En nuestra historia reciente se sucedieron dos hechos de gran relevancia y trascendencia histórica: el 27 de febrero de 1989 y el 4 de febrero de 1992. El primero, que fue bautizado como el Caracazo, viene a ser uno de los episodios más controversiales de los años finales de la democracia. Se ha querido presentar como una explosión espontánea, pero un estudio a fondo de este asunto sugiere otra cosa.
Empecemos por el “detonante”: un aumento de céntimos en el precio de la gasolina. Acabábamos de llegar al gobierno; habían transcurrido apenas 20 días cuando se produjeron protestas en Guarenas contra el aumento del pasaje que se produjo a raíz del ajuste de la gasolina. Inmediatamente, con la difusión que se le dio a esto a través de algunos medios de comunicación, se estimuló una situación de violencia y saqueos que -a la distancia y con más elementos de análisis- no me queda duda de que fue controlada por la extrema izquierda venezolana. Esta convicción -que va a contracorriente de la opinión generalizada de que todo ocurrió por generación espontánea- la sostengo luego de haber estudiado a fondo la participación de sectores de la izquierda comunista y de evaluar cómo en tan corto tiempo se pudo generar una situación tan perfecta si no hubiese sido el resultado de un plan para desarrollar actos vandálicos.
Para poner el tema en contexto, debo señalar que todo lo que se desencadenó desde el 27F hasta el 4F fue orquestado, sin ninguna duda, con la misma receta de actos similares que posteriormente, en nuestros días, se han desarrollado en otros países de AméricaLatina bajo la dirección y activación de Cuba y el Foro de Sao Paulo, donde se elaboran los lineamientos de todas las explosiones y manifestaciones políticas desestabilizadoras, con el único fin de destruir las democracias en nuestra región. Pero esto no es plan de reciente data, sino una estrategia que se inició el 23 de enero de 1959 con la visita Venezuela de Fidel Castro, quien le solicitó una audiencia a RómuloBetancourt y se encontró con el firme y lógico reclamo del presidente venezolano.
Betancourt recibió a Castro, pero lo increpó por haber llegado al aeropuerto de Maiquetía con un séquito que portaba armas de fuego. Durante la mencionada audiencia, Castro solicitó un trato preferencial especial para las compras de petróleo que Cuba estaba por hacerle a Venezuela. Betancourt fue enfático en rechazar tales pretensiones de recibir petróleo barato, por cuanto el crudo venezolano se negociaba a un precio internacional. Si quería Castro comprarlo, esas eran las condiciones.
Ese día marcó la implosión de las relaciones de la Venezuela democrática -liderada por Rómulo Betancourt- y el Partido Comunista cubano, representado por Fidel Castro. Para dar una idea del impacto de este episodio, baste con señalar que una consecuencia directa fue la creación en Venezuela, por parte del Partido Comunista local, de la organización subversiva FALN en 1962. Se iniciaron las guerrillas y la insurrección armada. Ese y muchos otros hechos que siguieron en el tiempo ponen en evidencia que aquel desencuentro entre Castro y Betancourt no fue simplemente una desavenencia entre gobernantes, sino un episodio de una confrontación que comenzaba a gestarse entre dos países sin los cuales no se comprende bien la historia reciente de buena parte de América Latina: Venezuela, que estrenaba la democracia en medio de dictaduras y le trazaba al continente un rumbo de libertades y apertura. Y Cuba que incubaba una autocracia y buscaría imponer su influencia a toda costa para rodearse de aliados y apropiarse de valiosos recursos.
En ese contexto se sucedieron golpes de Estado durante todos los años del ejercicio presidencial de Betancourt. El primero fue el golpe de Castro León en el Táchira, el 20 de abril de 1960. Luego vinieron el Carupanazo, el 4 de mayo de 1962, y el Porteñazo, el 2 de junio de 1962. Esos golpes, que fueron rápidamente neutralizados, iban en la misma línea de la insurrección comunista, estimulada y apoyada por Fidel Castro, que desde el primer momento fue ganado por la idea de las guerrillas. Pero los golpes fueron anulados y las guerrillas estaban siendo derrotadas. Entonces vino la invasión de Cuba a Venezuela.
Enfrentamientos durante el Carupanazo.
Esta invasión se materializó con el desembarco enMachurucuto, el 8 de mayo de 1967 de un grupo de guerrilleros cubanos y venezolanos preparados en la isla caribeña. Tampoco tuvo éxito esta acción. En menos de 96 horas la avanzada invasora fue cercada y derrotada.
Poco tiempo después, en 1971 -ya sofocadas las guerrillas aunque con la persistencia de pocos focos aislados- se da el primer paso del nuevo plan con el ingreso de HugoChávez y otros jóvenes a la Academia Militar. Castro y sus aliados sabían de estrategia y ya no querían seguir recurriendo a la invasión ni a guerrillas ni a golpes de Estado. Ahora lo que vendría sería una conspiración desde el seno de la propia escuela de formación de nuestros oficiales en combinación con la izquierda comunista y la complicidad de Cuba. En ese cambio de idea y en esos planteamientos jugó un rol principal el comandante Douglas Bravo.
El ingreso de Chávez a la Academia Militar fue el 8 de agosto de 1971, en tiempos de Rafael Caldera. Egresó y recibió el sable de manos del presidente Carlos Andrés Pérez el 6 de julio de 1975. Es decir, su carrera la hizo bajo dos gobiernos democráticos que se sucedieron en el poder, una alternancia que él se encargaría de eliminar. Pero, volviendo a aquellos años, hay que decir que fue cuando apareció por primera vez en escena la influencia de uno de los mentores de Chávez: José Esteban Ruiz Guevara, secretario general el Partido Comunista en Barinas, quien se convierte en la persona más cercana al entonces cadete con sus consejos y sus clases de marxismo. Este era primo hermano del general Ramón Guillermo Santeliz Ruiz, oficial que colaboró con el ingreso a la Academia de bachilleres de varios liceos.
En la línea de tiempo de este análisis, hay un episodio que hoy resulta ocioso insistir en verlo como un hecho aislado y que fue bautizado por los medios como “la noche de los tanques”. Ocurrió el 26 de noviembre de 1988, estando encargado de la presidencia Simón Alberto Consalvi, ministro del Interior del gobierno de Jaime Lusinchi.
Aquel fue un incidente muy extraño, que según los implicados habría sido producto de una confusión. Lo cierto es que sus alegatos hoy resultan aún menos convincentes que en aquel momento. Lo cierto es que de esto no se supo más nada y no se le dio la importancia que realmente tenía.
Vino luego la huelga de la Policía Metropolitana, a finales de la administración de Lusinchi. Oficiales de este organismo solicitaban reivindicaciones para ingresar a la cúpula de la policía, bajo el argumento de que debían dirigirla sus propios miembros. ¿Es casualidad que para el momento del llamado Caracazo la PM estuviera ya bajo otras condiciones de comando? Veamos los hechos.
El Caracazo estalla apenas 15 días luego de instalarse el gobierno de Carlos Andrés Pérez. La planificación de este evento que se inició en Guarenas, estimulado por gente de izquierda y comunistas, con el acompañamiento de algunas televisoras que facilitaron que se extendiera una situación tan delicada en todo el país. Este evento estaba evidentemente planificado para finales del gobierno de Lusinchi, pero por alguna razón se retrasó y se inició unos días más tarde, el 27 de febrero, con la excusa del aumento de la gasolina. Los primeros brotes no fueron debidamente contenidos, la televisión transmitía en vivo y el caos continuó hasta regarse por toda Caracas.
Cuando esto ocurrió, nos tomó a todos prácticamente por sorpresa. Recuerdo que ese día yo salí del Alto Hatillo a las 6:00 de la mañana bajo una lluvia muy fuerte y con un tráfico totalmente desbordado. En medio de la situación, llegué al despacho de la Gobernación y me dirigí al Palacio de Miraflores a conversar con el presidente Pérez.
Nuestra conversación fue muy rápida y las instrucciones fueron terminantes. El gobernador se ocuparía del abastecimiento de los grandes mercados del Distrito Federal y del equipamiento de los hospitales de la red hospitalaria del Gobierno del Distrito Federal. El presidente se reservaba la conducción policial y militar de los acontecimientos. Acontecimientos que, si los analizamos y los vemos bien, tienen las mismas características de actos similares que han ocurrido en Chile, Argentina, Ecuador, Perú, Colombia, y otros con la misma estrategia de aquel entonces.
En el caso de Caracas, la policía se encontraba fuera de su función operativa, que es la vigilancia y custodia del orden público. Como he señalado, veníamos de una huelga que respondía a las aspiraciones de controlar y manejar el ente de modo que estuviera en manos de los mismos policías y no de un personal traído de las cúpulas de la Guardia Nacional. O sea, que el estallido “espontáneo” se dio justo cuando se sabía que la policía no iba a responder como era debido.
Estoy seguro de que, si siguen estos indicios, se verá la verdad: que todos estos eventos fueron diseñados por Cuba y el Foro de Sao Paulo.
Si se ve la dimensión real del ajuste de la gasolina, resulta difícil tomarlo hoy como argumento válido. Pero sí se puede entender que fue uno de varios elementos que sirvieron para estimular el saqueo y actos vandálicos que ya estaban programados. La extrema izquierda y la izquierda comunista venezolanas siempre han negado esto. Han insistido en fue sido por generación espontánea que salieron a saquear aquellas hordas que no estaban de acuerdo con el aumento de unos céntimos al litro de gasolina. Por eso hay que volver a revisar todo y tomar en cuenta, por ejemplo, que el Caracazo ocurrió cuando se agudiza la célebre crisis del comunismo en la Unión Soviética y apareció en el terreno política Mijaíl Gorbachov.
A la luz de estos datos se ve que todos estos hechos vienen configurándose desde 1959, que no hubo generación espontánea, sino planificación de eventos muy concretos para imponer las doctrinas marxistas, comunistas, que se han ido apoderando geopolíticamente de nuestros países. Con esto se demuestra que el fracasado golpe del 4 de febrero -con sus incidencias militares y en combinación con el Partido Comunista y la izquierda- fue un eslabón de una cadena de conspiración. Lo que empezó en 1959 para destruir la democracia en Venezuela. El propio Chávez insistió una y otra vez que la revolución bolivariana empezó el 27F, aunque repetía la versión de que era un estallido popular porque necesitaba darle una raíz popular a la intentona que él lideró.
Lo más grave es que en su momento hubo gente a quien el país reconocía como figuras relevantes y que contribuyeron a desestabilizar el gobierno del presidente Pérez y legitimaron las acciones contra la democracia. Sin duda, el famoso grupo de los “Notables” fue un instrumento más en la siembra de los vientos que trajeron esta tempestad.
Dr. Arturo Uslar Pietri: "En Venezuela, jamás ha existido una verdadera oposición política""
EL 4F no fue una intentona para derrocar al presidente Pérez, fue un golpe contra las instituciones democráticas de Venezuela, contra el Estado de derecho y contra la idea de nación autónoma que se había cultivado con tanto esfuerzo.
Esa autonomía era la pesadilla de Castro, que no lograba convertir en nuestro país en el socio pudiente que tanto necesitaba. Una pesadilla que logró superar para imponernos otra peor
En el fandango de locos que es nuestra América prosperó, hasta hace poco, la excéntrica costumbre de invitar al dictador cubano, Fidel Castro, a la toma de posesión de presidentes electos democráticamente. Si ya hemos dejado de hacerlo es solo porque el provecto y protervo comandante no está ya para esos trotes.
En Venezuela aún recordamos cómo la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez, para su segundo y malhadado período constitucional (1988-1993), revistió la apariencia de una coronación monárquica. De todos los invitados a aquella apoteosis, Fidel Castro fue la estelar figura por quien se desmoñaron las damas del Country Club en su afán de estrechar la mano del Comandante durante un sarao muy mentado en aquel tiempo. Fue también por esos días cuando Castro dio en vestir traje oscuro y corbata para ocasiones muy señaladas, como la audiencia que le concedió el papa Juan Pablo II en 1996.
A los ojos de cualquier venezolano de mi generación, el traje azul marino y las coloridas corbatas que lució el Máximo Líder en la ceremonia inaugural de Pérez contrastaban socarronamente con la Colt 45 colgada al cinto con que pretendió dirigir un discurso ante el Congreso de mi país en su primera visita a Caracas, en 1959. Felizmente, Rómulo Betancourt, quizá el único ser humano en toda América Latina que no había sucumbido al hechizo de los barbudos era, al mismo tiempo, presidente de Venezuela (1958-1963) y ordenó desarmar a Castro, junto con sus hombres (cuesta llamar comitiva a aquella panda verde olivo de hirsutos cortagangantas), no bien aterrizaron en Maiquetía, apenas 22 días después de haber derrocado a Fulgencio Batista, el dictador saliente. Pero, ¿qué tiene que ver la evocación de ocurrencias del siglo pasado caribeño con el título de esta bagatela de asunto, digamos, cultural?
La respuesta quizá esté en un exaltado manifiesto de bienvenida, firmado nada menos que por 911 sedicentes intelectuales, entre académicos, poetas y artistas venezolanos, a la llegada de Castro a Caracas hace ya un cuarto de siglo. Me serviré de él porque ofrece una muestra, sin duda parcial pero significativa, de nuestro poetariado progresista que quizá permita caracterizar las tortuosas relaciones que hoy sostienen intelectuales y artistas venezolanos con la vociferante satrapía militar que expolia y desangra mi país ante la indiferencia de casi todo el mundo.
Como espécimen de un género latinoamericano por excelencia, el Manifiesto de los 911 es muy breve pero cabrillean suficientemente en él frases imbuidas de garciamarquezca postración ante el Hombre Imprescindible como para dudar de su linaje izquierdista.
Nada menos que 911 sedicentes intelectuales, entre académicos, poetas y artistas venezolanos, firmaron un manifiesto de bienvenida a Castro
“En esta hora dramática del Continente —declaraban los firmantes—, solo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos”. Sigue diciendo el documento que en 1959 Castro triunfó sobre “la tiranía, la corrupción y el vasallaje” batistianos. Y termina así: “...afirmamos que Fidel Castro, en medio de los terribles avatares que ha enfrentado la transformación social por él liderizada y de los nuevos desafíos que implica su propio avance colectivo, continúa siendo una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa, independiente y solidaria”. Luego firman mis compatriotas, en orden alfabético: Abdala, Guillermo; Acosta, Vladimir y así, sucesivamente, hasta llegar a Zapata, Pedro León.
Junto a cada nombre, la lista añade una sucinta descripción del arte u oficio o disciplina, nivel de escolaridad, rango académico del abajo firmante y, en ocasiones, la opinión que de sí mismos tienen los infaltables wannabes: los igualados de siempre, los parejeros, los quiero y no puedo colados mayoritariamente en la lista. Así, junto a reconocidos escritores, artistas plásticos y académicos, se asoman borrosos “promotores culturales”, “artistas del fuego”, “editores alternativos” de no se supo nunca qué tipo de publicaciones, catedráticos de materias introductorias y el consabido batallón de cineastas de filme inconcluso de quienes nada se sabía entonces ni se ha podido saber.
El documento se lee hoy con nostalgia del año en que, con la caída del muro de Berlín, comenzó el colapso de la Unión Soviética. También con desengañada sonrisa al ver el nombre de entrañables, auténticos hombres y mujeres de ideas y de letras, de músicos, cineastas, gente de teatro y artistas plásticos, entreverado con el de los sempiternos logreros y lobbystas del presupuesto cultural del petroestado venezolano; todos saludando a un tiempo la visita de un tirano que en cosa de meses habría de fusilar, tras un juicio farsesco, a quienes se pensaban sus mejores amigos.
Podría pensarse que aquel manifiesto fue pura efusión de simpatía caribe por el Máximo Líder pero lo cierto es que se presentó también como respuesta obligada a otra carta abierta que los desaparecidos Reinaldo Arenas y Jorge Camacho, escritor el primero y pintor el segundo, ambos disidentes cubanos por entonces ya exilados, enviaron a Fidel Castro en diciembre del año anterior, apenas dos meses antes de la visita de éste a Caracas, emplazándolo a convocar un plebiscito luego de treinta años de ejercer poder omnímodo sobre la isla.
La Carta de París, como pronto fue conocida aquella exhortación, halló muchísimo eco en el mundo intelectual europeo y estadounidense y concitó la firma de unas cien personalidades; gente como Octavio Paz, Jack Nicholson, Juan Goytisolo, Saul Bellow, Yves Montand, Claude Simon, José Luis Aranguren, Bernard-Henri Lévy, Federico Fellini o Gérard Depardieu.
En la carta de los 911, como es de suponer, “no están todos lo que son ni son todos los que están”. Ciertamente, no figura nadie nacido a la vida pública venezolana a este lado del caracazo, nombre con que son conocidos los sangrientos motines y saqueos que estallaron en febrero de 1989, no bien se marcharon los dignatarios invitados a la coronación de Pérez.
Comparada con la lista de ultraconservadores —los llamados notables— que, encabezados por el humanista burgués por excelencia, Arturo Uslar Pietri, firmaba un año más tarde una artera declaración, modelo de antipolítica, que en opinión de muchos contribuyó enérgicamente a validar la defenestración constitucional de Pérez, gracias a una leguleya conspiración de la dirigencia de Acción Democrática —su propio partido—, los barones de la prensa y buena parte del empresariado, la lista de los 911 filocastristas podría pasar por una nómina de ingenuos, borreguiles buenos lectores de Las venas abiertas de América Latina, pero no es del todo así.
Por ejemplo, ese Alí Rodríguez, que en 1989 se definía escuetamente como “ensayista”, ¿será el mismo Alí Rodríguez, exguerrillero contumaz, que con Chávez llegó a ser embajador de Venezuela en Cuba, canciller, ministro de petróleos, presidente de la empresa petrolera estatal, ministro de economía y finanzas, secretario general de la Opep y, actualmente, secretario general de Unasur?
Un poco más arriba figura Elías Pino Iturrieta, brillante historiador que por entonces era decano de la Facultad de Humanidades en la Universidad de Central de Venezuela, autor de muchos libros y de uno muy especial: El divino Bolívar: ensayo sobre una religión republicana (Catarata, 2003), texto sin duda seminal para el desmonte del culto a Bolívar. Hoy, Pino Iturrieta es editor adjunto de El Nacional, acosado e insumiso matutino de oposición.
Abundan en la lista marxistas que, sin haber dejado de serlo, hoy denuncian los extravíos de la petrodiplomacia chavista, como lo hace el economista Héctor Malavé Mata, o los dislates del culto a la personalidad, como lo hace el profesor Alexis Márquez Rodríguez, paisano de Chávez, filólogo y académico de la lengua quien durante décadas mantuvo una popular columna sobre el castellano en América, columna de mucho predicamento entre nosotros.
Transcurrido un cuarto de siglo desde aquella visita, luego de quince años de hegemonía chavista, muchos de aquellos firmantes venezolanos siguen siendo figuras relevantes en nuestra cultura, aunque hoy bien podrían decir con Neruda: “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.
La crema de la crema de aquellos 911 ha terminado encarnando una obstinada oposición “de centro izquierda” al chavismo
En efecto, si atendemos tan solo a los 123 abajo firmantes que en 1989 se describían a sí mismos como escritores (algo así como el 13,3 % del total de saludantes), vemos que la abrumadora mayoría de ellos enfrenta hoy decididamente el modelo castrochavista —de algún modo hay que llamarlo, sobre todo ahora que [el líder del partido Podemos] Pablo Iglesias, autoproclamado bolivariano peninsular, lo ha propuesto a los españoles—.
Esa mayoría ha generado desde hace mucho más de quince años no solo obras laureadas (tal el caso de Alberto Barrera Tyszka, premio Herralde de novela 2006, coautor de una autorizada biografía crítica de Chávez, columnista y acérrimo adversario del régimen), sino toda una masa de significados críticos del neopopulismo latinoamericano, la manipulación política de la memoria histórica, la militarización de la sociedad, la constitucionalidad política, el papel del Estado en la educación y la cultura, la gestión de la riqueza petrolera, la violencia criminal y, last but not least, la pérdida de soberanía que entraña haber convertido al poder ejecutivo venezolano en un aberrante protectorado político de Cuba.
¿Circulan ideas en Venezuela? ¿Debaten los intelectuales de mi país? Hace tres lustros la conversación pública se afanaba en discernir la verdadera naturaleza del chavismo. ¿Populismo carismático radical o militarismo latinoamericano a secas? ¿peronismo caribeño? ¿neotorrijismo patrimonialista? ¿y qué rayos debíamos entender por bolivariano? ¿Por qué había que nacionalizar de nuevo, una y mil veces, el petróleo? Los accidentes del proceso revolucionario han forzado a aterrizar los temas.
Así, hoy se interpela duramente al gobierno, como lo hace la historiadora Inés Quintero, autora de best sellers sobre el procerato independentista, sobre la adoctrinadora versión de la historia patria que el poschavismo ha hecho obligatoria en los libros de texto de escuela elemental. Angel Alayón, economista y director de Prodavinci, el más influyente medio digital del país, exclusivamente dedicado a literatura e ideas, desenmascara persuasiva y garbosamente la inviabilidad del socialismo del siglo XXI.
Desbocado ya, desde hace meses, el autoritarismo, adoptado por Nicolás Maduroel método fidelista —machacar, intimidar, encarcelar— como única manera de lidiar con más de cien días de protestas estudiantiles que, a fines de mayo, arrojaba un saldo de 44 asesinatos impunes, más de mil detenciones y decenas de denuncias de torturas, el cariz dictatorial de este régimen híbrido no está ya en discusión. Moisés Naím parece haber zanjado al fin el debate caracterizando atinadamente el régimen venezolano como “dictadura posmoderna”. Venezuela no es ya escenario acogedor para los equilibristas fiadores intelectuales del neopopulismo latinoamericano, a la manera del posmarxista argentino Ernesto Laclau.
La concentración de todo el poder en una misma persona, el verticalismo centralizador tan caro a Fidel Castro y sus epígonos, ha ahogado hasta las leales, zalameras disidencias que tanto aprecian algunos dictadores. El régimen instaurado por Chávez no admite sino la obsecuente adulación de los mujiquitas, derivación del bachiller Mujica, personaje de Doña Bárbara con que Rómulo Gallegos satirizó a los áulicos civiles de los espadones.
Así, un país de poetas como Rafael Cadenas, laureado en 2009 con el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara para la Literatura en Lenguas Romances, hombre cuyos poemas memoriza todo venezolano culto desde hace generaciones, o el desaparecido Eugenio Montejo (1938-2008), que en 2004 obtuvo el Premio Internacional Octavio Paz de poesía y ensayo, no han merecido sino el escarnio propio de guardias rojos chinos de parte de las autoridades culturales venezolanas.
Característicamente, el poeta Luis Alberto Crespo (1941), antiguo director del Papel Literario de El Nacional, y de quien no vacilo en decir que en su columna semanal Unión Libre desplegaba hace ya treinta años una de las mejores prosas de la lengua, es desde 2013 embajador de Venezuela ante la Unesco. “Chávez es el mejor poeta del país”, afirmó galanamente Crespo al instalar un Festival Internacional de Poesía. El actual ministro del Poder Popular para la Cultura, el músico Fidel Barbarito, piensa lo mismo. Farruco Sesto, el anterior ministro de Cultura, opina igual.
Es claro que el núcleo duro de la intelligentsia venezolana actual, la crema de la crema de aquellos 911, ha terminado encarnando una obstinada oposición “de centro izquierda” al chavismo. Para irnos entendiendo, estarían ellos más cerca de la española Rosa Díez, del partido Unión Progreso y Democracia (UPyD) que de Pablo Iglesias, el telegénico chavista vallecano de Podemos.
Algo que, bien o mal debería tener en cuenta el viajero, corresponsal, o simple observador de pájaros que aún piense que todo lo que en Venezuela se opone al chavismo es élite blanca, ultraderecha pura y dura, nómina de contratados de la CIA o todo lo anterior.
Hay que hacerse una pregunta: ¿Quien pagó ese remitido en dos periódicos de circulación nacional?
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Bienvenido, Fidel
“Firmar el remitido de Bienvenida a Fidel, en 1989, fue un lamentable error. (…) -llevados por la efusión polarizante, por la vanidad, por la estupidez- nos hicimos cómplices de una dictadura; que resiste el peso de su propio fracaso, reinventando permanentemente su débil mentira, y demostrando que la melodramatización de la política es altamente rentable”.
El 1 de febrero de 1989, en un desplegado a página completa del periódico El Nacional, apareció un remitido que destacaba en gran tamaño dos palabras: “Bienvenido, Fidel”. En tres días más, estaba por realizarse lo que después se llamó “La coronación”: un fastuoso y enorme evento que celebraba el comienzo de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez. Se habían convocado a diversas personalidades internacionales, casi todos los mandatarios del continente habían confirmado su asistencia. La posibilidad de que también llegara Fidel Castro, sin embargo, había desatado una polémica. Existía cierta presión, en diferentes ámbitos, cuestionando su presencia en la cumbre. El remitido público era una expresión de solidaridad con el dictador cubano.
Fue un texto breve pero desbordado: “Nosotros, intelectuales y artistas venezolanos al saludar su visita a nuestro país, queremos expresarle públicamente nuestro respeto hacia lo que usted, como conductor fundamental de la Revolución Cubana, ha logrado en favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latina. En esta hora dramática del Continente, sólo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos. Hace treinta años vino usted a Venezuela, inmediatamente después de una victoria ejemplar sobre la tiranía, la corrupción y el vasallaje. Entonces fue recibido por nuestro pueblo como solo se agasaja a un héroe que encarna y simboliza el ideal colectivo. Hoy, desde el seno de ese mismo pueblo, afirmamos que Fidel Castro, en medio de los terribles avatares que ha enfrentado la transformación social por él liderizada y de los nuevos desafíos que implica su propio avance colectivo, continúa siendo una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa, independiente y solidaria”.
El manifiesto estaba firmado por 911 intelectuales y artistas. Yo fui uno de ellos.
Nadie me pagó por hacerlo. Nadie tampoco me obligó. Nadie puso mi nombre sin consultarme. No firmé bajo engaño. Yo tenía 28 años y había publicado un libro de poemas. Fidel llevaba tres décadas en el poder y ya había dado contundentes muestras de su condición de tirano. Había encarcelado, torturado y asesinado a adversarios y disidentes; había perseguido y encarcelado a los homosexuales; buscaba suprimir cualquier tipo de diversidad. Había militarizado la sociedad y concentrado en su persona todo el poder. Había cancelado -hasta como hipótesis en el imaginario colectivo- cualquier posibilidad de alternancia gubernamental… Ya había ocurrido el famoso caso Padilla. Ya había sucedido el éxodo del Mariel, en el que por fin pudo escapar de Cuba Reinaldo Arenas. La perestroika había sacudido a la Unión Soviética el año anterior y en unos meses más, en ese mismo 1989, caería derribado el Muro de Berlín… ¿Acaso todo esto no era suficiente?, ¿qué más se necesitaba saber para negarse a firmar ese remitido?
Hay quienes todavía sostienen que, en el fondo, la invitación de Carlos Andrés Pérez respondía a una estrategia geopolítica: lograr que Fidel regresara al circuito diplomático continental y, de esta manera, poder hacer una mejor presión internacional para comenzar a flexibilizar el régimen cubano. Por supuesto que nada de esto se vio en el evento. El espectáculo fue otro.
Un elegantísimo Fidel Castro, de impecable traje y corbata, fue la sensación de la cumbre. La crónica de la época destaca que “hasta las señoras del Country Club querían tomarse fotos con él”. Como si fuera una estrella de rock, los medios de comunicación lo seguían a todos lados, a veces con infantil fascinación. Castro declaró que tanto él como su equipo de seguridad habían tenido muchas dudas sobre su asistencia, dadas las continuas amenazas que recibía y la cantidad de planes que siempre estaban en marcha para asesinarlo, pero que la lectura del manifiesto de bienvenida firmado por tantos intelectuales lo llevó a tomar la decisión de viajar a Venezuela. Formar parte del remitido, entonces, podía incluso en ese momento, ofrecer cierto prestigio, una fugaz ilusión de celebridad.
Nada de esto tenía -para los venezolanos- la dimensión de gravedad y de tragedia que tiene hoy día. El tema comenzó a ser percibido, a ser analizado y debatido, de otra manera una década después, a partir de 1999, cuando Hugo Chávez asumió la Presidencia y comenzaron los cambios, entre ellos un tipo de relación oficial muy distinta entre Venezuela y Cuba. En esos primeros años, a medida que Chávez empezaba a desmantelar el Estado y a imponer su proyecto autoritario y militarista, en el contexto de una polarización política cada vez más encendida, la sociedad también empezó a buscar explicaciones, a hacerse otras preguntas, a revisar de otra manera su propia historia. Dentro de esos análisis, el viejo remitido de 1989, y quienes lo firmamos, pasamos a ser de pronto casi cómplices y responsables directos de la destrucción del país, de la llegada del “castrochavismo” a Venezuela.
La anécdota me sirve ahora para resaltar nítidamente las diferencias de recepción y vivencia de un mismo suceso, por una misma sociedad en dos circunstancias culturales y emocionales distintas. También es útil para despachar temprano una de las más socorridas fórmulas con las que se pretende resolver este dilema: asegurar que los intelectuales o artistas que apoyan -a veces de forma incomprensible- causas o movimientos claramente autoritarios lo hacen porque reciben un sueldo: son oportunistas tarifados, se han vendido sin pudor y sin gracia, solo son unos farsantes mercenarios. Obviamente, hay casos así. Pero esta sentencia no sirve para contestar a la interrogante central: ¿por qué un grupo de intelectuales y artistas, sin que nadie nos pagara nada, firmamos un alborozado manifiesto de adhesión pública a un impresentable tirano caribeño? La realidad -por suerte para todos- suele ser más rara y más compleja que una simple receta, que la ecuación que sostiene frecuentemente la polarización política.
Creo que, de entrada, es imprescindible cambiar la noción que tenemos de los intelectuales. Hay que dejar de pensar en esa antigua figura del intelectual que -como decía Foucault- pretendía ser “conciencia y elocuencia” de la tribu. Los intelectuales solo pueden ser percibidos así en sociedades donde nadie lee y donde no existe el debate ciudadano. Es más saludable pensar que los intelectuales son tan irracionales como todos los demás, que no siempre saben mirar y entender la realidad, que en política se equivocan con la misma frecuencia que cualquier otra persona.
El siglo XX -a partir del nazismo, del fascismo y por supuesto de la experiencia soviética- produjo agudas y luminosas reflexiones sobre la relación entre los intelectuales y el totalitarismo. Obviamente, las experiencias son distintas cuando se piensa y se actúa desde adentro, bajo la amenaza, el control y la violencia institucional, que cuando se hace desde afuera de un sistema totalitario. Si se está adentro, el tránsito entre la irremediable necesidad de sobrevivir y el disimulo oportunista que termina convertido en devoción puede ser sutil, ligero, muy eficaz. Serguéi Dovlátov, un extraordinario escritor que logró salir de la Unión Soviética gracias a Joseph Brodsky, resumen este trayecto de la siguiente manera: “Había decidido vender mi alma a Satanás y acabé regalándosela”.
El caso de los intelectuales que desde afuera genuinamente establecen una relación de fervor con este tipo de antiguas o modernas tiranías es más complejo. Este sometimiento voluntario suele justificarse por la existencia de una utopía o por el deslumbramiento ante el poder y el magnetismo de un líder. Leszek Kolakowski propone también otra característica para analizar el problema: la dualidad del intelectual entre su sentido de superioridad e independencia de pensamiento y su aislamiento y su necesidad de ser parte de una colectividad. El intelectual requiere constantemente ser reconocido, necesita demostrar que es un intelectual, legitimarse con la validación pública. No hay nada mejor para superar esta contradicción -según sostiene el académico polaco- que apoyar “la causa de los desvalidos”.
En este sentido, Cuba, al inicio, ofreció un relato muy tentador: en una pequeña isla del Caribe, los desvalidos se rebelaron en contra de un tirano apoyado por el poderoso imperio norteamericano. De inmediato, gran parte de la intelectualidad del planeta celebró y se congregó alrededor de esta ilusión revolucionaria. Y eso no estuvo mal. El problema está en lo que tardaron -tardamos, y todavía algunos tardan- en liberarse y salir de ese espejismo.
No deja de ser paradójico que sea en 1971 -ya con una década de consolidación violenta del modelo autoritario fidelista- cuando se da la primera crisis importante de buena parte de la intelectualidad del mundo con el régimen cubano. La detención del escritor Heberto Padilla y su posterior “autocrítica” -tras 38 días de prisión- marcó un referente insoslayable. Esa confesión pública -que puede verse ahora en un reciente y fascinante documental de Pavel Giroud– muestra de manera nítida lo que debe ser un artista en una revolución: Padilla renuncia a sí mismo, se avergüenza y reconoce que bajo su disfraz de “escritor rebelde” solo había un traidor, “a mí -dice- me importaba mucho más mi importancia literaria que la importancia de la revolución”; reniega de sus libros, los tacha de “derrotistas”, “amargados”, “resentidos”… acusa a algunos de sus ex amigos, denuncia a la prensa extranjera, ensalza a los soldados y a los gloriosos miembros de los cuerpos de seguridad del Estado; y -por supuesto, no faltaba más- habla del generoso líder, único y verdadero creador de la revolución: “Y no digamos las veces que he sido injusto con Fidel, de lo cual nunca realmente me cansaré de arrepentirme”. Así es el intelectual que el autoritarismo desea y tolera.
Sorprende que aun después de este caso, que supuso la crítica y el alejamiento de grandes apoyos del proceso cubano (Sartre, Calvino, Alberto Moravia, Marguerite Duras, Susan Sontag, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Vargas Llosa…), Fidel lograra todavía mantener cierto prestigio. Escritores como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o Augusto Monterroso, manteniendo un leve espíritu crítico en algunos momentos, siguieron siendo leales a la revolución, anclados casi siempre en el argumento emocional que se sustenta en la desigual batalla de los desvalidos que se defienden de los ricos y de los poderosos.
Esta misma narrativa es la que sostiene el relato del bloqueo y suele tener una eficacia asombrosa. Resiste el peso de su propio fracaso, reinventando permanentemente su débil mentira, y demostrando que la melodramatización de la política es altamente rentable. Todavía para mi generación fue muy difícil entender y asumir que podíamos y debíamos estar en contra del bloqueo pero también en contra de la Revolución.
Firmar el remitido de Bienvenida a Fidel, en 1989, fue un lamentable error. Y no porque eso haya tenido algún tipo de consecuencia concreta en todo lo que ocurrió después en Venezuela, sino porque -llevados por la efusión polarizante, por la vanidad, por la estupidez- nos hicimos cómplices de una dictadura. Atendimos el espejismo de un lenguaje y obviamos el horror de los hechos. Todo esto es cierto. Pero, como contraparte, también es cierto que el dilema entre la tragedia de la realidad y las alternativas para transformarla sigue sin resolverse. Para nosotros, la esperanza sigue siendo un enorme problema político.
En una mesa redonda, a propósito del “destino de los intelectuales”, realizada en Nueva York en 1985, George Steiner dijo lo siguiente: “Creo que desde hace tiempo, desde la Revolución Bolchevique, se ha desatado un movimiento de esperanza entre los intelectuales, se han abierto numerosas ventanas a la esperanza: varias de ellas se debieron a esa Revolución, otras a la Primavera de Praga y el régimen de Dubcek, y otras más a Cuba y al Chile de Allende. A posteriori es muy fácil decir que, en cada ocasión, uno fue rematadamente estúpido y que era previsible que todo acabara en catástrofe, tiranía y corrupción (…) Lo que ahora me interesa es saber qué pasará con la propia naturaleza del pensamiento, con la epistemología del pensamiento, si no abrimos más ventanas”. Casi cuatro décadas después, cercados por la polarización, encerrados en tiempos de corrección política y cancelaciones, estas dudas siguen teniendo una pertinencia impresionante. Steiner proponía un ejemplo fabuloso: “Supongan ustedes que un estudiante se presenta a cualquiera de nosotros, como ya ha sucedido, y nos dice ahora: Han enterrado a gente viva en San Salvador. Ya no puedo soportarlo. Soy un ser humano y debo hacer algo (…) Díganme ustedes qué harían si alguien les dijera: Sé que de unirme yo a la izquierda todo acabará, si ganamos, en brutalidades estalinistas de la peor especie; y que de unirme a la derecha el resultado será un coronel fascista más, o un generalísimo, o cualquier otra cosa por el estilo. No tiene caso hacer nada, ¿verdad?, ¿responderían acaso que estamos obligados, para madurar, a aceptar el principio freudiano de la realidad?, ¿qué no hay elección posible porque, gane la izquierda o la derecha, todo acabará sin remedio en atrocidad?”.
Nada de esto justifica el remitido que firmé dándole la bienvenida a un tirano. Intento, si acaso, complejizar ese momento, no excusarlo. Pienso en él con la distancia de los años y con la evidencia de un presente sin desenlaces posibles, en un país donde lo que más escasea es la ilusión. ¿Qué podemos hacer entonces con la indignación, con las genuinas y desesperadas ansias de cambio?, ¿dónde ponemos la esperanza?
Estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela. Después de trabajar en agencias de publicidad y periódicos, terminó escribiendo guiones para la televisión. Ha publicado novelas, cuentos, poemarios y libros de no ficción. Es coautor, junto a Cristina Marcano, de Hugo Chávez sin uniforme, primera biografía del líder venezolano. Ha ganado el Premio Herralde de novela (2006) y el Premio Tusquets de novela (2015). Su libros están traducidos a varios idiomas. Es colaborador de El País y de Letras Libres, columnista de The New York Times en español y del portal Prodavinci. Vive entre México y Venezuela.
Hoy compartimos con ustedes un triste recuerdo. 911 "intelectuales y artistas" publicaron en los diarios El Nacional y 2001, entre el 1 y 3 de febrero de 1989 un texto de Bienvenida al dictador cubano Fidel Castro. Castro había sido invitado para la toma de posesión de su "amigo" Carlos Andrés Pérez. Y obviamente Castro no iba a desaprovechar la oportunidad de ser la vedette de este evento donde no tenía que gastar nada. Luego vendrían los sucesos "espontáneamente organizados" por la izquierda y la élite económica venezolana del 27 y 28 de febrero, ahora conocidos como "El Caracazo".
Es realmente asombrosa el grado de adulación y de desconocimiento de la realidad cubana de estos miembros de élite cultural venezolana. Aunque creemos que solo volvían la vista hacia otro lado, porque hasta José Napoleón Oropeza incluyó su firma y él estaba al tanto del grado de abyección del régimen cubano.
Ninguno parece recordar los intentos de invasión de Castro a Venezuela o como se negó Castro a ayudar al escritor venezolano Alí Lameda, cuando fue apresado por el régimen opresor de Corea del Norte. Curiosamente la firma de Alí Lameda no está en este documento. Esta terrible zalamería siempre me hace recordar la convención de la películas de vampiros, donde el monstruo siempre pide a la víctima ser invitado al aposento.
Y precisamente eso fue lo que hicieron estos 911 "intelectuales y artistas" invitar al monstruo para tener el honor de ser devorados por él, si solo hubiesen sido devorados ellos no sería problema, lo terrible es que el monstruo está devorando al país. Algo que los Castro y Cuba saben hacer muy bien. Solo debemos recordar como Cuba le ha estado chupando la sangre a Venezuela desde que se instauró el Chavismo. Otra película que puede reflejar muy bien la situación de Venezuela, invadida por agentes letales (y leales a la dictadura venezolana) cubanos, chinos, rusos y de otras nacionalidades, es "La invasión de los usurpadores de cuerpos"
Justo ayer hablaba con un amigo sobre este hecho y sus afirmaciones fueron tajantes:
- Todos esos intelectuales y artistas fueron o son colaboracionistas de un ejercito invasor y constitucionalmente son corresponsables de la terrible situación que padecemos todos los venezolanos actualmente. Ahora hay que investigar cuantos de esos "intelectuales" actualmente son enchufados o aupadores de esta dictadura del siglo XXI...
Esto solo es un botón de todo lo que dijo mi amigo que cerro su disertación así:
- ...tanto brillo académico, tanto talento, tanto genio unidimensional,tantos artistas, tantos intelectuales y tan poco seso...
A continuación podrán leer la declaración de bienvenida y ver a todos los firmantes coadyuvantes de este proceso que se llamó o se llama "Socialismo del siglo XXI" ...
Es sumamente triste ver y escuchar como el lamesuelismo se adueña de figuras mediáticas tales como Maite Delgado, que emite declaraciones como estas:
Solo debemos trabajar y olvidarnos de los derechos fundamentales para convertir a Venezuela , en otra isla de la Felicidad como lo es Cuba...
Es irónico que que sean 911 los firmantes de este manifiesto de bienvenida a un tirano. El 911 es el número telefónico de emergencia en los Estados Unidos y en Venezuela de la operadora de telefonía móvil Movistar. Desde hace lustros Venezuela ha estado marcando el número pero hasta ahora no ha recibido ayuda alguna...
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Manifiesto de Bienvenida a Fidel Castro
Publicado en El Nacional y 2001, entre el 1 y 3 de febrero de 1989
Nosotros, intelectuales y artistas venezolanos al saludar su visita a nuestro país, queremos expresarle públicamente nuestro respeto hacia lo que usted, como conductor fundamental de la Revolución Cubana, ha logrado en favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latina. En esta hora dramática del Continente, sólo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos. Hace treinta años vino usted a Venezuela, inmediatamente después de una victoria ejemplar sobre la tiranía, la corrupción y el vasallaje. Entonces fue recibido por nuestro pueblo como sólo se agasaja a un héroe que encarna y simboliza el ideal colectivo. Hoy, desde el seno de ese mismo pueblo, afirmamos que Fidel Castro, en medio de los terribles avatares que ha enfrentado la transformación social por él liderizada y de los nuevos desafíos que implica su propio avance colectivo, continúa siendo una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa, independiente y solidaria.
1. Guillermo Abdala, escultor
2. Carmen Absueta, escritora
3. Ángel Eduardo Acevedo, escritor
4. Josefina Acevedo, cineasta
5. Elizabeth Acosta, investigadora Inst. de Investigaciones Econ. y Sociales UCV