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sábado, 8 de mayo de 2021

Francisco Ibañez: Encadenado a Mortadelo y Filemón y a sus otros personajes

Por Javier Pérez Andújar





Francisco Ibañez. Encadenado a sus personajes

Es el único superviviente de su generación de dibujantes. Ha llegado al éxito acompañado solo por sus criaturas

JAVIER PÉREZ ANDÚJAR - 29/04/2016 - Número 31

 


Es esa manera que tiene Ibáñez de representarse en sus historietas: sentado, adosado a la mesa de dibujo para la eternidad, su cigarrillo, la ceniza, un caracol que deja el rastro de baba de los días en el curro, que carga con la espiral del trabajo, unas gotas de sudor derritiéndose en su calva inmensa, la espalda encorvada por el peso de las entregas, sus gafas cuadradas en forma de viñetas, mirando la vida detrás de los cristales como un hombre tímido, acaso apocado, sin entender que, siendo lo más, su carácter le sujete en lo poco; la camisa blanca de Ibáñez, el bolsillo con los bolígrafos que asoman igual que asoman los puros por la chaqueta del jefe, los brazos arremangados porque va al dibujo como se va a la obra (Nadal, no; Nadal, el de las chicas modernas y Pascual criado leal, era un estiloso, trabajaba con los puños vueltos, y por ahí se le pasaba la elegancia al trazo); pero Ibáñez tiene ese apellido terminado en “z” de las clases que llenan los listines telefónicos de las ciudades. Barcelona es una ciudad de un millón de tebeos y hay un hombre en Bruguera que los dibuja todos: Francisco Ibáñez, un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo. El tebeo es un gran invento



Ibáñez llega al cómic desde el mundo del trabajo, lo hace muy joven y contraviniendo a sus padres, que se espantaron cuando dejó el empleo estable del banco. Ibáñez prefiere el trabajo al empleo (Vázquez, ni lo uno ni lo otro, prefiere dibujar Anacletos en la cárcel a cumplir cualquier obligación). Todo el universo de Ibáñez está hilvanado por el mundo laboral: la chapuza, la incompetencia, el escaqueo, la tirria entre jefes y empleados...




El verdadero protagonista de la obra de Ibáñez es el trabajo. Desde Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio hasta esas oficinas donde trabajan, incluso se diría que viven, el botones Sacarino, Ofelia, Pancracio Trapisonda... Pero es que también es así Bruguera: una empresa familiar que ha enfermado de elefantiasis, una empresa del franquismo donde por encima de la gestión manda la jerarquía. Quizá el único personaje de Ibáñez sin oficio ni beneficio, ni domicilio reconocible, sea Rompetechos, fiel al viejo espíritu del Pulgarcito, donde campan a sus anchas el Gordito Relleno, Cucufato Pi, Doña Urraca, Casildo Calasparra..., gente que simplemente va por la calle a ver qué le pasa. Habrá que esperar a que se hunda Bruguera, a que el devorador desempleo juvenil de los años 80 se convierta también en el paro de los veteranos trabajadores de esta factoría (empleados, novelistas, dibujantes...), para que Ibáñez cree, rescatado por Ediciones Junior, a Chicha, Tato y Clodoveo, de profesión sin empleo (pero estos no serán sino la metamorfosis, por este orden, de Filemón, Rompetechos y Mortadelo).



Bruguera, capital del dolor

Tras la Guerra Civil, a la editorial Bruguera había ido a parar un buen puñado de rojos en busca de un trabajo. Escobar (creador de Carpanta, Petra, Zipi y Zape y cuyo tema es el hambre, como en Ibáñez lo es el trabajo) era un funcionario republicano purgado. Peñarroya (autor de Don Pío, el Gordito Relleno, Pepe el Hincha, retratista de la tristeza de la clase media) había combatido en defensa de la República. Marcial Lafuente Estefanía, el prolífico escritor de novelas del Oeste, fue general de artillería del ejército republicano. El mismísimo Rafael González, coordinador general de la editorial Bruguera, director de la revista Pulgarcito y otras cabeceras, el que concibió la mayoría de aquellos personajes y la sainetesca manera en que hablaban, era un periodista republicano que se había tenido que tragar todos sus ideales para ponerse del lado de la censura franquista, a cambio de garantizarles una seguridad a su mujer y sus hijos a los que apenas veía porque había cambiado el encierro en la celda por el encierro en la oficina. Rafael González sale retratado a menudo en las páginas de Ibáñez. Es, por ejemplo, el dire del botones Sacarino, pero esta caricatura no le gustó a González y obligó al dibujante a cambiarla. Aun así, de vez en cuando aparece alguien en sus historietas que se le da un aire. Siempre el gesto agrio, siempre la voz levantada, siempre los ojos torvos, siempre el puñetazo en la mesa. El jefe. El trabajo.



Bruguera había recogido a todo este carnaval de almas derrotadas no por humanitarismo sino para exprimirles al máximo aprovechándose de su necesidad y de su indefensión. Y porque a fuerza de explotación y de usurpación de derechos los dibujantes se sienten como gusanos, las viñetas de Ibáñez están plagadas de gusanos, de lombrices, de ratones, de caracoles que se arrastran.



Los trazos comunicantes

Las bocas de Ibáñez. En ellas se encierra toda la expresividad de sus personajes, desde la mota negra con la que Sacarino dice “¡Sopla!” y “¡Resopla!” hasta la gran muralla de dientes que de pronto cruza el rostro de Pancracio Trapisonda, de Filemón, de los tratantes de animales de Ande, ríase usté con el arca de Noé... El sarcasmo, el aborrecimiento del envenenado mundo laboral de aquella dictadura estaba en esos dientes que Ibáñez dibujaba alineados como la cinta de balas de una ametralladora, permanentemente dispuestos al escarnio, a la alusión directa. Luego están las otras bocas, las simas profundas, el inmenso pozo negro que se abre temblando en Otilio, en Mortadelo... cuando salen corriendo. Pero en una sociedad de la que no hay escapatoria, el sino de un personaje es huir. “Calle y corra, jefe” es lo que exclama Mortadelo en cada última viñeta. España se había convertido en el lugar del “calla y come”, pero Ibáñez, condenado a la inmovilidad y al agradecimiento, condenado a perpetuidad al dibujo, tiene también un oído prodigioso y solo necesita una letra para transformar la frase en “calla y corre”. Lo está explicando a gritos.


Mayo de 1951, grupo de Editorial Bruguera
Algunos de los mencionados artistas se encuentran de pie:
(de izquierda a derecha) Vernet, Giner, Flaqué, Francisco Bruguera,
Cifré, Ángel Duque, Peñarroya y Jose García


Por eso sus personajes andan continuamente con los puños apretados. Por supuesto, el intratable Don Pedrito, que está como nunca, y no digamos Rompetechos, que es el Quijote de Bruguera. Porque del mismo modo que don Quijote confunde los rebaños con ejércitos, Rompetechos jamás va a entender lo que ve, y asimismo en todos los lances acabará apaleado. Los lectores dicen que Rompetechos es las más desternillante de todas la creaciones de Ibáñez. También es la más cervantina, mucho más que Mortadelo y Filemón, que no tienen nada de Quijote y Sancho, ni tampoco de Holmes y Watson. En realidad no son más que un remedo de las hermanas Gilda, como buena parte de la obra de Ibáñez lo es de la de Vázquez por imposición de Rafael González. El jefe. El trabajo.

Mortadelo y Filemón, Pulgarcito nº 1394 (1958)


Épocas de Mortadelo y Filemón

Mortadelo y Filemón se convierten en las estrellas del tebeo español prácticamente desde el momento en que aparecieron, a finales de los años 50. Antes lo habían sido Roberto Alcázar y Pedrín. La historia se repite en forma de historieta. Hay tres épocas en Mortadelo y Filemón. Es en la primera cuando comparten piso a la manera de las Hermanas Gilda, incluso lo tienen amueblado al mismo estilo, el mismo sillón de lectura de la viñeta inicial. Es cuando la serie se llama Mortadelo y Filemón, agencia de información. Las aventuras son cortas, una o dos páginas, y jefe y subordinado están solos en el mundo como la mayoría de los personajes de Bruguera, como se había quedado aquella España autárquica.

Mortadelo y Filemón se convierten en las estrellas del tebeo desde el momento en que aparecen

Muy pocos personajes de Bruguera lograrán crear un universo propio. Claro, Sir Tim O’Theo y los moradores de Bellota Village, o Mortadelo y Filemón en su segunda época, al irrumpir la TIA. Es cuando llegan el superintendente Vicente (que anticipó los rostros de Miguel Ángel Revilla y Raúl Alfonsín), el profesor Bacterio, la secretaria Ofelia, las entradas secretas, las contraseñas inolvidables (“Hay hombres con bigote que tienen cara de hotentote”). Es entonces, a finales de los años 60, cuando Mortadelo y Filemón se hacen con el trono de Bruguera y acaban teniendo una revista propia con el nombre de Mortadelo, que desbancará al resto de la cabeceras.Esta es la época de las rayitas, de cuando Bruguera importa historietas de Pilote, y Rafael González quiere implantar el estilo francobelga en la redacción y le exige a Ibáñez mucho detalle en los dibujos: “Ponga usted más rayitas, más arruguitas”, le conmina. Las aventuras de Mortadelo y Filemón ahora son largas y aparecen en entregas de cuatro páginas. Están pensadas para publicarse juntas en forma de álbum, al igual que Astérix.Pero a quien copia Ibáñez no es a Uderzo, sino a Franquin. Un montón de viñetas de Spirou aparecen minuciosamente reproducidas en las historietas de esta época. Incluso el botones Sacarino es un calco de Spirou y de Gastón el Gafe. A la vez que le exigen a Ibáñez un dibujo más rico en detalles, le imponen más producción. Atado a la mesa, le faltan manos para dibujarlo todo. Fuma y trabaja sin parar. No le da tiempo a pensar y por eso va mirando en los tebeos belgas, para tomar el estilo, el detalle, la viñeta entera, lo que haga falta en ese momento. Tiene puesta debajo del taburete la bomba de relojería de la fama.

La broma infinita

En los años 80 Bruguera se desploma y desaparece, los originales de los que desposeyó a sus autores aparecen entonces tirados en los contenedores de basura. Y encima poco después cae en picado toda la industria del tebeo. Sin embargo, Ibáñez se ha convertido ya en un mito y sobrevive al naufragio. No deja de producir Mortadelos a troche y moche en medio del desastre. En los pisos más cutres del barrio chino de Barcelona hay agencias con jóvenes dibujantes haciendo de negros, encorvados ante una mesa de luz para calcar los disfraces y los gestos de antiguos Mortadelos y así montar nuevas aventuras. Aunque tal vez no se les deba llamar disfraces, pues Mortadelo se transforma. En elefante, en conde Drácula, en bicicleta de cartero... Esto lo ha tomado también de Vázquez, de cuando por ejemplo Rosendo Cebolleta se siente tan humillado que se convierte en lombriz sin perder su rostro y su bigote. Pero de Vázquez, Ibáñez va a heredar por encima de todo la idea de una casa sin fachada, que acabará llamándose 13, rúe del Percebe. Y como muestra de eterno reconocimiento, o como expiación eterna, instalará a Vázquez en la terraza en forma del personaje del moroso. El alzado de ese edificio solitario, estrecho, alto y frágil a la vez, evoca al solitario edificio que tenía Bruguera en medio de un descampado sobre una loma, donde el barrio de Gracia se hace montaña.

Es esa, que llega hasta hoy, la tercera época de Mortadelo y Filemón. Los personajes ya no pertenecen a nada, ya no tienen una revista, un entorno gráfico, y por eso Ibáñez recoge los temas del periódico. Porque han perdido su mundo propio, recurre a la actualidad. Cada año, un asunto con tirón: los juegos olímpicos, la corrupción, las elecciones...

Ibáñez ha trabajado a destajo y se ha liberado de la esclavitud y de los negros. Ha alcanzado el éxito, pero ha llegado a él totalmente solo. Es el único dibujante de su generación al que todo el mundo reconoce. Es un motivo de orgullo, pero también una condena. En todo superviviente hay una injusta sombra de traición. Hoy es el rey Midas de las ferias del libro. Cuando le preguntan, siempre repite contrariado que prefiere trabajar a opinar del trabajo. En una legendaria entrevista publicada en el fanzine U, el hijo de Urich, le preguntaron por qué eligió de joven la profesión de dibujante: “Supongo que me gustaría. Entonces me gustaría todavía, claro”, fue su respuesta.

Tomado de AHORA.



Ibáñez: "Envidio a mis propios personajes, no nos parecemos en absoluto"



DE LA 13 RUE DEL PERCEBE A MORTADELO: LA EDITORIAL BRUGUERA




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JAVIER PÉREZ ANDÚJAR

Javier Pérez Andújar nació en  San Adrián de Besós en 1965. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Barcelona. Su primera novela apareció en 2007, y sorprendió por su originalidad: Los príncipes valientes, a la que siguió y Todo lo que se llevó el diablo y Paseos con mi madre. También ha editado y prologado las antologías de relatos fantásticos Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos y La vida no vale nada. Fue colaborador habitual de L’hora del lector de TV3 y en la actualidad colabora en el diario El Periódico.

Tomado de Escritores. ORG



domingo, 2 de septiembre de 2018

Javier Pérez Andújar: España es el país que ha convertido el hambre en su propia historia y en su propia literatura


Niños comiendo uvas y melón



BARCELONEANDO


España es el país que ha convertido el hambre en su propia historia y en su propia literatura


Establecimiento de bocadillos en Barcelona. Carlos Montañés.


Javier Pérez Andújar

Sábado, 25/08/2018 |


Me he pasado el verano a base de bocadillos, es decir, leyendo tebeos. En otros sitios a los bocadillos les llaman globos, y también les dicen nubecillas, porque son como bocanadas de humo. En esto último los italianos están muy acertados, la 'finezza' siempre será de ellos. Todo lo que se dice hoy acaba en humareda. A lo mejor, porque todo es humo hemos inventado los cigarrillos electrónicos; para vernos reflejados, agarrados a esa especie de micro mientras nos evaporamos por la boca. No es necesario encerrarse en una buhardilla para verlo, el retrato de Dorian Gray son los demás, lo dijo Sartre, pero en dantesco. Hoy nadie da un duro por el viejo Polifemo existencialista. Se equivocó en todo menos en la manera de escribir, y ahora no se leen las palabras sino a las personas.






En España la historia nos ha tratado de otra manera. Somos más gente de bocadillos que de globos, o de nubes, o de humo. Da lo mismo que sea para entrar o para salir, si pasa por la boca es un bocadillo. Ñam. España es el país que ha convertido el hambre en su propia historia y en su propia literatura. Detrás de cada gran novela, detrás de cada gesta colosal asoma el esqueleto de la inanición. "La mejor salsa del mundo es el hambre", está grabado a fuego en el refranero y de ahí lo tomó Cervantes. También lo decía la pintura de aquel siglo de oro. Se ve en los 'Niños comiendo uvas y melón', de Murillo. Salen descalzos y poniéndose las botas como Rinconete y Cortadillo. Murillo es pintor de santos y de mendigos, de golfillos comiendo en la calle, deleitándose con un pedazo de pastel de carne y despiojándose en una celda. Quizá ha maquillado la monstruosidad, la fealdad, pero a eso se le ha llamado realismo. En realidad, no importa. El realismo es la realeza del pobre. En la misma época en que la alta sociedad, hastiada del realismo, se puso a comprar a golpe de talón cuadros abstractos para sus casas, las marujas llevaban en el monedero estampas con vírgenes de Murillo. Al principio, a las marujas se les decía marías. Hemos cambiado a María Zambrano por Maruja Torres, pero aquí debo reconocer que he leído mucho más a la segunda.




Hambre en los tebeos

¿Quién ha pasado más hambre en nuestros tebeos? ¿Carpanta? Mientras Carpanta se moría de hambre, el capitán Haddock se moría de sed. La sed, sobre todo si no es de agua, siempre ha parecido más moderna que el hambre. Y eso que Haddock es más viejo que Carpanta, le lleva seis años de diferencia. Aun así parece más joven todavía hoy. Al hambre de Carpanta, que era de soñar un pollo en bandeja, es decir, la hambre histórica de nuestros padres, le siguió nuestra generación, venida al mundo para jugar a lo gordo. Pero a lo que ahora llamamos gordo, entonces se le decía hermoso. Niñas y niñas rollizos. ¿Se acuerdan de Kinito? Era el muñeco de la Kina San Clemente. Al final del anuncio decía: "Da unas ganas de comerrr...", pronunciando una ere tan larga como los bocadillos de Otilio, el de Pepe Gotera.


capitán Haddock

A Kinito lo ideó José Luis Moro, el creador de la familia Telerín, y en el Tío Vivo su historieta la hacía Ibáñez. Antes que los okupas, llevó en el pecho la primera k rebelde. (No es la misma la k de okupa, o de Santako, que la k de kiosco. En esto hemos perdido 'finezza', hemos retrocedido. Escribiendo kiosco aprendieron generaciones de niños a trazar la letra k. No había otra palabra mejor, más cercana, más llena de promesas y más misteriosa. A mí me tocó hacerlo en aquellos cuadernos Rubio de escritura, los de las tapas verdes. No sé si era el que traía la cuadriga romana en la cubierta o el del buzo con la escafandra en el fondo del mar, como en 'Veinte mil leguas de viaje submarino'. Además había otros cuadernos que se llamaban Campanillas, me parece que los tuve antes y que en ellos en vez de letras hacíamos palotes. Cada vez que oigo a alguien esa cochambrosa expresión de ponerse palote me dan ganas de meterle un cuadernillo de escritura por la boca, como si fuese un bocadillo. 


Intro / Opening de La familia telerin ( España)

Bueno, a lo que iba, y cierro paréntesis, dejar de escribir kiosco con k para condenarlo a la q ha supuesto una tremenda pérdida de dignidad para todos nosotros en tanto que seres de alfabeto).




Nadie ha representado el ideal de comida, lo que nuestros padres deseaban para nosotros, como el Otilio de Ibáñez. También mi madre me hubiera metido un rinoceronte en un bocadillo si hubiera sido un producto del pueblo. El bocadillo era la verdad, estaba hecho de pan como el hambre y los Evangelios. Cuando íbamos al colegio, era lo que nos igualaba a nuestros padres cuando iban a la obra o a la fábrica, y por no traicionar esa autenticidad, por no desertar del realismo al que se debían, las madres se negaban rotundamente si se les pedía de merienda un Tigretón, un Phoskitos, una Pantera Rosa, un Bony, un Bucanero. Eso no era comida, y por tanto no daban un paso atrás, no fuese que les ocurriera como a Murillo, que se mató al echarse atrás para ver mejor lo que estaba pintando. Al final, cayéndose del andamio como un obrero de la construcción, se pasó de realista.




DE LA 13 RUE DEL PERCEBE A MORTADELO: LA EDITORIAL BRUGUERA




Tomado de El Periódico

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Javier Pérez Andujar. Fotografía de Eugeni Forcano

JAVIER PÉREZ ANDÚJAR

Javier Pérez Andújar nació en  San Adrián de Besós en 1965. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Barcelona. Su primera novela apareció en 2007, y sorprendió por su originalidad: Los príncipes valientes, a la que siguió y Todo lo que se llevó el diablo y Paseos con mi madre. También ha editado y prologado las antologías de relatos fantásticos Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos y La vida no vale nada. Fue colaborador habitual de L’hora del lector de TV3 y en la actualidad colabora en el diario El Periódico.

Tomado de Escritores. ORG