La realidad de estas narraciones del Oeste se muestra
en el talante del forastero que ocupa el relato, sin reincidencia a manera de
serie. Si el personaje entra y sale de la peripecia novelesca, dispuesto a
repetir los hechos, no se trata efectiva y eficazmente de un protagonista de
esta forma del relato en sus maneras más nobles. El personaje queda desusado en
el final de una novela del Oeste exigentemente típica. (En la novela policiaca
el investigador, aficionado, detective o profesional, puede aparecer —como
hemos visto— a través de multitud de obras, de casos. La verdad es que el
detective no participa en la novela más que como ordenador, en tanto que el
forastero actúa como justiciero y como enamorado. El detective no se gasta,
permaneciendo al margen, en tanto que el forastero toma parte, se embarca en el
asunto. Si el caso con que se enfrenta el detective suele ser el más difícil de
toda su vida en cada ocasión, el forastero suele ser el mejor tirador de un
contorno más o menos amplio.)
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| El caballo, testigo de todas las películas del Oeste |
El recién llegado suele encontrarse con una población
en desorden, o al menos con unos desórdenes que el forastero soluciona más o
menos sangrientamente. Esta actitud conmueve al poblado y a los ranchos de
alrededor, de tal manera que alguien puede llegar a interrogarse sobre lo
ocurrido:
—¿Cuánto tiempo hace que vino? ¿Una semana? ¿Un mes? Y
toda la región ha cambiado. ¡Es extraño!
La llegada del forastero cumple decisivamente con la pacificación
de un grupo revoltoso que lleva en vilo la tranquilidad de la pequeña población.
De esta manera, su llegada al villorrio, sin una referencia a su pasado,
ejerce una radical influencia sobre todos y cada uno de los moradores. Es en el
poblado donde le nace una vida nueva, posiblemente más limpia que la
anteriormente vivida. Hay que tener en cuenta que el forastero se ha enamorado,
y que en estas novelas del Oeste el amor es decisivo para la vida del
protagonista.
Comúnmente, el protagonista pertenece al mundo de los
vaqueros, es un cow-boy, raramente un agricultor; aunque puede ocurrir que el
vaquero se muestre como un apóstata, defendiendo al cultivador frente a los
suyos. Como he señalado agricultor y vaquero son antitéticos. El agricultor es la
parte mas débil, porque lleva siempre las de perder, construye una casa y cerca
el terreno.
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| El ferrocarril importa mucho en estos relatos, para ser asaltado, o para enfrentarse con él cuando quieren hacerle pasar por las tierras de alguien |
La lucha se declara, y el forastero va perdiendo sus
calidades de forastero conforme avanza el paso del relato. Si el personaje llegó
desnudo de relaciones, estas le van surgiendo sucesivamente. Y hay un instante
en que el forastero deja de serlo, aunque todavía no se trata de un habitante más.
Una vez que la discordia se borra, que los culpables fueron apresados, la
agresividad del forastero va desapareciendo. Se casa con la chica y vive allí
en el rancho, o en el villorrio ejerciendo una saludable influencia en las
relaciones de todos. Esto ya se sale del relato, de la lectura. Ha cesado la
inseguridad. Solitario, sin vinculaciones a la hora de llegada, justiciero,
vengador, el forastero se ha convertido en el enamorado. De recién llegado ha
pasado a residente, a vecino.
Otro personaje importante del relato del Oeste es la
chica. Hija de un ranchero, maestra de escuela, hasta muchacha del saloon, se enamora del forastero silenciosamente. La
aventura sale al paso del forastero, pero más bien como un fortuito descanso en
el camino, sin ligazón firme. Es la chica quien le encadena al poblado, quien
le dota de residencia haciéndole abandonar el nomadismo que hasta entonces
practicara. Puede ocurrir que, a ciertas alturas del relato, la chica sea
raptada por la banda consabida, o por el hombre malo, otro de los consecuentes
elementos del relato, porque el real antagonista del hombre malo no es el
forastero sino la chica buena. Ella es quien le dota de permanencia, quien le
hace no ser personaje de paso, azaroso viajero en una zona de lucha y de
violencia.
El hombre malo en la novela del Oeste suele dar la cara.
Se trata de alguien conocido —y en esto se diferencia del culpable en la novela
policiaca—. Aquí el tipo, en lo que tiene de golpe, de señal, alcanza una gran
importancia, y suele ser señalado de antemano. Jugador, cuatrero, pistolero, el
hombre malo se sitúa como antagonista declarado, excepto raras ocasiones en que
permanece misteriosamente oculto.
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| Rancho Drácula una novela del oeste de Silver Kane (Francisco González Ledesma) encuadrable en el subgenero Weird West |
En tanto que el hombre malo rara vez se presenta solo,
y su acción culmina en el mandato de la banda, el forastero carece de
seguidores, abandonado casi siempre a sus propias fuerzas, y todo lo más a un
cortísimo numero de comprometidos. Este es un relato de buenos y malos, donde
la dialéctica elimina el silogismo para plantearse a tiros de revolver o de
rifle.
Es que la autoridad del poblado no tiene excesivo
poder, y en la actuación del forastero, junto con la defensa de la chica buena,
está la necesidad de cortar el desorden público. La autoridad de sheriff apenas
cuenta, e igualmente cualquiera otra forma de orden más o menos personalizado.
No siempre el sheriff pertenece a otro bando, pero puede estar acobardado, y al
fin dominado por aquél. El fracaso de la autoridad más o menos pública, obliga
a considerar como necesarias estas maneras de la justicia privada, que en
ocasiones da lugar al linchamiento.
Pero no olvidemos a un valioso personaje zoológico que
destaca en esta clase de relatos; estoy refiriéndome al caballo. Se trata de
una historia donde casi todos los personajes van a caballo. El caballo
individualiza al personaje, lo destaca, le da arrogancia, siendo además el único
vehículo utilizable en ciertas zonas del país. El tren, la diligencia, la
caravana incluida, mantienen al personaje en situación gregaria. A caballo, el
personaje, aun acompañado se aísla. El vaquero une a su persona caballo, silla,
revólver, rifle, lazo, como partes accesorias, pero cargadas de sentido en su
personalidad, porque son los bienes muebles de este singular nómada. El
vaquero, desarmado, pierde autenticidad, aunque alguna vez se sirva de los puños,
pero son las armas quienes realmente cuentan, pues en un mayor número de
ocasiones la pelea se plantea tras la huida como persecución. En los grandes
espacios la lucha no puede entablarse con el puño, y es necesario usar, según y
como, el revólver, el lazo o el rifle. A través de la gran pradera del lejano
Oeste la lucha cuerpo a cuerpo solamente será posible en una difícil última
instancia.
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| Ledesma y Estefanía en la editorial Bruguera |
De lo que no cabe duda es que el sheriff,
representante de la ley, solamente alcanza su plenitud de facultades cuando
quedan unidos sheriff y forastero en un mismo personaje, cosa no demasiado fácil.
Como buen héroe romántico, el forastero no cuenta con la ley oficializada. Ni
el sheriff, ni el juez, el alguacil o el fiscal tienen para él realmente un
significado. Además, todo hay que decirlo, el ciudadano tiene poca importancia
en estos relatos, al menos como personaje activo. Mitad beduino, mitad vikingo,
el forastero es el personaje que caracteriza este género literario al fin, el nómada
a punto de rendirse por la bella figura de la chica buena, el personaje que un día
entra en el poblado y se queda luego en él, residente por matrimonio. Claro está
que la boda, como acto social, no es cosa de este tipo de novelas, y pertenece
habitualmente a la novela rosa, que trataremos de aclarar después.
Ya hemos ido repasando los elementos humanos
participantes en el asunto. Ahora lo que vamos a tratar de perseguir, a tratar
de aclarar es lo que pasa, el suceso, la peripecia novelesca cuyo transcurso es
lo que cuenta, lo contado en la narración.
¿Qué ocurre, qué suele pasar en una novela del Oeste?
Un hombre llega a la ciudad pequeña, al poblado intranquilo, sometido al
terror o al mando de un indeseable, donde el sheriff apenas cuenta. Los causantes de esta incomodidad o terror son
el hombre malo y sus secuaces, la banda, la cuadrilla. La chica buena puede ser
la hija del hombre malo, o de alguno de sus subordinados, o la maestrita.
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| Portada de la novela El valle que quedó en el olvido de Lou Carrigan |
Luchas, secuestros, largas persecuciones, elásticos
saltos, tiroteos, muertes. Se pretende que el forastero siga siéndolo, y a ser
posible que se marche con su caballo a otra parte. El forastero dispara sobre
el contrario, pero no con la intención de matar si es posible no hacerlo.
Tratará de ponerlo fuera de combate, de echarlo fuera de la lucha, del ring. Habrá
largas cabalgadas, aprisionamientos y fugas, luchas a mano armada. Hasta puede
que haya un tesoro, producto del asalto a un banco o a un tren, que quiera ser
recogido o descubierto.
La novela del Oeste más común no suele contar
realmente con el indio; Mac Leod Raine, Haycox, Brand, entre otros, no ponen el
indio apenas como personaje. Son dos blancos los que se enfrentan, a todo lo más
un mestizo y un blanco. En estas novelas la muerte cruza por todas partes,
acechante. El amor no adquiere plena importancia hasta las últimas páginas del
relato, cuando el peligro ya ha pasado. En la novela policiaca la muerte se
plantea a la manera de un enigma que resolver, todo el relato está apoyado en
un mundo de relaciones insospechadas. Sin embargo, en la novela del Oeste hay
una reiterada participación del azar. Aunque al final gane el vaquero, el
bueno, frente al hombre malo, la lucha se cumple azarosamente. El forastero,
ese Lohengrin a caballo, apenas entrevisto, puede ya el lector situarse
tercamente a su favor, porque habrá de salir bien librado de la aventura.
En muy contadas ocasiones muere este forastero, porque
mientras la narración está sucediendo el vaquero no puede morir de ninguna de
las maneras, porque es él, reiteradamente, la narración que cruza ante las
entendederas del lector. En otros relatos el héroe llega a su cúspide cuando
muere. Pero la novela del Oeste se refiere a intereses morales, a una lucha
entre buenos y malos, donde el bueno no puede acabar en el martirio sino en la
victoria.
Los muertos de este compartimento novelesco lo son por
arma de fuego, nunca por el veneno —artefacto corriente en la novela
policiaca—. Aquí el rastro se determina desde la dirección, pero nunca en función
decisiva de descubrimiento, porque la pesquisa del vaquero es faena distinta a
la del detective, y lo que realmente importa es la felicidad y la justicia, no
el descubrimiento del criminal y como pudo cometer su crimen. La verdad es que
se trata de esquemas sencillos y constantes dentro de un territorio que sube
hasta Alaska y desciende hasta México, abarcando Oregón, California, Idaho,
Tejas, Utah, Arizona, Montana, Wyoming, Colorado, Nuevo México, Sonora y
Oklahoma, poco más o menos.
Novela de aire libre, de llanuras y montanas, de
pequeños poblados con una sola calle, donde el forastero se enfrenta con el
forajido, y donde el recién llegado va trocándose lentamente en el enamorado.
No se trata de una novela realista, a pesar de que el lenguaje del cow-boy se
perfeccione hasta llegar al Slang, a su piano particular
de expresión.
En ocasiones, sin excesiva importancia en cuanto al número,
el personaje protagonista puede llegar hasta la posibilidad de aparecer en una
serie de historias. En esta ocasión el forastero se desvincula de la peripecia,
y ordena el pequeño mundo agresivo para marchar hacia otra parte. Es el nómada
que no llega a habitar en ningún lugar ni a enamorarse con vistas a la boda.
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| El Coyote de José Mallorquí |
Los temas del Oeste han tenido sus autores, diría que
sus cultivadores si no pensara que el agricultor es sobrepasado como protagonista
por el ganadero. Desde muy distintos territorios y nacionalidades se han ido
escribiendo novelas del Oeste, al menos con una singular precisión dentro de lo
contado, sin necesidad de las traducciones.
El Oeste es, concienzudamente, una época histórica. No
es solamente un espacio, sino también un tiempo, pero es sobre todo un tiempo
que ha pasado, sin posibilidad de supervivencia real, inserto en el mas puro
sueño, y quizá también en la nostalgia auroral que cada hombre lleva en la
memoria del corazón.
Se trata de un género —¿por qué subgénero?— con unos
esquemas sublatentes siempre, como la huella de un tiempo extinguido sobre
cuyos moldes resulta posible situar un signo de realidad lo que no puede ser de
veras. Tampoco, aunque sus tipos se rezaguen en el tiempo, puede decirse que se
trate de una novela histórica. Quizá lo más importante de estas novelas,
escritas a la altura que hayan podido ser escritas, es el más eterno sentido de
la pugna: los buenos y los malos, en que los buenos son menores en número. Éste
es el gran aspaviento de un género que admite su subgénero como puede admitirlo
el tratado de la construcción o los temas de cibernética. También vale para el
hombre, porque el subhombre es hombre, y no dinosaurio.
Este es un tema fronterizo que es,
posiblemente, el tema con más viva repercusión en la profundidad del alma
humana. Un tema fronterizo que va ensanchando un territorio hasta llegar al
otro lado de un gran país.
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| Unas faldas y una horca de Silver Kane. Fijense en la advertencia que dice: Solo mayores de 18 años |
Por otra parte un
anhelo de originalidad seria la mayor rémora, y así es siempre la historia que
vuelve a ser contada, con escasas variaciones, como los viejos romances
castellanos, entre galopadas, estampidas, y la botella de whysky abierta sobre
el mostrador de los saloons. Se trata de un mundo herméticamente
cerrado, cuya paradoja está en su situación a bordo de una amplia naturaleza,
de grandes extensiones de terreno. Pero siempre en el territorio de la repetición.
Los niños no admiten que se les cuente un cuento de otra manera que aquella que
ellos conocen, y rectifican al narrador cuando trata de poner de su parte
alguna variación aunque sea mínima.
En plena puerilización de lectores, el relato del Oeste no debe salir de su
cauce en unos esquemas cumplidos en innumerables ocasiones.
No
es el país de irás y no volverás, sino el país de donde siempre se vuelve. Es
el país del lejano Oeste, con sus millares de habitantes junto al siglo XIX,
con sus ranchos y sus villorrios, dando lugar a algo que navega los anchos
mares de la hazaña, desde una retórica menor sin la grandilocuencia de la
epopeya mayor. En sus páginas, donde el arte quizá no llegó a rozar con las
puntas de sus dedos, va surgiendo un mundo que esta en otra parte del mundo,
portador de una extraordinaria capacidad de posibilidades para ser referido a
un público mayor que muchos otros públicos lectores.
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| El Coyote de José Mallorquí en Ediciones Forum |
Su destino quedará
cerrado cualquier día como novedad, pero persistirá en tanto que memoria,
cuando grandes ciudades se alzan en aquellos lugares a medio poblar, o en la más
absoluta naturaleza. En tanto que los caballos desaparecen lentamente
abandonados a su mala suerte, en singulares reservas donde van reduciéndose apretadamente y sin remedio.
Francisco Alemán
Sainz
Para despedirnos el tema de la serie televisiva Bronco
que era transmitida por Venevisión