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martes, 31 de agosto de 2021

Alirio Díaz: Venezuela es un país lleno de locos y artistas.



Conversación con Alirio Díaz

“ESTE ES UN PAÍS LLENO DE LOCOS Y DE ARTISTAS”

**Alberto Hernández**

**Fotografía: Gil Montaño**

“La guitarra puede llegar a ser el alma de un país. En Venezuela hay una gran raigambre en esto de trabajar con la música de la tierra”.

“Mi segunda patria es Italia, pero en Venezuela existe un gran amor por las selecciones populares”.

Cercado por el recuerdo de Antonio Lauro y Pedro Oropeza Volcán, Alirio Díaz retorna al lugar en el que por primera vez vio y constató la existencia del desierto. Verificó la presencia de los sonidos, los acordes de la naturaleza.

—Soy de La Candelaria, un caserío a unos 30 kilómetros de Carora. Pero también soy de Carora.

Una madrugada atendió al llamado del Morere y se dolió de su padre y de la muerte de la corriente amarilla. “Fue un río, ya no queda nada de eso. El color de la tierra y la inmundicia denuncian su extinción”.

En la oscuridad de aquella hora decidió abandonar la casa del padre, quien era muy poco afectuoso. Era un padre duro, muy rígido, como cuenta el artista larense. “Nos pegaba con un rejo, pero un día tomé otro camino, el largo camino hacia Carora”. Fueron treinta largos kilómetros, bien caminados por un muchacho de 16 años. Ya los hermanos se habían ido al estado Zulia, “por aquello del petróleo. Yo buscaba otra cosa, la cultura, que estaba en Carora”.

—¿Qué se llevó de La Candelaria?

—Los recuerdos y las ganas de aprender. En mi caja de viaje llevaba muchos sueños, mapas, y dos libros que conservo: la Divina Comedia de Dante y el Método de guitarra de Fernando Carulli. Recuerdo que recitaba mucho a Dante y a Santillana.

Un día de febrero de 2002: la muerte de Héctor Mujica.

La noche se hizo con los acordes de Lauro. La conversación se realizó en la habitación de Beatriz Guzmán. La cama de la viuda de Ludovico Silva sirvió de escritorio y asiento para quien se entrevistó con el guitarrista y para el poeta Harry Almela. La fundación que lleva el nombre del autor de In vino veritas albergó nuestras palabras y la música de Natalia y el Concierto de Aranjuez. Alirio Díaz ha hecho de ambas piezas una fórmula perfecta. El genio de la guitarra celebró al poeta y filósofo con la maestría de siempre, como si hubiese estado ante el auditorio más exigente. “Es que esta casa es una fiesta siempre”, se le oyó decir en el recibo de la estancia a Beatriz.

—Vengo de Carora, de enterrar a mi amigo Héctor Mujica. Es una tragedia para mí y para el país la muerte de Héctor —confió en la intimidad del encuentro.

De inmediato, recurrí a las páginas del autor de cómo a nuestro parecer para saber del deseo de Héctor Mujica de quedarse definitivamente en su tierra: “...cuando muera, querría estar con sus huesos calcinados en la misma tierra, la misma que el labriego sin agua hizo de ella cielo, cielo azul, cielo de cosmonautas, el cielo que don Cecilio encontró (...) a treinta años de su hamaca caroreña”.

Y entonces, con los huesos de don Chío Zubillaga Perera y Héctor Mujica, sembrados en la misma heredad de Rodrigo Riera, Alirio Díaz habló de don Chío, “el mentor de todos nosotros”.

—¿Qué tiene Carora que ha dado tanto talento, tantos artistas?

—Mira, Carora fue ciudad colonial. Allí se acentuó la esclavitud, mucho sufrimiento. De eso surgieron muchas manifestaciones. El tamunangue, la zaragoza, por ejemplo, hacen que Lara sea un estado muy musical. Hay como una memoria anclada que hace que aparezcan músicos, escritores, poetas, historiadores... toda una camada de gente que ha dado tanto a este país. Es decir, las tradiciones son capaces de producir todo eso. Ese auge durante la colonia española tuvo que ver con esa multiplicación de artistas y creadores. Fíjate, un clero esclavista. Esa casta eclesiástica produjo muchos dolores, dejó marcas. Hasta grandes obispos caroreños jugaron papel importante durante la historia. Claro, don Chío fue el padre de todos. Él hizo toda una generación.

—¿Qué hizo Cecilio Zubillaga Perera por esa generación?

—Pasado el cansancio de los 30 kilómetros que separan La Candelaria de Carora, supe de don Chío. Recuerdo que llevaba en mi avío unas alpargatas nuevas y mi ropita. Claro, no tenía un centavo. Mira, hizo mucho. Pregúntale a mucha gente, y tendrás muchas respuestas sobre la maestría, las enseñanzas de don Chío. Sus palabras, sus libros, su manera de ser, de estudiar el mundo. A mí me ayuda mucho. Yo fui portero de un cine, del Salamanca. Él me dijo que debía enseriar mi camino. Que yo era artista. Y me aconsejó irme a Trujillo, a estudiar con Laudelino Mejías. Ese día, lo digo siempre, nací de nuevo. Allá estudié con él mientras trabajaba en una tipografía. Sí, me enseñó teoría, solfeo y armonía.

—Maestro, insisto en Carora. En la literatura de muchos caroreños se registran muchas cosas...

—Sí, fíjate tú, en Carora la gente se “cruzaba”. Es decir, se casaban familias con familias, primos con primas. Por eso encontramos tantos medio locos y locos. Y tú sabes que de eso al arte hay pocos pasos. Imagino entonces —como en muchos otros pueblos de Venezuela— esto habría pasado.

—Eso quiere decir que estamos llenos de locos y artistas.

—Bueno, sí, este es un país lleno de locos y artistas.

De izquierda a derecha Alberto Hernández y Alirio Díaz:. Fotografia de Gil Montaño.



Caracas y la Escuela de Música

Luego de la experiencia trujillana con Laudelino Mejías, el futuro guitarrista siente la necesidad de irse a Caracas. Pero don Laudelino no lo dejaba ir, hasta que lo hizo y en el año 1945 arriba a la capital, donde logra inscribirse en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. Allí estudia con Raúl Borges.

—¿Fue en 1950 cuando se marchó a España?

—Sí, ese año viajé Madrid y estudié en el Conservatorio de esa ciudad con Regino Sáenz de la Maza. Bueno, después viajé a Siena y se me cumplió un sueño, estudiar con Andrés Segovia, mi maestro. Llegué a ser su asistente.

—¿Y ese mismo año fue su primer concierto?

—Así es.

Los dedos largos, delgados y morenos de Alirio Díaz fueron hechos para tejer las cuerdas de la guitarra. De allí que su instrumento sea lo más cercano a su cuerpo y a su espíritu. “Mi dama”. Con esos dedos el insigne músico ha tocado a Vicente Emilio Sojo, Antonio Lauro e Inocente Carreño, sólo para mencionar a los más relevantes músicos del país.
En la habitación de Beatriz, luego de adelantar algunas palabras —ya contenidas en esta entrevista— y de tocar para el público amigo de la fundación, Alirio Díaz, para ilustrar un ejemplo, tomó la guitarra y le dio por tocar como si se tratara de una bandola. También como el cuatro, “el artífice del cambur pintón”, como él mismo dijo de la afinación del noble instrumento nacional.

—Entonces, maestro, ¿qué relación existe entre la guitarra y el cuatro?

—La guitarra puede imitar el cuatro. Fíjate, te da más matices. La imitación de instrumentos es una tradición que viene desde el Renacimiento. Eso dio origen a otros instrumentos. Por ejemplo, yo hice El diablo suelto y ahora en todos mis conciertos lo piden. Hacer que la guitarra suene como el cuatro es tener una visión de país. Fíjate, lo que se hace en Europa está de capa caída, en lo folklórico. Lo que hicieron los rusos, los españoles... eso se ha venido abajo. No ha habido restauradores de estos hermosos sonidos.

—Y ahora que habla de Europa, ¿qué siente hoy desde Venezuela, ahora que está radicado aquí?

—Mi segunda patria es Italia. Cuando descubrí Nápoles pensé haber encontrado un filón, porque España dejó mucho en Nápoles. Un poco de melodía. La música napolitana es sencilla, entonces hice una recopilación de cuatro autores napolitanos y sentí los 300 años que España estuvo allí.

—¿Y Venezuela?

—Bien, positivo. Existe un amor por las selecciones populares. El arpa, la bandola, hay que aprovechar a los buenos cuatristas. Hay mucha calidad. Imagínate un concierto para bandola y orquesta sinfónica. Eso significa que existe más tradición aquí que en Europa. Nada de eso lo ves en Alemania, Inglaterra, Italia. Bueno, Vivaldi estilizó. Por allí quedó algo de Tchaikovski. Y en España, Manuel de Falla, entre otros. Mira, en América, la ópera, como en España, hizo mucho daño. En Italia, no hubo evolución. Bueno, son rasgos muy generales. Podemos decir que en Venezuela hay una gran raigambre en esto de trabajar con la música de la tierra.

(Esta conversación ocurrió en Maracay en febrero de 2002. Muchas fueron las cosas que se quedaron en el morral por razones de espacio. Hoy, para celebrar la existencia del maestro larense en sus 86 años, la retomo para disfrute de quienes se sienten cerca de nuestra música, pero sobre todo para muchos, jóvenes y no tan jóvenes, que tendrán la oportunidad de saber un poco más de este hombre nacido en Venezuela el 12 de noviembre de 1923, quien nos ha dado tantas alegrías).


Alirio Diaz - A. Lauro - Seis por Derecho






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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 






lunes, 16 de abril de 2018

Alirio Díaz: La guitarra es un ser vivo que tiene mucho de mujer y transmite una corriente de emociones.




Alirio Díaz. Fotografía José Antonio Rosales


Estimados Visitantes

Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar esta entrevista que Rafael Simón Hurtado le realizó a la ya desaparecida  leyenda guitarrística venezolana Alirio Díaz (1923-2016)


Deseamos disfruten de la entrada.


Atentamente


La Gerencia


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Rafael Simón Hurtado

El lugar donde nació Alirio Díaz, La Candelaria, -un pequeño pueblo cercano a Carora, en el estado Lara-, un 12 de noviembre de 1923, se conserva igual al día en el que su madre lo alumbró, dice el propio maestro. Sigue siendo un caserío agobiado por el sol y demorado en el tiempo. Una aldea aislada y deprimida que no tiene que ver con las ciudades del mundo por las que hoy anda: Roma, Edimburgo, Viena.

Pero Alirio Díaz, a pesar de tanto universo transitado, no ha perdido el músculo de tierra primitiva que todavía lo ata al lugar donde vio aquella luz. La que lo impregnó –según supo después- del genio con el que ha tejido la música de su guitarra.

Estuvo en Valencia, deteniendo su tránsito europeo, lo que nos dio la oportunidad de acercarnos a él en una Naguanagua menos cosmopolita que Viena, pero más ruidosa y arriesgada que el pueblecito de La Candelaria. A la cita asistimos el fotógrafo José Antonio Rosales y este servidor, gracias a los buenos oficios –es necesario decirlo- del profesor de la Universidad de Carabobo Pedro Crespo, quien lo condujo a la cita, en compañía de otro personaje iluminado por el genio de la música, según lo afirmado por el mismo maestro, el concertista de cuatro Leonardo Lozano.

Pedro Crespo
 
Esa mañana, el instrumento de su corazón nos mostró al larense exacto que es. Al músico de convicciones armónicas y al ser humano que es capaz de impresionar por su ausencia de vanidad. En estas líneas, la reproducción afectuosa de sus palabras.

Alirio Díaz. Fotografía José Antonio Rosales


La semilla de la música

La conversación se inició justamente por el recuerdo de las calles y las casas del caserío de La Candelaria. La primera cosa que nos dijo es que viene de un hogar de campesinos larenses. Su padre, que había nacido en Carora, en 1885, a los 18 años se mudó para el campo, sacándole el cuerpo a la guerra civil. Y fue en La Candelaria, caserío ubicado a 30 kilómetros de Carora, donde se estableció, finalmente, como dependiente en un negocio de pulpería.

Allí conoció a la que sería la madre del maestro, con quien concibió diez hijos más. En ese lugar –dice- transcurrió su infancia, sembrando maíz y cuidando chivos y gallinas. Pero también escuchando a los músicos y a los poetas que se reunían en la pulpería de su padre. Este contacto fue el que sembró en él las primeras semillas de un fruto distinto de los que había cultivado en el campo.

Allí no había escuelas, y según nos refiere, fue un tío quien le enseñó las primeras letras. En esa época, era común que la educación las impartiese un miembro de la familia, porque escaseaba la gente que se dedicara a la enseñanza rural. Sin embargo, en ese mundo, aislado y bucólico, era posible conseguir a gente letrada. Se daba ese fenómeno de personas analfabetas que coincidían con apasionados e insospechados lectores.

-“Aunque parezca increíble –afirma- a La Candelaria de la década del 1930 llegaban algunos periódicos de Carora, de Barquisimeto y aun de Caracas, como El Universal, que encontraban lectores. Mi abuelo materno era uno de esos lectores; un hombre culto, que había sido un músico magnífico, y un guitarrista de música académica. Todavía conservo dos libros que heredé de él: Método de Guitarra, de Fernando Carulli, y La Divina Comedia, de Dante Aliguieri. Estos encuentros con la cultura estimularon notablemente mis deseos de aprender”.

Desde pequeño se supo siempre movido por un gran deseo de saber, de averiguar lo que sucedía más allá de su aldea. Sin saber, todavía, lo que iba a ser como músico.

-“No lo sabía, ni siquiera lo sospechaba. Lo que me llevó en aquella época a salir de La Candelaria fue el atractivo caroreño que me enamoró con una fuerza extraordinaria y de la que tuve noticias a través de los periódicos y de los visitantes que iban por el pueblo durante las fiestas patronales o en navidades. Carora se me mostraba como un lugar en donde había recitales poéticos, encuentros musicales, disertaciones, que revelaban a aquella ciudad como un ambiente lleno de cultura”.


-“Supe de esa ciudad, como dije, a través de los periódicos. Hay que decir que yo llegué a Carora a los dieciséis años, con tercer grado de educación primaria. Una vez allí, tuve la suerte de encontrarme a don Cecilio Zubillaga y recibir de él un gran estímulo. Al terminar el sexto grado, don Cecilio, a quien considero mi padre espiritual, y quien me había oído tocar la guitarra en su casa, al comunicarle mi deseo de proseguir estudios de secundaria, me dijo: ´Eso es un absurdo. Tú tienes que convertirte en un gran artista. Te vas a ir a Trujillo a estudiar música´. Y me dio una carta para Laudelino Mejías, director de la banda de Trujillo. Laudelino era maestro de armonía, teoría y solfeo. Un gran creador y un maestro. En ese momento, creo que nací para el mundo de la música clásica. Don Cecilio fue quien decretó mi futuro”.

-“Para sostenerme esos años aprendí el oficio de tipógrafo y entré en la Imprenta del Estado, con un empleo de ocho horas diarias. No sé de dónde, pero siempre tuve tiempo para estudiar música. Logré aprender saxofón y clarinete, por lo que el maestro Laudelino Mejías me ubicó como saxofonista de la banda del estado; un trabajo que me permitió estudiar la guitarra. Mi estadía en Trujillo, en ese sentido, fue una escuela para mí, porque aprendí también inglés y mecanografía, herramientas que me sirvieron para viajar a Caracas”.

-“Sin embargo, en todo ese tiempo el maestro Laudelino Mejías insistió en que debía quedarme en Trujillo. Me decía: ´espérate. Yo sé cuándo tienes que irte, para que llegues a ser lo que yo estoy seguro que tú vas a ser´. Hasta que en 1945 comencé estudios formales con Raúl Borges. Cuando éste me oyó tocar vio que tenía habilidades. Yo tocaba la guitarra de oído solamente; había compuesto incluso una pieza y cantaba en la radio de Trujillo. Es Borges quien me forma. Tanto, que cuando me fui a España a perfeccionarme ya llevaba una formación completa, gracias al maestro Borges. Allá observaron que yo tenía una técnica sin mácula, buena inspiración y dominio del instrumento”.


Alirio Díaz. Fotografía José Antonio Rosales


La primera educación

Con relación a sus capacidades virtuosas nos dice que todo es una mezcla. Es, por un lado, La Candelaria donde están sus raíces musicales primordiales. La vocación musical cotidiana, que se reflejaba en las reuniones, en los bautizos, en los matrimonios, en los nacimientos, en las navidades, en las fiestas patronales, el arte musical popular. Y por otro lado, es el sonido de la sangre de su padre y de sus abuelos.

-“Uno nace con un talento, pero en mi caso contribuyó mucho el hecho de que yo nací en La Candelaria, donde la música era el pan nuestro de cada día. En cada casa había un instrumento, un cuatro, un violín, una guitarra, una bandolín, unas maracas, un tambor. Era un pueblecito de 300 habitantes lleno de música. Frecuentemente nos reuníamos para tocar, cantar, bailar, y los fines de semana siempre había bailes y serenatas. Allí estuvo mi primera educación, mi primera experiencia con los sonidos. Todo eso estaba ya dentro de mí, unido, por supuesto, a un aspecto claramente genético, porque mi padre era un gran cuatrista, y todo el mundo en mi familia tocaba y bailaba muy bien. Mi abuelo había sido guitarrista y violinista, mi bisabuelo era un gran cantor de velorios, que cantaba salves en los campos. Y luego, hay un entorno nacional de música, del que yo he estado impregnado: de lo que se tocaba en las bandas, los valses, merengues, joropos, del sonido del arpa, de la bandola, de todas esas cosas nuestras. Hay una repercusión, sin duda, en toda mi personalidad; un impacto que ha ido evolucionando, purificándose, haciéndose más exigente, más puro, más noble. Eso ha persistido a lo largo de mi vida”.


Oído perfecto

Hoy celebra la existencia de ese entorno, que va más allá de La Candelaria. Es el país, pues es cierto -dice-, que en el venezolano no es difícil descubrir esa vocación por la música.

De hecho, el maestro Alirio Díaz está convencido de que “uno de los pueblos más músicos del mundo es Venezuela. Un pueblo en el que, además, pervive con fuerza enorme una raíz popular de la que nuestros grandes compositores han partido para hacer obras de aliento universal. Con mucha frecuencia constato que los jóvenes venezolanos tienen esas cualidades que son indispensables para llegar a ser grandes músicos”.



¿Cuáles son esas cualidades?


-“El oído, perfecto. El sentido del buen gusto, el deseo de mejorar, de evolucionar y de prepararse. Y, algo muy importante: continuar la tradición. En la actualidad hay un movimiento de guitarristas en Venezuela que son creadores también, cosa que no existía hace unos años. El único que poseía esas características en mis años mozos era Antonio Lauro. Hoy en día tenemos músicos y compositores que serán grandes, pero que todavía están en una etapa inicial. Esta preparación lleva tiempo, toma años, porque el proceso creativo conlleva madurez, práctica continua. Por eso es fundamental enseñarle a los jóvenes músicos venezolanos que este asunto es más de persistentes que de genios”.

Antonio Lauro

-“La vocación, -dice-, debe estimularse en un marco de trabajo constante, de espíritu de disciplina. Eso es lo fundamental. Cuántos genios se han perdido por falta de voluntad. Y lo otro es el carácter. Un artista, un verdadero artista, debe entrenar su capacidad para soportar calamidades, hambre, sacrificios, agotamiento, renuncias de todo orden; debe estar preparado para conocerse a sí mismo y ver en su interior tanto la maravilla como el espanto. El artista tiene que saber lo que tiene por dentro y estar avisado porque puede llevar consigo el horror, mezclado con lo sublime de la belleza. El artista debe templar su carácter en un trabajo sin descanso. Debe aceptar las críticas; no rechazarlas, sino comprenderlas. Una crítica negativa puede traer cosas positivas si se la sabe interpretar; para eso hay que tener sentido autocrítico. Pero la autocrítica viene con la experiencia, con los años, por eso a un joven no se le puede alabar gratuitamente. Decirle a un niño que es un genio puede frenarle un proceso por el que, de todas formas, tendrá que pasar, justamente, halado por el deseo de mejorar”.

-“Ahora los jóvenes tienen una cantidad de ventajas con respecto a las condiciones que yo tuve en mi etapa de formación. Cuando yo empecé a estudiar con mi maestro había una cantidad de detalles todavía inciertos, en cuanto a procedimientos técnicos, más que todo. La guitarra no era la guitarra de hoy, que ha ganado en cualidades y en calidades. Ahora el instrumento suena mejor, tiene mayor y mejor sonido; ahora se usan las cuerdas de nylon que en esa época no se usaban. Se usaban las cuerdas de acero y algunos usaban cuerdas de tripa. El repertorio no era tan accesible como hoy; no había la discografía de la guitarra que hoy está disponible para grandes audiencias. Hay becas y, muy importante, concursos nacionales e internacionales, festivales a los que se invita a guitarristas de todo el mundo, lo que ofrece la posibilidad de confrontarse con los otros”.


Y sí, tiene mucho de mujer”


A lo largo de su vida, también, ha moldeado el cuerpo de más de una guitarra, ese instrumento maravilloso con el que se le asocia inevitablemente.

-“Ahora tengo seis guitarras de concierto: una, alemana, que es exactamente igual a la que tenía mi maestro Andrés Segovia; y otras de autores italianos y españoles, aunque no muy conocidos, notables. También tengo una Yamaha, que me la regalaron en un viaje que hice al Japón”.

Y en esas manos que la sostienen, es posible ver la definición de una vocación y el gusto del instrumento por la caricia que las hace intérpretes. La guitarra parece exigir ciertas cualidades físicas de las manos que le demandan, como son los dedos largos y flexibles, delgados y afilados, como las uñas que pueden debilitar el sonido si tienen poco calcio.

-“La configuración de mi mano me la ha fraguado el ejercicio, pero además hay que tener una base, una estructura física que no sólo implica la mano. En cada ejecución también debe estar comprometido el cuerpo, porque tocar una guitarra exige una determinada sensibilidad. Las manos, el cuerpo todo, deben disponerse para extraer del instrumento un sonido que tiene que poseer fuerza, al tiempo que ternura. Mi cuerpo acaricia el instrumento y el sonido que emerge debe acariciar a quien lo escucha. Es una transmisión física. El sonido debe responder a un efecto estético, artístico, de carácter profundamente emotivo. No hay mediación alguna entre la mano del guitarrista y la cuerda que emite el sonido, de manera que ese tañido que tú oyes ha salido de mi mano, de mi cuerpo, de mi corazón”.

Andrés Segovia

-“La guitarra es un ser vivo que transmite una corriente de emociones que se comunica en un diálogo íntimo. Yo soy el dueño único de ese universo sonoro que la guitarra pone a andar a través de mis pulsaciones. Mi guitarra, gracias a los conciertos, ya está preparada para responder a lo que yo le pido. Puedo tocar una guitarra que no sea la mía, pero la entrega total sólo la obtengo del instrumento que he moldeado yo con el uso por muchos años. A cambio, yo tengo que atenderla, cuidarla, consentirla”. 
 
-“Y sí, tiene mucho de mujer. Tiene sus formas, su cuerpo, y yo soy el único hombre que la acaricia. De hecho, hay un pacto entre ella y yo, de comprensión mutua y de mutua protección que se refleja en el sonido. No me comporto como el intérprete que va a sacar de la guitarra lo que ésta no quiere dar. Debe haber una entrega recíproca. Tiene que darse un intercambio de profunda comprensión, integrarse uno al otro, de modo de producir esa interpretación que trascienda. Al abrazar la guitarra es como si abrazara un cuerpo. Por eso no permito que a la guitarra de Alirio Díaz la toque otro que no sea Alirio Díaz”.

Alirio Díaz. Fotografía José Antonio Rosales


¿Qué queda de un virtuoso?

Alirio Díaz ha sido sin duda alguna el gran virtuoso de la guitarra en Venezuela y unos de los más notables en el mundo artístico internacional de la segunda mitad del siglo XX. Hace unas décadas sólo se podían mencionar cuatro nombres asociados con la ejecución virtuosística de la guitarra clásica: Julian Bream, John Williams, Narciso Yepes y Alirio Díaz. Junto al legendario Andrés Segovia, estos maestros son considerados como los mejores guitarristas de toda la historia. 
 
Pero, ¿qué queda de un virtuoso para ser recordado? ¿Cuál es su aporte perdurable a la sociedad cultural? Un ejecutante produce arreglos, digitaciones y transcripciones de piezas conocidas o inéditas. Su experiencia y conocimiento del repertorio guitarrístico son invalorables en la toma de decisiones que conlleva esta actividad. El virtuoso además puede plasmar la técnica especial que lo llevó a las cumbres expresivas con su instrumento tanto en tratados y métodos publicados como a través de sus alumnos, ya que casi no hay excepción para todo ejecutante de establecer una actividad paralela de enseñanza. No obstante, el aporte principal como artista es la magia de su interpretación que junto al pensamiento del compositor puede llegar a hacer sentir tristeza o alegría a masas de personas con unos cuantos movimientos de sus dedos ágiles y prodigiosos.

La virtud del intérprete desaparecía con su muerte, hasta que el advenimiento de la grabación sonora a principios del siglo pasado, cambió esta terrible verdad. Podíamos tener partituras de los compositores que con bastante fidelidad representan su pensamiento original, pero de los ejecutantes sólo quedaban los programas y afiches de sus conciertos. En casos  muy especiales, se narraban o se escribían relatos de eventos tan memorables que aguantaban en la memoria extendida un tiempo más del seco instante en que la música se oye y desaparece.

Alirio Díaz ha grabado un amplio repertorio de la guitarra del siglo XVI hasta nuestros días, especializándose en obras españolas, italianas y latinoamericanas. Él fue el precursor en difundir las piezas de Antonio Lauro, y la aceptación de este compositor venezolano en el ámbito internacional como literatura básica de la guitarra se le debe a Alirio Díaz.

Agustín Pío Barrios, conocido cómo Nitsuga Mangoré


El gran Mangoré lo calificó como un mito del instrumento. Después de clases con Sainz de la Maza y con Segovia, máximos premios y reconocimientos por reyes e instituciones como la OEA, Alirio es tan inmediato y sencillo como el compadre del pueblo La Candelaria, en Lara, donde sale al patio de su casa a tocarles a sus amigos de infancia. 

 

Gracias a Dios, hoy es posible obtener nuevas interpretaciones grabadas por Alirio Díaz. Peter Hamilton MacDonnell, quien ha fundado la editorial Caroní Music, y cuyo vicepresidente es el propio Alirio Díaz, ha emprendido la edición de una serie de CD’s, la "Colección Alirio Díaz". El primer título de esta recopilación es el CD "Grandes Conciertos" con Alirio y la Orquesta Nacional de España, bajo la dirección de Rafael Frübeck de Burgos. En este CD Alirio Díaz interpreta mágicamente el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo y el Concierto para Guitarra, opus 30 de Mauro Giuliani. De esta manera el virtuosismo queda sembrado, en los microscópicos surcos de pequeños territorios que giran constantemente alrededor del mundo.




Fuente: Semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, sección: Muestras sin retoques. Rafael Simón Hurtado.


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Rafael Simón Hurtado. " Al fondo la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá en MaracaiboEstado Zulia


Rafael Simón Hurtado

Escritor y periodista venezolano. Licenciado en comunicación social egresado de la Universidad Católica Cecilio Acosta (Maracaibo, Zulia). Ha obtenido el Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia (años 1990 y 1992), el Premio Nacional de Periodismo Científico (2008),  el Premio de Periodismo “Jesús Moreno” (Universidad de Carabobo, 2009) y el Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt" (2016). Ha publicado el libro de cuentos Todo el tiempo en la memoria y las crónicas literarias “Leyendas a pie de imagen, croquis para una ciudad”. Fue editor-director de la revista cultural Laberinto de Papel y de las publicaciones de divulgación científica Saberes Compartidos y A Ciencia Cierta, todas de la Universidad de Carabobo. 

Ficha tomada de Letralia.

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Actualizada el 29/10/2023