El 4 de octubre pasado se cumplieron 56 años del lanzamiento del Sputnik I, primer satelite artificial de la Tierra, en conmemoracion de esa gesta hoy compartimos esta entrada con ustedes.
Ernst Stuhlinger fue parte del equipo liderado por Werner Von Braun que logró que la humanidad llegara a la Luna. La carta que leerán a continuación es un documento políticamente correcto, gestado dentro de la época de la guerra fría. Centrado en el por qué de la exploración espacial en un momento donde la NASA tenía un mayor presupuesto que en la actualidad y que justifica la idea de que la exploración del espacio ayudaría indirectamente en la resolución del problema del hambre mundial. Un problema que actualmente es solucionable porque producimos los suficientes alimentos o sabemos como aumentar su producción. El problema real radica en nuestra imposibilidad como sociedad planetaria de efectuar una justa distribución de los recursos. Así que podríamos decir que el hambre mundial es un problema causado por nuestra inmadurez colectiva ante los problemas sociales. Pero obviando esto, esta carta es un bello documento que alaba la capacidad del hombre en una tarea que para muchas personas será la que se encargue de que la raza humana perdure en el tiempo (si sobrevivimos al hambre, al cambio climático y a la contaminación) incluso más alla de los limites espaciotemporales de este pequeño punto azul pálido.
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"Creo incluso que al trabajar para el programa espacial puedo hacer alguna contribución al alivio y eventual solución de problemas tan graves como la pobreza y el hambre en la Tierra".
¿Por qué explorar el espacio?
Carta del físico nuclear y pionero de la astronaútica Ernst Stuhlinger a la Hermana Mary Jucunda
En 1970, una monja radicada en Zambia y llamada Hermana Mary
Jucunda escribió al doctor Ernst Stuhlinger, entonces director asociado
de ciencia en el Centro de Vuelos Espaciales Marshall de la NASA, en
respuesta a sus investigaciones
sobre una misión tripulada a Marte. Concretamente, preguntó cómo podía
sugerir que se gastasen miles de millones de dólares en un proyecto así
en un tiempo en el que tantos niños morían de hambre en la Tierra.
Stuhlinger envió a la Hermana Jucunda la siguiente carta de explicación junto con una copia de Earthrise,
la fotografía-icono de la Tierra tomada en 1968 por el astronauta
William Anders desde la luna (también incluida en esta carta). Su
estudiada respuesta fue más tarde publicada por la NASA bajo el título
de “¿Por qué explorar el Espacio?”
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6 de mayo de 1970
Estimada Hermana Mary Jucunda,
Su carta ha sido una de tantas que me llegan cada día, pero me ha
conmovido más profundamente que todas las demás porque viene de una
mente inquieta y un corazón compasivo. Intentaré responder a su pregunta
lo mejor que pueda.
Primero, sin embargo, me gustaría expresarle la gran admiración que
siento por usted y por sus valientes hermanas, porque están ustedes
dedicando sus vidas a la más noble causa del hombre: ayudar a sus
semejantes necesitados.
Pregunta en su carta cómo puedo sugerir que se gasten miles de
millones de dólares en un viaje a Marte, en un momento en el que muchos
niños mueren de hambre en la Tierra.
Sé que no espera usted una respuesta como “¡Oh, no sabía que había
niños muriéndose de hambre, pero desde ahora dejaremos de explorar el
espacio hasta que la humanidad haya resuelto ese problema!” En realidad,
sé de la existencia de niños hambrientos mucho antes de saber que un
viaje al planeta Marte es técnicamente posible. Sin embargo, como muchos
otros, creo que viajar a la Luna, y luego a Marte y otros planetas, es
una aventura que debemos emprender ahora, e incluso creo que ese
proyecto, a la larga, contribuirá más a la solución de esos graves
problemas que tenemos aquí en la Tierra que muchos otros potenciales
proyectos de ayuda que se están debatiendo y discutiendo año tras año, y
que son tan lentos a la hora de proporcionar ayuda tangible.
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| Una fotografía de Marte tomada por el Vikingo I |
Antes de intentar describir en más detalle cómo nuestro programa
espacial contribuye a la solución de nuestros problemas en la Tierra, me
gustaría relatarle brevemente una supuesta historia real. Hace 400
años, vivía un conde en una pequeña aldea de Alemania. Era uno de los
condes benignos, y daba gran parte de sus ingresos a los pobres de su
aldea. Eso era muy de agradecer porque la pobreza abundaba en los
tiempos medievales y había epidemias de plaga que asolaban con
frecuencia el campo. Un día, el conde conoció a un extraño hombre. Tenía
una mesa de trabajo y un pequeño laboratorio en su casa, y trabajaba
duro durante el día para poder permitirse algunas horas de trabajo en su
laboratorio por las noches. Tenía lentes pequeñas hechas de trozos de
vidrio; montaba las lentes en tubos y usaba esos aparatos para mirar
objetos muy pequeños. El conde estaba particularmente fascinado por las
minúsculas criaturas que podían observarse con grandes aumentos, y que
nunca antes habían sido vistos. Invitó al hombre a mudar su laboratorio
al castillo, a convertirse en un miembro de su casa y a dedicar desde
entonces todo su tiempo al desarrollo y perfeccionamiento de sus
aparatos ópticos como empleado especial del conde.
Los aldeanos, sin embargo, se enfadaron cuando se dieron cuenta de
que el conde estaba desperdiciando su dinero en lo que ellos
consideraban una payasada sin sentido. “¡Sufrimos por la plaga,” decían,
“mientras le paga a ese hombre por un hobby sin utilidad!” Pero el
conde permaneció firme. “Os doy tanto como puedo,” dijo, “pero también
apoyaré a este hombre y a su trabajo, porque creo que un día algo útil
saldrá de ello.”
Realmente, salieron cosas muy útiles de ese trabajo, y también de
trabajos similares hechos por otros en otros lugares: el microscopio. Es
bien sabido que el microscopio ha contribuido más que cualquier otro
invento al progreso de la medicina, y que la eliminación de la plaga y
de muchas otras enfermedades contagiosas en todo el mundo es en buena
parte el resultado de los estudios que el microscopio hizo posibles.
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| Salida de la Tierra. Fotografía tomada el 24 de diciembre de 1968 |
El conde, al reservar algo de su dinero para investigación y
descubrimiento contribuyó mucho más al alivio del sufrimiento humano que
lo que hubiera conseguido dando a su comunidad asolada por la plaga
todo lo que pudiera ahorrar.
La situación que afrontamos hoy es similar en muchos aspectos. El
Presidente de los Estados Unidos gasta unos 200.000 millones de dólares
en su presupuesto anual. Ese dinero va a sanidad, educación, servicios
sociales, renovación urbana, autopistas, transportes, ayuda al exterior,
defensa, conservación, ciencia, agricultura y muchas instalaciones
dentro y fuera del país. Aproximadamente el 1,6% de este presupuesto
nacional se destina este año a la exploración espacial. El programa
espacial incluye el Proyecto Apolo y muchos otros proyectos más pequeños
en física espacial, astronomía espacial, biología espacial, proyectos
planetarios, proyectos de recursos de la Tierra e ingeniería espacial.
Para hacer posible este gasto en el programa espacial, el contribuyente
norteamericano medio con ingresos de 10.000 dólares paga unos 30 dólares
de sus impuestos para el espacio. El resto de sus ingresos, 9.970
dólares, queda para su subsistencia, recreo, ahorros, otros impuestos, y
todos sus demás gastos.
Probablemente usted se preguntará: “¿por qué no coge 5, o 3, o 1
dólar de esos 30 dólares para el espacio que el contribuyente
norteamericano medio está pagando, y envía esos dólares a los niños
hambrientos?” Para responder a esa cuestión, tengo que explicarle
brevemente cómo funciona la economía de este país. La situación es muy
similar en otros países. El gobierno consiste en un número de
departamentos [ministerios] (Interior, Justicia, Sanidad, Educación y
Servicios Sociales, Transporte, Defensa y otros), y las oficinas
[bureaus] (Fundación Nacional para la Ciencia, Administración Nacional
de Aeronáutica y del Espacio, y otras). Todos ellas preparan sus
presupuestos anuales según sus misiones asignadas, y cada una de ellos
defiende su presupuesto frente a una supervisión extremadamente severa
por parte de las comisiones del Congreso, y frente a una fuerte presión
de ahorro por parte de la Oficina Presupuestaria y del Presidente.
Cuando los fondos son finalmente asignados por el Congreso, solamente
pueden gastarse en las partidas presupuestarias especificadas y
aprobadas en su presupuesto.
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| Vikingo I |
El presupuesto de la Administración Nacional de Aeronáutica y del
Espacio (NASA), por supuesto, solamente puede contener partidas directamente
relacionada a la aeronáutica y al espacio. Si ese presupuesto no fuese
aprobado por el Congreso, los fondos propuestos no estarían disponibles
para nadie más; sencillamente no serían gravados al contribuyente, a
menos que alguno de los otros presupuesto hubiese obtenido la aprobación
para un aumento específico, que entonces absorberían los fondos no
gastados en el espacio. Se dará usted cuenta, a partir de este breve
discurso, que el apoyo a los niños hambrientos, o más bien un apoyo
adicional a lo que los Estados Unidos ya está contribuyendo para esa
misma noble causa en la forma de ayuda al exterior, solamente puede
obtenerse si el departamento apropiado solicita una asignación para este
fin, y si esa asignación es aprobada por el Congreso.
Puede usted preguntarse si yo, personalmente, estaría a favor de una
acción así por parte de nuestro gobierno. Mi respuesta es un rotundo sí.
De hecho, no me importaría en absoluto si mis impuestos anuales fuesen
aumentados un cierto número de dólares con el fin de alimentar niños
hambrientos dondequiera que vivan.







