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domingo, 13 de octubre de 2024

LA MUERTE DE CARMEN DOLORES, LA ESPOSA DE RUFINO BLANCO FOMBONA

 

Carmen Dolores Casanova Tovar.


23 de marzo de 2016


LA MUERTE DE CARMEN DOLORES


Por Eduardo Casanova Sucre


Rufino Blanco Fombona (1874-1944) fue un buen escritor, pero su condición de aventurero con elementos románticos y desordenados lo frustró y lo dejó demasiado cerca del nivel anecdótico como para que pueda ser considerado un verdadero maestro. Fue uno de los primeros venezolanos con obra conocida fuera del país, pero es el típico caso de promesa que finalmente no se pudo cumplir. De él dice Domingo Miliani: “Rufino Blanco Fombona (1874-1944). Polígrafo, la dispersión de su obra le proyectó en muchos campos. Fue una de las más influyentes figuras continentales de su tiempo. Esa misma dispersión lo privó de consolidar una obra maestra.” Nació en Caracas el 17 de julio de 1874, hijo de Rufino Blanco Toro y de Isabel Fombona Palacio. En su infancia vivió en La Victoria. Sus primeros estudios fueron en los colegios “Santa María” y “San Agustín”, en Caracas. Empezó a estudiar derecho y filosofía, pero pronto dejó la universidad para estudiar en la Academia Militar. Participó en la Revolución Legalista y a los 18 años fue a tener a Filadelfia como Cónsul de Venezuela. En 1895, luego de tres años en los Estados Unidos, volvió a Caracas y se incorporó a “El Cojo Ilustrado”. En 1896 fue designado agregado en la Legación de Venezuela en Holanda. En 1898 regresó a Venezuela y publicó su primer libro. En 1899 actuó brevemente con Cónsul de Santo Domingo en Boston. Regresó a Venezuela para hacerse cargo de la Secretaría General de Zulia, nombrado por Cipriano Castro, que poco después lo nombraría Cónsul de Venezuela en Amsterdam (1901-1904). Como seguidor de Castro fue gobernador del Territorio Federal Amazonas en 1905. Al poco tiempo fue hecho preso en Ciudad Bolívar, en donde escribió “El hombre de hierro”. Al recobrar la libertad se exiló en Europa (1906-1908). A su regreso a Venezuela estuvo entre los que celebraron la caída de Castro y el ascenso al poder de Juan Vicente Gómez, que alentó su elección como Diputado. Pronto rompió también con el gomismo y de nuevo fue a tener a la cárcel. En 1910 fue desterrado, con lo que se inició su exilio de veintiséis años. En París estuvo de 1910 a 1914, y en España desde entonces hasta algo después de la muerte de Gómez. En España fundó la Editorial América y la Biblioteca Ayacucho, y publicó varios trabajos. Fue Cónsul de Paraguay en varios lugares, y durante la República Española fue Gobernador de Almería (1932) y de Navarra (1933). Luego de la muerte de Gómez, de regreso a Venezuela, fue Gobernador del estado Miranda, pero tampoco allí duró mucho. Ministro de Venezuela en Uruguay (1939-1941). El 16 de octubre de 1944, durante un viaje a Argentina, murió en Buenos Aires. Tenía setenta años, pero había vivido ciento cuarenta. En su vida hubo una gran mancha que siempre afectará su nombre: la muerte trágica de Carmen Dolores Casanova Tovar, con quien estuvo casado pocos días. Carmen Dolores era la única niña y la menor de los hijos de Carlos Evaristo Casanova Mendoza y Carmen Tovar Gascue. Por la rama materna era nieta de Fermín Tovar Tovar, músico, hermano de Manuel Felipe Tovar, el último mantuano que tuvo poder político en el país. Los Tovar, como todos los mantuanos habían perdido su posición social. De otra manera no se explica cómo se casó una Tovar con un Casanova, descendiente de canarios establecidos en Maracaibo, Santa Bárbara del Zulia y parte del estado Táchira, nieto de una expósita de Maracaibo. Pero, dados los cambios que se produjeron en Venezuela, y sobre todo en Caracas, a raíz de la Independencia, la Guerra Federal y otros hechos, esos Casanova Tovar eran gente importante de su tiempo, aunque, según las palabras del propio Blanco Fombona, no tenían dinero. 


Retrato de Rufino Blanco Fombona, fotografiado por Kaulak (1912)y recogido en la revista española Mundo Gráfico.

En sus memorias (“Camino de imperfección”, Editorial América, Madrid, 1933) Blanco Fombona cuenta que se enamoró de ella al conocerla, en 1905, cuando (ella) tenía apenas 14 años  y él 31. El 14 de junio de 1906 asentó en su diario: “Ayer hemos pasado un día de campo muy agradable en la hacienda “El Conde”, (…) Dulce charla de regreso con Carmen Dolores”. ¿Dulce charla entre un hombre de 31 años y una niña de 14? Mal comienzo. El diario del personaje, en 1908, ya permite intuir que algo va mal encaminado. Sin el más mínimo disimulo habla de estar enamorado de dos jóvenes, que además tienen el mismo nombre. De Carmen Dolores dice; “¡Qué desarrollo tan fresco y tan brillante de sus diecisiete años! No hemos podido conversar porque estaban presentes su madre, su padre y uno de sus hermanos. (…) Es, en el fondo de su espíritu, y aunque muy inteligente, una chicuela”. ¿Puede haber una mayor demostración de machismo? El 3 de diciembre de 1908 ese machismo, que en su caso se mezcla con una enorme dosis de egolatría, hace eclosión: “Estoy flirteando con dos mujeres, ambas jóvenes, ambas lindas, ambas del mismo nombre, ambas pertenecientes a las mejores familias de Caracas. Llamaré a la una, a la más joven, C(primera) y a la otra C(segunda). A C(primera) la conocí hace tres años, y pertenece a una gente ligada con nosotros por vínculos que debo respetar. Por eso, y por ella misma, la requiebro con más miramientos que la otra; cuenta apenas diecisiete años ¡Qué chicuela tan avispada y tan atrayente! (…) “C(segunda) tiene más mundo, como mujer de veinte años; es más elegante y mucho más apasionada. Como novia lisonjea más la vanidad de un hombre que C(primera). Pero se le conoce demasiado que desea casarse”. (…) “Cuando converso con cualquiera de las dos prefiero aquella con quien estoy; le hayo encantos que me detienen a su lado.” (…) “C(segunda) tiene un defecto para esposa: hábitos de lujo, parientes ricos y ella poca fortuna. La otra tampoco goza un porvenir económico envidiable; y se acomodaría más fácilmente a una vida modesta”. (…) “Creo que me decidiría por aquella de las dos supiera inspirarme celos, o que por otra habilidad supiera aprovechar un buen cuarto de hora. He pensado hasta en jugarme las dos, a ver cual gano; o tirar una moneda al aire y decidirme por la una si cae de cara, o por la otra si cae de sello. ¿Pero quien va a echarse esposa por el capricho del azar? Me he tranquilizado con esta reflexión: si nunca o casi nunca hacemos otra cosa. El azar entra en mayor escala que la previsión en nuestro destino”. El 6 de diciembre de 1908, sumido por completo en la aventura de llevar a Juan Vicente Gómez a la Presidencia de la República, escribe en su diario: “he visto a menudo a C(primera). Me siento más inclinado a ella. Tal vez llena más mi pensamiento que la otra”. Y el 9 escribe: “Me gustará más C(segunda)? Acabo de hablar por teléfono con ella y me parece que sí. Le gusta la política, tiene emociones fuertes y es muy elegante. He tirado una moneda al aire por tres veces para preguntarle al azar y por tres veces consecutivas ha salido C(primera). Me parece que el destino me ha hecho trampa. Sin embargo soy tan supersticioso que esta decisión de la moneda, va a pesar mucho en mí, ¡aunque no quisiera tomarla en cuenta!”. Y así, lanzando al aire monedas, orgulloso de su hazaña de enamorar a dos niñas del mismo nombre, mostrando los dientes de su machismo, siguió adelante hasta comprometerse de verdad con Carmen Dolores y aceptar que su padre la llevara a Madrid a casarse con él, que ha dejado atrás su gomismo pero no su machismo. Y el 23 de diciembre de 1916, en la Iglesia de la Parroquia de San Ginés de Madrid, Don Carlos Casanova Mendoza le entrega a su hija, Carmen Dolores, y muy poco tiempo después se embarca para La Guaira. Pero al llegar a Venezuela debe volver a España a buscar el cadáver de la niña que había entregado en matrimonio. Cuarenta y cinco días después de la ceremonia, Carmen Dolores cayó de un balcón. El viudo aseguraba que se suicidó, que se lanzó cuando él se negó a romper su relación con su “Bella Normanda, o La Divina Welquiria o Margarita Millet”, que le acababa de dar un hijo. Los Casanova dijeron siempre que él la empujó, lo que no parece probable puesto que no hubo actuación policial posterior. Desde luego, Blanco Fombona debe haber tenido una enorme carga de conciencia, porque siendo como era valiente y peleón, siempre huyó de los Casanova (mi abuelo y sus hermanos), que por cierto eran altos y fuertes. Las memorias de Blanco Fombona y las cartas de Carmen Dolores, llenas de detalles domésticos y de amor hacia el ausente, bien podrían servir para hacer una larga novela romántica con final trágico. Desafortunadamente, lo que puede deducirse del escritor es que, aun cuando era osado en lances personales, le faltó valor. Se dejó llevar por un machismo que nada lo honra, y que llenó de dolor innecesario a una familia caraqueña que merecía otra suerte. Muchos años después (1933) escribiría, como para justificarse, que su pecado fue cumplir con la palabra empeñada. Una cobardía más, que explica por qué, habiendo sido un buen escritor, careció de la grandeza de un Manuel Díaz Rodríguez, un Luis M. Urbaneja Achelpohl, un Enrique Bernardo Núñez, o un Rómulo Gallegos o un Arturo Uslar Pietri.


Foto de 



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Eduardo Casanova



Estudió Derecho y Letras en la Universidad Central de Venezuela y en la Universidad Nacional de Buenos Aires. En 1963 se estrenó su obra teatral Barrabasalia, escrita en colaboración con Arturo Uslar Braun, en 1975 se estrenó su comedia "El solo de saxofón". Luego, en 1968, recibió su título de abogado. Presidente de la Fundación para las Artes del Distrito Federal (Fundarte), 1984. Director del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), 1984-1987. Premio Guillermo Meneses por su obra narrativa (2000). Presidente del Círculo de Escritores de Venezuela, 1999 y 2001.  

jueves, 8 de abril de 2021

RUFINO BLANCO FOMBONA a Ida Gramcko: A usted no le interesa mi tristeza ni la de los demás.

 
RUFINO BLANCO FOMBONA. Imagen tomada de Facebook.


RUFINO BLANCO FOMBONA:  A usted no le interesa mi tristeza ni la de los demás. 
 Una entrevista de Ida Gramcko

“Fui un malcriado,grosero y travieso” 


6 DE NOVIEMBRE DE 1943 


Escribo y dedico a don Rufino Blanco Fombona, maestro de la literatura y de la vida, el reportaje de su infancia. La pluma de don Rufino es tan caudalosa como los ríos de Venezuela. Por ello este reportaje viene a ser a consecuencia de una alegría que experimenté en su casa, entre rebanadas de pastel y ráfagas de lluvia, bajo el cromo plomizo de un atardecer. Don Rufino omnipotente y señorial comenzaba:

–Hace un tiempo como para hacer visita…

Con esa sencilla frase inició el camino hacía a intimidad y desde su balcón volvió el rostro para mirar el cielo pesimista que fruncía el ceño entre las cejas de dos nubarrones blancos.

–Le advierto a usted que me he calado hasta los huesos, le dije.

–Para reponerse del remojón, ¿quiere usted un whisky? –ofreció, enganchando el principio de la entrevista.

–No, gracias. Deseo, en cambio, que me obsequie el relato de su infancia.

(Se acomodó en su asiento, reaccionado imperturbable). –Tengo poco que decir… Que fui como todos muchachos, que soy todavía como todos los muchachos… Pero antes saboreé el pastel…

–Es que –le interrumpí con la boca llena– creo que soy capaz de saborear, al mismo tiempo, los dos manjares. Quiero combinar, don Rufino, el alimento positivo de su pastel con los bombones de su espíritu que han de ser redondos y azucarados.

(Rió con una risa abierta y tumultuosa. En la risa de autor de Dos años y medio de inquietud se encierran pequeñas risas y risas grandes, alegres y tristes, dulces y amargas). –Le repito, hija mía, que mi infancia dista mucho de ser un manjar apetitoso.

–Permítame que lo dude.

–Si se empeña en conocerla, espere un instante.


Bajo el cielo lagrimoso, don Rufino se detuvo a meditar. En derredor de nosotros, las nubes y los recuerdos eran manchas grises. Los recuerdos de don Rufino islotes perdidos que iba desentrañando de fondo de un mar de años cuyas olas murmuran en fotografías de tinte borroso, en cuadernos polvorientos, en una flor marchita… En tanto que el maestro pensaba, observé el aspecto del salón donde vive su espíritu, donde se plastifican su sensibilidad e imaginación, el abandono de su alma ante lo externo y trivial: junto a un jarro con rosas hay un par de botas y una estatuilla; sobre el escritorio se desparraman corbatas, ceniceros, libros; en el diván, revistas y diarios. A cada paso surge el hombre múltiple. A cada paso están sus cosas descuidadas, manchadas, tiradas, volcadas, diseminadas…

De súbito y rotundamente, habló don Rufino:


–Somos inconscientes hasta los 18 años. De allí en adelante somos tristes y luego…

Como ante una cuestión de interés cálido, se hizo recatado, comedido. Y en seguida, con fugacidad, esguince y quiebro:

–Somos los que podemos ser. Nada más. Usted pide mi infancia, mi etapa inconsciente, porque no le interesa mi tristeza ni la de los demás.

–¿Eh? A eso vengo, por más que haya que tratar ciertas cosas con gran delicadeza.

–Claro está, como que toda juventud es egoísta y se surte de su propio dolor. Tampoco le interesa a usted lo que soy ahora.

–¿Cómo que no?

–No, porque lo que puedo ser lo está usted viendo: soy algo que vive en una habitación de ambiente confuso, con no se qué angustias y abandono, o desamparo. Pero no se trata de esto. ¡Vamos con mi infancia!

No pierde elasticidad su ímpetu, dejando asomar el motín de su espíritu, en agitación constante: “Fui malcriado, grosero y travieso”, apuntó con regocijo mientras su mano perfilaba los bordes de cada adjetivo, sutilizando los palmetazos que ha debido recibir del preceptor. Porque tan grosero, malcriado y travieso fue don Rufino que me contó a siguiente anécdota:

 “Tenía diez años y no me gustaba el francés. Mi profesor era un amable viejecito de apellido Calcaño y Parizu, que sólo se atrevía amonestarme con palabras temblorosas. Aquel día, sin embargo, me amenazó. Yo me estremecí de coraje, salí de clase, le esperé en la calle con una vara… Cuando el profesor salió para dirigirse a su casa, arremetí contra él, propinándole tres varillazos que si no le hicieron mayor daño le proporcionaron un rato bien amargo”.

En el corazón de don Rufino, que fue precoz en virilidad y fuerza impetuosa, no hubo, al parecer, crueldad refinada ni meditación de castigo. Todo en él fue nervio, contraste y pasión; todo se producía en él por mediación del arranque instintivo, de impulso ardoroso que tan hermosamente exaltó Unamuno en una de sus obras. Y ya que rozamos nombres célebres, recordemos al sensual Charles Baudelaire con quien don Rufino, eterno niño voluptuoso, compartió alegremente la aventura de romper los prismas multicolores del vendedor de cristales.

Don Rufino estudiaba con tesón, como un verdadero poseso. Y eso que lo habían expulsado de colegio Santa María por la agresión al profesor. Estudió entonces en el colegio San Agustín. Se sintió un pequeño dios, brillante en las letras, displicente con las matemáticas. Con los conocimientos que había adquirido era capaz de dominar un mundo sin límites ni horizonte. Le daba la impresión de que no sólo leía con los ojos sino con las manos, que se hundía en las páginas como en un mar para salir a la luz con ellas llenas de perlas.


Tomado de El Nacional



Ida Gramcko. Imagen tomada de La Poeteca.



Tomada de El Nacional.






ORACIÓN

Pronto a comparecer en la presencia
del Supremo Hacedor,
pongo a sus pies mi vida, montoncito de polvo,
y lucecita trémula, mi postrera oración.
El polvillo medroso se perderá en el viento
la lucecilla trémula la apagará el ciclón.
Lo tangible desaparece
no hay esperanza sino en Dios.
¿Mereceré a tus ojos el nombre de malvado?
Jamás herí en la espalda, Señor;
no desafié sino a los fuertes,
no castigué sino al felón.
Tendí mi mano al débil y di mi pan al pobre
y la mentira nunca mi pluma ni mis labios deshonró.
Si esto es ser malvado, lo confieso:
malvado soy.  
Tú pesas las conciencias y ves en los abismos
¿Dignarás sondear mi corazón?
Por libertad, patria y derecho
me bató como quisiste, haciéndome quien soy:
el tirano y el hombre de alquiler me afrentaron
y cada golpe devolví a los dos.
De nada me arrepiento. En mi vida 
nada que  pueda mancillar mi honor.
Infantuelo, corría tras de las mariposas;
joven, tras de las damas, bellas como las hizo Dios;
rota, flecha divina, su virtud fe dulce mirada,
corrí tras los maridos que me acercaban al amor;
después tras la fortuna, más esquivas que las mujeres
y ya ni tras la Muerte... La veo venir... Llegó
Mi reló no marcha a derechas.
¿Pero qué tendrá este reló?
Hice libros. Tuve hijos. Sembré árboles. Nadie
su papel de varón entre varones satisfizo mejor.
Sentí piedad del infortunio hasta en los tigres,
¿no la sentirás tú de mí, Señor?
En tus manos encomiendo mi espíritu,
vela por los que amo que ya no puedo velar yo...
Y una ráfaga de tu bondad magnífica
refresque y apacigüe, en el postrero instante, mi corazón.


Montevideo, enero de 1941

R. Blanco - Fombona
On board SS Argentina

Tomado del original en el archivo de Jorge Schmidke.





Texto e imagen tomado de Rufino Blanco Fombona


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05/06/2024