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viernes, 6 de junio de 2025

James Robinson, premio Nobel de economía: Estados Unidos fue construido por inmigrantes y su identidad se basa en la lealtad a la Constitución

 



James Robinson: “Ni Harris ni Trump tienen una política efectiva para lidiar con la desigualdad”


James Robinson,premio Nobel de Economía.



El premio Nobel de Economía reflexiona sobre el futuro de Estados Unidos, donde observa una desconexión de las élites gobernantes y ve la utopía libertaria de Trump y Musk como “un desastre”



BORIS MUÑOZ


02 NOV 2024 - 05:45 CET



En los altos círculos académicos donde se debaten las ideas que marcan la agenda, muy pocos se sorprendieron con el anuncio de los ganadores del premio Nobel de Economía el 14 de octubre. El turco Daron Acemoglu y los británicos Simon Johnson y James Robinson tienen tras de sí una sólida carrera que ha sido reconocida, entre otros, por una larga fila de premios Nobel de Economía con visiones económicas tan distintas como el microeconomista Gary Becker, el neoclásico Kenneth Arrow y crítico de la globalización Joseph Stiglitz.


Por sus casi 600 páginas se podría pensar que Por qué fracasan los países, la obra central de Robinson (Reino Unido, 1960) y Acemoglu, es un intraficable mamotreto de teoría económica. Pero al abrir el libro, los autores llevan a los lectores de la mano a través de la fascinante historia de la colonización del una vez llamado Nuevo Mundo para demostrar cómo instituciones creadas hace más de cuatro siglos siguen marcando el presente de América Latina y Estados Unidos.






El aporte esencial de las investigaciones de Robinson, Acemoglu y Johnson a la economía consiste en desmontar los mitos más comunes sobre las causas que definen el éxito o fracaso de una sociedad. El peso determinante no está en la geografía, la cultura y ni siquiera la historia. Una sociedad tiene mejores oportunidades de escapar de la pobreza con instituciones políticas y económicas más inclusivas o puede descender hacia ella cuando es manejada por una élite extractiva, cerrada y autoritaria, que concentra en pocos los recursos, castra el progreso y la innovación. Es una tesis provocadora y no está exenta de controversias.


Y es sobre eso que quería hablar con James Robinson, hoy profesor de la Universidad de Chicago después de pasar por Harvard, quien, como politólogo, historiador y economista, conoce a fondo los cursos paralelos, pero opuestos, de Latinoamérica y Estados Unidos.


El momento de la conversación es significativo. A menos de una semana de una elección presidencial, Estados Unidos se encuentra en una encrucijada cuyo significado no se puede subestimar. La confrontación política entre el republicano Donald Trump y la demócrata Kamala Harris es también el duelo entre dos versiones de futuro antagónicas: hacia dónde puede llevar uno u otro candidato a un país que sigue siendo la mayor potencia económica y militar y que ha sido considerado por mucho tiempo una de las fuerzas mayores de innovación y prosperidad del mundo moderno.


Pregunta. Considerando sus ideas en Por qué fracasan los países, ¿cree usted que Estados Unidos está en riesgo de ser un país con instituciones más extractivas que inclusivas si no se toman acciones decisivas contra la desigualdad y la polarización?


Respuesta. En los últimos 50 años, los salarios medios y los salarios reales en Estados Unidos se han estancado. La mayoría de la gente no está mejor hoy que hace cinco décadas. Hay una caída en la movilidad social y un enorme aumento en la desigualdad. Eso se ha manifestado en la esfera política. Elon Musk está gastando millones de dólares pagando a sus seguidores para que aparezcan el día de la elección. En América Latina llaman a eso compra de votos. En Colombia, sería normalmente con aguardiente o frijoles. Y el presidente Trump ha tratado de destruir y socavar la fe de la gente en las instituciones. Así que creo que hay un intento muy serio de crear instituciones extractivas, una latinoamericanización general de Estados Unidos. Absolutamente sí.


P. ¿A dónde lleva esto? No creo que lo sepamos.


R. Hace ocho años nos salvamos por la incompetencia de Trump. Piensa en Hugo Chávez. Se necesita mucha preparación para realmente socavar las instituciones, como él lo hizo. Además, no puedes hacer lo que hizo Chávez sin el apoyo militar. Y eso es lo que podría salvarnos en Estados Unidos.



P. Sí, esa es una de las razones. Pero las instituciones son tan fuertes como las personas que las dirigen. Si eliminas el liderazgo de la institución, puedes reestructurarla o destruirla. Eso es lo que pasó en Venezuela.


R. Por supuesto, pero lo que vimos en la elección de hace cuatro años es que el poder político está menos concentrado aquí que en América Latina. Hay mucho poder político en los estados. Son los estados los que controlan cosas como el conteo de votos. El federalismo nos salvó al jugar un papel muy importante en la defensa de la democracia. La gente también estuvo dispuesta a arriesgar sus propias carreras para defender las instituciones porque creía lo suficiente en ellas. En Por qué fracasan los países, hacemos una comparación entre Roosevelt y Perón. Perón quiso ampliar la Corte Suprema y se lo permitieron, y Roosevelt intentó lo mismo y la gente se opuso. Ahí está la diferencia. Si ganara esta vez, Trump podría tener éxito en cambiar las instituciones de este país. Gente como John Kelly, quien fue su jefe de gabinete, luchó contra Trump. Pero Trump ya no va a nombrar otra vez a personas así. La primera vez no sabía lo que estaba haciendo. Ahora se va a rodear de ideólogos que harán más daño.


P. Entonces, ¿cree que Trump va a ganar?


R. Simplemente no lo sabemos. En este momento, honestamente, predecir el resultado de esta elección parece como lanzar una moneda al aire.


P. Las instituciones extractivas pueden llevar a la desigualdad y la falta de oportunidades. ¿Cómo podría impactar la estructura institucional de Estados Unidos una presidencia de Donald Trump o Kamala Harris, ya sea en una dirección más extractiva o inclusiva?


R. No creo que todas las políticas de Trump sean desastrosas. Algunas son miopes e irracionales, pero no creo que sean un desastre para las instituciones. Es bueno tener en cuenta que este país fue construido por inmigrantes, que la mayor parte de su dinamismo tecnológico y rendimiento económico superior durante los últimos 150 años viene por los inmigrantes. ¿Dónde creció Musk, por ejemplo? Sudáfrica. ¿De dónde vino el padre de Steve Jobs? Siria. ¿De dónde es Serguéi Brin? Rusia. El principal factor que Estados Unidos ha tenido a su favor económicamente ha sido esta capacidad de absorber gente de todo el mundo. Por ejemplo, yo y mis compañeros ganadores del premio Nobel. ¿Dónde crecimos? En Inglaterra y Turquía. La expulsión de inmigrantes es desafortunada y mala para las perspectivas económicas a largo plazo del país. Pero no creo que socave las instituciones. Me preocupa mucho más el colapso del sistema fiscal. La bancarrota del gobierno. Hay una enorme falta de inversión en infraestructura básica y servicios públicos en este país. Esto se agravaría en una Administración Trump. Además del colapso de la regulación de la industria en un momento en que necesitamos más regulación, cuando más necesitamos pensar en las consecuencias sociales de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial. Y en lugar de regulaciones, con Trump habría una especie de vale todo. Los empresarios podrán hacer lo que quieran. ¿Crees que lo que Musk quiere hacer es en el interés colectivo de la gente en este país? Ni de broma.


P. ¿Cuáles serían las diferencias clave entre la visión económica de Kamala Harris y Donald Trump, y cómo podrían dar forma al futuro de la economía estadounidense?


R. Ambos están convergiendo en algunos temas. El presidente Joe Biden no cambió ninguno de estos aranceles que se impusieron a los productos chinos durante el gobierno de Trump. Los demócratas simplemente han decidido que son demasiado populares políticamente para cambiar de curso. Los demócratas ahora se han dado cuenta de que cometieron un terrible error al relajar la política de inmigración. Económica o humanitariamente, la migración es una cosa. Pero el influjo de inmigrantes que ha ocurrido bajo el gobierno de Biden fue un error político. Honestamente, creo que el partido Demócrata está desconectado de los problemas de este país.


P. ¿En qué sentido?


R. El Partido Demócrata está capturado por las élites educadas de la costa que todavía no entienden a fondo los problemas del medio oeste del país. Por eso fue muy inteligente la nominación de Tim Walz, que es de Minnesota, como vicepresidente de Kamala Harris. Al menos es una persona de clase trabajadora que está más en contacto con estos problemas. Pero creo que muchas de las políticas de Harris serán muy similares a las de una administración Trump, aunque sin el mismo ataque a los inmigrantes. Se pondrá más énfasis en cuestiones básicas relacionadas con la atención médica. Trump intentó eliminar Obamacare antes, así que eliminará la atención médica a millones de personas. Y eso es terrible. Pero las políticas de Harris serían similares en algunas dimensiones. Y cuando no sean similares, serán más sensatas. Serán más empáticas.


P. ¿Cómo afectará el auge de los movimientos libertarios defendidos por figuras como Trump o Elon Musk y que abogan por menos intervención estatal en la vida pública el dinamismo económico y al papel global de Estados Unidos en innovación?


R. No puedes tener una economía dinámica sin un Estado con funciones básicas, sin inversión en bienes públicos, educación, investigación y desarrollo. Si ves la historia del cambio tecnológico, encontrarás que el Estado ha jugado un papel enormemente importante. Así que creo que la visión de una utopía libertaria de mercado libre sin Estado es solo eso, una utopía. No es una sociedad realista. Si quieres ver cómo es una sociedad sin Estado deberías ir a Guatemala. No hay impuesto sobre la renta en Guatemala. Eso no genera prosperidad, pero si mucha riqueza para 13 familias, y tal vez eso es lo que Trump y Musk tienen en mente: que no haya regulación, que no haya impuestos. Puedes hacer lo que quieras. Y si eres de una de esas 13 familias, serás muy exitoso. Pero para el resto de la gente, es un desastre.


P. Conectando con una respuesta anterior, ¿cómo afecta el descontento en la clase media y trabajadora en Estados Unidos con la globalización y el cambio tecnológico la dirección política y económica de Estados Unidos?


R. Ese descontento parece estar generando un tipo de política populista muy personalista, aunque aquí hay mucha mayor fortaleza institucional que en América Latina. Como dije, es difícil hacer lo que hizo Chávez o lo que hizo Perón, sin el apoyo de los militares. Eso limita lo que puedes hacer en términos de crear un sistema muy autocrático. No me parece muy probable que eso suceda en Estados Unidos. Pero la política se ha vuelto extremadamente polarizada. Hay mucho menos compromiso con la democracia. Lo que veremos a partir de ahora es que cada elección en este país va a ser impugnada. No importa quién realmente ganó. Todo va a ir a los tribunales. Va a haber una enorme pelea. No creo que vayamos a saber durante meses quién ganó en noviembre, porque el resultado está destinado a ir a los tribunales estatales y a la Corte Suprema. Los republicanos han llenado la Corte Suprema de ideólogos republicanos también. Algunos miembros de la Corte Suprema, como el juez Roberts, su presidente, consciente de la necesidad de mantener la autonomía de los tribunales, todavía están luchando. Estamos en una especie de momento liminal, donde muchas cosas diferentes podrían suceder. Es muy difícil predecir la dirección del proceso político.



P. ¿Cuáles son las políticas más efectivas para abordar la desigualdad en un país como Estados Unidos, y cuál de los dos candidatos, Trump y Harris, está mejor equipado para implementarlas?


R. No estoy seguro de que ninguno de ellos tenga una política muy efectiva para lidiar con la desigualdad. No veo ningún tipo de impulso político real hacia la redistribución. Ya sabes, hay una larga historia de oposición a la redistribución del ingreso en Estados Unidos. Biden ha enfatizado mucho la política industrial, tratando de recuperar la industria manufacturera. Es una buena idea porque la mayoría de la gente aquí quiere trabajos, oportunidades de empleo, no redistribución del ingreso. Sin embargo, no sé si esa política puede abordar el problema en la escala necesaria. Parece ser una gota en el océano. Biden ha hecho una inversión masiva en infraestructura, por ejemplo. Eso es bueno. Pero toma mucho tiempo cambiar la desigualdad. Nadie tiene ningún tipo de políticas para fortalecer el movimiento laboral, por ejemplo. O para cambiar la distribución del poder dentro del sector corporativo. Tampoco creo que Trump tenga una política coherente sobre nada.


P. ¿Cuáles serían las dos o tres cosas que haría para lidiar con la desigualdad de manera más efectiva en los próximos años?


R. Lo que tendría el mayor impacto más rápido, sería cambiar la legislación del mercado laboral y tratar de cambiar esta cultura de reducción agresiva de salarios con paquetes de compensación corporativa excesivos que surgió en los años ochenta en este país. Eso algo que podrías abordar rápido. En los años treinta, bajo Roosevelt, se movieron velozmente en temas como ese. Si hay apoyo político para hacer que sea aprobado en el Congreso, no lo sé, pero algo así podría tener tracción. El sistema fiscal podría también ser importante. En países con niveles mucho más bajos de desigualdad, como Suecia o Alemania, en Europa occidental, el sistema tributario y la redistribución fiscal son importantes, pero es la desigualdad pre-impuestos la que es dramáticamente menor. Por eso creo que tratar de cambiar la forma en que funciona el mercado laboral tendría más impacto y sería más rápido de hacer.


P. Mirando el panorama electoral actual, ¿qué riesgos y oportunidades ve en las candidaturas de Trump y Harris con respecto a la sostenibilidad de las instituciones inclusivas que han caracterizado a Estados Unidos?


R. El desafío más obvio en estas elecciones es para la democracia. Trump perdió la última elección, pero todavía está diciendo que ganó y muchos políticos republicanos también lo dicen, aunque la evidencia de que perdió es tan abrumadora que no vale la pena discutirla. Ellos están negando la característica fundamental de la democracia. Trump nunca va a admitir que perdió. Y eso va a seguir causando problemas, porque puede llevar a la violencia, como ya sucedió en pequeña escala el 6 de enero de 2021. El potencial de una escalada violenta es muy grande.


P. Si tuviera a Kamala Harris frente a ti ahora mismo, ¿qué consejo le daría para fomentar el desarrollo de Estados Unidos?


R. Una cosa es fomentar el desarrollo de Estados Unidos. Otra, más urgente, es cambiar esta política venenosa que ha surgido. Para eso, hay que priorizar la reconexión con la clase trabajadora estadounidense, con los MAGA, que han apoyado a Trump. Es interesante, no lo entiendo completamente, pero es obvio que Trump percibió los agravios ignorados por las élites políticas tradicionales. Los demócratas deberían dejar de perder el tiempo perdonando deudas estudiantiles y reconectarse con esta base trabajadora que solía ser demócrata. Deben acercarse y entender lo que esa gente quiere, porque esa falta de conexión está destruyendo al país.


P. ¿Qué hace que la clase trabajadora marginada apoye tan fuertemente a Trump? ¿Qué ven en él?


R. Creo que él les proporcionó una interpretación de sus problemas. Es incorrecta, pero no completamente. Su postura agresiva contra China y el comercio internacional explica parte de la dislocación en la vida laboral de la gente, y su ataque contra los oligarcas y élites de la costa este, aunque él mismo pertenezca a ese grupo, señala élites verdaderamente desconectadas. Recuerda el comentario de Hillary Clinton sobre los “deplorables”.


                        Clinton: Trump supporters in 'basket of deplorables...

https://m.youtube.com/watch?v=OZHp4JLWjNw


P. Por último, si pudiera aconsejar a Trump, ¿qué le recomendarías para mantener a Estados Unidos próspero, inclusivo y competitivo?


R. Debería recordar que Estados Unidos fue construido por inmigrantes. Ha prosperado porque se convirtió en refugio para personas de todo el mundo, absorbiendo talento y capacidad global. Abrió sus puertas a quienes sufrieron la hambruna irlandesa, conflictos y violencia. Creó algo único en la historia mundial: mientras hay una identidad étnica inglesa, francesa o alemana, la identidad estadounidense se basa en la lealtad a la Constitución. Eso ha sido crucial. Si lo destruyes, destruyes la esencia del país.




https://elpais.com/us/2024-11-02/james-robinson-ni-harris-ni-trump-tienen-una-politica-efectiva-para-lidiar-con-al-desigualdad.html




Por qué fracasan los países? El nobel James A. Robinson lo explica • FRANCE 24 Español

https://m.youtube.com/watch?v=vgbE1M6xOK8&pp=ygUbamFtZXMgcm9iaW5zb24gcHJlbWlvIG5vYmVs



Economistas ganadores del Nobel advierten que un segundo mandato de Trump impulsaría la inflación

https://m.youtube.com/watch?v=kgWzH176Byo&pp=ygUmcHJlbWlvIG5vYmVsIGphbWVzIHJvYmluc29uIHRydW1wIDIwMjXSBwkJsgkBhyohjO8%3D



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Richard Ford en 2015: Donald Trump, no representa una amenaza. Nunca será elegido



Fernando Savater: Me tomaría a Donald Trump en salsa agridulce antes que comerme una chuleta de caballo.



N. K. Jemisin: Negros y latinos, gente pobre con trabajos basura, votaron a Trump, porque creen que esos blancos son mejores que ellos.


12/04/2026


miércoles, 28 de mayo de 2025

La Aurora de Trump en la USA gloriosa

 

En marzo del año pasado, The Economist apenas se lo creía. "¿En serio?", se preguntaba. En serio.Tomado de Xataka




Hay un problema moral en Estados Unidos y no es solo Trump


En más de un sentido Estados Unidos está hoy como Venezuela estaba hace 25 años: polarizada, dividida, con la mitad de los votantes atrapada por el resentimiento e hipnotizada por un demagogo mesiánico y ególatra

Elecciones en Estados Unidos

Un seguidor de Trump vestido como el Tío Sam le mostró su apoyo durante un mitin.

MARY ALTAFFER (AP)

BORIS MUÑOZ

OCT 20, 2024 - 00:15 EDT

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El jefe de policía de Aurora, Colorado, dijo: “La visita de Trump es una oportunidad para mostrarle a la nación que esta es una ciudad considerablemente segura y que no ha sido invadida por una banda venezolana”. El alcalde republicano dijo: “La verdad es que la preocupación por la actividad de las bandas venezolanas ha sido groseramente exagerada”. El gobernador demócrata apuntó en la misma dirección que los otros funcionarios. Pero el candidato presidencial republicano llegó a Aurora prometiendo rescatar a esa ciudad de 400.000 habitantes de la invasión de “criminales viciosos y sedientos de sangre”.


El rescate se llama “Operación Aurora” y consiste en resucitar una anciana ley, el Acta de Enemigos Extranjeros de 1798, que le da al presidente el poder unilateral de cazar, detener y deportar masivamente extranjeros —o incluso recluirlos en campos de concentración— apenas llegue a la presidencia. Basta con ser un inmigrante no ciudadano etiquetado como delincuente. Para Trump, la ciudad es una “zona de guerra” del “crimen inmigrante”.


Aunque la falsedad de estas afirmaciones ha sido comprobada, Trump ha seguido machacando esta violenta retórica antiinmigrante como el mantra de su campaña.


Ya se sabe lo que hay detrás. El expresidente ha centrado toda su carrera política en la creación de un enemigo interno para agitar el sentimiento nacionalista, la paranoia y la xenofobia latente en la sociedad estadounidense. Sabemos cuál es el guion de la película de fantasía apocalíptica que Trump lleva años sembrando en la mente de los ciudadanos: Estados Unidos es un “país ocupado” y a punto de ser conquistado por una invasión de millones de migrantes —a los que llama “animales”, “criminales”, “terroristas” y “enfermos mentales”—, una invasión bárbara. Su rival demócrata, Kamala Harris, a quien etiqueta como marxista de extrema izquierda, quiere entregar el país a los bárbaros. Solo él puede salvar a la nación y devolverle su grandeza.


Aunque en los últimos años ha habido una crisis migratoria impulsada por una variedad de razones, todo lo anterior es una patraña, cuyas mentiras flagrantes han sido refutadas sin cesar. Más o menos la mitad de los votantes que irán a las urnas el cinco de noviembre, lo tiene claro. ¿Pero qué hay de la otra mitad? ¿No es escandaloso que cerca de 50% de los votantes —vale decir medio país— haya sucumbido a una campaña de desinformación y falacias cuidadosamente orquestada?



El problema no es solo que esos votantes estén a punto de darle a Trump el inmerecido premio de una segunda presidencia, sino que con sus votos estén aprobando de modo voluntario una ficción basada en el odio al inmigrante y en una supuesta superioridad y pureza racial blanca que va contra vía de la multiplicidad racial y cultural del país. El riesgo de fondo consiste en premiar un proyecto de país deshumanizador que tendrá consecuencias de todo tipo. Siguiendo la torcida lógica trumpista, la primera de ellas es que los inmigrantes serán considerados seres de otra especie. No son iguales a “nosotros” — ”We the people”. Son inferiores, salvajes y degenerados que solo vienen a corromper a una sociedad virtuosa, la nación más grande de la historia.


Pero el guion va más allá de los inmigrantes, la xenofobia y el nacionalismo, a los que Trump acude como pivotes de campaña. Con su verbo incendiario, el candidato explota los bajos instintos, el tribalismo y la ansiedad cultural en un mundo de cambios vertiginosos, con miras a conseguir una patente para remodelar al país a la imagen y semejanza de los ideólogos de ultraderecha que lo acompañan.


Ellos, los Stephen Millers, los Steve Bannons y los Elon Musks de la hora, quieren deshacer tornillo a tornillo avances democráticos y derechos arduamente conquistados para reemplazarlos con un sistema altamente jerarquizado y discriminatorio en el que unos serán más iguales que otros. Son los cerebros de una reingeniería social reaccionaria. Comienza por el gobierno y sus instituciones, pero abarca todos los ámbitos de la sociedad, incluso las decisiones sobre el propio cuerpo, como lo evidencia el ataque contra los derechos reproductivos de las mujeres. Esta agenda lleva más de tres décadas en desarrollo, pero su acelerado avance solo fue posible gracias a Trump.


La clave del éxito de este hombre ha consistido en combinar en una sola figura al patán y al vengador. El primero normaliza la degradación, el ultraje, la mofa y el insulto; el segundo promete resarcir a todos los que, por causas legítimas o no, estén envenenados por algún tipo de resentimiento, algunos de ellos larvados de manera subterránea por décadas de creciente inequidad socioeconómica y guerras culturales.


Esta narrativa viene arrastrándose desde que Trump empezó su primera campaña presidencial en 2015 llamando a los mexicanos violadores, los “bad hombres”. De hecho, se ha convertido en parte del discurso público hasta llegar a ser aceptada sin mayores reparos por buena parte de la población. Y ahí está el detalle que no hay que pasar por alto. Según un reportaje del The New York Times, muchos de los votantes de Trump, incluso aquellos mejor informados, más acaudalados y educados, no creen que vaya a cumplir con las amenazas más radicales de su campaña.


Por ejemplo, no creen que vaya a instrumentalizar la justicia para perseguir y encarcelar a sus enemigos —lo que ya hizo en su presidencia—, o deportar masivamente a millones de migrantes indocumentados —lo que también llevó a cabo a razón de un millón por año—, o purgar el gobierno de quienes crean que perdió las elecciones de 2020.


Con extraordinaria candidez, muchos de los votantes de Trump se niegan a ver que sus exabruptos pueden convertirse en realidad apenas pise de nuevo la Casa Blanca. Prefieren, eso sí, pensar que los medios inventan o exageran, que Trump dice lo que dice para hacerse publicidad, que se trata de una estrategia retórica para asustar a sus adversarios.


Esto fue lo que le dijo Tom Pierce, un ex ejecutivo de finanzas, al reportero del Times, Shawn McCreesh, cuando le preguntó sobre los planes de Trump: “Él puede decir cosas y hacer enojar a la gente, pero cuando se da la vuelta dice, ‘No, no lo haré’. Es una negociación, pero la gente no lo entiende”. El autoengaño del señor Pierce es sintomático de lo que ocurre con buena parte de la sociedad estadounidense.


Como venezolano tengo algo de experiencia con amenazas que son tomadas por ardides para negociar. Como Trump, Hugo Chávez fue también un demagogo carismático y populista. Llegó al poder en 1999 prometiendo arrasar con la clase política que lo precedió, acabando con las “cúpulas podridas y corruptas”. Para echar abajo la democracia venezolana, copó el aparato del Estado con sus adeptos más fanáticos, al igual que hoy lo propone Trump. Los venezolanos le entregaron su voto a Chávez, a cambio él llevó a cabo una reingeniería total del país llamada revolución bolivariana e impuso el socialismo del siglo XXI.



JFK, Lincoln, Teddy Roosevelt, Franklin D. Roosevelt y Washington observan con espanto el ascenso de Trump, el 45º presidente de los Estados Unidos, meses antes de que se consumara su elección. El New Yorker contraponía la histórica dignidad y alta clase política de algunos de los presidentes más notables de la historia del país frente a las maneras zafias y demagogas de Trump.Tomado de Xataka


Un cuarto de siglo después, la que fuera una de las naciones más ricas de América Latina es un Estado fallido y, lo que es peor, una nación arruinada de la que huye todo el que puede. Ya sé que Estados Unidos no es Venezuela. No, no lo es, pero en más de un sentido Estados Unidos está hoy como Venezuela estaba hace 25 años: polarizada, dividida, con la mitad de los votantes atrapada por el resentimiento e hipnotizada por un demagogo mesiánico y ególatra, al que está a punto de darle un cheque en blanco.


La responsabilidad de quienes hemos vivido la destrucción de una democracia a manos de grupos extremistas, fanatizados y corruptos, es alertar sobre lo que vemos y señalar un mejor camino cuando este existe. En este momento, hay que decir que la barbarie no viene de afuera, es la que entrañan Trump y sus sicofantes al enarbolar una utopía reaccionaria que demanda el regreso a una nación pura gobernada por hombres blancos.


La democracia moderna está basada en un sistema de derechos y libertades no solo para algunos ciudadanos sino para todos, pero se suele olvidar que una sociedad democrática implica también deberes. Uno de los deberes principales del ciudadano es usar el pequeño gran poder del voto para conjurar el peligro inminente de que la democracia sea derribada desde adentro. Otro es ayudar a construir una sociedad más justa y equitativa. En eso consiste la grandeza de la democracia frente a los otros sistemas políticos, incluyendo la plutocracia racista y sexista que busca implantar Trump. En momentos en que el experimento democrático americano se encuentra al borde del abismo, no sobra recordarlo.


Como venezolano que vio caer la democracia en su país, sé lo urgente que es defenderla en Estados Unidos. Y como inmigrante latinoamericano que ha recibido muchas y grandes oportunidades en este país, no pienso dejar de cumplir mis deberes ni entregarle mis derechos a una falange de extremistas.

Haciendo a América grande otra vez. Pero no del modo en el que se refiere Trump. Sino de otro muy distinto. Todo simbolismo.Tomado de Xataka


Boris Muñoz es cronista y editor venezolano. Es curador de IDEAS de la plataforma BOOM y columnista de EL PAÍS. Fue fundador y director de opinión de The New York Times en Español.



https://elpais.com/us/2024-10-20/hay-un-problema-moral-en-estados-unidos-y-no-es-solo-trump.html


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Robert Darnton, director del sistema de bibliotecas de Harvard, a Boris Muñoz: "Encuentro que el contacto físico con libros antiguos es una verdadera inspiración"




































sábado, 6 de abril de 2024

Gabriel García Márquéz, el hijo del telegrafista de Aracataca: Los periodistas siempre han tenido el poder de llegar al poder

o La alergia por Boris Muñoz del Gabo

 



"Nunca en mi vida he hecho frente al espejo algo distinto a lo que hacen las demás personas. Nunca me he preguntado quién soy, porque siempre lo he sabido: soy el hijo del telegrafista de Aracataca", se definió el escritor colombiano en este reportaje exclusivo realizado en Manhattan a fines de la década del '90. En la charla, el autor de Cien años de soledad habla de su rutina cotidiana cuando escribe, de las mediocridades del periodismo actual y de sus múltiples tareas “invisibles” como operador político entre Estados Unidos y los países de América latina.




Octubre 1997

La alergia del Gabo; por Boris Muñoz




El mensaje terminante fue enviado con un amigo personal, luego de una semana de cartas infructuosas:


–Dile que, si es un verdadero periodista, él sabrá qué tiene que hacer.


Desde las nueve y media de la mañana, el periodista novato esperaba pacientemente sentado en un sofá del lobby del Hotel Mark. La voz en el teléfono de la habitación le había dicho: “Salió temprano. Usted sabe que se la pasa de agasajo en agasajo”. Pero algo le decía que estaba ahí, en su habitación, leyendo tranquilamente los diarios colombianos, que un hombre con bigotes de charro mexicano acababa de alcanzarle.


A las once y media el veterano Premio Nobel salió del ascensor y caminó hacia la puerta del hotel sin mirar a los lados y con el paso rápido del que no quiere ser descubierto. Iba abrigado con un saco de cachemira negro y, debajo, un suéter deportivo que dejaba ver el cuello de una camisa blanca con rayas negras. Unos diminutos lentes oscuros –redondos, de montura antigua– ocultaban sus ojillos de aceituna negra. La forma de vestir y los inesperados anteojos generaban un perfecto contraste con la celebérrima cabeza de rulos color ceniza y los bigotes de leche. Al borde de la puerta se detuvo. Por fin, después de todo: ahí estaba García Márquez. Era el primer día de un otoño resplandeciente y en las calles de Nueva York hacía un frío que calaba los huesos. El periodista novato dijo:


–Señor García Márquez. Mucho gusto. Lo estoy buscando para hacerle una entrevista.


–¿Para qué me quiere hacer una entrevista? En Latinoamérica hay una magnificación viciosa de la entrevista. Creen que todo el periodismo se reduce a la entrevista. No entienden que la entrevista tiene sentido sólo cuando el entrevistado tiene algo que decir. Y yo no tengo nada que decir. Es mejor que no pierda su tiempo conmigo –dijo buscando con la vista la enorme limusina plateada que lo transportaba a lo largo y ancho de la Gran Manzana.


Controlando su estado de nervios, el periodista novato se atrevió a responder:


–Usted sabe cuál es la misión de un entrevistador.


–Yo nunca en mi vida he escrito una entrevista. Puede buscar en todo lo que he escrito y, si encuentra una entrevista mía, tráigamela que se la compro. Cuando trabajaba como reportero me iba a los lugares, observaba muy bien a su gente, tomaba algunas notas en una libreta y al volver escribía todo, recreando la situación de memoria. Vamos a tener que invitarlo a los talleres de la Escuela de Periodismo para que aprenda algunas cosas del oficio.


–Pero los editores...


–Los editores –dijo elevando su dedo índice hacia el cielo– mándelos a la mierda.


–¿A la mierda? ¿Cómo?


–Bien lejos, a la mierda. Usted no tiene que hacer lo que quieren los editores. –Acto seguido, García Márquez miró su muñeca y se dio cuenta de que había olvidado su reloj en la habitación–. Mire, es muy tarde. Tengo una cita a las once y media y olvidé mi reloj por el apuro. ¿Usted conoce el significado de la palabra ocupado? Yo soy una persona ocupada y lo que menos me gusta es que me pongan en situación de decir que no. No me gusta que me obliguen a decir no.


Todo esto dicho sentenciosamente, mientras tomaba al novato periodista por el brazo y caminaba hacia la limusina.


–Pero usted sí tiene cosas que decir. La semana pasada se reunió con el presidente Clinton. Y el problema de la desertificación de Colombia, en el asunto drogas...


–Mi reloj... voy a llegar tarde. Vamos a hacer algo: espéreme aquí en el hotel. Cuando vuelva, hablamos quince minutos. No sé por qué no entienden que uno es una persona ocupada –alcanzó a oír el periodista novato, mientras la cara de García Márquez desaparecía tras el cristal oscuro de la limusina. Antes de arrancar, el chofer (el mismo hombre con bigotes de charro mexicano que dos horas antes le había hecho llegar a la habitación 1451 los diarios del día) salió del auto con un mensaje: “El maestro García Márquez le manda decir que no se vaya”.


LA ALEGRIA DEL GABO


El periodista novato volvió al mismo sofá donde había estado desde las nueve y media. El lobby del hotel parecía la trastienda de un mercado de puerto, donde empleados y turistas pasaban de un idioma a otro en sus monólogos superpuestos: del francés al inglés, del español al árabe, del alemán a un dialecto de la India. Después de cuatro horas, el conserje del hotel, un argentino con destrezas políglotas, se atrevió a expresar su solidaridad al periodista novato: “No se preocupe, tenga paciencia que los inmortales se hacen esperar”.


Era la una y media cuando la limusina se detuvo nuevamente frente a las puertas del hotel. Casi al mismo tiempo salió de uno de los ascensores Mercedes Barcha, la sabia esposa de siempre y quizás el más famoso de los personajes de la vida de García Márquez. Caminaba con el mismo afán de invisibilidad de su marido, pero con paso aún más rápido. En un segundo desapareció tragada por una de las puertas de la inmensa ballena blanca con ruedas. Un momento después apareció García Márquez, calzándose en la muñeca el reloj que había olvidado en su habitación, y dijo:


–Llevo dos horas angustiado pensando que usted está aquí esperándome. Me tuve que quedar más tiempo en el sitio donde estaba y ahora voy saliendo a almorzar. Venga a las cuatro en punto y hablaremos quince minutos. Sólo quince minutos, porque tengo que salir volando al aeropuerto. Pero sepa que así no es la cosa. Así no se hace periodismo. La entrevista no es esto. La mejor entrevista que yo he leído en mi vida fue la que trató de hacerle Gay Talese a Frank Sinatra. ¿Quiere que le cuente?


–Por favor.

Revista Esquire. Abril 1966. Frank Sinatra Has a Cold. Imagen tomada de El Portadista

–Sinatra citó a Gay Talese en un hotel de Las Vegas. Cuando Talese llegó, a Sinatra no se le ocurrió nada mejor que enfermarse. Durante una semana estuvo Gay Talese tratando de entrevistar a Sinatra y durante una semana Sinatra canceló encuentro tras encuentro. Eso es la entrevista de Talese: la historia de cómo no pudo entrevistarlo durante toda esa semana. Es la mejor entrevista que he leído. ¿Sabe cómo se llama? “La gripe de Sinatra”.


Ahora son las 3.55. El periodista novato está sentado en el mismo sofá que al principio. Ha revisado mil veces la lista de preguntas. Ha chequeado el funcionamiento del grabador. Se siente sin duda listo, aunque un poco agotado física y mentalmente por las horas de espera. García Márquez y su esposa irrumpen en el hotel. Antes de abordar el ascensor, Mercedes le recuerda a su esposo: “Gabo, no te tardes, recuerda que te estamos esperando arriba”. García Márquez toma asiento y mira su reloj una vez más.


–Bueno, ¿de qué vamos a hablar?


–Un segundo. Voy a encender el grabador.


–¡Ah, no, nada de grabadoras! La grabadora es la culpable de muchos de los problemas y desviaciones del periodismo actual. Si quiere, tome notas. Pero, por favor, guarde la grabadora. Cuál es la primera pregunta.


–A dos años del siglo XXI, ¿cómo ve usted la situación de América latina? Pobreza, drogas, violencia, corrupción... ¿seguiremos siendo un callejón de sueños sin salida?


–Sí. Seguiremos siendo un callejón de sueños sin salida. Así será.


–¿Lo dice de verdad?


–¿Qué quiere que le diga? Para contestar a esa pregunta hacen falta tantas horas que el producto de la conversación alcanzaría para llenar una enciclopedia de cuatro tomos. Siguiente pregunta.


–Desde hace algunos años la enseñanza del periodismo ha sido un interés central en su trabajo intelectual. ¿Por qué le preocupa tanto el periodismo? ¿Cuál es el papel que le asigna en la actualidad y en el futuro de Latinoamérica?


–Cada día nos olvidamos más de la ética. Las escuelas de periodismo enseñan todo lo que tiene que ver con el periodismo, menos el oficio. El reportaje, que es el género que amo, ha sido degenerado a la entrevista. El reportaje es la reconstrucción de un hecho tal y como sucedió en todos sus detalles. Y eso es cada vez menos frecuente en el periodismo: cada vez hay menos reportajes y reporteros en Latinoamérica.


–Pero se publican buenos reportajes en todos los países de América latina, y además, hay también excelentes especialistas en reportajes.


–Nómbreme uno.


–Sin ir más lejos en Colombia están Germán Castro Caycedo y Mauricio Vargas. Y aquí está Alma Guillermoprieto...


–Ah, pero usted me está haciendo trampas. Me está nombrando a los buenos, y ésa no es la regla sino la excepción.


–Pero el problema del periodismo no es responsabilidad exclusiva de los periodistas y las escuelas, sino también de una concepción contemporánea de los medios de comunicación.


–Los periódicos han priorizado el equipamiento material e industrial, pero han invertido muy poco en la formación de los periodistas. La calidad de la noticia se ha perdido por culpa de la competencia, la rapidez y la magnificación de la primicia. A veces se olvida que la mejor noticia no es la que se da primero, sino la que se da mejor. En otros casos, se le pide al periodista que escriba un reportaje y luego llega una publicidad y el reportaje se ve reducido a una columna. Lo que creo es que debemos volver a la vieja manera del oficio. Eso es lo que tratamos de meterles en la cabeza a los periodistas que van a Cartagena. Llevamos a periodistas de mucha trayectoria para que les hablen a los jóvenes desde su experiencia directa en los medios. La ética y el oficio son los ingredientes principales.


–Al leer sus crónicas recogidas en Textos costeños sorprende la naturalidad con que asumió el oficio de periodista. La crítica habla mucho de cuáles fueron sus influencias literarias pero poco o nada de sus influencias periodísticas.


–Es muy sencillo. El reportaje era para mí un género literario. Yo llegué al periodismo con vocación y aptitudes de escritor. Lo que hice fue aplicar al periodismo las mismas técnicas de la literatura. No hay otro secreto que ése. ¿Está tomando notas?


–Lo estoy grabando... Con la mente, no con el grabador, no se preocupe.


García Márquez no contesta, pero mira su reloj, y el periodista novato se apresura a pasar a la pregunta siguiente.


–Este año se cumplen cincuenta años de la publicación de su primer cuento, treinta de Cien años de soledad, quince del Premio Nobel. ¿Se ha detenido a pensar por un momento qué significa esto? En sus años de La Cueva de Barranquilla, ¿sospechó alguna vez que todas estaban grabadas en la palma de su mano?


–No tenía nada grabado en la palma de mi mano. Yo sabía cómo y qué quería hacer, y lo hice contra viento y marea. Quería contar historias reales o ficticias y siempre lo supe. Nunca he ganado un centavo sin la máquina de escribir. Nunca me dejé seducir por algo que no fuera lo que yo quería hacer: contar historias en el periodismo, la literatura o el cine. Lo de la fama, las ventas de libros y el dinero vino después de que hice muchos reportajes que nadie leía y escribí algunos libros que nadie compraba. He sido feliz, y el secreto de la felicidad ha sido hacer siempre sólo lo que me gusta hacer: contar historias.

Mercedes Barcha, esposa del Gabo,  Fidel Castro y Gabriel García Márquez, hacia 1985.
Fotografía de Rodrigo Castaño.
Tomada de Programa Ibermedia.


–Usted, que es mediador entre Washington y La Habana, ¿cómo ve en este momento las relaciones bilaterales? ¿Será posible un cese al bloqueo antes del año 2000, algo así como un borrón y cuenta nueva?


–Esa me parece una afirmación alegrona.


–¿Cuál?


–La de que yo soy mediador entre Cuba y Estados Unidos.


–Pero usted ha tenido varias reuniones con el presidente Clinton y es, además, amigo personal y cercano de Fidel Castro. Si no me equivoco, ha estado muy activo en los trámites de devolución del Canal de Panamá por parte de Estados Unidos. Y hace algunos años intervino para solucionar la crisis de los balseros cubanos...


–Nunca he sido mediador. Esa palabra es incorrecta.


–Al menos sí ha sido un observador...


–Observador sí, pero no mediador.


–Como observador, ¿considera usted que es posible poner fin al bloqueo?


–No lo sé. Lo único que sé es que ése es un bloqueo injusto y sin derecho. Tiene casi cuarenta años y no les ha servido para nada. El bloqueo de Estados Unidos sobre Cuba es un gran fracaso. Desde hace mucho tiempo. Cuba lo quiere tumbar, pero no hay señales del otro lado. A partir del día en que termine el bloqueo, la situación de los dos países fluirá instantáneamente. De eso sí estoy seguro.


–Dicen que hay dos tipos de escritores: aquellos para los cuales la literatura es una esposa y aquellos para quienes es una amante. ¿En cuál bando se ubicaría usted?


–¿Quién dice eso?


–Me dijeron que lo dijo Carmen Balcells, su editora.


–Se equivoca, Carmen Balcells no es mi editora, es mi agente literario.

El dictador cubano Fidel CastroGabriel García Márquez y su agente literaria Carmen Balcells en La Habana. Tomada de El País.


–Perdón, su agente literario. Pero ¿en cuál bando se ubicaría?


–Las mejores esposas son siempre las grandes amantes. La literatura es mi esposa, mi amante, mi tía, mi hija y mi abuela.


–Si tuviera que contar una historia de amor en este momento, ¿cómo sería?


–Ya la he contado.


–El amor en los tiempos del cólera, por supuesto. Pero si tuviera que contarla en este momento...


–La contaría igual. Sólo que esta vez, en lugar de narrar su vida hasta los setenta años, la narraría hasta los noventa.


–Todo escritor tiene una historia que siempre ha querido escribir y que tal vez nunca escribirá. En su caso, ¿cuál es esa historia?


–Me surgen ideas a cada rato. Pero no tomo notas, porque si tomo notas les presto más atención a las notas que a la historia. Muchas de las ideas se van, otras siguen dándome vueltas. Las que resisten esa prueba son las que escribo. La historia, cuando es buena, se impone por sí misma.


–¿Y cómo ve el amor en este momento?


–Igual que a los quince o dieciocho: como la cosa más maravillosa sobre la Tierra.


–Usted ya no tiene quince ni dieciocho. ¿No ha cambiado el tiempo su ideal del amor?


–No crea que hay tanta diferencia. Como dice un amigo mío, que tiene ochenta años: el índice de mortalidad infantil es muy elevado, mientras las tasas de longevidad crecen día a día. El amor mueve con la misma fuerza a cualquier edad.


–Es cierto. ¿Se enamora usted todavía? ¿Se ha vuelto a enamorar?


–Y qué tal si yo le dijera que eso pertenece a mi vida privada. ¿O usted es un paparazzo?


–¡He estado esperándolo en la misma silla del lobby de este hotel hace ocho horas, y con su autorización!


–¿No será un paparazzo de esos que buscan detrás de la vida de la gente para...? –siguió García Márquez, ignorando al periodista novato, y desenredando el aire con los dedos, como si su mano nadara en una piscina imaginaria.


–No, no soy paparazzo. Soy estudiante y periodista. ¿Qué hace en el momento justo antes de sentarse a escribir?


–He logrado una rutina. Me despierto a las cinco de la mañana. Leo en la cama entre las cinco y las siete. A las siete me levanto, me baño y tomo el desayuno. Después me visto, como un empleado de banco que va a la oficina, y me siento a escribir. Escribo siempre vestido, nunca en pijama. Apenas me siento, reviso lo que hice ayer y continúo escribiendo lo que estaba haciendo. Porque al terminar el día anterior ya sabía por dónde seguir. Es una rutina que cumplo todos los días, no importa dónde esté, pues no sufro de bloqueos ni del terror a la página en blanco. Trabajo siempre hay y muchísimo.


–Entonces, ¿cuál es su mayor problema al escribir?


–El mayor problema es saber cuándo uno se miente a sí mismo. Porque cuando te mientes a ti mismo le mientes al lector, y la mentira es algo que el lector nunca perdona.


–¿Se ha descubierto mintiéndose a sí mismo?


–Todos los días. A veces estoy escribiendo y me detengo y me digo: “Mmm, por aquí no es la vaina. Esto no me suena”. Entonces vuelvo atrás y empiezo de nuevo. Hay que tener cuidado, porque mentirse a uno mismo es lo más peligroso que hay para un escritor.


–¿Sigue preguntándose cada mañana frente al espejo quién es y cuál es su lugar en el mundo?


–Nunca me he preguntado quién soy, porque siempre lo he sabido. Soy el hijo del telegrafista de Aracataca. Por cierto, ¿de dónde sacó eso?


–Lo leí en una crónica de Fernando Quiroz que cuenta las rutinas de Gabriel García Márquez.


–Nunca en mi vida he hecho frente al espejo algo distinto de lo que hacen las demás personas. Lo que pasa es que Fernando tiene mucha imaginación y, por supuesto, derecho a usarla.


–Entre Relato de un náufrago y Noticia de un secuestro hay cuarenta años de distancia. ¿Cómo juzga el veterano escritor Gabriel García Márquez al reportero novato, feliz e indocumentado que recogió el testimonio de aquel sobreviviente?


–No entiendo.


–¿Piensa que el reportero novato que escribió Relato de un náufrago hubiera podido escribir Noticia de un secuestro?


–Sí, pero hubiera necesitado los tres años de dedicación absoluta que me tomó a mí Noticia de un secuestro. Relato de un náufrago se escribió en los mismos catorce días que duró el naufragio. Entrevistaba al náufrago por la mañana y durante el resto del día escribía artículos y editoriales. Tenía una presión bárbara. En Noticia de un secuestro tuve todo el tiempo del mundo para investigar y verificar los datos. Mi amigo Antonio Caballero dice que el libro es un reportaje en todo, excepto en una cosa: la falta de presión del cierre que define al reportaje como género. Si tuviera que escribir hoy Relato de un náufrago, lo escribiría igual. Y creo también que, si aquel joven que lo escribió hubiera tenido tiempo y dinero, habría podido escribir Noticia de un secuestro.


–Pero aquel periodista sin la fama y el prestigio de los que goza usted hoy en día no hubiera podido acceder al poder de la misma forma que usted lo hizo.


–No creas. Los periodistas siempre han tenido el poder de llegar al poder. Es cierto que antes era más fácil que hoy en día hablar con un presidente. Pero claro, muchos de los presidentes con los que tengo que hablar son menores que yo. Y eso sin duda me da una ventaja a la hora de llegar a ellos.


–¿Cuál es la frontera que separa al periodismo de la literatura?


–La realidad es el límite. La literatura es, para usar una expresión de nuestra época, la realidad virtual. Pero hay que ser verosímil en los dos campos. La diferencia es que en el periodismo, además, hay que ser fiel a los hechos.


–Le hago esa pregunta porque hay un texto suyo que aparece en un libro como crónica y en otro como cuento.


–¿Qué texto?


–Se llama “Cuento de horror para la noche vieja” y relata su visita y la de su familia a un castillo de Miguel Otero Silva, ubicado en la Toscana. El castillo estaba habitado por fantasmas. Si mal no recuerdo, usted contaba que había dormido en una habitación de la planta baja pero a la mañana siguiente se despertó con su esposa en el segundo piso y en la misma cama donde el antiguo dueño del castillo había matado a su amante. Ese relato aparece como cuento en Doce cuentos peregrinos y como crónica en Notas de prensa: 1980-1984.


–¡Ah, pero eso no es periodismo! Son notas de prensa... y no sólo esa historia, sino todo el libro está lleno de fantasmas. Además, voy a confesarle algo, todo lo que cuento allí ocurrió en verdad. Es una lástima que Miguel Otero Silva no esté aquí para verificarlo.


–Por cierto, ¿qué está escribiendo actualmente?


–Estoy escribiendo tres historias cortas. Bueno, no tan cortas: de unas 200 páginas cada una. Son historias que quería escribir antes de Noticia de un secuestro. Estaban en la cola, pero sólo ahora he podido entrarles de frente. Pero no se preocupe por escribir esto: no es una primicia. Ya ha sido publicado en todo el mundo y en todos los idiomas.


–¿De qué tratan?


–Son historias de amor entre personas con grandes diferencias de edad.


–¿Una mujer muy joven con un hombre muy viejo?


–Una mujer mayor con un hombre joven.


–¿Podría contar algo más?


–No puedo porque se me empavan.


–¿No es cierto que una de esas historias es el relato de una mujer que todos los años va a una isla a visitar en un cementerio los restos de su madre, y que en esos viajes le es infiel a su marido con un hombre distinto cada vez?


–¡Cómo supo eso!


–Usted mismo lo contó ante una audiencia de estudiantes en la Universidad de Georgetown, en Washington.


–Ah, sí... Pero lo que conté no tiene nada que ver con el resultado final de la historia. En realidad, conté una cosa distinta de la que estoy escribiendo. Esa es una técnica que tengo para probar las historias, que me permite ver las reacciones de la gente: saber qué están pensando, cómo sienten un argumento, si lo que les cuento los hipnotiza.


–¿Escribe doble, entonces?


–Alvaro Mutis, quien siempre lee primero que nadie lo que escribo, a veces me dice, cuando le llevo la versión final de un texto: “Ah, pero tú sí que eres cabrón; esto no fue lo que me contaste”.



–Hay una película que trata de dos amantes que se reúnen una vez al año en una isla, secretamente, para amarse. Los amantes son Jack Lemmon y Shirley Mac Laine, la película se llama El año que viene a la misma hora.


–Los actores son Alan Alda y Ellen Burstyn y no hay ninguna isla. Como ve, conozco la película. Pero en estos tiempos sabemos que no es la originalidad lo importante, sino la manera de contar la historia. Antígona y Prometeo... Cada siglo se vuelven a escribir los grandes mitos de la antigüedad griega porque son historias inmortales.


–Vuelvo a la primera pregunta de este reportaje: a dos años del siglo XXI, ¿cómo ve la situación de América latina?


–Lo único que me interesa es que Latinoamérica vaya adelante y no para atrás. Estamos en busca de la felicidad. Pero por favor no me pongas a hacer teoría política porque hace tiempo que nadie cree en ella, y en estos días nadie sabe qué se debe y qué no se debe hacer. La única certeza es que los latinoamericanos estamos en busca de la sociedad feliz.


–Una pregunta más. ¿A qué se debe que los escritores, pese a todas las debacles, sigan conservando el prestigio y autoridad que los políticos y los otros líderes de la sociedad han perdido?


–Un buen escritor, un buen artista, logra perpetuarse cuando se identifica plenamente con determinada realidad, cuando es un personaje de su lugar y su tiempo...


–“Yo soy yo y mi circunstancia”, como decía Ortega y Gasset...


–Eso lo dice usted, no yo. Usted está interpretando lo que yo digo. Yo no citaría ese ejemplo.


–¿A quién citaría?


–A Dante, Cervantes y Juan Rulfo. Me están esperando arriba desde hace rato –dijo García Márquez mirando el reloj por última vez.


–Una pregunta más.


–Hace una pregunta me dijiste “una pregunta más”, y con ésta son dos. Recuerda: lo más difícil de una entrevista no es saber por dónde empezarla sino dónde terminarla.


–¿Cómo se ve a sí mismo en este momento?


–Más simpático y más guapo que nunca.


Parecía un final jocoso, pero tenía a la vez algo solemne. Los dos personajes se levantaron de sus asientos y se estrecharon las manos en señal de despedida. Eran las 4 y 40 de la tarde: los quince minutos establecidos se habían multiplicado por tres. Un poco confundido, el periodista novato volvió a su asiento para poner las cosas en su sitio, mientras García Márquez permanecía infinitos segundos de pie con las manos en los bolsillos de su saco de cachemira negro, como esperando un ascensor invisible. No se miraban, aunque tampoco se decidían a moverse. Por fin, García Márquez volvió a extender la mano:


–Ahora sí me tengo que ir.


–Nos volveremos a ver.


–Bueno, pero no hoy, ¿verdad?


*Boris Muñoz es periodista e investigador venezolano.


Tomada de Página 12



*******





Historia secreta de una entrevista


"García Márquez transformó la conversación en una clínica sobre la entrevista reprochándome con severidad paternal no conocer bien las técnicas y la ética del mejor oficio del mundo".

Por:

Boris Muñoz


17 de Abril de 2014


Fui a encontrarme con García Márquez en el hotel Mark de Nueva York, la mañana de un lunes de mediados de otoño. Yo iba con la excusa práctica de buscar una corbata que le había prestado a Jaime Abello y que Gabo ya había calificado como la más fea del mundo, pero mi verdadera intención era entrevistarlo. Tomás Eloy Martínez había sido el otro cómplice en la jugada. En mi mente había visualizado la ocasión en sus más mínimos detalles: un encuentro muy amigable en el que el maestro se entregaba a mis preguntas encadenando anécdotas y frases geniales una tras otra. Todo concluiría con García Márquez dedicándome con dibujos y fórmulas de afecto algunos de sus libros más importantes que yo llevaba en mi morral de estudiante.


Tomás Eloy me había prevenido que iba un poco de mi cuenta, pero nada me había preparado para lo que encontraría. García Márquez estaba renuente a dar la entrevista y tuve que arreglármelas para vencer dos obstáculos muy serios que se atravesaron en mi camino. Primero la negativa inicial que me dio con las más variadas excusas y luego mi propia duda entre si aceptarla e irme derrotado o tomar la situación como un desafío e insistir hasta lograrlo.  Opté por lo segundo, de modo que toda la mañana se convirtió en un forcejeo. Usé todos los trucos posibles desde invocar a los amigos comunes hasta decirle que aquel era un encargo especial de mis editores en el diario El Nacional –a lo que el respondió: “!A los editores mándalos a la mierda!”– y nada parecía funcionar.


Cuando estaba a punto de desistir, él quizás percibiendo el tamaño de mi decepción o tal vez viendo que estaba decidido a lograr mi objetivo, me mandó a decir con el chofer de su enorme limosina blanca que lo esperara porque sí me daría la entrevista. Esa fue la primera parte de la lección magistral de periodismo que recibí aquel día. La segunda parte fue la entrevista misma. Por voluntad propia, García Márquez transformó la conversación en una clínica sobre la entrevista reprochándome con severidad paternal no conocer bien las técnicas y la ética del mejor oficio del mundo. Empezó reprobando el uso del grabador, siguió corrigiendo y editando las preguntas que le formulaba y concluyó ofreciendo una cátedra sobre el estado actual –en 1997– del periodismo latinoamericano y la importancia que en ese contexto tenía la FNPI.


Durante todo nuestro tenso diálogo, sin embargo, sentí que, ya fuera prestándole concentrada atención a sus palabras como lo hice o provocándolo con mis preguntas, fui ganándome su respeto o, al menos, su consideración, hasta que por fin entramos en una conversación franca y sin reticencias. Esto último no se lo debo tanto a él como a un instinto periodístico que se despierta cuando ciertas situaciones nos ponen a caminar por el filo de la navaja. La misión que yo me había autoasignado era entrevistarlo, pero en el trayecto de las siete horas que tuve que montarle guardia para lograrlo entendí que la verdadera misión estaba dispersa en las preguntas que yo quería hacerle, preguntas que de alguna manera reflejaban mis propios intereses.


Y eso fue lo tercero que aprendí durante aquella mañana, una entrevista de personalidad y actualidad como la que yo pretendía hacer siempre debe estar sustentada en la búsqueda del conocimiento original, a través de un cierto grado de confrontación y eso obliga al entrevistador y al entrevistado a ir más allá de sus propios lugares comunes. Me fui del Hotel Mark en un gran estado de nerviosismo y excitación, sin que Gabo me firmara ninguno de sus libros. Pero a cambio me había dado una lección magistral sin que yo la buscara y, tal vez, sin que él se lo propusiera. Incluso al prohibirme grabarlo, me había hecho el favor de obligarme a observarlo todo con detalle y a anotar sus respuestas con la mayor precisión pero prescindiendo de artificios y florituras.


Fue una lección sin grandes prédicas, sino a través del ejemplo y abarcó los campos centrales del oficio: la ética, la técnica y la práctica. Una de las lecciones más importantes e inolvidables que he recibido en mí vida como oficiante de este difícil, pero amado oficio


Tomada del Centro Gabo



Boris Muñoz cuenta cómo fue entrevistar a Gabo en Nueva York
187 visualizaciones  6 dic 2017


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