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domingo, 10 de agosto de 2025

José Pulido, narrador, poeta y periodista, en 1999: Salvador Garmendia fue el que me hizo leer a los venezolanos

 

Imagen tomada de Flickr



José Pulido: Cuando tú escribes te estás escribiendo a ti mismo

Ficción Breve

20 de Abril de 2025

 

 

 José Pulido ha transitado todos los caminos de la palabra escrita: Periodista, cronista, narrador, poeta… y en todos ha sabido exorcisar la terrible dureza callejera de la que es testigo (cercanísimo, gracias a sus incondicionales binoculares) desde su apartamento en Colinas de Bello Monte, en el que vivía cuando se dio esta conversación, en el año 1999.


Imagen tomada de X



"Los medios de comunicación eran de un nivel intelectual más alto en los años cuarenta, cincuenta y hasta en los sesenta; que después fueron bajando, porque le fueron dando menos cabida al intelectual, al poeta, al creador."


"Eran poetas y narradores los que fundaron los periódicos aquí. Cuando sus nietos se encargaron, se dedicaron a lo que venían a hacer, es decir: a hacer negocios. Para ellos este es un mundo completamente inútil."



"Y ese es el reflejo de una realidad. ¿Cuánta literatura maravillosa no hay? Y son muy pocos los lectores en el país. Por eso Venezuela tiene una población cada día más analfabeta funcional. Y por eso es que tendrán presidentes cada vez peores, porque la masa los hace a su imagen y semejanza."



Como periodista han sido célebres sus entrevistas a importantes figuras del arte y la literatura; así como las crónicas aparecidas en la columna «El ángel de la calle», que publicó en el Diario de Caracas. Como narrador y poeta tiene una extensa lista de títulos. Para el momento de esta conversación acababa de publicar «Los poseídos» (ganador del Premio Municipal de Poesía de ese año), la novela «Los mágicos» y el libro de cuentos «Vuelve al lugar que se te ha señalado».





Vamos a hablar, Pulido, de la novela finalista del Premio Miguel Otero Silva del año 89: Una mazurquita en La Mayor. ¿Ella recoge vivencias personales tuyas?


Sí, yo estuve trabajando en Nicaragua, desde el mes que los sandinistas tomaron Managua, hasta tres meses después. Estaba entonces recopilando material para un libro eminentemente periodístico, pero cuando lo tuve terminado con todo lo que acababa de escribir, no me servía. Entonces lo guardé y empecé a reescribirlo y me salió una novela. Claro, hay personajes inventados, pero la mayoría son sucesos reales.




Entonces, cuando comienzas a trabajar, no está muy definida la frontera entre crónica y narrativa pura.


Es que el periodista tiene una labor muy específica que cumplir. Uno siempre habla de que hay dos tipos de mensaje; el mensaje semántico y el mensaje polisémico. El mensaje semántico es el que le da mayor importancia a la comunicación, y el polisémico a la estética. Entonces, el periodismo trata siempre de cumplir con la función informativa y comunicacional. Decirle a la gente qué pasa y pasar a un segundo plano para, además, describir lo que pasa, evaluarlo. Cuando esas dos cosas no te satisfacen, evidentemente entras en el terreno de la literatura ¿Por qué? Porque cuando te ves necesitado de crear un personaje para que él exprese lo que los personajes verdaderos no pudieron, entonces, además de crear ese personaje, empiezas a crear la atmósfera, y cuando un texto tiene atmósfera, ya no es periodismo: es narrativa.

Andrés Mata


¿Cuándo José Pulido sabe que tiene ante sí una historia que va a gustar?


Ese sí es el problema que yo tengo, que yo sé cuándo tengo una historia que me gusta a mí, pero… no se si va a gustar, porque yo desde hace muchos años me estoy planteando la literatura como debí planteármela desde que comencé. Desde muy chiquitico yo soy lector, entonces yo me di cuenta que no basta «saber leer» para saber leer, que hay hazañas en la literatura que si tú no sabes leer no las percibes. No te das cuenta de las hazañas impresionantes que hay en un texto. Me di cuenta que la escritura, como cualquier otra expresión artística, no es otra cosa que el reflejo del nivel interior que tú tienes; cuando tú escribes te estás escribiendo a ti mismo, estás mostrando el tamaño que has alcanzado por dentro. Ese tamaño puede que sobrepase el tamaño de ese lector que tienes enfrente, que te está leyendo en ese momento, o puede que ese lector tenga un tamaño tan alto que te vea como una mierda (que eso me gusta).


Al mismo tiempo, tú quieres que crezca el lector. Hay lectores que son muy pequeños, que de repente agarran un libro y dicen: «yo no lo entiendo», o «no me gusta», cosa que no debería ser así. Es «que no tengo el tamaño para captarlo». Yo me di cuenta de eso desde muy temprano, porque un libro que yo sé que era una maravilla pero que detestaba, porque no lo entendía, es el Ulises. Yo lo leí cinco veces, hasta que me di cuenta que era una maravilla; pero la primera vez que lo leí, por supuesto, yo no sabía que era lo que estaba pasando ahí, no podía disfrutar nada, odiaba a los que decían que eso era una gran obra.

Alfredo Armas Alfonzo en el espejo de La Lejarazú. Caracas, 1972



Eso es lo que puede pasar, salvando las distancias, por ejemplo, con Armas Alfonzo, que uno después que lo relee es que le consigue un gusto…

Claro, pero es que a medida que tú vas creciendo… Y pasa en la vida… A veces uno asume un actitud y seis meses después a lo mejor has madurado un poco más, has crecido interiormente un poco más. Te dices «¡qué ridículo! ¿cómo yo hice eso?», pero es que tú estás creciendo. Entonces yo me di cuenta de eso y eso me dio una ventaja. Yo no sé si le va a gustar o no a la gente, pero si al leerla a mí me gusta, aunque sea como un pretexto para escribir, yo la agarro y sé que estoy creando una obra que va a revelar mi tamaño, mis fallas y mis aciertos. Eso sí, básicamente yo construyo un laberinto; que la gente crea que salió (o que salga realmente), pero un laberinto que yo también atravieso, y te tiende emboscadas: el ridículo, por ejemplo. Para mí esa es la literatura: Construir un buen laberinto.

Imagen tomada de Flickr


¿Y cómo ve José Pulido (en su doble rol de narrador y periodista de amplia trayectoria) la presencia de nuestros narradores en la prensa? ¿No se pueden aprovechar más los narradores venezolanos para el trabajo periodístico?


Yo creo que el problema lo tienen los medios. Los medios de comunicación eran de un nivel intelectual más alto en los años cuarenta, cincuenta y hasta en los sesenta; que después fueron bajando, porque le fueron dando menos cabida al intelectual, al poeta, al creador. Esa era la fortaleza, por ejemplo, de El Nacional

Miguel Henrique Otero. Presidente y Director de El Nacional.


El actual propietario de medios no lee, sabe hacer negocios, pero le parece que esto es una pendejada. Pasa lo mismo de lo que estaba hablando del nivel del lector: «Esto no me interesa, esto no me gusta», porque él no está… Entonces, dice: «Yo voy a prescindir de estos tipos». 

Miguel Otero Silva


Bueno, por lo menos El Nacional y El Universal conservan el Papel ese Literario (donde siempre repiten a la misma gente, pero lo conservan). Pero antes, en los periódicos completos, trabajaban muchos de los escritores, y no tenía empacho un dueño de periódico de publicar todos los lunes un cuento. Nosotros, incluso hace poco, publicábamos en El Diario de Caracas, «El cuento del Lunes». Pero tiene que ver con eso. Por ejemplo, Miguel Otero Silva era el dueño del periódico. Para él eso era importantísimo, era vital, porque él era escritor.

Andrés Mata Osorio

Y en El Universal, el viejo Núñez no es que era un lector del otro mundo, pero venía de ser socio del poeta Andrés Mata, que era abuelo del muchacho ( se refiere a Andrés Mata Osorio, nieto del fundador) que está ahora. Eran poetas y narradores los que fundaron los periódicos aquí. Cuando sus nietos se encargaron, se dedicaron a lo que venían a hacer, es decir: a hacer negocios. Para ellos este es un mundo completamente inútil.


Cada vez hay más dinero en juego…


Sí. Y ese es el reflejo de una realidad. ¿Cuánta literatura maravillosa no hay? Y son muy pocos los lectores en el país. Por eso Venezuela tiene una población cada día más analfabeta funcional. Y por eso es que tendrán presidentes cada vez peores, porque la masa los hace a su imagen y semejanza. Porque el nivel que tiene ese tipo es el nivel que tienen ellos. Y si son mayoría: te jodiste. Y eso porque en este pueblo no se lee ya, como en otra época. Este es un pueblo que no conoce a sus autores.


Revista Imagen. 2001 Año 34 nº 2 (izquierda) y 2005  Año 38 nº2 (derecha).


Y en ese ambiente que vivimos actualmente, ¿sirven para algo las revistas culturales? ¿Cumplen una función?


Mira, yo creo que el papel que cumplen es el del tamaño que tienen. De abrir un espacio a algunos, ¿no? Hay gente que las hace para un grupito. Aquí la intelectualidad es débil porque está muy fraccionada. Cada quien tiene su grupo. Si tú le preguntas a alguno, te va a decir: «Aquí lo que hay son cinco escritores, y somos nosotros. Lo demás no sirve». Es decir: no nos leemos entre nosotros mismos. Pero esas revistas aisladas al menos cumplen la función de que le publican a esos. Si no existieran, sería peor. A alguien le llegará alguna vez una, y a lo mejor la leerá. Yo estuve trabajando con Garmendia, haciendo Imagen, y hacíamos una revista maravillosa (como la sigue haciendo Luis Alberto Crespo), y no vale de nada, porque primero debería recorrer el país y publicarle a todo el mundo, pacientemente, y debería salir mensualmente; y después, tiene el problema que no circula. Eso es lo que estoy proponiendo con la revista Circunvalación Del Sur: los convencí de que publicáramos a narradores y poetas de afuera, de diferentes países, y de adentro (por eso es que por donde paso me traigo todos los libros que puedo). Incluso, quería que le dedicáramos un número a cada región, lo que pasa es que va a salir cuatro veces al año. Pero, aunque hubiera una revista que saliera semanalmente, siempre quedaría gente que no aparecería allí.



Funcionaba mejor, hace mucho tiempo atrás, cuando se conformaba una especie de sana competencia, para ver quién iba mereciendo las páginas de El Nacional. Ahora cualquiera escribe allí. Antes para llegar, tenías que escribir en todo el interior del país. Yo por lo menos pasé años en el interior del país, hasta que me publicó El Nacional. Ahora cualquiera, no solo puede ser publicado, sino que puede convertirse en un boom, y eso es porque, como los lectores verdaderos son pocos, y hay mucha gente escribiendo con mucho ego, se está perdiendo lo importante; y lo importante es leer mucho, vivir mucho, escribir que jode… y reescribir. Empieza por crecer tú. Tu obra va a ser muy buena si tú creces interiormente, no por obra y gracia del espíritu santo.


Adriano González León  (Valera, 14 de noviembre de 1931-Caracas, 12 de enero de 2008).


Ya que hablas de lo interior, en tu poesía no se siente con tanta vehemencia esa crudeza, esa desesperanza que está muy presente en tu narrativa. ¿Supone eso que cada género es más útil para cada temática?


Por supuesto que sí. Lo que pasa es que yo soy eminentemente narrador, y la poesía que hago es como un auxiliar de la narración (o a lo mejor es al revés). Si tú empiezas a revisar los cuentos y las novelas, y lees los poemas, te das cuenta que hay una relación porque los poemas van surgiendo en el momento en que se me tranca el juego con la narrativa. Entonces yo, para poder seguir escribiendo, me pongo a jugar, de una manera minimalista, como si yo estoy viendo todo en general. Y en el poema enfoco un detalle. Entonces me pongo a trabajar ese detalle, hasta que me conecto de nuevo y lo aíslo, y es un poema que tengo guardado ahí. Incluso hay poemas que son una pequeña historia con todo: su comienzo, su clímax y su desenlace. Y es por eso: nunca tienen que ver por sí mismo con algo, sino con lo que estoy escribiendo.


Pero pareciera que la parte cruda, áspera, incluso pesimista, la dejarás solamente en la narrativa, no se siente tanto en los poemas. Pareciera que cada género sirviera para expresar algo en particular.


Sí, lo que pasa es que la narrativa, para mí, siempre fue algo, no que se dice, sino que ocurre. Por eso debo ser crudo. En cambio, la poesía dice las eternas cosas que siempre se dicen. Es más bien una conversación de uno con su época.

Pedro Emilio Coll. Imagen tomada de aquí.


En ese largo trajinar con la prosa, ¿hay algunos elementos, recursos, que privilegias a la hora de escribir?


Sí. Primero algo a lo que me aficioné siempre desde muy pequeño, que es buscar el origen de las palabras para conocerlas mucho y tratar de hacer que ocurra la mayor cantidad de cosas, de la manera más artística posible, con la menor cantidad de palabras. Me encanta poder manejar un texto con las doscientas palabras que usa el común (sin caer en el lugar común). Ese es un primer recurso técnico. Tengo siempre pendiente eso que decía, de que trato de que ocurran las cosas. Me molesta que un personaje no se desarrolle psicológicamente todo cuanto pueda. Trato, además, de evitar hablar yo a través del personaje, sino que el personaje hable como él debería hablar. A menos que yo haga un personaje que me sirva para hablar. Trabajo también en forma laberíntica, me gusta entrecruzar historias. Puedo hacer que una novela pequeñita parezca que tiene como quinientas páginas de tantas historias que hay; me gusta que haya esa concatenación. Y me gusta trabajar para los finales.

Salvador Garmendia en 1992


Para concluir, ¿qué nombres consideras imprescindibles en la narrativa venezolana?


Yo soy un convencido de que los escritores venezolanos son un mosaico, donde todos tienen su importancia; pero yo creo que el que comienza a hacer una obra más madura en relación con este tiempo es Salvador Garmendia, que para mí es el narrador por excelencia, es el tipo que pudo haber entrado en eso que llamaron el boom (aunque lo intentaron fue con Adriano González León), y no entró por todas las cosas que pasan en Venezuela. Y del siglo pasado, muchos, me encanta, por ejemplo, Pedro Emilio Coll. Y es que yo creo que hay un tono venezolano que el mundo no ha descubierto. Hay muchos: Armas AlfonzoBalzaPero fue Garmendia el que me hizo leer a los venezolanos (Los pequeños seres, Memorias de Altagracia…). Para mí fue un descubrimiento.


https://ficcionbreve.org/jose-pulido-cuando-tu-escribes-te-estas-escribiendo-a-ti-mismo/



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miércoles, 1 de enero de 2025

Las entrelineas de Salvador Garmendia




Diez distancias con Salvador Garmendia

MARZO 1, 2017

POR ANTONIO LÓPEZ ORTEGA


I

Tengo la impresión de que estuve con Salvador dos días antes de su muerte. Y digo «impresión» porque no estoy seguro. Comparto con Alejandro Rossi la idea de que la memoria que construimos es selectiva. Es decir, no la hacemos con lo que recordamos, sino con lo que elegimos recordar. Con esa elección me ubico con Salvador la tarde de un miércoles de 2001 en el Celarg. Asistíamos a la presentación de un libro de Javier Lasarte llamado Verano, y Javier me había pedido que dijera unas palabras. Yo llegué un poco antes de la hora, pero también Salvador. Estábamos parados en el vestíbulo sin saber muy bien qué hacer. Le pregunto a la Negra Maggi cómo están y algo me refiere sobre la salud de Salvador: algún chequeo pendiente, alguna dolencia. Les sugiero que nos acerquemos a una de las mesas del café y nos tomemos algo. Nos sentamos en una mesita enclenque, con tope de latón. Y allí comienza a hablar Salvador, con sus frases escritas, con sus palabras escogidas, como si las pescara en el aire. Los gestos de sus manos recuerdan las artes de un acordeonista que toca sin instrumento. Pero quiero regresar a una sensación que no es fácil de evocar y que podría resumir de esta manera: cuando Salvador hablaba, su discurso era escrito, que no oral. Es decir, hablaba como si estuviera escribiendo en voz alta.


Pedimos tres cafés y yo insistí en pagar. Quería de verdad obsequiarles ese momento y agradecerles la compañía. Nos paramos porque ya el acto iba a comenzar. Me tuve que colocar en una pequeña tarima junto a Javier para que el público que estaba de pie nos pudiera ver. Y allí comienza un momento de extrañeza que no se me borra, que se me reproduce en recuerdos y sueños: cada vez que yo levantaba mi vista de las líneas que leía para conectarme con el público, veía el rostro de Salvador al fondo, casi en línea recta, mirada contra mirada, fijeza escultural. Yo tenía el recurso de la página para apartarme de esa fijeza, pero Salvador no y creo que no le importaba. Durante todo el acto me sostuvo la mirada casi como un reto. Y yo en el recuerdo he vuelto a ver su rostro como un punto de luz que se va alejando, sumiendo entre tinieblas. Dos días después del acto me llegaba la noticia de su deceso, y yo pensaba en el rostro que se alejaba, que se hundía hasta desaparecer.


II


Antes de mi viaje a París en 1979, escritor risueño que huía de la Escuela de Letras con una beca de estudios, no fui un buen lector de Salvador. Creo que Velia Bosch en el Instituto Escuela nos obligó a leer Los pequeños seres y a analizar Los habitantes. Pero fueron lecturas desinteresadas, hechas en medio del desánimo, que la obra de Salvador no merecía. La memoria me hace trampas y me convence de que esos años fueron también los del «escándalo» (lo pongo entre comillas) alrededor de «El inquieto anacobero», publicado por primera vez en el «Papel Literario» de El Nacional. He vuelto a analizar esa pieza, para el Canon del cuento venezolano que han preparado Luis Barrera Linares y Carlos Sandoval, y me he reencontrado con un relato más bien risueño, excelentemente construido, con un despliegue de oralidad que parece grabada, tal es su fidelidad con los hablantes. El escándalo, en verdad, hablaba de una sociedad pacata, por no decir de unas autoridades alarmistas, acosando a un gran escritor que lo único que había hecho era cumplir con su imaginario y su oficio. Por la seguidilla de noticias, se deduce que al pobre Salvador lo han debido fastidiar esas citaciones o esos otros oficios nada literarios donde se mencionaba su nombre no como autor y sí como indiciado de una causa fantasmal. Pero qué gran y penetrante retrato de la sociedad venezolana del momento, la de los 70, postulaba el conjunto de relatos de El inquieto anacobero: generales revoltosos, empresarios corruptos, políticos inmorales, mujeres que se ofrecían a cualquier postor, músicos nocturnos y una cierta bohemia decadentosa que vendía sus fueros por un puñado de bolívares. En síntesis, una sociedad borracha de dinero que, al verse en el espejo, para expiar las culpas, inventaba persecuciones y buscaba culpables para seguir en la inconsciencia.


III


A Salvador lo vine a leer de manera cabal, ordenada y entusiasta, tal como leí a tantos venezolanos –a Picón Salas, a Guillermo Sucre, al maestro Rosenblat, a María Fernanda Palacios, a Eugenio Montejo, a Alejandro Oliveros, a Sánchez Peláez, incluso a Simón Rodríguez– en París, cuando cursaba la carrera de Estudios Hispánicos en La Sorbona. Y lo vine a hacer, digamos, de atrás para delante. Así, en flamante edición Seix-Barral, impresa en Barcelona, me llegaba a París un ejemplar de El único lugar posible, de 1986, un libro que leí deslumbrado y que todavía me sigue deslumbrando. ¿Qué era este libro? ¿Era una novela? ¿Era un conjunto de relatos? A lo sumo, me atrevería a decir, eran unas narraciones: abiertas, envolventes, inteligentes, soberbiamente bien escritas. Era el Salvador de la madurez plena, con un dominio de autor consagrado, cansado quizás hasta de la novela como género, que necesitaba experimentar a sus anchas, que comulgaba con las corrientes en boga. Yo recorría esas líneas y sentía que me cacheteaban, que me decían: «Lee esto, mira esta proeza, fíjate en este giro», como quien dicta un taller de escritura y transmite sus secretos. Yo, que también leía cuasi embelesado en esos años a Severo Sarduy, sobre todo al Severo de De donde son los cantantes, me decía: «Éste es nuestro Severo local, esto es alta experimentación, esto es vanguardia plena»; y lo era, con creces, sin que yo hallara algo equivalente en nuestro traspatio local. Salvador se me presentaba como nuestro gran narrador, como nuestro gran representante en las lides iberoamericanas que sobrevivían al boom. Era nuestro estandarte, la carta mayor de nuestro secreto juego de póker, nuestro embajador plenipotenciario.


IV


De regreso a Caracas, en 1985, y después de siete años de ausencia, sin reconocer del todo la nueva escena cultural y con un sentimiento de extravío en mi propio suelo que me duró más de lo que yo hubiera querido, comencé a trabajar en el Fondo Editorial de Fundarte y a colaborar con algunas publicaciones locales, entre ellas la revista Imagen, que me encargaba sobre todo entrevistas a escritores. Llegó el día en que, para fortuna mía, me encargaron la de Salvador, quien para entonces estaba de vuelta de su larga estancia en España como consejero cultural. Yo me frotaba las manos diciéndome que era la oportunidad para conocerlo, estrecharle la mano, quizás abrazarlo, decirle abiertamente que lo admiraba, y preparar el cuestionario más enjundioso, más acabado, de pichón de escritor que todavía estaba en sus veinte. La cita, recuerdo, fue en una casa de Santa Eduvigis. Toqué la puerta y me abrió sonriente la Negra Maggi. Me condujo por un pasillo hasta una especie de terraza llena del verdor de plantas y helechos colgantes. Y allí, sentado en una poltrona de cuero, me esperaba Salvador. Pasamos toda una tarde conversando, o más bien escuchándolo, y al final, después de repasar las veinte preguntas de mi farragoso cuestionario, tuve un atrevimiento de scholar afrancesado. Le pregunté, de manera algo presuntuosa: «¿Qué le falta a la narrativa venezolana?». Y su respuesta, la respuesta de aquella tarde de helechos, todavía me deslumbra. Salvador me dijo, sin ningún asomo de duda: «A la narrativa venezolana le falta subjetividad, a la narrativa venezolana le faltan personajes que encarnen esa subjetividad». Esa frase se me volvió como un talismán: la llevaba a todas partes, la sopesaba, la acariciaba. Se volvió, por ejemplo, guía de mi trabajo crítico, pero también pretexto de mi trabajo de creación. El efecto más inmediato, y ésta debe ser la primera vez que lo reconozco en público, fue sobre un prospecto de novela que llevaba entre manos y que años después terminó llamándose Ajena. En un momento de tranca severa, cuando pensaba que el manuscrito en ciernes iría a parar a la basura, se me ocurrió inyectarle una dosis intravenosa de subjetividad y crear la figura de una adolescente enamoradiza que se deshace en el afán de escribirle cartas sucesivas a su amante que se ha ido. Más subjetividad que esa –el diálogo muy íntimo entre seres que se amaban–, imposible. Salvador nunca lo supo, pero sus palabras se convirtieron en la tabla de salvación de una novela cuyo máximo mérito quizás estuvo en ser finalista del Premio Rómulo Gallegos en 2003.


V


Entre 1988 y 1992, gracias a la clarividencia de Joaquín Marta Sosa, para entonces presidente de Venezolana de Televisión, se pudo producir un programa llamado Entrelíneas que tuve el privilegio de conducir. Fue uno de los pocos espacios de la televisión venezolana dedicado a libros y escritores. Se produjeron en total poco más de doscientos programas y, si no me equivoco, esas viejas cintas producidas en formato U-matic reposan en los archivos de la Universidad Nacional Abierta. Pues hace pocas semanas, para sorpresa de propios y extraños, alguien se hizo de uno de esos archivos y lo colgó en la red. Resultó ser un programa de Salvador, en ocasión de la publicación de su libro Cuentos cómicos. He vuelto a ver esas imágenes, veinticinco años después, y he redescubierto a Salvador con todavía más hondura y clarividencia de la que percibía aquella primera vez. Su discurso pausado, sus ideas pescadas al voleo y luego encauzadas con un propósito fijo, sus opiniones sobre el oficio, sus devaneos para dar cuenta de una poética son elementos que vale la pena repasar. He allí al escritor absolutamente maduro, que viene de vuelta de todo, que escoge bien sus palabras, que se sabe siempre en aproximación a algo. Y llega un momento en el cual ni siquiera tiene sentido preguntarle algo o conversar. Y llega un momento en el que lo único que procede es escuchar como se escucha a los grandes maestros, celebrar ese momento de intimidad, agradecer las lecciones que se suceden y aspirar a que puedan volverse propias.


VI


En 1986, para mi fortuna, me tocó ser editor de Salvador. Una tarde me llevó el manuscrito de Hace mal tiempo afuera y yo lo leí en una sola sentada. Era, por supuesto, un libro maravilloso. Había cuentos de diferente extensión, había una total libertad estilística, había intereses diversos. Jocosidad y ocurrencia, inteligencia y penetración, poesía y meditación. Un libro caleidoscópico, que también se desentendía de los marcos genéricos. Narrativa en estado puro, narrativa que husmea y genera sentido, narrativa que repasa y se observa a sí misma. Salía de mi embelesamiento de lector y me transformaba en un editor entusiasta. ¿Un libro de Salvador en mis manos? ¿Una novedad de este calibre para el fondo? El trabajo de producción se habrá tomado varios meses, pero a la vuelta de algunas hojas del calendario, ya escogíamos la fecha de presentación o lanzamiento. Debo compartir, sin embargo, la fase más provechosa de esta empresa, que fue la de tener sucesivas e inesperadas visitas de Salvador durante todo el proceso. ¿Venía el maestro a revisar un boceto de portada? ¿Venía a corregir pruebas? ¿Venía a reclamar retrasos? Si estos pudieron ser los argumentos de los inicios, al cabo de pocas semanas descubríamos que el maestro venía a conversar, a diseccionar el mundo, a dilatar los sentidos sin dejar de aguzar la vista. Tardes de café con Salvador para evitar la somnolencia, tardes de café con Salvador para reordenar el mundo.


VII



Es difícil admitirlo, pero estos son tiempos en los que nuestros autores no están en las librerías. Buscamos Cantaclaro, de Gallegos, y no la conseguimos; buscamos alguna novela de Pocaterra y nos contestan «¿Pocaqué?»; buscamos una edición de Cubagua y la confunden con un manual turístico. Tampoco Salvador escapa a esta mengua: ¿quién consigue un ejemplar de Día de ceniza? ¿Quién se jacta de tener una reliquia bibliográfica llamada Anotaciones en un cuaderno negro? Se nos ha vuelto una normalidad retener los nombres de algunos autores, pero ninguno de sus libros. Si éste es el statu quo, ¿para qué alterarlo? Ésta es una pregunta que deberíamos hacerle a Fundavag porque de golpe no es que rellene un vacío, sino que ha rebasado de continente nuestros pobres contenidos. La edición que nos presenta de los cuentos completos de Salvador es una afrenta, un despropósito, porque nos obliga a pensar, a salir de nuestras limitadas casillas, a cuestionarnos, a revalorizar un autor, a reconsiderarlo, a verlo de otra manera. Dejaré de lado lo más obvio, aunque no menos importante: la hermosa y cuidada edición empastada, las mil quinientas páginas de textos, las fotos variables de Nelson Garrido con Salvador riéndose desde todos los rincones, el diseño de Waleska Belisario, los celos y cuidados de la Negra Maggi por establecer una impecable edición de textos, la compañía de Alberto Márquez con una introducción llena de claves y revelaciones, el desvelo de Federico Prieto por la criatura que ahora lo ha convertido en un ser insomne. Hasta allí, todo bien, todo convenido. Pero vayamos ahora a las otras consideraciones, que tienen más que ver con los campos de percepción. Y, desde allí, la primera pregunta: ¿habíamos tomado conciencia de la importancia o peso que tiene Salvador como cuentista? Porque esta edición nos está diciendo que, sin duda, el cuento fue el género al cual le guardó mayor fidelidad, incluso mucho más que a la novela, que de alguna manera el último Salvador abandona en pos de una mayor porosidad genérica o experimentación textual. Salvador escribió cuentos al comienzo, en medio y al final de su carrera sin distingos de temas, obsesiones, constantes, enfoques o visiones. Es un maestro indiscutible del género, es un renovador, es un inquisidor. Es también, aunque la expresión no sea exacta, un estilista, un velador de la forma, un monstruo de la variación. En este sentido, hay una reflexión en el prólogo de Alberto Márquez que también quisiera hacer mía y que podría describirse de esta manera: cuando Salvador narra, se abre un vértice expresivo que nos lleva, simultáneamente, a dos destinos: uno, obviamente, es el de la historia, pero otro es el de ver cómo se narra esa historia. Hay una conciencia interior que se deleita fundiendo calidad formal no como barniz sino como tejido sanguíneo. El alma de un relato es, a la vez, cuerpo y alma de ese relato. Y Salvador convierte esa concepción en su poética. No habíamos visto venir el caudal de la obra cuentística de Salvador, enumerábamos sus títulos y siempre agregábamos unos cinco o seis títulos de narrativa «complementaria», pero ahora el problema es que lo que considerábamos una marginalia y se nos convierte de pronto en el mero centro de la apuesta narrativa de Salvador, desde el cual también debemos reconsiderar o reevaluar lo que ahora es complemento. ¿No debemos invertir los patrones y preguntarnos si las novelas de Salvador son más bien excrecencias de su cuentística, desarrollos de cuentos inacabados o, mejor, ejercicios de rienda suelta a relatos que no pudieron contenerse en sus fronteras iniciales? En el cuento siempre encontró resolución inmediata para sus obsesiones narrativas, que no en la novela, porque, a partir de El único lugar posible, Salvador rompe con la novela, dinamita ese género proteico, lo hace explotar en mil pedazos, y se deleita con esa fragmentación a partir de la cual comienza a crear todo tipo de derivaciones, todo tipo de afrentas expresivas. En cambio, con el cuento, y esto es con todo la esencia de contención que es consustancial al cuento, mecanismo de relojería en el cual siempre estamos esperando que la alarma suene, Salvador no llegó a sentir limitaciones. Sencillamente aceptaba las reglas de juego y emprendía el viaje con su escritura prodigiosa, con su escritura envolvente. Nunca fue para él una cárcel expresiva, sino una caja de resonancia. Nunca fue para él un coro cerrado, sino un horizonte infinito.


VIII


Tiendo a creer, y esto es una temeridad decirlo, que entre nosotros los escritores venezolanos nos leemos mal, o en todo caso no suficientemente. Como tenemos, por ejemplo, a Victoria de Stefano del otro lado de la línea telefónica, o a Elisa Lerner viviendo a tres cuadras, o a Rafael Cadenas a la mano si nos vamos a comprar hortalizas a La Boyera; como escuchamos sus voces, sus risas, sus opiniones; como los vemos en ferias reunidos para hablar de Salvador Garmendia; como ahora tenemos el pretexto perfecto de decir que sus libros no se consiguen, entonces nos despreocupamos si no hemos leído sus últimas ediciones o si se nos escapa algún título de los inicios o si no leímos quizás la mejor entrevista que alguien le habrá hecho a alguno de ellos y habrá publicado en alguna revista extraviada. Pero basta que alguno de estos maestros tiemble y se nos vaya para lamentarnos como infantes y salir corriendo a buscar lo que antes decíamos no haber encontrado. Pues bien, y es hora decirlo, no leímos bien a Salvador mientras estuvo con nosotros, y menos al Salvador de los últimos años, que es el más experimental, el más novedoso, el más osado, el que más apostó a la expansión cualitativa de nuestra narrativa. Así que lo único que lamento de esta monumental edición de sus cuentos, porque en principio nada habría que lamentar, es que hayamos tenido que esperar hasta su muerte para editarlo y valorarlo como merece. Un monstruo de las letras venezolanas, un coloso que hablaba con una lengua celestial. Octavio Paz recordaba en Los hijos del limo que, en cuanto a aportes narrativos universales, la primera mitad del siglo xx pertenecía por derecho propio a los novelistas rusos y la segunda mitad a los narradores hispanoamericanos. Siguiendo esa misma línea de pensamiento, y quizás incidiendo en otra temeridad, diría que, si Gallegos es nuestro narrador por antonomasia en la primera mitad de centuria, entonces la segunda mitad le pertenece, también por derecho propio, a don Salvador Garmendia. No encuentro un narrador más completo, más abarcante, más versátil y más renovador que este barquisimetano de Altagracia. Y si estamos de acuerdo con esta tesis, que algunos podrán considerar disparatada, entonces tendremos que preguntarnos si su principal aporte no estuvo en la cuentística, lo que a su vez nos llevaría a la conclusión de que el cuento podría ser la figura genérica dominante de nuestras últimas décadas.


IX


Revisando viejos archivos en estas últimas semanas, como si un sobre la hubiera escupido de sus entrañas, ha caído en mis manos una vieja foto de una cena en casa con amigos escritores. La imagen me hizo recordar que en los años 90 la Negra Maggi y Salvador vivían en Sebucán y Nela y yo en Santa Eduvigis. La cercanía propiciaba esas cenas, que fueron varias, y a mí me maravillaba invitar a Salvador por el solo hecho de escucharlo. Eso sí, tenían que ser cenas tempraneras porque eran épocas en las que Salvador se levantaba a escribir a las cuatro de la mañana y también se ejercitaba trotando en el Parque del Este o por la principal de Sebucán. Más de una vez, yendo en carro hacia el trabajo, me lo encontraba en ropa de jogging, con su barba legendaria de gnomo recrecido. Ese contraste entre modernidad y tradición era enteramente suyo. Pero volviendo a las cenas, la estrategia de hacerlas tempraneras respondía a que en muchas ocasiones, a la altura del postre, Salvador se nos dormía y quedaba bamboleándose en la silla con el riesgo de que su cara terminara en el plato. Así que los comensales vecinos, con elegancia quieta, aplicaban palancas invisibles para sostener al coloso en su silla, de manera tal de ilusionarnos e imaginar que Salvador seguía con nosotros o que escuchaba alguno de nuestros seguramente aburridos cuentos, cuando en realidad perseguía a alguna ninfa o sospechaba de algún demonio entre las nebulosas de su sueño tempranero. La foto rescatada traía a un grupo variopinto, síntoma de la época, en el que pude distinguir a Maritza Jiménez, Cristina Policastro, Stefania Mosca, Verónica Jaffé, Rafael Castillo Zapata, La Negra Maggi con Salvador y los anfitriones. Todos estamos posando frente a la cámara, seguramente ya bebidos y comidos, todos sonrientes, y para variar Salvador se reserva como el último de los espacios, el más profundo, para desde allí reír y abrazar a dos de las muchachas, una en cada brazo, y celebrar como un bufón de la corte.


X


Mientras sigo leyendo la presentación de Javier Lasarte lo sigo viendo al fondo de la sala, tal como también estaba al fondo de la foto, su rostro reduciéndose entre sombras, su cara encogiéndose hasta sólo ser boceto, pero siempre sosteniéndome la mirada, con un gesto de animosidad, o de desafío, él seguro de lo que hace, o convencido de hacia dónde va. «No te preocupes, Antonio», creo que me dice, o es el consuelo que me doy para que el rostro no se borre del todo, para quedarme con un pedazo de boca u oreja, la boca por la que pasaron tantas palabras, la oreja que recogió tanta frase extraviada. «¿Adónde vas, Salvador?», ahora le pregunto, y por respuesta sólo obtengo otra sonrisa, o quizás una última burla, o regodeo de palabas, o sentencia absurda para afirmarse del todo, para decirme que sigue siendo el que fue, para confesarme que los abandonados somos nosotros, ahora que lo perdemos para siempre mientras se va hacia la inconsciencia, de la que también venimos. «Una última frase, Salvador, un último gesto, por favor», y él sigue sonriendo, apenas ojos entre las sombras, apenas un esbozo de labio que se mueve. Y me parece escucharlo cuando me dice a modo de conclusión o de balance: «La belleza de los sapos sólo la entienden los sapos». Se ha ido Salvador pero ahora regresa. Busquemos al sapo que ahora salta entre nosotros.




(*) A propósito de la edición de Cuentos completos (i, ii y iii) de Salvador Garmendia por Fundavag Ediciones, Caracas, 2016.



https://cuadernoshispanoamericanos.com/diez-distancias-con-salvador-garmendia/2/

Salvador Garmendia - Entrelíneas (1991)




Salvador Garmendia - Pregonero Mayor de la Navidad Caraqueña (1991)



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24/12/2025