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domingo, 26 de abril de 2026

Rafael Victorino Muñoz a José Pulido: Me duele la gente en Venezuela que no tenga para comer, trato de ayudar, pero estoy limitado. Tienes que pensar en sobrevivir mañana.

 





Rafael Victorino Muñoz:

“Somos algo más que esta crisis que nos agobia”


José Pulido domingo 25 de abril de 2021


Rafael Victorino Muñoz: “Lo lamento por aquellos escritores que dicen que se deben a su público”. 



Aunque ha obtenido importantes premios de novela y de narraciones breves, sólo he leído dos libros de Rafael Victorino Muñoz: Olímpicos e integrados, ganador del Concurso de Narrativa Salvador Garmendia del año 2012, y Página roja, publicado en la colección Orlando Araujo en el año 2017.


Es probable que el título del primero responda a un cierto estilo cuentístico que surgió en los años sesenta y también alude al título de Umberto Eco Apocalípticos e integrados (Apocalittici e integrati).



El segundo título se adapta cómodamente a una comprensión básica del suceso, del periodismo que acude a las fuentes del crimen. Pero ambos funcionan perfectamente. Aunque los dos libros podrían ser uno solo, una especie de cara o cruz, de anverso y reverso. Porque esas obras reflejan de una manera transparente y directa lo que somos, lo que padecemos, lo que soñamos y lo que perdemos a cada rato, a cada instante.


Olímpicos e integrados muestra un modo de ser, posado en lo dramático, instalado en lo terrible, que sin embargo desata la risa, la burla, el desparpajo. Uno se ríe con cierta amargura porque se intuye que a la larga hay crueldad en las relaciones humanas. Crueldad inevitable.


La escritura de Olímpicos e integrados es una de esas delicias comparables a estar con un montón de amistades en una playa o en una fiesta, riéndose de las ocurrencias inteligentes de alguien.


El libro de cuentos Página roja revela el terrible infierno de los asesinatos y los delitos diversos que van brotando uno a uno y en montón en cualquier casa, en cualquier hogar, en el lugar más bucólico, porque, como señalan todos los clásicos policiales, “no hay nadie inocente”. Pero eso no es todo: la manera en que Rafael Victorino Muñoz aborda los temas de la violencia que germina en cada persona es muy cruda, realmente cruda; pocos autores aceptan ese reto. Muñoz lo hace. Es un avanzado.


La escritura de Página roja es un aullido de advertencia al nuevo siglo. Es una escritura que debería estar en el tope de las lecturas del público hispanohablante, por decir algo. Es una autopsia de la sociedad.


La difícil risa


En estos tiempos es difícil reírse. No cuaja fácilmente la euforia del optimismo. La represa del llanto está muy llena. La avalancha de amigos y familiares sufriendo, padeciendo, muriendo a menguas sin necesidad de terremotos o de ataques extraterrestres, es algo que ni siquiera habían aludido las películas que explotan temas apocalípticos. Hasta un paisaje bonito se torna melancólico o se queda pasmado como un espejismo. Guardamos paisajes para disfrutarlos en otro momento.


Y a pesar de todo, la risa es inevitable. Es como un resorte que te ayuda a salir de los atolladeros donde la tristeza te hace caer. Eso es lo que mi esposa presenció cuando me encontró agarrándome la barriga y con la cara congestionada porque unas carcajadas se me habían trancado. Si no reímos con frecuencia el mecanismo se oxida. En ese momento yo sonaba como un carro que no puede arrancar. De repente explotó la carcajada represada y ella pensó que me estaba sucediendo algo terrible.


—¿Qué te pasa? ¡Respira! —decía. Yo sólo estaba usando la vieja risa, pero se escuchaba como un perol rodando cerro abajo.


No pude explicarle la situación. Entonces le dije “lee este cuento”. Ella lo leyó y unos pocos minutos después se hallaba en el mismo trance de agarrarse la barriga y rodar por el piso.


Sin ninguna duda agradecimos eso. Después leímos otros textos del mismo autor que te llevan por sentimientos diversos, pero todo el tiempo está presente en sus palabras la gracia, la ironía, la visión aguda y el desparpajo. Antes de la entrevista con Rafael Victorino Muñoz, era necesario mostrar algo de esos dos libros suyos.


 



Un fragmento de Olímpicos e integrados

Cuando los hombres, que ya vienen bastante cansados, llegan al trecho plano, ven que Norma va por la mitad de la subida que les separa desde allí hasta la máxima elevación. Son casi doscientos metros o más. El de la barba exclama sorprendido:


—Chamo, esa vieja sí corre rápido.


El otro no responde, sino que, tras recuperar un poco el aliento, se cala la gorra y empieza a correr nuevamente. El de barba pregunta:


—¿Y vamos a seguirla?


El compañero lo mira con odio, pero más que todo por la situación en la que los ha metido esa mujer, que los obliga a tener que hacer ese esfuerzo para robarle nada más un BlackBerry, que seguro es lo único de valor que lleva encima:


—Claro, esa vieja se va a cansar después de la subida, ya vas a ver.


El otro no está muy convencido, pero aun así también echa a correr. El de la gorra vuelve a gritar, como para darse ánimo:


—Párese, señora, que ya la estamos alcanzando.



El deporte de escribir


—Olímpicos e integrados: ¿cómo iniciaste ese libro?


—Me gustaría decir que el libro comenzó corriendo, y en efecto fue así en parte, aunque no es del todo cierto. Hace muchos años escribí un cuento sobre el baloncesto. Y el texto se había quedado por allí, como huérfano. Me gusta trabajar los libros de cuentos así, por temas. Y lo cierto es que sólo después de cierto tiempo empezaron a llegarme otras ideas para cuentos relacionados con el deporte. Esto ocurrió en un momento de mi vida en el cual el correr se había vuelto algo más que una actividad; era algo así como un proyecto personal. Estaba dedicado a correr casi tanto como estoy dedicado a escribir. Lo hacía con gran seriedad y sistematicidad. Y no era la primera vez que me dedicaba al deporte de esa manera, ya que anteriormente había formado parte de equipos de baloncesto. Sólo que el correr es distinto, y cuando lo practicas en solitario, te da tiempo de pensar en tantas cosas. Fue entonces cuando llegaron las demás historias y pude armar el libro y el cuento, tanto tiempo huérfano, pasó a ser parte de una familia.


—El deporte ¿es tu tema principal? Correr ¿es algo que te motiva como escritor?


—El deporte es mi tema en este libro, fundamentalmente; en los anteriores, me he decantado por otros: la sexualidad, el crimen, lo fantástico... Pero el deporte es también para mí un tema en la vida. Porque lo he practicado, porque lo vivo, y porque lo sufro también. En una ocasión escribí mi versión del otro poema de los dones, a la manera de Borges, y comenzaba con: “Gracias quiero dar al infinito laberinto de las causas y los efectos por la literatura, el cine, la música y el deporte, esas cuatro grandes pasiones del alma”. Puedo decir que tengo una doble relación con el deporte: como fanático y como persona que lo practica. El baloncesto es mi primer deporte favorito, en realidad, como jugador y como espectador. El correr está en segundo lugar, en cuanto a práctica; también sigo y me intereso por el beisbol, el fútbol, el tenis, el fútbol americano... Correr es algo que sigo haciendo en la actualidad; más que algo que me motiva como escritor, lo tengo como una filosofía de vida. Cuando empiezo una tarea larga, por ejemplo, me imagino que se trata de un maratón. Y voy con paciencia, paso a paso, un kilómetro a la vez. Cuando me dicen que algo es muy difícil, siempre pienso: bueno, yo he corrido maratones; puedo con esto también. A veces, cuando no puedo resolver un problema, de la escritura u otra índole, salgo a correr. Es como mi consejero personal o mi terapeuta. Y así.


—El sentido del humor es inseparable en tu narrativa. ¿Es otra motivación para escribir?


—Sí, es como causa y a la vez efecto. Cuando pienso en algo que me resulta risible o gracioso, pienso que otro puede verle la gracia y lo cuento. Es lo que pasa habitualmente en la oralidad, con el chiste o la anécdota; sólo que yo lo hago por escrito. De igual modo, cuando lo cuento, me enfoco en aquella parte de la cuestión que me parece más graciosa y trato incluso de rematar la historia como un chiste. Aunque he tenido algunos relatos en los que el humor ha quedado como fuera de lugar (valga la metáfora futbolística).


—¿Cómo se inició tu vida de escritor?


—Desde cierta edad, más o menos en la adolescencia, me imaginaba llegar a ser alguien como Uslar Pietri (gracias a él definí mi vocación por el cuento); sin embargo, esto no pasaba de ser una fantasía como otras: ser el bajista de un grupo de rock como Iron Maiden o un jugador de baloncesto de la NBA. Dicho de otro modo, me imaginaba escribiendo, publicando, ganando premios, pero no escribía. Hasta que estuve en la universidad y me inscribí en un taller, dictado por Slavko Zupcic. En realidad, no me inscribí por el taller ni por el ductor, a quien no conocía (aunque después nos hicimos grandes amigos), sino por una chica que me gustaba y que nunca me prestó demasiada atención en realidad. Lo cierto es que en el taller tuve que escribir una reseña y luego un cuento y descubrí que sí podía. Así que mi vida de escritor se inició, como tantas otras historias, a causa de un desamor.


—¿Qué autores influyeron más en ti?


—Depende de la época de mi vida y el libro. Creo que en mis primeros cuentos (ya con toda intención de ser escritor) traté de parecerme un poco a Monterroso y un poco a Luis Britto García. Después dejé de lado lo fantástico y, tras haber leído casi toda la comedia humana, aspiraba a Balzac, y creo que lo he estado intentando, sólo que en una versión de miniatura: a través del cuento. Ahora que me ha dado por la novela, tengo como modelo un poco a Vargas Llosa y un poco a Kundera. También me atrae la sencillez de Hemingway. Confieso que me hubiera gustado parecerme a Borges, pero lamentablemente sólo puedo ser yo mismo.


—Escribir, en el fondo de todo, ¿es encontrarte con cierta felicidad de ser tú?


—Sí, como en pocas cosas en la vida. Es el único momento en que nadie te dice lo que debes hacer. Lo lamento por aquellos escritores que dicen que se deben a su público. Afortunadamente, conozco a muy pocos de mis lectores, de modo que no me concibo escribiendo para agradar a alguien que no sea yo mismo.



—¿Cuál ha sido tu sueño más preciado?


—Creo que he tenido varios sueños preciados, algunos de los cuales he abandonado; por ejemplo, lo de ser un bajista de una banda de rock o un jugador de baloncesto profesional (es en serio que lo quería, hasta estudié música). Por ahora creo que mi sueño más preciado tiene que ver no con logros personales, sino con los afectos: sueño con volver a estar con mi familia reunidos, otra vez. (Esta diáspora ha sido dura y cruel.) En cuanto a la literatura, tengo unas metas bastante ambiciosas, de colarme por allí en el cenáculo de la literatura venezolana con Uslar, Gallegos y demás.


—¿Qué parte de la vida no puedes explicar, qué se te escapa?


—La vida misma, la vida toda, su principio y su final. Incluso el centro de la historia; si tiene algún sentido, si hay alguna partitura o debemos permanentemente improvisar, como en el jazz, y sobre todo, qué hay cuando se termina el sonido y comienza el silencio final.


—¿Cuál es tu gran pasión?


—Escribir, definitivamente. Nada me absorbe tanto. El momento de escribir es el momento de no pensar en nada más. En cambio, cuando estoy haciendo otras cosas, sí pienso en lo que escribo. Normalmente cuando estoy trabajando, me apuro por terminar para poder escribir. Es como si estuviera impaciente por una cita con una novia. La literatura es mi amante. Es una pasión que no ha decaído en treinta años. Mi otra pasión, te parecerá curioso, es cocinar. Se me da bien, lo disfruto; soy el que cocina en casa.


—¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?


—Yo creo que soy muy centrado, sistemático, disciplinado. A veces hasta un poco riguroso. He ido construyendo un espacio donde me siento bien y hasta se me parece, afortunadamente; digo esto porque me ha tocado permanecer bastante aquí. Me siento bien con lo que soy, con lo que hago; creo que poco a poco he empezado a parecerme al escritor que quería ser.


—¿Dónde vives? ¿Casa? ¿Familia? ¿Apartamento? ¿Perros? ¿Gatos?


—Vivo en casa, con mi esposa y el hijo de ella. Tiene quince años y presenta una condición (síndrome de Asperger). También ocasionalmente está mi mamá con nosotros. Vivo en una casa bastante grande; tiene como 240 metros, dos pisos, cuatro habitaciones, cuatro baños, garaje para dos carros, una terraza inmensa. Es como un regalo tenerla. Hay un perro aquí (Snoopy) y alimentamos a dos de la calle. También tengo dos gatas: Nikita y Pelusa. Y vienen a comer otras dos gatas más. Por cierto, ya que hablamos de esto, otro de mis sueños es tener un albergue para animales abandonados.


—¿Qué haces en esta etapa de peste y dramas?


—Trabajaba en casa ya desde hacía rato, antes que comenzara la pandemia. La cuarentena no me tomó tan desprevenido, creo yo. Además, desde siempre he sido una persona de hábitos un poco monásticos (por ejemplo, no bebo). Así que lo que más hago es estar en casa, trabajar escribiendo y escribir también por gusto (hoy llevo unas doce horas trabajando, mientras respondo estas líneas). Tengo un pequeño gimnasio aquí, en la terraza, para ejercitar. Pero a menudo salgo a correr, o en la bicicleta; leo mucho actualmente, casi tanto como en la adolescencia. Y de vez en cuando también tomo la guitarra para ver qué me sale.



—¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía en relación con Venezuela?


-Creo que recientemente hemos sufrido una doble conmoción: por el gobierno y por la pandemia. Yo trato de ser tolerante y mantenerme en buena relación con los unos y con los otros, es decir, con los simpatizantes del partido de gobierno y con los opositores. Sin embargo, creo que a algunos no les gusta la tibieza y preferirían que fusilara públicamente (con palabras) a los que no piensen como ellos. En fin, tengo la suerte de que siempre he sido poco sociable; una vez me dijeron que era un no ciudadano por no ocuparme tanto de lo inmediato sino de otros temas más vagos o generales. Yo creo que no puede uno andar rasgándose las vestiduras a cada rato, ni ponerse monotemático; lo que quiero decir es que si en persona, en lo que escribo a través de las redes sociales, no estoy a cada rato incitando a una revolución, no significa que esté de acuerdo o que sea un cómplice de lo que pasa. Y creo, por sobre todo, que somos algo más que esta crisis que nos agobia. De modo tal que también podemos enfocarnos en otras cosas de nuestra cotidianidad. Sin embargo, a la larga he ido como alejándome un poco de los muy radicales (de izquierda y derecha) o ellos de mí. Nos mantenemos en contacto con unos pocos, en un interregno suave, donde hay coincidencia sin confrontación. Es como Casablanca, pero en las redes sociales. Porque entre una y otra cosa, el ejercicio de la ciudadanía y la relación con los otros se ha reducido un poco a esto: un contacto virtual.


—¿Qué duele más hoy en día? ¿Qué te conmueve más?


—Como te mencioné antes, no tener a mi familia toda cerca reunida. Mis hermanas emigraron hace tiempo, porque sentían que no tenían oportunidades de desarrollarse profesionalmente. También me duele la gente. Hace unos días, estaba en el mercado, y una señora trataba de comprar algo y no podía, no tenía con qué. Cuando salí del lugar, ella me siguió y me suplicó que le regalara una naranja. Es algo para conmoverte. Una señora como mi mamá, que posiblemente sólo tiene una pensión... Lo más difícil es que uno no puede ayudar a todo el que quisiera. Lamentablemente, carezco de medios de fortuna. Gano lo suficiente, trato de ayudar, pero estamos limitados. Tenemos un techo que dice: hasta aquí, no más; tienes que pensar en sobrevivir mañana.




Un fragmento de Página roja

Cuando llega la comitiva lo recibe con golpes, escupitajos, insultos, enfermo, perro, maldito. Le rasgan la camisa, los pantalones, lo desnudan. El monstruo logra soltarse, correr, esconderse en unos baños. No hay más a donde ir. Allí se llena, se unta, se embadurna, de orines, de excrementos, de lo que consigue. Y se ríe y los mira y los reta:


—Si quieren me matan, pero no me voy a dejar violar.


Los presos se turnan para vigilar, para que no se escape, para mantener el asedio. Pasa un día, dos, tres. El monstruo tiene hambre, sed, sueño; siente dolor de cabeza, náuseas, desesperación; llora, gime, se arrepiente. Se levanta, decide salir, les dice:


—Pero no me vayan a matar.



https://letralia.com/entrevistas/2021/04/25/rafael-victorino-munoz/


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Rafael Victorino Muñoz. Fotografía de Sergio Gómez Antillano.



Rafael Victorino Muñoz

Docente y escritor venezolano (Valencia, 1972). Egresado de la Universidad de Carabobo (UC) en lengua y literatura y magíster en lectura y escritura de la misma institución, en la que además ejerce como profesor; es coordinador del Programa de Lectura y Escritura de la Secretaria de Educación del Gobierno Bolivariano de Carabobo. Ha participado como ponente y conferencista en diferentes eventos nacionales e internacionales, relacionados tanto con la literatura como con la lengua escrita. Ha publicado los libros de relatos Pre-textos (1996, Ediciones Separata de la UC), Alba para dos ciegos y otras maniobras (1997, Ediciones del Gobierno de Carabobo), Relatos (2004, Conac/Ministerio de Cultura), Retablos (2006, Monte Ávila Editores),“Olímpicos e integrados”(2012) y “Página Roja” (2017) así como el conjunto de ensayos Notas y digresiones (2000, Predios) y varios cuentos, reseñas y textos de prosa diversa, entre los que se incluyen trabajos de investigación, en diversas publicaciones periódicas: El Carabobeño, El Espectador, Letra Inversa, La Tuna de Oro, Predios, Candidus, Segmentos y otras. Ha obtenido los premios del concurso de cuentos “Salvador Garmendia”, de la Bienal “Simón Rodríguez”, del Certamen Mayor de las Artes y de la I Bienal Nacional de Literatura Rafael Zárraga (2011).

Es fundador del portal de literatura venezolana eldienteroto.org. (2021).

Tomada de Letralia

rvictorino27@hotmail.com

Twitter:@soyvictorinox


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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne


Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.

(Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este  correo: jipulido777@gmail.com)

Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras. Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en SalamancaEn el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova. 

Publicaciones más recientes:

El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.

Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà  (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.

Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores.


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RAFAEL VICTORINO MUÑOZ en el 2009: Ante la avalancha de textos publicados por el Estado venezolano el lector común necesita una orientación acerca de qué leer de ahí la existencia del plan nacional de la lectura 2002-2012 Todos por la lectura, y el Plan Revolucionario de Lectura




La enemistad secreta de bosques y bibliotecas en el Elogio del Libro







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lunes, 16 de marzo de 2026

YOYIANA AHUMADA, poetisa, actriz y docente, a José Pulido: en esta prisión llamada Venezuela, vivo mis días como si cada uno fuera el último





24 Jun 2020


YOYIANA AHUMADA: LA POESÍA ME PERMITE TRANSITAR UN CAMINO HACIA LO SAGRADO. ENTREVISTA DE JOSÉ PULIDO


La poeta Marina Tsvietáieva escribió un original libro sobre poesía, El poeta y el tiempo, y de allí surge este fragmento: “Igualdad del don del alma y la palabra: eso es el poeta. Por eso no hay poetas que no escriban, ni poetas que no sientan. Sientes pero no escribes, no eres poeta (¿dónde está la palabra?); Escribes pero no sientes, no eres poeta (¿dónde está el alma?)” 


 

Marina Tsvetayeva, 1925. Fotografía de  Pyotr Ivanovich Shumov (1872-1936) . Libro: Marina Tsvetayeva Selected Poems. M. L. 1965. Imagen tomada de Wikipedia.


Meditarlo basta y sobra para entender por qué se piensa en los misterios de la poesía cuando se tienen noticias sobre Yoyiana Ahumada Licea. Ella es una persona completamente poseída por la necesidad de escribir. Nada puede impedir que escriba todo lo interesante que la vida ponga ante sus ojos. Y siempre lo hace sintiendo en profundidad lo que interpreta, lo que describe, lo que comunica. Yoyiana es una caraqueña que usa la escritura como instrumento para mejorar la acción, la experiencia, el oficio. Es una mujer que avanza como una tromba y va dejando su marca personal en sus hechuras.


 


Esta poeta caraqueña inmersa en el teatro, ha dirigido y escrito varios espectáculos sobre José Ignacio Cabrujas; la lectura dramatizada de Penélope, de Ida Gramcko;  escribe crónicas, es docente universitaria y ciudadana sin reposo. No es una profesora universitaria común y corriente: ella, como otras mujeres de su calibre, es una presencia comprometida con un ideal cada vez más definido y admirable: no permitir el deterioro que amenaza a la ciudad y al ciudadano.

 



EN FIN: LA URBE



Si alguien quiere conocer la historia de Caracas, su nacimiento y su momento actual, puede buscar lo que escribieron sus cronistas: Enrique Bernardo Núñez, Mario Briceño Iragorry, Guillermo Meneses, Guillermo José Schael y Juan Ernesto Montenegro.

Enrique Bernardo Núñez


Aunque estaría incompleto el panorama si no se conoce la carismática y auténtica escritura que definió a dos inolvidables creadores, únicos en su especie: Arístides Rojas y José Ignacio Cabrujas.


También es perentorio conocer de un modo específico el paisaje humano, los ciudadanos especiales y bien afinados que genera Caracas, porque los tiene y en última instancia son dignos representantes de lo mejor que la ciudad aspira y sueña.


José Ignacio Cabrujas. Foto coloreada.


Yoyiana Ahumada Licea es uno de esos ciudadanos que actúan positivamente insertados en el acontecer de la urbe.


 


Yoyiana trabaja para el espíritu, emprende tareas exigentes para que la ciudad reconozca la importancia regeneradora de la cultura. Ella quiere que la ciudad vea, porque estando ciega la ciudad renuncia a su fisonomía y a su sentido de la belleza. Que Caracas lea y escuche, porque si no lo hace puede enmudecer y perder su tono de ciudad que da ejemplo. Ella aspira a que la ciudad no pierda de vista su propio drama histórico y entienda que ser capital de un país no es fácil. Menos en estos tiempos.


 



CON YOYIANA


 


-¿Qué determinó en tu infancia el camino que seguirías?


 


-A estas alturas de mi vida creo y siento que hay un destino –no un fatum- que traemos los seres humanos y que, inscrito en nuestra alma, es el verdadero camino a descubrir. No viene dado por añadidura, hay que internarse muy adentro, bajar al averno, una y otra vez, para encontrar la canción de Orfeo, y quizá más que la canción la partitura. Hacer alma es contra natura, decía Carl Gustav Jung. Creo fielmente en ello. Somos hechura de otros, de nuestro árbol genealógico, de nuestra historia política y colectiva, de la cultura. Respondemos durante un largo trecho a un mandato a veces muy lejano a nuestra alma. Encontrar que es lo que queremos hacer de nuestra vida es un tránsito que lleva trabajo, el de esculpirse uno mismo.


 


-Tu padre ¿te orientó?


 


-Padre soltó mi mano cuando apenas comenzaba a dar mi primer paso en la vida. Esa ausencia es una herida, que, aún convertida en cicatriz, siempre deja ese espacio en el que agitas los brazos y encuentras aire. Una plegaria que no tiene respuesta. Un lugar donde buscas su voz, aunque no escribas sobre él. Ese vacío late. Me asalta muchas veces. Se convierte en un manto que lo cubre todo. La orfandad y sus múltiples expresiones, es una de mis obsesiones. Pero es que a este “extrañamiento” que produce la orfandad, se une el de mi origen. Soy la única venezolana, nacida en esta tierra, de mi familia que viene por el lado paterno de Chile y por el materno de Cuba.


 


-Tu madre ¿te ha dado ese ánimo fervoroso?


 


-Mi infancia estuvo llena del amor de mi madre, quien siendo muy joven quedó viuda sin poder volver a su Cuba natal. Su amor por Venezuela cubrió todos los flancos abiertos de nuestra mínima unidad familiar. Mi imaginario fue bordado y sembrado de palmas y de sinsontes, pero tenía muy claro el sentido de ser tránsfuga, y se cobijó en la belleza de este país extraordinario. Pronto tuvimos una familia elegida, pilar de mi vida. Madre se encargó de cubrir mis sueños con devoción, a criarme libre y feliz, a mantener viva la figura de mi padre, a poblarme los días de unicornios, hadas, personajes fantásticos, junto a la música, pintura, historia y política. En cuanto me descubrió fantasiosa, creativa y soñadora, se afincó en abrirme todas las puertas de la creatividad para llenar mi inquieto espíritu. Comencé a darle forma a la necesidad de movimiento e hice danza desde los 8 años hasta que llegué al teatro y la actuación me tomó. Más tarde vendría la escritura en televisión y el teatro, hasta hoy en día donde conviven en mi espíritu de performance. Mi necesidad expresiva me pide animar todo lo que hago, incluso alterar la naturaleza quieta del poema. Mi afán de aventura me lleva a amar el proceso de aprender y estudiar, a escudriñar el alma humana.


 





 


 


-¿Cuál es tu sueño más preciado en este tiempo?


 


-Ver a mi país libre. Llegar a ver la reconstrucción de una nación devastada y poner mis dos manos allí.  Ver la cosecha de lo que he sembrado. Me haría muy feliz ver a mi hijo elegido con todas las posibilidades de realización y construcción de una vida plena y repleta de oportunidades. Escuchar las suelas de los zapatos de mis alumnos en la Escuela de Idiomas Modernos, resbalando en el suelo del escenario del Aula Magna (siempre pasa, uno resbala el día del acto de graduación). Ese sonido se me parece a la esperanza. 


 


-¿Cuándo sentiste que eras poeta?


 


-Desde que me recuerdo escribo. Llevé un diario hasta hace poco y en esa interrelación aparecen atisbos poéticos. Siempre me pareció que llegar allí a escribir un poema, era una cúspide de la creación. Creo que mi primer poema aparece cuando pude hablar de mi padre muerto. En mi pulsión poética habitan voces fundamentales de un momento de la poesía venezolana del siglo XX. En primer lugar, la poeta Cecilia Ortiz, con quien me une un profundo afecto y admiración. No recuerdo por qué extraña razón, después de leer algún texto mío, me ofreció un taller de introducción a la poesía. Ella me fue introduciendo en autores y lecturas que afinaron mi sentido de intuición poética. Mas adelante hice un taller con Edda Armas, poeta y editora, maestra como Cecilia, que te conduce al encuentro con tu voz, a comprender silencios y musicalidades. Y por último, entré en los talleres con otra llama de las letras: Armando Rojas Guardia, un rayo de hondura y belleza de la creación y el pensamiento venezolanos. En mi auto reconocimiento como poeta jugaron un papel fundamental los Jammings Poéticos que organizaban las poetas Jacqueline Goldberg, Kira Kariakin y Keyla Vall de la Ville en el Ateneo de Caracas. Una experiencia de poesía en comunión inolvidable.


 


-¿Cómo te ha ayudado la poesía?


 


-La poesía me permite transitar un camino hacia lo sagrado al que no podría acceder desde otro lugar de la escritura. Me contiene.  Depura lo superfluo y me invita a que como dice el maestro Rafael Cadenas “Cada palabra lleve lo que dice”.  Yo me postro ante la poesía y su estruendo de rio. Solo en el poema logro fundirme con la totalidad.


– ¿Qué parte de la vida no puedes explicar?, ¿qué se te escapa?


 


-Hay tantas. Soy un ser sumamente racional. Soy doble aire: en mi signo solar y ascendente. Todo pasa por la máquina de mi cerebro y a veces ese permanente análisis atenta contra la fluidez y el milagro. Y a la vez soy un océano de latidos. Un ser muy poroso al entorno y a los otros. Se me escapa cómo no traicionar mi vulnerabilidad amarrando a la amazona que me habita. Se me escapa comprender el apego del hombre por el poder. Se me escapa que muchas veces no basta el amor, se me escapa y busco revelarlo en todo lo que hago, en procurar descubrir el sentido sagrado de la vida; vivirla como una experiencia espiritual, se me escapa que los seres humanos no sepamos ser agradecidos y estar verdaderamente vivos. Me abisma el resentimiento y me horroriza la imposibilidad de justicia, todas las formas de violencia, la indefensión de cantidad de seres humanos vulnerables a situaciones de extrema precariedad y ver al ser humano en situación de vasallaje y servilismo. 


 




-¿Cuál es tu gran pasión?


 

-Crear. En todos los órdenes. Ahora mismo esta entrevista me provoca imágenes. Me invita a responder con fragmentos de poemas, con personajes. Bailar, romper lo estático como dijo la maestra Sonia Sanoja. El teatro es un espacio de comunión y de apasionamiento para mí.


Enseñar, adoro la docencia. Adoro ir llevando al alumno a que elabore su reflexión, a descubrir sus dones, a convertirse en embajador de su idioma. Ser partera en los procesos de revelación del otro, eso me produce emoción, eso sucede en el teatro. Nos revelamos para ser en el otro. Mis pasiones se concatenan y se hacen una. Definitivamente. Mi gran pasión es traer a manifestación. Ejercer la poiesis en todo acto de mi vida. También me apasiona sentir que algunos de mis trabajos tienen un sentido social, de ayuda a los otros, de denuncia.


 

-¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?


 

-Es una pregunta magnifica. Que me produce temblor. Me ha costado acercarme. Siempre que me atisbaba salía huyendo de mí. El teatro me permitía esconderme, y a la vez exorcizar grandes sombras y demonios. La escritura al principio se me presentó hermética. Y de pronto todo ha empezado a encajar. Estoy cerca de allegarme.


 

-¿Qué haces?


 

-Escribo. Soy redactora free lance en algunos portales. Doy clases en la Universidad Central de Venezuela en la Escuela de Idiomas Modernos en las cátedras de Lengua Española I y II desde hace un año. Hago parte del equipo del programa de radio Librería Sónica en RCR 750 AM, formo parte de la Asociación Venezolana de Crítica Teatral y del Círculo de Escritores de Venezuela.


 

-¿Hacia dónde conduces tu poesía?


 

-Ella me lleva a mí. Me sorprende escribiendo sobre el mal, otras veces los temas son la familia y los ausentes; otras el país. Una constante quizá: la mujer y el desamor. Han dicho otros que hay un juego de tiempos, música y movimientos en una estructura teatral. No por casualidad mi primera pieza escrita y montada cabalga un género al que llamé poedrama.


 

-¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía, en un país que ha cambiado tanto?



-Si te refieres a la pertenencia a la ciudad, procuro que la relación de amor-odio tenga más de amor que de odio. Caracas me apasiona, procuro quererla y darle lo mejor de mí: arte y reflexión, participo en organizaciones vecinales. La ciudadanía es un valor importante. Fui formada políticamente, como habitante de la polis. En relación a hacer manifiesto mi sentido de la justicia, mi indignación frente al autoritarismo, la corrupción, la mentira y la neo lengua, el repudio a la vesania, la crueldad, la sociopatía y la perversión del poder que rige los destinos de mi país, no he bajado los brazos. Soy ciudadana, demócrata cabal y no renuncio a ello. Hemos luchado una y otra vez. En estos días hacíamos un recuento de nuestra vida en la calle durante estos 21 años. Hay tanto dolor aun no manifiesto. Ha sido feroz esta lucha, en el camino han quedado muchos, estamos exhaustos.


 



-¿Cómo se ejerce la ciudadanía?


 

-La ciudadanía se ejerce haciéndose presente en acciones de solidaridad, asociándose a organizaciones que procuran apoyar a otros, desde el alimento, hasta los derechos y la defensa, desde la solidaridad y los lazos, la discusión acerca de mejorar los mecanismos de participación. Soy activa. Ejerzo la esperanza activa, la saco de la Caja de Pandora y la pongo a bailar. Como profesora universitaria en mis cátedras de Lengua Española pretendo convertir a los alumnos en embajadores del idioma, eso es un gesto de construcción de ciudadanía. Como comunicadora, también orquesto mi dimensión ciudadana. Cuando en Librería Sónica, tenemos un invitado escritor, o investigador, un poeta, un ensayista, un editor y enarbolamos la lengua de Cervantes, su obra, una publicación, un conocimiento, el idioma aletea y le saca la lengua al nepotismo, cuyo primer gesto de destrucción es simbólico. Defender la lengua es un acto ético y civilizatorio, político.


           

-¿Se ha dispersado la familia?


 

-Yo soy hija de dos exilios. Mis padres extranjeros eligieron este país para hacer obra y vida en y desde la Universidad Central de Venezuela. Mi familia elegida, la venezolana, aún está aquí, parte de ellos en un trance de vida muy duro en el interior: los constantes apagones, la falta de agua, gas, una nula calidad de vida. Mi otro grupo de la tribu del corazón, mis amigos, unos no están aquí, otros sí. Mi familia inmediata son mi madre y un precioso muchacho de 15 años que la vida me puso en el camino para darme un sentido de trascendencia extraño y mis dos gatos. Siendo el animal de raro pelaje que soy, la extrañeza se me hace conocida. Tengo afectos entrañables que me atan al país. La familia teatral se hace lazo y abrazo, la familia de los poetas ha sido un cálido puerto de llegada.


 

-¿Qué te ha hecho sentir la cuarentena?


 

 -Yo me sentía desesperada y exhausta por el vértigo en el que he vivido desde hace mucho ya. Una sensación de estar en muchos lugares, pero no presente. De vivir como un saltamontes sin la alegría de este precioso insecto. Triste y frustrada. Hacía y hacía cosas, mis clases, mis trabajos, recitales, performances, pero eran celajes de mí. No sabía a ciencia cierta donde estaba yo. Era correr contra el tiempo. Atropellar la vida.


 

-La sobrevivencia es como un ritmo difícil de bailar…


 

-Las condiciones de catástrofe civilizatoria en las que se vive en Venezuela, acentúan esa sensación de anomia. Recuerdo que una de las veces que fui a La Habana escuché a los cubanos una y otra vez viviendo en función de “resolver”.   Me dije “la vida aquí se conjuga en el verbo resolver. Y resolver no es vivir. Aquí estamos en lo mismo: se hace necesario vivir en función de la llegada de la hora en que te ponen el agua -quienes somos bendecidos por la presencia del vital líquido, hay gente que no ve agua desde hace más de tres años- resolver las medicinas, la comida…. Ese sin vivir, te va produciendo una sensación de inexistencia, de la imposibilidad de estar presente en tu propia vida.


 



Yoyiana Ahumada



-Te crea una especie de impotencia



-Cuando hice un recorrido por Italia en 2014 y por fin conocí el Estado de El Vaticano y sobre todo la Capilla Sixtina, mi sensación de frustración no pudo ser teñida por el añil de Miguel Ángel. Una cantidad de turistas me arrinconó en un espacio donde, fugazmente, la visión de tamaña obra de arte me dejó con una inmensa sensación de tristeza y desolación. Había soñado tantas veces con estar allí y estando no tuve el tempo para que mi alma conectara con la obra maestra. Un tropel de gente me llevó por delante y cuando ya habían consumido el espectáculo, decidí echarme en el suelo para verla ahora sí, en santa paz y trance. Emulaba la anécdota de mi madre cuando esperaba por mi llegada al mundo, y en su visita pudo tumbarse y deleitarse boca arriba con cada uno de los personajes del mosaico. Un carabinero acabó con mi ensoñación y me invitó a abandonar el recinto.  La cuarentena me permitió descubrir, que durante mucho tiempo había sido huésped de mi propio lar. La casa me invitaba a marcharme, no me sentía acogida. Sus espacios recargados me atormentaban sin yo saberlo. Eran recintos vacíos medio muertos que se llenaron de vida.



-¿Qué has sacado como conclusión de esa experiencia?



-Recién ahora comienzo a sentir que mi casa soy yo. Que mis espacios se parecen a mis rincones y que nos comprendemos y necesitamos habitarnos. La cocina, el pequeño espacio verde, mis nuevos lugares que he podido construir porque la prisa se quedó en el olvido. Escuchando a Fernando Savater en un ciclo de charlas de la BBC, también confirmo que en este encierro el sentimiento de gratitud por mi casa se incrementó. Basta ver el gesto del aplauso que implementaron los ciudadanos para animar la entrega, el compromiso, el valor del personal médico y sanitario en Europa. Los regalos de los artistas en todos los órdenes: los miles de conciertos de las grandes orquestas del mundo, la ofrenda de los museos, el sector cinematográfico; la iniciativa de bailarines, de usuarios de redes, la cesión de los derechos de autor de los libros liberados durante la cuarentena, entre tantas muestras de belleza y esplendor del espíritu y la generosidad humanos.



 La virtualidad transformada en la plataforma de comunicación de acción de lo humano, en gesto de hermandad y de unidad. Esa resignificación de lo inmediato, de lo cercano, del gesto de mirar al otro, de atenderlo a riesgo de la propia vida, de ofrecer apoyo de contar las historias sin saber quién está del otro lado de la pantalla, habría sido imposible sin esta pausa. Obviamente hablo desde la defensa de los jardines más íntimos. Asomarme a la ventana y ver a mis compatriotas desesperados desafiando al virus para tratar de llevar un plato de comida a la casa me duele, me hiere. Escuchar los gritos de un hombre en la calle de abajo clamando por algo para comer, el deterioro de lo que está afuera del encierro, es estremecedor. No hay perdón para tanto daño.




-¿Cómo vives este tiempo?



-Existencialmente en esta contención y en esta prisión llamada Venezuela, vivo mis días como si cada uno fuera el último. Es liberador. Es un reto ontológico, es desconcertante y a la vez modesto. Es la gratitud del plato en la mesa, de un nuevo día sano, de una mano abierta para sostener al otro. Es rendirse ante lo inefable. Aceptar que estás en un gigantesco cerco. Que el confinamiento existe desde hace dos décadas y que debes trabajar arduamente por continuar siendo libre. De no aceptar la tiranía dentro de ti. Porque la cuarentena en este país es un relato de incongruencias, de estadísticas que no se ven, de enfermos que se tragan los hospitales centinelas, de infectados que no tienen síntomas y del virus campeando quien sabe por cuáles rincones donde no hay tapabocas, ni guantes, ni distanciamiento social. Donde no llega el agua, donde la luz es un acontecimiento, no hay gas, ni mucho menos condiciones mínimas. Entonces me sé rehén, pero a la vez un ser libre dentro de su corazón, su alma y su intelecto. Me levanto sobre los escombros y me empeño en revelar belleza y un buen hacer en medio del horror.


 



https://www.crearensalamanca.com/yoyiana-ahumada-la-poesia-me-permite-transitar-un-camino-hacia-lo-sagrado-entrevista-de-jose-pulido/


 

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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne

José Pulido

Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.

(Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este  correo: jipulido777@gmail.com)

Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras. Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en SalamancaEn el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova. 

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Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà  (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.

Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores


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