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jueves, 9 de febrero de 2023

Gabriel Zaid: ¿Qué demonios importa si uno es culto? Lo que importa es si leer nos hace, físicamente, más reales

 


Estimados Liponautas


Hoy compartimos con ustedes un fragmento de Los demasiados libros  de Gabriel Zaid . Esperamos sea de su agrado.

Atentamente


La Gerencia.

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Los demasiados libros


Gabriel Zaid


La Jornada Semanal, 28 de abril de 1996


La editorial española Anagrama otorgó la mención especial de su certamen internacional de ensayo al escritor mexicano Gabriel Zaid. El libro de Zaid gira en torno a la industria editorial, y en él se combinan los talentos del analista de La economía presidencial, el crítico de La poesía en la práctica y el poeta de Reloj de sol. Celebramos a uno de nuestros mayores escritores con el ensayo que da título al libro que próximamente editará Anagrama.


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La gente que quisiera ser culta, va con temor a las librerías, se marea ante la inmensidad de todo lo que no ha leído, compra algo que le han dicho que es bueno, hace el intento de leerlo, sin éxito, y cuando tiene ya media docena de libros sin leer, se siente tan mal que no se atreve a comprar otros.

En cambio, la gente verdaderamente culta es capaz de tener en su casa miles de libros que no ha leído, sin perder el aplomo ni dejar de seguir comprando más.


José Gaos. Imagen tomada de El Financiero.

«Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura», dice un aforismo de José Gaos. La observación es tan exacta que, para ser también irónica, requiere la complicidad del lector bajo una especie de imperativo moral, que todos más o menos acatamos: un libro no leído es un proyecto no cumplido. Tener a la vista libros no leídos es como girar cheques sin fondos: un fraude a las visitas.

Ernest Dichter, en su Handbook of Consumer Motivations, habla de esta mala conciencia en los clubes de libros. Hay gente que se inscribe como si entrara a un festival de la cultura; pero, a medida que los libros llegan y se acumula el tiempo que hace falta para leerlos, cada nueva remesa, y el montón, se vuelven un reproche muy poco festivo: una acusación de incumplimiento, hasta que rompe con el club, decepcionada y resentida de que le siga enviando libros, a pesar de pagarlos.

Por eso, se inventaron los libros que no son para leer. Libros que se pueden tener a la vista impunemente, sin sentimientos de culpa: diccionarios, enciclopedias, atlas, libros de arte, de cocina, de consulta, bibliográficos, antológicos, obras completas. Libros que la gente discreta prefiere para hacer regalos: porque son caros, lo cual demuestra aprecio, y porque no amenazan con la cuenta pendiente de responder a la pregunta: «¿Ya lo leíste?, ¿qué te pareció?» —lo cual demuestra lo mismo. El antieslogan más anticomercial del mundo pudiera ser, en efecto: «Regale un libro: es como regalar una obligación».

Los autores de libros no son tan discretos. Dejando aparte los casos extremos (los que llaman para ver en qué página va uno, cuándo terminará y, sobre todo, cuándo publicará una reseña larga, inteligente y objetiva), se sienten obligados a repartir obligaciones cada vez que publican. Ya se sabe que la elegancia torera en estos casos consiste en responder de inmediato con una tarjeta que diga: «Acabo de recibir su libro. ¡Qué estupenda sorpresa! Lo felicito y me felicito de antemano por la alegría que me dará leerlo». (Alfonso Reyes las usaba impresas, con espacios en blanco para la fecha, nombre y título.) Si no, la deuda se triplica y crece a interés compuesto, conforme pasa el tiempo, hasta que llega un momento en que el deber pendiente de leer el libro, de escribir una carta, que ya no puede ser tan breve, y de formular un elogio que no sea falso ni mezquino, se vuelve una pesadilla. No se sabe qué es peor, si esto o la tarjeta a vuelta de correo.

Pero hay más: ¿qué hacer físicamente con el libro? El autor puede presentarse un día y encontrarlo sin abrir. Otra buena medida, que desgraciadamente también requiere disciplina, sería desflorar las primeras páginas en el momento de recibirlo, y dejar un marcador, para indicar la intención. O hacerlo desaparecer, explicando, si es necesario, que un amigo se entusiasmó tanto que se lo llevó prestado, antes de que uno pudiera leerlo. En este caso, es prudente arrancar la dedicatoria. Los libros dedicados tienen la extraña vocación de acabar en las librerías de viejo, y hay esas historias horribles de los libros de Darío o de Rilke dedicados melosamente a Valéry y encontrados después con los buquinistas del Sena, sin abrir. O aquella historia del libro de Valle-Arizpe que encontró, intonso, en una librería de viejo, y que compró y envió de nuevo a su amigo: «Con el renovado afecto de Artemio de Valle-Arizpe».

Una pésima solución consiste en conservarlos, hasta formar una biblioteca de miles de volúmenes, diciendo: en realidad, no tengo tiempo de leerlos, lo hago para dejarles una herencia a mis hijos. Excusa cada vez más débil, hoy que las ciencias adelantan que es una barbaridad. Casi todos los libros se vuelven obsoletos desde el momento en que se escriben, si no antes. Y la mercadotecnia está logrando imponer la planned obsolescence hasta de los autores clásicos (con nuevas y mejores ediciones críticas), para acabar con la ruinosa transmisión de gustos de una generación a la siguiente, que tanta fuerza restó al mercado en otro tiempo.

La formación de bibliotecas obsoletas para los hijos se justifica como la preservación de ruinas: por razones puramente arqueológicas. Y hay excusas mejores que la biblioteca heredable. Si uno forma una biblioteca sobre historia de Tlaxcala, o, mejor aún, de ediciones del Quijote, nadie tiene derecho a exigirle que haya leído miles de veces el Quijote, una por edición. Aunque no faltarán visitas inocentes que se escandalicen de ver tantas veces el mismo título. ¿No es como retratarse y exhibirse mil veces, bajo mil ángulos, con el único pez gordo que se ha pescado en la vida?

Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca es una sala de trofeos. La montaña mágica es como una pata de elefante que da prestigio, sirve de taburete y permite conversar de peligrosas excursiones al África. ¿Y qué decir del león que le guiñó un ojo al cazador antes de rodar a sus pies? Así, quien tiene las memorias de Churchill, dedicadas y sin abrir, dice: ¡Pobre Winston! Por respeto, las guardo como las recibí. ¡Qué formidable león británico! Le supliqué al taxidermista que conservara cuidadosamente el guiño...

Los cazadores tienen fama de exagerados. Por eso, es un principio de ética profesional del lector que aspira a ser culto, no exhibir jamás piezas no cazadas debidamente. Menos aún piezas que, en realidad, leyó un amigo, o el guía, en el safari cultural. De ahí también que un libro sólo pueda ser visto como un cadáver disecado, no un animal de presa vivo. ¿Tigres en el tanque de la gasolina? Pase. Pero, ¿rugiendo por toda la casa, echados en el cuarto de baño o en la cama, estirándose y bostezando en las ventanas, encaramados en los anaqueles? ¡Jamás! Por respeto a las visitas.

El Imperativo Categórico viene de los libros sagrados. Karl Popper (Los libros y el milagro de la democracia) supone que la cultura occidental nace con la aparición del mercado del libro en Atenas, en el siglo V antes de Cristo: el libro comercial acaba con el libro sagrado. Pero, ¿acaba? El mercado es ambivalente. Tener en casa y a la mano lo que antes sólo se veía en el templo es un gran atractivo para la demanda, porque los libros tienen todavía el prestigio del templo. La desacralización democrática prospera como simonía: permite vender lo que no tiene precio. No acaba con los libros sagrados: los multiplica.

Sócrates criticó el fetichismo del libro (Fedro). Dos siglos después, en otro pueblo del libro (el pueblo bíblico), dijo el Eclesiastés (12:12): «componer muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud. Basta de palabras. Todo está escrito». En el siglo I, Séneca le escribe a Lucilio: «La multitud de libros disipa el espíritu». En China, en el siglo IX, el poeta Po Chu Yi se burla de Lao-Tsé: «De sabios es callar, los que hablan nada saben» —dicen que dijo Lao-Tsé, en un librito de ochocientas páginas. En Argelia, en el siglo XIV, Ibn Jaldún: «Los demasiados libros sobre un tema hacen más difícil estudiarlo» (Al-muqaddi-mah VI 27). En Alemania, en el siglo XVI, Lutero: «La multitud de libros es una calamidad» (Charlas de sobremesa). Don Quijote, al enterarse de que se había escrito el Quijote: «Hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fueran buñuelos» (II 3). Descartes: «abandoné el estudio de los libros, decidido a no buscar más ciencia que en mí mismo o en el gran libro del mundo» (Discurso del método). Samuel Johnson: «Para convencerse de la vanidad de las esperanzas humanas, no hay un lugar más impresionante que una biblioteca pública».

Alguna vez propuse un guante de castidad para los autores que no se puedan contener. Pero también puede servir un baño de agua fría: sumergirse en una gran biblioteca, para desanimarse, como Johnson, ante la multitud de autores desatendidos. El progreso ha logrado que todo ciudadano, no sólo los profetas elegidos, pueda darse el lujo de hablar en el desierto.

¿Quién podrá detener la multiplicación de libros? Por un momento, parecía que iba a ser la televisión. Marshall McLuhan escribió (¡escribió!) libros proféticos sobre el fin de los tiempos librescos. Pero la explosión del libro lo dejó hablando en el desierto.

El lanzamiento y apogeo comercial de la televisión en los Estados Unidos, medido en número de hogares con receptores, fue de 1947 a 1960, cuando pasó de 16 mil a 45 millones de aparatos, o sea prácticamente de cero al 88 por ciento de los hogares (Warde B. Orden, The Television Business). Todo estaba, pues, listo para acabar con el libro. Sin embargo, el número de títulos publicados cada año, en el mismo periodo, subió a más del doble: de 7 a 15 mil (Statistical Abstract of the United States). Mayor sorpresa: de 1960 a 1968, volvió a doblarse el número de títulos anuales, y en un periodo menor, mientras que el número de hogares con receptores, naturalmente, ya no podía subir más que a la saturación (98 por ciento).

A mediados del siglo XV, apareció la imprenta de caracteres móviles en Europa. No sustituyó de inmediato a los copistas ni a la impresión con placas de madera, pero multiplicó los títulos disponibles. En el primer siglo de la nueva imprenta, se publicaron unas 35.000 ediciones (Agustín Millares Carló,Introducción a la historia del libro y de la biblioteca), o sea 350 títulos por año, que tal vez empezaron siendo 100. Para 1952 (Robert Escarpit, La revolución del libro), se publicaban ya unos 250 mil. Esto implica un ritmo de crecimiento cinco veces mayor que el de la población.

Agustín Millares Carló. Imagen tomada de la Real academia de Historia.


Se suponía que la televisión iba a acabar con ambas explosiones, pero no sucedió, como puede verse en las cifras para el año 2000, estimadas a partir del Anuario estadístico 1994 de la Unesco. Después de la televisión, la población crece al 1,8% anual (en vez del 0,3% en el medio milenio anterior), y la publicación de libros al 2,8% anual (en vez del 1,6% anterior).



A partir de estas cifras gruesas, pueden hacerse interpolaciones también gruesas. Se publicaron unos 500 títulos en 1550, unos 2.300 en 1650, unos 11.000 en 1750 y unos 50.000 en 1850. La bibliografía acumulada hasta 1550 fue de unos 35.000, hasta 1650 de 150.000, hasta 1750 de 700.000, hasta 1850 de 3'300,000, hasta 1950 de 16 millones, hasta el año 2000 de 52 millones. En el primer siglo de la imprenta (1450-1550), se publicaron unos 35 mil títulos; en el último medio siglo (1950-2000), mil veces más: unos 36 millones.

La humanidad publica un libro cada medio minuto. Suponiendo un precio medio de quince dólares y un grueso medio de 2 centímetros, harían falta quince millones de dólares y 20 kilómetros de anaqueles para la ampliación anual de la biblioteca de Mallarmé, si hoy quisiera decir:

Hélas! La carne es triste y he leído todos los libros.

Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si uno leyera un libro diario, estaría dejando de leer cuatro mil, publicados el mismo día. Es decir: sus libros no leídos aumentarían cuatro mil veces más que sus libros leídos. Su incultura, cuatro mil veces más que su cultura.

«Es mucho el saber y poco el vivir», dijo Gracián. Pero, de nuevo, el aforismo opera poéticamente, más allá de su verdad cuantitativa, con ese dejo melancólico, porque remueve los sentimientos de culpa que nos da nuestra finitud frente a las tareas infinitas que exige el Imperativo Categórico. Sí, hay algo profundamente melancólico en ir a una biblioteca o librería llena de libros que no leeremos jamás. Algo que trae a la memoria aquellos versos de Borges:

Hay un espejo que me ha visto por última vez.

Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.

Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)

Hay alguno que ya nunca abriré.

¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero ¿que no es quizás eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.

Quizá la experiencia de la finitud es el único acceso que tenemos a la totalidad que nos llama, y nos pierde, con desmedidas ambiciones totalitarias. Quizá toda experiencia de infinitud es ilusoria, si no es, precisamente, experiencia de finitud. Quizá, por eso, la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan.

¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.


Tomado de La Jornada.


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domingo, 3 de julio de 2016

DISTOPÍA EDITORIAL

Post-apocalipsis para los libros publicados (o no)






La presente entrada se generó como un debate sobre un texto aparecido en las redes sociales sobre la situación editorial actual y que se reproduce integro más abajo. El autor del texto es el escritor español de ciencia ficción Víctor Conde. En el artículo,que sigue a continuación de esta entradilla, Bernie Ohls analiza detalladamente el texto de Conde aportando gran cantidad de información actual de la industria editorial española.

Damos la bienvenida al blog a Bernie y esperamos que sea la primera de múltiples aportaciones. Bernie es librero de profesión, aficionado a la ciencia ficción y asiduo a las reuniones de la TerMal. En particular preparó este artículo para debatirlo en la reunión de Junio de la TerMal. Lo cierto es que nuestro carácter latino y las bebidas espirituosas ingestadas impidieron que Bernie expusiera completamente sus tesis. Le interrumpimos para iniciar un tremendo debate multicolateral que se quebró en distintos corrillos con discusiones simultáneas lo que imposibilitó resumir las ideas expresadas y mucho menos extraer alguna conclusión.

Comparto con Víctor Conde el hecho de que la industria editorial española está en crisis… como siempre lo ha estado y siempre lo va a estar. Siempre se han lanzado una cantidad inasumible de novedades por parte del mercado. No existe mejor ejemplo de competencia salvaje por la atención del lector, que la que establecen las novedades editoriales. La inmensa mayoría de los lanzamientos van a generar pérdidas a sus editoriales y muchas de ellas desaparecen rápidamente para ser sustituidas por otras nuevas aún más rápidamente. Sin embargo esta selva salvaje no es el reflejo de un mercado competitivo, ni mucho menos; estamos ante un mercado oligopolístico y sujeto a la tiranía de los grandes sellos editoriales. Sin embargo, existe un gran número de huecos que estos grandes consorcios ni pueden, ni les compensa cubrir y es donde medran la gran cantidad de pequeñas editoriales.

La aparición de Internet y sus redes sociales, el abaratamiento en los procesos de impresión y la globalización han venido a modificar completamente la industria del ocio. El mundo del libro no iba a ser menor. En este momento de cambio, la industria está explorando el camino a seguir: cómo monetizar exitosamente sus esfuerzos creativos, quién se va a convertir en los nuevos prescriptores,  cuáles van a ser los canales de distribución (¿seguirán existiendo las librerías?), quién asumirá el riesgo de la edición (es decir, de no venderse suficientes ejemplares ¿quién va a perder el dinero de su lanzamiento?).

Ahora toma la palabra Berni que nos va a dar interesantes datos que nos aclaren estas cuestiones.


by PacoMan


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DISTOPÍA EDITORIAL
Post-apocalipsis para los libros publicados (o no)

         La idea para este artículo se inició tras la lectura de un texto del escritor Víctor Conde  compartido a través de su Facebook por José Miguel Martín, fundador de la Tertulia Malagueña de Ciencia Ficción (TerMal) y gran aficionado del género en todas sus vertientes. Dice así:

            "Últimamente se está viviendo una situación muy rara en el mercado del libro español. Las novedades claramente están por encima de lo que un volumen tan exiguo de lectores como el de nuestro país pueden absorber, y aun así cada mes se lanza más y más madera a la calle y a los kioscos. Encima, la gente está tan enganchada a las redes sociales que ya no leen nada más, sólo esta mierda. Hay más escritores que se autopublican que lectores, y estos escritores noveles convencen a su familia y amigos de que se gasten el dinero en sus libros, y no en los de autores ya consagrados, porque si no ellos no venden. ¿Solución? Las editoriales han cambiado las reglas del mercado para vender casi exclusivamente en los actos de presentación de los libros, e incluyen cláusulas en los contratos que obligan al autor a vender un mínimo de ejemplares antes de un año o se ven en la tesitura de pagarles ellos a la editorial en compensación por el gasto realizado. Esa es una de las grandes meteduras de pata de este negocio, que cada día es menos negocio y más circo.
         A ver: yo como autor no debo, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia, hacerme cargo de la venta de mi libro. Puedo hacer publicidad, puedo hacer una presentación, lo que vosotros queráis, pero en última instancia yo me llevo solamente el 10% (a veces el 8%) sobre el PVP del libro. Ese porcentaje irrisorio viene a cuento de que mi parte en el engranaje no es vender el libro, sino escribirlo. El trabajo de VENDER lo tiene el editor, y el distribuidor, y el librero, es decir, las otras partes de la maquinaria industrial que se chupan el 90% restante de lo que vale un libro. Si queréis que yo, el autor, también os haga el trabajo de venta, dadme a mí el 80% sobre el PVP, y todos contentos. Pero eso de darle vuelta a la tortilla y cargar sobre los hombros del escritor la tarea de venderlo es una barbaridad. Es como si vas a un restaurante, pagas, y el cocinero te hace entrar en la cocina para que tú te prepares la cena. Y encima se enfada si no lo haces bien.
         ¿Qué solución podría haber para esto? Es difícil de decir. Yo apostaría por no firmar nuevos contratos, ni para autores consagrados ni novela, durante dos años, y dejar el mercado en barbecho. Ni publicar cosas de extranjeros tampoco. Dejarle tiempo para que asimile los títulos que ya están en la calle, como un ser enorme que no hace más tragar y no le da tiempo a hacer la digestión. La burbuja inmobiliaria ya explotó en España hace pocos años y mirad la que se montó. La burbuja del mercado editorial no tardará mucho en explotar."

-Víctor Conde




         Aunque considero que tiene razón en determinados aspectos, a Paco Mancera (también compañero de la TerMal) y a mí nos parecieron un tanto bisoños algunos argumentos. Como casualmente se había hablado algo sobre el mundo editorial actual en nuestra primera reunión, se propuso tratar el tema con más profundidad en la siguiente. De ahí el título tan de ciencia ficción del artículo. Y aquí estoy.

         Empezaré diciendo que mi perspectiva es la de un librero con ocho años de experiencia en una librería generalista (grande, referencia en una de las capitales españolas) y que he tenido, entre otras, la responsabilidad de pedir (podríamos decir) un 80% del total de las novedades que entraban. Bien es cierto que hace cuatro años que no ejerzo, que la situación ha cambiado con respecto a cuando estaba en activo y que mis sensaciones pueden estar -por decirlo de alguna manera- algo desfasadas, pero mantengo el contacto con mis compañeros (no son ex, no importa el tiempo que pase) y sigo informándome de la situación del mundo del libro con la lectura de ensayos y artículos. Creo que sé de lo que escribo aunque me gustaría que todo se tomara por lo que es (una opinión personal) así como que se cuestionara y abriera debate.

         Releyendo el texto, lo primero que me pregunto es a cuánto tiempo se refiere con el  "últimamente" inicial, ya que el mercado editorial lleva años con "novedades claramente por encima de lo que un volumen tan exiguo de lectores [esto del 'volumen exiguo de lectores' lo cuestionaría, pero como no viene al caso no me entretendré] como el de nuestro país pueda absorber". Pondré algunas cifras para contextualizar, todas oficiales, extraídas del informe "El sector del libro en España 2013-2015" y las "Panorámica de la edición española de libros" que anualmente publican el Ministerio de Cultura junto con el Observatorio de la Lectura y el Libro. Las primeras son las del número de ISBNs (tanto en papel como el total) que se han concedido cada año en España.

Nº ISBNs al año concedidos en España (entre paréntesis, la diferencia con el año anterior)



         Indicar a este respecto que no todo lo que se registra con ISBN es para venta en librería (ni siquiera tiene que ser para venta). Publicaciones institucionales entrarían en ese total, e incluso registros que opositores hacen de trabajos para que su puntuación final pueda subir. Más adelante, en otra tabla, podrá verse el total de publicaciones exclusivo de la edición privada para el periodo del 2010 al 2014.

         También reseñar que, con todo lo que se publica, las cifras de los ISBNs para papel del 2014 (las más recientes que se tienen) han subido con respecto al año anterior, sí, pero llevaban cuatro años bajando (cada uno de los tres previos haciéndolo mucho más de lo que se ha subido en el último) y, con todo, están por debajo de las cifras del 2005. Por lo que, contra lo que pueda parecer visto desde fuera, considero que no "se lanza más y más madera a la calle y a los kioscos" cada mes: se ha venido echando menos (aunque no quiero decir con  esto que no me siga siendo una cantidad excesiva).

         Para recabar datos concretos de las novedades, tomaremos los de las primeras ediciones (entendiéndose por ellas "las primeras ediciones de un texto por una editorial concreta en una colección específica y en un determinado formato"). Estos incluyen la edición en papel y en otros soportes (no hay información exclusiva para la edición en papel en la bibliografía que he manejado).

Nº de primeras ediciones al año publicadas en España (entre paréntesis, el % del total)



*Los datos sobre las primeras ediciones (así como el global de ISBNs anuales) para los años 2005 y 2006  que fueron publicados por el Ministerio de Cultura en la edición 2006 de "Panorámica de la edición española de libros 2006" (donde viene la información), no cuadra con el global de ISBNs anuales que se les asigna en años posteriores, por lo que he preferido omitir cifras.

         Podemos observar cómo, al menos desde el 2007 hasta ahora, el total de las primeras ediciones no baja del 75% de lo que se publica. Así que sí, estoy de acuerdo con Víctor en que lo que pesa en la edición (y las ventas) es la novedad. También en que las estrategias con ella, a día de hoy, tienden a ser cortoplacistas: tiradas más cortas y concentrando su promoción en los tres primeros meses (el periodo en que, en términos editoriales, es considerado novedad). ¿Por qué?

         Por lo pronto porque no quieren arriesgar: se vende menos, la competencia es mucha, el libro ha salido de la cesta de la compra (ya no es tan usual adquirirlo, un capricho que uno pueda permitirse tanto). La caída de ventas en los cinco años del 2009 al 2013 ha sido de un 25% para librerías, un 28% en cadenas de librerías (los estudios califican dentro de esta categoría a Casa del Libro, Fnac, El Corte Inglés y similares) y un 36% en hipermercados. En muchos casos es casi más importante no perder que ganar y de ahí que se apueste menos por autores noveles que son, irónicamente, los que más beneficios dan cuando triunfan. Por poner un ejemplo, el riesgo calculado puede llegar hasta el punto de yo saber con tres meses de antelación (con catálogo impreso en mano) el servicio de novedad mensual de un determinado grupo editorial, y tenerlo pedido dos meses antes de su salida a la venta. ¿Qué consigue el grupo editorial con esto? Además de tenernos informados y con los datos para posibles preventas, ajustar la tirada de la edición en función de los pedidos que reciban.






         Otra razón es que un gran volumen de las ventas de la novedad o, para ser más concretos, un gran volumen de la compra que le hacen al editor/distribuidor de la novedad (que no es lo mismo) la hacen las grandes superficies (donde yo sí que meto a El Corte Inglés y al Fnac; porque este es mi estudio y hago lo que quiero), las cuales mayoritariamente se preocupan poco o directamente no quieren saber nada del fondo, y sí de títulos nuevos por los que los grandes grupos editoriales pueden pagarles para que se los coloquen en cabeceras de sus espacios, escaparates o dentro de la lista de los más vendidos el mismo día que salen.

         Las librerías de fondo (lo mismo que el fondo) son, por otra parte, cada vez menos así que, ¿dónde van los ejemplares que, vencida la novedad, no se han logrado vender? Tres mil unidades de un título (por decir una cifra) que no se redistribuyen pasado su periodo de novedad (porque, repito, las grandes superficies no quieren saber de fondo) suponen un gasto para la editorial (o el distribuidor), que ha de tenerlos almacenados en un espacio que les cuesta dinero y en el que, por no estar expuestos, es seguro que no se van a vender. Por eso según qué editoriales saldan, y títulos que pueden haber costado veinte euros se encuentran con pegatinas de 5,95 pasados dos o tres años: les sale más rentable venderlos a ese precio (rentable a los editores, por supuesto, porque ya me diréis lo que opinará Víctor del 0,595 que saque por ejemplar) y es una fórmula muy del gusto de las grandes superficies.

         Ahora vamos con las editoriales. Los que siguen son los datos de las altas editoriales, el número de inactivas y el total de activas por año.

Evolución de la actividad editorial en España 2005-2014

         Observamos casi lo mismo que lo dicho para los ISBNs de papel: una subida en 2014 del total de editoriales activas, solo que tras cinco años de bajadas vez de cuatro (y haciéndolo mucho más los cuatro previos -en lugar de tres- de lo que se ha subido en el último) y por debajo de cifras del 2005. También hay menos editores; o sea, de nuevo menos madera.

         No cuestionaré (¡los dioses me libren!) que "hay más escritores que se autopublican que lectores" (y tampoco voy a entrar en que "la gente está tan enganchada a las redes sociales que ya no leen nada más, sólo esta mierda" porque, al fin y al cabo, "esta mierda" me llegó por una red social y estoy escribiendo sobre ella en lugar de estar leyendo "Cómo acabar con Halloween de una vez por todas"). Es más, iré más lejos y, citando las primeras líneas escritas  por el poeta y ensayista Gabriel Zaid en su ensayo "Los Demasiados Libros" allá por 1972 (lo que nos muestra que todo esto no es un nada nuevo) :


         "Los libros se multiplican en proporción geométrica. Los lectores, en proporción aritmética. De no frenarse la pasión por publicar, vamos hacia un mundo con más autores que lectores."
          
         afirmaré que hay más escritores, se autopubliquen o no, que lectores.

         Lo que sí cuestionaré es que "hay más escritores que se autopublican" ya que los autores-editores en 2014, aunque más que en 2013, también son menos que en cada uno de los años del 2010 al 2012, y más de tres mil por debajo de su punto álgido. Lo podemos ver en la siguiente tabla, donde se refleja el reparto de los ISBNs Totales en función del tamaño de la editorial durante los últimos cinco años.

Datos de la edición privada. ISBNs por año



         Así que no son tantos los "escritores noveles convencen a su familia y amigos de que se gasten el dinero en sus libros, y no en los de autores ya consagrados, porque si no ellos no venden". Menos madera todavía.

         Con todo, repito, estoy de acuerdo en que lo que viene ocurriendo en el mundo de la edición es excesivo. Voy a haceros un par de ejercicios matemáticos para que os hagáis una imagen muy gráfica de lo que podría suponer la novedad para un librero:

         1) Interpretando que las primeras ediciones son novedades, cogemos los datos del 2014: 77.310. Consideremos que sólo una cuarta parte de esa cifra se corresponde con la novedad real que se podría pedir para una librería grande y generalista. "¿Sólo una cuarta parte?", me diréis, "¿no es poco?". Sí, pero hoy me levanté espléndido, tanto que encima redondearé los decimales de toda cuenta que haga a la baja. El resultado sería 19.327 que, dividido entre los 365 días del año, me da un número de 52 novedades al día.

         2) Vamos a restarle al año los días de los fines de semana (interpretando que cada mes tiene cuatro fines de semana; es decir, ocho días) y a imaginar (porque sí, porque soy muy aficionado a la fantasía; es todo una excusa para reducir las cifras) que esos días no salen novedades. A los 19.327 de antes le restaríamos 4.992  (8 días x 12 meses x 52 novedades al día) y resulta un total de 14.335 novedades que, si divido por los doce meses del año, me da un total de 1.186 novedades al mes. Si tenemos en nuestra librería mesas para novedades con capacidad para 64 libros (por poner una cifra, 8x8, considero que mesas grande), tener la novedad totalmente expuesta me haría precisar de 18 mesas de novedades (1.186/64). Eso sólo para la de un mes. Como anteriormente dijimos, el periodo considerado como novedad en términos editoriales es de tres meses por lo que siempre convivirán tres meses de novedades: es decir, para tenerlo todo completamente expuesto, se necesitarían 54 mesas (18x3).

            Esto, por supuesto, no es así en la práctica y sólo lo hago para dejaros una impronta visual. La realidad es que no se pide toda la novedad (hay que ser selectivo) y la que llega tampoco pasa en su totalidad por las mesas de novedades (muchos libros irán directamente a la sección que le corresponda). Pero no deja de ser una barbaridad que incide principalmente en la rotación de los títulos en las mesas. Algunos no llegarán a estar allí expuestos más de mes o mes y medio (en lugar de los tres meses que deberían) porque la llegada de novedad más reciente les comerá su espacio. Esto se acentúa cuando la concentración de títulos nuevos es mayor por la proximidad de fechas importantes para la venta de libros, como pueden ser los meses de marzo, abril y mayo (anticipando el Día del Libro/Sant Jordi, La Feria del Libro de Madrid, el Día de la Madre, el Día del Padre...) o septiembre, octubre y noviembre (anticipando las navidades). Como también dijimos anteriormente, la novedad es lo que pesa así que ya podréis imaginaros la guerra sin cuartel por una mayor visibilidad, principalmente entre los grandes grupos editoriales. Y no solo en librerías, también en prensa o en radio.




         Otra consecuencia es que esta vorágine de títulos nuevos hace que aquellos libreros que no sean extremadamente restrictivos y selectivos no tengan capacidad para asimilar todo lo que reciben. Pueden centrar su atención en determinados títulos, autores o editoriales que les gusten o les llamen la atención, pero por sus manos pasarán muchos en los que no tendrán tiempo material de detenerse. Los libros han de pedirse, darse de alta, ubicarse, colocarse, devolverse, enviarse... no sólo las novedades, también la reposición de fondo, y todo mientras se atiende al cliente en persona, por teléfono o en la web. Así que sí, estoy TOTALMENTE de acuerdo en que el "autor no debe, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia, hacerse cargo de la venta de su libro" y que "el trabajo de VENDER lo tiene el editor, y el distribuidor, y el librero". Pero diré, por la parte que me toca, que toda promoción que haga un autor de su obra es poca ya que el librero tiene muchos libros para vender y el suyo bien puede ser alguno de los que pasen desapercibidos entre los 52 que recibe cada día, o uno de los descartes que haga de los 1.186 que le ofrecen al mes (aprovecharé para decir que ninguno de los dos fue mi caso con la obra de Víctor). Además, salvo que alcance a ser un bestseller, la editorial se desentenderá bastante pasado el periodo de novedad, concentrada su atención en los libros que tenga recién salidos.

         Respecto a las editoriales pequeñas que publican pocos títulos al año, este maremágnum hace que sus novedades tengan más posibilidades de ahogarse y pierdan una visibilidad que para ellas sí supone una gran diferencia, máxime teniendo en cuenta que muchas de ellas tienen su presencia ya de por sí condicionada en muchos puntos de venta por el hecho de no poder permitirse un distribuidor (los márgenes lo hacen inviable) y tener que distribuirse ellas mismas. Y cuando hablamos de editoriales pequeñas no estamos hablando de poca cosa: más del 65% de las editoriales con actividad en 2014 publicaron menos de 10 títulos al año (lo que puede traducirse en un libro al mes obviando agosto y diciembre, meses en que se suele publicar poco o nada).

 Distribución de los agentes editores según su producción editorial en 2014


*Datos referidos a editoriales en activo.

         Éste es el panorama. Suena distópico, ¿verdad? De ahí el título del artículo aunque sea un tanto incorrecto ya que una distopía es ficticia por definición y todo esto, por desgracia, es muy real. La situación es mala, sí, pero no tan mala como nos empeñamos en ver. ¿Y qué podemos hacer para mejorar? Desde luego no "dejar el mercado en barbecho", sin "firmar nuevos contratos, ni para autores consagrados ni novela, durante dos años". No se puede parar la maquinaria de ninguna industria sin terribles consecuencias (a menos que quieras cargártela, claro está).

         Se van dando pasos. "El sector del libro en España 2013-2015" apunta "la necesidad de ajustar la producción a la demanda existente" y, como hemos podido ver en los datos presentados, ya se ha venido haciendo. Añadiré que la producción de las editoriales grandes descendió un 5,1% y la tirada media descendió durante 2013 un 8,9%, 317 ejemplares menos respecto al año anterior. El descenso para la tirada media de bolsillo fue aún mayor: un 15,7%, 988 ejemplares menos que en 2012. Y ya que entre las propuestas de Víctor está dejar de publicar extranjeros (algo que imagino hará a los traductores la misma gracia que el 0,595 que a él le corresponde por sus libros saldados) también diré que la obra traducida al español descendió en 2014.


         En mi opinión, también habría que reforzar el canal de venta (editar menos, sí, pero también vender más), así como un mayor apoyo institucional. Y no hablo necesariamente de medidas de apoyo para las librerías independientes (que tampoco estarían mal; al fin y al cabo, para inyectar dinero a los bancos o aplazar millones de deuda a los clubs de fútbol, mejor que se invierta en cultura y libros, ¿no? En Francia, en el 2013, se creó un fondo de apoyo para ellas) sino, por sugerir algo, en la forma de Planes de Fomento de la Lectura bien elaborados que nos proporcionen futuros lectores. Y es que a veces nos perdemos discutiendo sobre en qué soporte leerán las generaciones futuras, si en el físico o en el digital, olvidándonos de que pueden escoger no leer.

         Desde luego, lo que considero vital es comprar los libros en las librerías independientes. Es lo mismo que comprar el pan en la panadería en lugar de en un hipermercado. Tu compra allí sí que marca una diferencia y te garantiza que las sugerencias de libros que te hagan no esté determinada por la pertenencia a un grupo editorial. Sus márgenes de beneficio son menores respecto a los de unas grandes superficies que, si tuvieran que manejar los de las librerías, no se molestarían en vender libros por no considerarlos suficientemente rentables (o los tendrían de forma testimonial por una cuestión de imagen; ¿no habéis visto cómo están reduciendose las secciones de libros en muchas de ellas? Ese es el valor que les dan allí a los libros). La librería independiente es la que tienen el ecosistema más frágil, a la que más afecta (con diferencia) cualquier alteración a la baja y, con todo, siguen siendo el principal canal de venta del libro, por encima de las cadenas de librerías (que, recordad, incluyen FNAC, Casa del Libro y El Corte Inglés), hipermercados y quioscos.



         
Quien dice comprar en librerías independientes, dice comprar libros de editores independientes. O, cuanto menos, apoyarlos ya que ellos son los que baten el cobre para sacar adelante sus proyectos. En la página Orciny Press podemos leer:

         ¡APOYA A UNA PEQUEÑA EDITORIAL INDEPENDIENTE!




         Orciny Press es una small press, es decir, una pequeña editorial independiente que además autodistribuye sus libros. Queremos hacerte llegar grandes historias fuera de lo común y nos gustaría poder hacerlo durante un tiempo siendo fieles a nuestra filosofía. Por eso, si te gustan nuestros libros, pedimos tu apoyo para que nos ayudes a difundirlos. Además de comprarlos hay muchas cosas que puedes hacer y por las que te estaremos eternamente agradecidos. Estas son algunas:


  • Dile a tus amigos que te han gustado nuestros libros. El bocaoreja es la mejor arma.




  • Twittea o comparte en Facebook que estás leyendo alguno de nuestros libros.




  • Escribe una reseña en tu blog, en Goodreads, en Lektu o en la plataforma donde los hayas comprado.




  • Pregunta por ellos en tu librería independiente favorita. Si nos contactan, se los haremos llegar.




  • Anima a nuestros autores a seguir escribiendo y diles lo mucho que te ha gustado su obra.




  • ¿Conoces a algún periodista cultural? Dile lo mucho que te ha gustado.



Todo esto hará que le sonemos a la gente y nos pueda tener en cuenta a la hora de elegir su próxima lectura. Muchas gracias por hacerlo posible.






No nos cuesta nada y para ellos supone mucho. Recordemos lo que hemos hablado antes respecto a la visibilidad y su presencia condicionada en muchos puntos de venta por el hecho de no poder permitirse un distribuidor. Pero cuando hablo de editores independientes hablo de los de verdad, los que se juegan los cuartos, los serios, aquellos que apuestan por un autor. Y no los que te hacen pagar parte de la edición o "incluyen cláusulas en los contratos que obligan al autor a vender un mínimo de ejemplares antes de un año" (la verdad, no sé cómo puede firmar nadie un contrato con una cláusula así). Para estos últimos, ¡hoguera!

         Tampoco estaría mal que algunos escritores dejaran de perder el culo por firmar en El Corte Inglés y se dignaran a descender de sus púlpitos para acercarse a los plebeyos que compramos en las pequeñas librerías. ¿Os imagináis lo que puede suponer para una librería pequeña o media tener firmando a un autor bestseller? Ya hay algunos coroneles de las letras que, viendo la dura lucha que se está volviendo vender un libro, están bajando a luchar a las trincheras del mismo modo que los grupos musicales han hacer ahora más giras, eventos y conciertos viendo lo que han bajado las ventas de sus albums.




         Pero sobre todo, SOBRE TODO, lo que hay que hacer es dejar de llorar. No sé la razón pero todos los gremios dentro del mundo del libro somos llorones patológicos (principalmente, y con diferencia, los libreros) siendo su industria relativamente estable en comparación con otras. Sólo tenéis que volver a revisar los datos aportados de estos últimos nueve años: no han variado ni se han resentido demasiado pese a todas las incertidumbres y cambios que la han sacudido (una crisis económica, la llegada del libro electrónico...). Si destináramos a pensar y buscar soluciones la mitad de las energías que dedicamos en nuestras quejas, todo nos iría mucho mejor. Si dejáramos de escudarnos en los bajos índices de lectura y en otros tópicos manidos con los que justificamos nuestra situación y echamos balones fuera, veríamos que en muchas cosas no tenemos razón. Se pueden buscar soluciones pero nos empeñamos en tener una visión post-apocalíptica del futuro que tal vez llegue (o no) y en lugar de intentar evitarlo o prepararnos para él, nos empecinamos en seguir con nuestras viejas fórmulas y en modo plañidera. "La gente se queja del tiempo sin parar, pero nadie hace nada al respecto", decía Mark Twain. Así, desde luego, no saldremos adelante.

         Con post-apocalipsis o sin él, siempre sobrevivirán los que mejor se adapten así que menos llorar y más ponerse a trabajar. Al menos los que puedan, claro, porque lo que es yo llevo casi cuatro años en paro.

         Pero aquí estoy, poniendo mi granito de arena.





            ¿Y quién es Bernie Ohls? Soy un librero hard-boiled. Duro para poder seguir vivo y dulce para merecer estarlo en esta jungla de asfalto que es el mundo del libro, donde unos pocos tienen el dinero y el poder con el que procuran marcar las directrices del mercado. ¿Demasiado cruda la carne que te sirvo? No pienso disculparme. Creo que ya es hora de que se saquen del jarrón veneciano los tópicos y se arrojen a la calle, que alguien diga en voz alta verdades como puños y afronte la realidad del mundo del libro con otras palabras.


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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.

Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.


Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po

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