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miércoles, 2 de julio de 2025

Julio Miranda, el parapoeta invisible que cantó rock urbano con aroma de cazón


Julio E. Miranda realizador en Radio Exterior de Bélgica, Bruselas 1972.
Fotografía de Demetrio E. Brisset.




"porque sería bueno tener un país


cuando nada fuera exilio"





Julio Miranda, en el Salón de relegados


Salón de relegados XXXIV: Julio Miranda

Por Papel Literario

Abril 29, 2022




Por FEDERICO PACANINS


Julio Miranda nació en La Habana el 27 de junio de 1945 y falleció en Mérida, Venezuela, el 14 de septiembre de 1998. Luego de visitar  Estados Unidos, España, Francia, Bélgica, Italia e Inglaterra, llegó a Venezuela en 1968, donde se residenció, desarrolló una extensa obra literaria y, treinta años después, murió a los 53 años de edad.


Julio Miranda / Vasco Szinetar©



Su trabajo literario lleva el signo del emigrante que acopla oficio y tono —no exento de esa gracia corrosiva propia de la idiosincrasia cubana— a la nación que lo adopta y le da residencia creativa permanente. Miranda así abarcó la crítica de artes –con especial foco en el cine y la literatura—, la poesía, la narrativa, el ensayo, la traducción y la crónica. Unos cuarenta libros publicados evidencian la prolífica actividad desarrollada en el país, apuntalada por los títulos siguientes: Proceso a la narrativa venezolana (1975), Maquillando el cadáver de la revolución (1977), Parapoemas (1979), El poeta invisible (1981), Vida del otro (1982, Premio Conac de Poesía 1983), Anotaciones de otoño (1987), Así cualquiera puede ser poeta (1991), El cine que nos ve (1991), Sobrevivientes (1992),  Palabras sobre imágenes: 30 años del cine venezolano (1994), y los libros de cuentos El guardián del museo y Ciudad con nombre de mujer (premios de las Bienales de Literatura Mariano Picón Salas).


Ofrecemos a continuación cinco de sus Parapoemas, un fragmento de El poeta invisible, el Canto del bobo de Rock Urbano, y los cuentos “Guiso de cazón” e “Isla tan dulce”, de su libro Sobrevivientes.


De Parapoemas (1979)


estábamos la revolución y unos amigos conversando


entonces la revolución se levantó y se fue


mis amigos acabaron sus vasos


se levantaron y se fueron



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yo acabé mi vaso


mi vaso se levantó y se fue


luego escribí muchos poemas



muchos



*****


en aquellas  tabernas


donde una vez bebimos


otros repiten nuestros gestos


con precisión paródica


 


nadie nos ve: pasamos


como pájaros transparentes


su juego de máscaras limita


con la ilusión de ser impenetrable


*****


el viejo no recuerda si es actor


o simplemente un tonto


 


aún sabe


un par de trucos con antorchas


pero al hacerlos siempre


se le queman las manos


 


y ya no quiere


ella ríe desnuda


al borde de la cama


cuando me acerco le brotan en el cuerpo flores y hojas enormes, se pone verde, avanzo entre árboles gigantes por galerías que la lluvia sacude, me ensordecen pájaros invisibles, fieras rugen, monos me lanzan frutas, encuentro un enano con una campana que me hace señas indicándome el camino. Lo sigo, salgo a un claro y allí se ríe desnuda


al borde de la cama


huele a eucalipto


tiernos alces roncos cantan



*****


evitando en lo posible el dudoso recurso de comparar mi vida


a un cigarrillo que arde inútilmente


porque el cigarrillo no arde inútilmente


y yo sí


De El Poeta invisible (1981)


 


sabes que no hay exilio


cuando todo es exilio


 


por qué dices entonces:


¿sería bueno tener un país?


 


porque sería bueno tener un país


cuando nada fuera exilio




De Rock urbano  (1989)


 


Canto del bobo


 


rompí el televisor


buscando las muñecas


que bailaban dentro


 


tan bonitas


 


solo había


alambres


vidrios


pinchos


 


ninguna


mujer pequeñita


 


no llores hijo —dice mi madre


bobo de mierda —grita mi padre


carajito sabio —sonríe mi hermano


 


yo no entiendo


no siempre


entiendo


¿la vida es así?


De  Sobrevivientes  (1992)


Guiso de cazón


—Le das primero un hervor para que no se te quede como un chicle. ¡Niña! Atiende, pues. Deja la miradera por la ventana. ¿Qué se te perdió ahí fuera?


—Nada, mamá, es que están asaltando a una señora.


—¡Ah, pues, gran novedad! ¿Entendiste lo del hervor?


—Sí, mamá. Hervirlo un poco…


—Y luego lo vas esmechando, como la carne, ¿ves? A ver, esméchalo.


—Está caliente, mamá.


—Esmecha, pues. ¡Qué niña tan fina que me ha salido! ¿Tú te crees, mija, que yo voy a durar una eternidad en esta taguara? ¡Aprende, pues!


—Sí, mamá. Lo esmecho. Mamá, le están pegando a la señora.


—Suerte tiene si no la pinchan. A ver, ¿y qué le echamos?


—Ajo, cebolla, pimentón, perejil…


—En ese orden, okey. ¿Y el cazón?


—Bueno, cuando ya esté todo doradito.


—Remuévelo, que no se te queme. Ponle sal. ¿Y los tomates? ¿Ah, ya picaste los tomates?


—Ya voy, mamá. Está gritando, mamá.


—¿Los tomates, niña?


—Tú sabes quién, mamá, la señora.


—Bueno, tiene derecho, ¿no? Ve echando el cazón. ¿Lo esmechaste bien?


—Sí, mamá. Estará herida, mamá.


——¡Coño, cómo te pareces de entrépita a tu padre, que Dios lo tenga en la mierda! Remueve el guiso.


—Sí, mamá. ¿Y si se muere, mamá?


—La entierran, mija. ¿O te la quieres traer para acá y ponerla en una vitrina, eh?


—No juegues con eso, mamá.


—Los limones, quítales las pepas, exprímelos y ten el jugo a mano.


—¿Le ponemos cilantro, mamá?


—¿Cuántas veces te he dicho que el cilantro va al final, porque si no pierde el gusto?


—Sí, mamá. Ya no se oye a la señora, mamá.


—Con tal que se la lleven antes de que abramos. Santíguate, niña.


—Sí, mamá. ¿Le echo el limón?


—Ve echándole. ¿Cómo está de sal?


—Está bajo.


—Déjalo así, que le ponga el que quiera.


—Ahí suena la sirena.


—Bueno, monta el arroz y vete a hacer la tarea. Baja cuando te diga, eh, para ayudarme a servir. Y recuérdate, que ya te lo he dicho muchas veces, ¡no guabinees entre las mesas, que esos hombres son unos desgraciados!


—Sí, mamá. ¿No vas a probarlo?


—A ver, sí. ¡Coño, te quedó bueno! Pero ¡monta el arroz de una vez, pendejita!


—Sí, mamá.


Isla tan dulce


El tipo quería volver a Cuba.


—Ya he visto tres asesinatos —decía—. ¡En una semana!


—Pero tú vives en la Lecuna. Eso no es toda Caracas. Mírame a mí. ¿Yo estoy muerto? ¡Yo no estoy muerto!


El argumento parecía no convencerlo. Quizás yo estaba algo muerto, es verdad. Pero no tanto.


***


Lo conocí recién llegado. Un cubano vestido de cubano antiguo, todo de blanco, sorbiendo su café con la cabeza proyectada hacia delante para que ni una gota le cayera encima. Él inició la conversación, siguiéndome la mirada:


—Pura plusvalía carnal, miermano.


Y desarrolló el tema. Yo alabé, recíproco, la belleza de las cubanas. “Pero todas son milicianas, viejo”, replicó. “Si no estás integrado no quieren nada contigo”.


—Bueno, aquí lo que quieren es desintegrarte —le dije—.


—Ya sería un cambio.


***


Días después, como a las cien cervezas, me confesó que estaba sexualmente famélico. “Es un problema lingüístico. No pienses mal, chico, nada de eso. Es que no entiendo a las venezolanas, no sé lo que me dicen, lo que me piden que les haga. Y cuando lo entiendo, vaya, que ese vocabulario no me excita. ¿Tú no conoces alguna cubanita por aquí? Mira que yo cumplo. Le hago trabajo voluntario y todo”.


El tipo me caía simpático. Le di el teléfono de Caridad, una mulatica nerviosa y complaciente. Se fue de lo más contento.


***


No esperaba encontrármelo en el Museo del Teclado. “Me aburría y, total, crucé la calle”, se disculpó. Tocaba el grupo Cuero Quemao, unos muchachos de ahí mismo, de Marín. Al tipo se le iban los pies. Nada sorprendente. Lo bueno fue después: al empezar el foro inevitable, cuando me levantaba para irme, pidió la palabra. Yo casi le tapo la boca, temiendo que dijera cualquier barbaridad. Pues no. Comenzó elogiando al grupo, “tan nuestro”. Analizó “la rigurosa estructura musical” del Sóngoro cosongo. Recitó, mimando, “Sensemayá, la culebra”. Habló de los tambores batá, del “sufrimiento de  nuestros hermanos de Regla”, de la “inescrupulosa comercialización de nuestra idiosincrasia afrolatina”, de Santa Bárbara y Changó. Terminó citando a Martí, sazonado para la ocasión: Cuba y Venezuela son… De un pájaro las dos alas… Aplaudieron hasta rabiar. Casi lo alzan en hombros. Se le acercó una funcionaria del Museo: le contrataron un taller. Invitó al Cuero Quemao a tomarse unos tragos. Llevaba a la cantante del grupo por la cintura.


***


Les cambió el nombre: pasaron a ser El Son Sonoro. Como su empresario les consiguió una gira por el interior, pagada por la Cantv, mientras ellos chancleteaban por el país, él meditaba por las mañanas y hacía contactos por las tardes. Las noches eran de Caridad, “mi azabache”, “mi reina piel canela”, “las tres mulatas de fuego en un solo cuerpo”, decía.


Bautizó al mismo grupo con una segunda denominación: Combo Experimental Caraqueño. Así tuvo un subsidio para cada nombre: el primero del Conac, éste de Fundarte. Los otros seguían girando. Dictó un curso en el Ateneo: “Estructuras rítmicas de nuestra identidad”. Hubo que rechazar gente.


***


Lo perdí de vista. Me llamó cuando lo del “psicoson”, para que escribiera el folleto. “Yo tengo la labia pero me faltan letras”, decía humilde. “Dale ahí”. Prácticamente me lo dictó”; yo le iba dando forma, sobre la marcha. Seguía asombrándome. “Lo mío es Jung y Jahn”, repetía. Había leído mucho, un par de libros diarios, uno con cada ojo, supongo. “¿Pero lo del Museo?”. Le quitó importancia: “Yo era vecino del viejo Fernando Ortiz. Tomábamos café juntos”.


La nueva técnica terapeútica gustó. Una charla introductoria, un pensamiento-guía para la jornada; luego el psicosón en parejas: discos del Benny, Celia Cruz. Para terminar, sauna indiscriminada, a voluntad: había voluntad. Y dinero. “Barato no es”, admitía. “No todos pueden tenerlo todo”.


***


No paraba de evolucionar. Abrió el Centro de Investigaciones Psicomusicales y algo le cayó de la Unesco. Se tomó sus primeras vacaciones, fue a Brasil, vivió tres meses con un pai de santo. Volvió iniciado. Echaba los caracoles. Solo juraba por el panteón Yoruba. “Eso es más rico que las categorías junguianas, viejo. Hay que ir a las raíces”.


***


Se le veía cansado, tan multidisciplinario. “Es un destino”, lo asumía.


Pero también las jevas. Había superado la barrera lingüística y roto con Caridad.  “Las mujeres son como el café, tú sabes”. Pensé que se refería a alguna negra. “Óyeme: no estás en nada. Perdóname que te lo diga, pero tu señora madre te hizo mucho daño. Yemayá te domina. Sacúdete. Te estoy hablando de hombre a hombre, casi como un padre”. Me explicó el enigma: “A las mujeres hay que menearlas porque tienen el azúcar abajo. No lo olvides”.


No lo olvido, pero da igual.


***


Se compró una quintota Palos Grandes arriba, casi en la Cota. Me invitó al open house, selectísimo. Aparte, me anunció que preparaba una velada en el Teresa Carreño, “¡imagínate!”. Las Hijas de Ochún atendían a todos, infatigables, sonrientes, místicamente voluptuosas. “Mis discípulas”, dijo, picando el ojo.


—¿Y Cuba? —me atreví a preguntarle.


—¡Isla tan dulce!


https://www.elnacional.com/papel-literario/salon-de-relegados-xxxiv-julio-miranda/



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Julio E. Miranda y su Vida del otro










domingo, 16 de mayo de 2021

Oswaldo Trejo en el Salón de relegados (XI)

 



Salón de relegados (XI): Oswaldo Trejo

Espacio concebido por Federico Pacanins para ofrecer textos de autores venezolanos poco editados en antologías y que merecen ser releídos


By Papel Literario -July 3, 2020



Oswaldo Trejo (Caracas, 1924–1996)


Narrador venezolano —Premio Nacional de Literatura de Venezuela en 1988— cuya obra se caracteriza por ofrecer bordes experimentales, donde la anécdota va jugando con el ritmo coloquial en un desenfadado tratamiento de los tiempos verbales.


No es fácil leer a Trejo. Su búsqueda de giros idiomáticos se acerca más a lo que quiera entenderse por prosa poética o narrativa lírica que a la concepción de la novela surrealista o el relato breve.  A continuación ofrecemos tres textos provenientes de sus libros Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo (1980), Textos de un texto con Teresa (1975) y Una sola rosa y una mandarina (1985)


***


Ellos llegaron son sombrero de copa 


Debían apurarse, teniendo en cuenta la nueva prueba de demostrar sus experiencias en resolver los problemas más difíciles, para lo cual eran reclamados por el Presidente. De sudores sabían sus almidonados cuello, camisetas, largos calzoncillos colindantes con las ligas de las medias, pantalones de pretina a ras de las tetillas.


Hallaban los dos que la calle era escalonada y que el edificio no tenía puertas ni ventanas. Amigo: desafortunadas tiendas, también aquí, una calle como acera, el frente de un edificio, ¡amigo mío!, sin palos para colocar banderas. Acallaban al vendedor de lotería, ¡déme usted el terminal 83!, ¡yo quiero para mí el 07! También loteros y, además, ¡cuántos melenudos!


Haremos traer a Pablo El Pájaro para que sepan allá adentro cómo el italiano pintaba palos y banderas, y cómo vestían antes los melenudos. ¡Qué diferencia!


Ellos llegaron con sombrero de copa, y a sus miradas de disgusto los melenudos correspondían con las suyas, de mayor señalamiento, porque los ridículos eran esos sombreros, y hasta habrían entonado el himno nacional de estar enterados de que los sombreros de copa no iban con los trajes corrientes que llevaban.


Estaban urgidos de entrar. ¡Por dónde y cómo! A falta de flechas, ofrecían a la calle sus buenos modales y sonrisas. Sí, optimismo y nada más, dijeron después de consultarse. Debían ganar el más allá de esas paredes y, una vez adentro, buscar donde sentarse, descansando antes de iniciar operaciones.


Efectivamente, es un edificio más, como todos los de ahora, reñido con el gusto clásico. Mirándolo, recordaban otros con artesonados, estucos, altas puertas, honradores de sombreros y diademas, de nobles menesteres como los suyos, de los que habían hecho profesión. Esta vez, como jubilados, iban a actuar en una situación de emergencia, o necesitada de apellidos.


Donde algunos confundían a funcionarios con visitantes o viceversa, y otros malentendidos ocurrían con frecuencia, ya nada era extraño en los primeros días. No lo eran unos sombreros de copa en cabezas venerables, ni esa cordialísima manera de agarrarse dos señorones para andar, diciéndose en voz baja que entre la calle y las oficinas, donde no funcionaba el aire acondicionado, se quedaban con la calle. ¡Sabe Dios si nos iremos por esto y otras cosas de melenudos, de melenudos aquí adecentados por otra vestimenta!


Cheverísimo que el edificio no tuviera puertas ni ventanas. ¡Un calificado funcionario utiliza esa palabra! Fue aceptada y ya viene en alguna correspondencia. En vez del tengo a honra avisar recibo de su atenta nota, escriben chévere nota. Tampoco se dice avisar recibo sino avisar el recibo de su atenta nota. También, de paso, ustedes usan mucho eso de a celebrarse, en lugar de que se celebrará, porque como le tienen tanto miedo al que por no saber usarlo, caen en peores errores al rehuirlo.


De las grandes grúas amarillas, pescando en vecina excavación, una los habría puesto ante la entrada del edificio, vistosamente ancha. Sus reparos tan frecuentes, calentaban a quienes, con títulos recientes y buena voluntad, estaban trabajando en el lugar. ¡Criticones, que sin previo anuncio sí pueden ver al Presidente, regresando al blanquísimo escritorio que les han adjudicado! El único de que ellos disponían. Ni siquiera se sentaban frente a frente, sino uno al lado del otro, coincidiendo en que nada marchaba bien, ni aún las miradas para aquellos sombreros de copa, tan inofensivamente puestos en el escritorio.


¡Qué chéveres se ven los dos! Otros creían lo contrario, que arropaban con palabras su tristeza en demasía por no ser tenidos más en cuenta, arrancándose los días que restaban de permanencia en el lugar, hasta cuando los actos que reclamaban tanta dedicación y protocolo, concluyeran.


El Mismísimo


Un susto afuera, sin El Otro susto adentro, con Su Persona en persona.


Conque asustado, ¿no?


También.


¿Escondido de los historiadores, los académicos, los patriotas; de los apropiados de El Libertador?


Tampoco.


Se los dijo o no que, según los escritos, los hechos y El Testamento, además de liberal era también conservador donde las circunstancias se lo aconsejaban, ¿se lo sostuvo o no? ¿se los repitió o no?


También.


Entonces de donde eso, de que con un solo pensamiento, con una sola manera de hacer, consumada una de las empresas más complejas.


Sí.


Cosas de la gente del país, donde la gente se desclasa para ser revolucionaria. Esto crea una confusión tal que la revolución ya no encuentra a quien hacerle la revolución, ¿sí o no?


También.


Él, Su Excelencia, de desasustador. Él, el mismísimo Señor.


O, Enriqueta o Doña Pina.


El lloro provocado y ya sin él, una vez visto el gran salón vacío. Regresado, hasta la llegada del momento.


A Enriqueta, a doña Pina, a quién el turno de morir de enfriamiento. Ninguna muerte mejor que esa aun para las cosas de enfrente, donde inacabada la iglesia, embargados los árboles, desalojadas las plumas de los cuerpos de los pájaros y otras aves.


Entre tales presencias y las de automóviles, calles, edificios y personas de todas las edades; ninguna diferencia en el progresivo deterioro.


Así las cornisas, así las ventanas, así los pisos de la casa de doña Pina y así ella, adentro abandonada a su enfriamiento. Nada que hacer, última frase escuchada de los ya desentendidos familiares, en otros lados de la casa y de las afueras.


A lo largo y a lo ancho del cuerpo el vidrio a cuyo través lo ven quienes se empinan, pues está en el centro de un gran cuadrado, de macizo oro trabajado, a la entrada del patio cubierto del palacio.


Llegando ya, demasiado esfuerzo para el lloro no conseguido cuando más necesitado.


Una sola rosa y una mandarina


En donde de cada ser dos, de cada cosa dos exactas, una para sí y otra para alguien. Siendo así, de lagunas, una a la memoria y otra dejable en el lugar, ya el barrio en el caserío o el caserío en el barrio, ya los árboles frutales, las puertas, el automóvil entrado en contraria y el automóvil llegado por el otro lado, ambos con movimiento y ruido de carro.


Tocar una puerta y abrirse dos. ¡Oh, entrar! ¡Oh, el recibo más allá! Con dos Gonzalos, dos Ercilias, dos Rafaeles, dos Julietas y, después del saludo y los besos de rigor, hablando todos a la vez y, de los seis, escuchando atentamente a seis.


¡Distinto todo, de cómo era antes de volver!


De la cocina, la sirvienta con tazas de café, de las diez una para ella y, en el momento de pasarlas, ni señas, ni morisquetas, ni palabras, sino ella o Carmenza y Carmenza.


Mientras en la memoria abarrotada aquellas grandes limas en sazón, aquellas roliverias mandarinas, afuera las grandes limas en sazón, las roliverias mandarinas y, afuera, las rosas, las grandes rosas.


Una sola rosa y una mandarina. Con una y otra para sí y una y otra para él, despidiéndose


Tomado de El  Nacional


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Oswaldo Trejo en el Salón de relegados (XI)









miércoles, 14 de abril de 2021

Luz Machado en el Salón de relegados (XII)

 

Luz Machado / Revista El Farol


Salón de relegados (XII): Luz Machado

Espacio concebido por Federico Pacanins para ofrecer una selección de textos de autores venezolanos poco editados en antologías y que bien merecen ser releídos


By Papel Literario -July 31, 2020



Luz Machado (Ciudad Bolívar, 1916 – Caracas, 1999). Poeta, ensayista y diplomática. Premio Nacional de Literatura en 1987; dirigente del Movimiento Feminista Venezolano, fundadora de la Asociación Venezolana de Escritores y del Círculo de Escritores de Venezuela. Sus trabajos periodísticos fueron publicados en El Nacional y en  revistas como Contrapunto, Élite, Shell, Revista Nacional de Cultura e Imagen.


Más de veinte libros de poemas dan cuenta de la palabra aparentemente sencilla, cotidiana, aunque de sabia contundencia femenina; jamás débil o desvalida. Hemos elegido uno de sus últimos libros, A sol y a sombra (Ediciones de la Contraloría  General de la República. Colección Medio Siglo. Serie A letra viva. Caracas, 1997) para ofrecer nueve poemas fechados y  preludiados por un epígrafe, seleccionado por la poeta, de San Agustín de Hipona:


“En la narración verídica de las cosas pasadas, lo que se extrae de la memoria no son las cosas mismas que pasaron, sino  las palabras que sus imágenes hicieron concebir, las cuales, pasando a través de nuestros sentidos, quedaron en nuestro espíritu marcadas como huellas” (Libro XL. La palabra creadora).


Fuera del conocimiento (23-3-1977)


De pronto quiero


no conocer nada más.


Imaginar solamente.


Por cada palabra oída o al aire


suelta por otro,


tomar la punta del sonido


y por ahí viajar por la imaginación.


Volver a conocer otros mundos


cuyas relaciones


emergen de mí,


del sitio de mi cabeza,


que es donde los siglos han fijado


La rectoría del hombre.


Imaginar.


Así nació también,


así han nacido tantos mundos.


Y la poesía.


Y este primer apunte para un texto


fuera del conocimiento.


Los viejos templos (11-6-1974)


Se alzan solos


como periódicos de piedra


de un solo día, hace tiempo.


La intemperie, con cinceles ávidos


labra y labra


sus claustros


por donde el hombre pasa


su brizna palpitante y sonora,


indefensa.


En vez de volvernos polvo


deberíamos convertirnos en piedra


para seguir presentes y acompañando


como esos templos


a todos lo que quieran estar juntos


con nosotros,


aunque sea sin sentidos, sin sentirnos,


mas, presentes,


fuertes contra los cataclismos,


dioses por ya haber pasado


este fuego terrible de la vida,


su gran selva donde la palabra


aparece,


desaparece,


juega con la inmortalidad


por cuanto representa.


Acordes (19-9-1975)


Que el viento mueva las ramas del árbol


para poder ver, debajo,


que se mueve.


Que las mueva y no las rompa.


 


Parece un banco de parque


para el amor de los pájaros.


No estaba antes ahí.


Y lo he visto sin buscarlo


cuando miraba la lluvia


cayendo.


 


Pero está solo.


No hay nadie sentado, esperando,


dormido.


Bajo el árbol y las ramas


alguien seguramente pensó en el amor


y lo trajo.


 


Las toma el recuerdo ahora.


 


Un banco que trajo alguien.


Un árbol, en esta plaza.


La lluvia, los pájaros, el sol.


Indudablemente,


es la vida lo que miro.


Tiempo (26-5-1989)


Me gustan los almanaques,


los relojes


y paso y me miro frente a los espejos


porque creo


que no debemos olvidar el tiempo.


Babel  (17-3-1976)


Ninguno habla como yo


—me dice el olvido


desde su pompa vacía


de colores, sonidos, imágenes—.


Ninguno me habla.


Y si me hablaran,


el gesto de sus cabezas


parecería decir a los demás:


“ella no es nadie,


pueden acercarse


hablar, oír,


que no hace daño,


y ya no es nadie”.


Y así pasan los días.


Y la soledad es la única


habitante de este largo olvido.


Apunte (17-7-83)


Es bondad del tiempo


saber que alguien está vivo


y recordándonos,


aunque todo lo demás sea


un gigantesco muro invisible


separándonos.


Marina (26-7-1976)


No solamente el río que fluye


deja de ser, siendo,


sino la ola del mar sobre la arena


yendo


y viniendo.


Es condición del agua


ser


negándose.


Cuidados (17-5-1984)


Cierro la puerta, la reja,


con dos vueltas de llave


cada una.


Con dos vueltas


que recorren el metal durante el día,


breve chispa fría de acero


al este y oeste de mi mano


En la clausura.


El sol afuera,


aún permanece.


Pero ya no se ve el horizonte.


 


Esta ciudad no tiene horizonte.


Cerros y cerros y edificios


como árboles fantasmagóricos


fantasmas de la piedra


levantada


bajo esa luz solar


liviana y cruda,


áspera y simple


de la aurora a la noche,


que una no sabe cómo no queda su línea


marcada en la curva de las horas.


 


Ya he cerrado la puerta.


Se acabó el día.


Pienso en el Río.


Enciendo las luces


mientras ciertas rosas de penumbra


colorida,


florecen en los rincones,


esponjadas.


Figura (12-7-1979)


Como no viene nadie,


dejo abierta la ventana


para que entre el aroma


de los lirios del patio vecino.


Tomado de El Nacional


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