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miércoles, 9 de octubre de 2024

David Hayman: el Ulises, de Joyce, no entrega sus encantos a la primera lectura

 




David Hayman: "Para disfrutar a Joyce hay que tener sentido del humor"


Entrevista con el autor de la "Guía del Ulises"


EL PAÍS


JUL 02, 1980 - 18:00 EDT



«El Ulises es uno de esos libros que hacen a sus lectores", ha dicho a EL PAIS David Hayman, autor de una Guía del Ulises que permite seguir ese libro con fama de difícil como quien camina una ciudad o un mundo. David Hayman pasó por Madrid para concretar proyectos editoriales que se relacionan con la vasta secta joyciana y con los Archivos de James Joyce, de los que es uno de los codirectores. Profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Wisconsin, en Estados Unidos, se especializa en los autores de lo que él llama «la estela de Joyce». En esta guía, según él mismo dice, ha tratado de poner en funcionamiento, expresamente, esa serie de elementos y referencias que hacen falta para comprender y, sobre todo, gozar el libro de Joyce.



Sobre la razón por la que hizo esta Guía de Ulises, traducida al castellano recientemente por la Editorial Fundamentos, dijo David Heyman: «De entrada, hay que indicar que Joyce es todo un mundo inabordable, a primera vista, para el lector común. Muchos lectores empiezan, Ulises y leen algunas páginas, las encuentran difíciles, incluso cuando no lo son tanto si hicieran un pequeño esfuerzo, y dejan el libro o el libro se les cae de las manos. Yo he hablado muchas veces con personas inteligentes, que consideran que el Ulises es ilegible. Pero yo diría que bastaría con poner un poco de fuerza de voluntad unida a cierto sentido del humor para sacarle el jugo y el juego a ese gran libro. Para esto hay que ponerse a la tarea teniendo en cuenta que el Ulises, como otras grandes obras, no entrega sus encantos a la primera lectura. Precisamente con mi libro he intentado ayudar a abrir el Ulises sin complicar aún más lo ya complicado (cosa que sucede frecuentemente con los libros de muchos especialistas), y al mismo tiempo quería añadir dimensiones originales que representan nuevas perspectivas en el estudio de esta novela de Joyce y pueden ser leídas y comprendidas por el lector medio. Digámoslo así: mi libro intenta ser el cascanueces que facilita la tarea de abrir el libro para poder saborear sin excesivas dificultades el contenido».Efectivamente, la acusación más habitual a Joyce y a los joycianos está en la dificultad de su lectura. Y también, en la supuesta desvinculación de esta literatura, acusada de elitista y descomprometida, respecto a la realidad. Todos estos mitos rompe David Hayman, que introduce en su libro claves para facilitar su comprensión. «Antes que nada», dice David Hayman, «tengo que decir que he intentado ponerme en el lugar del lector común, ese lector que yo era cuándo me acerqué al Ulises por primera vez, para encontrar fórmulas de lectura válidas a las preguntas que plantea la obra de Joyce. No hay que olvidar que Joyce, antes de ser un intelectual muy especial, era un hombre de la calle, preocupado y fascinado ante todo por la condición humana. El problema primordial que se planteaba Joyce era encontrar una forma susceptible de organizar lo particular, es decir, la vida de Dublín en cierto día de 1904, en lo universal. De tal modo, que un lector de otra cultura y de otra nacionalidad pudiera aprehender lo esencial y acabar encontrándose a sí mismo en ese laberinto que es Ulises. Conviene señalar, además, que el Ulises es uno de esos libros que hacen a sus lectores. Finalmente, el lector de Ulises, después de haber recorrido sus páginas, (y mi libro es, ante todo, eso, una guía, incluso en un sentido casi turístico), se encuentra alterado incluso hasta el punto de que existe en el libro en tanto que personaje. Para comprender todo esto es útil tener en mente una serie de elementos dispersos que libros como el mío intentan reunir y hacer, en suma, más accesibles».


Por fin, sobre las dificultades y enredos a los que él -y los lectores del Ulises- se tienen que enfrentar, dice David Hayman: «Cuando escribí el libro fue, finalmente, para darme el placer de seguirle la pista a los aspectos ocultos detrás de los pasajes del Ulises que me intrigaban e impresionaban de forma especial. Puede imaginarse mi satisfacción cuando comprobé, por ejemplo, que Joyce tenía, en efecto, un sistema de narración muy sutil, que consistía, a lo largo de la primera mitad de la novela, en controlar la visión con la ayuda de un narrador bien definido, que daba la impresion de ser objetivo. Es decir, que había una voz determinada en cada capítulo. Y en los capítulos dominados por esta voz aparecían una serie de voces parásitas que iban cambiando en cada capítulo, para convertirse finalmente en una especie de superpersona que yo he llamado el arreglador. Es decir, para representar la jornada soleada del Ulises, la densidad de la vida consciente de los hombres, Joyce había creado una voz de áspecto neutro. Después, para representar la noche oscura del alma, y finalmente, de la humanidad, Joyce encontró un truco: no una voz, sino una multitud de voces, en las cuales se pierde uno para acabar encontrándose. Todo esto, claro es, mezclado con los cruces de las alusiones culturales y de los cambios de estilo en cada capítulo».





«Lo que yo pretendí fue dar una visión global de la novela y de la experiencia de la novela».


Tomado de El País



lunes, 12 de agosto de 2024

Carlos Yusti: Pienso que Joyce escribió Ulises para aprender

 



ULISES, UNA RELECTURA


Carlos Yusti


 


Cuándo una obra de arte incurre en algunos aciertos estéticos corre el riesgo de convertirse en presa de las más inusitadas tergiversaciones. Los gacetilleros y columnistas culturales en domingo despliegan su artillería crítica, atiborrada de frases hechas entremezcladas con un inconfundible lirismo mentecato, convirtiendo cualquier libro, pintura, escultura o poema en un fetiche insustancial, en un objeto más de ese inmenso emporio que se conoce como cultura.


El Ulises de James Joyce, a pesar del tiempo transcurrido (la novela fue escrita entre 1914 y 1921, en Trieste, Zurich y París. Para el año de 1918 comenzaron a publicarse fragmentos de la misma en la "Little Review") no ha salido indemne de los malentendidos más absurdos y atroces. Ni siquiera la tremenda complejidad textual de la novela la ha salvado de ese despropósito supremo como lo es la censura. El libro fue tachado por indecente. Se armó una gran conmoción debido a sus faltas graves a la moral. Los editores de la novela fueron llevados a juicio. Enseguida Joyce y su novela encontraron incondicionales defensores, entre los cuales se contaron poetas y escritores de bastante prestigio intelectual como Valery Larbaud, T.S. Eliot, Ezra Pound, etc.

Aún hoy las tías culturales, de las que escribiese Gombrowicz, prosiguen arrastrando al pobre Joyce a sus clínicas literarias para operarlo, tasajearlo y despedazarlo con una serie de juicios tíales y trivializantes; exagerando y supervalorando una obra literaria que sin lugar a dudas constituye un escalón ineludible de la gran literatura contemporánea.


Comparto la botaude de Borges, la cual aseveraba primero que era imposible "verter" al español semejante y segundo que eran pocos los lectores que habían leído completo el libro. Sin embargo los equívocos van más allá de las dificultades lingüísticas y estructurales. David Hayman, responsable del archivo del escritor dublinés (setenta y tres volúmenes de documentos) escribió una guía de lectura para el Ulises intentando que novela se leyera en su totalidad e intentando salvar un poco a esos lectores que naufragan irremediablemente al intentar aventurarse en el texto joyciano, verdadero mar de los Sargazos, pormenorizada relojería de escritura donde el trabajo con el lenguaje llega a los extremos de la perfección y el detalle.


Hasta el propio Joyce propició uno de los equívocos mayores cuando compiló, a manera de chanza, una lista de similitudes de cada uno de los capítulos de su novela con Odisea de Homero. Cuando Joyce se percató que los estirados eruditos, eran capaces capaz de reducir su novela a una mera apostilla moderna de una obra clásica, o que eran capaces de convertir su Ulises en una alegoría actualizada de un mito bastante soso y superficial, se apresuró a suprimir los títulos pseudohoméricos de los capítulos. Demasiado tarde.



El Ulises es un armatoste intelectual de más de doscientas mil palabras las cuales describen un sólo día, el jueves 16 de junio de 1904; de las vidas separadas y combinadas de un variado número de personas. La novela se apuntala principalmente en un conjunto de escenas, donde intervienen tres personajes principales. Leopold Bloom, grisáceo agente de publicidad de origen judeo-húngaro, Esteban Dedalus, personaje delineado en detalle en una novela anterior de Joyce, "Retrato de un artista adolescente", y Molly Bloom, esposa de Leopold. Tres caracteres diametralmente opuestos. El joven Esteban Dedalus es frágil desde el punto de vista físico, pero es de intelecto despierto y de espíritu sensible. Además librepensador y con arraigadas convicciones morales. Molly Bloom es un espíritu mediocre, vulgar e ignorante; pero a pesar de su carácter convencional es capaz de captar la vida a través de su intuición y sensibilidad femenina. Leopóld es un perdedor, un outsider por excelencia. Cierta perversa obsesión sexual lo caracteriza e impulsa. Se balancea con parsimonia por los bordes de la locura. Es de espíritu riguroso y sensibilidad áspera o apolínea.


Con respecto al tema de la novela uno puede perfectamente coincidir con Vladimir Nabokov, cuando asegura que es el tiempo y las culpas, es decir un tema metafísico sometido al marcado cinismo que envuelve a los personajes. Para precisar esto, es bueno aclarar que el libro trae a colación el pasado signado por la tragedia: el hijito de Bloom, muerto hace algún tiempo. El presente tragicómico: Bloom ama a Molly, su esposa, pero no intervendrá para nada a sabiendas que por la tarde de ese día de junio, a las cuatro y treinta, Boylan, remilgado empresario, irá a visitarla. El futuro detestable y patético: Bloom ante la perspectiva de que su mujer tenga amantes cree que el joven Dedalus, con quien se encuentra constantemente ese día, es preferible al asqueroso Boylan


Cada capítulo está escrito en un estilo particular. Está ese estilo impecable, directo, lúcido, lógico y con un ritmo depurado y cadencioso. El otro estilo transcribe las frases incompletas, veloces y fragmentarias que conforman la corriente de pensamientos secretos de los personajes y que llamó tan acertadamente Valery Larbaud, como "monólogo interior". Esta palabra interior, como la llamaba el mismo Joyce, es una técnica prefigurada ya en una novela injustamente olvidada de Edouard Dujardin, "Les lauriers sont coupés". El interés por la novela de Dujardin (publicada en 1887) la despertó el mismo Joyce cuando reconoció su deuda con "Han cortado los laureles" (con dicho titulo se ha traducido al castellano). La novela de Dujardin es un monólogo continuo, en presente indicativo, no existe un nudo argumental con desarrollo ni final, de un joven que ha invitado a cenar a bella actriz. El monólogo se interrumpe en contadas ocasiones con breves diálogos y algunas indicaciones escénicas. Remy de Gourmont la calificó como transposición cinematográfica. Joyce tomó esto del monólogo interior y le dio un impulso extremo. Joyce lo definió como "el orden poético, ese lenguaje no oído y no pronunciado, por medio del cual un personaje expresa sus pensamientos más íntimos (los que están más cerca del subconciencia) anteriores a toda organización lógica, es decir, en su estado original, por medio de frases directas reducidas a un mínimo sintáctico y de manera que den la impresión de reproducir los pensamientos conforme van llegando a la mente". Joyce se vale de este recurso e introduce al lector en el mundo interior de los personajes. La narración posee un ritmo cinematográfico o como lo escribe Harry Lavin: "…el Ulises está más cerca del cine que de la novela. El movimiento del estilo de Joyce y el pensamiento de sus personajes son como la proyección de una película; su método de composición, la forma en que dispone de su material, supone esa manipulación fundamental que en el cine se llama montaje". El tercer estilo es un pastiche de géneros diversos y no-novelísticos: titulares de prensa, música, drama místico y bufo, preguntas y respuestas al estilo catequista. Existen también parodias de estilos literarios y autores clásicos y hasta de ese estilo periodístico moroso y rebuscado. Esta riqueza de erudita ilustración es en sí lo que produce un poco de oscuridad y hace difícil la lectura del Ulises.


Los manuscritos de Joyce son una inigualable red laberíntica de correcciones. Las galeradas de la novela fueron sometidas a meticulosas enmiendas y retoques. Se han llegado a contabilizar unas 75 correcciones, antes de la versión final. Joyce más que tachar y suprimir, añadía. Con todo el proceso de correcciones, pruebas y añadiduras podría escribirse una novela. Sin contar que Joyce sembró de claves la novela y que un lector desprevenido quizás nunca llegue a descubrir, lo que no disminuye en lo absoluto su cambiante juego de espejos y estratagemas estilísticas.


El Ulises constituye, pues, un monumento al lenguaje escrito y quienes busquen en esta novela de Joyce complacencia literaria o facilismo de escritura como la de los libros clásicos o los best-séller no la leerán jamás. Quienes lean el Ulises desde la piel de filólogo aficionado encontrarán en ella una riqueza textual difícilmente superada.


"Ulises es el gran obstáculo en el sendero de la novela contemporánea", escribió Levin. Pero más que un obstáculo, fue una puerta. Con Ulises la novela dejó de ser una mera diversión para lectores de fin semana, para devenir en una pasión lingüística y metafísica. Pienso que Joyce escribió Ulises para aprender por aquello que dice Esteban Dedalus: "Para aprender hay que ser humilde. Pero la vida es la gran maestra". Luego Joyce escribió "Finnegans Wake", demostrando que había aprendido algo en ese arte de escribir novelas. La vida puede enseñarnos a comprender a Joyce, porque sus libros tratan temas comunes: La decadencia de la familia Dedalus, el futuro irrelevante y bochornoso de Bloom, la bancarrota de Earwicker. Joyce como todo buen artista se tomó la molestia de trabajar esos temas vulgares y convertirlos en hazañas lingüísticas, en metáforas de acabada estética. La buena literatura es siempre una reivindicación estética del lenguaje.


Tomado de CayoMecenas


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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordinó la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal. Actualmente es coeditor de la revista digital Cárcava


martes, 31 de octubre de 2017

Carlos Yusti: En la era de Internet, el libro de artista, será un artefacto insólito tanto de la literatura como del arte





















Estimados Liponautas

Hoy tenemos el agrada de compartir una nueva entrada de nuestro amigo Carlos Yusti.

Esperamos la disfruten.



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James Joyce


En la pista de los libros de artista


Carlos Yusti

Viernes 16 de Septiembre de 2016


Comencé a interesarme por los libros-objeto y los libros de artistas gracias a un texto de James Joyce que aparece en el capítulo 17 del Ulises. Leopold Bloom escudriña las gavetas de la cocina:


Dibujo de Leopold Bloom realizado por James Joyce

¿Qué contenía el primer cajón abierto?

Un cuaderno de caligrafía de Vere Foster, propiedad de Milly (Millicent) Bloom, algunas de cuyas páginas llevaban dibujos esquemáticos, subtitulados Papi, que mostraban una gran cabeza globular con 5 pelos de punta, 2 ojos de perfil, el tronco completamente de frente con 3 grandes botones, 1 pie triangular: 2 fotografías amarillentas de la reina Alejandra de Inglaterra y de Maud Branscombe, actriz y belleza oficial: una tarjeta de Pascuas con una representación pictórica de una planta trepadora, la inscripción Mizpah, la fecha Navidades de 1892, el nombre de los remitentes: de Mi. y Mis. M. Comerford, el versículo: Que estas Pascuas te traigan paz, felicidad y júbilo venturoso: (…) algunas monedas austrohúngaras heterogéneas: 2 papeletas de la lotería patrocinada por la Corona húngara: una lupa de poca potencia: 2 fotolitografías eróticas mostrando a) coito bucal entre señorita desnuda (presentación trasera, posición superior) y torero desnudo (presentación delantera, posición inferior) b) violación anal a cargo de religioso varón (enteramente vestido, ojos turbios) de religiosa hembra (parcialmente vestida, ojos diáfanos), adquiridas por correo en el Apartado n.º 32, Estafeta de Correos de Charing Cross, Londres, W. C.: un recorte de periódico de una receta para la restauración de botas viejas marrones: sello adhesivo de 1 penique, de color lila, del reinado de la Reina Victoria: (…).

Y así otros etcéteras.

Lo que me gustaba era la descripción que convertía en visual una serie de objetos, fotos y papeles variados agrupados sin conexión alguna.

Arno Schmidt

El otro hilo, de este zurcido un tanto descolocado, fue un documental del escritor Arno Schmidt, considerado como el “Joyce alemán”. Cuando Schmidt comenzó a escribir y a realizar su primeros textos experimentales no había leído a Joyce. Luego de leerlo subrayó mucho más su experimentación estilística y su libro Zettels Traum (o El sueño de la ficha) es (grosso modo) un monumental (1.330 páginas) ensayo sobre Edgar Allan Poe. Para tal fin su autor redactó a mano 130.000 mil fichas y que mecanografiadas llegaron a la cifra de un millón ciento treinta con un formato de 33 x 44 cm. El derrotero temático del libro se podría simplificar así: una pareja de traductores están en los preparativos para iniciar la traducción de las obras de Edgar Allan Poe. Como parte del trabajo visitan a un anciano y ermitaño polígrafo, aparte de buen conocedor de la vida y obra de Poe, Dän Pagenstecher, para solicitarle algunas orientaciones. Durante un día completo (los acordes joyceanos son innegables) el lector participa de paseos, conversaciones, sospechas amorosas entre Dän y la hija del matrimonio, de dieciséis años, la visita a una feria campestre y casi siempre discusiones, citas y comentarios sobre Poe



Lo singular es que Arno Schmidt utilizó tres columnas, que se entrelazan, para desarrollar el libro. La columna central de la página desarrolla la acción externa e interna, la anécdota junto con el diálogo y el monólogo interior del anciano polígrafo. A la izquierda encontramos la discusión sobre Poe, llena de citas, y en el margen derecho se desarrollan los comentarios adicionales, las notas al pie y las acotaciones del propio escritor. Además cada página está llena de subrayados, líneas e incluso dibujos sin contar los neologismos y las palabras inventadas por el autor.

Ruscha en 1964, fotografiado por Dennis Hopper.


Esto me llevó hasta el artista Ed Ruscha, quien veía al libro no como Borges, para quien era “una extensión de la memoria y de la imaginación”, sino como una composición repetitiva de palabras y páginas, especie de objeto curioso y estético. A Ruscha le fascinaba ese sentido casi mecánico del libro con hojas y palabras produciendo una frecuencia repetitiva. Con esta idea elaboró su primer libro: Twenty-six Gasoline Stations, (Veintiséis estaciones de gasolina, publicado en 1963) como una composición de repetición. Eran 26 fotos cuyo tema eran gasolineras un tanto desoladas, ubicadas en la ruta 40 entre las ciudades de Los Ángeles (donde vivía) y Oklahoma (lugar de residencia de su madre), por las que pasaba cada vez que la visitaba. Realizó una autoedición con tiraje de 400 ejemplares y luego los colocó en cada una de estas gasolineras para su venta. Sus otros libros también eran de fotografía, como Todos los edificios de Sunset Strip, del año 1965. El libro presentaba en un formato panorámico la totalidad de los edificios a ambos lados del bulevar californiano de Sunset Strip. Lo interesante es que el interior del libro está encuadernado en forma de acordeón, mediante la unión de nueve fragmentos de papel doblados en veintisiete pasos, con una longitud total de unos ocho metros. Las imágenes que contiene recogen todos los edificios de la calle mencionada en el título en un rango de números, que van del 8024 al 9156, para los pares, y del 8101 al 9145 para los impares. Cada una de las secuencias aparece impresa en una larga fila, arriba y abajo de la página (esta última invertida), de modo que tienen absoluta autonomía. El texto del libro sólo ofrece información de los números de las casas fotografiadas y de las calles transversales que cruzan la calle principal. Este recorrido el artista lo hizo con una cámara montada en un camión; el tiempo que le tomó conducir los dos o tres kilómetros del recorrido y volver fue apenas de 35 minutos. No obstante, armar las fotos, unirlas, luego doblar y pegar las hojas impresas a mano le llevó alrededor de nueve meses. Ya el lector no sólo vería el libro, sino que lo manipularía como un artefacto que se despliega y el cual tiene que girar. El artista confeccionó un libro a su gusto, o como él lo dijo: “No soy un gran lector, pero amo los libros, los que son como objeto físico”.

Edición de Twenty-six Gasoline Stations.


Los antecedentes del libro de artista apuntaban a Giovanni Battista Piranesi y sus grabados sobre esas cárceles imposibles y laberínticas. Aparecieron impresas a mitad del año 1740. Goya hizo lo propio que Piranesi con sus Caprichos. Agrupó un conjunto de ochenta grabados, un tanto oscuros y grotescos, para ser vendidos como una obra en su totalidad en cuanto a coherencia y temática. Goya se preocupó por los temas y las tonalidades de la tinta que tendría cada dibujo. Luego estaba William Blake, cuya idea de crear libros con textos e imágenes se asume a plenitud. Blake creó sus conocidos Libros Iluminados (Illuminated Books), denominados así debido a que el poeta creó una técnica de impresión al emplear una solución, que él mismo concibió, que le permitía combinar, en una misma laminilla de cobre, texto y dibujo. Otro nombre en estos antecedentes fue el de William Morris, que concibe el libro desde una visión arquitectónica; retoma la ornamentación de los libros medievales y lo lleva a un grado de excelencia y barroca belleza. Por último, el poeta Stéphane Mallarmé concibió dos libros (Igitur y Un golpe de dados) que de alguna manera esbozaban sus preocupaciones sobre el libro. Jorge Luis Borges lo cita en su famoso texto sobre el culto a los libros: “En el octavo libro de la Odisea se lee que los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar; la declaración de Mallarmé: El mundo existe para llegar a un libro, parece repetir, unos treinta siglos después, el mismo concepto de una justificación estética de los males”. El libro Igitur o la locura de Elbehnon es extraño; escrito por Mallarmé en el año 1867, nunca fue publicado en vida del autor y es una obra algo resbaladiza. Con respecto al texto el propio poeta escribió: “Es un cuento con el que quiero aplastar al viejo monstruo de la impotencia y su tema con objeto de enclaustrarme en mi gran tarea…”. Su preocupación por escribir un libro total será su drama como creador. Luego de escrito Igitur hay un silencio prolongado hasta la publicación en una revista del poema “Un golpe de dados”, con una distribución espacial, casi pictórica, del poema, que lleva a escribir a Paul Valery: “Mallarmé me dejó ver por fin cómo había colocado las palabras en la página. Me parecía tener frente a mí la forma y el modelo de un pensamiento puesto por primera vez en un espacio circunscrito. Era el propio espacio el que hablaba, soñaba, daba vida a las formas temporales (…). Expectativa, perplejidad, concentración eran todas cosas visibles… Con mis propios ojos he podido ver los silencios que las formas asumían, instantes imperceptibles se hicieron claramente visibles: fracciones de un segundo durante el cual la idea viene y se va, átomos de tiempo que funcionan como gérmenes de infinitas consecuencias”.



Los artistas que conformaron las vanguardias estéticas europeas retomarían el libro para plasmar desde lo estético sus concepciones sobre la realidad y las posibilidades del arte.


Hoy la Internet copa el espectro comunicacional y el libro electrónico ha venido para quedarse, pero la transición será larga e incluso en un futuro ambos libros, el de papel y el electrónico, coexistirán, pero el libro de artista, con todo su trabajo artesanal a cuestas, será una rara joya, un artefacto insólito tanto de la literatura como del arte.



Tomado de Letralia



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal