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sábado, 14 de junio de 2025

Ibsen Martínez: Arístides Rojas y Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, autores venezolanos del siglo XIX me llaman mucho la atención

 

Ibsen Martínez


ENTREVISTA


La última entrevista a Ibsen Martínez


“A mí me atacó una depresión clínicamente diagnosticada. Yo estaba inerte ante todo estímulo, leía sin placer, escribía a empujones una columna semanal, no me provocaba ir a Venezuela. Estaba realmente muy mal”, reconoció el reconocido escritor venezolano antes de regresar a su país luego de 10 años de destierro. Dijo que Caracas sería su último destino y lo encontró en una de sus calles el pasado 11 de septiembre. Pero no la nueva vida que intentaría reconstruir en la ciudad que para él era su vida


Francisco Olivares


16 de septiembre, 2024

09:01 pm






Poco antes de que se desatara el escándalo en septiembre de 2023 por la publicación en El País” de España de un reportaje en el que el escritor Ibsen Martínez reconocía sus remordimientos por un pasado oscuro y agresión a algunas de sus exparejas, sostuvimos una larga conversación sobre sus 10 años de paralización literaria que vivió desde su exilio en Bogotá y de cómo una amistad epistolar con el escritor argentino ya fallecido, Juan Forn, le devolvió el don de escribir y logró confeccionar su última novela: “Oil Story”, publicada en julio de 2023.



En esa década sus demonios del pasado no lo abandonaron. En la soledad de su habitación, en un pequeño departamento, en la capital colombiana, a una cuadra de la Plaza de Usaquén, confesaba que se dio fuertes cabezazos tratando de revivir su don de escribir, convivir con el aislamiento y con las oscuras sombras que intuía que en algún momento regresarían a cobrar. Ya en agosto de 2019 su expareja, Sandra Caula, había escrito sobre la agresión que le ocasionó en el pasado, aunque sin nombrarlo, se deducía a quién se refería. Al publicarse el reportaje en “El País” de inmediato le notificaron la suspensión como columnista e igualmente se le cerraron puertas en Colombia y un proyecto que estaba intentando desarrollar.


Sin recursos, Martínez decidió regresar a Venezuela hace unos tres meses y se refugió en casa de un familiar, desde donde vislumbraba un nuevo comienzo a sus 72 años de edad. Esta es quizás una de sus últimas entrevistas, que habíamos acordado actualizarla para su publicación luego de su regreso a Caracas.


—¿Cómo fue tu salida de Venezuela?


—En algún momento de mi vida en que me había separado de mi esposa, ya no tenía planes concretos en Venezuela, trabajaba para la prensa, hacía un guion aquí, un guion allá, y entonces decidí venirme a Bogotá. Y mira como son las cosas, me vine con un contrato de una editorial que estaba comenzando en España para escribir un libro sobre la Venezuela de este momento. Eso llamaba muchísimo la atención. Era un producto muy solicitado. Entonces yo dije: perfecto, eso me viene bien, es un trabajo y tuve una platica con la que emigré que al final la terminé gastando. El caso es que ese libro que iba a escribir para los españoles era una historia con el acento en el tema petrolero. Incluso tenía un título: “Historia sentimental del petróleo en Venezuela” porque en mi mente estaba que fuese una crónica, que fuese ligera de leer. Pero, por alguna razón, y allí si no tengo respuesta, lo fui aplazando porque encontraba que necesitaba más fuentes de información de historias petroleras.


En algún momento y pienso que es una vaina que no tiene que ser vergonzosa, a mí me atacó una depresión clínicamente diagnosticada. Yo estaba inerte ante todo estímulo. Leía sin placer, escribía a empujones una columna semanal, no me provocaba ir a Venezuela, estaba realmente muy mal. Yo creo que era el aislamiento. No lo puedo asegurar. Y creo que el aislamiento hace daño.


BogotáImagen tomada de Vitrina Turística


En ese momento tenía trabajo, me salía uno que otro “tigre” y eso me mantenía ocupado, pero me hacía sentir muy mal esa estancia en Bogotá. Sin embargo, es una ciudad que para mí tiene un gran valor poético, artístico. Hay a quienes no les gusta el ambiente frío, así que empecé a vivir Bogotá solo, después de la separación. Pero la magia del lugar algo tuvo que ver. Porque no me quería devolver a Venezuela que es donde tengo mi vida. Debe ser como las bodas, en algún momento debe tocarme de nuevo.


—No pudiste escribir el libro pautado y comenzó el largo período de escasez literaria. Entonces, ¿cómo lograste reencontrar la chispa de la creatividad y apartar los demonios?


—Alguien llegó. Tuve un encuentro con un gran escritor argentino que se llamaba Juan Forn, más que escritor fue un gran amigo. Nos conocimos aquí en Bogotá en un evento y para serte franco, habríamos hablado no mas de seis horas. Pero nació una amistad del siglo XIX, una amistad epistolar. Entonces un día de 2019, yo estaba muy aplatanado por la idea de pensar que había perdido el don y hubo el evento de escritores en MedellínLa fiesta del libro”. A mí me invitaron, a pesar de que no tenía ninguna publicación nueva. El último lo había publicado en 2013. Insistieron y me llevaron.



Así que fui a dar una charla y en la lista de invitados estaba Juan Forn y quedamos muy felices de vernos al día siguiente. Cuando nos vimos a la hora del desayuno ocurrió esa epifanía, una cosa muy reveladora. Él me vio y yo vi en su mirada una gran consternación. Lo primero que me dijo fue: “Tenemos que resolver ese problema”.


—¿Qué problema?


—Lo que tienes adentro. Tienes que exprimir ese virus que tienes adentro porque te está matando.


No era un parlamento de teatro, ni era una joda. Estaba hablándome con mucha gravedad. Entonces me dijo: “Estos dos días que vamos a estar aquí, vamos a trabajar eso”. Imagínate. Él tenía mucha fe de lo que yo podía escribir y me propuso un trato. Él era un gran escritor y me inspiraba respeto intelectual.


“Oblígate a escribir 20 mil palabras y me las mandas. Ese compromiso nos va a ser muy bien”, me dijo Forn, fallecido en junio de 2021.


Yo regresé a Bogotá, cambiado, otra persona. Así que comencé a escribir una historia que siempre había querido escribir. Me levantaba temprano por la mañana. Recuperé un estado de ánimo que por lo menos hacía muchos años no lo había experimentado.



Esa historia que estaba escribiendo llegó a un callejón sin salida mental en lo argumental. No podía deshacerse, había que darse cabezazos contra la pared, y eso no me preocupó. Llegué a escribir 70 mil palabras de una novela que no sabía a dónde iba a parar. A lo mejor la retomo. Tal como venía era un saco de gatos.



—¿Y cómo apareció tu última novela “Oil Story?


—Yo estaba en una plaza que está cerca de acá de mi casa, la plaza de Usaquén. A todas estas yo había dejado de beber licor con mucho esfuerzo. Usaquén es un sitio de perversión desde mi punto de vista. Porque es un “llegadero” donde hay bares, tascas. Estaba allí sentado en esa plaza y estuve tentado de echarme un trago para aguantar la frustración. Pero entonces dije: no. Lo que voy a hacer es escribir, empezar desde cero otra historia y así para sacarle el cuerpo a la tentación. Me regresé a la casa.

Billy Wilder


Estaba frustrado pero no estaba triste, ni desanimado. Al llegar a la casa me pasé varios días preguntándome cuál es la historia que debía escribir. Una historia con una temática que conociera para no pasar mucho tiempo investigando. Así me di cuenta que la historia que tenía más cerca en el tiempo había sido el argumento de la obra teatral “Petroleros suicidas”.


Yo había trabajado ese argumento a partir de un hecho real. Entonces dije: bien, esto es lo que voy a hacer. Voy a tomar los acontecimientos, lo esencial y seguro me va a salir algo en prosa narrativa. Esta historia tiene que arrancar muy bien, caminar muy rápido y solo después que yo haya atrapado al lector me voy a poner sociológico.



Entre la noche en que Jerry Espinoza mató a tiros al atracador que quería las llaves de su auto y el hundimiento de Petróleos de Venezuela, en la que Jerry era alto ejecutivo, transcurrieron los bíblicos siete años”. Así comienza “Oil Story”.


Para la preparación puse varias películas de una serie americana de la época clásica, recuerdo que el pistoletazo fue ver por enésima vez una película de Billy WilderDoble Indemnización” de 1944. El guion fue una adaptación de un libro. Yo tenía la versión original de un autor americano, que tiene un pulso y un nervio para contar historias, Raymond Chandler, cuyo título original es “Pacto de Sangre”.


Double Indemnity - Trailer (1944)



El comienzo de “Oil Story” lo inicié como una prosa narrativa y desde el comienzo se fue para otro lado, se fue nutriendo de detalles y para mí tiene la virtud de que los acontecimientos que narra la novela duran siete años. Comienza en 1997, en las postrimerías del período democrático y llega hasta después del paro petrolero en la Venezuela de 2002, en el período chavista.


Es una historia de amigos. Te puedo contar que ya yo había hecho dos versiones, pero había algo que faltaba y era el narrador. Mario Vargas Llosa en muchas de sus publicaciones y entrevistas suele decir que el mayor esfuerzo hay que hacerlo en ese personaje. Como tú estas escribiendo a veces en tercera persona y eres un espectador, tú eres un personaje. Entonces el narrador es un personaje si se escribe en primera persona. En un momento pensé tengo que ser servicial y amistoso con el lector porque quién es ese tipo que conoce también a Jerry, apodado “Mayimbe”. Tiene que ser uno de ellos.



—El personaje principal, Jerry Espinoza, ingeniero, gerente de la estatal petrolera con estudios en una importante universidad de EEUU, becado en la era democrática, profetizó la tragedia que se avecinaba para Venezuela con el arribo de Hugo Chávez al poder. Sin embargo, cuando el triunfo del militar era inevitable buscó un acercamiento con él para asegurarse un futuro. Muchos demócratas de aquel tiempo se alinearon al socialismo del siglo XXI, pero igualmente terminaron perseguidos y execrados por la revolución. 


¿Tenemos en Venezuela muchos Jerry Espinoza?


—Sí, claro que los hay. Por ejemplo, “Mayimbe”, el submalandro, es un personaje atractivo, es ese personaje malviviente que no es del todo un delincuente, pero es un pícaro. El protagonista de esta historia, que tiene en sus manos todos los títulos para la vida, que podría triunfar legítimamente, tiene el tipo de neurosis que lo paraliza, complica sus relaciones conyugales, el modo como se relaciona con sus congéneres es completamente neurótico, asocial. Es ese tipo de personalidad que está casi siempre envuelta en un manto que le complica su forma de relacionarse, es un solitario. No tiene realmente una meta.


Cuando mata al delincuente, lo mata porque él anda armado. Hacía prácticas de tiro. En ese momento no tiene una meta personal. Está casado, en segundas nupcias, le va bien, pero es un tornillo aislado. Entonces este episodio, le da mucha consistencia dramática. Ha matado a un tipo, aparece un chantajista y el cascarón de su vida se va para la porra. Allí uno tiene una novela.


Ibsen Martínez


En un momento dado Jerry ve que, amenazado con ser despedido de la estatal petrolera, el mayor mérito en su contra es su visión de lo social y lo político. Eso no quiere decir que sea un héroe positivo. Él ve más lejos que sus contemporáneos, como van las cosas en las que Chávez no puede perder las elecciones y antes de que lo boten, se va a pegar a Chávez. No es que se convierte en un chavista desenfrenado sino que llama la atención de Chávez hacia él, por lo cual lo dejan quieto.


A mí me importaba que fuese un personaje muy estándar. Un personaje que podemos encontrar en cualquier empresa venezolana, que no fuese el “archiladrón”. No estos tipos que nos dejan con la boca abierta porque montaron una taguara para vender petróleo para ganarse 20 mil millones de dólares. Estos son unos tipos muy modestos.


—Llama la atención en tu historia que cada personaje expone sus debilidades bajezas y limitaciones con crudeza. Digamos que no hay héroes, no hay buenos ni malos. Uno de los personajes más escabrosos es el que llamas “submalandro”, término que utilizaste para alguien que no es del todo un delincuente.


—Hay una palabra mexicana que es “el malviviente”. El malviviente no es un marginal, tampoco un delincuente. Es un tipo que está al borde de la legalidad y del decoro. No hice más que colgarme de los arquetipos. Aunque no se le parezca es un Charlie Chaplin. El personaje que hace Chaplin es un individuo venido a menos que trata de conservar el decoro de la clase media. Él no tiene casa, pero tiene modales y aspira a codearse con la sociedad. Eso es un alimento perfecto para un melodrama.


En el caso de mi “submalandro”, al final todo el mundo lo excusa, los amigos, la familia adoptiva, porque no es un malvado. “Mayimbe”, al comienzo en mi primer boceto, era un tipo que intervenía en una situación y después chantajeaba. En esta novela yo me sorprendí y me dije: Esto no puede ser así. No puede ser tan simple y las cosas que uno va descubriendo son en el inconsciente acumulado en décadas de vida. A mí me gustaba la idea de que “Mayimbe” arma una vida, se hace pastor protestante, se casa y lo consigue luchando. Como decía Roberto Bolaños: “Qué quiere un latinoamericano” y el mismo se respondía: “Quiere respetabilidad”. Y eso es lo que quería “Mayimbe”.


José Ignacio Cabrujas

—Fuiste destacado escritor de telenovelas durante la época de oro de la televisión venezolana. En ese tiempo destacaban también libretistas escritores como José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia y directores como Román Chalbaud, Clemente de la Cerda, César Bolívar, entre otros. Tu telenovela Por estas Calles la ubican como uno de los efectos comunicacionales más impactantes de finales de la década de los 90, como elemento que cuestionó la democracia de 40 años coincidiendo más tarde con el ascenso de Hugo Chávez. Una polémica que todavía se debate. ¿Qué fue para ti esa época de escritor de telenovelas, la razón de tu retiro y ahora la disposición a seguir el camino de la novela literaria?


—Hay una enfermedad mental que es la juventud. Yo creo que el tránsito de ser un activista político que trabajaba con Teodoro Petkoff y mi labor en la TV me agarró demasiado rápido, sin capacidad de discernir. Te estoy haciendo esta confesión ahora después de viejo. Porque yo estudiaba Matemáticas; no era mi mejor destino, yo sabía que en algún momento las iba dejar, pero no sabía que iba hacer con mi vida.

Teodoro Petkoff en 2010


Yo era militante del partido MAS en la comisión de propaganda y ocurrió que en 1976 Teodoro Petkoff y José Vicente Rangel compitieron internamente por la candidatura presidencial.


Allí conocí al maestro Cabrujas, quien comenzó a invitarme a escribir para televisión, lo cual era mucho más entretenido. Se lo comenté a Teodoro y estuvo de acuerdo. Me dijo: “Eso se parece más a ti que esto que estamos haciendo”.

José Vicente Rangel en 2008.


Mucha gente cuando habla de Cabrujas me dice: “Tu maestro”. En realidad desde aquella época establecimos una muy cercana amistad, a pesar de la diferencia de edad y el elemento central era hablar de libros y de cómo se hacen los libros. Del oficio del escritor. Esa era nuestra conversación permanente. Fue como mi primer amor hacia el teatro. Además me beneficié de su biblioteca. Era un hombre muy generoso, trabajábamos juntos todo el día con las novelas de TV, era muy exigente. No solo hablábamos de literatura sino del oficio. Cómo se distribuye un argumento, qué funciona mejor, conversaciones que solamente atañen a quien quiere desarrollarse como escritor. Yo eso lo echo de menos y me doy cuenta que fui un privilegiado. Ese vínculo significó para mí lo equivalente a seis semestres de estudios de Literatura. La relación con José Ignacio fue la de un maestro y un aprendiz.


Si uno tiene el oficio, era muy fácil armar una historia que generara interés y además yo venía de la política. Un policía que se toma la justicia por sus propios medios, un médico que se roba los tomógrafos y los vende. Es decir allí no había ninguna invención exigente. Lo que sí deploro es la mitificación que algunos colegas periodistas y analistas han hecho del fenómeno de “Por estas calles”. Llegar a escribir que eso facilitó el acceso de Chávez al poder es una exageración. En esa telenovela no estaba haciendo nada que fuese más allá de lo que estaba pasando. Lo que hice fue incorporar la realidad que estaba naciendo, la problemática de una sociedad viva al drama.



—Lo que expresas del aislamiento veo que ocurre con muchos autores venezolanos, incluso jóvenes que están comenzando en la literatura y otros que se han ido al exilio. ¿Cómo mira los hechos un escritor desde otras tierras? ¿Sigue arraigado al país o aparece una nueva visión que lleva a hurgar el mundo desde otras realidades?



—El exilio sigue siendo una realidad para muchos escritores. El apartarse del ambiente convencionalmente tuyo te obliga a pensar: ¿cómo es que toman el café aquí? Sí, creo que uno comienza a ver las cosas desde otro punto de vista. En este momento me he volcado hacia el pasado venezolano. Los personajes que me vienen a la mente se parecen a gente de la clase media, sin especial relieve, pero ambientados en el siglo XIX. Eso es lo que me está llamando la atención. Compatriotas comunes y corrientes o tipos como yo, pero en el pasado. Es como que me zumbaran a 1880.


No sé por qué razón he desarrollado una gran actividad argumental imaginativa referida a personajes del común. Personajes que no son héroes políticos, no son héroes militares, sino personas que en el pasado pudieran haber tenido las mismas inclinaciones que yo.



Me he dedicado a llenar las lagunas de lo que no leí en Venezuela.He vuelto por primera vez a hacer lecturas muy intensivas de Teresa de la Parra y sobre ella. Hay dos autores del siglo XIX que me llaman mucho la atención. Uno de ellos es Arístides Rojas, que como sabemos no pasó a la historia por razones épicas, un divulgador científico, más buena gente que el pan y que escribió muchas crónicas de cómo era finales del siglo XIX; también y esto va a sorprender a mucha gente, a Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, escritor y periodista, quien escribió unos cuentos muy buenos.

Foto: OSWER DÍAZ MIRELLES/ARCHIVO

En eso que llamamos el entresueño, en el que uno se despierta y abre los ojos en esa duermevela, se me ocurrieron muchas cosas y las he ido anotando. Una de ellas han sido las historias escritas por María Fernanda Palacios quien rescató historias de personajes del común muy interesantes. Esta historiadora ha recuperado la Venezuela de la que no hablan los libros de historia que siempre están contando una revuelta y una matazón. Resulta que en medio de las revueltas y la matazón había vida. Leyendo ese tipo de personajes me han venido nuevos pensamientos, muchos de ficción y otros de la vida real. No héroes sino más bien personas con ilusiones y aspiraciones, pero no tipos que quieren cambiar el mundo. Solo quieren ver cómo vivir en el mundo que les tocó y en eso me acompañan muchísimo la música, lecturas, aficiones. Entonces, en este momento, aunque no termino de encontrar al protagonista o la protagonista, sí tengo el ejemplo que me interesa: mi Caracas, la Caracas que llegué a conocer bien pero en otra época. Ésa podría ser mi vida, aunque sea en el último decenio del siglo XIX. Eso me interesa.


Francisco Olivares


Nuestra Señora de Caracas.



https://elestimulo.com/entrevista/2024-09-16/la-ultima-entrevista-a-ibsen-martinez/


domingo, 5 de enero de 2025

Ibsen Martínez: Oil Story y la vida son varios turnos al bate

 




La nueva novela de Ibsen Martínez: 'Oil Story', un relato de zombis y grandes comedores de serpientes


Esta es una historia de cuatro amigos que, por causa de un rapto de nostalgia de uno de ellos, se transforma en un thriller de balas y dólares, que se desenvolverá de forma paralela y trepidante a las conmociones ocurridas dentro de Pdvsa (“la industria propiamente dicha”) ante el inminente y luego consumado triunfo electoral de Hugo Chávez. Una tragedia que para los involucrados directos durará “siete bíblicos años” y, para los indirectos, una infinitud | Por Wilfer Pulgarín

El Estímulo

28 de octubre, 2023

03:47 pm

Última actualización: 28 de octubre, 2023

04:24 pm



Por estos días Ibsen Martínez camina con un bastón amarillo, de empuñadura curva que, sobre todo cuando se sienta, lo hace parecer como lo que es, un escritor, y muy justamente reconocido. Pero no es a causa de un problema delicado de salud que lleva bordón, sino por un accidente ocurrido al pisar una de las baldosas basculantes que son una amenaza para los peatones en Bogotá. Ocurrió que Martínez —de costumbre atento a esas losas inestables, que gente de buena voluntad marca con una equis roja —bajó la guardia, perdió el equilibrio y se lesionó un tobillo. Si a esa ayuda provisional para andar se le agrega el uso de boina italiana e impermeable de vinil, entonces la figura del escritor clásico queda completa.


Así lo volví a ver desde el segundo piso de la Librería María Mercedes Carranza, Fondo de Cultura Económica, en el sector Usaquén, en una tarde gris, como la mayoría de las que hacen en Bogotá y que entristecen con facilidad.


Diez horas demoró el viaje en bus desde Medellín a Bogotá y llegamos de primeros a la cita en la que Martínez haría la presentación en sociedad de Oil Story, su cuarta y reciente novela publicada por Tusquets Editores, del Grupo Planeta, que se promociona en su sobrecubierta como “una poderosa narración” sobre “la historia del oro negro” en Venezuela y “que le da una vuelta de tuerca a Petróleo sangriento”, que es a la vez “culta, popular, poética y gozosamente prosaica”. “Oil Story está llamada a hacer parte de los papeles póstumos del más fallido de los petroestados”, vaticina la presentación desprendible del libro.



En la contracarátula de la edición se cuenta la historia (hay varias) que jalonan el texto:


“Jerry Espinoza, alto ejecutivo de Petróleos de Venezuela, mata de un disparo a su asaltante al repeler un atraco en una noche de 1997, en vísperas de Chávez. Los bárbaros usos del país recomiendan arrojar sin más el cadáver a un baldío.


Mayimbe, su cómplice en la macabra empresa, amigo de juventud, malviviente y drogadicto, se torna contra él y comienza a extorsionarlo sin compasión. Entra entonces en escena un comando de exterminio, contratista externo de la Gerencia de Seguridad de la petrolera…


Son historias de vidas cruzadas que nos llevarán de Caracas a Londres y Praga; de Maracaibo a Tulsa, Oklahoma, y también a Golfo Triste, donde todo comenzó hace más de un siglo”.



II

Entre la noche en que Jerry Espinoza mató a tiros al atracador que quería las llaves de su auto y el hundimiento de Petróleos de Venezuela, en la que Jerry era alto ejecutivo, transcurrieron los bíblicos siete años.


Jerry protagoniza la versión jamás confirmada según la cual una treintena de altos ejecutivos petroleros se había suicidado en masa luego del masivo despido de veinte mil gerentes del siglo XXI que, con ideas zombis sobre la política, buscaron provocar el derrocamiento de un jefe militar del siglo XIX, con ideas zombis sobre la economía.


En realidad, salvo un ingeniero de yacimientos que saltó desde una pilastra del puente sobre el lago de Maracaibo, ninguno de los supergerentes llegó a suicidarse jamás. Tampoco Jerry. Su muerte inesperada y trágica, sin embargo, nos llenó a todos de desazón y vergüenza y alentó la leyenda piadosa de un Jerry suicida dentro de otra leyenda: la de la ola de suicidios entre los supergerentes petroleros, víctimas de un despido masivo.



Poner todo esto en claro no ha sido el único motivo que tuve para escribir esta historia —¿quién podría decir por qué se escriben estas cosas? —lo cierto es que no he hallado otro modo de echarla a andar que retroceder a la noche de un atraco a mano armada en Caracas, a fines del siglo pasado, cuando nuestra comarca “de grandes comedores de serpientes” atravesaba una temporada de precios bajos del crudo.


(Así comienza Oil Story).







III

Por supuesto, hay que estar de acuerdo con Camilo Jiménez Estrada, exeditor de las revistas El Malpensante y Soho, y que hace de presentador y contertulio en la librería, quien designa el ritmo narrativo de Oil Story como “trepidante” y que compara su técnica narrativa con la de los maestros de la novela negra Mickey Spillane, Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Todo eso es cierto, a lo que se debe agregar que en su libro Martínez demuestra que conserva en buen estado su músculo de dramaturgo, libretista y guionista, además de la agudeza del periodista que ha criado fama de experto petrolero.


Ya puesto a hablar sobre la obra, Martínez, el autor venezolano centro de este evento cultural, cuenta como antecedente de Oil Story la tribulación espiritual que lo embargó hace diez años, una melancolía que lo llevó a pensar que había perdido el “don”, atizada por el extravío editorial de Simpatía por King Kong, narración que publicó en Caracas en 2013, con la que decidió que en adelante sería solo novelista. Diez años después, con maleta y depresión como equipaje, se instaló en Bogotá. Pasaron cinco años de lucha personal. Cuando se sintió con el suficiente “perrenque” —como llaman en Colombia a la adquisición de una fuerte voluntad —se arriesgó con una historia cuyo germen estaba en los Petroleros suicidas, una obra de teatro que había escrito dos lustros atrás y que, bajo la dirección de Héctor Manrique, congregó durante varias noches de 2011 un numeroso público en los espacios del Centro Cultural BOD, en Caracas.


Martínez se dispuso entonces a “escribir y sangrar”, como decía Hemingway, pero sabía qué terreno pisaba: el tema petrolero, sobre el cual gravita la novela, y que él domina con soltura (no en vano en su biografía figura una infancia y una adolescencia pasadas en campos petroleros de la Phillips Petroleum Co. y, por si fuera poco, su firma no deja de destacar en eruditos artículos de publicaciones como El País, The New York Times y Foreign Policy). Además, su pluma estaba ya suficientemente probada en las lides literarias y hay que convenir que la sequía de ideas es un fenómeno natural entre los escritores, no una superchería snob.


Hecha una pausa, intervinimos:


—Visto que Petroleros suicidas y Oil Story tienen un origen común, ¿qué elementos destaca como distintos entre ambas historias?


—De la pieza teatral me quedé solamente con los personajes Jerry, Natalia y, desde luego, Mayimbe. Pero las diferencias entre ambas son enormes, porque en el primer caso hablamos de una pieza de cámara, de máximo una hora y veinte minutos, así que el conflicto que deriva del asesinato del comienzo está muy comprimido. La novela es otra cosa. El desarrollo es autónomo, arbóreo y distinto.


IV

El Martínez periodista, transfundido en el personaje de Memo (Guillermo), se evidencia especialmente en el capítulo 12. En esta parte, el Chávez-candidato de 1998 aparece retratado con fidelidad en un desayuno al que invita un periódico de Caracas. En esa reunión matinal se cuela Jerry, personaje central de la novela, quien, ayudado por Memo, busca permanecer a toda costa dentro de la industria propiamente dicha (esta designación de Pdvsa será un leitmotiv a lo largo de todo el relato y siempre en letra cursiva).


Un extracto del capítulo, relata:


“—Me llamo Gerardo Espinoza, candidato. Soy ingeniero de yacimientos y trabajo en Petróleos de Venezuela —dijo a su turno Jerry, al fin, y por un momento pareció que era él quien se disponía a soltar un discurso. El candidato apuntó su nombre y sorbió mocos muy hondamente, en un tic que ya era famoso —la punta de la nariz terminaba apuntando a un costado —y que lo hacía parecer tosco, desdeñoso, desatento y lleno de designios malignos. Con el tiempo y la ayuda de una hipnotista llegó a dominar admirablemente el tic hasta extinguirlo por completo.


La pregunta de Jerry sobre las asechanzas del ‘Plan Husband’ me pareció larga y farragosa, llena de innecesarios tecnicismos.


—¿A qué te dedicas en la industria Gerardo? —dijo de pronto Chávez, atajándolo.


—Trabajo en la Gerencia de Comunicaciones y Asuntos Públicos, comandante. Me apresuro a decir que no estoy aquí representando a Petróleos de Venezuela sino a mí mismo como ciudadano, como elector.


Sonó afectado y redicho, sonó falso pero… funcionó. Aunque el candidato absorbió mocos, no reprimió una enérgica cabezada de aprobación y atacó otra de sus peroratas sobre soberanía energética. La respuesta estuvo afablemente dirigida a Jerry todo el tiempo.


Finalmente, Jerry tuvo su ocasión Fidel-Hemingway cuando, abriéndose paso con aplomo entre la tremolina de admiradoras que se formó al final, entregó a Chávez una copia encuadernada del documento interno por el que los vicepresidentes querían colgarlo”.


Preguntamos de nuevo:


—¿El título Oil Story se te ocurrió con facilidad o te dio brega?


—Yo no quería titular la novela “Petroleros suicidas”, como la obra de teatro, porque no es Petroleros suicidas, y fantaseé con llamarla “Historia de Mayimbe”, pero no es la historia de Mayimbe. Un día, conversando por Zoom con un querido amigo estadounidense de hace muchos años, que vive en Nuevo México, que se entiende muy bien con nuestro idioma, se nos unió su esposa a la charla, y él le hizo un resumen de la novela que yo estaba escribiendo. Y ella, que había entrado tarde, preguntó: “¿What´s it all about?”, ¿de qué trata?, y él respondió: “It´s an oil story”, es un relato petrolero. A mí se me quedó esa frase y dije: “Esta es la vaina”. No me arredró el que fuese en inglés, porque no es un título inaccesible, la industria editorial en nuestro idioma ya acepta e inclusive considera deseable un título que prefigure la traducción.




Además, confiesa Martínez, él hizo valer sus influencias para que la primera edición, ahora en nuestras manos, tenga una portada bastante sugestiva sobre de qué trata la historia. (En un paisaje nocturno y desolado, tres personas —dos adultos y un niño— caminan por una calle polvorienta. Sobre ellos se derrama la luz de un par de mechurrios, que emergen de dos estructuras metálicas y amenazantes vistas a lo lejos).


V

La noche y el frío se meten juntos en la primera planta de la librería. Martínez, ante un público serio y heterogéneo, que puede ser mitad venezolano mitad colombiano, desglosa las hojas de vida mundanas de cada uno de los personajes de su novela y revela parte de lo que hay de suyo en Jerry, Altuna, Mayimbe y Memo, el cuarteto de amigos de la urbanización Prado de María (Caracas), a quienes el destino llevará por diferentes rumbos.


Martínez habla con asombro del diario que por casualidad encontró de Ralph Arnold, que le cambio la vida, por sus invalorables estudios geodésicos, por sus fotos testimoniales de la hambrienta Venezuela cafetera, así como por la fantasía de un mar en llamas y un islote fantasmal en Golfo Triste. Martínez recuerda a su padre (Luis Roberto Martínez) que adquirió el acento de James Cagney viendo películas de gangters. Martínez recuenta, en especial para sus oyentes colombianos, aquella fábula electoral de 1998 en la que Hugo Chávez aniquiló sin mucho esfuerzo a la “esperanza blanca” que el Establecimiento corporizó en la figura de una exreina mundial de belleza y alcaldesa del municipio Chacao.


Martínez vuelve sobre el intento de golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y del fracaso del paro petrolero que terminó con la botazón de veinte mil empleados de Pdvsa, luego sustituidos por ciento setenta mil. Martínez explica por qué llama comarca a Venezuela y por qué los altos gerentes venezolanos, a diferencia de los surcoreanos o japoneses, jamás hubieran pensado en suicidarse: ellos y Chávez eran igualmente zombis. Pero Martínez tiene cuidado de no contar el estremecedor final de su novela, porque ¿para qué vinimos a este evento sino fue para tentarnos, con suficientes argumentos, a leer esta extraordinaria novela, dedicada a su hijo, Iván Martínez Calcaño?







VI

Sí, Martínez ha escrito una novela tremenda, pensamos mientras el bus abandona la sabana de Bogotá. Pocos días después, leemos en dos sentadas sus 278 páginas.


“La vida son varios turnos al bate”, dice un personaje en la página 238, y, en silencio asentimos, porque nos entusiasma la recuperación del Martínez escritor de ficción, con este relato que tiene tanto de petrolero venezolano como de tragedia latinoamericana y que él ha parido con dignidad y maestría, como bien se describe en la hoja atrapalectores.


Y entusiasma aún más porque Oil Story preanuncia que Ibsen Martínez está listo para darle otra vez de lleno a la bola con otra historia, esta vez de amor entre dos mujeres, una venezolana y una cubana: Teresa de la Parra y Lydia Cabrera. Se llamará “El leño y la llama”.


Coda

Y así llegamos con Martínez a esto:


—¿Por qué decidiste instalarte en Colombia?


—La decisión fue una cosa muy bien pensada porque yo tengo un vínculo con este país, afectivo y emocional, desde los años noventa, cuando empecé a frecuentarlo. Por ahí en 2010 me harté de la locura venezolana y decidí que podía hacer vida bicapitalina. Me dije, bueno, vas a Bogotá que tanto te gusta, donde lo pasas tan bien y cada cierto tiempo vuelves a Caracas. Yo lo podía pensar así en ese momento, porque lo hacía con frecuencia. En el año 2013 ya vivía en Bogotá, y entonces escribí un artículo satírico sobre El pollo Carvajal y el tipo, a mí y a otros periodistas, nos clavó una demanda por difamación, y como me agarró aquí de este lado y tan a gusto, no me resultó difícil darme cuenta de que era mejor quedarme que enfrentar la justicia bolivariana. Desde entonces estoy en Colombia, sin mayores sobresaltos.





—¿Cuáles son tus sentimientos por Venezuela en este momento?


—Venezuela es un tema delicado para mí, porque no siento ninguna nostalgia. Siento nostalgia por los años de mi juventud vividos allí, pero, a diferencia de muchos venezolanos, no idealizo el territorio.


Y sobre los compatriotas, remata:


—No tienen el menor sentido trágico y por eso viven en esa euforia infundada, por eso pueden apoyar a Irene Sáez y después a Hugo Chávez, y después enamorarse de un empleado de oficina de la familia López. A mí eso me revienta; lo lamento, pero es así.


Ibsen Martínez Pimentel nació en Caracas, el 20 de octubre de 1951. Periodista, novelista, ensayista, columnista, guionista y reconocido intelectual latinoamericano. El petróleo ha nutrido su obra teatral (La hora Texaco, 1984; Petroleros suicidas, 2011) y buena parte de sus artículos de prensa y ensayos, publicados en el curso de tres décadas en los diarios El Nacional, El Universal y TalCual, de Caracas, y en medios escritos fuera de Venezuela como como El País, The New York Times, Foreign Policy y revistas de ideas y literatura, como Letras Libres (México, Madrid) y El Malpensante (Bogotá). Ha publicado cuatro novelas: El Mono Aullador de los Manglares (2000), El señor Marx no está en casa (2009), Simpatía por King Kong (2013) y Oil story (2023)



https://elestimulo.com/cultura/2023-10-28/la-nueva-novela-de-ibsen-martinez-oil-story-un-relato-de-zombis-y-grandes-comedores-de-serpientes/






viernes, 22 de noviembre de 2024

Ibsen Martínez: El pésimo manejo del del Paro Petrolero de 2002 por la meritocracia arrogante de PDVSA consolidó al chavismo en el poder

 

Ibsen Martínez, escritor Venezolano, en Bogotá el 19 de septiembre de 2023.

CAMILA ACOSTA ALZATE




Ibsen Martínez: “La sociedad venezolana no tiene sentido trágico”


El escritor venezolano publica ‘Oil Story’, un relato policial inmediatamente posterior a la llegada de Hugo Chávez al poder


Ibsen Martínez, escritor Venezolano, en Bogotá el 19 de septiembre de 2023.



ALONSO MOLEIRO


Caracas - OCT 04, 2023 - 06:15 EDT


Laureado libretista de teatro y televisión, respetado por el público culto y el del espectáculo, el penetrante ensayista Ibsen Martínez fue el intelectual público por excelencia, el articulista que todo el mundo acudía a leer en la prensa escrita cada domingo en la Venezuela entre 1995 y 2005. Ahora es columnista de EL PAÍS y lleva unos años viviendo en Bogotá, observando el devenir latinoamericano y venezolano para darle continuidad a una ya amplia obra en la narrativa, el ensayo y el teatro. Martínez es el autor de Por estas calles, un crítico soup opera de enorme éxito comercial que, desde 1992 hasta 1994, caracterizó con mordacidad los modales de aquella sociedad en crisis en los tiempos de gloria de la televisión comercial. Récord en sintonía televisiva, para muchos fue responsable de alentar un estado de indignación algo desproporcionado sobre el comportamiento de la democracia y su rastro interpretativo, ahora fermento del chavismo. Con Oil Story (Tusquest, Andanzas, 2023) Martínez presenta un apasionante relato policial enmarcado en aquella Venezuela del año inmediatamente anterior a la llegada de Hugo Chávez al poder.



Pregunta. Ha fotografiado un momento decisivo de la historia reciente del país. ¿Qué quiere expresar?


Respuesta. La pequeña historia del libro tiene menos heroicidad. Pensé siempre que el denominado bloqueo del escritor era una superchería snob, con la cual algunos intelectuales justificaban su baja productividad. Pero no, existe, es una dolencia complicada de entender para quien no tenga esto como un oficio. Coincidió, además, con mi mudanza a Bogotá, cosa que anhelaba: alejarme de la locura venezolana y mudarme una ciudad de habla hispana que tuviese una gran biblioteca pública.

Yordano - Por Estas Calles (Video Oficial)



P. ¿Cómo llegó este relato?


R. En 2010 escribí una obra teatral, Petroleros Suicidas, sobre el activismo político petrolero antichavista, el papel de la gerencia de PDVSA en el intento de la oposición por derrocar a Hugo Chávez en 2002. Algunos de ellos se lo tomaron a mal. Le metí mucho a esa pieza en lo que atañe a “urdir el argumento”. Me olvidé de ella y me vine a Colombia. Me desesperaba estar lleno de ideas y de temas con anécdotas, y tener ese bloqueo. Pero una vez, tuve un encuentro en Cartagena con Juan Forn, gran amistad literaria que influyó mucho en mi obra. Él se dio cuenta que ese tema había que resolverlo, que era necesario escribir ese libro que tenía adentro. Me propuse, en serio, terminar de conseguirle sujeto a la historia. Buscar una palanca para contar una novela con un pretexto que me supiera muy bien. Y ahí estaba Petroleros Suicidas. Decidí escribirlo como un policial.

P. ¿No es usted muy duro en sus líneas con la gerencia de aquel entonces de Petróleos de Venezuela?


R. Tuve algunas reacciones luego de escribir el texto, amigos consultados a los que no les ha gustado. En retrospectiva, advierto que esa clase dirigente, en esa crisis, la de la huelga petrolera del año 2002, –concebido para forzar la renuncia de Hugo Chávez a la Presidencia en aquel entones-, se comportó como un estamento feudal. Unos supergerentes con ideas zombis sobre la política –el concepto es de Moisés Naim; una idea que camina muerta–. Esto de que, al parar la industria, el hombre se cae. A un caudillo del siglo XIX como Hugo Chávez lo vieron como un militarcito controlable. No creo que me exceda, sinceramente. Lo pensé muy bien. Medí y releí cada palabra.


P. Tiene usted como autor una clara vocación por el tema petrolero como nudo conceptual.


R. Desde adolescente descubrí muy rápido que lo más nutritivo sobre lo que de verdad ocurría en el mundo petrolero, incluso venezolano, era en idioma inglés, fuentes ajenas al simplismo de ciertos sociólogos nacionales con sesgo marxista. En los años 90, lo que cambió mi vida fue leer el libro de Terry Lyn Karl, El Origen de los Petroestados, que ella escribió teniendo a Venezuela como base de operaciones. La paradoja de la abundancia. Siempre pensé que ahí había una buena historia. Mi padre hizo carrera como administrativo, fue un eterno adjunto de gente en la actividad petrolera del oriente del país. En ese ámbito, me incitó mucho a leer de estos temas, que siempre me han resultado muy naturales. Necesitaba el señuelo, la coartada, para retratar aquella Venezuela de finales de los 90.


P. ¿Por qué criticar a la meritocracia de la vieja PDVSA? ¿No la echamos en falta? ¿No expresa el chavismo, culturalmente, con la destrucción final de la empresa, el fin de la meritocracia?


R. Como concepto, la del funcionario público en general, sí. La meritocracia arrogante de aquella PDVSA previa a la llegada de Chávez al poder, si a mí me apurasen, y tuviera que señalar que causó esta debacle donde estamos hoy, diría que el Paro Petrolero de 2002, el pésimo manejo de esa huelga que involucró a esa gerencia y consolidó al chavismo en el poder.


P. La novela plantea una valoración negativa de la cotidianidad nacional de aquel entonces. Para muchas personas, la caída de la democracia en Venezuela tiene que ver con ese sesgo hipercrítico.


R. Yo discrepo. Sigo creyendo que, como nación, tenemos un problema grave: Venezuela no tiene sentido trágico. El venezolano se describe a sí mismo como un eufórico, un compulsivo de la alegría. En la caída de la democracia venezolana pesa, sobre todo, la desaprensión de la clase política de entonces frente a lo que venía. Aquella era una clase dirigente sabrosona en un país sabrosón.

P. Se ha ido extendiendo entre muchos venezolanos una actitud negacionista con el país frente a su crisis, un rechazo a pertenecer a su ámbito. ¿Cómo lleva usted el fracaso de Venezuela?


R. A la distancia he vuelto a leer mucho sobre mi país, cosas ya leídas y cosas nuevas. Para mi sorpresa, aquí en Colombia descubrí, por ejemplo, a Teresa de la Parra, gran narradora venezolana. Sus reflexiones me abrieron los ojos en muchos temas, su forma de asumir el exilio. En su correspondencia aprecias una inteligencia femenina muy penetrante del tipo de país en el que le tocó nacer. Un país al que ama y odia, como quizás sea mi caso. Yo no puedo ser sino venezolano.




https://elpais.com/cultura/2023-10-04/ibsen-martinez-la-sociedad-venezolana-no-tiene-sentido-tragico.html