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jueves, 20 de octubre de 2022

Tadeusz Kantor a José Pulido: El Estado no tiene ningún poder para dar la libertad

 


Imagen tomada de Embajada de Polonia en México




Tadeusz Kantor: El Estado no tiene ningún poder para dar la libertad 

Una entrevista de José Pulido.


Tadeusz Kantor

 

 

MI LIBERTAD NO ESTÁ LIMITADA

AUNQUE ESO NO ES UN MÉRITO DEL ESTADO

 

José Pulido

 

 

Laura Yusem, la directora de teatro de Argentina, tembló unos segundos cuando de percató de que estaba realizando uno de sus más caros deseos: servir  de instrumento expresivo a Tadeusz Kantor, cambiar impresiones con el genio creativo del Cricot 2. Ella era la traductora de las partes en francés, que Kantor lanzaba al auditorio, mientras que una sensible muchacha polaca era la encargada, junto con otro joven, de pasar al castellano, lo que el artista dijera en su idioma natal.

 

Era una rueda de prensa de Babel, desarrollada en un ambiente de escenografía. Kantor parece un busto romano, pero con la nariz como una culata de revólver y dispara palabras en francés y polaco, con la sensación personal de que le están entendiendo. Puso su pequeño sombrero de pajilla en el piso, sobre una alfombra gastada. Y estaba sentado en silla de utilería, cerca de una mesa de utilería y frente a un vaso de agua verdadero. Le acompañan María Teresa Castillo, Carlos Giménez y AndrésMartínez.

 

Kantor hablaba, gesticulaba con las manos como un italiano, sonreía, explicaba, se ponía de pie y sacaba de su bolsillo de su pantalón un pañuelo blanco y rojo, arrugado, para secarse el sudor. A los cinco minutos no necesitaba demasiado a los tres traductores, porque sin duda alguna él es un ente comunicador que se hace entender.

 

Explicó que Wielopole Wielopole es un texto no acabado. “¿Qué es? No es una pieza, ni un espectáculo”, dice. “Es una prueba donde se llama a los hombres que están muertos y han vivido ese tiempo”.

 

“Es una especie de rito, un coloquio especial”, indica y luego comenta que la palabra rito es mal utilizada. Explica que ponerse la ropa, quitársela de nuevo, afeitarse todos los días, es algo ritual.

 

Manifestó que su obra es la historia de familia, pero no son acontecimientos registrados en el álbum familiar ni en el de la historia.

Kantor se desespera un poco para explicarlo y dice que algunos de sus familiares, cuando conocieron la obra, se enojaron y casi lo echan de la casa.

 

“Uno no puede tener éxito frente a la realidad”, expresa. “No pude explicar a mis familiares que no son exactamente ellos”.

 

Las lámparas que enfocan la rueda de prensa parecen arder más; recortan en el espacio la figura de Kantor, quien de pronto vuelve a hablar con apasionamiento, señalando que es feliz, porque esta noción de la realidad que tiene su obra, es la noción de la novelística latinoamericana, la noción del realismo mágico más realismo que magia “porque la realidad es más mágica que la fantasía”.

 

No parece vencido por el problema que se le presenta, con el indudable muro dilatador, de tres traductores que se empeñan en explicar lo que él desea expresar. Es muy difícil traducir lo que Kantor quiere comunicar.

 

Por eso Kantor se pones una vez más de pie y se transforma en una pantalla, en una imagen, cuyas palabras y movimientos van dando la idea, siempre remarcada por la ayuda de los intérpretes.

 

-¿Qué sucede en Polonia?- Cruza el espacio la pregunta como una pelota de béisbol y Kantor la atrapa:

 

“Hay muchas contradicciones en mi país. Antes la iglesia era algo regresivo para los intelectuales y hoy es la síntesis del progreso en el sentido político y social: es de avanzada...”, responde.

 

No conocerá de béisbol, pero está atento como un shorstop. A ver quién lanza la otra bola.

 

-¿En qué sentido nota que se coarta la libertad en Polonia? –atrapa también la interrogante en medio del suspenso:

 

“No lo sé, pero no estoy limitado, aunque eso no es mérito del Estado, es mi mérito... siempre digo que el Estado no tiene ningún poder para dar la libertad: soy un poco existencialista... uno puede ser libre en prisión, la libertad es un don que no se puede recibir, hay que batirse, hay que conseguirlo luchando... siempre el artista está en un infinito combate, pero no hay un país donde exista la libertad total”.

 

Período de Oro

 

Dice luego que la situación de Polonia es muy significativa “si termina bien, puede ser el período de oro para la cultura, pero depende de cosas exteriores”.

 

-¿Qué cosas? –silba la breve interrogante, como si fuera un roletazo de hit y Kantor repite en español “¿qué cosas?”, lo que le hace reír y contagiar su risa al auditorio.

 

Kantor explica: “la cosa es si va a recibir Polonia su independencia. Sólo en Polonia existe ahora noción de la verdad política, no creo que eso triunfe, pero es una revolución que los campesinos verdaderos salgan por televisión y no los robustos y optimistas... el movimiento cultural polaco es muy importante y puede ir a cualquier lado. La situación polaca es, para el artista, lo que fue Marcel Duchamp”.

 

Después de un paréntesis agrega: “el Estado siempre está retardado en relación con el arte. Yo estoy contra la obra de arte única, contra los valores puramente estéticos y contra el Estado Artístico”.

 

-¿Por qué no terminamos con la política? –pregunta ahora Kantor.

 

Hablando de teatro expresa que está contra la representación. “Pido perdón a la gente de teatro, porque la gente de teatro representa. El actor enfrenta la disciplina artística más grande que existe, se priva siempre de la dignidad humana, no es posible su falsificación, porque reemplaza generalmente a criaturas muertas... Hamlet ha muerto y lo representan como si estuviera vivo... no estoy contra el siglo de las luces, estamos educados en cada tradición regionalista francesa, pero es algo que en mi opinión no cuadra, no sirve... cuando uno representa una pieza uno evita ese momento, evita enfrentarse con la realidad de que el héroe o la heroína están muertos y los actores actúan como si estuvieran vivos... la escena es como un cementerio, y los actores tendrían que actuar como muertos...”.

 

Su obra, Wielopole Wielopole, ha llenado las salas de Polonia, porque a juicio de Kantor es la manifestación del espíritu nacional. “Es una concepción del teatro, que utiliza el rito como elementos religiosos, pero desde el punto de vista de un laico: porque yo a pesar de todo soy un racionalista”, explica.

 

Saca su pañuelo de nuevo y recorre la cara filosa secándose el sudor.

 

¿Sigue pintando? –le pregunta María Teresa Castillo y él responde que primero es pintor y luego hombre de teatro.

 

Recoge el sombrero de pajilla y lo coloca sobre la mesa de utilería. Toca el vaso de agua y se decide a beber un poco. Le traen café y unos pastelitos y no los desprecia, pero insiste en que hay un rito en todo esto, en lo cotidiano, en afeitarse, en hablar. Finalmente el auditorio se dispersa y todo el mundo se aleja pensando en polaco y francés, recordando al hombre dinámico y sudoroso, que con el cabello hacia delante se movía y gesticulaba buscando un idioma común.

 

Cuando queda acosado por unas pocas gentes de teatro, que también tiene la cabeza revuelta de polaco y francés, Kantor, de pie, con un trocito de pastel en una mano y un vaso de café en la otra, comenta en perfecto español, aprendido allí mismo, minutos antes:

 

-Me gusta mucho este café...

 

Afuera los saludos en castellano se recuperan de la maravillosa experiencia, como en un retorno a la rutina:

 

-Entonces mano ¿cómo está la vaina?.

 

 

El Nacional

28 de julio de 1981


Enlaces Relacionados:














































 

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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne

José Pulido

Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.

(Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este  correo: jipulido777@gmail.com)

Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras. Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en SalamancaEn el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova. 

Publicaciones más recientes:

El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.

Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà  (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.

Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores


22/05/2024


martes, 8 de marzo de 2022

Un amigo de Kafka.

Un cuento de Isaac Bashevis Singer.



Un amigo de Kafka de Isaac Bashevis Singer.




Isaac Bashevis Singer: Un amigo de Kafka


Kafka en una playa de Dinamarca.




1
Mucho antes de leer sus obras, supe de la existencia de Kafka por boca de su amigo Jacques Kohn, quien fue actor del Teatro Yiddish. Y he dicho «fue», porque cuando le conocí llevaba ya años retirado de su profesión. Corrían los primeros años treinta, y el Teatro Yiddish de Varsovia había perdido gran parte de su público. El propio Jacques Kohn era un hombre viejo y derrotado. Pese a que aún vestía como un pisaverde, sus ropas presentaban el aspecto de las prendas muy usadas ya. Lucía monóculo en el ojo izquierdo, anticuado cuello alto (del tipo llamado, en aquel entonces, «matapadres»), zapatos de charol y sombrero hongo. Los cínicos del club de escritores yiddish de Varsovia, que tanto él como yo frecuentábamos, le habían dado el mote de «el Lord». Pese a que su espalda se le encorvaba cada vez más, hacía titánicos esfuerzos para andar con los hombros echados hacia atrás. Peinaba los escasos restos de su amarillento cabello de manera que formara un puente que le cubriera la calva cabeza. Siguiendo las tradiciones teatrales de pasados tiempos, de vez en cuando hablaba en un yiddish germanizante, lo cual hacía de un modo muy principal cuando contaba su amistad con Kafka. Ultimamente, Jacques Kohn había comenzado a escribir artículos para los periódicos, pero los directores se los rechazaban unánimemente. Vivía en una buhardilla de la calle Leszno, y estaba siempre enfermo. Los miembros del club le aplicaban la siguiente frase mordaz: Pasa el día en una tienda de oxígeno, de la que sale al anochecer hecho un donjuán.

Siempre coincidíamos en el club, al caer la tarde. La puerta se abría lentamente y daba paso a Jacques Kohn. Entraba con el aire de una importante celebridad europea que se dignaba visitar el ghetto. Miraba a su alrededor, y en su rostro se dibujaba una mueca, indicativa de que los olores de ajo, arenques y tabaco barato no eran precisamente sus favoritos. Con desdén paseaba la mirada por las mesas cubiertas de periódicos, viejas y rotas piezas de ajedrez, y ceniceros rebosantes de colillas, a cuyo alrededor los miembros del club discutían sin cesar, a gritos, temas literarios. Jacques Kohn sacudía la cabeza, como diciendo: ¿qué cabe esperar de semejantes palurdos? Tan pronto le veía entrar, me metía la mano en el bolsillo para coger entre mis dedos el zloty que siempre me pedía, en concepto de préstamo.

Aquella tarde, Jacques parecía de mejor humor de lo usual en él. Esbozó una sonrisa, mostrando los falsos dientes de porcelana, que no encajaban debidamente en sus encías, por lo que se movían cuando hablaba, y avanzó lentamente hacia mí, como si se encontrara en mitad de un escenario. Me ofreció su huesuda mano de largos dedos y me dijo:

‑¿Qué tal? ¿Cómo está hoy la gran promesa de nuestra literatura?

‑¿Ya empezamos?

‑En modo alguno, mi querido amigo. Se lo he dicho con toda seriedad. Descubro a los hombres con talento tan pronto les echo la vista encima, pese a que yo carezco de él. En 1911, cuando estábamos actuando en Praga, nadie había oído hablar de Kafka. Pues bien, Kafka vino a los camerinos, y en el mismo momento en que le vi comprendí que me encontraba en presencia de un genio. Lo olí de la misma manera que un gato huele las ratas. Y así comenzó nuestra gran amistad.


Había oído aquella historia mil veces, con otras tantas variantes, pero sabía que no me quedaba más remedio que escucharla otra vez. Se sentó a mi mesa, y Manya, la camarera, nos sirvió sendos vasos de té y galletas. Jacques Kohn alzó las cejas, dejándolas como elevados arcos sobre sus ojos pardoamarillentos, con el blanco cruzado por sanguinolentas venillas. Su expresión parecía decir:
¿Este líquido es lo que los bárbaros denominan té? Echó cinco terrones de azúcar al té y lo removió en movimientos circulares, de dentro afuera, con la cucharilla de hojalata. Con índice y pulgar, de uñas insólitamente largas, partió una galleta y se llevó la porción a la boca, diciendo Nu ja, lo que significaba: El pasado no sirve para llenar el estómago.

Era todo comedia. Jacques Kohn había nacído en el seno de una familia hasidim, en un pueblecito de Polonia. No se llamaba Jacques, sino Jankel. Sin embargo, había vivido largos años en Praga, Viena, Berlín y París. No siempre había pertenecido a la compañía yiddish, sino que también había actuado en París y Alemania. Fue amigo de muchos hombres célebres. Ayudó a Chagall a encontrar un estudio en Belleville. Israel Zangwill le había invitado a menudo a su casa. Actuó en una obra dirigida por Reinhardt, y más de una vez comió fiambres con Piscator. Me había mostrado cartas a él dirigidas, no sólo por Kafka, sino también por Jakob Wassermann, Stefan Zweig, Romain Rolland, Ilya Ehrenburg y Martin Buber. Todos le tuteaban. Cuando nuestra amistad se hizo más íntima, Jacques Kohn me permitió ver fotografías y cartas de famosas actrices con las que había tenido aventuras.

Para mí, «prestar» un zloty a Jacques Kohn significaba entrar en contacto con la Europa Occidental. Incluso el modo como esgrimía su bastón de puño de plata me parecía cosa de lejanas tierras. Hasta los cigarrillos fumaba con un estilo insólito en Varsovia. Tenía modales en extremo corteses. En las raras ocasiones en que se creyó obligado a reprocharme algo, consiguió ahorrarme la consiguiente humillación por el medio de añadir un cumplido elegante. Lo que más admiraba en Jacques Kohn era su manera de tratar a las mujeres. Yo era muy tímido en mi trato con las muchachas, me ruborizaba, y su sola presencia bastaba para inhibirme, pero Jacques Kohn se mostraba ante ellas con el aplomo de un príncipe. Siempre encontraba algo agradable que decir a las mujeres menos atractivas. Las halagaba a todas, aunque siempre con cierto tonillo de bonachona ironía, adoptando la actitud del hedonista estragado que a lo ha probado todo.


A mí me habló con franqueza.

‑Mi joven y querido amigo, la verdad es que soy prácticamente impotente. La impotencia siempre comienza con la aparición de unos gustos en exceso refinados. Cuando uno tiene hambre de veras no necesita caviar y turrón. Y yo he llegado ya a un punto en que no hay mujer que me parezca realmente atractiva. No hay defecto que se oculte a mi vista. Y esto es impotencia. Los vestidos y los corsés son transparentes para mí. No hay perfume ni colorete que me engañe. No me queda ni un diente, pero cuando una mujer abre la boca veo el más leve empaste. Lo cual, dicho sea incidentalmente, era el gran problema de Kafka en cuanto escritor. Kafka veía todos los defectos, los ajenos y los propios. En su mayor parte, la literatura es obra de plebeyos y chapuceros tales como Zola y D'Annunzio. En el teatro, yo veía los mismos defectos que Kafka veía en la literatura, y esto nos unió mucho. Kafka ensalzaba hasta extremos increíbles nuestras lamentables obras en yiddish. Se enamoró locamente de una actriz pedante y melodramática, madame Tschissik. Cuando pienso que Kafka amó a aquel ser y lo hizo objeto de sus sueños, siento lástima hacia los humanos y sus ilusiones. En fin, la inmortalidad no es demasiado remilgada. Todos los que, por una razón u otra, han sido íntimos de un gran hombre entran con él en el ámbito de la inmortalidad, y, a veces, lo hacen calzados con las más burdas botas. A propósito, ¿me preguntó usted, mi querido amigo, cuál es la fuerza que me impele a seguir luchando? ¿Sí, o son imaginaciones mías? ¿Me preguntó acaso qué es lo que me permite soportar la pobreza, la enfermedad, y, peor todavía, la desesperanza? ¡Buena pregunta, mi joven y querido amigo! Es la misma que me formulé cuando leí por vez primera el Libro de Job. ¿Por qué siguió viviendo y sufriendo? ¿Para tener más hijas, más asnos y más camellos? No. La verdad es que Job siguió adelante por amor al juego de vivir, al juego en sí mismo. Todos jugamos al ajedrez con el Destino. El Destino mueve una pieza, y nosotros movemos otra. El Destino intenta darnos jaque mate en tres jugadas, y nosotros intentamos impedírselo. Nos consta que no podemos ganar, pero sentimos la necesidad de oponer resistencia. Mi adversario en este juego de ajedrez es un ángel muy duro de pelar. Ataca a Jacques Kohn con todos los medios, todos los trucos y las argucias a su disposición. Ahora, estamos en pleno invierno; incluso con la estufa encendida hace frío; pues bien, mi estufa lleva meses estropeada, y el casero se niega a repararla. Además, si la estufa funcionara, de nada me serviría porque no tengo dinero para comprar carbón. Mi querido y joven amigo, si no ha vivido en una buhardilla ignora usted la fuerza de los vientos. Los cristales de las ventanas retiemblan incluso en verano. A veces, un gato vagabundo se sube al tejado debajo de mi ventana y se pasa la noche gimiendo como una mujer en parto. Yo me quedo bajo las mantas, tiritando de frío, mientras el gato maúlla llamando a una gata, aunque quizá sean tan sólo lamentos provocados por el hambre. Cierto es que podría darle algo que comer para que se tranquilizara un poco, y que también podría asustarle, pero no lo hago porque temo quedarme helado si abandono el lecho, ya que me envuelvo con cuantos harapos tengo, incluso con periódicos viejos, de modo y manera que me encuentro metido dentro de un capullo que el más leve movimiento puede desbaratar. De todos modos, mi querido amigo, debe usted reconocer que, caso de jugar al ajedrez, más vale hacerlo con un adversario de nota que con un maleta. Admiro a mi adversario. A veces su ingenio me pasma. Está ahí sentado, en un despacho del tercero o séptimo cielo, en ese departamento de la Providencia que rige nuestro minúsculo planeta, y sólo tiene una misión: atrapar a Jacques Kohn. Las órdenes que ha recibido son: raja el tonel, pero no permitas que el vino se derrame. Y esto es exactamente lo que hace. No sé cómo se las arregla para mantenerme vivo, es un milagro. Me avergonzaría decirle, mi querido amigo, la cantidad de medicamentos que tomo, la cantidad de píldoras que me trago. Suerte que tengo un amigo farmacéutico, ya que si no fuera así no podría comprar tanto potingue. Antes de acostarrne, me trago las píldoras esas, de una en una, en seco. Sí, porque si bebo orino. No ando muy bien de la próstata, e incluso sin beber tengo que levantarme varias veces, por la noche. En la oscuridad, las categorías de Kant dejan de tener aplicación. El tiempo deja de ser tiempo y el espacio deja de ser espacio. De noche, uno sostiene algo en la mano, y, de repente, deja de sostenerlo. Encender mi lámpara de gas no es una tontería, ni mucho menos. Las cerillas desaparecen constantemente. La buhardilla está atestada de demonios. De vez en cuando, me dirijo a alguno de ellos: «¡Eh, tú, Vinagre, hijo del Vino! ¿Quieres dejar de gastarme tus pesadas bromas?» No hace mucho, en plena noche, oí que golpeaban la puerta de mi buhardilla, y con los golpes una voz de mujer. No pude discernir si la mujer reía o lloraba. Y para mis adentros, me dije: «¿Quién será? ¿Será Lilith? ¿Namah quizá? ¿O Machlath, la hija de Ketev M'riri?» En voz alta, grité: «Señora, se equivoca, no es aquí.» Pero la mujer siguió con sus golpes. Entonces, oí un gemido y el sonido de un cuerpo desplomándose. No me atrevía a abrir la puerta. Comencé a buscar las cerillas, y, por fin, descubrí que las tenía en la mano. Salté de la cama, encendí la lámpara de gas, y me puse la bata y las zapatillas. Sin querer, vi por un instante mi cuerpo reflejado en el espejo, y la visión me asustó. Tenía la cara verde y sin afeitar. Abrí la puerta, y vi a una mujer joven, descalza, con abrigo de piel de marta y camisón. Estaba pálida, y llevaba en desorden su larga cabellera rubia. Le dije: «Señora, ¿qué le ocurre?» Y ella repuso: «Cierta persona ha intentado asesinarme, por favor déjeme entrar, me iré tan pronto amanezca.» De buena gana le hubiera preguntado quién era esa persona que la quería matar, pero no lo hice porque vi que estaba medio helada. Y también borracha, prabablemente. La dejé entrar, y advertí que llevaba una pulsera con grandes diamantes. Le advertí: «No tengo calefacción...» Y ella repuso: «Más vale esto que morir en la calle.» Bueno, y allí quedamos los dos. ¿Qué iba yo a hacer con aquella mujer? Sólo tengo una cama. No bebo, ya que el médico me lo ha prohibido, pero un amigo me había regalado una botella de cognac y aún me quedaban unas cuantas galletas resecas y rancias. Le di una copa y una galleta. El alcohol pareció reanimarla un poco. Le pregunté: «¿Vive usted en esta casa, señora?» Dijo: «No; vivo en el bulevar Ujazdowskie.» Al momento comprendí que se trataba de una aristócrata. Sin apenas darnos cuenta trabamos conversación, y supe que era condesa, viuda, y que su amante vivía en mi casa. También era miembro de la nobleza, aunque por su mal vivir había sido excluido de los ambientes nobiliarios. Había cumplido un año de presidio en la Ciudadela por intento de asesinato. Este hombre no podía visitar a su amante porque ésta vivía con su suegra, y, en consecuencia, ella era quien le visitaba a él. Aquella noche, en un arranque de celos, aquel hombre la había golpeado y le había puesto la boca del revólver junto a la sien. Para abreviar, diré que la mujer consiguió coger el abrigo y salir corriendo de la casa de su amante. Llamó a la puerta de varios vecinos, pero ninguno la dejó entrar, y así llegó a la buhardilla. Le dije: «Señora, su amante seguramente sigue buscándola... ¿y si la encuentra?, yo he dejado de ser lo que se llama un guerrero, ¿sabe?» Repuso: «No se atreverá a armar escándalo, porque está en libertad vigilada; he terminado con él para siempre; por favor no me abandone en plena noche...» Le pregunté: «¿Y cómo se las arreglará para ir mañana a su casa?» Contestó: «No lo sé; estoy harta de vivir, sí, pero no quiero morir a manos de este hombre.» Le dije: «En fin, de todos modos no vov a poder dormir, asi es que le ruego acepte mi cama y yo descansaré en una silla.» Se negó: «No, no puedo aceptarlo, usted ya no es joven y tiene mal aspecto, vaya a su cama, y yo me sentaré en la silla.» Discutimos largamente el asunto, y, al fin, decidimos acostarnos juntos. La tranquilicé: «No tema, soy viejo, y ya no puedo satisfacer a una mujer.» Quedó convencida de la verdad de mis palabras... Bueno... ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Pues el caso es que me encontré en cama, en compañía de una condesa cuyo amante podía derribar la puerta de un momento a otro. Nos cubrimos con mis dos únicas mantas, y no me preocupé de formar el usual capullo dentro del que duermo. Me sentía tan nervioso e inquieto que hasta del frío me olvidé. Además, no dejaba de tener conciencia de que la mujer estaba allí, a mi lado. De su cuerpo emanaba un extraño calor distinto a cuanto había yo conocido hasta entonres, o quizá todo se debía a que ya había perdido el recuerdo de esas cosas. ¿Acaso mi adversario en la constante partida de ajedrez me tendía una nueva celada? Durante los últimos años, mi adversario había jugado sin gran encono. Sí, porque, como usted sabe muy bien, mi querido amigo, también hay lo que podríamos llamar ajedrez humorístico. Según me han dicho, Nimzowitsch a veces gastaba bromas a sus adversarios. Y en los viejos tiempos, Morphy tuvo fama de ser un humorista del ajedrez. In mente, dije a mi adversario: «Buena jugada, jugada de maestro...» Y, entonces, me di cuenta de que sabía quién era el amante de la condesa. Me había cruzado con él en la escalera más de una vez. Era un gigante con cara de asesino: Qué final tan divertido... ¡Jacques Kohn, despeñado por un Otelo polaco! Me eché areír y la condesa se echó también a reír. La abracé y la retuve junto a mí. No se resistió. De repente, ocurrió un milagro. ¡Volvía a tener vigor viril! En cierta ocasión, al atardecer de un jueves, me encontraba yo ante el matadero de un pueblecito, y vi como un toro cubría a una vaca, antes de que uno y otra fueran sacrificados para la celebración de la fiesta del Sábado. Nunca sabré la razón por la que la condesa consintió. Quizá lo hizo para vengarse de su amante. La condesa me besaba y musitaba dulces frases a mi oído. Entonces oímos unos pesados pasos. Alguien golpeó con el puño la puerta de la buhardilla. La mujer rodó por la cama y cayó al suelo. Sentí deseos de recitar la oración de los moribundos, pero me daba vergüenza presentarme ante Dios hallándome en aquellas circunstancias. Bueno, más que vergüenza de presentarme ante Dios era vergüenza a presentarme ante mi burlón adversario en la partida de ajedrez. ¿Cómo iba yo a darle semejante placer? Incluso el melodrama tiene sus límites. El animal al otro lado de la puerta seguía golpeando, y yo me maravillaba de que la puerta no hubiera cedido ya a sus golpes. Ahora le propinaba patadas. La puerta gemía, pero seguía resistiendo. Entonces el ruido cesó. Otelo se había ido. La mañana siguiente llevé la pulsera de la condesa a una casa de empeños. Con el dinero obtenido, compré a mi heroína un vestido, ropa interior y zapatos. El vestido no le caía bien y los zapatos tampoco eran de su medida pero, a fin de cuentas, lo único que tenía que hacer era cruzar la acera y subir a un taxi a menos que su amante la estuviera acechando en la escalera. Pero, cosa curiosa, el individuo desapareció aquella noche, y nunca más se supo de él. Antes de irse, la condesa volvió a besarme y me rogó encarecidamente que la visitara pero, a pesar de todo, no soy tan insensato como eso. El Talmud dice: «Los milagros no ocurren todos los días.» Bueno, y lo curioso es que Kafka, pese a su juventud, vivía atormentado por esas mismas inhibiciones que son la tortura de mi ancianidad. A Kafka estas inhibiciones le tenían paralizado, tanto en materia literaria como en cuestiones carnales. Ansiaba amar, pero huía del amor. Escribía una frase e inmediatamente la tachaba. También Otto Weininger era así, loco y genial. Le conocí en Viena. No cesaba de prodigar aforismos y paradojas. Dijo una frase que jamás olvidaré: «Dios no creó las chinches.» Es preciso haber vivido en Viena para comprender estas palabras. ¿Quién creó a las chinches? ¡Mire, ahí llega Bamberg! Fíjese en su modo de avanzar, inseguro, con esas piernecillas tan cortas, como un cadáver que se negara a bajar a la tumba... ¿Por qué andará ese hombre zascandileando por ahí toda la noche? ¿Por qué se empeña en ir a los cabarets cuando ya no pueden divertirle? Los médicos le desahuciaron hace ya años, cuando aún estábamos en Berlín. Pero esto no le impidió estar sentado en el Romanisches Café hasta las cuatro de la madrugada, charlando con las rameras. Una vez, Granat, el actor, anunció que iba a dar una fiesta ‑una verdadera orgía‑ en su casa, y, entre otros, invitó a Bamberg. Granat encomendó a todos los hombres que acudieran con una señora, fuese la propia, fuese una amiga. Pero Bamberg no tenía esposa ni amante, por lo que contrató a una furcia para que le acompañara. Tuvo que comprarle también un vestido de noche. Los invitados eran, exclusivamente, escritores, profesores, filósofos, y los clásicos individuos que van siempre detrás de los intelectuales. Todos habían tenido la misma idea que Bamberg y vinieron con prostitutas. También fui. Acudí en compañía de una actriz de Praga, vieja amiga mía. ¿Conoce usted a Granat, mi querido y joven amigo? ¿No? Pues es un salvaje. Bebe el cognac como si fuera agua, y es capaz de comerse como si tal cosa una tortilla de diez huevos. Tan pronto los invitados hubimos llegado, Granat se desnudó y comenzó a bailar como un loco con las furcias, sólo para impresionar a los invitados intelectuales. Al principio, éstos estuvieron sentados, mirando el espectáculo. Al cabo de un rato comenzaron a hablar de sexualidad. Nietzche decía esto o decía lo otro... Quienes no lo hayan presenciado difícilmente podrán imaginar lo ridículos que pueden llegar a ser los genios esos. Y, de repente, Bamberg se sintió enfermo. Se puso verde como el césped y echó a sudar. Me dijo: «Jacques, todo ha terminado para mí, ¡buen sitio en el que morir!» Padecía un ataque de riñón o de hígado. Le saqué de allí y le llevé a un hospital. A propósito, mi querido y joven amigo, ¿puede prestarme un zloty?

‑No uno, sino dos.

‑¡Qué! ¿Es que ha asaltado el Banco Polski?

‑He vendido un cuento.

‑Enhorabuena. Cenemos juntos. Le invito.

Imagen tomada de El País.



2
Mientras cenábamos, Bamberg se acercó a nuestra mesa. Era un hombre menudo, con palidez de tuberculoso, encorvado y patizambo. Calzaba zapatos de charol, con botines. En su cráneo puntiagudo aún quedaban algunos cabellos grises. Tenía un ojo mayor que el otro, y el ojo mayor era saltón, rojo, y como aterrado por la visión de sí mismo, a cargo del otro ojo. Apoyó sus manos pequeñas y huesudas en la mesa, e inclinándose hacia delante, dijo con voz cascada:

‑Jacques, ayer leí ese libro que me prestaste. El castillo de Kafka. Interesante, muy interesante, pero ¿qué pretende decir? Es demasiado largo para tratarse de un sueño. Las alegorías deben ser cortas.
Jacques Kohn tragó rápidamente la comida que estaba masticando y dijo:

‑Siéntate. Los grandes maestros no están obligados a plegarse a la preceptiva.
‑Hay ciertas reglas que incluso los grandes maestros deben seguir. Ninguna novela debe ser más larga que Guerra y paz. Incluso Guerra y paz es demasiado larga. Si la Biblia tuviera dieciocho volúmenes, habría caído en el olvido hace ya tiempo.

‑El Talmud tiene treinta y seis volúmenes, y los judíos no lo han olvidado.
‑Los judíos recuerdan demasiado. Esta es nuestra mayor desgracia. Hace dos mil años nos echaron de Tierra Santa y ahora intentamos volver. ¿No crees que es una locura? Si nuestra literatura reflejara este demencial estado de nuestras mentes sería una gran literatura. Pero nuestra literatura es increíblemente sensata. En fin, más vale dejarlo.


Bamberg se irguió, y, con un esfuerzo, frunció el entrecejo. A pasos menudos, arrastrando los pies, se alejó de nuestra mesa. Se acercó al gramófono y puso un disco de baile. En el club de escritores se sabía que Bamberg no había escrito ni media palabra en muchos años. En su ancianidad, aprendía a bailar, influido por la filosofía de su amigo, el doctor Mitzkin, autor de La entropía de la razón. En esta obra, el doctor Mitzkin intentaba demostrar que la inteligencia humana está en quiebra, y que la verdadera sabiduría sólo puede alcanzarse por la pasión.

Jacques Kohn sacudió pesaroso la cabeza:

‑Un Hamlet de vía estrecha. Kafka temía llegar a ser un Bamberg, y esto fue lo que le impulsó a autodestruirse.

Le pregunté:

‑¿Le ha llamado la condesa?

Jacques Kohn extrajo el monóculo del bolsillo, se lo encajó y dijo:

‑Y si hubiera llamado, ¿qué? En mi vida, todo se deshace en palabras. Todo palabras, palabras... En realidad, esta es la teoría del doctor Mitzkin: el hombre terminará siendo una máquina de palabras. Sí, y ahora recuerdo que el doctor Mitzkin también asistió a la orgía de Granat. Llegó a practicar lo que predicaba, pero también fue capaz de escribir La entropía de la pasión. Pues sí, la condesa me visita de vez en cuando. También ella es una intelectnal, aunque sin intelecto. En realidad, pese a que las mujeres hacen cuanto pueden para poner de relieve los encantos de sus cuerpos, saben tan poco acerca del significado de la sexualidad como acerca del significado del intelecto. Por ejemplo, fijémonos en la señora Tschissik. ¿Qué tuvo aquella mujer, salvo su cuerpo? Ahora bien, más valía no preguntarle qué es un cuerpo, en realidad. Actualmente, es una mujer fea. Cuando era actriz, en los tiempos de Praga, aún conservaba un algo... Yo era el primer actor. Ella era una actriz de segundo orden, con apenas una chispita de talento. Fuimos a Praga con la idea de ganar algún dinero, y allí encontramos a un genio, a un homo sapiens en su cumbre de actividad de autotortura. Kafka quería ser judío, pero no sabía cómo. Quería vivir, pero tampoco sabía cómo. En cierta ocasión le dije: «Franz, eres joven, haz lo que todos hacemos.» Había en Praga un prostíbulo en el que me conocían bien, y convencí a Kafka de que fuera conmigo a ese sitio. Kafka todavía era virgen. Prefiero no hablar de la muchacha con la que estaba prometido en matrimonio. Kafka vivía hundido hasta el cuello en el barro burgués. Los judíos de su círculo tenían un ideal, el ideal de convertirse en gentiles, y no en gentiles polacos, sino en gentiles alemanes. En resumen, convencí a Kafka de que debía intentar aquella aventura. Le llevé a una oscura calleja, en el ghetto antiguo, en donde se encontraba el prostíbulo. Subimos los empinados peldaños. Abrí la puerta. Parecía un escenario, con las rameras, los chulos, los visitantes y la madama. Jamás olvidaré aquel instante. Kafka se echó a temblar y me tiró de la manga. Luego dio media vuelta y bajó las escaleras tan de prisa que temí se quebrara una pierna. Al llegar a la calle se detuvo y vomitó como un colegial. De regreso, pasamos ante una vieja sinagoga, y Kafka comenzó a hablar del golem. Kafka creía en el golem e incluso estaba convencido de que el futuro nos depararía otro golem. Forzosamente tenía que haber palabras mágicas capaces de convertir un montón de arcilla en un ser vivo. ¿Acaso Dios, según nos dice la Cábala, no creó el mundo por el medio de pronunciar sagradas palabras? Al principio era el Logos. Sí, todo no es más que un inmenso juego de ajedrez. Siempre temí a la muerte, pero ahora que estoy con un pie en la tumba he dejado de temerla. No cabe duda de que mi adversario planea jugar lentamente. Seguirá con su táctica de quitarme todas mis piezas, una a una. Primero, me quitó mi arte de actor, luego me convirtió en pseudoescritor. Y tan pronto hizo esto último, me dio esa parálisis que afecta a algunos artistas de la pluma, incapaces de escribir media palabra. A continuación, me privó de mi vigor viril. Sí, ya sé que aún falta mucho para el jaque mate, y esto me da cierta fuerza. Que hace frío en mi dormitorio, pues bien, que siga haciendo frío. Que hoy no tengo ni para cenar, pues bien, nadie se muere por no cenar un día. Él me ataca y yo contraataco. Hace algún tiempo, regresé a casa a última hora de la noche. Hacía un frío terrible, y, de repente, me di cuenta de que me había olvidado la llave. Desperté al portero, pero resultó que no tenía llave. El portero apestaba a vodka y su perro me mordió un pie. En otros tiempos me hubiera desesperado, pero en esta ocasión dije a mi adversario: «Si quieres que coja una pulmonía, te diré que no tengo nada que objetar.» Me alejé de casa y me fui a la estación de Viena. El viento casi me llevó en volandas. Fui a pie porque, a aquella hora de la noche, hubiera tenido que esperar tres cuartos de hora para coger el tranvía. Al pasar ante la asociación de actores ví luz en una ventana. Cuando subí los peldaños, la punta de mi pie tropezó con algo que produjo un sonido metálico. Me incliné y vi que era una llave. ¡Mi llave! Las probabilidades de que encontrara la llave de mi casa en aquella oscura escalera eran una entre mil millones, pero, al parecer, mi adversario temía que rindiera el alma antes de que él estuviera dispuesto a recibirla. ¿Fatalismo? Bueno, pues sí, también se le puede llamar fatalismo.


Jacques Kohn se levantó, excusándose, para efectuar una llamada telefónica. Me quedé sentado, y observé a Bamberg quien, con las piernas temblorosas, bailaba con una dama del mundo literario. Bamberg tenía los ojos cerrados y apoyaba la cabeza en el pecho de la señora, como si fuera una almohada. Causaba la impresión de bailar y dormir, al mismo tiempo. Jacques Kohn tardó mucho en volver, mucho más de lo que es necesario para llamar por teléfono. Cuando regresó, su monóculo rebrillaba.

Dijo:

‑¿A que no adivina quién se encuentra en la otra sala? ¡Madame Tschissik! ¡El gran amor de Kafka!

‑¿De veras?

‑Efectivamente. Creo que ya le he hablado de ella... Vamos allá, quiero que la conozca.

‑No.

‑¿Por qué? ¡Una mujer amada por Kafka merece ser conocida!

‑No me interesa.

‑Es usted un hombre tímido, ésta es la razón de su actitud. También Kafka era tímido, tímido como un estudiante de yeshiva. En cambio, yo nunca he sido tímido, y quizá sea ésta la razón de que nunca haya llegado a nada. Mi querido y joven amigo, necesito veinte groschen más, diez para el portero de este edificio y diez para el portero del mío. Sin dinero no puedo volver a casa.

Saqué unas monedas del bolsillo y se las di.

‑¿Tanto me da? Realmente parece que haya asaltado un banco... ¡Cuarenta y seis groschen! ¡Así, como si tal cosa! En fin, si hay Dios, no tengo la menor duda de que le recompensará. Y si no hay Dios, ¿quién es ése que juega al ajedrez con Jacques Kohn?



Isaac Beshevis Singer, 1979. Fotografía de Yousuf Karsh. Imagen tomada de Karsh





sábado, 29 de mayo de 2021

Zygmunt Bauman: "Una buena sociedad sería la que hace que las decisiones correctas sean las más fáciles de tomar."



 Zygmunt Bauman. Imagen tomada de Smythacademy.



12/01/12





Su pensamiento y su obra han sido analizados en una docena de libros. Hijo de una familia judía humilde, ex marxista polaco huido del estalinismo, se refugió en la universidad británica -Universidad de Leeds- y se convirtió en un superventas filosófico. Tirando del hilo de su concepto de modernidad líquida, que define los rasgos característicos de nuestra época, ha escrito sobre la vida líquida, el amor líquido, los miedos líquidos.


POR IMA SANCHÍS - La Vanguardia




Cuál es su descubrimiento más reciente?

Con un pie en la tumba intento hacer balance, y mi constatación es que acabaré donde empecé.
 
¿Buscando una sociedad perfecta?

Sí, hospitalaria para los seres humanos.
 
¿Qué ha aprendido en el trayecto?

He vivido bajo diferentes regímenes, ideologías, modas..., y lo que me resulta más sorprendente es que hay dos valores sin los cuales la vida humana sería impensable: la seguridad y la libertad.
 
Reconciliarlos es imposible, dice usted.

Cuanta más libertad tengamos menos seguridad, y cuanta más seguridad menos libertad. En la sociedad, la conquista de libertades nos lleva a una gran cantidad de riesgos e incertidumbres, y a desear la seguridad.
 
Y entonces nos sentimos ahogados.

Sí, conseguimos que no nos atraquen por la calle, que si caemos enfermos nos atiendan, pero nos volvemos dependientes, subordinados, y eso nos hace sufrir. Así que volvemos a evolucionar a una mayor libertad.
 
¿En qué punto estamos hoy?

Estamos asustados por la fragilidad y la vacilación de nuestra situación social, vivimos en la incertidumbre y en la desconfianza en nuestros políticos e instituciones. Estudiar una carrera ya no se corresponde con adquirir unas habilidades que serán apreciadas por la sociedad, no es un esfuerzo que se traduzca en frutos. Toda esta precariedad se expresa en problemas de identidad, como quién soy yo, qué pasará con mi futuro.
 
Y así llegamos a sus fluidos: sociedad líquida, amor líquido, miedo líquido...

Sí, la modernidad líquida, en la que todo es inestable: el trabajo, el amor, la política, la amistad; los vínculos humanos provisionales, y el único largo plazo es uno mismo.
 
Todo lo demás es corto plazo.

No se da el tiempo para que ninguna idea o pacto solidifique. Este enfoque ya forma parte de la filosofía de vida: hagamos lo que hagamos es de momento, por ahora.
 
Nada dura para siempre, ni siquiera el futuro.

Hoy nadie construye catedrales góticas, vivimos más bien en tiendas y moteles.
 
¿Y por qué lo considera un problema?

Objetos y personas son bienes de consumo, y como tales pierden su utilidad una vez usados. La vida líquida conlleva una autocrítica y autocensura constantes; se alimenta de la insatisfacción del yo consigo mismo.
 
Nos hemos quedado sin utopías.

La felicidad ha pasado de aspiración para todo el genero humano a deseo individual. Se trata de una búsqueda impulsada por la insatisfacción en la que el exceso de los bienes de consumo nunca será suficiente.
 
Y llegamos al consumidor consumido.

Hemos trasplantado unos patrones de comportamiento creados para servir a las relaciones entre cliente y producto, a otros órdenes del mundo. Tratamos al mundo como si fuera un contenedor lleno de juguetes con los que jugar a voluntad. Cuando nos aburrimos de ellos, los tiramos y sustituimos por algo nuevo, y así ocurre con los juguetes inanimados y con los animados.
 
Es decir, otros seres humanos.

Sí, hoy una pareja dura lo que dura la gratificación. Es lo mismo que cuando uno se compra un teléfono móvil: no juras fidelidad a ese producto, si llega una versión mejor al mercado, con más trastos, tiras lo viejo y te compras lo nuevo.
 
¿Qué efectos tiene en el ser humano?

Una actitud racional para con un objeto es una actitud muy cruel para con otros seres humanos. El consumismo es una catástrofe que afecta a la calidad de nuestras vidas y de nuestra convivencia. Creemos que para todos los problemas siempre hay una solución esperando en la tienda, que todos los problemas se pueden resolver comprando, y esto induce a error, nos debilita.
 
¿Por qué nos debilita?

Porque nos priva de nuestras habilidades sociales, en las que ya no creemos.
 
¿Cómo construirse a uno mismo, hallar la felicidad en este mundo líquido?

Hay dos factores que cooperan para modelar el camino de la vida humana, uno es el destino, algo que no podemos cambiar, pero el otro elemento es el carácter.
 
Ese sí lo podemos moldear.

El destino dibuja el conjunto de opciones que tienes disponible, siempre hay más de una opción. Luego el carácter es el que te hace escoger entre esas opciones. Así que hay un elemento de determinación y otro de libertad.
 
¿Hay que resistirse para ser libre?

Viviendo en una sociedad de consumidores, resistirse a ser un consumidor es una opción posible pero muy difícil. Por lo tanto, la probabilidad de que la mayoría de las personas decida resistirse al consumismo es una probabilidad muy lejana, aunque todas las mayorías empezaron siendo minorías.
 
¿Alguna solución individual?

Uno no sólo puede, sino que debe vivir su propia vida y el modelo de vida que le encaje, consciente de las consecuencias y costes que acarrea. Y el problema de mejorar la sociedad, y esta es la respuesta a todas las preguntas futuras que me pueda hacer usted.
 
¿...?

Se resume en hacer que la sociedad sea más benevolente, menos hostil, más hospitalaria a las opciones más humanas. Una buena sociedad sería la que hace que las decisiones correctas sean las más fáciles de tomar.







Zygmunt Bauman comenta el tema "Redes sociales"