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miércoles, 19 de noviembre de 2025

Como no ser famoso: Contra la marca artística o eso que llamamos el estilo.



Andy Warhol y Jean-Michel Basquiat posan en la galería Tony Shafrazi de Nueva York en 1985 con sus obras conjuntas RICHARD DREW/1985 AP
Imagen tomada de aquí.











Estimados Liponautas

Hoy compartimos con ustedes este texto escrito por Mariano Dupont titulado Contra el estilo




Recipiente arreglado con el método de Kintsugi. Imagen tomada de aquí.


Inicialmente la entrada la abría la imagen inmediatamente superior sobre ese texto: un cuenco de cerámica roto remendado con resina y oro. Esa técnica de remendado o restauración es de origen japones y se le llama Kintsugi. Una técnica generalmente catalogada de elegante, aunque no sabemos porque tenemos la manía de colocarle el adjetivo elegante a todo aquello que lleva oro. Tomamos esa imagen como un reflejo de lo que en la primera parte del texto se habla. La de adquirar razgos ajenos y transformarlo todo para hacerlo formar parte del estilo que buscamos desarrollar.


Hoy 19 de noviembre de 2025 decidimos cambiar la imagen de apertura por un retrato de Warhol y Basquiat buscando que esta mejore un poco el interés de los lectores que problamente transiten por nuestra página.




Un texto que en su fase inicial solo parece la exposición alargada de la conversación que tienen los personajes de Basquiat (interpretado por Jeffrey Wright) y su amigo Bennie (interpretado por Benicio del Toro) en el filme biográfico Basquiat de 1996. 

Jean-Michel Basquiat en su estudio de Great Jones Street en NoHo, New York, 1985 The Estate of Jean-Michel Basquiat, New York/Lizzie Himmel. Imagen tomada de aquí.




Basquiat (Nueva York, 22 de diciembre de 1960-Nueva York, 12 de agosto de 1988), fue un artista estadounidense de ascendencia haitiana y puertorriqueña.


Basquiat Official Trailer #1 - (1996) HD


El diálogo que hay entre los personajes de Basquiat y Bennie se dan entre los minutos 21:10 y 25:18 del filme.

 El parlamento es más o menos el siguiente:

Oye, Benny, ¿cuanto se tarda en ser famoso?


¿Como músico o como pintor?


Famoso...


Cuatro años, seis para hacerse rico. Claro, tienes que vestirte bien. Luego tienes que juntarte con gente famosa. Hacer amigos con gente catira (gente rubia). Ir a las fiestas de moda. Hacer vida social. Y tienes que trabajar todo el tiempo, incluso cuando no estás trabajando en eso. Pero hablo del mismo trabajo, del mismo estilo para que la gente te reconozca y no te confunda.

Cuando ya seas famoso tienes que seguir haciéndolo igual así ya te aburra o no te guste. A menos que quieras que la gente se moleste contigo, algo que de todas formas harán.



Basquiat - How long you think it takes to get famous?

https://m.youtube.com/watch?v=hfI1YAo32fc&pp=ygUZYmFzcXVpYXQgYmVuaWNpbyBkZWwgdG9ybw%3D%3D


El resto del texto es la antitésis del discurso de Bennie. Eso sí una antitésis muy europea. Solo nombra a dos latinoamericanos a Frida Kahlo y a Paulo Leminski. Algunos objetaran esta observación y dirán : Pero nombró a Quiroga que es uruguayo y a LamborghiniWilcock y Copi; que son argentinos. si pero recordemos esa pequeña tara tan propiamente argentina de creerse más europeos que los europeos mismos. 

Es un texto sumamente atenazado por citas de escritores europeos pero que puede ser de su interés. A nosotros particularmente nos gusta más el perfomance de Bennie.

Esperamos disfruten de la entrada.


Atentamente


La Gerencia.


Los que quieran ver la película Basquiat, pueden disfrutarla en el siguiente enlace:


https://m.youtube.com/watch?v=oiJjlv4SwDg&pp=ygU_Y29udmVyc2FjaW9uIHNvYnJlIGNvbW8gc2VyIGFydGlzdGEgZXhpdG9zbyBlbiBwZWxpY3VsYSBiYXN1aWF00gcJCR4Bo7VqN5tD




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Contra el estilo / Mariano Dupont


1 febrero, 





El estilo es una superstición. Tal vez la más arraigada en el universo de las artes. Sin estilo, se cree, se dice, no hay artista –y es posible que tampoco arte. No hay nada sin estilo. Salvo excepciones, el artista cree en el estilo, en la importancia de adquirir un estilo, de agenciarse uno. Ese convencimiento le viene de lejos, desde el comienzo de su vida como artista. O incluso desde antes. Para ser un artista, así, hay que inventarse un estilo. A través del rigor (la prepotencia de trabajo sin la cual, recordemos, no hay futuro) y de una “larga paciencia” (como recomendó el uruguayo Quiroga). Artista y estilo van de la mano: no hay artista sin estilo, repito. Y viceversa: todo ser humano con estilo es, al fin de cuentas, un artista (pensemos en el dandi, sin ir más lejos, en el sujeto convertido en obra de arte gracias a su estilo). Sin estilo, como artistas, y un poco también como personas, somos nadie –y nadie quiere ser nadie. Sobre todo un artista, siempre, o casi siempre, infatuado: se sabe: la infatuación del artista es superior a la media. Superior a la de cualquier ser humano no-artista. Ningún artista quiere ser, digamos, un no-artista. Así que, se dice el artista: a adquirir un estilo a como dé lugar, cueste lo que cueste, ¡al precio que sea! –incluido el precio más alto: el de la muerte del artista como tal, el de ser un artista sin serlo (volveremos sobre esta paradoja). Cualquier estilo, no importa cuál. El tipo o la calidad del estilo del artista –“novedoso”, “original”, “elegante”, “deslucido”, “modesto”, etc.– es lo de menos. Si el estilo es singular, mejor, por supuesto. Pero si no lo es, no pasa nada. La singularidad del estilo es secundaria, un simple aderezo del estilo. Lo importante es el sello, la marca. Crear una marca a partir de la cual el artista sea identificado rápidamente, sin mucho esfuerzo. Cuanto más fácil y automático sea el reconocimiento por parte del lector, del observador, etc., cuantos menos conocimientos e información se requieran para identificar la obra de un artista, mejor, más lograda la marca. Que el visitante dominical del museo, pongamos, un ser humano estándar, medianamente cultivado, se detenga ante el cuadro del artista y, señalando o no con un dedo, murmure: “un Tal”. Un Picasso, un Dalí, un Frida Kahlo. Casos paradigmáticos de la invención –voluntaria o no– de una marca. Pero hay miles de marcas, miles de artistas con un estilo reconocible. Se podría decir también así: “llegar”, como artista, sea lo que sea lo que eso signifique, es crear una marca. Lo que viene después es más o menos fácil: reproducirla, multiplicarla. Con un poco de “creatividad”. Variarla, o sea, enriquecerla; pero no demasiado –atención con esto– como para que los rasgos que la definen terminen no siendo reconocibles para el ojo o el oído promedios.


Quiroga


La mayor parte de las veces la adquisición de un estilo es un proceso no demasiado consciente. El estilo se nos va adosando de a poco, como un barniz o un esmalte. Las capas se nos adhieren solas, o casi solas. Un día nos levantamos y somos dueños de un estilo. O mejor así: el estilo se adueñó de nosotros, nos tomó la morada (del ser, del cuerpo, del espíritu, del cuerpo-espíritu, como se quiera). Miramos a un lado y a otro. ¿Qué pasó? Maduramos, simplemente. En el sentido gombrowicziano. Nos terminamos identificando con eso que nos restringe. Somos uno con la cárcel del estilo. Extrañamos la libertad perdida (la de la vida sin estilo: esa página virgen en la que todos los estilos eran posibles). La buscamos por todos lados. En el caso de que la extrañemos. Por lo general nadie extraña nada, al contrario: el artista está chocho bajo el peral con la adquisición de su estilo, con la pérdida de su libertad. Con “esa comodidad para instalarse e instalar el mundo”, como escribió Henri Michaux. Esa “sospechosa adquisición” gracias a la cual se elogia al artista envanecido con su estilo (con su conquista). Un supuesto don que, paradójicamente, terminará anquilosándolo. “Estilo”, sigue Michaux, “(mal) signo de la distancia no modificada (pero que hubiera podido, hubiera debido cambiar), la distancia en la que erróneamente permanece y se queda frente a su ser, a las cosas y a las personas. ¡Bloqueado! Se había precipitado en su estilo (o lo había buscado laboriosamente). Por un falso camino, abandonó su totalidad, su posibilidad de cambio, de mutación. Nada de qué enorgullecerse. Estilo que se volverá falta de coraje, falta de apertura, de reapertura: en suma, una invalidez. Trata de salir de ahí. Ve lo suficientemente lejos de ti para que tu estilo no te pueda seguir.


Henri MichauxImagen tomada de aquí.


Alejarse, así, todo lo posible de uno mismo para que el estilo no nos pueda seguir. Porque el estilo nos sigue, cargoso, como un perro, no nos suelta. Es una compañía que, con el tiempo, deviene confort, runrún, sonsonete. Un soundtrack conocido, amable, fuera del cual (en su exterior) es difícil “expresarse”, “ser uno mismo”. Fuera de esa música no nos reconocemos. Dejar de escucharla es un problema. Pero ¿cómo llegamos a ese momento? ¿Cómo llegamos a esa dependencia? ¿Cómo fue que terminamos con esa piedra de molino atada al cuello?

En la infancia de la vida del artista no hay formas. No hay patrones, no hay técnicas. No hay nada, o sea. El hábito todavía no ha remachado su cadena. Hay, sí, tal vez, una suerte de horror vacui, un terror subterráneo a la ausencia de la forma, a la falta de señales. Casi siempre inconsciente: ni siquiera percibimos que no sabemos nada. En el espejo: una desnudez –de eso sí nos damos cuenta, lo intuimos: hay que vestirse. Sin ropaje, sin forma, no hay elogio, recompensa. ¡No hay artista! Eso se aprende después, après coup, por supuesto. Pero en ese primer momento, pasados los primeros tanteos, los primeros manotazos de principiante no-zen en la selva oscura y traicionera de la creación artística, se intuye: la forma es todo, como señaló Flaubert con otras palabras: el estilo (la forma) como una manera absoluta de ver las cosas. Jamás ahí, en el comienzo, podríamos enunciarlo de ese modo, con esas mismas palabras (no sabemos nada, en el comienzo), pero el fracaso, la frustración de querer (escribir, dibujar, etc.) y no poder (o de hacerlo mal), nos pone en las narices la necesidad de una forma –y por ende de un estilo. El ABC de la praxis manifestándosele por primera vez al artista adolescente. Hay que pertrecharse.

Gustave Flaubert hacia 1860
(fotografía de Étienne Carjat)


Así que, al principio, tanteos. Pero solo al principio. Las certezas aparecen enseguida. Mínimas, sí, tal vez, pero certezas al fin. Apoyos, podríamos decir también. O muletas. Metáforas de una misma parálisis: la de hacer arte en tierra firme. Ya lo dije: hay que llenar el vacío, adquirir una forma. ¿Cómo? Robando. Es la manera más fácil. Nos lo dicta la intuición. Y la cultura, por supuesto: el temperamento –el estilo, la máscara– se forja a través de la copia. De la imitación. ¿Quién, artista o no, no se ha apropiado en la llamada etapa de formación, casi siempre involuntariamente, de rasgos ajenos? Es más: al principio, después de los tanteos, no somos más que robos. La singularidad, si es que alguna vez se presenta, irrumpe muchísimo más tarde.

El paso siguiente en el forjamiento del estilo es repetir. Repetirse es clave. Repetir, primero, los rasgos robados (las virtudes del otro). Agenciarse esas virtudes, “apropiárselas”, como se dice. Dejarse colonizar por la dicción ajena. Y después reproducirla como si fuera la de uno, la que uno conquistó con “prepotencia de trabajo”, sensibilidad, don, inteligencia, etc. En fingidas, monótonas variaciones. A veces no tan fingidas y no tan monótonas, seamos justos. Pero en todo caso siempre prestadas. En esa primera instancia. Más tarde, cuando dejen de ser prestadas, cuando logremos insuflarle al estilo rasgos personales –nada verdaderamente nuevo, se sabe: simplemente un toque personal, humildísimo, un pequeño deslizamiento en el juego de la combinatoria de palabras, de ritmos, de líneas, de colores, etc., que se remonta a Lascaux; un modesto reacomodamiento de piezas en aquello que ya ha sido “dicho” mil veces antes que uno, y casi siempre de manera mucho mejor–, las variaciones seguirán reproduciendo un patrón. Esta vez de formas propias. O pseudopropias (la propiedad, en el arte, es siempre un robo). No solo por unos meses, unos años, sino por toda la vida (del artista). Lo mismo de siempre iluminado bajo una nueva luz (artificial, débil, de lamparita). Hasta el día de su muerte el artista no dejará de repetirse variando. Variando sin variar, variando en cuentagotas. Vendiendo su mercadería “nueva” como si fuera nueva. El mejor gatopardista, el artista: cambia sin cambiar, ¡para que nada cambie! Casi siempre convencido de que cambia realmente –y a veces convenciendo también a los demás.


Cueva de Lascaux


El estilo, en suma, así, como el paraíso del artista, su diploma; la recompensa final que recibe el aspirante a artista después de un largo camino de trabajo, constancia, rigor, autoexamen, lágrimas y buena letra. La buena letra es clave: si te mandan a hacer la cola, hacerla, si te recomiendan llenar el formulario, llenarlo, etc., etc. Siempre y cuando te interese ser un “artista”, por ahí no te interesa. Por ahí solo te interesa escribir. O dibujar, o hacer música. Por ahí hacer carrera en el mundo del arte te tiene sin cuidado. O por ahí no naciste para eso. O las dos cosas. Por ahí lo tuyo no es hacer una “obra”, sino una experiencia. Simplemente. Una experiencia y nada más. La experiencia como fin. Pero si te interesa ser un artista que se precie, alguien preciado como artista, alguien del que a nadie se le ocurriría decir “este improvisado no es un artista”, necesitás ese carnet (el del estilo) para ingresar en la sociedad de las artes. El estilo es todo. ¿No tenés estilo? A seguir trabajando hasta conseguir uno. Uno solo. No hay que trabajar de más. O en todo caso inútilmente. Esto es importante. Hay que trabajar lo justo y necesario hasta la obtención de un estilo. No dos, y mucho menos tres –o más de tres. Un solo estilo (una sola marca). Más de un estilo confunde, dispersa, diluye la identidad del artista, la desdibuja. Sobre todo al principio, en el período de forjamiento de la marca. Después es posible jugar un poco, alejarse, “provocar” con formas nuevas, “defraudar”, incluso, al receptor de nuestro arte (un poco, solo un poco, ojo también con esto: defraudar en exceso es siempre contraproducente). Pero cuando todavía no existimos como artistas, cuando todavía como artistas somos nadie, lo importante es concentrar, uniformarse, focalizar el trabajo en un único sistema de formas, en un solo patrón. Cuando el sistema se agote, en el caso de que se agote, y de ser así, de que nos demos cuenta de que se ha agotado y de que, por ende, nos hemos convertido, como artistas, en una parodia de nosotros mismos, cambiarlo, idear otro sistema que trate de estar, en lo posible, a la altura del primero. Pero eso casi nunca sucede: la gran mayoría de los artistas hace la conocida plancha del artista: toda la vida con un único estilo –dos a lo sumo.

Michiko Kon, Orchids and fish, 1991.


Y aquí entramos en esa paradoja que mencionaba al comienzo: la obsesión por adquirir un estilo –la meta del estilo, de la marca– puede conducir a la muerte misma del artista. Del artista, entiéndase, como “aprendiz de brujo” (Leónidas Lamborghini), como aquel que se aventura sin mapa, al garete, que tantea aquí, allá, que nunca está seguro –o, al menos, nunca totalmente– de la firmeza del terreno en que realiza sus movimientos. En suma, del artista como aquel que no sabe –“aquel que ya sabe”, escribió Georges Bataille, “no puede ir más allá de un horizonte conocido”–, que va al fondo de lo desconocido para encontrar, si no lo nuevo, al menos no más de lo mismo (conocido). Mundo antiguo del que estamos hartos.

Georges Bataille


Así, entonces, el aspirante, el artista wannabe, trabaja, se esfuerza –el aspirante es siempre un esforzado–, hace la tarea, la cola, llena el formulario, participa de concursos, obtiene becas, etc., etc. Pasan meses, ¡años! Hasta que un día llega, alcanza la meta. Después de tantas penurias, de tanto anhelo, ¡de tanta disciplina!, logra finalmente forjar el estilo tan preciado. Llegó, el aspirante. Y al llegar, dejó de ser un aspirante, cruzó la línea. El burro alcanzó la zanahoria (o la zanahoria lo alcanzó a él). El aspirante es, ahora sí, al fin, un artista. Pero ¿a qué precio? En miras a obtener una identidad, un carnet que lo validara como artista, el aspirante se olvidó de sí mismo –de su ser, de su cuerpo, de su espíritu, de su cuerpo-espíritu, como se quiera–, es decir, de ese barro primordial necesario para moldearse como artista –barro sin el cual, como es sabido, no hay artista. Sin pensar en las consecuencias –pero pensando, sí, ¡iluso!, que nadie lo veía–, metió bajo la alfombra su “totalidad, su posibilidad de cambio, de mutación”. Sombra terrible la que acosa, así, al artista. Ya que, alcanzando finalmente su objeto del deseo –el estilo, y con él, su carnet de artista–, lo pierde inexorablemente. El clásico efecto boomerang. Uno de los casos más paradigmáticos del invento que revienta al inventor: alcanza su título, el aspirante, sí, pero su título lo fija para siempre. Al menos que tenga reflejos y sepa reaccionar a tiempo –cosa que casi nunca sucede. Un artista fijado, así, que no va a cambiar, que no va a mutar –o que en el mejor de los casos va a cambiar o mutar sin cambiar ni mutar, o sea: un artista sin vida, congelado hasta el fin de los tiempos, más allá de su muerte, en una misma identidad –muchas veces anodina, fría, sin gracia. Triste paradoja, pues, la que vertebra el devenir artista: para ser un artista hay que dejar de serlo.

Imagen tomada de Revista Revestres


Pero no seamos tan terminantes, tan taxativos. Hay muchas maneras de salir de la cárcel del estilo. Hay maneras, incluso, de tirar a la basura el título de artista. Y con él, incluso, la “hermosa gloria”. La solución absoluta, la más emblemática de estas soluciones –y posiblemente la más bella–, es la de Rimbaud. Después de haber probado la lira, de afinarla, incluso, como muy pocos, poquísimos, en la historia de la literatura, decir adieu. Pedir perdón por haberse alimentado de mentiras. Regalarles la poesía a los que se quedaron saludando en la orilla. “Es toda de ustedes. Hasta acá llegué.” Y partir. Embarcarse al África, a Abisinia. A traficar armas y esclavos. Su mejor “poema”, según Paulo Leminski. El resto es silencio. O prosaísmos prácticos, de circunstancia: cartas comerciales, familiares, etc. Todo un-futuro-de-poeta-por-delante arrojado como un cadáver desde la borda del paquebot.


J. R. Wilcock


Otra manera, en literatura, de escaparle al estilo es cambiar de lengua. Decirse un día, como J. R. Wilcock, “esta lengua no da para más”, y pasarse a otra. Intrépidamente. Solución para pocos, claro: Conrad, Beckett, Nabokov, Copi, Wilcock, dos o tres más. Hace falta mucho oído para eso. Un pasaje complicadísimo, dificilísimo. Para el que es necesario no solo una gran ductilidad de oído y un delicado conocimiento de la lengua que se toma prestada, sino también, y sobre todo, una gran fortaleza interior para afrontar con estoicismo, una y otra vez, las palizas propinadas por un lenguaje ajeno, no domesticado desde la cuna. Para eso, tal vez, como en Beckett, haya que haber experimentado primero –y afrontado con dignidad, o al menos sin desmoronarse– las palizas en la lengua propia. Decirse: fracasar en una lengua o en otra, qué más da; al fin de cuentas, “nunca es eso lo que uno quiere decir”, etc. Como sea. En todo caso, de lo que no hay dudas es de que en el pasaje de una lengua a otra el estilo no nos puede seguir. En su voluntad de seguir manifestándose, puede ser que lo intente. Pero no lo logrará. O si lo logra, lo hará con dificultad, chapuceramente. Lo hará mal. No será el mismo, el estilo, habrá mutado, será otra cosa. Tal vez ni siquiera será estilo. Para bien del artista –y, quizá, del arte en general.


Jacques Mercanton


Hay, sin embargo, maneras menos drásticas de darle la espalda al estilo. Aunque no menos difíciles. El estilo, insisto, no es otra cosa que el opio del artista, su flagelo, el límite que lo confina una y otra vez a un mismo, aburrido, campo de maniobras en el que solo es posible escuchar, interrumpidamente, su propia melopea. La telaraña que el hábito le teje en los ojos y en los oídos. Aquello que el artista “no le consigue quitar a su obra para que esta viva por sí sola” (Jacques Mercanton). El artista trata de salir de ahí. No siempre, pero a veces trata. Y a veces lo logra. Al menos por momentos. Pero a la larga o a la corta, como el alcohólico en la bebida, vuelve a caer en el estilo. Sale y entra, el artista, una y otra vez. El estilo está en nuestras células. Para desembarazarnos de él, entonces, trabajamos sin plan, sin ideas previas. Trabajamos sin propósito, incluso, “sin espíritu de provecho”, como recomienda el zen. Improvisamos. O intentamos improvisar. Improvisar de verdad es realmente difícil. Pero supongamos que algo improvisamos. ¿Al fondo de lo desconocido? Al fondo no, ¡no nos entusiasmemos tanto! Pero sí logramos adentrarnos un poco en lo desconocido. Imaginemos. Un poquito. Tanteamos aquí, allá, avanzamos. Con algo de miedo, incómodos. No nos reconocemos (¿qué es esto?, ¿quién soy?, etc.). Y eso es una buena señal, nos decimos. Creemos, al menos por instantes, que hemos perdido de vista al estilo, que lo hemos dejado atrás en algunos de los timidísimos “saltos al vacío” que hemos realizado. Miramos a izquierda, a derecha: no está. Y nos ilusionamos. Grave error. Porque al menor descuido el estilo reaparece, contraataca. Siempre vuelve, el estilo. Porfía, no descansa. Nunca se da por vencido. Está ahí, acechando, aunque no lo veamos. Esperando su momento para tomarnos –o volver a tomarnos– la morada. Es, como se dice, un mal perdedor. Trabaja a nuestras espaldas cuando lo creímos derrotado. Al igual que la guerra del lenguaje, la que sostenemos con él nunca termina, nos acompaña toda la vida.

Francis Ponge


Pero no todo es derrota. Parafraseando a Francis Ponge, podríamos decir: “No aceptamos ser derrotados por el estilo. Continuamos intentando”. Seguir buscando la voz. O la visión. Probar acá, allá. Desconfiar de todo lo que quiere instalarse para siempre. Desconfiar de la forma y, por supuesto, de uno mismo. Convertirse en un atento paranoico de la práctica artística. Detectar durezas, miedos, imposturas. Sí, “nada tan difícil como no engañarse” (Wittgenstein). Pero hay que intentarlo. Si no, ¿para qué todo el trabajo?, ¿para qué molestarse en sostener una contienda que sabemos perdida de antemano? Observar, en literatura, por ejemplo, la inclinación a llenar, a clausurar la frase (o a abrirla exageradamente). Aprender a neutralizar esos impulsos. Abrir el juego. Pero también cerrarlo, ojo, no huirle al sentido por defecto, como un autómata o un militante de la pureza, o de la oscuridad. Es decir, no huirle, no tenerle miedo al sentido, pero al mismo tiempo que el sentido no coagule, que no nos birle el poema, la libertad. Escribir aireando, o agujereando, como hacía Beckett. “Abolir los valores”, para seguir con Ponge, “en el mismo momento en que los descubrimos.” Estrategias, digamos. Maquinaciones. Algunas entre tantas (cada cual que encuentre las suyas) para que el estilo no nos parasite, para que no hable por nosotros.

20 de septiembre, 2023.

Mariano Dupont

Imagen tomada de IndieHoy





Publicado originalmente en Revista El diletante / revistaeldiletante.com

 

https://cuartaprosa.com/2025/02/01/contra-el-estilo-mariano-dupont/



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miércoles, 21 de enero de 2015

ANDY WARHOL: UN AIRE, UN AURA, UNA VIBRACION QUE NO SE PUEDE EXPLICAR








por Graciela Bonnet






anotaré que se me ocurre ahora que si mi padre, mi abuelo, Giordano y Maerbale procedieron conmigo con tan encarnizada perversidad, fue porque acaso captaron desde el comienzo que yo era distinto en esencia –distinto por torpes razones físicas, pero además por otras mucho más altas, complejas e inaccesibles- al grupo hermoso y ceñudo que formaban. Quizás había en torno de mí algo, un aire, un aura, una vibración que no se puede alcanzar ni explicar y que flota, como un anuncio mágico, alrededor de los elegidos, y presintieron, perplejos pero sin darse cuenta del origen de la turbia desazón que experimentaban, que yo, Pier Francesco,  -el niño bufón, el diminuto Vicino, como me llamaba mi abuela, en recuerdo de su bisabuelo Vicino Orsini, primer señor de Bomarzo- estaba señalado y reservado por la fatalidad para un destino incomparable, infinitamente superior, por insólito, al que gobernaba sus vidas triviales


Bomarzo







Escribiré algo sobre Warhol. Andy Warhol, el creador del arte pop. Para ello me referiré a las percepciones que he tenido a lo largo de mis visitas al museo Warhol de la ciudad de Pittsburgh

El museo Warhol de Pittsburgh es uno de los pocos museos en el mundo dedicados a la obra de un solo autor; queda en la calle Sanduski, y es un edificio de apariencia retro, como lo es casi todo en esta ciudad, nostálgico y a la vez cargado de una atmósfera trágica. 


Fachada del Museo Warhol

La dirección del museo, en contraste con la apariencia del edificio, se ha esforzado en mantener una tecnología constantemente actualizada para la mejor presentación de las exposiciones, en concordancia con el espíritu futurista que siempre demostró este creador.  Así, grandes pantallas de proyección en las paredes, circuito cerrado de televisión, una organización estricta de las exposiciones que rotan permanentemente y hacen que el museo no pase un solo día sin ser visitado por cientos de admiradores y fanáticos de la obra del artista, siempre descubriendo novedosas propuestas en sus obras. Todos los trabajos de Andy Warhol que se exponen pertenecen a la colección privada del museo y su valor económico crece constantemente.

Cómo es que la obra de un autor que murió hace más de treinta años puede ser renovada constantemente y sus seguidores pueden descubrir nuevas propuestas en ella? No tengo una respuesta precisa, no podría explicarlo siquiera. Tengo que aclarar en primer lugar que no soy experta de la obra de Warhol, apenas soy una persona asombrada ante su talento y ante la sugerencia de “algo más” que no puedo explicar. Por lo menos, Andy Warhol fue un artista extraordinariamente prolífico. Además de dibujante y pintor, fue fotógrafo y cineasta, productor de bandas de música, publicista y a lo largo de los últimos treinta años de su vida, su momento más productivo, se mantuvo relacionado con muchas personas, a las que influyó y se dejó influir hasta en la manera de vestir. Warhol actuó como enlace entre artistas e intelectuales, pero también entre aristócratas, homosexuales, celebridades de Hollywood, drogadictos, modelos, bohemios y pintorescos personajes urbanos.

La legendaria lata de sopa Campbell


No me referiré a la biografía del artista, porque no añadiría nada, es muy conocida su historia, la fortaleza con que trabajó en la creación y sustento del arte pop. Digo fortaleza por el hecho de provenir de una circunstancia poco ventajosa, su niñez muy pobre, hijo de inmigrantes austrohúngaros de la región de Eslovaquia, su debilidad física producto de una penosa y larga enfermedad de la infancia que lo llevó a estar postrado por bastante tiempo y a la sobreprotección de su madre, Julia, que valoró y estimuló su capacidad creativa. 


Andy Warhol niño

Deseo relatar mis impresiones, ya que me interesa tanto el asunto de la imaginación y la memoria, el asunto de los sueños y de las realidades que podrían existir sin que lo constatemos, y sobre todo la persistencia de la memoria ante el paso irremediable del tiempo. Creo que este tema cae perfecto para esa perspectiva. 



En estos días he leído noticias de unos científicos que investigan sobre la teoría de los universos paralelos, otras realidades, infinitas posibilidades para nuestro presente. Siento que vivimos sólo un estrecho filo de lo que podría ser la realidad. Como si un solo rayo de luz entrara por una ventana diminuta de la celda que habitamos, e iluminara una parte de la pared. Nosotros sólo asumimos lo que está iluminado, pero a veces nos chocamos con lo que no vemos e inmediatamente retrocedemos aterrados. Eso no está ahí, insistimos. 

Andy Warhol y el artista venezolano Rolando Peña, el príncipe negro en 1967. Fotografía de  Marcelo Montealegre.

Entro al museo por quinta vez en unos meses. Hay siete pisos de arte pop, que incluyen obras pictóricas, películas y fotografías. Incluso hay un salón con una cámara filmadora fija, antigua, que el visitante puede accionar y hacer una película al estilo Warhol, de su propio rostro impávido, mirando directo a la cámara. La película dura tres minutos, tiempo suficiente como para que el visitante no pueda aguantar con el mismo gesto en la cara. Pienso en los millones de personas del mundo que viven fotografiándose permanentemente. Eso es un acto automático que se reproduce a cada instante. La costumbre es de reciente data y se corresponde con la proliferación de las posibilidades de poseer un aparato fotográfico propio, que a la vez está conectado a una base social en permanente uso, de modo que las fotografías son enviadas de manera instantánea al espacio y entran a formar parte de la red alucinante.


La coincidencia con este artefacto de los años 60 preparado como una parodia de lo que vendría cincuenta años después, es más que inquietante. 


Interior del Museo Warhol

Entro a otra sala, en ésta hay multitud de pantallas transmitiendo videos, diferentes videos en cada pantalla, pero todas están encendidas en el mismo salón en penumbras. La primera sensación que tengo es la de la vida nuestra en la actualidad,  pendiente de una pantalla, de la computadora, de los anuncios móviles en la calle, del teléfono, del cajero del banco. El visitante puede sentarse frente a una de ellas y quedarse un rato mirando pasar una entrevista, una escena de la vida, conversaciones o sólo imágenes. 


Fotogramas de John Giorno en Sleep

En el salón del lado, también en penumbras, se proyectan varios videos en las paredes, son de mayor formato que los del salón anterior. En uno veo un hombre dormido, es bastante famoso este video. Warhol grabó el sueño profundo de John Giorno, su boyfriend. Este video tiene una duración de cinco horas, y está compuesto por varias filmaciones de distintos momentos del sueño de Giorno.  Si uno quiere, puede quedarse mirando a esta persona dormir, su respiración tranquila, en algún momento gira su cuerpo entre las sábanas y se acomoda en otra posición y continua respirando calmadamente. Nada más ocurre. El visitante se cansa y se va. Otro video silente muestra a Rodolfo Valentino bailando, cantando y recitando algún parlamento, pero no escuchamos nada.  Un travesti de espesa cabellera rubia se come un plátano lentamente, su mirada intensa me remite no sé por qué a la primera mujer en el universo. Aunque no está expuesto en el museo, me han contado que existe un video del Empire State que dura ocho horas y donde no ocurre absolutamente nada, en apariencia. Warhol dispuso la cámara a los pies del edificio y la dejó rodar durante ocho horas. Se ve el cambio del día a la noche y los pájaros pasar y algunas sombras que van corriendo. Esto me recordó la escena que aparece en la película  “Smoke”  basada en el cuento de navidad, de Paul Auster.



Smoke. Escena álbum de fotos. (Subtitulada)


Comienzo a pensar en torno a la idea de que Warhol de alguna manera sabía ya en aquella época, lo que ocurriría ahora, tantos años después. No es tan absurdo como parece. Me encuentro con señales de esto a cada paso. Hay una puerta abierta que no parece conducir a un salón de exposiciones, pero me meto allí de todas formas. Es una salita pequeña con paredes de vidrio. No hay nada en la sala, pero detrás de los vidrios hay muchísimas torres hechas de cajas de cartón. Son muchísimas, cientos de ellas. Cajas rectangulares, numeradas y cerradas. Siento un leve mareo, una especie de vértigo. He escuchado que Warhol guardaba compulsivamente todo lo que lo rodeaba, cualquier cosa, monedas, llaves, entradas al teatro, dinero, telas, tarjetas, trozos de libros, dinero, comida, zapatos. Estas cajas contienen esos tesoros. El les llamó “Cápsulas del Tiempo¨, qué nombre perturbador.  Comenzó con esto cuando su mudanza del primer edificio de The Factory, en Nueva York, en los años 70. Se han contabilizado 600 de estas cajas, muchas de ellas permanecen cerradas. He sabido que la gente del museo periódicamente abre al azar alguna de estas cajas y expone su contenido en vitrinas horizontales. Nunca se sabe lo que encontrarán al abrir una caja de éstas, es una aventura emocionante. Por qué? En la respuesta está uno de los conceptos warholianos del arte. Cualquier objeto que nos rodea puede ser arte, puede ser creación y sobre todo puede contener el significado de una época. La reproducción repetitiva de la imagen de un mismo objeto es precisamente la materialización de las imágenes que vemos constantemente frente a nuestros ojos a estas alturas de la civilización, y de la manera en que nos hemos organizado en ciudades. En la televisión, en el cine, en la calle, en el supermercado, en las tiendas, en las bases de comunicación social que han pasado a ser parte fundamental de nuestra vida. Nuestra realidad se ha ido convirtiendo en los últimos años en una pieza de Andy Warhol. Me refiero a la velocidad con que vivimos, la mutación constante de ideas, posiciones ante el arte, la política, la filosofía, la vida, el cambio de actitudes, de rostros, de manera de comportarnos física y personalmente. Quiénes somos? Habitantes fugaces, a los que poco importa lo que les rodee, todo pasa casi simultáneamente para retenerlo o al menos percibirlo. 


The Velvet Underground, Lou Reed, Nico y Warhol


Tal vez este es el sentido por el cual Warhol atesoró tantos objetos fugaces. Tal vez en el objeto permanezca el momento. Un objeto podría contener en su materia las sensaciones y sentimientos de ese instante efímero. 


En uno de los salones veo algunos de sus primeros dibujos. El trazo preciso de unos dedos sobre un piano, una cabeza apretada entre las manos crispadas. Esos dibujos fueron hechos por un creador innato, lleno de talento. 


En los pasillos hay portadas de la revista Interview, con vertiginosos rostros de celebridades del cine y la moda. Muchos retratos en screen multiplican la mirada de estos íconos. Me explica una gallery atendant  de cabello intensamente rojo, que Warhol anunció en 1963 que abandonaba la pintura y el dibujo para dedicarse exclusivamente a la fotografía y a la filmación. Supongo que pudo haberse obsesionado con la idea de que cualquier objeto o vista por más fija que la veamos, en realidad está en movimiento, y está compuesta por muchas imágenes idénticas a si misma, con ligerísimas modificaciones en el tono o en la luz. Tal vez Warhol veía la vida así, como una secuencia de filmación.  Elvis Presley se multiplica en blanco y negro, vestido de vaquero, en las paredes. Originalmente estos Elvis eran 22, pero la galería donde serían expuestos no disponía de una pared lo suficientemente larga como para poner la obra completa. De modo que el artista redujo el número de Elvis a 11, que son los que originalmente están expuestos en el museo. Como dato adicional, recientemente esta obra fue valorada en ciento cincuenta millones de dólares. 

The Velvet Underground-Sunday Morning




Hay unos videos de The Velvet Underground, la banda de música rock que él produjo, y cuyos cantantes eran Lou Reed y Nico.  Imágenes en movimiento de gente que seguramente habrá muerto y sus células estarán disgregadas en el universo, como las del mismo Warhol. Objetos sencillos, sin ningún valor aparente, los de uso constante y presente en todas las vidas de todas las personas de este continente. Repetición y presencia. En resumen, la vida. Me cuentan también que Warhol filmaba todo lo que lo rodeaba, guardaba todo objeto presente, y que su obsesión por la técnica screen estaba basada, según su propia explicación, en el propósito de reflejar a la sociedad norteamericana de los años 60, 70 y 80. Treinta años de trabajo intenso. Aunque anunció su retiro de la pintura y el dibujo, eventualmente lo retomó también para completar el retrato de la sociedad contemporánea, objetivo que constituyó su pasión y el propósito de toda su carrera. 




A la salida me siento aturdida, y con deseos de llorar y de agradecer ante una fotografía que lo muestra mirándonos fijamente. Esto vertiginoso es porque he llegado al convencimiento de que Warhol encontró, de alguna manera,  el modo de permanecer registrando la vida por siempre. Esta breve reseña deja por fuera muchísimas cosas importantes que hay que decir, sin embargo, insisto en que es sólo una impresión fugaz de una visitante asombrada. 



La individualidad que conocemos como Andy Warhol murió en 1987 a los 58 años, por complicaciones tras una sencilla operación de vesícula. Había sobrevivido a enfermedades más graves y a los disparos que una ex colaboradora le efectuó a quemarropa en 1968. 



Afortunadamente para nosotros, vivió el tiempo suficiente para dejar una obra que se reinventa a si misma constantemente.

“antes de que me disparasen, siempre pensé que estaba un poco más para allá que para acá. Siempre sospeché que estaba viendo la tele en vez de vivir la vida




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Graciela Bonnet

Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías.Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.

 Y su blog es: Graciela Bonnet Vertiente Recíproca


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Actualizada el 12/12/2025
12/12/2023