Mostrando entradas con la etiqueta Mark Strand. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mark Strand. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Mark Strand : Mi madre me decía que sería incapaz de ganarme la vida con la poesía




Mark Strand 1971 photograph by LaVerne Harrell Clark. Courtesy of The University of Arizona Poetry Center. Copyright Arizona Board of Regents. Imagen tomada de poets.org



Estimados Liponautas

Hoy tenemos el gusto de compartir con ustedes este texto de Mark Strand así cómo también la primera transcripción en la red del poema La idea de orden en Key West en español.

Deseamos disfruten de la entrada.

*******


La idea de orden en Key West

Cantaba más allá del genio de la mar.
El agua no se unció jamás a mente o voz,
como un cuerpo total,aleteando en el aire
con sus mangas vacías; sin embargo, su ritmo
incansable engendraba un grito inapelable
que no era nuestro grito aunque siempre supimos
que, inhumano, nacía del océano cierto.

no era máscara el mar. Tampoco lo era ella.
Agua y canción no eran un sonido fundido
aunque lo que cantaba fuese lo que ella oía,
pues canción brotaba palabra tras palabra.
Pudiera ser que en todas sus frases se agitaran
las oprimentes aguas y el viento jadeante;
pero era a ella y no al mar a quien oíamos.

Pues ella componía la canción que cantaba.

El siempre encapuchado, grandilocuente mar
era sólo el lugar donde ella iba a cantar.
Decíamos ¿de quién es? Y es que también supimos
que habríamos de de buscar ese espíritu siempre,
que siempre cantase querríamos saber.

si escuchábamos sólo la oscura voz del mar
alzada o coloreada por numerosas olas,
si era sólo la externa voz de cielo y de nube,
de corales hundidos con murallas de agua
por muy clara que fuese , sería un aire profundo,
el habla palpitante del aire, un sonido
estival repetido en un largo verano
solamente un sonido. Pero era algo más,
algo más que su voz, que la nuestra, enredado
en los saltos fútiles de las aguas y el viento,
distancias teatrales, sombras de bronce unidas
en altos horizontes, atmósferas inmensas
de mar y cielo.

          Era su voz la que tornaba
más intenso a ese cielo en su disipación.
Medía su soledad contemplando las horas.

Ella era la única hacedora del mundo
en que cantaba.Y cuando ella cantaba, el mar
perdía su identidad trasmutado en el ser
que ya era su canción, pues ella la compuso.
Nosotros, entretanto, al verla caminar
solitaria supimos que su único mundo
sería el que cantaba y que cantando hacía.

Ramón Fernández, dime, si lo sabes,por qué
al cesar la canción y volvernos al pueblo
dime por qué   las luces vidriosas, esas luces
de los barcos de pesca anclados en la costa
cuando llegó la noche, curvadas en el aire,
vencieron a la noche, segmentaron al mar,
con zonas incendiadas y mástiles ardientes,
ordenada, profunda,embrujadora noche.

Bendita ansia de orden, Ramón, del hacedor
el ansia de ordenar palabras de la mar,
palabras de fragantes mástiles tenebrosos
y nuestras y nuestros orígenes, en lineas
mucho más espectrales, desgarrantes sonidos.








Mark Strand - La vida secreta de la poesía


1

Es 1957. Estudio artes plásticas y paso las vacaciones en mi casa, estoy sentado en la sala frente a mi madre. Hablamos del futuro. Mi madre piensa que elegí una profesión difícil. Me veré obligado a luchar en la oscuridad, muchos años tal vez, antes de obtener reconocimiento y ni siquiera el tenerlo será garantía de que pueda ganarme la vida ni mantener una familia. Cree que me convendría mas ser médico o abogado. Le informo entonces que, a pesar de haber elegido la escuela de artes, me interesa más la poesía, en realidad. "En tal caso, nunca podrás ganarte la vida", me dice. Mi madre se preocupa, le parece que sufriré inútilmente. Alego que los placeres que brinda la poesía exceden, por mucho, los derivados de la riqueza o la estabilidad. Le propongo leer algunos de mis poemas favoritos de Wallace Stevens. Comienzo con "La idea del orden en Key West". Al poco rato mi madre cierra los ojos y cabecea. Duerme en su silla.



2

No es mi intención burlarme de mi madre. Su incapacidad de responder ante la poesía como yo hubiera deseado es compartida por casi todas las personas. Oír poemas o leerlos es una experiencia diferente a otros acercamientos al lenguaje. Nada de lo que hayamos leído nos prepara para la poesía. Mi madre leía novelas y ensayos. A mi parecer, su respuesta a estas lecturas era adecuada y bien informada. ¿Qué es lo que distingue a la poesía de lo que ella acostumbraba leer? La primera diferencia que viene a mi mente es que el contexto de un poema, al parecer, reposa solamente en la voz del poeta –una voz que no se dirige a nadie en particular y carece de una situación o situaciones derivadas de las palabras o de las acciones de otros, a diferencia de la ficción–. El poema propicia un sentido de sí mismo, no un sentido del mundo. Se inventa a sí mismo; su propia necesidad o urgencia, su tono, su mezcla de significados y sonidos están en la voz del poeta. En ese aislamiento es donde genera su legitimidad. Para ser verosímil, una novela debe compartir algunos rasgos con el mundo que habitamos. Sus personajes deben actuar de forma que reconozcamos como humana y deben hacerlo en lugares y con objetos que parezcan verosímiles. Estamos mejor preparados para leer ficción porque habla de algo que nos resulta familiar. La mayor parte de lo que dice un poema no es ni conocido, ni desconocido. El mundo de cosas o de vivencias que pudieron haber originado un poema se desvanece en la distancia. Es como si el poema reemplazara ese mundo para establecer una primada propia proclamándose, extrañamente, por encima del mundo.


Lo conocido en un poema es su lenguaje, es decir, las palabras empleadas. Pero estas palabras parecen distintas en los poemas. Aun las más conocidas parecerán extrañas. Cada palabra tiene igual importancia en un poema, existe un foco absoluto, tienen un peso que rara vez poseen en la ficción, (Pueden encontrarse algunas excepciones notables en las obras de Joyce, Beckett y Virginia Woolf.) En las novelas las palabras se subordinan a grandes fragmentos de acción o caracterizaciones que permiten avanzar a la trama. En el poema son la acción, Es por esto que los poemas tienen legitimidad inmediata, una o dos líneas permiten a los lectores de poesía saber que se trata de poesía. En cambio, resulta difícil saber gran cosa acerca de una novela a partir de las primeras oraciones. Para que merezca nuestra atención le concedemos más o menos doce páginas. Y, paradójicamente, capta la atención cuando desaparece su lenguaje en los eventos que genera. Nos sentimos mucho más cómodos al leer una novela cuando el lenguaje no nos distrae. Al leer una novela lo que queremos es seguir. Un poema trabaja en la dirección opuesta. Pide lentitud, nos obliga a saborear cada palabra. Es en la poesía donde se siente de manera más palpable el poder del lenguaje. Pero en una cultura que alienta la lectura rápida, al igual que las comidas preparadas, las cápsulas informativas y demás formas abreviadas de ingestión, ¿quién quiere algo que promueva la lentitud?

Mark Strand

3

Ni la lectura de ensayos ni la de ficción preparan para la lectura de poesía. Mis padres eran voraces lectores de prosa: buscaban información con el afán de ilustrarse y también para sentir que tenían cierto control sobre un mundo donde su opinión contaba poco. Su necesidad de certeza era proporcional a su sentimiento de duda. Si uno tenía los hechos en la mano -o aquello que se consideraban los hechos- uno podía no solamente borrar la incertidumbre sino también abrigar la ilusión de vivir en un mundo fijo y estático, en un mundo pasivo y predecible de donde se habían expulsado los misterios. No es de extrañar que mis padres no consideraran un placer la lectura de poesía. Era el enemigo. Servía solo para mistificar de nuevo su mundo, opacaba su certeza con ambigüedades, era un reto a su apetito por el tipo de certezas que brinda el conocimiento. Para lectores como mis padres resultaba difícil aceptar el coqueteo de la poesía con las tachaduras, las contingencias y hasta el absurdo. Y puede ser aún más difícil de aceptar que la poesía, al crear ritmos y figuras, avala un estado de suspensión verbal. La poesía es el lenguaje en su papel de seductor y de hechicero, al mismo tiempo, es evasiva y hasta parece burlarse de nuestros afanes de reducción, de orden simple e inmediato. No es solamente que se prefieran varios significados a uno, único y dominante, podría ser también que comunica algo además del “significado”; algo que no se origina con el poema sino a la luz tenue y primordial del lenguaje, en alguna época de su "anterioridad". Puede ser, entonces, que la lectura de poesía sea, casi siempre, una búsqueda de lo desconocido, algo que reposa en el nódulo de la vivencia pero que no puede ser ni señalado ni escrito sin alterarlo, sin mermarlo -algo que, sin embargo, puede ser contenido para que no resulte tan aterrador-. No es un conocimiento, al menos de acuerdo a lo que entiendo como conocimiento; es más bien una ocasión para la fe, una razón para la anuencia, un acatamiento del ser. No es conocimiento, puesto que nunca nos es revelado. Es misterioso y opaco, y a pesar de invitar al lector, lo mantiene a distancia. Tal desconocimiento puede resultar incomodo y forzará al lector a hacer algo para sentirse menos ajeno; con frecuencia inventara un contexto donde colocarlo, algo que contrarreste el carácter desmembrado del poema. Como señalé antes, tal vez tenga relación con el origen del poema, con la oscura habitación de donde brota. Los contextos que construimos para defendernos pueden aclarar ciertas partes o rasgos de un poema; podrían hasta explicarlos, pero nunca lo reemplazan en la totalidad de su pronunciamiento. A pesar de su don para el hechizo, el poema se resiste siempre a todos los significados, salvo a los parciales.


4

Tal vez mi madre sintió esto aquel día, en 1957, y pensó que estaría más segura en los confines de su propia ignorancia que en los proporcionados por Wallace Stevens. Pero no todos los poemas pretenden recordarnos la oscuridad o nuestra ignorancia del nódulo de nuestra experiencia. Algunos intentan no hacerlo, prefieren hablar de lo conocido, de vivencias comunes donde nuestra humanidad se siente de manera más poderosa, experiencias compartidas con quienes vivieron hace siglos. Es una tarea difícil –hablar de aquello que es aparentemente inalterable a través de convenciones poéticas o lingüísticas específicamente fechadas–. Cada poema debe hablar por sí mismo, hasta cierto punto; y por su novedad: sus vínculos o distanciamientos de las convenciones del momento. Debe hacernos creer que lo que leemos nos pertenece, aunque sepamos que lo que dice es realmente viejo. Esta es la primera forma de engaño y permite a la poesía escapar del lugar común, Cuando las convenciones de otros tiempos vuelven a usarse, trabajadas una y otra vez, tenemos una banalidad: esos versos gastados y sentimentales que son la esencia de las tarjetas de felicitación, Y sin embargo, a través de tales convenciones reconocemos como poesía a la poesía, Los poemas rinden homenaje a los poemas precedentes al usar viejas figuras, al recombinarlas, al alterarlas un poco usando metros, empleando otra vez esquemas de rima y patrones de estrofas, acomodándolas a una lengua contemporánea, a su sintaxis y sus variaciones idiomáticas, Y esto es algo que no saben quienes no están familiarizados con la poesía o que les escapa cuando leen o escuchan un poema. Esta es la vida secreta de la poesía. Siempre rinde homenaje al pasado, trae la tradición hasta el presente. Mi madre no era una lectora de poesía y no podía notar esa otra vida de la poesía.


5

Es 1965. Mi madre ya murió. Se publicó mi primer libro de poesía. Mi padre, como mi madre, nunca fue lector de poesía. Lee mi libro. Me conmueve. La imagen de mi padre reflexionando acerca de lo que he escrito me colma de indecible júbilo. Quiere hablarme de los poemas pero le resulta difícil comenzar. Por fin empieza. Algunos poemas le resultan confusos y le gustaría que se los aclarara. Otros le resultan perfectamente inteligibles y se muestra impaciente por mostrarme cuanto significan para él, Los que hablan de su sentimiento de pérdida tras la muerte de mi madre son los que tienen más sentido, en su opinión. Parecen decirle algo que sabe pero no puede expresar. Su poder es casi mágico, le dicen en unas cuantas palabras lo que siente. Lo ponen en contacto consigo mismo. Puede leer mis poemas –y para el caso, podrían haber sido los de cualquier otro– y sentirse poseedor de su pérdida, no poseído por ella.

          Una de las razones por las cuales dependemos de la poesía en momentos de crisis es porque la poesía, de alguna manera, formaliza emociones difíciles de articular, porque en esos momentos es cuando resulta importante saber en unas cuantas palabras aquello que nos aqueja. Pienso, sobre todo, en los funerales aunque también es válido para los matrimonios y los alumbramientos. Sin poesía tendríamos silencio o banalidad. El primero nos deja a merced de nuestros propios e inadecuados recursos para experimentar la iluminación: la segunda abarata con generalizaciones lo que pretendemos nos pertenezca sólo a nosotros, empobrece nuestra experiencia, hace bochornosa nuestra propia imagen. Si mi padre hubiera vivido más tiempo tal vez se hubiera convertido en lector de poesía. Habría descubierto que le resultaba necesario –no sólo una necesidad de mi poesía, sino del lenguaje de la poesía, las maneras especiales que tiene de cobrar sentido–. Y ahora, años más tarde, cuando escribo bien, a veces pienso que mi padre estaría complacido y pienso, también, que si mi madre escuchara estas líneas despertaría de su breve sueño para darme su aprobación.


Traducción de Elisa Ramírez Castañeda

Mark Strand


Tomado de Pájaros Lanzallamas


martes, 13 de agosto de 2013



Mark Strand, poeta estadounidense: Algunos poemas de Neruda me conmueven, pero sus ideas me parecen muy limitadas



Mark Strand. Imagen tomada de aquí



Entrevista a Mark Strand


La Pareja.


La escena es una estación del centro de la ciudad.
Son las 3 de la madrugada.
Jane está sola en el andén,
tarareando un réquiem.

Se apoya en los azulejos.
Rebusca algo en su bolso,
algo para aliviar el dolor de cabeza
que cada vez se pone peor.

Ella fue a una fiesta aburrida,
y se largó sin su cita,
ahora está sola en la plataforma,
y el tren se retrasa.

La estación de metro está vacía,
sórdida, siniestra, gris.
Entra un hombre bien vestido,
dirigiéndose lentamente hacia Jane.

El hombre se coloca junto a ella:
“Perdone, mi nombre es John,
espero no haberla molestado.
Si es así, me iré “

“Tuve un sueño anoche
en el que iba a conocer a alguien nuevo.
Después de veinticuatro horas de espera,
me alegro de que ese nuevo se haya convertido en usted.”

Oh, ¿dónde están los vientos de la mañana?
Oh, ¿dónde está el amor a primera vista?
Un hombre sale de la nada.
Tal vez él sea el hombre correcto.

¿Cómo una encontrar la respuesta,
si se ha esperado tanto tiempo?
Un hombre sale de la nada,
probablemente él sea el hombre equivocado.

Jane se imagina el futuro,
y casi pierde el corazón.
Se ve como Europa
y a John lo ve como Napoleón.

Caminan hacia el final del andén.
Tropiezan y caen a las vías.
Se ponen de pie entre envolturas
y cajetillas de tabaco vacías.

El viento sopla a través del túnel.
Escuchan el sonido.
La forma en que gruñe,
les mantiene hechizados el silbido.

Jane mira fijamente en la oscuridad:
“Es una maravilla, el sexo puede ser bueno
cuando la mayoría de las veces se reduce a
si uno debería o no debería”.

John mira su reloj:
“No podría estar más de acuerdo contigo,
y a menudo uno se hace  la pregunta:
-¿para qué planteárselo? “

Se arrodillan uno junto al otro
como se estuvieran en trance,
entonces Jane se sube la falda
y John se desabrochay se baja el pantalón

Todo el mundo sabe lo que pasa,
o lo que dos personas hacen
cuando uno está en la parte superior de la otra
haciendo lo que hay que hacer.

El viento sopla a través del túnel
tratando de encontrar el cielo.
Jane respira cada vez más fuerte
y John comienza a suspirar:

“Soy un profesor de Princeton
Dios sabe que me ha conducido a ésto.
Tengo esposa y una familia;
he conocido la bendición del matrimonio.

Pero las cosas se estaban volviendo monótonas
y sentía que estaba siendo falso.
Todas las noches en nuestra habitación
deseaba estar en cualquier otra parte”

¿Qué tiempo hace fuera?
¿Qué tiempo hace dentro
que les conduce al exceso
y a caer en los brazos del pecado?

Son los hijos de Eros.
Se mueven, pero no demasiado rápido.
Quieren extender su placer,
quieren que el momento dure eternamente

Qué mal que no puedan escucharnos.
Qué mal que no podamos aconsejarles.
El destino que les ha unido
tiene aún otra sorpresa.

Justo cuando llegan
a la más alta cumbre de su empresa,
un tren local vacío
los separa para siempre.

Un tren local vacío
grita a través del aire sucio
una pareja muere en el metro;
Parejas mueren en todas partes



Versión al español por G.F. Molinero

Fotografía: Ezequiel Zaidenwerg



texto tomado de A Thousand Words of Deep


*******

Un viejo se va de la fiesta:Una entrevista al poeta Mark Strand



Un viejo se va de la fiesta

Por Ezequiel Zaidenwerg

 Enero 2013






A poco de mudarme a Nueva York, me enteré de una extraña coincidencia: Mark Strand ofrecería una lectura en la famosa librería homónima. Terminado el evento, me acerqué con timidez a él para pedirle una entrevista. Viéndose obligado, o tal vez conmovido por mi inglés, que había retrocedido por los nervios a un balbuceo primitivo, Strand me dio su e-mail. Luego de un intercambio epistolar algo enigmático, en el que confirmaba la entrevista, pero no fijaba la fecha, conseguí acordar un encuentro, que sería en un parque infantil, en Chelsea, el viernes anterior a la cólera de Sandy: un clima de catástrofe inminente, pero lejana aún, en consonancia con el mundo poético de Strand.

 

La charla, que duró una hora y media, tuvo lugar en un pequeño playground: cuando llegamos, no había nadie allí, pero pronto empezaron a llegar los niños, que corrían y chillaban a nuestro alrededor; y para proteger la voz de Strand, serena y reflexiva, nos teníamos que trasladar de un banco a otro. Esta entrevista repasa su carrera, desde su iniciación como pintor y sus comienzos en la poesía, hasta su libro más reciente, Casi invisible, que anuncia su retiro.
...
¿Cómo empezó a leer poesía? ¿Fue un descubrimiento o un gusto adquirido?

Fue un gusto adquirido. No era lector de niño; de hecho, me gustaban los juegos y después me dediqué a los deportes. Fantaseaba con ser un gran jugador de básquet o de beisbol, y practicaba todo tipo de deportes. La escuela no me interesaba, y no era un alumno competitivo. Empecé a leer tarde, cuando mis padres se mudaron a América Latina y yo pasé con ellos algunas temporadas. Empecé lento, pero a los dieciséis o diecisiete ya leía mucho: a Hemingway, a Faulkner, a Thomas Wolfe. Ficción. No leía poesía. Recién empecé a leer poesía en la universidad.

Ernest Hemingway


¿Fue una revelación, o le fue tomando el gusto?

Le fui tomando el gusto. En realidad, yo quería ser pintor. Pero cuando finalmente anuncié que quería ser poeta, más o menos a los veinticuatro años, mis padres se sorprendieron mucho, y creo que se desilusionaron. Me parece que la pesadilla de todo padre es tener un hijo que decida ser poeta a los veinticuatro años. Cuando empecé a leer, una de las cosas más importantes que me pasaron fue descubrir, en México, a los diecinueve años, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda.

¿Entonces diría que el primer libro de poemas que le llamó la atención fue Veinte poemas de amor y una canción desesperada?

Sí, sí. En el último año de la secundaria, había leído algunos poemas de Paul Éluard, Louis Aragon, y “Trece maneras de mirar un mirlo”, el famoso poema de Wallace Stevens. Eso me había llamado la atención. La poesía me interesaba, pero no era un interés pronunciado. Empecé a escribir poesía cuando fui a estudiar pintura con Josef Albers [en Yale]. Tenía veintidós. Empecé a escribir algunos poemas, pero no eran buenos. Algunos profesores empezaron a verme como alguien que, además de pintar, era capaz de escribir.

Josef Albers. Fotografía de Henri Cartier Bresson


¿Los profesores lo respetaban como pintor?

Sí. Pero yo no me respetaba a mí mismo. Buscaba una salida, y la poesía parecía ofrecérmela, aunque mis poemas eran pésimos. Aun así, publiqué algunos poemas en la Yale Literary Magazine y en 1958 publiqué uno en The Yale Review. Así que seguí escribiendo y obtuve una beca Fulbright para irme a Italia, supuestamente para estudiar poesía italiana del siglo xix. Al final, en vez de eso, me dediqué a escribir poesía.

Recién mencionaba la importancia de Neruda. ¿Cómo llegó a su vida?


En el estudio de mis padres, en México. Ya no leo a Neruda. Reseñé un libro de Neruda para The New Yorker hace unos años. Creo que era un genio, en términos poéticos, pero intelectualmente era bastante normal.

¿Diría que el aspecto intelectual de la poesía es muy importante para usted?

No. Algunos poemas de Neruda me conmueven, pero sus ideas me parecen muy limitadas. Me parece que tiene una serie de procedimientos que repite una y otra vez, al menos en las Odas elementales. Es el gran igualador, el gran demócrata de la poesía: rebaja lo elevado y eleva lo bajo. Eso es parte de su encanto.

Emily Dickinson


Un poeta cuya obra me conmueve, que creo que es uno de los hombres de letras más inteligentes del siglo xx, fue Octavio Paz. Sus escritos sobre poesía, sus escritos sobre cultura indígena, sus escritos políticos, son todos absolutamente brillantes. Y fue uno de los más grandes prosistas.

Libros como Los hijos del limo, El arco y la lira, son fantásticos. Pero el libro sobre México y el carácter mexicano, El laberinto de la soledad, es sencillamente el mejor libro jamás escrito sobre el carácter nacional. Es mejor que Walter Benjamin, es mejor que cualquiera.


¿Quiénes fueron sus poetas formativos?

Elizabeth Bishop y Robert Lowell, W. H. Auden, Louis MacNeice, Dylan Thomas, cuando tenía veintitantos años. Esas fueron mis primeras influencias. Y luego, poco después, cuando empecé a escribir poesía, comencé a leer y a traducir a Alberti, como ejercicio para mejorar mi propia poesía.

¿Y quiénes son los escritores a los que siempre vuelve, los poetas que relee?

Walt Whitman. Ahora estoy enseñando a Emily Dickinson. Ya no leo mucha poesía, pero trato de releer a Homero, de releer La Eneida de Virgilio, y me veo obligado a leer la obra de muchos poetas contemporáneos.


¿Así que sigue leyendo a los jóvenes?

Lo intento, pero también leo muchas novelas, leo ensayos, leo The New York Review of Books. Leí un libro que es uno de los más increíbles que haya leído en muchos años, la autora es una poeta, se llama Sarah Arvio. Estuvo en México, es traductora de la onu, habla perfectamente el español, hizo una excelente traducción del Romancero gitano, y escribió un libro que se llama Night thoughts, que mezcla poemas y prosa, y que es uno de los más originales que leí en mi vida. Pero tiene cincuenta y tantos años.

Joanna Klink, una poeta joven, me parece muy buena, y acabo de leer un libro de D. A. Powell. No lo conozco, pero sus poemas me parecieron estupendos.

Entonces no sería exacto decir que ya no lee poesía.

No, porque al menos leo un poco. No quiero rechazar la poesía, no quiero expulsarla de mi vida solo porque dejé de escribirla.

Cuando leo sus poemas, me da la sensación de que Wallace Stevens fue una presencia fundamental.

Primero fue T. S. Eliot y después lo sustituyó Wallace Stevens. Wallace Stevens es mi principal influencia, y entre los prosistas, Kafka: creo que soy un hijo literario de Kafka y Wallace Stevens.

Wallace Stevens

¿Por qué le resultaba tan atractivo el estilo de Stevens?

Por sus descripciones tan hermosas. Después de todo, yo había empezado como pintor, y sus poemas me interpelaban desde el interés por lo visual. Además, a medida que fui envejeciendo, los poemas que escribió hacia el final de su vida son hermosas evocaciones de la vejez, así que tocan una fibra sensible. Además, es un poeta del clima...



“Clima” es una palabra que se repite mucho en su poesía...

Sí. Eso viene de Stevens. Él crea el clima y yo...

 ¿Y usted lo pronostica?

Lo pronostico y vivo en él.

¿Cuáles son –o cuáles eran, dado que ya no escribe más poesía– sus hábitos de escritura?

Cuando era joven, escribía todos los días. Me levantaba en la mañana y me ponía a escribir.

¿Y eso le funciona? ¿Puede escribir poesía todos los días como si fuera un trabajo?

No, pero me obligaba a sentarme en mi escritorio, y a veces escribía cartas, pero con mucha frecuencia trabajaba en un poema, o empezaba un poema nuevo, siempre tenía algún poema en el que trabajar, pero después se empezó a volver cada vez más difícil sentarme en mi escritorio si no estaba escribiendo nada, o si no me salía nada, así que empecé a escribir cada vez que tenía tiempo o ganas, y estos periodos empezaron a espaciarse cada vez más, y a veces hubo periodos de silencio de dos o tres años. Primero era una semana o dos, después un año o dos, pero cuando escribía terminaba un libro bastante rápido. Bueno, a veces no tan rápido, pero ya no tengo paciencia. De cualquier manera, ya nadie lee poesía. Los poetas sí, pero el lector común ha sido abandonado por la poesía.


¿Y no es al revés? ¿La poesía ha abandonado al lector común?

Eso creo. Y el lector común sencillamente ha perdido interés. La poesía se ha convertido en el terreno de los departamentos de inglés de las universidades estadounidenses, se ha convertido en algo de lo que les resulta interesante hablar a los académicos, especialmente si es difícil.