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sábado, 27 de septiembre de 2025

Víctor Cadet: del homo erectus al homo radiophonicus en la Valencia de Pocaterra

 

VÍCTOR CADET desde el estudio de la radio en la Torre Da Vinci en la avenida Bolívar Norte|Fotografía de JOSÉ ANTONIO ROSALES


Estimados Liponautas

 

Sean bienvenidos a esta nueva entrega de nuestro navío digital. Hoy lo acercaremos a Víctor Cadet, un locutor venezolano y la labor que ha venido realizando desde hace tiempo, en Valencia, capital del estado Carabobo y ciudad natal del escritor José Rafael Pocaterra. Valencia, la de Pocaterra es una expresión usual de la escritora venezolana Marichina García Herrero.


Disfruten de la entrada


Atentamente


La Gerencia


José Rafael Pocaterra (1889-1955) siempre fue un escritor que estuvo en el ojo del huracán de los acontecimientos de su tiempo


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Víctor Cadet: el homo radiophonicus


Por Papel Literario

JUNIO 13, 2025 12:30 AM



En las venas de Víctor Cadet no solo corre sangre, sino también las ondas hertzianas de la radiodifusión, esas frecuencias invisibles que han tejido, durante medio siglo, un coro de voces, imágenes y emociones. Cincuenta años de trayectoria no son un simple almanaque de fechas, sino un archivo vivo de pasiones, donde la radio, la publicidad y las artes escénicas se entrelazan en un relato mítico. Cadet, un hombre que ha sabido ser a un tiempo narrador, actor y creador, encarna esa rara alquimia que transforma el efímero instante del arte en una resonancia perdurable.



Por RAFAEL SIMÓN HURTADO


Su madre, la gran maestra


Víctor Cadet reflexiona sobre su profunda conexión con la radio, influenciada por su madre, Haydée Cadet, una locutora que lo introdujo al medio desde niño al llevarlo a estudios de grabación. Aunque creció inmerso en este ambiente, su vocación no es solo herencia familiar, sino una pasión personal por comunicar. Define su rol como el de un “comunicador” más que un simple locutor, abarcando producción, musicalización y edición, con un enfoque global similar al teatro.


El apellido Cadet es sinónimo de radio en Venezuela. Yo diría que tiene denominación de origen, como dicen los españoles para referirse a la buena reputación de sus productos. Es una marca, heredada del legado de tu madre Haydée Cadet. ¿Cómo se metabolizó en ti ese legado desde tus inicios?



El legado de mi madre, Haydée Cadet, es una presencia constante en mi vida y mi carrera. Crecí escuchándola en la radio, con su voz llenando la casa todas las noches, transmitiendo en vivo con esa calidez y profesionalismo que la caracterizaban. Era una figura imponente, no solo por su talento, sino por su compromiso con conectar con la audiencia. Producir con ella Horizonte, un programa infantil, fue mi primera escuela. Ahí aprendí a estructurar contenidos, a entender el ritmo de la radio y, sobre todo, a respetar al oyente. Ese programa me enseñó que la radio no solo informa o entretiene, sino que puede ser un espacio de formación y cercanía. Mi madre me inculcó que la radio es un servicio, una responsabilidad. Ese legado se metabolizó en mí como un amor por el medio y un deseo de honrar su nombre, pero también de encontrar mi propia voz dentro de esa tradición.





¿Puedes enumerar las emisoras en donde has trabajado?


He tenido la suerte de trabajar en varias emisoras que me han enriquecido como profesional. Entre ellas están Radio Satélite, Radio Latina (estaciones de radios ya desaparecidas). En esta última hice programas culturales con la producción del artista plástico Wladimir Zabaleta y guiones del escritor Juan Calzadilla. Hasta la actualidad en Stereo 97. 9 FM, en donde recién celebré el primer aniversario. Cada una me ha dado una perspectiva distinta sobre cómo llegar a diferentes audiencias, desde las comerciales hasta las más alternativas.





Además de radio, has hecho publicidad, cine y teatro, has sido editor de la revista Rasgadodeboca, y eres amante de la música (¿Te gusta el reguetón?). Recuerdo presentaciones en la Escuela Teatro Ramón Zapata (Médico a palos, de Molière) y el Teatro La Campana, con Isidro Brachitta. ¿De qué manera estas experiencias han sumado en tu carrera como locutor y comunicador?


Todas estas experiencias han sido como piezas de un rompecabezas que me han ayudado a construir mi identidad como comunicador. El teatro, por ejemplo, con obras como Médico a palos en la Escuela Teatro Ramón Zapata o las presentaciones en el Teatro La Campana, me dio herramientas para manejar la voz, el ritmo y la emoción, que son esenciales en la radio. La publicidad me enseñó a ser preciso, a transmitir un mensaje en pocos segundos, algo que aplico al estructurar segmentos radiales. El cine me ayudó a entender la narrativa visual, que, aunque no se ve en la radio, influye en cómo imagino las historias que cuento. Editar Rasgadodeboca me dio un ojo crítico para los contenidos y una sensibilidad hacia las historias que resuenan con la gente. ¿Y el reguetón? (risas). Digamos que aprecio su energía y su capacidad para conectar con audiencias jóvenes, pero mi corazón está más cerca del jazz, la salsa y la música clásica. Todo esto me ha dado versatilidad para adaptarme a diferentes formatos y públicos, y me ha enseñado a ser un comunicador más completo, capaz de jugar con tonos, emociones y contextos.


Una vieja fotografía de la fachada de la  antigua sede de la Escuela de Teatro Ramón Zapata mucho antes de comenzrce a caer a pedazos.


La típica “voz de locutor”


La conversación aborda la evolución de la radio, centrándose en cómo las voces y los paradigmas han cambiado con el tiempo, influenciados por la herencia cultural y profesional, especialmente a través de su madre, Haydée Cadet, una pionera que rompió el estereotipo de la locutora como “adorno”, al destacar como productora. La voz femenina en la radio, antes ligada a la sensualidad, y la masculina, a un engolamiento forzado, evolucionaron hacia una naturalidad que refleja la autenticidad de las personas.


Escuela de Teatro Ramón Zapata el 10 de septiembre de 2023, cayendóse a pedazos.

Imagen tomada del Blog Informativo Valencia Hoy


En entrevista con la escritora Laura Antillano, tu mamá (Haydée Cadet) le confiesa sobre la imagen que los oyentes se hacían de su apariencia, gracias a su voz. Recibía cartas y llamadas amorosas, también regalos. Al cabo de los años, la voz en la radio ha evolucionado. En las mujeres ha evolucionado desde la sensualidad y en los hombres desde cierto engolamiento. ¿Cómo observas esta evolución?


Es cierto que la voz en la radio ha tenido una evolución marcada por los cambios culturales y tecnológicos. En la época de mi madre, la voz femenina solía asociarse con sensualidad o calidez maternal, y la masculina con una autoridad casi teatral, ese engolamiento que mencionas. Hoy, la radio busca autenticidad. Las voces, tanto de hombres como de mujeres, tienden a ser más naturales, menos impostadas, porque el público actual valora la cercanía, la honestidad, y, sobre todo, el mensaje. La sensualidad o la autoridad no han desaparecido, pero se expresan de manera más sutil, más conversacional. Creo que esta evolución refleja una audiencia que quiere sentir que el locutor es alguien como ellos, no una figura distante. Mi madre recibía cartas porque su voz creaba una conexión íntima; hoy, esa conexión se busca a través de un tono más cotidiano, pero igual de poderoso.


Escuela de Teatro Ramón Zapata el 10 de septiembre de 2023, cayendóse a pedazos.

La radio, “la gran sobreviviente”


Cadet destaca la importancia de la voz como herramienta para transmitir el mensaje sin “ruido”, y cómo la naturalidad y el contenido relevante, más que una voz impostada, capturan la atención del oyente. Describe la radio como "la gran sobreviviente" frente a otros medios, como la televisión y la prensa escrita, debido a su bajo costo, accesibilidad e inmediatez, comparándola con una "mochila" que se lleva a cualquier parte. Sin embargo, reconoce la competencia de las redes sociales y el impacto de los podcasts, que, aunque distintos, se benefician de la experiencia radial, pero pueden perder la esencia imaginativa de la radio al priorizar la inmediatez.


Una imagen que representa el estado de la libre expresión en Venezuela. Imagen tomada de aquí.



La radio es economía de recursos expresivos que desafía la imaginación. Después de la lectura, la radio obliga al ejercicio de la imaginación. ¿Es posible que la reinvención de la radio, ahora bajo el formato del podcast, se haya perdido el recurso esencial de la imaginación de quien escucha?


No creo que se haya perdido, pero sí se ha transformado. La radio tradicional te obligaba a imaginar todo: el escenario, los personajes, las emociones, solo con la voz y los efectos sonoros. Los podcasts, al ser más narrativos y a menudo más producidos, pueden ser más específicos, lo que a veces reduce el espacio para la imaginación del oyente. Sin embargo, los buenos podcasts, siguen apelando a esa chispa imaginativa, al uso de las pausas, la música y las descripciones evocadoras para que el oyente complete la imagen mental. El desafío es no saturar con demasiada producción; hay que dejar huecos para que la imaginación del oyente los llene. La magia de la radio, y del podcast bien hecho, sigue siendo esa capacidad de pintar con palabras.




El locutor, un “amigo cotidiano”


Dice Cadet que la radio mantiene su relevancia como hábito diario, especialmente en vehículos durante el “prime time” matutino, siendo un medio que acompaña y crea conexiones emocionales con los oyentes, quienes ven al locutor como un “amigo cotidiano”. Para captar la atención, enfatiza en la necesidad del uso del contraste, la variación en el discurso y la calidad del contenido, aplicando principios del arte y la narrativa periodística.


Generalmente, quien oye radio se mueve en distintos escenarios —la oficina o la casa—, con la voz de fondo como única compañía. ¿Cómo estructuras tus programas de radio? ¿Qué criterios sigues para enganchar al radioescucha?


Estructurar un programa es como contar una historia: necesitas un comienzo que atrape, un desarrollo que mantenga el interés y un cierre que deje algo en el oyente. Mi criterio principal es conocer a la audiencia: ¿quiénes son, ¿qué les preocupa?, ¿qué los motiva? A partir de ahí, diseño bloques que combinen información, entretenimiento y emoción. Por ejemplo, en un programa matutino, empiezo con algo ligero pero relevante, como una noticia local o una anécdota personal que conecte. Luego, alterno segmentos de música, entrevistas o reflexiones, siempre con un ritmo que no aburra. Para enganchar, busco ser auténtico, usar un lenguaje claro y crear momentos de interacción, ya sea con preguntas abiertas o invitando a la audiencia a participar a través de mensajes. También me gusta jugar con el tono: a veces serio, a veces humorístico, pero siempre cercano, como si estuviera hablando con un amigo.


Mensaje de Navidad de Radio Latina 1470 AM. Valencia - Venezuela. Año 1986.



Se ha elevado el nivel tecnológico de los medios de comunicación, y de la radio en particular, ¿crees que ha evolucionado en la misma medida el buen gusto en los contenidos?


No siempre. La tecnología ha democratizado la radio, permitiendo que más voces se escuchen, pero también ha traído una saturación de contenidos que no siempre priorizan la calidad. Hay programas que apuestan por el sensacionalismo o la repetición de fórmulas vacías para captar audiencia, lo que puede sacrificar el buen gusto. Sin embargo, también veo esfuerzos admirables: emisoras y podcasts que cuidan el contenido, que buscan educar, inspirar o provocar reflexión. El buen gusto no es solo estético; es respeto por el oyente, es ofrecer algo que enriquezca. Creo que la evolución tecnológica debe ir acompañada de una evolución ética y creativa para que el contenido esté a la altura.”


¿Qué te enamora de lo que haces, el medio o la relación con los destinatarios del mensaje?


Es una mezcla de ambos, pero si tengo que elegir, diría que la relación con los destinatarios. La radio es un medio increíble, con su intimidad y su capacidad de llegar a cualquier rincón, pero lo que realmente me enamora es saber que estoy tocando la vida de alguien, que mi voz puede acompañar, informar o hacer reír a una persona en su carro, su casa o su trabajo. Esa conexión, aunque no los vea, es mágica. Recibir un mensaje o una llamada de un oyente que te dice “gracias, eso que dijiste me llegó” es lo que hace que todo valga la pena.


Hay radios comunitarias, populares, educativas, alternativas, católicas y hasta rebeldes ( en que parte de Venezuela existe). Tomando en cuenta que el medio siempre le ha dado forma al mensaje, ¿podrías decirnos cómo definirías la radio que haces? ¿Cuál es la forma de tu mensaje?


Yo diría que hago una radio humana, cercana y reflexiva. Mi mensaje busca ser un puente entre la información, la emoción y la acción. No me interesa solo llenar el aire; quiero que lo que digo deje algo en el oyente, ya sea una idea, una sonrisa o una pregunta. Mi radio tiene raíces en lo comunitario, lo educativo, y, sobre todo, en lo cultural, influenciada por el legado de mi madre y por mi experiencia en emisoras diversas. La forma de mi mensaje es conversacional, con un toque de humor y mucha empatía, porque creo que la radio debe ser un espacio donde todos se sientan incluidos, sin importar de dónde vengan.


¿Crees que sea necesario trivializar el discurso para llegarle a la gente?


No, no es necesario. Simplificar no es lo mismo que trivializar. Puedes hablar de temas profundos o complejos con un lenguaje accesible, sin perder sustancia. Trivializar es subestimar a la audiencia, asumir que no están listos para ideas grandes. Creo que la gente está sedienta de contenidos que respeten su inteligencia, pero que se presenten de manera clara y relatable. La clave está en encontrar el equilibrio: ser claro sin ser simplista, ser entretenido sin ser frívolo.


La masividad de las transmisiones audiovisuales en la actualidad, ¿es una dificultad, o, por el contrario, abre nuevas oportunidades?


Es una oportunidad enorme. La masividad audiovisual puede ser un desafío porque compite por la atención del público, pero también abre puertas para integrar la radio con otros formatos. Por ejemplo, los podcasts y las transmisiones en streaming permiten llegar a audiencias globales, algo impensable hace unas décadas. Además, la radio puede aprovechar elementos visuales en redes sociales para complementar su mensaje sin perder su esencia sonora. La clave es adaptarse sin traicionar la intimidad que hace única a la radio. Es un momento para experimentar y llegar a más gente de formas nuevas.


Haydée Cadet



¿La radio tiene su propio público? Antes, tu mamá recibía cartas, y atendía llamadas, lo que le permitía medir su audiencia.


Sí, la radio tiene un público fiel, aunque hoy se mide de formas diferentes. Antes, las cartas y llamadas, como las que recibía mi madre, eran la forma de sentir el pulso de la audiencia. Hoy, tenemos redes sociales, mensajes de texto, métricas digitales. Pero el público de la radio sigue siendo especial: es gente que busca compañía, que valora la voz humana en medio de un mundo lleno de pantallas. Ese público sigue ahí, y aunque las formas de interactuar han cambiado, la conexión emocional es la misma.


¿Cuáles crees que han sido las habilidades que te han ayudado a hacer la radio que te gusta?


La empatía, sin duda, es la primera. Entender qué necesita o siente la audiencia es clave para conectar. También la versatilidad: saber pasar de un tono serio a uno ligero, de informar a entretener. La improvisación es otra habilidad importante; en la radio, las cosas no siempre salen como planeas, y tienes que reaccionar en el momento. Y, por último, la disciplina. La radio exige preparación, constancia y respeto por el tiempo del oyente. Todo eso, combinado con una pasión genuina por el medio, es lo que me ha permitido hacer la radio que amo.


César Miguel Rondón

César Miguel Rondón dice que él tiene años oyendo que la radio tiene el tiempo contado. ¿Cuál es la fuerza de la radio?


La fuerza de la radio está en su intimidad y su accesibilidad. Es un medio que no necesita que pares tu vida para consumirlo; te acompaña mientras conduces, trabajas o cocinas. A diferencia de otros medios, la radio crea una relación personal con el oyente, como un amigo que siempre está ahí. Además, su capacidad de adaptarse, ya sea a través de podcasts o plataformas digitales, demuestra que no está muriendo, sino evolucionando. Como dice César Miguel Rondón, la radio lleva décadas “agonizando” y sigue más viva que nunca porque conecta con lo esencial: la voz humana y la imaginación.


El preámbulo de los padecimientos actuales de los venezolanos.



Venezolano en el mundo


Víctor Cadet emigró a Uruguay, por lo que la conversación abordó la experiencia de la migración, destacando el impacto emocional y cultural de dejar un entorno familiar como locutor de radio en Venezuela, donde es conocido, para llegar a un país como Uruguay donde todo es inédito, incluyendo los modismos del mismo idioma. Describe la dificultad de empezar "de cero", en un lugar sin recuerdos ni conexiones personales, comparando la experiencia con “quemar las naves”. “Aunque dolorosa, es enriquecedora”. Destaca el fuerte sentido de comunidad y pacto social en Uruguay ( País que padeció un dictadura terrible, que llegó a violar el territorio venezolano de la embajada, razón por la cual gobierno venezolano de la época rompió relaciones diplomáticas con Uruguay, país que actualmente  tiene una ley que proteje a los criminales  de estado. Todo un ejemplo a seguir😟😞), donde se respetan normas de convivencia, y subraya la rica vida cultural de Montevideo, con numerosos teatros en actividad, y la estabilidad democrática, donde oposición y gobierno dialogan sin conflictos insalvables.




Disturbios en una nueva jornada de protestas en Venezuela

https://m.youtube.com/watch?v=IKWRVFPz7W8&pp=0gcJCRsBo7VqN5tD


A pesar de vivir en la actualidad en Montevideo, Uruguay, Víctor se mantiene en contacto con Venezuela, a través de su espacio “El Éxito del Ayer”, en Stereo 97.9, en Valencia; con su cuenta en X @victorcadet en la que registra las efemérides musicales de aniversarios significativos en el mundo de la música, y el recuerdo de artistas y obras icónicas. Y, sobre todo, con la gestión que lleva adelante la Fundación Haydée Cadet.



Mediante esta institución desea resguardar y compartir el legado cultural de Haydée Cadet. Un archivo sonoro, con aproximadamente 200 cintas grabadas, casetes, CDs y guiones de programas radiales. Una hemeroteca con recortes de prensa sobre la Venezuela folclórica y cultural, organizados meticulosamente durante más de 30 años.  Una discoteca, con entre 4.000 y 5.000 vinilos, algunos de los años 40, con material único no disponible en plataformas como YouTube. Y la “biblioteca borgiana”, que conserva libros y revistas especializadas en folclor, música, literatura venezolana, arte y publicaciones culturales.


La fundación, ya registrada, tiene como objetivo principal digitalizar y escanear todo el archivo (cintas, vinilos, hemeroteca y libros), para hacerlo accesible a investigadores y al público en general. Es el legado de una mujer carismática, que supo vender programas culturales en la radio comercial, un logro notable para su tiempo.


Esta labor es una “misión de vida”, no sólo por su valor personal, sino por su relevancia para la cultura venezolana y la humanidad.



https://www.elnacional.com/2025/06/victor-cadet-el-homo-radiophonicus/



El Credo de Aquiles Nazoa #AquilesCuento

https://m.youtube.com/watch?v=HaVRbpHB1W8&pp=ygUMdmljdG9yIGNhZGV0





Víctor Cadet Cultura en frecuencia modulada

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Rafael Simón Hurtado. " Al fondo la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá en MaracaiboEstado Zulia


Rafael Simón Hurtado

Escritor y periodista venezolano. Licenciado en comunicación social egresado de la Universidad Católica Cecilio Acosta (Maracaibo, Zulia). Ha obtenido el Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia (años 1990 y 1992), el Premio Nacional de Periodismo Científico (2008),  el Premio de Periodismo “Jesús Moreno” (Universidad de Carabobo, 2009) y el Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt" (2016). Ha publicado el libro de cuentos Todo el tiempo en la memoria y las crónicas literarias “Leyendas a pie de imagen, croquis para una ciudad”. Fue editor-director de la revista cultural Laberinto de Papel y de las publicaciones de divulgación científica Saberes Compartidos y A Ciencia Cierta, todas de la Universidad de Carabobo. 


Enlaces relacionados:













































martes, 16 de julio de 2024

JOSÉ RAFAEL POCATERRA SEGÚN CARLOS YUSTI

 





POCATERRA SEGÚN YUSTI

 July 28, 2019  




José Carlos De Nóbrega



Nuestro amigo prosista y pintor Carlos Yusti celebra aún de manera polémica y empática a José Rafael Pocaterra, egregio homenajeado de Filven Carabobo 2019 junto a Ana Enriqueta Terán, en su libro “Pocaterra y su mundo” (Gobierno de Carabobo, 1991).


Ana Enriqueta Terán.1940.


Se nos antoja, pese a la nota del autor al inicio, una biografía portátil crítica del polígrafo valenciano. Yusti la configuró a la luz de una lectura desenfadada pero atentísima de su obra por demás imprescindible. También incidió la conversa con otros lectores y escritores como Luis Alberto Angulo, María Narea y Alfonso Marín. Por supuesto, la habida con su carnal, el fotógrafo y socio del proyecto Yuri Valecillo.

José Rafael Pocaterra (1889-1955) siempre fue un escritor que estuvo en el ojo del huracán de los acontecimientos de su tiempo


Al igual que en la novela “Sostiene Pereira” de Antonio Tabucci, Yusti parodia la cultura necrofílica de las efemérides con un efectismo político-literario libertario. Ya lo decía el mismo Pocaterra en “Cartas Hiperbóreas”: Prefiero ser un derivado de “anarkos” hegeliano que un teorizante de pacotilla o un “Zaratustra” empastelado.


Es obsceno el desmontaje de la historiografía modelada por los poderes fácticos, así como de la recepción conservadora mentecata y pseudo-liberal farisaica que le tributaran a la obra de este narrador hiperrealista.


No obstante, Yusti bucea -sin anacrónica escafandra ni exótica manguera de oxígeno- las contradicciones políticas del biografiado: De la apostasía a un conformismo burocrático movido por la decepción ideológica.


 Acierta el biógrafo destemplado en el sentido vitalista que excede la condición autodidacta de Pocaterra: Esa extraña mixtura de lo nostálgico, lo enternecedor y lo abyecto que se desparrama en su el discurso literario de los Cuentos Grotescos y Memorias de un venezolano de la Decadencia.


Tanto Pocaterra como su díscolo glosador, despotrican de la decadencia goda y politiquera inducida de Valencia y ese concepto horroroso que se denomina valencianidad: “La Valencia actual es el horrible y sucio patio trasero de la ciudad capital (…) De los vestigios de su majestad colonial sólo quedan derruidas casas heridas por el tiempo y la desidia”. // La valencianidad es más que un contado número de apellidos, es una actitud ante la vida, es un lirismo de derechas entre el divismo y la cursilería”. Ni el biografiado se revuelve en la tumba (sino que se duerme de lado fastidiado), ni el biógrafo se indigna gesticulando en la inutilidad y la polémica estéril.




Es más, la crítica endurecida de Pocaterra posee vigencia hoy, pues la ciudad se debate en una decadencia al hastío y la proliferación insufrible de los delitos patrimoniales de presidentes y gobernadores de estado, empresarios incultos y ciudadanos anestesiados.

Cipriano Castro


¿Quién se acuerda que Cipriano Castro, paladín antiimperialista, fusiló sumariamente al General y escritor valenciano Antonio Paredes? ¿Y qué se dijo del círculo rastacuero valenciano que festejó a Castro ofreciéndole cual abuelas desalmadas a cándidas y vírgenes adolescentes? Sólo Pío Gil en su tiempo. El círculo andino, por lo menos, se fajó en el campo de batalla, de allí su repulsión a los centrales. En el libro de Carlos Yusti ni en los escritos de Pocaterra –claro está- no queda muñeco cabrón godo sin cabeza.

Antonio Paredes


La polémica que escarnece en apariencia al biografiado, se edifica en un recurso literario compartido por el compa biógrafo: La hipérbole que configura la caricatura socio-política de uno y otro tiempo. Sea criticando “el machismo folletinesco” o la poesía declamatoria de Pocaterra, esto nos parece mucho más válido que la estulticia de los profesores de literatura de ayer y hoy. Qué decir del despropósito político partidista y su funcionariado cultural bobo y chupasuelas.


El poema y discurso que Pocaterra dedicó a Valencia en su cuatricentenario

Coincidimos con Yusti la influencia del Círculo de Bellas Artes y, especialmente, de los caricaturistas Job Pim y Leoncio Martínez (no obviemos a Goya, ni a José Guadalupe Posada ni a Munch) en el grabador y dibujante oscurantista que fue Pocaterra en su discurso narrativo y periodístico que pateaba el culo al periodiquismo rastrero de la época.


La caricatura plástica contribuyó al tratamiento que el biografiado dispensó a la psicología profunda y esperpéntica de sus personajes, al punto de anteceder al argentino Roberto Artl en el grotesco criollo desarrollado en sus novelas y cuentos con siete locos y lanzallamas.


Por fortuna nuestra y desgracia de los cultores de efemérides inútiles, Carlos Yusti no se enamora de su tema, tal como hicieron Caballero con Betancourt y Gómez o, peor aún, Nelson Acosta Espinoza y Heinrich Gorodeckas con la adequidad. Deja respirar a José Rafael Pocaterra en el mar interior de las contradicciones y paradojas que lo dignifican en la memoria.

Biblioteca Manuel Feo La Cruz. Valencia, Venezuela.

Revisen la Biblioteca Feo La Cruz en su pavoso edificio cellista, no vaya a ser que este libro los muerda para bien.

    


Tomado de Abismo Literario


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José Carlos De NóbregaEnsayista y narrador venezolano (Caracas, 1964 - Valencia, 2023). Licenciado en educación, mención lengua y literatura, de la Universidad de Carabobo (UC). Forma parte de la redacción de la revista Poesía, auspiciada por la misma casa de estudios. En 2007 su blog Salmos compulsivos obtuvo el Premio Nacional del Libro a la mejor página web.

En 2015, fue profesor invitado por la Universidad de Salamanca para dictar un curso sobre literatura venezolana, auspiciado por la Cátedra Ramos Sucre de la USAL y el CENAL.


Ha publicado dos volúmenes de ensayo: Sucre, una lectura posible (Universidad de Carabobo) y Textos de la Prisa (Gobernación del estado Carabobo) en 1996. Los libros de ensayos Derivando a Valencia a la Deriva (2007) y Salmos Compulsivos por la Ciudad (2008, versión digital en www.letralia.com) han sido publicados por las editoriales “El Perro y la Rana” y “Letralia” respectivamente. En mayo de 2008, la Editorial Letralia publicó Para machucar mi corazón: Una antología poética de Brasil (serie Transletralia, versión digital en www.letralia.com), de la cual es el compilador y el traductor. En 2011 apareció el libro de ensayos Salmos Compulsivos, bajo el sello editorial Protagoni, c.a..


El Fondo Editorial Fundarte publicó el libro de cuentos El Dragón Lusitano y otros relatos, en 2013. En 2014,


Fundarte hizo públicas dos traducciones a saber: los libros de poesía Las imaginaciones / El soldado raso. de Ledo Ivo y la novela La Pasión según G.H., de Clarice Lispector. También tradujo Dispersión / Indicios de Oro, del poeta portugués Mário de Sá Carneiro.


Ha colaborado en diversas publicaciones periódicas: Poesía, La Tuna de Oro, Tiempo Universitario, Letra Inversa del diario Notitarde, Laberinto de Papel, Revista Nacional de Cultura, Imagen, suplemento Letras del diario Ciudad Ccs, el diario Vea y Fauna Urbana


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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal



lunes, 4 de diciembre de 2023

Un Mefisto Hurtado a Pocaterra


Mephisto


Estimados Liponautas


Hoy tenemos el agrado de hacerles llegar un acercamiento  que el escritor Rafael Simón Hurtado hace a unos de los cuentos grotescos de José Rafael Pocaterra. El cuento fue publicado en la revista electrónica Cárcava número 13. Esta revista es editada en Ciudad Guayana por Francisco Arévalo, Diego Rojas Ajmad y Carlos Yusti.



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José Rafael Pocaterra


La revista Cárcava, publicación electrónica venezolana realizada en Ciudad Guayana, estado Bolívar, para recordar la figura del escritor venezolano José Rafael Pocaterra, -y en particular para celebrar el centenario de su libro Cuentos Grotescos-, convocó a un grupo de escritores para que, desde sus estilos y obsesiones particulares, reescribieran un cuento del valenciano universal. 





Al conjunto de nueve relatos publicados, los editores de la revista, lo denominaron Nuevos Cuentos Grotescos. Mefistófeles fue el cuento recreado por Rafael Simón Hurtado para esta edición.

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El Ángel del Mal. Joseph Geefs



Mefisto (cuento)

“Ustedes los que escriben tienen esa funesta habilidad: hieren donde les place sin que más nadie se entere”. Mefistófeles. Cuentos grotescos. José Rafael Pocaterra.



Júpiter y Tetis, 1811. Jean Auguste Dominique Ingres.


I

“Me malogró la vida, amigo, ya no hay nada qué hacer”, me dijo.

Y por más que intenté convencerlo de que tenía que sobreponerse al escándalo, Alberto Postigo, insistió en que no había salida, que su vida había llegado al final.

En un enigmático diálogo público, a través de twitter, el escritor aceptaba los reclamos de una mujer que lo acusaba de haber abusado de ella aprovechándose de una relación de poder. El intercambio entre Alberto Postigo y una joven que decía llamarse “Rita”, ponía al descubierto un encuentro prohibido entre el escritor de treinta y cinco años y la joven que decía tener quince, cuando ocurrieron los hechos. Postigo admitía el deseo que le provocó la adolescente, su ansia confusa de comérsela entera.

En tuites, con interminables hilos, la mujer tejió un detallado expediente en el que acusó a Postigo de haberla violado. La muchacha relató que se consumaron encuentros sexuales, cuyos recuerdos, cinco años después, aún la perturban. Según ella, el autor de la famosa novela Escritos bajo la piel, comenzó a seducirla, al principio, pidiéndole mensajes eróticos, como ejercicios poéticos; luego, desnudos; después, videos cortos, prometiéndole a cambio oportunidades de figuración en los medios que la convertirían en una célebre escritora. Si complacía sus peticiones, le ofrecía publicar sus poemas, sus crónicas, sus narraciones en la revista digital del que era director.



Fauno y Ninfa, 1868. Pál Szinyei Merse.



II

Su nombre verdadero no era Alberto Postigo, sino Luis Ermita. En la tarjeta de graduación de bachiller, aparecía su nombre legal: Luis Eduardo Ermita. Alberto Postigo, pues, era un heterónimo, todo un juego de escapismo que había ideado para evitar una vida llena de inseguridades. Con la decisión de cambiar su nombre, no sólo se atribuyó una nueva personalidad, sino un nuevo carácter, una diferente biografía que le proporcionaron, en cuanto al escritor que quería ser entonces, una nueva emotividad. No era una máscara literaria, sino una proyección de lo que él consideraba su “genio creador”.

Con ello dejaba tras de sí una historia llena de vergüenzas. Una amiga de su infancia me dijo que de adolescente le decían “Ermitaño”, parodiando su apellido real, y su condición de lector irredento, que sufría de las lecturas por una miopía acuciante y una fotofobia que lo encandilaba. El oftalmólogo le decretó como obligatorio el uso de lentes, con lo que impuso a sus ojos, -y, a través de ellos, a su conciencia-, la convicción de que lo que veía era lo verdadero, así fuese inapropiado, sin darse cuenta de que en ese cambio ficticio dejaba ver con claridad lo que realmente sentía.

Cuando salió del consultorio, con la fórmula que catalogaba su ceguera, Luis Ermita supo que de ahora en adelante sería el blanco de la burla de los compañeros de clase. A través de sus anteojos nuevos, oscuros y como fondos de botella, -que lo hacían parecer un enano obeso con antiparras de soldador-, vio venir en actitud amenazadora al grupo que esparcía el acoso en las puertas del instituto. Las burlas le hicieron saber que, tras haber sido juzgado y condenado por ser él, debía cambiar de identidad.


Eco y Narciso, 1903. John William Waterhouse.


III

Al ingresar a la Universidad, decidió transformar su vida. Optó por convertir toda aquella humillación y despecho, en ira, arrebato y soberbia. Pero, eso sí, cerniendo estos sentimientos a través del poder de la escritura, la que había descubierto en sus días de confinamiento de lector adolescente.

“Para levantar la Biblioteca de Alejandría hicieron falta personas normales y corrientes, trasformadas en héroes a través del conocimiento”, me dijo una vez.

Las humillaciones vividas en su mocedad, desaparecieron en las redes sociales. Periódicamente, subía fotografías con mudanzas en su apariencia. Bajó de peso, y después de cada kilo perdido, desnudaba su torso para mostrar los avances de su mutación. Alteró su forma de vestir, dejó que su cabello creciera hasta los hombros en rizos exóticos y grasientos; y aquellos lentes, con forma de lágrimas, con los que el oftalmólogo había decretado su vulnerabilidad, se convirtieron en cristales fotocromáticos que ocultaron su mirada, no sólo de la luz, sino del escrutinio impertinente de quienes siempre percibieron en él, a un muchacho débil que le costaba ver directamente a los ojos de su interlocutor.

A su nueva apariencia, -pantalón fuerte apretado al muslo, mocasines de gamuza y franela de algodón-, se agregó su pasión por la literatura. La lectura extenuante de libros de poesía, ensayos y novelas, como una tela de frío que lo arropaba, tejieron una trama que delataba la atmósfera infernal que lo poseía.

La lectura, -decía-, no te hace una buena persona. Puede, por el contrario, llevarte al fondo de tus miserias. Los peligrosos, amigo, no son los libros, sino los lectores”.

Tenía una fascinación por Goethe y el Fausto. Y yo creo que acabó pareciéndose al personaje, en su soberbia, en su egoísmo y en su angustia existencial. Casi como una premonición, aquellas lecturas prefiguraron el heterónimo en el que se convirtió.

No lo sé, pero, quizás, su fobia al sol era un amor inconsciente a la oscuridad; de quien no ama la luz. Creo que intentó contrarrestar esta certeza a través de la literatura, de la que fue, sin duda, un cultor. Su condición secreta de lector se había manifestado en su adolescencia en contra de la caja oscura de unos ojos que lo mortificaban en su percepción de las cosas y lo encerraban en el círculo de los desterrados.

Otro episodio traumático había contribuido con su patología. El suicidio de su padre. La persona que más amor le había ofrecido en la vida, un buen día decidió, sin explicación ninguna, quitársela. No hubo signos estimables de una muerte advertida, ni el conocimiento de causas de riesgo para un suicidio inminente; e, incluso, tampoco se supo de tentativas de ensayos frustrados para pensar que aquél hombre había perdido la esperanza.

Mientras el cadáver estuvo tendido en el piso de la casa, -luego de haberse disparado a la cabeza-, los minutos que transcurrieron hasta que la policía vino a levantarlo, Alberto pudo contemplar con detalle los estertores de la muerte. Durante las seis horas transcurridas desde el momento del disparo, hasta que llegaron a recoger el cuerpo, pudo vigilar los postreros borbotones de sangre que las sienes exudaron a través de los orificios de entrada y salida de la bala. Nunca supo por qué su padre tomó esa decisión. La idea de que huía de algo, rondó siempre sus pensamientos.

Una vez, entre tragos, sentados uno frente al otro, acodados en la mesa del bar, mientras nos mirábamos a la cara como quienes se confiesan, me dijo con su estilo literario:

“Amigo, lo que yo vi envuelto en aquella sábana sanguinolenta fueron sesenta y cuatros años, siete meses y casi una semana, convertidos en un bulto llevado en hombros por dos policías que caminaban al vaivén de un fardo muerto.”


Apolo y Dafne, 1908. John William Waterhouse.



IV

Con lo anterior, no intento justificar las acciones de Alberto Postigo. Al cabo de los años, cuando yo lo conocí en la Universidad, ya era una celebridad, que se paseaba -perilla, bigote, altura de estrella de cine, con el brazo derecho tatuado con la frase “La literatura salva”- presumiendo entre sus alumnos, su fama de profesor carismático, de semiólogo político, escritor, poeta y dramaturgo.

En los pasillos de la Universidad se comentaba sus aires presumidos de autor persuasivo, amigo de actrices, a quienes asesoraba en sus cuentas de Instagram. Un escritor admirado, seguido y lisonjeado, que formaba parte de la categoría de influencer en las redes sociales. Este prodigio provocaba los celos y el resentimiento en ciertos seguidores en las redes. Algunos amigos cercanos, quienes sabían que Alberto se valía de su posición de poder para acercarse a sus víctimas en las aulas de clase, eran incapaces, sin embargo, de oponerse abiertamente a la evidencia de un comportamiento criminal. Uno de sus camaradas me confesó cierta vez el desprecio que le causaba el personaje.

“Es Mefistófeles, un ser de mente fría y racional que, en razón del uso de una cierta lógica, atrapa a las personas para hacer que sigan sus designios. Para ese maldito, sus ínfulas de escritor no son más que una justificación estética, pues, según él, el arte expía los delitos”


Echo, 1874. Alexandre Cabanel.


V

Fue entonces cuando apareció una muchacha que dijo llamarse “Rita”, que, oculta detrás del tuit @mefistoabusador, acusó abiertamente a Alberto Postigo de estupro, poniendo a correr en una larga lista de mensajes, la acusación pública que lo haría objeto de un linchamiento mediático. La chica, que afirmaba haber sido también su alumna en la Cátedra de Apreciación Literaria I, cuando al cabo de los años ingresó a la Universidad, en el primer mensaje escribió:


@mefistoabusador He resuelto hablar de mi experiencia de abuso infantil que tú, Alberto Postigo, cometiste contra mí.

@mefistoabusador Usaste tu fama y tu posición de poder para ejercerlo en contra de la niña que yo fui hace 5 años, y que te admiraba por tu escritura.

@mefistoabusador Decidí contar mi historia desde el anonimato, y después de todos estos años, porque sabía que no estaba preparada para la crueldad de la reacción pública.


A partir de entonces, y a lo largo de 30 tuits, quien decía llamarse “Rita” narró los pormenores de su encuentro con Alberto. Mediante capturas de pantalla de algunas conversaciones virtuales que la muchacha mantuvo con el escritor durante un año, relató cómo, cuando ella aún usaba el uniforme del colegio, el reputado novelista se aprovechó del deseo intenso que tenía la quinceañera de involucrarse en la escena cultural de la ciudad, para manipularla.

En aquel período, “Rita” fue incapaz de reconocer las estrategias de control que Postigo practicaba sobre sus víctimas. Eso dijo. La encandilaba, diciéndole que la pondría en contacto con poetas, escritores y editores, a quienes mostraría los escritos que la niña pergeñaba en sus cuadernos de estudiante.

Luego de los primeros 15 tuits, en los que él le pidió absoluta reserva, y en los que Alberto Postigo hacía gala del virtuosismo de la palabra poética, de las que se valía para seducir a su víctima, se consumaron tres encuentros sexuales que ella rememoró como traumáticos.


@mefistoabusador Me decías que querías volver a recorrerme, desde mi lengua hasta embestirme tras mi espalda.


La joven oculta en el avatar @mefistoabusador dijo que, durante el encuentro en la casa del novelista, acostada en su lecho, rodeada de libros y obras de arte -desnuda, desconcertada y sin poder abrir los ojos-, se sintió como si estuviese en un quirófano, esperando a ser diseccionada por un cruel cirujano.


@mefistoabusador Me dijiste repetidas veces que, para alcanzar la lucidez literaria, había que librarse de las imposiciones, de la moral, y vivir en el libertinaje y el hedonismo, como los griegos.


La cuestión fue, que, con el pretexto de leer algunos de los poemas de la muchacha, Postigo la invitó un día a su estudio. La teatralidad de su refugio siempre fue motivo de comentarios entre sus colegas. Lo había dotado con una puesta en escena que daba al lugar un aire litúrgico. El día que “Rita” visitó a Postigo, el escritor abrió la puerta vestido con un atuendo cardenalicio, mientras sonreía ante la disminuida silueta de la niña dispuesta para el sacrificio.

En uno de sus tuits, “Rita” resumió el encuentro de esta manera, como una forma de desquite, como una admirable venganza:@mefistoabusador Me masturbaste con tus largos dedos y restregaste tu sexo entero contra mis genitales. Nunca un hombre me había rozado. Yo sólo tenía 15 años.



Apolo y Dafne, entre 1615 y 1620. Francesco Albani


VI

A muchos nos tomó por sorpresa el escándalo que se produjo en twitter. Alberto me lo hizo saber a mi directamente con un evidente tono de preocupación. Su imagen de intelectual reconocido y elogiado, había comenzado a resquebrajarse. Su tragedia se escenificaba en las redes, esos espacios de tránsito, que el propio escritor frecuentaba como parte de su oficio, y en donde el encuentro con “Rita” dejó de ser casual e inesperado.


“Ayúdame”, me dijo. “¿Qué puedo hacer?”.


Le reclamé. Le dije que yo podía entender que un acto de seducción poética podía ser algo hermoso cuando se hacía con la persona adecuada. Con alguien a quien queríamos, y con quien compartiésemos la decisión. Pero usar la palabra cual arma de seducción, -como sin duda lo sabía hacer él-, con alguien que no era capaz de valorar las implicaciones, es, como mínimo, cobarde.

Él convirtió a “Rita” en víctima y también en culpable. De hecho, la preocupación de la chica de resguardarse en el anonimato, encontró su fundamento en lo que después ocurrió. Los mensajes en twitter decían que había sido una niña sin pudor, que iba a encontrarse a solas con un hombre, a quien previamente le había enviado fotos. Era como decir que ella lo tentaba. Olvidaban que era a Alberto Postigo a quien le correspondía poner los límites. Si bien la muchacha se había puesto a distancia de tiro, no es menos cierto que Alberto detonó el arma.

Aun hoy, cierro los ojos y puedo imaginarme a un desconocido amigo, llevando hasta sus labios la siniestra receta que lo transfiguraba. Acariciándola con sus manos, esperando el fogonazo del que tanto se jactaba en sus escritos de amor.


“Porque alucino en tu sombra, / en la suave cortesía de tu sonrisa erecta. / Quiero imaginarte con un nuevo apetito; /besando tus piernas, /tus muslos tibios por el sueño. / Quiero saber de tu humedad, / mientras tus caderas, / tiemblan en mi boca.”


Podía imaginar en la evidencia de las capturas de pantalla, bajar por su garganta el líquido de las palabras con las que el influencer embobaba, con poesía y ofrendas, a encandiladas impúberes.

“¡Coño, Alberto, la cagaste! -le grité, viendo cómo el mundo se le venía encima-. ¡Eres un intelectual de mierda!”.



Ninfas y sátiro, 1873. William-Adolphe Bouguereau.


VII

El mundo se le vino encima. Encontró la desgracia en la traición de su propio peldaño. Su mirada se hizo retrato metafórico de quien sucumbía en su ceguera. Por eso todos lo abandonamos, incluidos los amigos que sabíamos que era un cazador que usaba su poder para abusar de adolescentes. Y aunque Alberto Postigo intentó amortiguar los efectos de aquella avalancha, -reconociendo sus culpas, pidiendo perdón-, el mismo medio que usó “Rita” para acusarlo, sirvió también como patíbulo para su linchamiento.

Toda la rabia y el asco fueron escupidos en extensos hilos, pues sus disculpas fueron interpretadas como una muestra de cinismo y prepotencia con velada intención persuasiva. La venganza fraguada, durante los últimos cinco años, por quien decía llamarse “Rita”, había cumplido su objetivo. Fue como si ahora ella ejerciera una pedagogía criminal. No hubo retorno. Las agresiones verbales cobraron la virulencia necesaria para que el mensaje cruzara las fronteras. No fue posible reparar el daño que ya había hecho metástasis en el morbo, la impudicia y la impunidad de las redes sociales.



Apolo y Dafne, 1622-1625. Gian Lorenzo Bernini.


VIII

El fragor del escándalo obligó a Alberto Postigo a refugiarse en el nombre con el que había sido inscrito en su partida de nacimiento. Regresó a ocultarse en el Luis Ermita que nunca quiso ser. Escondido en su apartamento, dejó de recibir llamadas, no abría la puerta a las visitas, y apenas se asomaba por la ventana del séptimo piso en donde vivía, y en el que había recibido a “Rita”, la muchacha que ahora “vivía” con él, en la soledad de su tortura.

Pero volver a su verdadero nombre tampoco lo ayudó. “Rita” ya había encendido la llama que inició la mediática masacre. El mundo, -su edificado mundo-, se abrió bajo sus pies. La zanja incluso siguió agrietándose después de que pidió perdón vía online, a través de las redes que ahora lo sacrificaban.

Consideró la posibilidad de mudarse a otra ciudad, de irse del país, de hacerse una cirugía plástica, de cortarse el pelo, de cambiar de identidad, pero el miedo a ser reconocido en la calle, lo aterraba, al extremo, de que, sólo pensar en asomarse a la puerta del apartamento y de encontrarse con un vecino, lo horrorizaba. Las manos le temblaban, le sudaban con un sudor frío, y lo asaltaban en su pecho los sístoles y diástoles de la culpa. Durante las noches, el desorden de sus venas bajo la sábana, exaltaban la ferocidad del insomnio.

Sentía el sudor viscoso que su cabeza destilaba en el cuenco oscuro de la almohada. Sus ojos, entonces, se sumergieron en una lejanía, y desde ese confín, se fue desvaneciendo hasta convertirse en un desahuciado.



Apolo y Dafne, (detalle) 1622-1625. Gian Lorenzo Bernini

IX



Alberto Postigo contó hasta tres antes de saltar al vacío. En una ironía brutal que sólo se le puede ocurrir a la muerte, la conspiración del juicio social había surtido efecto. El arma con la que Alberto se había vengado de las burlas sufridas en la adolescencia, expresaban ahora la experiencia de su dolor.

La noche anterior no había podido conciliar el sueño. Su eterna oscuridad no lo dejaba. Había tomado la decisión de obtener la tranquilidad a través de un suicidio lúcido. Esa mañana alcanzó a sorber un té de manzanilla; rezó, por primera vez en su vida, un padrenuestro, y al cabo de unos segundos, sobrevenida una leve calma, doblado sobre el barandal del balcón, se dejó caer, como si fuese trasportado por un ángel envuelto en un estado de revelación, desde el séptimo piso en donde vivía.

Dejó anotado un verso de Cesare Pavese, en un último tuit dirigido a “Rita@mefistoabusador “Todo esto da asco. / No palabras. Un gesto. No escribiré más.”



Apolo y Dafne, (detalle) 1622-1625. Gian Lorenzo Bernini



X



No voy a negarlo, muchos de los colegas de cátedra de Alberto Postigo envidiábamos su talento, sobre todo, quienes conocíamos su historia, -como yo. Esos celos eran la comidilla en los pasillos de la Universidad. Fue un genio, que, sobreponiéndose a sus complejos, alcanzó la notoriedad. Esa fue su desgracia. Para quienes compartimos con él un libro, una cerveza o una confesión, Alberto fue un hombre complejo. Con su aire de Mefistófeles, marcó el camino del riesgo y del asombro, ocultando horrores. Todos lo sabíamos, pero nadie quiso hacer nada para no llevarle la contraria a su éxito. Era como si Alberto hubiese sido capaz de robarnos nuestro propio deseo de alcanzar el gozo de los premios y los reconocimientos. Y, tal vez, por eso mismo, lo odiábamos.

Cuando supimos del caso de la muchacha que había violado siendo una menor, vimos la oportunidad de hacer justicia, finalmente. Creamos a “Rita”, la de @mefistoabusador, para arrojarlo a la turbamulta, para hacerle pagar con una condena categórica e inmediata, sus delitos. Como en la novela de Mary Shelley, fuimos tras el monstruo, con nuestras antorchas encendidas, a satisfacer en la red nuestros instintos de venganza y aniquilamiento.

Él nunca supo quiénes estuvimos detrás del avatar. Nos convertimos en fiscales, jueces y verdugos, que, si bien es cierto, deseábamos condenarlo al vacío por sus canalladas enfermas y sus vilezas, también queríamos arrojar sus logros literarios a la hoguera pública, despojándolos de cualquier posibilidad de vida, en un acto de justicia poética, camuflados, como él, en la ficción.

Resguardados en la ausencia de corporeidad que provee la virtualidad, nos alimentamos con su carne de víbora, con su propio veneno, empapando nuestras lenguas con el ácido de sus palabras, poniendo al descubierto al depredador que fue Alberto Postigo, -Luis Ermita-, el hombre que amaba la oscuridad.


El Genio del mal. Guillaume Geefs. Imagen tomada de La Hornacina.






Tomado de Bibliontecario




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Rafael Simón Hurtado. " Al fondo la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá en MaracaiboEstado Zulia


Rafael Simón Hurtado

Escritor y periodista venezolano. Licenciado en comunicación social egresado de la Universidad Católica Cecilio Acosta (Maracaibo, Zulia). Ha obtenido el Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia (años 1990 y 1992), el Premio Nacional de Periodismo Científico (2008),  el Premio de Periodismo “Jesús Moreno” (Universidad de Carabobo, 2009) y el Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt" (2016). Ha publicado el libro de cuentos Todo el tiempo en la memoria y las crónicas literarias “Leyendas a pie de imagen, croquis para una ciudad”. Fue editor-director de la revista cultural Laberinto de Papel y de las publicaciones de divulgación científica Saberes Compartidos y A Ciencia Cierta, todas de la Universidad de Carabobo. 



Ficha tomada de Letralia.


 

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29/06/2025