En Valencia la de Venezuela existe una vieja edificación situada en la Plaza Sucre y vecina de edificio de la gobernación y el Teatro Municipal donde funciona o funcionaba la Escuela de Teatro Ramon Zapata en ese lugar también dictaban un taller de fotografía que duraba un año, en mi caso realicé dos talleres quizás por mal estudiante, quizás por hacer uso del material fotográfico que en esa época era muy barato, además estaba un par de ampliadoras buenísimas y un par de maestros sencillos y tremendamente buenos precisamente como maestros Luis Martínez y el maestro JoséLeón.
A los dos les debería haber reconocido hace mucho, los esfuerzos y el tiempo que gastaron en este hoy fotógrafo para su formación en un oficio tan maravilloso.
Los talleres eran prácticos y con algunas cargas teóricas donde libros recomendados se pasaban de mano en mano para leerlos y descubrir en el pequeño espacio del laboratorio. En esos días descubrimos entre todos, los asistentes al curso, las maneras de observar, registrar y leer lo que más tardes descubriremos como objetos o situaciones a fotografiar.
Capitolio de Valencia o Gobernación. Costado occidental.
El taller era un espacio donde además de aprender y aprehender, estaban al alcance de tu mirada, y de tus manos y de tu sentido y capacidad de mirar, la próxima fotografía. La intuición se despertaba, se hacía propia, se establecían códigos algunos más simpáticos que otros. Todo salpicado con la visión de un chico de 16 o 17 años que podía observar a las chicas que para ese entonces veía como las más hermosas y risueñas de su pequeño mundo.
Por ahí pasamos muchos de los que hacemos o hicimos de la fotografía nuestro sustento y nuestro pacto social con un mundo del que apenas estábamos saboreando las primeras cucharadas. A Luis Martínez y al Maestro JoséLeón les tendría que informar que aún que ellos fueron unos extraordinarios militantes de izquierda y según veo más que revolucionarios eran unos extraordinarios rebeldes modelo Camus.
Albert Camuses considerado principalmente un rebelde, más que un revolucionario en el sentido tradicional. Su filosofía se centra en la rebelión individual contra el absurdo de la vida y la búsqueda de significado a través de la acción y la solidaridad, más que en la revolución social organizada. "El Hombre Rebelde" explora esta idea, mostrando cómo la rebelión puede ser tanto un acto de afirmación individual como una fuerza para el cambio social. Fuente IA.
Plaza Sucre vista desde el costado del Capitolio de Valencia.
Y es que estoy seguro que aunque el partido de gobierno o sea el PSUV haya decretado de hecho por acción u omisión y hayan pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión para que la vieja casona frente a la Plaza Sucre esa donde funcionó durante muchos años, ese espacio importante para la formación de actores y fotógrafos en la ciudad de Valencia la de Venezuela fuera dejada sin mantenimiento y abandonada a los elementos , sin el más mínimo cariño por parte de ninguna de las administraciones del Estado Carabobo.
Los talleres de fotografía no existen ya como objetivo de enseñanza gratuita para artes, y solo un grupo de valientes dicta clases en el antiguo Liceo Pedro Gual. Lejos muy lejos de donde habitan la mayor parte de los que todavía estudian en un área que no les brinda identidad. No es una edificación para los estudiantes de teatro, no tienen capacidad y tampoco posibilidad de discutir, razonar en sus pasillos, en sus áreas de esparcimiento, no tienen lugar para proponer u organizar una pieza, un concierto, una obra de teatro (hace tiempo ya , que la gobernación destruyó su anfiteatro. Las cursivas son del editor).
Liceo Pedro Gual en Valencia en la avenida Bolívar norte.
No cuentan con una biblioteca, no hay posibilidad de tomar un transporte que los traslade a la zona sur de la ciudad. Vale la pena recordar a Luis Martínez y al maestro JoséLeón y sus aportes a la enseñanza. Y valdría la pena de cuando en cuando recuperar algo de su rebeldía para exigir un espacio para los estudiantes de teatro. Valdría la pena intercambiar experiencias con el Teatro Arlequín y con el Teatro Municipal (en Valenciamás de uno te objetará esas sugerenciasYuri, las cursivas son del editor). Valdría la pena decir que un actor se prepara, valdría la pena señor gobernador que no solo el espectáculo de la plaza pública sirviera para llevarse un aplauso. Valdría la pena entender que después de Maduro y los suyos la nación venezolana seguirá existiendo y que el espectáculo continuará a pesar de ustedes.
El maestro Luis Martínez con lentes oscuros, el tercero de derecha a izquierda.
Tóquense el corazón y recupere la vieja casona de la Plaza Sucre, asesórese, busque aliados y recupere lo que nunca se debió haber perdido.
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Yuri Valecillo, fotógrafo nacido en Valencia, la de Venezuela dándose lo que ahora es un gusto mantuano en Venezuela en el 2019: Tomarse un café. Hace algún tiempo el café era sumamente costoso en Venezuela, en esta tierra los alimentos alcanzan precios que rozan las nubes aunque últimamente los precios han bajado un poco.
Yuri Valecillo nació en Valencia en 1961. Desarrolla su actividad de manera continua en el diseño gráfico. Publica actualmente en más de veinte medios de Europa y América Latina, cuenta con 41 exposiciones individuales de fotografía y más de cincuenta portadas de revistas y libros, colaborador incesante en medios de Venezuela y América Latina, habla y lee francés, expositor de la Cátedra de Fotografía para la Revista Generación (México). Ha impartido cursos y talleres de fotografía en la Universidad de Carabobo (Venezuela). Coordinador de Fotografía de la revista Rino (México), Colaborador de la revista El Cotidiano (UAM), Cofundador de la Revista Generación, cuenta con varios escritos publicados.
Adhely Rivero.Fotografía deYuri Valecillo.Tomada del libro "Rostro y Poesía". 1996
LO QUE ACERCA A DIOS NO LO APARTES
POR ADHELY RIVERO
Dentro del
universo a cada ser le toca un espacio dispuesto por Dios para vivir. A mí me
pertenece la tierra baja, la parte más despoblada de mi país, donde el
horizonte se pierde en sí mismo, y el hombre está la mayor parte del tiempo
solo, muy solo. Esta noción del mundo, es el llano. Y es aquí, en el llano
donde tengo la primera noción de la poesía, antes de los doce años, cuando mi
padre me hacía recorrer largos trechos a caballo para parar un rebaño de ganado.
En esas marchas, percibí la copla sentida del vaquero, certeros contrapunteos,
donde la poesía se dibujaba en el viento. Era un lugar distinto a las nutridas
bibliotecas familiares, donde otros a mi edad, se encontraron con notables
poetas universales. Mi libro era la memoria, esa página en blanco donde la
oralidad imprimía las historias de un mundo cotidiano. Creo que todo esto, para
un muchacho que se formaba, entre pueblo y campo, de una manera natural, pudo
bajar la balanza, inclinando la vocación hacia la literatura, la poesía.
Obtuve la
sensación de lo poético en el lenguaje de mis padres; claro está,
inconscientemente, sabía de una relación extraña cuando mi padre hablaba de sus
animales, de sus tierras. Algo muy especial ocurría cuando nombraba los
árboles, esa madera es de corazón o, un palo de corazón resiste la candela.
Estas tierras son buenas, dan agua dulce, el río está manso este invierno.
Aprendí a
vivir ese lenguaje y comencé a leerlo en la escuela de una finca, dentro de la
misma relación vital, cotidiana y práctica con los seres humanos, los animales
y el paisaje. Nunca se maltrató nada ni a nadie con la palabra.
Hay otro lugar
para lo poético, el silencio. Estar callado ante el sol de los venados sobre el
lomo de un caballo o, bajo la garúa de un amanecer, me revelaba un sentimiento
y todo silencio terminaba dilatado por la pasión que sienten los llaneros por
silbar. Comencé silbando poemas que construía de memoria. Entre rezar y silbar,
prefería silbar contra el miedo.
Creo que fundé
mi mejor lenguaje en la infancia, no era una lengua estándar, era la lengua de
mis abuelos indios, negros y españoles, la mala herencia española, repetía
siempre mi padre, era su herencia.
Liceo Pedro Gual en Valencia
Más tarde en
la ciudad, en Valencia, estudiando en el Liceo Pedro Gual, empecé a leer.
Asistí a la primera biblioteca real. Encontré en un libro la gente que cantaba
en las sabanas de El Gadín y en las fiestas de Arismendi, todos personificados
en una novela de don Rómulo Gallegos,Cantaclaro. Entonces, tuve
conciencia de que todo aquello que había rozado mi espíritu tenía un valor
literario.
Luis Alberto Angulo
Ese interés
por la lectura, acrecentaba la necesidad de encontrarme con los creadores que
habitaban la ciudad. Saliendo del bachillerato conocí al poeta Luis Alberto
Angulo y formamos un grupo denominado Talión. Asistí al Taller del poeta
Eugenio Montejo, más tarde me trasladaba a Caracas a participar en el CELARG en
un taller dirigido por el poeta Rafael Cadenas y luego participé en las
tertulias de trabajo en el Departamento de Literatura de la Dirección de
Cultura de la Universidad de Carabobo con el poeta Reynaldo Pérez Só, durante
quince años, por lo menos.
Adhely Rivero, Carlos Osorio y Reynaldo Perez Só frente al departamento de Literatura, el "bunker". Fotografía de José Antonio Rosales(coloreada).
Imagen tomada de la revista Laberinto de Papel
Creo que en mí
existen cuatro elementos primordiales para crear un poema: la soledad, el
desarraigo, las historias esenciales y la cultura.
Desde la
infancia aprendí del llano la soledad y el silencio. Ese mundo tan extenso me
permitió la soledad como algo vital, me gustaba estar en silencio para que todo
el llano se expresara, en su canto, en su viento.
Yo sentía que
esto me sensibilizaba. Hoy día cuando quiero escribir lo primero que me
propongo es sentirme solo en el mundo, por eso escribo apartado en la
biblioteca o muy tarde en la noche.
El desarraigo,
me ha creado la necesidad de asistir a un encuentro con un pueblo mítico,
pueblo del que soy un asiduo visitante en la memoria. Tengo que reconstruir su
entorno; el paisaje, el río, la sequía, la estación de lluvia, la gente y los
animales. Todo esto está fragmentado.
Las historias
esenciales, mi vida siempre ha estado rodeada de historias, cuentos, crónicas,
que perteneciendo a la tradición popular o a personas particulares son
abordadas por mí, extrayendo lo esencial del lenguaje y de la anécdota hasta
transformarlo en poesía. Es muy común oír entre las personas historias reales o
ficticias de acontecimientos que ocurrieron en el pasado y que el tiempo ha ido
depurando en perfecto relato.
Eugenio Montejo. Fotografía de Héctor López Orihuela. Tomada del libro "Rostro y Poesía". 1996
La dificultad
principal que puede encontrar el creador para materializar su trabajo, está en
superar los espejismos de la emoción, lo sentimental y la mentira contenida en
la historia. Se es muy dado al engrandecimiento de lo acontecido por los
autores primarios, quienes se aferran en enaltecer actos sin raciocinio,
producto de una subjetividad pasmosa, que no permiten que el tiempo haga su
trabajo, la esencialización de los hechos y del lenguaje.
Al desarraigo
se le debe oponer la memoria para no estropear los orígenes, el hombre se
desorienta, se extravía y hasta se borra como un camino en invierno, como dice
el poema:
Ningún
camino es eterno /cada invierno borra la conquista / el atajo / la trocha de
llegar al mundo / sobre esta inmensidad de agua bajo el cielo / de referencia.
He asumido las
historias esenciales como parte de mi creación. Estoy atento al habla común. La
oralidad del hombre del llano que relata la faena. La oralidad de mi madre en
la cocina, contando, mientras en el corredor aledaño, desde una hamaca, voy
descifrando los versos que saltan de su conversa: Junto con los animales se
vive / se tasa el aire / y el atajo / La carne seca / no tiene olor de res. /
La vaca se levanta/ y vuelve a andar el alma / Lo que acerca a Dios no lo
apartes. / Cantaba mi madre.
La cultura es
un ingrediente fundamental para escribir o construir un poema. La lengua nos
define un ámbito cultural donde se alimenta el espíritu. Asumir de ese lenguaje
lo propio y que sea un punto de partida para mostrar lo que se vive, lo que uno
es.
La pretensión
universalizante de la lengua es una retórica que nos lleva a mostrar lo vano
que somos, puesto que la palabra sin vida es hueca. Casi podría decir que un
poema no se puede hacer. Y que sólo se escribe cuando él existe como esencia de
vida.
Adhely Rivero nació en Arismendi, estado Barinas, Venezuela en 1954. Está residenciado en Valencia desde 1970. Licenciado en Educación mención Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. Fue Jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, donde dirigió la Revista Poesía y coordinó el Encuentro Internacional Poesía de Universidad de Carabobo. Ha obtenido varios premios por su trabajo poético, entre ellos el Premio de Poesía Facultad de Ciencias de la Educación (dos años consecutivos) U. C. Premio ‘Miguel José Sanz’ de la Facultad de Derecho de la Universidad de Carabobo. Premio de Poesía de la Universidad de Carabobo. Premio de Poesía Universidad ‘Rómulo Gallegos’. Premio de Poesía ‘Cecilio Chío Zubillaga’ de Carora. Premio Único de Poesía 40 Aniversarios de la Reapertura de la Universidad de Carabobo. Ha publicado los libros: 15 Poemas (1984); En sol de sed (1990); Los poemas de Arismendi (1996); Tierras de Gadín (1999); Los Poemas del Viejo (2002); Antología Poética (2003); Medio Siglo, La Vida Entera (2005); Half a Century, The Entire Life, (2009): versión al Inglés de Sam Hamill y Esteban Moore. Poemas (Antología editada en Costa Rica) (2009): Compañera (2012). Poesíe Caré, Poemas queridos (2016), Versión al italiano de Emilio Coco, publicado en Colombia. Está representado en varias antologías nacionales y en la antología italiana La Flor de la Poesía Latinoamericana de hoy, tomo I, II, editada en Italia, 2016. Ha participado en diversos e importantes Festivales de poesía a nivel nacional e internacional, entre ellos, el Festival Internacional de Poesía de Medellín, Colombia, en 2007 y 2016. Festival Internacional de Poesía Al-Mutanabi en Suiza. 2008. Festival Internacional de Poesía de Bogotá, Festival Internacional de Poesía del Mundo Latino, México. Festival Internacional de Poesía de los llanos Colombo-Venezolano en Yopal, Colombia. Feria Internacional del Libro de Bogotá, Colombia, Feria Internacional del Libro de Caracas, Venezuela. Festival Internacional de Poesía de Venezuela. Festival Internacional de poesía de los llanos colombo-venezolano en Arauca, Colombia. Encuentro Internacional Poesía Universidad de Carabobo, Feria Internacional del Libro Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela. Bienal Internacional de Literatura “Mariano Picón Salas”, Mérida, Venezuela. Sus poemas han sido traducidos al inglés, portugués, italiano, alemán, francés y árabe. La revista POESIA le rindió homenaje en su número 156.
En los talleres de poesía se hace poesía pero no se fabrican poetas
"Sobre el tallerismo" por José Joaquín Burgos
José Joaquín Burgos*
Si la memoria no me falla, el introductor de los talleres literarios en Venezuela, fue Domingo Miliani, a su regreso de México, en cuya Universidad Nacional Autónoma había cursado y obtenido el doctorado en letras. Ya en Venezuela, fue nombrado director del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), y en ese centro, precisamente, inició la actividad de los talleres literarios. En el país azteca había aprendido y cultivado su metodología y praxis. Allí, además, cosechó la amistad de Octavio Paz, Miguel León Portilla y otros brillantes y doctísimos maestros e intelectuales, que habían aportado en gran parte su experiencia de escritores a la formación de los talleres y de los talleristas.
El Celarg, como bien se sabe, abrió puertas y caminos a los jóvenes escritores venezolanos, y la presencia de Domingo Miliani como director garantizó la seriedad, la organización, la claridad de objetivos y la honestidad de cuanta actividad se realizara en el instituto. Domingo fue un verdadero maestro, en el mejor sentido. Un científico de los estudios literarios. Su concepción de los talleres literarios se basaba, digamos, en tres principios fundamentales: en primer lugar, en la necesidad que tiene todo escritor de confrontar su obra, en la más noble acepción del término, con obras de otros autores. De esta confrontación amistosa, ambos escritores ganan, sin duda alguna; en segundo lugar, en la necesidad que tiene cada escritor de enriquecer su bagaje intelectual; y en tercer lugar, en el mejoramiento del arte, de la carpintería, del oficio, es decir, del taller que cada escritor lleva por dentro. Eso era, y es, en términos muy sencillos, la estructura de los famosos talleres de literatura. Así, se seleccionaba un grupo de autores (poetas, narradores, teatreros...).
La selección se hacía mediante la lectura de una muestra suficiente para "medir" -digámoslo así-, el nivel de los aspirantes y reunir un grupo entre cuyos participantes no hubiera muchos desniveles. Se leían los textos propuestos en el taller y, tanto el coordinador como cualquiera de los talleristas, aportaban sus conocimientos y experiencias para aclarar, colectivamente, alguna duda, o llenar algunos vacíos académicos, teóricos, en lo que llamamos la carpintería. Pongamos por caso que un participante no conocía algo referente a la versificación (un metro, una medida silábica, un pie, algún detalle técnico del arte poética); entonces se cumplía un breve proceso de información, se le suministraba al grupo el material necesario y adecuado para llenar el vacío. Así, cada quien, en el fondo, hacía también un seminario; y cada taller enriquecía tanto a los participantes como al coordinador. El resultado era, sin duda alguna, magnífico.
Digamos, de la manera más sencilla, que en los talleres de literatura se hacía literatura. Una perogrullada, tal vez, pero una verdad que no debe confundirse. En los talleres de carpintería, se hace carpintería y se forman carpinteros; en los de electricidad se hacen trabajos eléctricos y los aspirantes a ser electricistas adquieren experiencia y dominio del oficio; en los de mecánica, se hacen trabajos de mecánica y los aprendices de mecánica adquieren experiencia y agilidad, destreza en el manejo de los materiales propios del oficio. Pero, hay diferencia entre estos talleres y los de literatura (poesía, teatro, narrativa, etc), porque en los talleres de poesía, por ejemplo, se hace poesía, y los participantes enriquecen sus conocimientos y destrezas. Pero allí no se hacen poetas. Al menos, esa era la intención inicial en la novedosa (todavía lo es), metodología del taller. Se hace poesía, pero no se hacen, no se fabrican poetas.
Pero ¿qué sucedió después? Sencillamente, se produjo una especie de milagro como el de la multiplicación de los panes. Aparecieron talleres por todas partes, de todo tipo. Y cada coordinador se transformó en un "maestro" de los grupos que con él hacían talleres. Y cada tallerista, en un hijo del maestro. Al final, todos terminaban (o terminan, mejor dicho) escribiendo exactamente igual a su maestro. Hemos tenido la experiencia de leer algunas muestras de talleristas y, sin ánimo descalificar a nadie, observamos que todos escriben de muy parecida manera. Y todos giran en torno a la sagrada figura del gran maestro. En el fondo, cada quien, para ser aceptado por el grupo, debe usar una gríngola para jamás desviar la mirada de la ruta que le han trazado.
Efraín Inaudy Bolívar (24 de enero de 1930-8 de enero 2012). Fotografía de Antonio González Boscan. Tomada del libro Rostro Y Poesía. 1996
Otra cosa digna de tomar en cuenta es que los talleres de poesía, por ejemplo, han terminado por fijar, como casi como un axioma, que el poema consiste en una simple y solitaria metáfora: hasta ahí deben llegar tanto la imaginación como la carpintería del poeta. Por eso, nada de asombroso tiene que al leer un libro escrito por uno de estos discípulos del tallerismo, se encuentre uno con que los textos parecen telegramas no siempre fáciles de entender. Al respecto me comentaba una vez Efraín Inaudy Bolívar, que él leía poco a los talleristas, porque no los entendía... "Y yo hace más de treinta años que dejé de sacar crucigramas", decía, para rematar su comentario.
En lo personal, nada tengo contra los talleres literarios. Defiendo el derecho de cada quien a ejercer libremente, y sin restricciones, su libertad personal. Les digo, eso sí, a los poetas jóvenes, que el mejor taller es trabajar diariamente, leer mucho, oír, oír, oír el lenguaje del pueblo y aprenderlo; no envanecerse ni creerse mejor que nadie. Y otra cosa: la poesía, cuando realmente es poesía, es universal; y el camino hacia la universalidad es cuesta arriba, por una escalera de peldaños infinitos. De vez en cuando, conviene sentarse a descansar y aprovechar el momento para regresar a la infancia y comenzar a escribir de nuevo...
José Joaquín Burgos
*Poeta y narrador
Revista URTEXT Nº 1.
Publicado originalmente en el número uno de la revista Urtext .
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José Joaquín Burgos
(Guanare, 1933 – Valencia, 2017)
Poeta, ensayista, narrador, cronista, novelista y docente. Estudió primaria y secundaria en su ciudad natal. En 1957 egresa del Instituto Pedagógico de Caracas como profesor de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas, mención magna cum laude. Colaborador en diversas publicaciones periódicas venezolanas: Surcos, Guanaguanare, Simiente, El Imparcial de Portuguesa; Antena (Zaraza); Avance, Occidente de Mérida; Revista del Departamento de Literatura del Pedagógico de Caracas. Miembro fundador del Ateneo de Guanare y del Ateneo de Maturín, ciudad donde residió varios años dedicado al ejercicio profesional.
Fungió en la Universidad de Carabobo de editorialista del semanario Tiempo Universitario. Fue asesor literario de la Revista Laberinto de Papel , de la Universidad de Carabobo. También, columnista de los Diarios El Regional, El Carabobeño y El Nacional. Fue directivo durante más de 15 años del Colegio de Profesores de Venezuela y presidente de la Asociación de Escritores de Carabobo; miembro fundador de la Fundación del Libro Carabobeño, Vicepresidente Ejecutivo de la Editorial Cubagua del Ateneo de Valencia, y Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo. En 2016 fue designado Cronista de la Ciudad de Valencia, ciudad que adoptó y por la que fue adoptado como uno de sus hijos más ilustres.
Fue un escritor mayor con amplia ciencia y diestro arte de navegación por el delta de los géneros: la poesía, el ensayo, la narrativa, la crónica. Mostraba abiertamente su sencillez y disponibilidad, capacidad de escucha y se destacaba por su doble vocación de poeta y educador. Fue uno de esos creadores que no se fatigó nunca a la hora de historiar, escribir y hablar.
Obra: Narrativa: Por aquí se escuchan las pisadas del tiempo 1976. El Pozo del Arcoíris 1995. Torreparque 1988. Don Juan de los poderes 2003. La ciudad novelada 2006. Tres Ases 2007. Las Murallas del Reino 2007. Poesía: Ronda de Luz 1956. Cuadernos Cabriales 1957. Los días iniciales 1963. Guanare siempre 1973. El unicornio 1991. Guanare Piedra Luz 1993. Coromotanías 1994. Piel de Sueño 1996. Cansancios de orilla 2012.