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viernes, 26 de diciembre de 2025

«Nochebuenas, allá lejos» de Mariano Picón Salas

 

 

Imagen tomada de aquí

Estimados Liponautas


Hoy le haremos llegar un texto de Mariano Federico Picón Salas (Mérida, 26 de enero de 1901 - Caracas, 1 de enero de 1965) dedicado a la navidad. No es un relato ficticio sino una crónica personal, la transcripción de una vivencia hecha recuerdo. 



La crónica fue tomada de la “Antología de cuentos navideños venezolanos” de María Elena Maggi (1985)



Mariano Picón Salas cerca de 1940.


*******



Quizás la primera Navidad que recuerdo y en la que tengo la impresión de que comenzaba la vida, es esa —¡tan lejana!— en que los venezolanos supieron que había caído Cipriano Castro y subía al poder, Juan Vicente Gómez. Toda noticia circula rápida por los caminos de Venezuela en la actualidad, pero hace cuarenta y tantos años en un país atrasado diríase que se detenían morosa­mente en los venerables postes de madera del telégrafo provincial —venturosamente desaparecidos—, postes que en la verde latitud de Mérida florecían de orquídeas y servían de nido eventual a los pájaros errantes. ¡Cuántas noticias morían en el pico de las go­londrinas!


Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro


Pero aquella Navidad debió ser especialmente patética, porque además de los comentarios políticos de mis tíos, en los corredores de las visitas que entran, salen y cuchichean, con­mueven la casa los quejidos del abuelo enfermo, afectado de terrible dolencia que acabaría con su vida después de Año Nuevo. Tuve la impresión —a causa de tantas cosas serias— de que los presentes que depositaron los Reyes Magos en mis zapatos, obede­cían más a cortés convencionalismo que a entusiasmo auténtico. Quizás, desde entonces, perdí la fe en los Monarcas y empezaba a deshacerse y pulverizarse un encantado mito infantil. He querido conciliar, difícilmente, el impulso poético y el espíritu crítico.


A pesar de todo, los días eran hermosos con la insólita frescura y transparencia que pinta diciembre en nuestra cordillera; los pi­cachos de la Sierra Nevada se engastaban en el más despejado co­balto; las matas de granados, guayabas y chirimoyos del solar es­tallaban su mejor carga olorosa; el azulillo con que las criadas fro­taban la ropa diríase que también había bajado del cielo, y la luz tan clara y dulce invitaba a una incesante romería de pájaros. Reconocía las ‘‘chupitas” merideñas, un poco monjiles y pesadas en su vestido gris y los flechantes colibríes, de estupendos verdes, a veces estriados de rojo, que parecían dispararse en busca del sol.


Don Emilio Maldonado, meteorólogo de la ciudad hubiera podi­do telegrafiar a Caracas: “Temperatura media, 17 centígrados; cielo despejado; no hay cirrus en la región”. Para gusto de un ni­ño y primer contacto con el mundo, había también en la casa el trabajo del ‘‘amasijo’’ y ver salir del hormo encendido los más azu­carados “mojicones’’ y rosquetes. Un olor de condimento criollo —de salpresa, vinagre, guayabita, aceitunas y pasas de Almería— brotaba también de las enormes ollas en que se preparaba el guiso de las “hallacas”


—¿Las comeríamos ese año, y celebraríamos la Navidad estando el abuelo gravemente enfermo?, fue todo un problema para lo que irrespetuosamente se puede dominar la Teología doméstica. Pero si se prescindía de la cena navideña de los parientes, era inhumano renunciar a una tradición tan largamente establecida como la de mandar hallacas a los presos. Era costumbre bondadosa de los días venezolanos de guerra civil donde los cautivos de hoy se convertían en los carceleros de mañana. O quizás un vestigio de la dulce tre­gua de Dios, aun en el peor tiempo de congoja, como en la época feudal. Para mí era primera lección de solidaridad humana, ese vínculo y comunicación de almas que desde las palabras de Cristo en Canaán pretende acercar a todos los hombres: sean publicanos y bárbaros, heréticos y fariseos, nacidos en Jerusalén o nacidos en Samaría.


(Antes de ver castillos europeos y piedras lejanas, el cuartel de Mérida con sus portalones añosos, su larga balconería, empinada garita y astabandera, me daba una sensación de extrañeza. Como todos los chicos de la ciudad quería asomarme a la plaza en las ho­ras de relevo de las guardias, cuando ululan las cornetas y los sol­dados hacen su cotidiano ejercicio. En la pobreza de entonces, el Cuartel servía de cárcel y paraban allí con sus historias de pe­queños o grandes crímenes rurales, los presos de todo el Estado. Algunos eran simples peones de las haciendas que un domingo bebieron demasiado “miche” para concluir la fiesta a cuchilladas. Torva y triste crónica de miseria, aguardiente y analfabetismo. Y fue como la más sorpresiva aventura acompañar a un viejo sirvien­te de la casa a entregar las hallacas en el presidio. Aprendí a cono­cer —ya tan niño— lo que son los trámites burocráticos, cuando después de recorrer las arcadas, hablar con un sargento que arrellanado en su silla de suela, masca chimó; ver nuevos soldados y pa­tios y las rejas lóbregas de los calabozos al fondo llegamos hasta el “cabo” que se hizo cargo del obsequio. Y como se debiera ser profesionalmente agrio abrió la tapa de la olla y dijo con cólera: — “¿Con que hallacas?— Aja. Preso no conoce Nochebuena”. Algo de las más irredenta sevicia, no alumbrada todavía por el despertar de la conciencia moral, se me hizo presente en ese ins­tante. Era como una tempranísima invitación para leer a Dostoievski que sólo conocería muchos años más tarde. Pero para mis farsantes conversaciones con los muchachos de la escuela, tenía una singular historia que contar. Acaso me mirarían como los toscanos a Dante después de su fantástica jornada tenebrosa. Muy pronto había descubierto que también había “otro mundo”, no sólo en el Cielo de los ángeles o en las profundidades infernales, sino a pocas cuadras de mi casa).


—¿Qué tiene que ver esto con la Nochebuena? Todo se funde en la unidad compleja de las primeras emociones. A nadie se le pre­senta el mundo como cuadro aislado y separable, al modo de esas narraciones y descripciones que escribían los costumbristas. Yo no hago costumbrismo sino busco la raíz de mi ser, el río de la con­ciencia a donde afluyen —conmoviéndonos o asustándonos— las palabras de los parientes, la diana del cuartel, la bandera flotando en su asta, o el continuo y maravilloso vuelo de los pájaros por el cielo de Mérida. Y el olor de las hallacas, del vinagre y de la sal­presa.

Imagen tomada de aquí.

También sonarán los valses y pasillos que tocaban en sus ‘‘sinfonías de boca” los adolescentes de entonces; las charangas de ‘‘tiple’’ y “requinto” que recorrían las calles de la ciudad; los cla­rinetes de la banda del Maestro Gil, Antonio Gil; las campanas de la Catedral próxima que repicaba tan jubilosamente el inolvidable Juan el Campanero; el estallido de las ‘‘recámaras”, “triquitra­ques” y “buscapiés” que preparaban para las fiestas los señores Maldonado, magníficos polvoristas de la región. Debieron tam­bién llevarme a ver aquella séptima maravilla de Mérida —que he descrito otras veces— y que se llamaba el pesebre de las señoritas Chaparro.



Una especie de Historia Sagrada traducida a nuestro clima, per­fumada con las flores, laureles, dictamos, incinillos y frailejones de la alta Serranía, esculpida en rural anime, se volcaba sobre nuestros ojos. Pensaba que desde que ellas fueron jóvenes hasta que las conocí viejecitas, no cumplieron empresa más santa y me­jor que multiplicar las figuras y adornos de su Pesebre. No había otro comparable en toda la región andina. Desde que Eva nace de la costilla de Adán y muerde en el árbol de la Ciencia una manza­na que parece más bien venezolanísima lechoza, siguiendo con el sacrificio de Isaac, y la escala de Jacob hasta llegar a las más dulces historias del Nuevo Testamento. Pero santos, profetas y patriarcas de anime, parecían con sus “chapas” parameñas, sus ruanas y sombreros, personas que uno ha visto en la plaza del Mercado. Y todos los caminos del Pesebre por donde ahora viajan hacia Belén los Reyes Magos, se parecen en sus cuestas ocres, musgosos desfila­deros, casitas blancas para amarrar las cabalgaduras y descansar un poco, a todos los caminos de Los Andes. ‘‘Vienen pidiendo posa­da”, decía un cantar navideño.


Después otras Navidades pasarán con igual música de ‘‘tiples’’, violines y requintos y tintineo de campanas desde la torre más blanca de la Catedral, por el mundo de mi fantasía en formación. Era yo —¿será pedante decirlo ?— como alebrestado río joven, co­mo esos ríos de la Cordillera que beben en cada cumbre, en cada vertiente, su tributo de aguas blancas, saltarinas y cabriolantes. Y van saltando y relinchando como bonitos caballos capinos hasta encajonarse en los valles. Mueven las ruedas para la molienda del trigo y el descerezo del café. Arrastran flores en la primavera andi­na como jóvenes Dionysos. Es agua báquica, desperdiciada y gozo­sa, pasión de ventisquero, como la llegada de la adolescencia.


Ya maduraba el tiempo oloroso de los primeros amores. Huelen a cla­vel rojo las noches de Mérida, y tímidamente los ofrecen las niñas ‘‘con su significado’’. Brincan las estrellas más azules que fosfore­cen, sollozan y se queman, en los arbolitos de fuegos artificiales que siguen fabricando los polvoristas Maldonados. ¿No ocurre igual, con nuestro corazón un poco titilante? Francesca Bertini en­seña su pelo largo, su espalda danunziana y sus tragedias meri­dionales en los cinematógrafos de la provincia. Con otros muchachos comentamos ya versos de Rubén Darío y de Juan Ra­món Jiménez. Ha concluido la guerra europea; quizás se haga me­jor el mundo y es hora ya de afeitarse en la “Barbería Moderna” de don Rafael Puente y de mandarse a hacer un traje en la “Sastre­ría Italiana” de don Francisco Emanuele.


—¡Cómo se asocian de modo tan curioso a la historia de mi adolescencia! Don Rafael murió hace pocos años, cortando hasta el úl­timo momento, las barbas de tres o cuatro generaciones de merideños. Era buen caballero de una época amable, despaciosa y con­versadora. No sólo su magnífica barbería de grandes espejos, con­solas de mármol y variado tocador ofrecía “honradez, aseo y escru­pulosidad en el despacho” (como decía en sus avisos), sino era, a la vez sala de tertulia y biblioteca pública. Siempre pensé que en su profesión de barbero activo don Rafael escondió un poeta, por­que sembraba de revistas literarias y libros de versos las repisas y mesas de su establecimiento. Leía a Rubén Darío y a Enrique Gó­mez Carrillo.


La barba bien rapada en la “Barbería Moderna” de don Rafael Puente y el ‘‘smoking’’ con solapa de seda que me cor­té en la ‘‘Sastrería Italiana” de don Francisco Emanuele son el símbolo primario y elemental de esa nochebuena de la adolescen­cia en que nos jactaremos de hombres, casi emancipados, en el primer baile, y una linda muchacha que hasta entonces sólo vimos de lejos se reclinará en nuestro hombro. ¡Y qué torpes, afectadas y hermosas las palabras que le decimos, que ya tienen poco que ver con las bellas palabras de los libros!


Para el adolescente fabulador todas las estrellas señalan la ruta de Belén. Estamos a la espera de un milagro y nos abandonamos a la dirección que indica el lucero. Si la vida no nos hizo reyes orien­tales, nos incorporamos al cortejo como los pastores que oyeron el divino canto y llevaron también la mirra —no menos preciosa— de su humildad y sus sueños. Eran “los hombres de buena volun­tad; los hombres pacíficos” a quienes convocó el Ángel.


Después, Mérida y yo seguimos creciendo, y quizás nos torna­mos más cosmopolitas. Sólo la Sierra cesó de empinarse, y cual­quier cambio en su tamaño lo advertirían los hombres dentro de cuarenta siglos. Las aguas que bajan de sus vertientes, la siguen ci­ñendo sus collares de infinita albura. Hay todavía pájaros y mari­posas, menos mudables que las generaciones humanas. Con las Señoritas Chaparro la ciudad enterró la mejor y más animada tra­dición de sus pesebres navideños. Los jóvenes ya no se rapan las barbas y leen libros de versos en la imponderable “Barbería” de don Rafael Puente. Entre esas nochebuenas de allá lejos y las de ahora, ¡qué frontera de nieblas, de oscuros cirros, de cambio y de soledad



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lunes, 1 de julio de 2013

La soledad crea el espacio para escuchar la propia voz que permite que surja la innovación y la productividad






La soledad, clave para innovación y productividad (estudio)


por: nicolas.boullosa


La soledad es el nuevo lujo, componente indispensable para que la habilidad creativa o estratégica se transforme en innovación. En la era del consumo y el trabajo colaborativos, autores y psicólogos reivindican el poder del trabajo en solitario y recuerdan que no es casual que las grandes ideas e innovaciones partan siempre del esfuerzo individual.

Trabajar en oficinas diseñadas para colaborar, de acuerdo con la tendencia New Groupthink ("nuevo pensamiento grupal"), consigue lo contrario que se propone, explican décadas de investigaciones: la interrupción e interacción constantes reducen tanto la productividad como la innovación.

Cuando compartir se impone a esfuerzo creativo en solitario

Colaborar es el mantra de nuestra época. Compartir es tan "cool" que, aparentemente, nos estamos olvidando del sano esfuerzo de estrujarse el cerebro en solitario, y tanto individuos como empresas notan sus consecuencias.
La intuición de personalidades creativas de todos los campos y épocas es refrendada ahora por nuevas evidencias: la soledad es un catalizador esencial de la innovación, pese a sus connotaciones negativas en una época en que se impone compartir y se detectan fenómenos como el de la sobrecarga informativa.

Un mundo que no puede parar de hablar

Susan Cain, autora del libro Quiet: The Power of Introverts in a World That Can’t Stop Talking considera que, pese a los ejemplos históricos y las evidencias científicas que sugieren la importancia del trabajo en solitario, "el Nuevo Pensamiento en Grupo se ha apropiado de nuestros centros de trabajo, nuestras escuelas e instituciones religiosas".

"Cualquiera que haya necesitado alguna vez auriculares para abstraerse en su oficina, o marcado en su calendario en línea una reunión falsa para escapar de alguna verdadera, sabe a qué me refiero".

Cain recuerda que "prácticamente todos los trabajadores estadounidenses pasan tiempo en equipo y alrededor de un 70% desempeñan su labor en oficinas de planta abierta, donde nadie tiene 'una habitación para uno mismo'".

Reivindicando los espacios (mentales, físicos, espirituales) donde escuchar la propia voz

No es casual que Susan Cain use la expresión en inglés "a room of one's own" (una habitación o espacio propio): coincide con el título de un ensayo de Virginia Woolf, donde la escritora británica destacaba la importancia de que una mente creativa tenga un refugio propio e infranqueable en el que concentrarse.

Inspirado en el ensayo de Woolf, el periodista y profesor Michael Pollan describe en A place of my own (un título con claro deudor) el proceso y recorrido tanto físico como espiritual derivados de la construcción de una cabaña de escritor.

La crítico Francine du Plessix Gray describe, en su crítica del ensayo de Pollan, la esencia de uno de los secretos peor guardados de la creatividad humana, ya que muchos hemos llegado a conclusiones similares experimentando con nuestra propia capacidad de concentración en distintas situaciones y contextos:

"[El libro] es una inspiradora meditación acerca de la compleja relación entre el espacio, el cuerpo y el espíritu humanos". En definitiva: sin nuestra placenta (sea una mesa de despacho, el váter, una habitación, una cabaña aislada, el avión en medio del Atlántico, el silencio de la mañana o noche, la música en los auriculares), nos cuesta dar lo mejor de nosotros mismos.

El lujo de la privacidad en el trabajo

Los psicólogos Mihaly Csikszentmihalyi y Gregory Feist han publicado un estudio donde argumentan que el individuo es más creativo cuando disfruta de privacidad y un entorno sin constantes interrupciones.

El trabajo de Csikszentmihalyi y Feist es, en cierto modo, la corroboración de un chiste al que recurren los emprendedores de una de las zonas con mejor reputación como centro innovador: Silicon Valley. Es la vieja ocurrencia que expone que "un camello es un caballo diseñado por comité".

Los emprendedores tras la empresa 37Signals, Jason Fried y David Heinemeier Hansson, no necesitaron esperar a las conclusiones de este estudio para expresar en su libro Rework lo que la mayoría de quienes trabajamos en un campo intelectual sabemos por experiencia propia: la interrupción constante es una lacra.

Trabajar concentrados: "como entrar en la fase REM del sueño"

No es casual que el último libro de estos emprendedores incluya un apartado titulado "La interrupción es el enemigo de la productividad".

El párrafo inicial del capítulo: "Si estás continuamente trabajando hasta tarde o incluso los fines de semana, no es porque haya demasiado que hacer. Es porque no avanzas lo suficiente en el trabajo. Y el motivo son las interrupciones".

Más: "Interrupción no equivale a colaboración, sino sólo interrupción. Y, cuando eres interrumpido, no puedes acabar tu trabajo". Y: "No puedes lograr avances significativos en tu trabajo cuando estás constantemente arrancando y parando, arrancando y parando".

En lugar de entrar en el juego de la interrupción constante, que puede afectar no sólo a nuestra productividad y carrera, sino a nuestra salud, los autores de Rework recomiendan que entremos "en la zona solitaria. Largos períodos de tiempo en solitario cuando seamos más productivos".

"Se tarda tiempo en entrar en esa zona y requiere evitar las interrupciones. Es como la fase REM del sueño".

Entorno de colaboración constante = interrupción

Si ya es de por sí difícil disfrutar de un momento fructífero de concentración y trabajo fluido, los nuevos entornos familiares, sociales y empresariales, cada vez más incisivos proclamando que debemos colaborar y compartir nuestro pensamiento, agudizan la crisis del pensamiento creativo. Consecuencia: más ruido y ansiedad, menor productividad. Y menor innovación.

De nuevo, olvidamos que el dilema del innovador empieza a menudo con el trabajo en solitario de una mente creativa a la que se le ha concedido un entorno poco interrumpido y mucha confianza.

El bloguero Michael Arrington, ahora fuera de TechCrunch, lo resumía así en mayo de 2010: "Un producto debería ser una dictadura. No fruto de un consenso. Hay víctimas. No existen ni los compromisos anuentes ni los tratados de paz. Necesitamos ser líderes capaces de imponer decisiones impopulares para mantener una idea afinada". 

Arrington se refería al desarrollo de un proyecto web en particular, pero su reflexión sirve para cualquier proceso creativo.

Compartir sí, pero también tiempo en solitario

Interaccionar puede ser positivo, dicen estudios similares al publicado por Mihaly Csikszentmihalyi y Gregory Feist. Eso sí, siempre y cuando se trate de compartir un trabajo previo, inspirado en un esfuerzo personal a menudo inconfortable, en el que están presentes el vértigo, el tesón, la perseverancia, el trabajo en solitario para extraer el mejor rendimiento de una mente creativa.

El esfuerzo solitario que debe combatir monstruos como la posposición, el síndrome de la hoja en blanco, el déficit de atención (que puede convertirse en patológico), y la victoria de la voluntad para marcar objetivos personales ante la permanencia en la zona de confort, tanto física como intelectual.

Hacer algo bueno cuesta mucho: talento, mucho trabajo y, sobre todo, esfuerzo en solitario y en "entornos de uno mismo" en los que no exista una interrupción constante, explica Susan Cain en El auge del Nuevo Pensamiento en Grupo, un artículo para The New York Times.