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viernes, 17 de abril de 2026

EL GRAN ESCRITOR VENEZOLANO ENRIQUE BERNARDO NÚÑEZ CON BETANCOURT EN EL PALACIO DE MIRAFLORES




Reunión en el Palacio de Miraflores. Rómulo Betancourt y Enrique Bernardo Núñez, circa 1960: Autor desconocido. Foto coloreada ©Archivo Fotografía Urbana




EL GRAN ENRIQUE BERNARDO NÚÑEZ EN EL PALACIO DE MIRAFLORES


Milagros Socorro


Fecha de publicación: octubre 4, 2015




El 30 de septiembre de 1940, Rómulo Betancourt le envió una carta a Enrique Bernardo Núñez, desde Santiago de Chile, donde se había instalado con su familia después de haber sido apresado por la policía política. Allí le dice que quiere reanudar a distancia el diálogo epistolar que habían iniciado cuando Betancourt estaba todavía en la clandestinidad. “Sigo atentamente lo que escribes”, le dice el exiliado al gran escritor a quien va a admirar por décadas. “Y veo que casi siempre coincides con el Partido, ojalá que estés cada día más cerca de él, más al lado nuestro”.


El propósito de la misiva era, pues, conquistar al autor de “Cubagua” para que se uniera al Partido Democrático Nacional (PDN), fundado por Betancourt, que, al funcionar entre 1937 y 1941) es uno de los antecedentes de Acción Democrática.


“El trabajo por equipo alrededor de un programa concreto y de una disciplina colectiva conscientemente aceptada, aumenta la capacidad creadora del escritor  y le da una proyección más seria a su obra. Pareciera ser más cómoda y más ‘libre’ la postura del francotirador. Pero no es así. Las fuerzas que combatimos están coaligadas, vertebradas por lazos que aún en países como el nuestro, sin aparente estructuración política, de los reaccionarios, son muy sólidos. El instinto de defensa de las comodidades y privilegios hace el papel del cemento. Los aglutina. Nosotros no podremos derrotarlos sino oponiendo a su bloque antivenezolano otro de base nacional y seriamente organizado. No otra cosa es el Partido, con todo y sus grandes deficiencias, nacidas de las condiciones mismas en que se ha forjado. Estoy seguro de que cuando llegues a sus filas, en ellas te encontrarás bien y sentirás cómo tu admirable labor de columnista, así como también la otra tan valiosa de escritor y artista, se enriquecerán de matices nuevos. Para mí personalmente, que tanto he llegado a estimarte como intelectual y como ciudadano, será un momento de honda satisfacción aquel en que te sepa ya actuando en la fervorosas filas pedenistas”.


Pero Enrique Bernardo Núñez nunca se integró a esas filas ni a ningunas otras de carácter partidista. Está escarmentado de haber servido al gomecismo y, una vez muerto Gómez, no quiso oír hablar de alineamientos con poderes o con aspirantes a serlo.


En su libro Hombres y villanos, publicado en 1975, Rómulo Betancourt consigna que esa carta “no obtuvo respuesta”. Agrega que ya de regreso a Venezuela, en 1941, habló personalmente con Enrique Bernardo Núñez, quien le dijo que el grupo político le merecía confianza, pero “su individualismo incurable —según expresión textual— lo inhabilitaba para someterse a una disciplina de partido”.


—Y como francotirador murió—, acota Betancourt en 1975, citando la expresión que él mismo había empleado en la carta de 1940, en un día de 1964, pero dejándole al país el ejemplo limpio de una inteligencia y de una pluma que siempre estuvieron al servicio de Venezuela, de la libertad, de la justicia. De la democracia.


Un día en Miraflores

Esta fotografía, propiedad de la Fundación Fotografía Urbana, fue tomada alrededor del año 1960, por autor desconocido. Capta una reunión en el Palacio de Miraflores. El centro de la imagen lo ocupa el abrazo que reúne a Rómulo Betancourt, entonces Presidente de la República (1959-1964) y a Enrique Bernardo Núñez (Caracas, 1895 – 1964), quien se había iniciado en la escritura desde su juventud y no había parado ni un día de su vida, que dedicó a cincelar una prodigiosa pronunciación.


Enrique Bernardo Núñez se hizo a sí mismo, —dice Betancourt en el perfil de su amigo, incluido en “Hombres y villanos”— en ese duro esfuerzo del autodidacta, nacido y criado en casa pobre. Y qué pobre se era en la Venezuela estancada, aletargada, muerta en vida, pudriéndose en vida, en los días de Cipriano Castro y de Juan Vicente Gómez.

Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro


Y, ciertamente, EBN, como, por cierto, solía firmar sus notas periodísticas, había sido pobre, pero no propiamente autodidacta. En Valencia, donde creció, hizo la primaria y el bachillerato, y luego marchó a Caracas en cuya Universidad Central se matriculó para estudiar Medicina y asistir como oyente a las clases de Derecho.


En 1918, Núñez recibe una mención en los Juegos Florales con el título “Bolívar Orador”, y publica su primera novela: Sol interior. Dos años más tarde aparece, Después de Ayacucho. Para entonces ya es periodista, una labor que nunca va a abandonar y que incrusta su portentosa voz en las más importantes publicaciones de Venezuela: El Imparcial, El Universal, El Heraldo, El Nuevo Diario, las revistas Élite y Billiken, Heraldo de Margarita —del que fue fundador y director—, y El Nacional, entre otras.


Como era bastante habitual en la época, cuando los escritores eran miembros asiduos del servicio diplomático, desempeñó cargos en las legaciones Colombia, Cuba (fue en La Habana donde empezó a escribir Cubagua, en 1929), Panamá (donde terminó la novela, en 1930, y empezó a trabajar  en La galera de Tiberio, una crónica sobre el Canal, que finalizó ya de regreso a Venezuela, en 1932. Seis años después, muerto ya Gómez, partió a Baltimore como cónsul de Venezuela.


En 1945, Núñez fue nombrado cronista de Caracas, tarea que ejerció en dos oportunidades, la segunda entre 1953 y 1964. De manera que, en el momento del que somos testigos, el jefe del Estado está zarandeando afectuosamente al cronista de la ciudad. Tienen mucho en común. Ambos han credido en lugar distinto a Caracas; leen y escriben con pasión; dejaron los estudios universitarios antes de llegar a graduarse; se iniciaron en la escritura con cuentos cortos; cultivan una apasionada afición por la Historia; y son perfeccionistas y obsesivos, Núñez hasta el punto de corregir una novela, ya publicada, durante 36 años. Es fama que nada más salida de la imprenta la novela La galera de Tiberio, la arrojó al río Hudson, en Nueva York (por suerte, se salvaron algunos ejemplares que permitieron su posterior reedición en Cuba).


Núñez era un obsesivo”, dice Alejandro Bruzual, quien hizo una edición crítica-genética de Cubagua, que incluye un segundo final. “Era un tipo descontento con lo que hacía. Corregía y corregía. Llegaba hasta la autodestrucción. Todas sus obras sufrieron eso”.


Escritor y jardinero

La bibliografía de Enrique Bernardo Núñez consta de una decena de títulos (entre novelas, ensayos y compilaciones de artículos periodísticos); y fue cuentista, ensayista, novelista, cronista e historiador, faceta ésta por la que ingresó a la Academia Nacional de la Historia, en 1948. En su discurso de incorporación comenzó hablando de notables historiadores para luego precisar: “Yo, en cambio, vengo de las legiones de la prensa. Mis trabajos de historia tienen más bien carácter periodístico, informativos para los de mi generación. Sería, pues, del caso, hablar aquí del papel que ha desempeñado esta maestra de los pueblos. La prensa, si no abandona su misión, si no la mixtifica, es el más eficaz instrumento en la creación de un país.  Por lo mismo, la mejor forjadora de historia. Típicos ejemplos pueden hallarse en el Correo del Orinoco y la Gaceta de Caracas, dirigida por José Domingo Díaz. El primero hace historia, la segunda se propone detenerla o desconocerla. Pero el tema de este discurso es la historia de Venezuela, o mejor dicho, será un reportaje en torno de esa historia”.


He aquí otro punto que comparten los dos que con afecto visible se palmean. Ambos vienen de las legiones de la prensa y encontraron en ella una manera de comunicar sus percepciones de la historia a su generación.


Se echa de ver que su intercambio es muy jovial. Parecen compartir vivencias gratas al recuerdo y, quién quita, ciertos destellos de picardía. Luis Cubillán Fonseca ha contado que, cuando Betancourt era presidente, vio pasar por la Plaza Bolívar de Caracas a Enrique Bernardo Núñez, quien estaba vigilando que sembraran unas matas de rosa. “Rómulo le mandó un policía para que impidiera la siembra. Cuando Enrique Bernardo estaba más caliente, discutiendo con el policía, se bajó Rómulo del carro y se acercó:  “¡Rómulo! ¿qué te parece?, este policía no me deja sembrar las matas, y dice que fue orden tuya. Y Rómulo le soltó la carcajada”.


“Combatir tercamente el derrotismo…”

Se habían conocido en 1936, “inicio del nuevo tiempo venezolano”, apunta Betancourt, quien sería, sin embargo, expulsado del país en 1937. Pero, igual que otros 36 dirigentes de partidos fundados tras la muerte de Gómez, decidió quedarse clandestinamente en el país porque consideró que aquel era el tiempo “de echar las bases de una organización democrática popular”. Tres años estaría haciendo “vida de topo”. En esos 36 meses mantuvo un activo contacto por escrito con Enrique Bernardo Núñez, intercambio que Betancourt alude en la carta que le envió desde Santiago de Chile, en 1941, donde expresa su voluntad de “reanudar, a distancia, el diálogo epistolar” iniciado cuando el de Guatire estaba enconchado.


Aquella extensa comunicación se pierde por galerías de reflexión política, pero vuelve constantemente al ánimo que la inspiró. Betancourt quiere una fotografía con Enrique Bernardo Núñez que demuestre el apoyo de éste a sus afanes partidistas.


Tienta —le dice Betancourt a EBN en la carta de Chile— la empresa de forjar una gran nación donde sólo existe ahora un vasto y rico espacio geográfico, poblado por escasos cuatro millones de habitantes a los que necesitamos despertarle el apetito de hacer historia. Nuestro pueblo guarda en el subconsciente, como una formidable fuerza latente, el recuerdo de aquellos días en que fuimos vanguardia de América y lo que se requiere es la acción de encendida de fe de un equipo de hombres entregados a la gran cruzada, para que el venezolano de hoy vuelva a ser el mismo de los mejores días. Creo que una manera de ir logrando ese renacer de la confianza nacional en las posibilidades creadoras de Venezuela consiste en combatir tercamente el derrotismo, la falta de entusiasmo la abulia, el “pata-de-palismo”. Tú en tu sección puedes y debes hacer mucho en ese sentido. Lo que escribes se lee y se medita. Tienes ya ámbito para tu palabra en todo el país.


Espero estar muy pronto de regreso. Entonces podremos hablar largamente sobre estas y sobre tantas otras cuestiones. mientras tanto te va desde aquí un abrazo afectuoso y una palabra de fraternal estímulo.


Firma: Roca.


La espina del pasado gomero

Como ya quedó dicho, ni siquiera esta inflamada prosa alcanzó a entusiasmar a EBN para apuntarse a los proyectos de Betancourt, quien poco después de franqueado el sobre desde la capital chilena, fundaría Acción Democrática, el 13 de septiembre de 1941. Es así como en el acto inaugural del partido, en la Plaza Nuevo Circo de Caracas, estaban Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Luis Augusto Dubuc, Tomas Pino, Juan Oropeza Riera, Gonzalo Barrios, Leonardo Ruiz Pineda, Jesús Ángel Paz Galarraga, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Carlos “Chicho” Herrera, entre otros, pero no estaba el autor de La galera de Tiberio.


Betancourt no se molestaba. Sabía cuál era la razón profunda de esta terca inhibición. “Ese paso suyo por el elenco gomero, en cargos subalternos y de ínfimas pagas le dejó una huella imborrable de desagrado con él mismo.” Consignó Betancourt en el libro citado. “Alguna vez, conversando en la plaza de La Misericordia, entonces umbroso rincón caraqueño, me volcó la confidencia ingenua. ‘Toda mi vida purgaré, en desdén de mí mismo, no haber compartido con ustedes, los del 28, un par de grillos, en el castillo de Puerto Cabello’. Le dije, con sinceridad al afirmarlo, que la nuestra había sido una acción de grupo, un proceder de muchos, actuando bajo el acicate de condiciones nuevas creadas en el país. Estoy seguro de no haberlo convencido. Siempre lo acompañó, compañera incómoda, la espina clavada de haberle cobrado estipendios, aún cuando fuera de escasos centenares de bolívares mensuales, a un despotismo cuya acción destructiva y corruptora del país apreciaba con toda lucidez”.


En su libro Rómulo Betancourt y el Partido del Pueblo (1937-1941), Arturo Sosa Abascal se refiere a esta amistad y las divergencias políticas que la puntuaron. “Con Enrique Bernardo Núñez, mayor que Betancourt y de una posición más centrista desde el punto de vista política, estableció un tono de conversación en el que se notaba al mismo tiempo, confianza y respeto. Tras demostrar el interés por lo que hacía, le reconocía su labor como escritor y la importancia de su posición para combatir al derrotismo y “pata-de-palismo” extendido entre los venezolanos de todos los sectores”.


Pérez, antes del regaño del médico

En la esquina izquierda de la fotografía vemos, de perfil, al músico José Antonio Calcaño, quien igual que Enrique Bernardo Núñez alterna su trabajo creativo con el de diplomático y  por esos días es su compañero en las páginas de El Nacional, donde ambos son colaboradores. Calcaño, entonces de 60 años y con una destacada carrera como compositor, arreglista e intérprete, es crítico musical de El Nacional en la época que capta la imagen.


Entre Calcaño y Betancourt, hacia el fondo, está Carlos Andrés Pérez, entonces ministro de Interior y Justicia. Pérez había regresado a Venezuela en 1958, tras su exilio en Costa Rica, país al que marchó luego de salir de la cárcel Modelo, —donde lo había tenido el régimen de Pérez Jiménez por más de un año. Nada más llegar fue nombrado Secretario General de Acción Democrática en el Táchira. Y a los pocos meses de iniciado el gobierno de Betancourt fue designado Ministro del Interior para enfrentar las insurrecciones militares de Carúpano y Puerto Cabello, y las constantes acciones subversivas de inspiración castrista, que no dieron tregua a la naciente democracia venezolana consagrada en las urnas de votación.

Pérez Jiménez


Para este momento, alrededor de 1960, Pérez luce más grueso de lo que estaría en décadas posteriores, cuando fue candidato a la Presidencia y mandatario nacional. Y está fumando, cosa que también dejaría de hacer. “Dejó el cigarrillo cuando era ministro”, dice su hija Sonia Pérez, “y no por un asunto de cálculo para mejorar su imagen de cara a la campaña. Mi papá fumó desde muy joven y muchísimo… hasta que un día, cuando juzgó que el malestar que venía experimentando se había prolongado demasiado, fue al médico. Tenía el principio de un enfisema pulmonar. El médico le advirtió que si no cambiaba de hábitos inmediatamente, su condición se agravaría. Ese mismo día dejó de fumar, comenzó un programa de ejercicios para recuperar la capacidad pulmonar y cambió su forma de alimentarse”.


Sonia Pérez recuerda que en la habitación de sus padres se instaló una polea del techo. En la soga que pendía del artilugio debía colgarse el entonces Ministro del Interior para ejercitar los músculos del pecho y aliviar los maltratados pulmones. “Hasta ese día llegó la costumbre de poner, en la mesa de noche de mi  papá, un platico con dulce de leche. Como solía llegar a las diez de la noche, le guardaban ese postre, su favorito, para que lo comiera antes de dormir. Nunca más volvió a probarlo”.

Carlos Andrés PérezImagen tomada de aqui


Antonio Ledezma, quien contesta la consulta periodística desde el presidio político que cumple en su casa, dice que nunca vio a Carlos Andrés Pérez fumando. “Era un hombre de un gran autocontrol. De hecho, también se dispuso a dejar el café, que le encantaba. Y no lo dejó del todo porque decía que no podía hacer un desprecio a la gente humilde en cuya casa le ofrecían una tacita, pero se limitaba a saborearlo. En el despacho tomaba manzanilla, naturalmente sin azúcar. Sólo se reservó un hábito que no guardaba relación con la sobria alimentación que observaba: el whisky, que gustaba tomar con una sola piedra de hielo y mucho agua”.

Reunión en el Palacio de Miraflores. Rómulo Betancourt y Enrique Bernardo Núñez, circa 1960: Autor desconocido ©Archivo Fotografía Urbana



Angustia por lo venezolano

Enrique Bernardo Núñez va a morir de cáncer el 1 de octubre de 1964. Ese hombre que sonríe con gesto de conejo y mira a los ojos al amigo que lo abraza, al tiempo que lo sujeta con fuerza por las espalda, no tiene más de cuatro años de vida por delante. Los suficientes, no obstante, para escribir tres grandes libros Codazzi o la pasión geográfica (1961), Figura y estampas de la antigua Caracas (1962) y La estatua de El Venezolano: Guzmán o el destino frustrado (1963).


—Tenía premonición de su próxima muerte –escribe Betancourt en una columna periodística de noviembre de 1964—. Me lo encontré una noche en la Plaza Bolívar. Iba yo de Miraflores a mi casa y sentí deseos de estirar las piernas y de ver las estrellas en un lugar tan vinculado a mis recuerdos de caraqueño asimilado. Hablamos con la misma mutua estimación de siempre. Le propuse que se fuera Washington, con un contrato de trabajo del gobierno, a seguir escudriñando en los documentos accesible a la Cancillería de EE.UU. La respuesta me la envió con Marcos Falcón Briceño. “Dígale al Presidente que no puedo aceptar su ofrecimiento. Ya yo me voy. Estoy recogiendo mis papeles”.


En 1975, Betancourt volvería a recordarlo: “Fueron siempre cordiales y amistosas mis relaciones con Enrique Bernardo Núñez. Era hombre introvertido, poco o nada expansivo y persona de escasos amigos. Trabajaba con tenacidad de hormiga. Entre papeles y sueños discurrió su vida. Hay una constante en su obra: la angustia por lo venezolano”.


Betancourt terminó su periodo de gobierno el 13 de marzo de 1964. Murió en Nueva York casi dos décadas después, el 28 de septiembre de 1981.



https://elarchivo.org/el-gran-enrique-bernardo-nunez-en-el-palacio-de-miraflores/




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Fotografía coloreada de Vasco Szinetar






Periodista y escritora venezolana nacida en Maracaibo en 1960. Trabaja como periodista independiente en diversos medios impresos, como la revista Exceso, el diario El Nacional y la revista Bigott. Ha publicado Una atmósfera de viaje (cuentos, 1989), Catia, tres voces (testimonio, 1994), Alfonso "Chico" Carrasquel. Con la V en el pecho (testimonio, 1994) y Actos de salvajismo (cuentos, 1999) con el que obtuvo el premio de narrativa de la Bienal José Antonio Ramos Sucre (Cumaná), en 1997. Sus textos se pueden leer en La BitBlioteca.
Ganadora del premio Nacional de Periodismo en el año 1999 y del premio La Haya el Premio Oxfam Novib/PEN por su interminable labor a favor de la libertad de expresión.

Fotografía original de Vasco Szinetar
 Tomada de Prodavinci

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jueves, 19 de junio de 2025

El golpe de Fidel Castro contra la democracia venezolana

 



El golpe de Fidel Castro contra nuestra democracia

Por Virgilio Ávila Vivas

Octubre 8, 2023


Saqueos en Caracas, 27 de febrero de 1989
Imagen tomada de Saberes africanos


En nuestra historia reciente se sucedieron dos hechos de gran relevancia y trascendencia histórica: el 27 de febrero de 1989 y el 4 de febrero de 1992. El primero, que fue bautizado como el Caracazo, viene a ser uno de los episodios más controversiales de los años finales de la democracia. Se ha querido presentar como una explosión espontánea, pero un estudio a fondo de este asunto sugiere otra cosa.


Empecemos por el “detonante”: un aumento de céntimos en el precio de la gasolina. Acabábamos de llegar al gobierno; habían transcurrido apenas 20 días cuando se produjeron protestas en Guarenas contra el aumento del pasaje que se produjo a raíz del ajuste de la gasolina. Inmediatamente, con la difusión que se le dio a esto a través de algunos medios de comunicación, se estimuló una situación de violencia y saqueos que -a la distancia y con más elementos de análisis- no me queda duda de que fue controlada por la extrema izquierda venezolana. Esta convicción -que va a contracorriente de la opinión generalizada de que todo ocurrió por generación espontánea- la sostengo luego de haber estudiado a fondo la participación de sectores de la izquierda comunista y de evaluar cómo en tan corto tiempo se pudo generar una situación tan perfecta si no hubiese sido el resultado de un plan para desarrollar actos vandálicos.



Para poner el tema en contexto, debo señalar que todo lo que se desencadenó desde el 27F hasta el 4F fue orquestado, sin ninguna duda, con la misma receta de actos similares que posteriormente, en nuestros días, se han desarrollado en otros países de América Latina bajo la dirección y activación de Cuba y el Foro de Sao Paulo, donde se elaboran los lineamientos de todas las explosiones y manifestaciones políticas desestabilizadoras, con el único fin de destruir las democracias en nuestra región. Pero esto no es plan de reciente data, sino una estrategia que se inició el 23 de enero de 1959 con la visita Venezuela de Fidel Castro, quien le solicitó una audiencia a Rómulo Betancourt y se encontró con el firme y lógico reclamo del presidente venezolano.



Betancourt recibió a Castro, pero lo increpó por haber llegado al aeropuerto de Maiquetía con un séquito que portaba armas de fuego. Durante la mencionada audiencia, Castro solicitó un trato preferencial especial para las compras de petróleo que Cuba estaba por hacerle a Venezuela. Betancourt fue enfático en rechazar tales pretensiones de recibir petróleo barato, por cuanto el crudo venezolano se negociaba a un precio internacional. Si quería Castro comprarlo, esas eran las condiciones.



Ese día marcó la implosión de las relaciones de la Venezuela democrática -liderada por Rómulo Betancourt- y el Partido Comunista cubano, representado por Fidel Castro. Para dar una idea del impacto de este episodio, baste con señalar que una consecuencia directa fue la creación en Venezuela, por parte del Partido Comunista local, de la organización subversiva FALN en 1962. Se iniciaron las guerrillas y la insurrección armada. Ese y muchos otros hechos que siguieron en el tiempo ponen en evidencia que aquel desencuentro entre Castro y Betancourt no fue simplemente una desavenencia entre gobernantes, sino un episodio de una confrontación que comenzaba a gestarse entre dos países sin los cuales no se comprende bien la historia reciente de buena parte de América Latina: Venezuela, que estrenaba la democracia en medio de dictaduras y le trazaba al continente un rumbo de libertades y apertura. Y Cuba que incubaba una autocracia y buscaría imponer su influencia a toda costa para rodearse de aliados y apropiarse de valiosos recursos.



En ese contexto se sucedieron golpes de Estado durante todos los años del ejercicio presidencial de Betancourt. El primero fue el golpe de Castro León en el Táchira, el 20 de abril de 1960. Luego vinieron el Carupanazo, el 4 de mayo de 1962, y el Porteñazo, el 2 de junio de 1962. Esos golpes, que fueron rápidamente neutralizados, iban en la misma línea de la insurrección comunista, estimulada y apoyada por Fidel Castro, que desde el primer momento fue ganado por la idea de las guerrillas. Pero los golpes fueron anulados y las guerrillas estaban siendo derrotadas. Entonces vino la invasión de Cuba a Venezuela.

Enfrentamientos durante el Carupanazo.


Esta invasión se materializó con el desembarco en Machurucuto, el 8 de mayo de 1967 de un grupo de guerrilleros cubanos y venezolanos preparados en la isla caribeña. Tampoco tuvo éxito esta acción. En menos de 96 horas la avanzada invasora fue cercada y derrotada.

Avión Canberra de la Fuerza Aérea bombardeando el Fortín Solano.


Poco tiempo después, en 1971 -ya sofocadas las guerrillas aunque con la persistencia de pocos focos aislados- se da el primer paso del nuevo plan con el ingreso de Hugo Chávez y otros jóvenes a la Academia Militar. Castro y sus aliados sabían de estrategia y ya no querían seguir recurriendo a la invasión ni a guerrillas ni a golpes de Estado. Ahora lo que vendría sería una conspiración desde el seno de la propia escuela de formación de nuestros oficiales en combinación con la izquierda comunista y la complicidad de Cuba. En ese cambio de idea y en esos planteamientos jugó un rol principal el comandante Douglas Bravo.

Douglas Bravo


El ingreso de Chávez a la Academia Militar fue el 8 de agosto de 1971, en tiempos de Rafael Caldera. Egresó y recibió el sable de manos del presidente Carlos Andrés Pérez el 6 de julio de 1975. Es decir, su carrera la hizo bajo dos gobiernos democráticos que se sucedieron en el poder, una alternancia que él se encargaría de eliminar. Pero, volviendo a aquellos años, hay que decir que fue cuando apareció por primera vez en escena la influencia de uno de los mentores de Chávez: José Esteban Ruiz Guevara, secretario general el Partido Comunista en Barinas, quien se convierte en la persona más cercana al entonces cadete con sus consejos y sus clases de marxismo. Este era primo hermano del general Ramón Guillermo Santeliz Ruiz, oficial que colaboró con el ingreso a la Academia de bachilleres de varios liceos.

José Esteban Ruiz Guevara


En la línea de tiempo de este análisis, hay un episodio que hoy resulta ocioso insistir en verlo como un hecho aislado y que fue bautizado por los medios como la noche de los tanques”. Ocurrió el 26 de noviembre de 1988, estando encargado de la presidencia Simón Alberto Consalvi, ministro del Interior del gobierno de Jaime Lusinchi.


Aquel fue un incidente muy extraño, que según los implicados habría sido producto de una confusión. Lo cierto es que sus alegatos hoy resultan aún menos convincentes que en aquel momento. Lo cierto es que de esto no se supo más nada y no se le dio la importancia que realmente tenía.


Vino luego la huelga de la Policía Metropolitana, a finales de la administración de Lusinchi. Oficiales de este organismo solicitaban reivindicaciones para ingresar a la cúpula de la policía, bajo el argumento de que debían dirigirla sus propios miembros. ¿Es casualidad que para el momento del llamado Caracazo la PM estuviera ya bajo otras condiciones de comando? Veamos los hechos.


El Caracazo estalla apenas 15 días luego de instalarse el gobierno de Carlos Andrés Pérez. La planificación de este evento que se inició en Guarenas, estimulado por gente de izquierda y comunistas, con el acompañamiento de algunas televisoras que facilitaron que se extendiera una situación tan delicada en todo el país. Este evento estaba evidentemente planificado para finales del gobierno de Lusinchi, pero por alguna razón se retrasó y se inició unos días más tarde, el 27 de febrero, con la excusa del aumento de la gasolina. Los primeros brotes no fueron debidamente contenidos, la televisión transmitía en vivo y el caos continuó hasta regarse por toda Caracas.


Cuando esto ocurrió, nos tomó a todos prácticamente por sorpresa. Recuerdo que ese día yo salí del Alto Hatillo a las 6:00 de la mañana bajo una lluvia muy fuerte y con un tráfico totalmente desbordado. En medio de la situación, llegué al despacho de la Gobernación y me dirigí al Palacio de Miraflores a conversar con el presidente Pérez.



Nuestra conversación fue muy rápida y las instrucciones fueron terminantes. El gobernador se ocuparía del abastecimiento de los grandes mercados del Distrito Federal y del equipamiento de los hospitales de la red hospitalaria del Gobierno del Distrito Federal. El presidente se reservaba la conducción policial y militar de los acontecimientos. Acontecimientos que, si los analizamos y los vemos bien, tienen las mismas características de actos similares que han ocurrido en Chile, Argentina, Ecuador, Perú, Colombia, y otros con la misma estrategia de aquel entonces.


En el caso de Caracas, la policía se encontraba fuera de su función operativa, que es la vigilancia y custodia del orden público. Como he señalado, veníamos de una huelga que respondía a las aspiraciones de controlar y manejar el ente de modo que estuviera en manos de los mismos policías y no de un personal traído de las cúpulas de la Guardia Nacional. O sea, que el estallido “espontáneo” se dio justo cuando se sabía que la policía no iba a responder como era debido.


Estoy seguro de que, si siguen estos indicios, se verá la verdad: que todos estos eventos fueron diseñados por Cuba y el Foro de Sao Paulo.


Si se ve la dimensión real del ajuste de la gasolina, resulta difícil tomarlo hoy como argumento válido. Pero sí se puede entender que fue uno de varios elementos que sirvieron para estimular el saqueo y actos vandálicos que ya estaban programados. La extrema izquierda y la izquierda comunista venezolanas siempre han negado esto. Han insistido en fue sido por generación espontánea que salieron a saquear aquellas hordas que no estaban de acuerdo con el aumento de unos céntimos al litro de gasolina. Por eso hay que volver a revisar todo y tomar en cuenta, por ejemplo, que el Caracazo ocurrió cuando se agudiza la célebre crisis del comunismo en la Unión Soviética y apareció en el terreno política Mijaíl Gorbachov.


A la luz de estos datos se ve que todos estos hechos vienen configurándose desde 1959, que no hubo generación espontánea, sino planificación de eventos muy concretos para imponer las doctrinas marxistas, comunistas, que se han ido apoderando geopolíticamente de nuestros países. Con esto se demuestra que el fracasado golpe del 4 de febrero -con sus incidencias militares y en combinación con el Partido Comunista y la izquierda- fue un eslabón de una cadena de conspiración. Lo que empezó en 1959 para destruir la democracia en Venezuela. El propio Chávez insistió una y otra vez que la revolución bolivariana empezó el 27F, aunque repetía la versión de que era un estallido popular porque necesitaba darle una raíz popular a la intentona que él lideró.


Lo más grave es que en su momento hubo gente a quien el país reconocía como figuras relevantes y que contribuyeron a desestabilizar el gobierno del presidente Pérez y legitimaron las acciones contra la democracia. Sin duda, el famoso grupo de los “Notables” fue un instrumento más en la siembra de los vientos que trajeron esta tempestad.

Dr. Arturo Uslar Pietri: "En Venezuela, jamás ha existido una verdadera oposición política""

https://m.youtube.com/watch?v=UTyFNCKqoS0&pp=ygUjYXJ0dXJvIHVzbGFyIHBpZXRyaSBnb2xwZSBkZSBlc3RhZG8%3D


EL 4F no fue una intentona para derrocar al presidente Pérez, fue un golpe contra las instituciones democráticas de Venezuela, contra el Estado de derecho y contra la idea de nación autónoma que se había cultivado con tanto esfuerzo.


Esa autonomía era la pesadilla de Castro, que no lograba convertir en nuestro país en el socio pudiente que tanto necesitaba. Una pesadilla que logró superar para imponernos otra peor





https://www.elnacional.com/opinion/el-golpe-de-fidel-castro-contra-nuestra-democracia/




El CARACAZO: El principio del fin de la DEMOCRACIA en Venezuela

https://m.youtube.com/watch?v=BaUJJr7iVTY





lunes, 15 de julio de 2024

Rómulo Betancourt a Mario Vargas Llosa: La lucha contra la guerrilla en Venezuela no la dirigió el Ejército; la dirigí yo

 

Rómulo Betancourt y Mario Vargas Llosa conversando en la biblioteca de Pacairigua, septiembre de 1977. Fotografía coloreada.


Charla con un viejo zorro


Por Mario Vargas Llosa


Publicado en noviembre de 1977. Tomado de sus Obras completas IX. Piedra de Toque I (1962-1983), 2012, pp. 655-659.


Rómulo Betancourt y Mario Vargas Llosa conversando en la biblioteca de Pacairigua, septiembre de 1977. Fotografía original






Estaba alistando maletas para partir de Caracas cuando me avisaron que Rómulo Betancourt quería verme. El intermediario, por lo demás, me hizo saber que el expresidente, representante de Venezuela en la comisión que hace las invitaciones anuales para ocupar la cátedra Simón Bolívar, en Cambridge, había votado mi nombre. Pero no solo fui a su casa por una razón de cortesía, sino sobre todo por curiosidad: las figuras políticas me han producido siempre una fascinación entomológica (y, al mismo tiempo, una especie de alegría).


Su casa, la Quinta Pacairigua, en un barrio residencial, no es demasiado lujosa para los niveles sauditas venezolanos. Me sorprendió el numeroso servicio de guardaespaldas, en el interior y el exterior. Además de su hija Virginia, sencilla y muy simpática, estaba allí su esposa, una exprofesora, creo, que habló de libros con soltura, y había también periodistas y fotógrafos. Betancourt lleva bastante bien sus setenta años. Hace algunos meses corrieron rumores sobre una enfermedad gravísima, pero él dice que el peligro se ha disipado: se trató apenas de una intoxicación causada por los remedios. Se siente ahora, repite, como nuevo.


«Usted sabrá que, en la época de las guerrillas, yo fui uno de los hombres más odiados y atacados en América Latina», es una de las cosas que le oí decir en la hora y media que pasé con él. Por supuesto que lo sabía. Su Gobierno me pareció también a mí, como a tantos en América Latina, represivo y con ribetes autoritarios. Pero lo que ha ocurrido luego en el continente, y el contraste entre ello y el caso de Venezuela, me ha llevado a revisar ese juicio. El Gobierno de Betancourt reprimió duramente a quienes se alzaron en armas y no hay duda de que, en esa lucha, cometió abusos y violaciones de la legalidad y de los derechos humanos.


Pero es cierto, también, que su régimen sentó las bases de un sistema democrático que viene funcionando sin interrupciones y que parece hoy (toquemos madera) bastante sólido. Es lo que dice a Betancourt el ensayista francés Jean-François Revel –el autor de La tentación totalitaria– en una carta que aquel me enseña: «Es usted el único dirigente político sudamericano que encontró la manera de enrumbar a su país por un sendero democrático». Hay una pregunta, sin embargo, que surge cada vez que uno observa el caso venezolano: ¿la bonanza económica, esa prosperidad que golpea al forastero desde el aeropuerto, no ha sido el elemento decisivo para que las instituciones democráticas resultaran allí operantes?


Varias de mis preguntas a Betancourt se refieren a este asunto: ¿Por qué en su país los militares respetan el poder constitucional y en otros no ocurre lo mismo?


Su respuesta es larga y elaborada, y no tengo más remedio que abreviarla. Nosotros (es decir, su partido, Acción Democrática), dice, desde 1945 trabajamos con un grupo de oficiales jóvenes, constitucionalistas, partidarios de reformas profundas en la estructura del país. Ellos, a la caída de Pérez Jiménez, se convirtieron en la espina dorsal de la reforma de las Fuerzas Armadas, que pasó a retiro a los elementos golpistas y se empeñó en hacer del Ejército un cuerpo esencialmente técnico y educado de manera sistemática en el respeto del orden legal.


El momento crítico, prosigue Betancourt, sobrevino al estallar el movimiento guerrillero contra mi Gobierno. La lucha contra la guerrilla no la dirigió el Ejército; la dirigí yo. Mi Gobierno no abdicó de esa responsabilidad, como hicieron otros Gobiernos civiles en América Latina, por cautela política, prefiriendo que fueran los militares quienes se ensuciaran las manos. Aquí fue el Gobierno civil quien, desde el primer momento, asumió esa tarea, arrostrando la impopularidad y a pesar de la feroz campaña internacional en contra nuestra. Los militares respetan a quienes saben mandar. (No hay duda que él sabe y que le gusta hacerlo: al decir estas cosas, gesticula con energía).


Veo sus manos con las cicatrices de las quemaduras del atentado que preparó contra él un comando enviado por el generalísimo Trujillo (que lo odiaba, dicen, más que a Fidel Castro). He oído contar la historia de su comportamiento en esas circunstancias, y él me la reseña de nuevo: cómo habló por la radio estando herido y cómo se hizo llevar al palacio presidencial de Miraflores («el símbolo del poder», dice) para mostrar al país que la jefatura del Gobierno se mantenía en pie.


Está escribiendo ahora sus memorias y cuenta que haber leído, hace poco, la autobiografía de Arthur Koestler lo ha inducido a cambiar todo su plan. Al principio había decidido escribir un libro puramente político, dejando de lado lo que fuera personal e íntimo. Ahora, en cambio, hablará también de su vida privada. ¿Hasta qué extremos llegará la confidencia? Durante la charla, deja ver algunos cabos sueltos. De joven escribió cuentos, inspirados en ciertas lecturas, como Emile Zola. Su esposa lo refuta con convicción: la influencia ostentosa, le asegura, es la de Anatole France, Él habla de uno de esos relatos con melancolía y burla. Se llamaba (horriblemente) «Maritza la nómada» y la musa que lo estimuló a escribirlo era una españolita de ese nombre de la que estaba enamorado, Se empeña en hablar de literatura, en tanto que yo trato de empujarlo hacia el terreno político (en el que lo supongo mucho más competente). Se entusiasma recordando la autobiografía de Trotski, una novela («de 1.400 páginas») sobre la fundación del estado de Luisiana y me cita algunas tradiciones de Ricardo Palma. Durante mucho tiempo se ganó la vida escribiendo artículos, de manera que se siente también, en cierta forma, periodista. Ha pasado veinte años en el exilio, cinco en la cárcel y a fin de año celebrará medio siglo de actividad política.


Durante buena parte de la hora y media me pareció hablar con espontaneidad. Solo en un momento tuve la impresión de que (lo que me ha ocurrido siempre con todos los políticos que he entrevistado) pronunciaba un discurso. Una tirada algo solemne sobre la vocación rebelde y heroica del pueblo venezolano, que es, afirma golpeando el brazo del sillón, quien ha hecho la verdadera revolución en América Latina: la democrática. «¿Por qué cree usted que se fueron esos hombres detrás de Bolívar hasta el Titicaca?». Cree que el mestizaje generalizado y precoz que experimentó la sociedad venezolana creó ese tipo audaz y combativo. «Aquí nos mezclamos todos muy pronto, no ocurrió lo que en el Perú», dice. Y me cuenta una anécdota. En los años treinta estuvo en Lima, con una delegación, y lo impresionó mucho una entrevista que tuvo, en el diario El Comercio, donde él y sus compañeros fueron recibidos «por dos caballeros con monóculo, que se llamaban, uno, Miró Quesada y, el otro, Manzanilla». Uno de ellos le habría preguntado: «¿Qué raza es la que predomina en su país?». «Los mulatos como yo, señor». «Ajá», habría respondido, pensativamente, uno de los caballeros. Mientras el otro comentaba: «¿Sabía usted que aquí en el Perú se le decía a Bolívar el Zambo Bolívar?».


Me asegura que hay una carta del Libertador, firmada en la Magdalena, pidiéndole a un amigo de Caracas que enviara mulatos a socorrerlo, pues las impetuosas limeñas lo estaban tuberculizando.


Pese a la abundancia de dictaduras en el continente, se muestra optimista respecto al futuro de América Latina. Piensa que la política del presidente Carter de los derechos humanos ha creado una dinámica muy fuerte a favor de la instalación de gobiernos constitucionales. «Hasta Stroessner se ha visto obligado a hablar de dejar el poder», bromea. Se refiere con elogio al movimiento cívico en Brasil, a los manifiestos intelectuales («presidido por nuestro amigo Jorge Amado»), de periodistas, de profesionales, «hasta de futbolistas» pidiendo la transferencia de poder a los civiles mediante elecciones. Está convencido de que en pocos años puede ocurrir lo que al finalizar la Segunda Guerra Mundial: una oleada democrática por todo el continente. Respecto al acercamiento diplomático entre Cuba y Estados Unidos, se limita a comentar:


«Por el momento el acercamiento se reduce a que Cuba mandará a Washington dieciséis agentes del G-Dos y Washington a La Habana dieciséis agentes de la CIA».


Como voy a perder el avión, tengo que despedirme precipitadamente. En la puerta de calle, me regala una especie de estampa que no tengo tiempo de ojear. Aquí, en el largo vuelo trasatlántico, descubro que es la historia de una estatuilla que he visto en su escritorio. La Negra Josefina, una vagabunda de las calles de Caracas que asaltaba a los transeúntes pidiendo «un mediecito»; hace unos treinta años, sirvió de modelo al autor de la obra, Santiago Poletto Lamberti. Se trata de una mulata, por supuesto.


Sobre el Atlántico, sept. 77


Fuente: Ramos Flamerich