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martes, 20 de agosto de 2024

El Teatro Radio City y el Chavismo: Crónica de un robo anunciado

 

Cine Radio City. La fotografía es de Nikolaj Sidorkovs Koslov




Y dígame Usted: ¿Qué se siente ser “expropiado”?


“Para el momento del decreto de su expropiación (2006), ya habían partido mis abuelos, mi madre, y de sus hermanos, si no recuerdo mal, quedaban solo los dos menores. Uno muy enfermo y una muy iracunda”. La autora comparte un relato muy personal, la pérdida de un ícono de Caracas creado por su abuelo materno. Algunos lectores quizá recordarán el lugar por haber visto su imponente fachada desde el Bulevar de Sabana Grande; otros tal vez disfrutaron de una película o un espectáculo en vivo. Lo cierto es que el Teatro Radio City fue también “expropiado” ¿inútilmente para nada?


Cine Radio City. Detalle. Imagen tomada de Pinterest



SONIA CHOCRÓN | 31 MARZO 2022



Caramba, caramba. ¿Será que están devolviendo las propiedades expropiadas (expoliadas, más bien, pues nunca hubo pago) en esta nueva etapa de la “Venezuela que se está arreglando?”, ¿será que después de arruinarlas quieren que sus dolientes verdaderos revivan a esos muertos? De esa cabuya en mi familia tenemos un rollo. Y es tan antiguo que la generación previa, padres y abuelos, ya están bajo tierra.


Taquilla del cine Radio City. Imagen tomada de Pinterest

¿Tendremos sus descendientes la misma suerte que la familia Cohen y su Sambil La Candelaria?, ¿nos devolverán así de impoluto a nuestro querido cadáver? Para el momento del decreto de su expropiación (2006), ya habían partido mis abuelos, mi madre, y de sus hermanos, si no recuerdo mal, quedaban solo los dos menores. Uno muy enfermo y una muy iracunda. El uno, viviendo lejos. Y la otra en sus setentas, y con un nivel de indignación que lo único que nos pedía era que la dejáramos ir a acostarse encadenada a las puertas del teatro. (No nos pareció prudente, claro).

Imagen tomada de FUNDAAYC



Justo en ese momento que cambió nuestras vidas, cuando nos anunciaron de la expropiación, estábamos visitando a un pedazo de nuestra familia radicada en el exterior desde los años ‘80. Habríamos llegado, quizás, tres o cuatro días antes de recibir, una mañana, la llamada de uno de los inquilinos de la propiedad (que tenía dos o tres locales comerciales a los lados del teatro). Que no fue, por cierto, y tampoco, llamada oficial de los expropiadores del gobierno del municipio Libertador. El inquilino vía telefónica nos da un breve parte: “El teatro está todo acordonado por la policía y no nos dejan entrar. Lo que nos dicen es: ‘esto ya no es de ustedes’”.



Pues bien, eso que ya no era nuestro ni de nuestros inquilinos era el emblemático cine/teatro Radio City, y sus locales aledaños; ese teatro que soñó, planeó, buscó a los mejores profesionales, se endeudó y pagó de su bolsillo mi abuelo materno, Don Zacarías Bibas. Un soñador que empeñó hasta su sombra para lograr construir un teatro/cine como pensaba que Caracas lo merecía: Una gema, un trozo del gran mundo, una versión inspirada en el Radio City Music Hallde Nueva York, que mi abuelito tanto admiraba; un trozo de cultura arquitectónica que luego se llenó de festivales de cine japonés, francés, por ejemplo, o en las tablas, de artistas como Lola Flores, para el goce del ciudadano. Nos lo contaba orgullosa mi madre, mi abuela, mis tíos.



. Imagen tomada de FUNDAAYC

Edificio Nivaldo, edificio Continental, edificio Galerías Bolívar y edificio del cine Radio City, Sabana Grande, Caracas




Su diseño, a cargo del arquitecto Natalio Yunis, estilo Art Deco, aspiraba también, a través de algunos elementos decorativos de los años ‘50, a estrenar la modernidad: en la fachada, colocado de forma vertical el nombre Radio City coronado por una plataforma en volado sobre la que se yergue un águila o un halcón, no estoy segura, con las alas abiertas, como para alzarse en vuelo. En el foyer, las imponentes taquillas de aluminio en forma de cornucopia y los pisos de granito marqueteado con las iniciales del teatro: RC.

Piso del Cine Radio City. Imagen tomada de Caracas en concreto.


Era la única sala de teatro en Caracas que tenía -como bienvenida a sus usuarios- un standing room, y un largo pasadizo de ventanales como antesala. Y eso sin mencionar los hermosos frescos/murales con distintas escenas mitológicas, en techo y paredes, pintados por un artista español contratado para ello, de apellido, si no recuerdo mal, Paneia. Una vez adentro, al aforo de 748 butacas, desde el proscenio, dos sirenas les daban la bienvenida a los espectadores.


Recibidor de Cine caraqueño, años 50. No sabemos a que cine pertenece. Imagen tomada de Pinterest


Era (o lo que queda de él aún lo es un poco) una hermosa estructura “como pocas en su diseño integral, construida en una Caracas que buscaba la modernidad en todos los aspectos. Esta sala se estrena en el año 1953, con la mejor tecnología cinematográfica de esa época. Todo, para el entretenimiento de quienes recorrían la Calle Real de Sabana Grande y disfrutaban de una buena película”*.

María Félix en Messalina


La mejor tecnología, por cierto, que mi abuelo introdujo en toda Latinoamérica: el sistema Todd-AO, compatible con el cinemascope, para darnos también a nosotros la grandiosidad, la suprema calidad de imagen y de sonido de las pantallas del primer mundo. El Radio City se inauguró en abril de 1953, con la película Mesalina, relato histórico de la mujer más perversa del mundo antiguo, protagonizada por María Félix.

M. Félix en una foto publicitaria de la película. Foto por Arturo Ghergo.


Por supuesto, me contaba mi madre, había que invitar a la pareja presidencial a la noche del estreno, al dictador Marcos Pérez Jiménez y a su señora esposa, no fuera a ser aquello motivo para una inquina que ya tenía antecedentes: (Decía también mi madre que la ubicación inicial para el Teatro Radio City iba a ser en otra zona más al este de Caracas, pero le fue negado el permiso porque a un pariente del nombrado mandamás le gustó la idea y se construyó allí su propio cine, cuyo nombre no diré).


Y todo ese riesgo de persistir en hacer el teatro, todo ese afán, toda esa empresa económica. Por una floreciente y prometedora Caracas moderna. Por dejar las venas en el país que lo recibió con los brazos abiertos y le dio una vida digna y una familia caraqueñísima. (Eso sí era ser empresario: emprender, hacer ciudad, con trabajo y sin los dineros mal habidos del Estado). Lo recordamos con enorme nostalgia cuando mi hermana mayor le colgó el teléfono al inquilino de las malas nuevas, y lloramos por nuestros muertos y sus sueños robados, y por nuestros hijos y el legado que les pertenecía, ahora sin porvenir cierto. Y mientras, nos apremiábamos a regresar a casa a enfrentar la noticia, a los funcionarios de ocasión, a la impotencia y el disgusto.


El gobierno municipal de aquel entonces, mórbido, hambriento e inflado como los zepelines que volaron ¿una vez?, ¿dos? sobre la ciudad, nunca pagó a los dueños. Pero esto no es novedad: por fortuna no se nos ocurrió hacer una huelga de hambre como el noble señor Brito, ni dejamos a mi tía encadenarse a lo que fue siempre suyo por derecho. Los usurpadores hablaron de aquellos globos como gendarmes vigilantes desde el cielo, hablaron de una sala situacional de la policía, de la seguridad ciudadana desde aquel recinto lleno de arte. Hasta ofrecieron, creo recordar, una sucursal del “nain güan güan”, que sin embargo fue imposible desde siempre: El Radio City fue construido como teatro, con las especificidades de una sala de espectáculos libre de ruido y casi hermética. Que entrara una llamada de móvil dentro de aquel recinto era como un milagro de Hermes. Imagínenselo como sede para recibir los repiques del 911… Parece un chiste, pero nosotros lo lamentamos como si lloráramos a nuestros muertos otra vez.

Cuando por fin desistieron de una sede policial por inviable, obviamente, montaron una taguara de “vivienda digna”: total, los frescos y murales y en general todas las paredes ya las habían rematado con pintura de caucho blanca; y las sirenas, las taquillas, la ebanistería y toda el alma y la belleza que habitaba aquel lugar habían desaparecido hacía rato. Un día que mi tía la iracunda -bendita sea su memoria- quiso ir a ver lo que quedaba, alcanzamos a atisbar desde lejos -no la dejaron entrar- unos escritorios para funcionarios casi sin funcionarios, cerramientos color rojo ruina, y alguna que otra computadora, ¿qué se siente ser expropiado? Se siente la tristeza por la pérdida. Se siente arbitrario, injusto.

Pero, ¿qué se siente ser expropiado inútilmente, es decir, para nada?, ¿qué se siente cuando te quitan de la mano un bibelot que has esculpido con esmero, sacrificio y entrega para echárselo a los cerdos o para que lo caguen los perros? Sientes que es el cadáver descuartizado de un pariente amado. Pues eso.



*Tomado de Caracas en Retrospectiva, Facebook.


Cine Radio City. Foto de Vicente Quintero.7 de mayo de 2018


Tomado de La Gran Aldea




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Sonia Chocrón (Caracas, 17 de marzo de 1961) es una poeta, narradora y guionista de cine y televisión de origen judío. Está emparentada con el dramaturgo venezolano Isaac Chocrón.​

Nacida en una familia judía española y criolla,​ es Licenciada en Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello. Publicada por editoriales como Alfaguara, Bruguera, Monteávila Editores. En 1982 ingresa al Taller de Poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG). En 1988 llega por concurso al Taller “El argumento de ficción” de Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. De allí, viaja a México invitada por el premio Nobel para fundar el “Escritorio Cinematográfico Gabriel García Márquez” donde co-escribe guiones para la televisión y el cine.

Ha publicado -con éxito de crítica y público- poesía: Hermana pequeña (2020), Editorial Eclepsidra. Bruxa (2019), Ediciones Kalathos España. Mary Poppins y otros poemas (2015), Lugar común Editores. Poesía Re-unida (2010), Bid & Co Editores. Fe de errantes. 17 poetas del mundo (2006), Otero Ediciones. La buena hora (2002), Monteávila Editores. Púrpura (1998), La Liebre Libre editores. Toledana (1992), Monteávila Editores.; novela: La dama oscura (2014), Editorial Bruguera. Sábanas negras (2013), Editorial Bruguera. Las mujeres de Houdini (2012), Editorial Bruguera; cuento: La virgen del baño turco y otros cuentos falaces (2008), Ediciones B. Falsas apariencias (2004), Editorial Alfaguara.

Su trabajo -tanto literario como cinematográfico y televisivo- le ha merecido diversos premios y reconocimientos. Aparece en numerosas antologías poéticas y críticas. Publicada/traducida a varios idiomas en revistas académicas -poesía y narrativa- especializadas en literatura.

 Enlaces relacionados:


Adios Franklin Brito:"Por quien doblan las campanas" y Venezuela: Trastorno de ideas delirantes.



UN CIELO DE LIBRERIAS EN SABANA GRANDE





MARGOT BENACERRAF: Trabajar en el cine es algo así como enamorarse: es un estado pasional, pero lo importante es qué vas a contar y cómo lo vas a decir



Sonia Chocrón: Si te digo la verdad, José querido: me siento rehén del espanto

Una entrevista de José Pulido 



Sonia Chocrón: Hermana pequeña es un solo poema, que recorre mi ciudad incluyendo mis sueños y pesadillas



Sonia Chocrón: Melchor, mi padre Rey Mago, quiso a Venezuela como si hubiera sido su casa desde siempre




martes, 20 de noviembre de 2018

UN CIELO DE LIBRERIAS EN SABANA GRANDE







Un segundo círculo celeste era el de los anuncios gigantes de neón: EFE en colores, Pepsi Cola con su roto yin yang en movimiento, la roja Coca-Cola de cola alternante, cerveza Polar que sube y baja y la piramidal torre La Previsora dando la hora. Luces inmorales. Otras luces necesarias en un tercer círculo lo proporcionaban las mejores librerías de Caracas, agrupadas en constelaciones. 




La Cruz del Sur y constelación del mismo nombre en una lateral del boulevard, que era librería, editorial, sala de exposiciones  y revista. Era la más histórica y no apuntaba al norte sino al este. La constelación la conforman otras dos librerías: una de textos esotéricos tan del gusto de Armando Molina Duarte y cuyo nombre no recuerdo, y en la base de la cruz la librería Suma. En un lateral el restaurant La Vesubiana. A un costado de la librería almorzamos pasta, y mi papa preguntaba a los dueños por Adriano Gonzales León que nunca estaba, luego veíamos una exposición, hacíamos escala en una juguetería educativa, y ya empezando la noche toda la familia nos recogíamos, entre libros y juguetes, en una pequeña habitación del hotel  Khursaal. El alimento espiritual corría a cargo de las librerías. Así concluía nuestro viaje a Caracas desde Valencia.


Gran Café

Era SUMA en mayúscula como su cartel,  la librería más brillante de ese cielo familiar. Allí mi padre hacia escala, dejaba sus maletas al llegar de un viaje de congresos científicos o antes de partir del país, y Bethencourt, el librero y su amable hermana se las custodiaban tras el mostrador. Recuerdo que una vez la dejo atravesada, y el librero se tropezó y se le cayó su pipa.  Lejos de molestarse, con una sonrisa recogió la pipa y su picadura. ¡Clientes de provincia! En los pasillos cercanos a la puerta que da a la calle estaba la narrativa, en el medio la filosofía y solo al final de la librería los valiosos libros de poesía. En el fondo perpendicular el escritorio y alrededor la tertulia. Eran los tiempos en que Manuel Matute sería el último presidente de la Republica del Este y Mario Abreu el Ministro de Defensa. Le habían dado un golpe de Estado a Caupolicán Ovalles. (En un rincón de la barra del Molino rojo Miquilena maquinaba golpes de verdad). 




En los pasillos de la librería Suma recibí mi primer  regaño como lector de parte de un escritor. Yo tenía apenas 15 años y Héctor Bujanda, hoy periodista,  un poco menos, como trece. Nosotros sabíamos quién era Manuel Caballero, y por supuesto, el solo  veía a dos ingenuos  jóvenes escoger un viejo manual de la Academia de Ciencias de la URSS. Nos jaló metafóricamente las orejas y con energía nos instó a la lectura y compra de su libro sobre la internacional. Le hice caso 20 años después. Una tercera  anécdota de Suma la dejo para el final. 




Otras dos constelaciones más al este de la Cruz del Sur eran las osas mayores y menores, o le podríamos decir a la Osa Mayor Constelación del Papagayo por la cafetería contigua a la gran escultura urbana de Jesús Soto,  un sol rojo. Una gran librería de novedades en el nivel de la calle  tenía un anuncio del Gabo tamaño natural que nos recibía en la puerta. Pero los tesoros siempre están ocultos y bajando la escalera topábamos con las vitrinas de la librería del gran Walter, hoy el último librero del país. Libros  finamente escogidos, literatura europea y sureña, libros objetos  y de pinturas esculturas y fotografía. Fotografías adornaban las paredes con escritores de visita o presentaciones de Jorge Luis Borges o Mario Vargas Llosa que en un descuido firmaba sus libros para el lector casual que los hallase. Todo esto creaba un ambiente real maravilloso. Y la Osa Mayor era la conformada por la librería del FCE al lado del Hotel Savoy (no confundir con la heladería Savoy en el otro extremo de la vía etílica y cerca de la segunda librería del FCE). Todo Paz, todo Reyes, todo Pitol, todo sor Juana Ines de la Cruz, los universales clásicos Porrua traducidos por mexicanos y exiliados españoles, los códices aztecas, y el único libro de Rulfo. Y bajando en la pata de la osa La Gran Pulpería del Libro de Castellano Guedez, que recientemente hizo una historia de las librerías y pulperías de libros desde el siglo XVI al  XIX, no llegó ni al XX ni al XXI por humildad, para no concluir con él mismo y su hermano de la librería Historia. La  Gran Pulpería es la mayor librería del país en cantidad y calidad. Es un gran agujero negro que traga todos los libros y del que no querríamos salir. El purgatorio como librería. 

La Gran Pulpería del Libro


En el oeste cruzando la avenida lateral al Gran Café centro de tertulias literarias desde Sardio, ver hablar entre si a los autores de los libros que acabamos de comprar: Calzadilla, Juan Nuño, y el pintor Pascual Navarro con una camisa de curiosos bordados. En otra mesa Papillon. Comprendemos que la literatura vive, y luego de esa avenida límite de Sabana Grande,  está la constelación de Plaza Venezuela que pasando la Previsora, con otro Soto de pared, y la otra FCE, la librería Ludens con Javier Marichal antes de irse a trabajar con los jesuitas y la librería Le France del educadísimo Pierre Paneico.


Un joven Raúl Bethencourt. Imagen tomada de aquí

 El cuarto círculo bajando del cielo, más cercano a nosotros entonces jóvenes, y próximo al suelo es el de los vendedores ambulantes, a precios accesibles, libros de segunda y tercera mano, y algunos intonsos. Siempre compre por igual en las librerías de las constelaciones y en este anillo de asteroides de buhoneros, y pasaba algún cometa con la biblioteca personal completa de algún exiliado. Solo que con el precio de uno de librería compraba once en los buhoneros. Mi biblioteca personal se debe a ambos, pero más a los libros de la calle. (El libro callejero, hijo de la calle de las siete puñaladas, que recorrí con Luis Enrique Belmonte, pero eso ya es otra historia, digresión a futuro).


El librero Walter Rodriguez 

Digo que el primer cielo de verdad, de todos, y el cuarto y último cielo de todos, es también  firmamento porque se mantiene pese a la crisis, y nos iluminaran hasta el final de nuestros días. La esencia del librero es el vendedor informal: el alfa y omega de la profesión.  Las constelaciones se apagaron. Solo el astronauta Walter lo vemos en todas las ferias del libro de Caracas y de las provincias. En Valencia le compre el Atlas de Borges buscado por años en su edición original, con cajita.




Un presagio, tan caro a los romanos me anunció el declinar  de las constelaciones, que más bien astrológicamente deberían anunciarnos cosas nuestras. En la librería Suma un cliente  autoridad eclesiástica y académica, el padre Ugalde,  sale  con su maletín y suena el detector de la puerta. Entre pena y con una sonrisa los empleados le dicen que por las normas deben revisar el maletín. Testigo de ocasión, me acerque para lo que creía un pecado venial del prelado para obsequiar un libro a un niño pobre o una biblioteca de las escuelas Fe y Alegría. Todo lo dora un buen fin, escribía Gracián. Con pena y sonrisa abrió el maletín cuyo único contenido era una gran pistola automática. A modo de explicación, que nadie le solicito, nos dijo que trabajaba en “sectores populares”. Con el sacerdote del maletín  cierro mis recuerdos de la librería Suma.


"Anemoi" de Alberto Cavalieri, Bulevar de Sabana Grande (Caracas - Venezuela). Johnny Gomes


Todas las librerías de Sabana Grande eran librerías de izquierda por sus títulos y clientes. De la izquierda exquisita y de la militante. Sus  libros eran muy costosos. Ahora hay otra red de librerías: las del SUR, del Ministerio del poder popular para la Cultura, ediciones del Perro y la Rana, Monte Avila, Fundarte. Nuevas constelaciones al oeste de la ciudad, practicando la inclusión,  con libros a precios accesibles, a menos del costo para que jóvenes de sectores populares hoy puedan hacerse una biblioteca personal para formarse, el complemento de la biblioteca pública. Esta semana entre el 8 y el 18 de noviembre una lluvia de estrellas desciende al casco histórico de la capital. Es la FILVEN 2018 que organiza entre otros Cristian Valles del CENAL. No pierdan esa oportunidad.




Volviendo al pasado, mi pasado. La cultura creada en ese paso de la edad escolar a la adolescencia se la debo a la Vía Láctea de Sabana Grande, láctea para mí por los helados de vainilla, y etílica para los republicanos del este y los balleneros, admirados por el doctor Téllez Carrasco que era a efectos prácticos un abstemio. Entre los recortes de la pastelería Savoy, comprados por mi papá: una económica bolsa con pedacitos de galletas susy, cocosete o fragmentos de bombones, y la bolsa de libros de poesías cuentos y ensayo comprados por mi mama, o viceversa,  significaron mi paso de la niñez a la adolescencia. Sigo ahí. Me comí los chocolates y  todavía leo, o releo con mis hijos, algunos de esos libros de las Constelaciones de Sabana Grande.

Pedro Téllez




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Enlaces relacionados:


UN CIELO DE LIBRERIAS EN SABANA GRANDE


REMATES DE LIBROS EN LA CIUDAD DE VALENCIA, LA DE VENEZUELA



Conrad, Sulaco, Valencia, y El corazón en las Tinieblas con Nosotros.



Pedro Téllez. Un cotilleo bioliterario.



REVISTA ZONA TÓRRIDA: 40 AÑOS DE TRANSDISCIPLINA



Santiago Key-Ayala: Autobiografía en monosílabo trilítero



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ELOGIO RETICULAR DEL LIBRO EN RÚSTICA Y SUS ALREDEDORES



Invitación a la presentacion de los libros "Elogio en cursiva del Libro de Bolsillo" y "Para leer el Socialismo"



Invitación a la charla "La maldad cotidiana según Saki"



Nanacinder (1954-1962) Revista Literaria.

Una Fruta Tropical

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Una Jornada Lúdica sobre la Literatura en el Liceo Pedro Gual en Valencia, la de Venezuela



Biblioteca Personal del Diablo por Pedro Tellez





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Julio Cortázar: Ese muchachote pícaro


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Pedro Téllez (Valencia, Venezuela, 1966). Ensayista. Conferencista. Bibliófilo. Médico psiquiatra. Ha publicado los libros: Añadir comento (1977). Fichas y remates (1998), Tela de araña (1999), La última cena del ensayo (2005) y Un Naipe en el camino de El Dorado (2007). Ha sido redactor en la revista Poesía y colaborador de la revista Zona Tórrida, publicaciones de la Universidad de Carabobo. Colaborador en publicaciones periódicas tales como Predios, Arte de leer, Mañongo y Tiempo Universitario. 

viernes, 16 de noviembre de 2018

ADIOS A LA LIBRERIA SUMA



Estimados Amigos


Hoy tenemos el gusto de compartir con ustedes el texto del artista plástico valenciano  Javier Téllez que rinde un homenaje a la desaparecida Libreria Suma. 

Deseamos disfruten de la entrada.

Atentamente.

La Gerencia.


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No había visita a Caracas con mi padre que no incluyera una parada en la librería ‘’Suma’’ situada en el Boulevard de Sabana Grande. Cuando éramos pequeños mi hermano y yo lo esperábamos con mi madre saboreando helados en el Gran Café o escogiendo dulces en la chocolatería Savoy mientras el desaparecía tras las puertas de cristal de esta librería y solo le veíamos volver una hora mas tarde cargando dificultosamente múltiples bolsas llenas de libros que encontrarían con suerte algún lugar en los anaqueles de nuestra casa-biblioteca en Valencia. A medida que fuimos creciendo empezamos a acompañarlo a la librería y muy pronto a comprar también nuestros propios libros y a cargar con el peso de nuestros intereses literarios, responsabilidad que convertimos desde entonces en un habito. 




En la librería ‘’Suma’’ conocí cuando apenas era un niño a muchos autores Venezolanos que eran amigos de mi padre y a quienes luego leería: Adriano González León, Caupolican Ovalles, Orlando Araujo, Pancho Herrera Luque..Recuerdo haber visto allí en una misma tarde a Rómulo Betancourt y a Papillon


Un joven Raúl Bethencourt. Imagen tomada de aquí

El infatigable librero y editor Raúl Bethencourt, dueño y señor de ‘’Suma’’desde 1963, no solo tenia un ojo extraordinario para mantener siempre en sus estantes las muestras mas relevantes de la actividad editorial en nuestra lengua sino que también ofrecía su librería como un foro abierto de discusión e intercambio de ideas. Fueron muchos los libros que se bautizaron en esta librería, un a verdadera Ágora de la escena intelectual de la ciudad que fue también escenario de recitales de poesía y de conferencias impartidas por nuestros mas valiosos escritores.





Como para muchos Venezolanos la librería Suma fue un lugar importantísimo en mi educación sentimental e intelectual. Son muchos los libros que conservo en mi biblioteca condecorados con la típica calcomanía azul y plata de la Librería Suma, que ilustra esta nota: Las Cartas del vidente de Artur Rimbaud, las novelas de Jean Genet, Las cartas desde Rodez de Artaud, la autobiografía de Canetti, las obras completas de Borges, los ensayos de Focault y Deleuze, Benjamin y de Adorno, las Memorias de Adriano de Yourcenar, los guiones de Buñuel, Eisenstein y Godard, ediciones agotadas de la fantástica revista Cine al Día y muchos otros volúmenes que eran fruto de dos décadas prodigiosas en la producción editorial en España y Latinoamerica, caracterizada por firmas editoriales tales como Anagrama, Visor, Seix Barral, Tusquets, Fundamentos, Muchnik, Alfaguara, Taurus, Joaquín Mortiz, Emecé, Tusquets, Sudamericana, Siglo XXI, Siruela





Tristemente recibimos ayer la noticia del cierre final de la librería Suma. Sabemos que no es la primera librería que cierra sus puertas en Caracas en la ultima década, pero el hecho que un lugar tan emblemático como este, que heroicamente ha tratado por todos los medios posibles de subsistir en la grave crisis económica y moral que atraviesa el país, se vea obligado a cerrar sus puertas resulta lamentable y sintomático del grave deterioro de la vida intelectual en el país. Es tarea imprescindible hoy investigar si se conserva un archivo con documentación de los eventos que se realizaron por décadas en el local, para conservarlo antes que desaparezca, como parece desparecer todo aquello que alguna vez significó algo para la cultura en el pais.