérica, lo volví a ver en la Galería del Inciba que quedaba en el edificio de Pro Venezuela. Orlando tenía una “mona” grandísima que yo creo que ni se acordó después que nos encontramos allí, posteriormente cuando le dieron a él un premio entonces yo le dejé una carta en la librería Suma, manifestándole mi alegría porque le hubiesen dado el premio y luego el me llamó por teléfono y a partir de esa llamada seguimos viéndonos con cierta periodicidad.


La noche escuece. Foto tomada de aquí


AJP: ¿Como definirías al escritor Orlando Araujo?

RR: Yo creo que con una frase muy corta podría expresarte la opinión que me merece Orlando como ser humano, tuvo altos y bajos pero hay una cosa de la cual yo estuve siempre seguro y esa cosa es que carecía de una cualidad que abunda mucho entre nosotros, particularmente, entre la gente que escribe o que hace algo en el campo de la creatividad: carecía absolutamente de envidia; nunca tuve indicios de que envidiara nada, era sumamente generoso en sus actitudes. Apartando la gran calidad de su libro Compañero de viaje, que es una especie de hito en la literatura propiamente venezolana, porque se puede decir que es uno de los libros que tienen realmente características de narrativa venezolana; fue un gran promotor de infinidad de cosas, no solamente de literatura. Fue un hombre sumamente entusiasta de las causas nobles de la vida como la vida misma; por ejemplo, y como te dije anteriormente, carecía totalmente de envidia y esa cualidad es poco común.


Renato Rodriguez. Foto tomada del blog José Odreman Nieto


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Alberto José Pérez

Poeta, editor y comentarista literario venezolano (El Samán, Apure, 1951). Ha publicado unos veinte libros de poesía, crónicas de libros y entrevistas. Sus últimos títulos son Un poeta como yo (Ediciones Mucuglifo), Confesionales (El Perro y La Rana), En la alta noche (Fondo Editorial del Caribe), La revelación del otro (El Perro y La Rana) y Pequeña antología (Editorial La Espada Rota). Es colaborador permanente de Contenido, suplemento literario del diario El Periodiquito. Ha sido galardonado con el Premio Único de Poesía de la Bienal de Literatura de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y con el Premio Nacional de Poesía “Centenario de Enriqueta Arvelo Larriva”. Fue distinguido por la Red de Escritores de Venezuela con el premio “Compañero de Viaje”, en reconocimiento a su contribución a las letras nacionales. Reside en Santa Clara (Barinas).

Tomado de Letralia

Actualizada el 29/01/2024