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domingo, 10 de agosto de 2025

José Pulido, narrador, poeta y periodista, en 1999: Salvador Garmendia fue el que me hizo leer a los venezolanos

 

Imagen tomada de Flickr



José Pulido: Cuando tú escribes te estás escribiendo a ti mismo

Ficción Breve

20 de Abril de 2025

 

 

 José Pulido ha transitado todos los caminos de la palabra escrita: Periodista, cronista, narrador, poeta… y en todos ha sabido exorcisar la terrible dureza callejera de la que es testigo (cercanísimo, gracias a sus incondicionales binoculares) desde su apartamento en Colinas de Bello Monte, en el que vivía cuando se dio esta conversación, en el año 1999.


Imagen tomada de X



"Los medios de comunicación eran de un nivel intelectual más alto en los años cuarenta, cincuenta y hasta en los sesenta; que después fueron bajando, porque le fueron dando menos cabida al intelectual, al poeta, al creador."


"Eran poetas y narradores los que fundaron los periódicos aquí. Cuando sus nietos se encargaron, se dedicaron a lo que venían a hacer, es decir: a hacer negocios. Para ellos este es un mundo completamente inútil."



"Y ese es el reflejo de una realidad. ¿Cuánta literatura maravillosa no hay? Y son muy pocos los lectores en el país. Por eso Venezuela tiene una población cada día más analfabeta funcional. Y por eso es que tendrán presidentes cada vez peores, porque la masa los hace a su imagen y semejanza."



Como periodista han sido célebres sus entrevistas a importantes figuras del arte y la literatura; así como las crónicas aparecidas en la columna «El ángel de la calle», que publicó en el Diario de Caracas. Como narrador y poeta tiene una extensa lista de títulos. Para el momento de esta conversación acababa de publicar «Los poseídos» (ganador del Premio Municipal de Poesía de ese año), la novela «Los mágicos» y el libro de cuentos «Vuelve al lugar que se te ha señalado».





Vamos a hablar, Pulido, de la novela finalista del Premio Miguel Otero Silva del año 89: Una mazurquita en La Mayor. ¿Ella recoge vivencias personales tuyas?


Sí, yo estuve trabajando en Nicaragua, desde el mes que los sandinistas tomaron Managua, hasta tres meses después. Estaba entonces recopilando material para un libro eminentemente periodístico, pero cuando lo tuve terminado con todo lo que acababa de escribir, no me servía. Entonces lo guardé y empecé a reescribirlo y me salió una novela. Claro, hay personajes inventados, pero la mayoría son sucesos reales.




Entonces, cuando comienzas a trabajar, no está muy definida la frontera entre crónica y narrativa pura.


Es que el periodista tiene una labor muy específica que cumplir. Uno siempre habla de que hay dos tipos de mensaje; el mensaje semántico y el mensaje polisémico. El mensaje semántico es el que le da mayor importancia a la comunicación, y el polisémico a la estética. Entonces, el periodismo trata siempre de cumplir con la función informativa y comunicacional. Decirle a la gente qué pasa y pasar a un segundo plano para, además, describir lo que pasa, evaluarlo. Cuando esas dos cosas no te satisfacen, evidentemente entras en el terreno de la literatura ¿Por qué? Porque cuando te ves necesitado de crear un personaje para que él exprese lo que los personajes verdaderos no pudieron, entonces, además de crear ese personaje, empiezas a crear la atmósfera, y cuando un texto tiene atmósfera, ya no es periodismo: es narrativa.

Andrés Mata


¿Cuándo José Pulido sabe que tiene ante sí una historia que va a gustar?


Ese sí es el problema que yo tengo, que yo sé cuándo tengo una historia que me gusta a mí, pero… no se si va a gustar, porque yo desde hace muchos años me estoy planteando la literatura como debí planteármela desde que comencé. Desde muy chiquitico yo soy lector, entonces yo me di cuenta que no basta «saber leer» para saber leer, que hay hazañas en la literatura que si tú no sabes leer no las percibes. No te das cuenta de las hazañas impresionantes que hay en un texto. Me di cuenta que la escritura, como cualquier otra expresión artística, no es otra cosa que el reflejo del nivel interior que tú tienes; cuando tú escribes te estás escribiendo a ti mismo, estás mostrando el tamaño que has alcanzado por dentro. Ese tamaño puede que sobrepase el tamaño de ese lector que tienes enfrente, que te está leyendo en ese momento, o puede que ese lector tenga un tamaño tan alto que te vea como una mierda (que eso me gusta).


Al mismo tiempo, tú quieres que crezca el lector. Hay lectores que son muy pequeños, que de repente agarran un libro y dicen: «yo no lo entiendo», o «no me gusta», cosa que no debería ser así. Es «que no tengo el tamaño para captarlo». Yo me di cuenta de eso desde muy temprano, porque un libro que yo sé que era una maravilla pero que detestaba, porque no lo entendía, es el Ulises. Yo lo leí cinco veces, hasta que me di cuenta que era una maravilla; pero la primera vez que lo leí, por supuesto, yo no sabía que era lo que estaba pasando ahí, no podía disfrutar nada, odiaba a los que decían que eso era una gran obra.

Alfredo Armas Alfonzo en el espejo de La Lejarazú. Caracas, 1972



Eso es lo que puede pasar, salvando las distancias, por ejemplo, con Armas Alfonzo, que uno después que lo relee es que le consigue un gusto…

Claro, pero es que a medida que tú vas creciendo… Y pasa en la vida… A veces uno asume un actitud y seis meses después a lo mejor has madurado un poco más, has crecido interiormente un poco más. Te dices «¡qué ridículo! ¿cómo yo hice eso?», pero es que tú estás creciendo. Entonces yo me di cuenta de eso y eso me dio una ventaja. Yo no sé si le va a gustar o no a la gente, pero si al leerla a mí me gusta, aunque sea como un pretexto para escribir, yo la agarro y sé que estoy creando una obra que va a revelar mi tamaño, mis fallas y mis aciertos. Eso sí, básicamente yo construyo un laberinto; que la gente crea que salió (o que salga realmente), pero un laberinto que yo también atravieso, y te tiende emboscadas: el ridículo, por ejemplo. Para mí esa es la literatura: Construir un buen laberinto.

Imagen tomada de Flickr


¿Y cómo ve José Pulido (en su doble rol de narrador y periodista de amplia trayectoria) la presencia de nuestros narradores en la prensa? ¿No se pueden aprovechar más los narradores venezolanos para el trabajo periodístico?


Yo creo que el problema lo tienen los medios. Los medios de comunicación eran de un nivel intelectual más alto en los años cuarenta, cincuenta y hasta en los sesenta; que después fueron bajando, porque le fueron dando menos cabida al intelectual, al poeta, al creador. Esa era la fortaleza, por ejemplo, de El Nacional

Miguel Henrique Otero. Presidente y Director de El Nacional.


El actual propietario de medios no lee, sabe hacer negocios, pero le parece que esto es una pendejada. Pasa lo mismo de lo que estaba hablando del nivel del lector: «Esto no me interesa, esto no me gusta», porque él no está… Entonces, dice: «Yo voy a prescindir de estos tipos». 

Miguel Otero Silva


Bueno, por lo menos El Nacional y El Universal conservan el Papel ese Literario (donde siempre repiten a la misma gente, pero lo conservan). Pero antes, en los periódicos completos, trabajaban muchos de los escritores, y no tenía empacho un dueño de periódico de publicar todos los lunes un cuento. Nosotros, incluso hace poco, publicábamos en El Diario de Caracas, «El cuento del Lunes». Pero tiene que ver con eso. Por ejemplo, Miguel Otero Silva era el dueño del periódico. Para él eso era importantísimo, era vital, porque él era escritor.

Andrés Mata Osorio

Y en El Universal, el viejo Núñez no es que era un lector del otro mundo, pero venía de ser socio del poeta Andrés Mata, que era abuelo del muchacho ( se refiere a Andrés Mata Osorio, nieto del fundador) que está ahora. Eran poetas y narradores los que fundaron los periódicos aquí. Cuando sus nietos se encargaron, se dedicaron a lo que venían a hacer, es decir: a hacer negocios. Para ellos este es un mundo completamente inútil.


Cada vez hay más dinero en juego…


Sí. Y ese es el reflejo de una realidad. ¿Cuánta literatura maravillosa no hay? Y son muy pocos los lectores en el país. Por eso Venezuela tiene una población cada día más analfabeta funcional. Y por eso es que tendrán presidentes cada vez peores, porque la masa los hace a su imagen y semejanza. Porque el nivel que tiene ese tipo es el nivel que tienen ellos. Y si son mayoría: te jodiste. Y eso porque en este pueblo no se lee ya, como en otra época. Este es un pueblo que no conoce a sus autores.


Revista Imagen. 2001 Año 34 nº 2 (izquierda) y 2005  Año 38 nº2 (derecha).


Y en ese ambiente que vivimos actualmente, ¿sirven para algo las revistas culturales? ¿Cumplen una función?


Mira, yo creo que el papel que cumplen es el del tamaño que tienen. De abrir un espacio a algunos, ¿no? Hay gente que las hace para un grupito. Aquí la intelectualidad es débil porque está muy fraccionada. Cada quien tiene su grupo. Si tú le preguntas a alguno, te va a decir: «Aquí lo que hay son cinco escritores, y somos nosotros. Lo demás no sirve». Es decir: no nos leemos entre nosotros mismos. Pero esas revistas aisladas al menos cumplen la función de que le publican a esos. Si no existieran, sería peor. A alguien le llegará alguna vez una, y a lo mejor la leerá. Yo estuve trabajando con Garmendia, haciendo Imagen, y hacíamos una revista maravillosa (como la sigue haciendo Luis Alberto Crespo), y no vale de nada, porque primero debería recorrer el país y publicarle a todo el mundo, pacientemente, y debería salir mensualmente; y después, tiene el problema que no circula. Eso es lo que estoy proponiendo con la revista Circunvalación Del Sur: los convencí de que publicáramos a narradores y poetas de afuera, de diferentes países, y de adentro (por eso es que por donde paso me traigo todos los libros que puedo). Incluso, quería que le dedicáramos un número a cada región, lo que pasa es que va a salir cuatro veces al año. Pero, aunque hubiera una revista que saliera semanalmente, siempre quedaría gente que no aparecería allí.



Funcionaba mejor, hace mucho tiempo atrás, cuando se conformaba una especie de sana competencia, para ver quién iba mereciendo las páginas de El Nacional. Ahora cualquiera escribe allí. Antes para llegar, tenías que escribir en todo el interior del país. Yo por lo menos pasé años en el interior del país, hasta que me publicó El Nacional. Ahora cualquiera, no solo puede ser publicado, sino que puede convertirse en un boom, y eso es porque, como los lectores verdaderos son pocos, y hay mucha gente escribiendo con mucho ego, se está perdiendo lo importante; y lo importante es leer mucho, vivir mucho, escribir que jode… y reescribir. Empieza por crecer tú. Tu obra va a ser muy buena si tú creces interiormente, no por obra y gracia del espíritu santo.


Adriano González León  (Valera, 14 de noviembre de 1931-Caracas, 12 de enero de 2008).


Ya que hablas de lo interior, en tu poesía no se siente con tanta vehemencia esa crudeza, esa desesperanza que está muy presente en tu narrativa. ¿Supone eso que cada género es más útil para cada temática?


Por supuesto que sí. Lo que pasa es que yo soy eminentemente narrador, y la poesía que hago es como un auxiliar de la narración (o a lo mejor es al revés). Si tú empiezas a revisar los cuentos y las novelas, y lees los poemas, te das cuenta que hay una relación porque los poemas van surgiendo en el momento en que se me tranca el juego con la narrativa. Entonces yo, para poder seguir escribiendo, me pongo a jugar, de una manera minimalista, como si yo estoy viendo todo en general. Y en el poema enfoco un detalle. Entonces me pongo a trabajar ese detalle, hasta que me conecto de nuevo y lo aíslo, y es un poema que tengo guardado ahí. Incluso hay poemas que son una pequeña historia con todo: su comienzo, su clímax y su desenlace. Y es por eso: nunca tienen que ver por sí mismo con algo, sino con lo que estoy escribiendo.


Pero pareciera que la parte cruda, áspera, incluso pesimista, la dejarás solamente en la narrativa, no se siente tanto en los poemas. Pareciera que cada género sirviera para expresar algo en particular.


Sí, lo que pasa es que la narrativa, para mí, siempre fue algo, no que se dice, sino que ocurre. Por eso debo ser crudo. En cambio, la poesía dice las eternas cosas que siempre se dicen. Es más bien una conversación de uno con su época.

Pedro Emilio Coll. Imagen tomada de aquí.


En ese largo trajinar con la prosa, ¿hay algunos elementos, recursos, que privilegias a la hora de escribir?


Sí. Primero algo a lo que me aficioné siempre desde muy pequeño, que es buscar el origen de las palabras para conocerlas mucho y tratar de hacer que ocurra la mayor cantidad de cosas, de la manera más artística posible, con la menor cantidad de palabras. Me encanta poder manejar un texto con las doscientas palabras que usa el común (sin caer en el lugar común). Ese es un primer recurso técnico. Tengo siempre pendiente eso que decía, de que trato de que ocurran las cosas. Me molesta que un personaje no se desarrolle psicológicamente todo cuanto pueda. Trato, además, de evitar hablar yo a través del personaje, sino que el personaje hable como él debería hablar. A menos que yo haga un personaje que me sirva para hablar. Trabajo también en forma laberíntica, me gusta entrecruzar historias. Puedo hacer que una novela pequeñita parezca que tiene como quinientas páginas de tantas historias que hay; me gusta que haya esa concatenación. Y me gusta trabajar para los finales.

Salvador Garmendia en 1992


Para concluir, ¿qué nombres consideras imprescindibles en la narrativa venezolana?


Yo soy un convencido de que los escritores venezolanos son un mosaico, donde todos tienen su importancia; pero yo creo que el que comienza a hacer una obra más madura en relación con este tiempo es Salvador Garmendia, que para mí es el narrador por excelencia, es el tipo que pudo haber entrado en eso que llamaron el boom (aunque lo intentaron fue con Adriano González León), y no entró por todas las cosas que pasan en Venezuela. Y del siglo pasado, muchos, me encanta, por ejemplo, Pedro Emilio Coll. Y es que yo creo que hay un tono venezolano que el mundo no ha descubierto. Hay muchos: Armas AlfonzoBalzaPero fue Garmendia el que me hizo leer a los venezolanos (Los pequeños seres, Memorias de Altagracia…). Para mí fue un descubrimiento.


https://ficcionbreve.org/jose-pulido-cuando-tu-escribes-te-estas-escribiendo-a-ti-mismo/



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martes, 3 de marzo de 2020

ALÍ BRETT MARTÍNEZ EN OTRAS PALABRAS





Crónicas del Olvido

ALÍ BRETT MARTÍNEZ


(La luz puntual que nos alumbra)



**Alberto Hernández**


I


¿Quién sabía en Maracay que había nacido en Carirubana, en un pueblo de pescadores de la Península de Paraguaná? ¿Quién lo podía imaginar con los ojos puestos en hora de luna llena cuando la brisa del mar le permitía quedarse en silencio por las noches?



Alí Brett Martínez también fue maracayero un buen tiempo. Mientras ejercía como corresponsal del diario El Nacional, este peninsular entró en contacto con vivos y fantasmas de esta ciudad de olvidos e improntas, tan dada a entregarse y dejarse llevar por la infamia y por algunas bondades propias de quienes saben reconocer el talento y la cercanía de los dioses en almas invadidas por la poesía y los sonidos interiores.





Alí Brett fue uno de aquellos que tenía la virtud de ser reconocido en cualquier esquina. Su inteligencia, su amabilidad, su don de península hacia un mar proceloso y a la vez manso.



Quienes dicen de él en Maracay lo hacen con afecto, con admiración y se confiesan ignorantes de su muerte. Se saben poseedores de una amistad eterna, de un café en la esquina del Cine Tropical o por los lados de Calicanto. Otros hablan de su gusto por Las Delicias. Pero más allá por este amor ecológico, Alí Brett Martínez era abierto al dolor de los demás, a esa piel rota hecha propia, por muy ajena y lejana.


II


Cuando han pasado décadas de su partida de Maracay y de este mundo, aparece en Falcón, su tierra de mar, arena y viento el libro, memorabilia de los afectos, Alí Brett Martínez, La luz puntual que nos alumbra, donde Luis Alfonso Bueno, Andrés Castillo, José Luis Mendoza, Nandy García, Alberto Jordán Hernández e Isaac López lo recuperan para nuestra alegría, para bien de nuestro espíritu.



Cronista mayor de Paraguaná, Alí Brett Martínez dejó una obra cuyas raíces nunca podrán despegarse de la tierra árida y ardida de Falcón. Podemos nombrar Aquella Paraguaná, Paraguaná en otras palabras y Suriquiva mar afuera. De ella, del trabajo de esta afable voz, nos dice Simón Petit: “Si bien algunos textos aislados se asomaron como dignos ensayos de escritores regionales que nos comentaban sobre determinados sucesos de la península, serán los libros Aquella Paraguaná y Paraguaná en otras palabras, de Alí Brett Martínez, los que marcarán la impronta de este escritor que se convirtió en el más amoroso de los cronistas locales. Son testimonios que en la voz de Brett Martínez adquieren una particular y mágica dimensión. Un viaje donde nos invita a ser testigos de excepción, para mostrar una realidad en la que narra espontáneamente la vida de un pueblo y que nos permite vivir, fuera de distanciamientos, la Paraguaná que en ese momento existía, sin el punto ni la raya que el progreso con sus hombres fijaría en los mapas de la Paraguaná contemporánea”.






III


Escrito desde el afecto, pero también desde la seriedad que merecen los escritos de Alí Brett Martínez, los autores de La luz puntual que nos alumbra apostaron al retorno a lo más hondo de aquel país que a diario nacía en el talento del personaje que nos tocan muy de cerca. Se trata entonces de un cuaderno donde han quedado anotadas andanzas y silencios, el acoso político y los pequeños detalles de este hombre que poco conoce este país de olvidos. Alí Brett Martínez, en efecto, como nos lo confiesa Luis Alfonso Bueno, es un ejemplo que flota en la memoria de quienes tienen conocimiento de su tránsito por la existencia: “Los frutos de una dedicación que aun dentro de circunstancias adversas determinadas por los cambios de residencia de una ciudad a otra (corresponsal en Barcelona, en Coro, Maracay, El Tigre, Puerto Cabello), debido a la persecución más o menos solapada por cuestiones políticas, por las privaciones materiales y la relativa lejanía de las fuentes de información bibliográfica o archivística, ubican a Alí Brett Martínez entre los más meritorios exponentes de nuestra escritura literaria, con énfasis en lo vivencial, en la certificante genuinidad del testimonio, en la constatación del dato detectado con empeño, y trabajado y transmitido, con acierto y hermosura que bien pueden resistir lo perdurable”.


IV


Carirubana lo vio nacer el 28 de noviembre de 1922. Hizo del periodismo un afán, una profesión de fe, un oficio para ahondar en el espíritu de un país y su gente, sobre todo de los lugares donde se instalaba, pero con arraigo en el aire de sus amores, Paraguaná.







Testigo de excepción del levantamiento militar conocido como El Porteñazo, Alí Brett Martínez, “incurable reportero”, como lo llama Luis Alfonso Bueno, “casi lo fue de guerra” cuando cubrió aquella violencia que dejó páginas e imágenes memorables. El paraguanero trazó para el tiempo El porteñazo, historia de una rebelión, texto que aún provoca en el lector encontrados sentimientos. Ese trabajo recorrió todos los rincones de Venezuela. Corría el año 1970.



Historia, crónicas, relatos, acercamientos amorosos a aquella tierra metida en el mar. Brett Martínez repasó casi todos los géneros. No dejó momento de su lugar de origen al olvido. Todo le concernía.


V


Muchos son los personajes que navegan en la obra de Alí Brett Martínez, sobre todo los que le ardían en sus adentros: Paraguaná supo quedarse en Suriquiva mar afuera, como nos dicta Nandy García: “En la novela podemos localizar una cadena de temas que retratan las situaciones de ese tiempo y conforman el tejido de la historia: el amor, la guerra, la prostitución, el cambio del pueblo producto del petróleo, la vida en el mar, la justicia como valor trascendental en la historia, el paisaje falconiano, entre otros”. Así, Suriquiva mar afuera relata las peripecias, la vida de mucha gente relacionada con el mar, apegada al clima de ese monstruo que se mueve frente al misterio. Mar y petróleo se conjugan para inventariar una topografía espiritual construida a través de un discurso fotográfico donde se mueven unos seres atrapados por la costa y el destino más inmediato: el exilio hacia el petróleo o hacia otros derroteros donde la vida sea menos pesada. No obstante, el paisaje falconiano continúa vivo en el dolor de quienes se saben alejados del canto diario de la tierra.


VI


No se queda Alí Brett Martínez sin la rúbrica de otro cronista e historiador de la bella y sentida Paraguaná. Isaac López se pasea por la memoria de la tierra que le dio aliento a nuestro personaje: “Hasta fecha reciente, la memoria regional venezolana se expresaba predominantemente en las voces de cronistas o historiadores de oficio, así, el Lara de Don Chío Zubillaga, la Mérida de Tulio Febres Cordero o el Zulia de Juan Bessón. También la Barinas de José León Tapia, o la Margarita de José Manuel Subero. Cualquiera que intente un examen de la historiografía de esas regiones no puede dejar de lado esos nombres, pues ellos, con sus méritos y limitaciones, intentaron ser la memoria de sus comarcas y localidades, asumieron rescatar del olvido el transcurrir del tiempo en esos espacios marginados del poder central”.



Este asomado cronista agregaría a Luis Guillermo Castillo Lara, un apasionado por el país, escritor y escribidor de una vocación asumida en medio del tráfago de la desmemoria.



Isaac López inserta a Alí Brett Martínez en la categoría de hombre mundial, de hombre salido del vientre de Falcón con la noble fuerza de quien no tiene fronteras, salido de esa lengua de tierra que va y viene al mismo tiempo. Y lo logra: Alí Brett Martínez “fue autor de trabajos como El Porteñazo, historia de una rebelión (1970), El Periodismo y las imprentas de Puerto Cabello 1806-1945 (1973), Paraguaná en otras palabras (1974), De Sutherland a Rubén el Campanero (1976), El Cojo Ilustrado y los escritores falconianos (1976) y Suriquiva mar afuera (1978). Por supuesto, Aquella Paraguaná, aparecido en 1971, “su libro, más que la historia (...) es la crónica de los hechos —cotidianos, menudos, aldeanos— que se produjeron en su pueblo natal bajo el influjo de la explotación petrolera, pero que van a determinar un cambio sustancial en la vida de toda la península de Paraguaná”.







Este libro, bellamente editado, contiene fotografías donde Alí Brett Martínez vive momentos de plena vida. Con Alberto Taylhardat, ex comandante de la Base Naval de Puerto Cabello, con Alfredo Mejías, el pintor Lucho Arriaga, Rafael Salvador Camero, Víctor Hugo Morales, el cineasta Villegas Blanco, con el torero Eleazar Sananes (Rubito), con Barbarito Diez, con Alfredo Armas Alfonzo, Carlos Contramaestre, Junio Pérez Blasini, Caupolicán Ovalles, Jesús Sevillano, Betsi Brett, José Antonio Guzmán, Luis Alfonso Bueno, entre otros.



Estas hojas, publicadas por la Fundación Literaria León Bienvenido Weffer, el Grupo Tiquiba, la Fundación Cultural Josefa Camejo, la Asociación Amigos del Complejo Cultural Josefa Camejo, el Centro Nacional del Libro y el Instituto de las Artes Escénicas y Musicales, son un acierto que nos acercan aquel país que aún vibra en la memoria, no sólo de los falconianos sino de todos los que tuvieron la gracia de conocer y estar cerca de Alí Brett Martínez, un venezolano excepcional


Alí Brett Martínez y Luis Alfonso Bueno

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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés.