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domingo, 17 de octubre de 2021

Joost Smiers: ¿Debemos Abandonar el copyright?




Joost Smiers, en una librería madrileña. CLAUDIO ÁLVAREZ. Imagen tomada de El País.




¿Abandonar el copyright? 






Es hora de reconocer que hay algo fundamentalmente equivocado en nuestro sistema occidental de copyright, que es la fuente de la aberración según la cual sólo unas pocas empresas puedan tener poder sobre cómo nos comunicamos a través de la Red, y las condiciones bajo las cuales esto ocurre. Es hora de preguntarse si deberíamos seguir funcionando con este sistema de copyright, que es un invento del siglo XIX que no está preparado para la promoción del derecho fundamental a la libre comunicación en el siglo XXI.

Pasemos a analizar el porqué.

Imaginemos cómo sería el mundo sin copyright. En este texto voy a indicar los argumentos básicos a favor del abandono del sistema de copyright. Podría resultar sorprendente, pero esta intervención mejoraría la situación de la mayoría de los artistas en todo el mundo. También garantizaría que nosotros, como ciudadanos y como artistas, no nos veamos privados de nuestro dominio público de conocimiento y creatividad por parte de unos cuantos conglomerados culturales.

Hace algunos meses, Carlos M. Gutiérrez, el Secretario de Comercio de EE.UU., anunció una serie de iniciativas dirigidas a acabar con la rampante piratería de, entre otras cosas, la música. Las pérdidas provocadas por la piratería han sido estimadas en unos 250 billones de dólares anuales, sólo en EE.UU. En un comunicado de prensa, Gutiérrez afirmó: "La protección de la propiedad intelectual es vital para nuestro crecimiento económico y nuestra competitividad a escala global, y tiene importantes consecuencias en nuestro continuado esfuerzo por promover la seguridad y la estabilidad en todo el mundo". Ahora bien, tengo que admitir que nunca se me ocurriría pensar que el copyright podía contribuir a la seguridad y estabilidad global.

Carlos M. Gutiérrez. Imagen tomada de Cubanet.



Se trata de un mensaje fascinante, ¡sobre todo en palabras de un Secretario de Estado norteamericano! Pero Carlos Gutiérrez trató otro aspecto del tema, que resulta más obvio. El copyright se ha ido convirtiendo en una herramienta para hacerse con inmensas inversiones. En la década pasada, se ha convertido en uno de los principales motores de la economía en Occidente, y, más concretamente, de la economía estadounidense. Pero este desarrollo de los hechos tiene un importante inconveniente: las compañías que poseen enormes cantidades de obras bajo copyright pueden, si así lo deciden, proscribir actividades culturales más débiles, no sólo del mercado, sino de la atención del público general. Esto está ocurriendo delante de nuestros ojos. Es casi imposible apartar la atención de las películas taquilleras, los bestsellers y los discos más vendidos plantados ante nosotros por estos leviatanes culturales que, curiosamente, poseen todos los derechos imaginables sobre estas obras. Como resultado de esto, la mayoría de la gente no tiene ni la más remota idea de todas las otras prácticas, menos comerciales, que están teniendo lugar en la música, el cine, el teatro, y las demás áreas artísticas. Esto representa una gran pérdida para la sociedad, porque nuestro mundo democrático sólo puede existir en un entorno de gran diversidad de expresiones culturales libremente articuladas y debatidas.

Retratada por Godfrey Kneller, hacia 1702.
Imagen tomada de Wikipedia
  



Comúnmente se entiende que el copyright, en primer lugar y por encima de todo, protege el bienestar y los intereses de los artistas. Pero la Historia nos enseña que la primera formulación política de alguna manera similar a nuestras leyes de copyright actuales tuvo objetivos muy alejados del cuidado de los ingresos del artista. La primera iniciativa orientada a proteger la propiedad intelectual de la expresión artística pertenece a la Reina Ana de Inglaterra, quien, en 1710, otorgó al gremio de los libreros el monopolio sobre la impresión y publicación de libros; un monopolio que, de forma muy conveniente, eliminaba toda competencia por parte de los impresores en otros lugares, tales como otros países, o la rival Escocia. De hecho, el término copyright lo dice todo: es el derecho exclusivo a copiar cualquier obra. En ningún lugar de las tempranas legislaciones sobre copyright se mencionaba al autor o al artista que había producido la obra. La Reina Ana tuvo sus razones para aprobar esta legislación. No le agradaba demasiado la idea de "libre expresión", y al otorgar al gremio de los libreros el derecho exclusivo de publicar libros obtenía pleno control sobre qué libros podían ser publicados, y qué libros prohibir y barrer del mercado. Al fin y al cabo, el que otorga derechos también puede revocarlos.

El Estatuto de la Reina Ana entró en vigencia en 1710
Imagen tomada de Wikipedia.




Esta legislación de la Reina Ana es el espectro que sigue persiguiendo al copyright hasta el día de hoy, y quizás más ahora que en ningún otro momento histórico. Grupos cada vez más reducidos de entidades cada vez más grandes y más poderosas poseen los derechos exclusivos de cada vez más obras en los campos de la literatura, el cine, la música y las artes visuales. Por ejemplo, Bill Gates, el famoso fundador de Microsoft, también posee una empresa algo menos conocida, llamada Corbis, que colecciona cantidades ingentes de imágenes de todo el mundo. Junto con Getty, Corbis está desarrollando un oligopolio en el campo de la fotografía y las reproducciones de obra pictórica. En otras palabras: una entidad con un gran poder en el mercado, muy similar al poder del gremio de los libreros en el siglo XVI. El oligopolio tiene control sobre qué obras de arte podemos usar, para qué fines, bajo qué condiciones, de manera muy similar a cómo la Reina Ana controlaba la impresión de libros.

Bill Gates. Imagen tomada de Wikipedia.



En la mayoría de las culturas en el mundo, este estado de cosas ha sido, y es, muy indeseable, hasta inimaginable. Los artistas siempre han usado las obras de otros artistas, y siempre se han basado en ellas a la hora de crear nuevas obras de arte. Resulta verdaderamente difícil imaginar que las obras de Shakespeare, Bach y un sinfín de otros pesos pesados de la cultura hubiesen podido existir sin este principio de construir en base a las obras de los antecesores. Pero, ¿qué observamos hoy en día? Fijémonos en el ejemplo de los documentalistas, que se enfrentan a obstáculos poco menos que insalvables, ya que su producción casi inevitablemente contiene fragmentos de contenidos visuales y musicales sujetos a copyright, y cuyo uso requiere tanto el consentimiento como el pago correspondiente al propietario de los derechos de reproducción. Esto último está casi siempre fuera del alcance del documentalista, y lo anterior le da a Bill Gates, o a cualquier otro propietario de copyright, plenos derechos de permitir el uso de "sus" contenidos artísticos sólo de las formas que le parezcan apropiadas. Ahora bien ¿en qué lugar, dentro de todo este entramado, se encuentran nuestros derechos humanos? Los derechos humanos deberían garantizar la libertad de comunicación, y el libre intercambio de ideas y formas culturales fue lo que permitió en gran medida la construcción de nuestra sociedad moderna. Pero este desarrollo cultural humano se detendrá si un grupo reducido de personas o empresas pueden auto-proclamarse "propietarios" de la mayoría de imágenes y melodías que ha creado nuestra sociedad. Esto los pone en un lugar privilegiado para dictar hasta qué punto podemos usar una parte sustancial de nuestros logros culturales colectivos, en qué términos y bajo qué condiciones. Las consecuencias serán nefastas. Se nos está silenciando. Nuestra memoria cultural nos está siendo confiscada y guardada bajo llave. El desarrollo y divulgación de nuestra identidad cultural está siendo mermada, y nuestra imaginación está siendo encadenada por ley.

Al contrario de lo que se pudiera esperar, las aparentemente infinitas posibilidades de la copia y muestreo que permite el uso de las modernas tecnologías digitales no ha hecho más que empeorar la situación. Ofrecer públicamente aunque fuera un segundo de una obra protegida por copyright atraerá de inmediato la atención de los abogados de los "propietarios" de dicho material. Los artistas sonoros, que antes solían muestrear libremente el trabajo de otros para construir nuevas creaciones musicales, ahora son tratados como piratas y como criminales. Han aparecido sectores enteros de la industria dedicados a hacer cumplir la ley, husmeando el universo digital día y noche en búsqueda del menor rastro de obras registradas en el trabajo de otros - y los que han sido cogidos in fraganti, a menudo se enfrentan a perder prácticamente todo lo que tienen.

El copyright tiene otro fallo intrínseco que lo hace insostenible en una sociedad democrática. Hoy en día el copyright se basa casi exclusivamente en la llamada propiedad intelectual. Esto constituye un problema, ya que la definición tradicional de propiedad es irreconciliable con los conceptos intangibles como el conocimiento y la creatividad. Una melodía, una idea o un invento no perderían ninguno de sus valores o utilidades si se comparten entre cualquier número de personas. En cambio, cualquier objeto físico, como por ejemplo una silla, rápidamente pierde su utilidad cuando muchas personas quieren hacer uso de ella. En este último caso, el término "propiedad" tiene un significado y una función claras. Lamentablemente, en las últimas décadas la definición de propiedad ha sido extendida muy por encima de cualquier constricción física. Hoy en día, casi cualquier cosa puede pasar a ser propiedad de alguien, como por ejemplo las fragancias o los colores. Hasta la composición de las proteínas en nuestra sangre y los genes en nuestras células son reclamadas como la propiedad exclusiva de tal o cual compañía, que puede, en consecuencia, prohibir su uso por cualquier otra persona o entidad. Por tanto, ya es hora de reconsiderar el concepto actual de propiedad.

En lo referente a obras de arte, es perfectamente concebible que ninguna persona debería tener el derecho a reclamar la propiedad exclusiva sobre, por ejemplo, una melodía. Todos sabemos que todas las obras de arte, y todos los inventos, se basan en las obras de los antecesores. Esto no quiere decir que tengamos que respetar menos a los artistas que crean nuevas obras de arte en base al trabajo de otros artistas, y tenemos la obligación de contribuir al bienestar y los ingresos de los artistas en nuestra sociedad. Pero retribuir cada uno de sus logros, o su reproducción y hasta su interpretación, con un monopolio extendido a varias décadas, es demasiado, porque no deja nada sobre lo que otros artistas puedan construir. De hecho, hasta criticar la obra de un artista se ha convertido en algo peliagudo, ya que puede "dañar" su "propiedad". Por desagradable que suene, las cosas se ponen incluso peores cuando nos paramos a pensar en que la inmensa mayoría de las obras bajo copyright están en manos de un grupo relativamente reducido de grandes conglomerados corporativos. Estas mega-empresas ni crean, ni inventan, ni producen nada en absoluto, pero exigen que los artistas les otorguen todos los derechos sobre sus obras, a cambio del privilegio de poder distribuir su trabajo.

Desde este punto de vista, hay muy buenas razones para tirar nuestro actual sistema de copyright a la basura. Por supuesto, los artistas se sentirían amenazados por un acto tan radical. Después de todo, sin copyright, perderían todos sus medios de subsistencia ¿no? Bueno, no necesariamente. Veamos, en primer lugar, algunas cifras. Las investigaciones de los economistas han demostrado que sólo un 10% de los artistas se hace con el 90% de los ingresos por copyright, y que el otro 90% de los artistas tiene que compartir el 10% restante. En otras palabras: para la inmensa mayoría de los artistas, el copyright sólo ofrece unas ventajas financieras mínimas.

Además, hay otro fenómeno peculiar: la mayoría de los artistas han llegado a algún tipo de convenio con la industria cultural. ¡Como si estos dos grupos tuvieran algún interés común! Por ejemplo, GEMA, la entidad gestora de derechos alemana, envía cerca del 70% de los ingresos por derechos de reproducción al extranjero, principalmente a EE.UU., donde residen varios de los mayores conglomerados culturales del mundo. En este proceso, al artista promedio ni se le ve.

Lo que se necesita es un medio para asegurar que los artistas puedan obtener una retribución justa por su trabajo, sin el riesgo de verse barridos del mercado y de la atención del gran público por el poder mercantil de la industria cultural. Esto podría sonar algo idealista, y quizás poco realista, pero no podemos subestimar la necesidad social de diversidad cultural.

Lo que resulta interesante es que para los artistas es perfectamente factible existir y desarrollarse sin copyright. Al fin y al cabo, el copyright no es más que una capa de protección alrededor de una obra de arte; y la cuestión es si las ventajas de esta protección tienen más peso que sus inconvenientes. Los artistas, tanto como sus agentes y productores, son empresarios. Entonces ¿qué justifica el hecho de que su obra reciba muchísima más protección (esto es, control monopolista a largo plazo sobre su obra) que el trabajo de otros empresarios? ¿Por qué no van a poder limitarse a ofrecer su trabajo en el mercado libre, e intentar conseguir compradores?

Intentemos predecir lo que podría pasar en el caso de que el copyright fuese abolido. Uno de los primeros efectos sería curioso: de repente, la industria cultural ya no tendría interés en invertir en bestsellers, películas taquilleras y super-estrellas. Si, a falta de copyright y propiedad intelectual, estas obras se pudieran disfrutar e intercambiar por cualquiera, los gigantes de la industria cultural perderían sus derechos exclusivos sobre las obras de arte. Como resultado, también perderían su posición dominante en el mercado, que mantiene a tantos artistas alejados del gran público. El mercado se normalizaría, lo cual permitiría a más artistas presentar su obra, darse a conocer, y conseguir unos buenos ingresos por su trabajo. Estos ingresos vendrían, en un inicio, del hecho de llegar primeros al mercado con una obra determinada. Pero hay otro factor que contribuye al éxito de los artistas. Un mercado cultural más normalizado ofrecería a los artistas más oportunidades de crearse una reputación, como un nombre de marca, que luego podría ser explotada para vender más obras a un precio más elevado. La copia rápida y generalizada de la obra de un artista, algo sólo posible en esta era digital, podría reducir su valor en el mercado, pero sólo serviría para incrementar la reputación del artista. Esto les da a más artistas la oportunidad de seguir vendiendo su obra a un público más amplio que en el actual modelo controlado por la industria.

Por supuesto, abandonar el copyright pone sobre la mesa una serie de preguntas importantes que necesitan ser respondidas. Más concretamente, se hacen necesarios tres ajustes importantes. En primer lugar, está el tema de que la producción de una obra de arte a veces implica una importante inversión de tiempo y/o dinero. Esto necesitaría una protección legal durante un corto período de tiempo, como por ejemplo un año en el caso de la literatura y el cine, tiempo durante el cual el artista podría explotar los derechos de su trabajo de forma exclusiva. Pero este usufructo sería diferente a las prácticas actuales, ya que la obra automáticamente entraría a formar parte del dominio público tras la finalización de este período: tal y como era costumbre en todas las culturas antes de nuestras leyes de propiedad intelectual de hoy.

Por supuesto que la pregunta es, ¿por qué exactamente un año, y no más? La experiencia nos enseña que la vida económica útil de la mayoría de las obras es de un año, o menos. Tras este período, el producir y distribuir la obra ya no resulta tan interesante para terceros, ya que muchos otros podrían hacer lo mismo, lo cual haría inviable la inversión. Una consecuencia evidente de esto sería que ya no podría haber un uso ilegal de las obras de arte: ya que el material en cuestión ya no pertenecería a nadie. La piratería sería un recuerdo del pasado, tal y como lo serían la criminalización y la persecución de las personas que compartan y distribuyan obras de arte, como por ejemplo los que comparten música a través de Internet.

El segundo problema sería, obviamente, el que muchas obras de arte podrían no proporcionar ningún beneficio en un mercado libre durante un tiempo prolongado. Esto podría ocurrir en el caso de que una obra permanezca "desconocida" para el gran público durante mucho tiempo. Aun así, es importante para la sociedad que una gran variedad de obras de arte estén disponibles para el disfrute y el debate público. Los artistas también necesitan tener la oportunidad de desarrollar su trabajo, incluso cuando éste no resulte interesante para el mercado más amplio. El desarrollo de las aptitudes y el estilo personal del artista habitualmente necesita mucho tiempo, pero está en el interés de toda la sociedad el invertir en este desarrollo. Por esta y otras razones, la sociedad tiene la obligación de apoyar la creación de estas obras de arte por medio de subsidios y otros modelos de apoyo.

El tercer problema se refiere a la totalidad del mercado cultural. Abandonar el copyright eliminaría una base importante de la dominación de nuestras industrias culturales, pero eso no implicaría, necesariamente, que su dominación llegue a su fin. Las industrias establecidas seguirían manteniendo en sus manos el control sobre la producción, la distribución y el marketing a gran escala de los productos y servicios culturales. Esta es una de las razones de su actual éxito: el mantener el control total sobre la obra de arte, desde su gestación hasta el consumidor final, y es este modelo de distribución el que en gran medida determina de qué películas, libros, producciones teatrales y materiales visuales podemos disfrutar.

Esta concentración de poder sería indeseable en cualquier sector industrial, pero tiene un efecto especialmente nefasto en el campo de la cultura. Por tanto, podríamos imaginar que el mercado cultural fuese sometido a una especie de ley de la competitividad con un fuerte énfasis cultural. Esto estaría relacionado, entre otras cosas, con la posesión de medios de producción y distribución de productos culturales. La legislación también sería llamada a obligar a las empresas culturales a (re)presentar a la totalidad de la actual diversidad cultural que está siendo creada por artistas locales e internacionales.

Este modelo haría que un mundo sin copyright sea no sólo perfectamente imaginable, sino muy beneficioso para muchos artistas, y lo convertiría en una verdadera bendición para la democracia cultural.


Tomado de Contranatura.



 
Joost Smiers: Imaginando un mundo sin copyright







domingo, 4 de agosto de 2013

Hacia el fin del 'copyright'




Joost Smiers, en una librería madrileña. / CLAUDIO ÁLVAREZ


Joost Smiers cuestiona en un libro el actual sistema de derechos de autor



Manuela Villa


Madrid 23 FEB 2007


La inmensa mayoría de las expresiones culturales producidas en el mundo, ya sean grabaciones musicales, películas o libros, es gestionada por un grupo cada vez más reducido de empresas multinacionales. Así lo expone Joost Smiers, profesor de Ciencias Políticas del Arte en el Grupo de Investigación y Economía de la Escuela de Arte de Utrecht (Holanda), en su libro Un mundo sin copyright, editado en España por Gedisa. "No es aceptable que unas pocas empresas controlen todo lo que podemos leer, ver y escuchar", opina Smiers. "Para asegurar la diversidad cultural, necesitamos normalizar el mercado y permitir que las pequeñas y medianas empresas puedan ofrecer sus productos".

Para ello, Smiers defiende que "lo primero es eliminar el sistema de copyright". "Éste", prosigue el autor, "únicamente beneficia a las grandes empresas culturales y no a los artistas. Sólo un porcentaje muy reducido de los creadores obtiene una cantidad sustancial de dinero a través del copyright".

La cita es en Madrid, tras su participación en la Conferencia Internacional de Software Libre 3.0, que se celebró hace unas semanas en Badajoz. Su libro, traducido a cinco idiomas, hace un diagnóstico de la problemática situación que, en su opinión, padece la industria cultural en el mundo globalizado. Titulado originalmente Arts under pressure (Artes bajo presión), el libro no define cómo sería "un mundo sin copyright", como sugiere la libre traducción del título al español. "El editor pensó en este título y yo estuve en desacuerdo, pero es verdad que llama más la atención", reconoce el autor.

Smiers cuestiona el actual modelo de copyright, en el cual los derechos de reproducción, distribución, explotación o modificación de una obra artística están reservados a sus propietarios durante muchos años. Hasta setenta después de la muerte del autor, en la legislación española. "Un artista utiliza el trabajo de otros, se sostiene en los hombros de otros", explica. "Así es la historia de la creatividad, pero con el copyright esta historia se detiene. No me parece bien que, sólo por hacer un añadido, alguien obtenga una propiedad exclusiva para el siguiente siglo".



Existen distintas corrientes de pensamiento que, como Smiers, cuestionan la idoneidad de la actual forma mayoritaria de gestionar los derechos de autor. Smiers cree en una futura abolición de cualquier tipo de derecho de autor, pero una corriente más extendida aboga por un modelo alternativo que ya se utiliza: las licencias Creative Commons. Cualquier autor español puede acogerse a alguna de ellas, como la que permite que el material creado por un artista pueda ser distribuido, copiado y exhibido por terceros siempre que se muestre en los créditos la autoría y no se obtenga ningún beneficio comercial. Más de 1.800.000 obras hechas en España tienen un derecho de autor de este tipo. Son licencias a la carta, que reservan algunos derechos al autor dependiendo de lo que éste desee. A diferencia del sistema del copyright, considerado obsoleto por sus detractores, que significa la reserva de todos los derechos. "Creo que el modelo de Creative Commons es una solución transitoria", defiende Smiers. "Sus partidarios no se enfrentan al principal problema: la acumulación de la oferta cultural en unas pocas empresas".


Hay pues todo un abanico de opciones alternativas al copyright, llamadas genéricamente copyleft, y que se inspiran en los modelos de creación utilizados en el software. "Deberíamos aprender de los creadores digitales", propone Smiers. "Ellos están acostumbrados a que su obra sea utilizada y modificada una y otra vez por otros para lograr mejores resultados". Los defensores del copyright como única opción auguran que sin él los artistas, al ver menos protegida su propiedad intelectual, dejarían de crear. Pero Smiers no está de acuerdo: "Sin copyright el mercado será más diverso. Ahora vivimos una época de oscuridad porque hay miles de artistas que hacen cosas muy interesantes que apenas vemos. Sin copyright vendrá una época de luz". Smiers opina que en un mercado normalizado, el consumidor, pese a que pueda acceder a su trabajo gratuitamente, tenderá a pagar al artista porque lo verá como algo justo. "Los que intercambian música ilegalmente no son ladrones", explica, "es simplemente que no creen en el sistema".

También se aventura a decir que el fin del copyright está cerca y pronostica la desaparición de las grandes empresas culturales. Todo ello pese a que las regulaciones parecen ir en dirección contraria. "La industria tiene problemas a la hora de criminalizar a su público", dice. "Creo que hay una alta probabilidad de que el sistema de copyright caiga por su propio peso". Smiers ha de vivir con la contradicción de que la edición española de su libro tiene todos los derechos reservados. "No estoy soñando", concluye, "entiendo que en este momento el mundo es copyright, y el editor debe hacer lo que le permita proteger sus derechos".



UNA OBRA, DOS ALTERNATIVAS







'Copyright'. Conjunto de normas y principios que regulan los derechos morales y patrimoniales que la ley concede a los autores por crear una obra literaria, artística o científica




'Copyleft'. Grupo de licencias cuyo objetivo es garantizar que cada persona que recibe una copia de una obra pueda a su vez usar, modificar y redistribuir el propio trabajo y las versiones derivadas del mismo



Tomado de El país


Puede leer en linea o descargar el libro de Joost Smiers pulsando aquí



domingo, 14 de abril de 2013

¡Feliz Día del Dominio Público 2013!

(Algo retrasado)





Estimados Amigos


Hoy compartimos con ustedes esta nota del primero de enero del año en curso. Esperamos puedan disfrutar de los autores que ahora son patrimonio libre de la humanidad.


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1-01-2013


¡Feliz Día del Dominio Público 2013!

Podría afirmarse que la Segunda Guerra Mundial ha sido una de las más desinterasadas y eficaces benefactoras del listado de incorporaciones autorales al dominio universal para este año que comienza. El 1 de enero de 2013 se suman al dominio público las obras de los autores fallecidos durante 1942, año prolífico en matanzas y barbarie si los hay, con más de diez millones de almas masacradas (performance sólo superada en el transcurso de 1945, al culminar la guerra). 1942 fue un año decisivo: las potencias del Eje estuvieron más cerca que nunca de ganar la guerra. También comenzaron a operar los campos de exterminio nazis, poniéndose en práctica una prolija y organizada maquinaria industrial de asesinato sistemático y masivo. Alli judíos, gitanos, “enemigos del estado”, y desde luego, autores e intelectuales molestos al régimen o artistas “degenerados”, encontraron la muerte prematuramente, y fueron condenados, muy probablemente, a dejar sin realizar sus mejores obras.

Es excepcional encontrar en el dominio público actual, autores cuyo esplendor se encuentre en épocas tan recientes como los años 30 o 40. Más de una centuria es el promedio general para que las obras se liberen de las restricciones artificiales a su difusión. Ocurre que durante todo el siglo pasado, este sistema de enriquecer masivamente a los autores y volverlos millonarios —conocido como copyright— no ha hecho otra cosa que extender sus plazos progresivamente (y retroactivamente) hasta llegar a los eternos 70 años después de la muerte del autor. Lamentablemente los autores tienen la mala costumbre de vivir varias décadas más luego de escritas sus obras más notables, retrasando así el inicio del conteo liberador (pero afortunadamente, los abundantes beneficios recaudados en este lapso post-mortem —destinados al noble y conocido “incentivo a la creación”— continúan, como todos sabemos, incentivando al fallecido a seguir produciendo nuevas, geniales y originales obras desde ultratumba …)

Cuando el ingreso al dominio público se ve limitado por plazos tan extensos e irracionales, el resultado no puede ser otro que el olvido. No para los autores que han ingresado al selecto grupo de los célebres y atemporales, que mantienen la demanda y por lo tanto el interés del negocio, sino para aquellos que quedan fuera del circuito comercial. Por más que hayan sido muy populares en su tiempo, la incertidumbre legal, la naturaleza de un sistema basado en la restricción-por-defecto, la “cultura del permiso”, la mezquindad de los herederos o la falta de excepciones, limita la necesaria reapropiación, muchas veces irreverente, que la siguiente generación de autores y lectores —con los contextos y referencias aun vivas— siempre está dispuesta a realizar. Una foto o un párrafo de más, una obra derivada, musicalización, traducción, guión de una película, etc. sin el escrupuloso permiso correspondiente, significa un riesgo difícil de asumir —en especial cuando no hay grandes negocios en el medio— que muchas veces contribuye al circulo vicioso del olvido: los permisos no se consiguen porque los titulares de los derechos sencillamente pierden el interés por ser encontrados, o porque imponen barreras exageradas. Los circuitos marginales y especializados, arcones donde la diversidad prolifera y donde los autores olvidados del pasado tienen más posibilidades de seguir circulando, se quedan sin estímulo ni promoción, más bien con amenazas legales. De esta forma, la mayoría de las obras son condenadas a vagar sin padres por los anaqueles de las bibliotecas: se las conoce como “obras huérfanas”, y son legión.

Si los plazos fueran mínimamente razonables como en sus comienzos, podríamos estar reseñando escritores de obras publicadas hace dos o tres décadas… pero revivir nombres olvidados luego de un siglo es una tarea más ardua. Sin embargo aquí no renunciamos al intento: los padres de la antropología moderna, el autor de una de las novelas más influyentes del siglo XX, un célebre escritor bieloruso, una santa judía, el “Julio Verne” ruso, el autor de las cartas de Tarot, o varios escritores e intelectuales que encontraron la muerte durante guerra… parece que no hubo nombres deslumbrantes este año, excepto para nosotros, por Roberto Arlt, que de paso algo tenía para decir sobre Europa, la guerra y la inutilidad de los libros…

[…] en Alemania se publican anualmente más o menos 10.000 libros, que abarcan todos los géneros de la especulación literaria; en París ocurre lo mismo; en Londres, ídem; en Nueva York, igual.

Piense esto:

Si cada libro contuviera una verdad, una sola verdad nueva en la superficie de la tierra, el grado de civilización moral que habrían alcanzado los hombres sería incalculable. ¿No es así? Ahora bien, piense usted que los hombres de esas naciones cultas, Alemania, Inglaterra, Francia, están actualmente discutiendo la reducción de armamentos (no confundir con supresión). Ahora bien, sea un momento sensato usted. ¿Para qué sirve esa cultura de diez mil libros por nación, volcada anualmente sobre la cabeza de los habitantes de esas tierras? ¿Para qué sirve esa cultura, si en el año 1930, después de una guerra catastrófica como la de 1914, se discute un problema que debía causar espanto? ¿Para qué han servido los libros, puede decirme usted? Yo, con toda sinceridad, le declaro que ignoro para qué sirven los libros.
[…]

Copiar y pegar completa este aguafuerte en tu sitio o blog, hasta hace poco era un delito penal si no se contaba con el permiso por escrito de los titulares de derechos. A partir de hoy, está liberada. ¡Festejemos!




1. Bronislaw Malinowski
2. Franz Boas
3. Edith Stein
4. Stefan Zweig
5. Lucy Maud Montgomery
6. Miguel Hernández
7. Irène Némirovsky
8. Janusz Korczak
9. Francis Younghusband
10. Roberto Arlt
11. Robert Musil
12. Yanka Kupala
13. Olena Teliha
14. Alexander Beliaev
15. Arthur E. Waite
16. Eric Ravilious


Tomado de Derecho a Leer



sábado, 26 de enero de 2013

De qué NO viven los escritores



Imagen de Stich







"No hay salida en un sistema que privilegie la venta a la realización artística". Eduardo Mileo, poeta argentino, integrante de SEA
Un argumento persistente en favor del actual régimen de derecho de autor y sus restricciones a la copia y distribución en el ámbito digital, es una pregunta lanzada con intencionada ingenuidad: ¿de qué vivirán los escritores si no podemos vender sus libros?, si el autor vive de la venta de libros (copias), y no hay escasez de copias (es decir, dejamos que los lectores copien y compartan libremente) entonces no hay mercado de ventas de copias. no hay escritores, ¡no hay ilteratura!.
Ante semejante dilema: la existencia misma de la literatura o la libertad de los lectores de copiar y distribuir libremente las obras, nadie que no pretenda ser estigmatizado como un enemigo de cultura, podría pronunciarse por otra cosa que no sea la primer opción.
El planteo resulta elocuente porque incorpora en la ecuación al actor mas apreciado de la escena: el escritor. Nótese que todo el argumento se sostiene en un suspuesto que se da por verdadero: el autor vive de la venta de libros, pero ¿el autor vive de la venta de libros?

A confesión de partes


En una nota publicada hace unos meses en Crítica Digital, resultan muy ilustrativas las afirmaciones de Pablo Avelluto, nada menos que el director de editorial Sudamericana, quien dispara "Borges empezó a vivir de sus derechos después de los 60 años". Quiza la cruda sinceridad del editor lleve una oculta suspicacia, desalentar las posibles pretensiones monetarias de escritores menos célebres que el mencionado... ya sea interesada o no la mención, bienvenido el dato. Luego admite "Los escritores que viven de los derechos de autor en la Argentina no creo que lleguen a diez, y eso es porque el tamaño del mercado es muy pequeño".
La nota sigue con indiscretas especulaciones numérico/literarias: "Un cálculo rápido: del precio de tapa de un libro, un 10 % queda para el autor [...] tanto en Sudamericana como en Planeta dicen que cuando de literatura argentina hablamos, y exceptuando a los pocos escritores que son garantía de ventas masivas, un libro que vende dos mil ejemplares es considerado exitoso. Por un libro que tiene un precio de tapa de 50 pesos, un autor percibirá por dos mil libros un total de diez mil pesos. Si tuvo suerte y la producción de la novela le llevó sólo un año, le quedarían, en promedio, 830 pesos por mes".
Entonces si nuestro autor exitoso llega a los 830 pesos al mes producto de esta maravillosa maquinaria de sostener el oficio literario, ¿qué ocurre con los autores menos afortunados? "La mayoría de los escritores trabajan como periodistas, traductores, correctores, editores, guionistas, libreros, dan talleres literarios y/o clases en la universidad. Pero también hay otros que se dedican a asuntos distantes de la literatura: entre los narradores nacionales hubo remiseros, vendedores ambulantes, cadetes, repositores de supermercado y fumigadores".
Su situación no es diferente de la de aquellos que protagonizaron épocas de mercados editoriales mas amplios que actual, algunos disponían de "rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales", como decía Arlt, otros no tanto, mientras publicaban sus obras mas significativas eran traductoresperiodistasbecadosdocentesinventores.

Si usted puede vivir sin escribir, no escriba

 

Para muchos escritores, el termino "vivir de la literatura", no es un sinónimo de "vivir de la venta de libros". Para las editoriales en cambio, "vivir de la literatura" no puede significar otra cosa que "vivir de la venta de libros".
En "El interpretador" realizaron una encuesta sobre el tema a varios escritores argentinos que no tiene desperdicio. Para los no familiarizados con el ambiente literario local, les ahorro las visitas a google, en general se trata de autores reconocidos, que han publicado en importantes editoriales, y en mucho casos ganadores de importantes premios literarios que se otorgan por estas latitudes.
Dice Ariel Bermani "¿Vivir de la literatura? De alguna manera, sí. Si usted puede vivir sin escribir, no escriba, decía Walsh que dijo –o escribió– Rilke. Todo lo que no sea literatura me aburre –esto es de Kafka y también, de alguna manera, es mío–."
Alan Pauls"No 'vivo' de la literatura en el sentido de que el dinero que la literatura me da no me alcanza para pagar las cuentas, pero vivo de ella en la medida en que si no leo o escribo durante, digamos, veinticuatro horas, la vida sufre un entristecimiento general que afecta entre otras cosas mi competencia para producir el dinero que sí las paga y cuyas consecuencias vitales".
Pablo Toledo "No vivo ni viviría de la literatura. Trabajo como periodista, trabajé como profesor de inglés y de literatura inglesa, [...] como traductor, como editor. Todas esas cosas incluyen escribir o trabajar con palabras: eso es lo que sé, ése es mi oficio y lo trabajo como puedo".
Bárbara Belloc "la literatura ocupa un lugar central en mis modos de ganarme la vida, a la manera de un telón o una música de fondo. De no estar ella allí, secreta y concreta como la carga en la bodega de un barco, cualquier labor de escritura por dinero sería demasiado lineal, utilitaria, demasiado lisa y llana".
Daniel Link"Vivo de la literatura, pero no de la escritura. Mi propia literatura ocupa un lugar muy marginal en mi modo de ganarme la vida. Me paga viajes, eso sí. He sido editor, librero, asesor impositivo, periodista, becario, prologuista. Soy profesor universitario".
Fernanda García Lao "No exactamente. Vivo con literatura, es decir creando mecanismos ficticios que no llegan a modificar la realidad. A pesar de que la mayor parte del día estoy escribiendo, no consigo sacarle demasiado rédito a las palabras. Colaboro en diarios, revistas, pido subsidios, hago cine, teatro: voy a pérdida. Y no pierdo la sonrisa. Aunque debo decir que a veces, detesto a la humanidad organizada, al vecino con aguinaldo, al comerciante en blanco. Sólo escribiendo se me pasa: soy un círculo enviciado".

Libros y redes

En el mundo material la industria de la producción y distribución de libros, compite por reducir costos y volvermás abundante el producto, en eso consiste el beneficio colectivo que recibiría la sociedad. En cuanto a la financiación del oficio del autor, como podemos ver, es mucho mas redituable trabajar en cualquier otro eslabón de la cadena productiva del libro, por ejemplo vendedor en una librería, que como escritor.
En el mundo digital, donde la copia y distribución de libros electrónicos se vuelve una tarea trivial sin costo, mantener la escasez del producto (las copias) para poder obtener un beneficio de su venta, implica el empleo de algún mecanismo artificial, ya sea tecnológico (DRM) o legal (copyright), que necesariamente limite las libertadesde todo aquel que no sea el titular de los derechos. Limitacion casi imperceptible en el mundo material (donde se necesita una imprenta para hacer las copias, y logística para la distribución), pero significativa en el virtual (donde sólo se necesita una PC y una conexión a internet).
Teniendo en cuenta las implicaciones éticas involucradas en sostener semejante estrategia basada exclusivamente en mantener en forma artificial la escasez del producto, sería lamentable que dicho modelo comercial, redituase a los escritores de manera tan exigua como el actual, siendo que la industria de la distribución de copias carecería de sentido económico alguno en el medio digital, excepto financiar la autoría, que como vimos aqui, no es la única posibilidad de ganar dinero del oficio de escribir.




  • Por si no quedó muy claro, ¿de qué NO viven los escritores? del copyright, obviamente NO viven del copyright.
  • (*) Nótese que la fuente de recursos de la industria editorial es una sola, lo que los consumidores pagan al comprar los libros, ese ingreso bruto se reparte entre diferentes eslabones de la cadena: desde la papelera que produce el papel, pasando por la imprenta, el editor, el sueldo de su secretaria o el vendedor de mostrador de la librería, etc. Que el escritor no recibiese una retribución ni remotamente semejante y fuese un rehen de ese sistema para darse a conocer, no parecia preocupar a los editores, o a los ministros de cultura. Todo marchaba bien, hasta que las obras empezaron a distribuirse por otros medios fuera de control. Entonces parece que se acordaron de que existían ‘los autores’


 Blog Partido Pirata Argentino

Fuente Derecho a Leer.





martes, 16 de octubre de 2012

La matemática de las letras. ¿Cómo se distribuye el dinero que se paga por un libro?






Una vieja nota que es interesante leer y contrastar con la realidad actual en este momento de crisis económica y del auge aparentemente indetenible del lector de libros electrónicos.


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La matemática de las letras

Feria de Libros


Itzíar DE FRANCISCO | Publicado el 23/05/2001         
 

¿Cómo se distribuye el dinero que se paga por un libro? ¿Cuánto se lleva el editor? ¿Y el agente? ¿Cuánto cobra el librero? ¿Qué porcentaje recibe el distribuidor? ¿Qué le queda al autor? Todos los lectores nos hemos preguntado alguna vez a dónde va a parar la cifra impresa en el ticket de compra. Éstas son las cifras que se esconden tras las letras. 




Seis pesetas por un comienzo histórico: “Muchos años después, frente el pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía...”. El precio a pagar por entrar en Macondo, Barataria, Comala o Región es inferior al de una bolsa de pipas, al de un paquete de chicles. De seis a siete pesetas le cuesta al lector español una página de un libro, un peaje pequeño si se quiere viajar por tierra de letras. Dinero a cambio de cultura, de distracción. Pero detrás del valor que marca el código de barras de un libro y que sitúa su precio medio entre las 2.000 y las 3.500 pesetas hay todo un camino de números.


El reparto del dinero           

Autores, agentes literarios, editores, distribuidores y libreros se reparten una tarta que deja buen sabor de boca pero que no llena demasiado el estómago. Para empezar, el autor -principal atracción a la hora de comprar un libro- se lleva un 10 por ciento sobre el precio de venta al público. Ese es el porcentaje que le destina el editor salvo en el caso de autores superventas, que puede ascender hasta el 12 por ciento. “De hecho sería más justo que el autor percibiera el 12, como hacen algunos. Pero mientras tanto, el diez por ciento está bien”, opina el escritor Luis Carandell. Aunque para las ediciones de bolsillo generalmente “el porcentaje de derechos de autor suele ser del 5 por ciento”, explica la autora Mercedes Abad. El escritor, además, suele contar con el asesoramiento de un agente literario. “La política de nuestra empresa -comenta el director financiero de la agencia literaria de Carmen Balcells, Javier Martín- no influye en el reparto de los rendimientos de un libro, sólo acuerda con el editor un porcentaje de royalty para el autor”.


Si el escritor se queda con un 10 por ciento, ¿a dónde va a parar el resto del dinero? El editor administra la mitad del precio del libro, del que destina un 20 por ciento a la producción del libro, de 5 a 10 por ciento a gastos generales de empresa -aproximadamente- y el mencionado 10 por ciento para el autor. Con lo que al final se lleva un beneficio neto de otro 10 por ciento. El otro 50 por ciento del precio final (que fija el editor) lo administra el distribuidor, que concede un 30-40 por ciento al punto de venta (grandes superficies, librerías, quioscos), quedándose la empresa distribuidora del orden del 10 al 20 por ciento.     

   
Sería ideal que los autores se llevasen un porcentaje decente por su trabajo


Unos porcentajes bajos       

Este es el reparto que ha fijado el uso y costumbre -los porcentajes pueden variar mínimamente según las empresas-, y que todos los sectores en general califican de justo, ya que “no penaliza a ninguno de los factores que intervienen en el proceso”, comenta Carlos Revés, director editorial de Planeta.         




domingo, 30 de septiembre de 2012

José Luis Sampedro: ¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!



José Luis Sampedro


"POR EL PLACER DE LA LECTURA : Un manifiesto a favor de las bibliotecas públicas" de José Luis Sampedro



Atentado Cultural - La SGAE ataca de nuevo



Se pretende obligar a las bibliotecas públicas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para 'resarcir' a los autores.

Mientras la gente de a pie apenas llega a fin de mes, los ya millonarios se forran a cuenta nuestra. No consientas tamaño atentado contra la cultura y pasa este mensaje a todos tus amigos.

POR EL PLACER DE LA LECTURA :

La SGAE (Sociedad General de Autores) ataca de nuevo.

Escrito y firmado por José Luis Sampedro, escritor.


POR LA LECTURA


Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos.

Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.


Charles Dickens a los 24 años

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos.

Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas.


Emilio Salgari

Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.



Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.


Pío Baroja © EFE

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:

a) obtiene algo a cambio.

b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?



Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?

Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!


Si estas de acuerdo, pásalo. Por el placer de la lectura.



POR FAVOR, SI VA A REENVIAR ESTE CORREO, TEN EN CUENTA LOS SIGUIENTES PUNTOS:

1.- Borre la dirección e-mail del remitente así como cualquier otra información personal y dirección e-mail que aparezca en el cuerpo del mensaje.

2.- Proteja frente a terceros a todos los destinatarios de sus mensajes, colocando sus direcciones en la línea de CCO (Con Copia Oculta).

Combatir el spam es tarea de todos.

Gracias por su colaboración.

Tomado de La Biblioteca de Vorbarr