Mostrando entradas con la etiqueta Mariano Picón Salas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mariano Picón Salas. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de diciembre de 2025

«Nochebuenas, allá lejos» de Mariano Picón Salas

 

 

Imagen tomada de aquí

Estimados Liponautas


Hoy le haremos llegar un texto de Mariano Federico Picón Salas (Mérida, 26 de enero de 1901 - Caracas, 1 de enero de 1965) dedicado a la navidad. No es un relato ficticio sino una crónica personal, la transcripción de una vivencia hecha recuerdo. 



La crónica fue tomada de la “Antología de cuentos navideños venezolanos” de María Elena Maggi (1985)



Mariano Picón Salas cerca de 1940.


*******



Quizás la primera Navidad que recuerdo y en la que tengo la impresión de que comenzaba la vida, es esa —¡tan lejana!— en que los venezolanos supieron que había caído Cipriano Castro y subía al poder, Juan Vicente Gómez. Toda noticia circula rápida por los caminos de Venezuela en la actualidad, pero hace cuarenta y tantos años en un país atrasado diríase que se detenían morosa­mente en los venerables postes de madera del telégrafo provincial —venturosamente desaparecidos—, postes que en la verde latitud de Mérida florecían de orquídeas y servían de nido eventual a los pájaros errantes. ¡Cuántas noticias morían en el pico de las go­londrinas!


Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro


Pero aquella Navidad debió ser especialmente patética, porque además de los comentarios políticos de mis tíos, en los corredores de las visitas que entran, salen y cuchichean, con­mueven la casa los quejidos del abuelo enfermo, afectado de terrible dolencia que acabaría con su vida después de Año Nuevo. Tuve la impresión —a causa de tantas cosas serias— de que los presentes que depositaron los Reyes Magos en mis zapatos, obede­cían más a cortés convencionalismo que a entusiasmo auténtico. Quizás, desde entonces, perdí la fe en los Monarcas y empezaba a deshacerse y pulverizarse un encantado mito infantil. He querido conciliar, difícilmente, el impulso poético y el espíritu crítico.


A pesar de todo, los días eran hermosos con la insólita frescura y transparencia que pinta diciembre en nuestra cordillera; los pi­cachos de la Sierra Nevada se engastaban en el más despejado co­balto; las matas de granados, guayabas y chirimoyos del solar es­tallaban su mejor carga olorosa; el azulillo con que las criadas fro­taban la ropa diríase que también había bajado del cielo, y la luz tan clara y dulce invitaba a una incesante romería de pájaros. Reconocía las ‘‘chupitas” merideñas, un poco monjiles y pesadas en su vestido gris y los flechantes colibríes, de estupendos verdes, a veces estriados de rojo, que parecían dispararse en busca del sol.


Don Emilio Maldonado, meteorólogo de la ciudad hubiera podi­do telegrafiar a Caracas: “Temperatura media, 17 centígrados; cielo despejado; no hay cirrus en la región”. Para gusto de un ni­ño y primer contacto con el mundo, había también en la casa el trabajo del ‘‘amasijo’’ y ver salir del hormo encendido los más azu­carados “mojicones’’ y rosquetes. Un olor de condimento criollo —de salpresa, vinagre, guayabita, aceitunas y pasas de Almería— brotaba también de las enormes ollas en que se preparaba el guiso de las “hallacas”


—¿Las comeríamos ese año, y celebraríamos la Navidad estando el abuelo gravemente enfermo?, fue todo un problema para lo que irrespetuosamente se puede dominar la Teología doméstica. Pero si se prescindía de la cena navideña de los parientes, era inhumano renunciar a una tradición tan largamente establecida como la de mandar hallacas a los presos. Era costumbre bondadosa de los días venezolanos de guerra civil donde los cautivos de hoy se convertían en los carceleros de mañana. O quizás un vestigio de la dulce tre­gua de Dios, aun en el peor tiempo de congoja, como en la época feudal. Para mí era primera lección de solidaridad humana, ese vínculo y comunicación de almas que desde las palabras de Cristo en Canaán pretende acercar a todos los hombres: sean publicanos y bárbaros, heréticos y fariseos, nacidos en Jerusalén o nacidos en Samaría.


(Antes de ver castillos europeos y piedras lejanas, el cuartel de Mérida con sus portalones añosos, su larga balconería, empinada garita y astabandera, me daba una sensación de extrañeza. Como todos los chicos de la ciudad quería asomarme a la plaza en las ho­ras de relevo de las guardias, cuando ululan las cornetas y los sol­dados hacen su cotidiano ejercicio. En la pobreza de entonces, el Cuartel servía de cárcel y paraban allí con sus historias de pe­queños o grandes crímenes rurales, los presos de todo el Estado. Algunos eran simples peones de las haciendas que un domingo bebieron demasiado “miche” para concluir la fiesta a cuchilladas. Torva y triste crónica de miseria, aguardiente y analfabetismo. Y fue como la más sorpresiva aventura acompañar a un viejo sirvien­te de la casa a entregar las hallacas en el presidio. Aprendí a cono­cer —ya tan niño— lo que son los trámites burocráticos, cuando después de recorrer las arcadas, hablar con un sargento que arrellanado en su silla de suela, masca chimó; ver nuevos soldados y pa­tios y las rejas lóbregas de los calabozos al fondo llegamos hasta el “cabo” que se hizo cargo del obsequio. Y como se debiera ser profesionalmente agrio abrió la tapa de la olla y dijo con cólera: — “¿Con que hallacas?— Aja. Preso no conoce Nochebuena”. Algo de las más irredenta sevicia, no alumbrada todavía por el despertar de la conciencia moral, se me hizo presente en ese ins­tante. Era como una tempranísima invitación para leer a Dostoievski que sólo conocería muchos años más tarde. Pero para mis farsantes conversaciones con los muchachos de la escuela, tenía una singular historia que contar. Acaso me mirarían como los toscanos a Dante después de su fantástica jornada tenebrosa. Muy pronto había descubierto que también había “otro mundo”, no sólo en el Cielo de los ángeles o en las profundidades infernales, sino a pocas cuadras de mi casa).


—¿Qué tiene que ver esto con la Nochebuena? Todo se funde en la unidad compleja de las primeras emociones. A nadie se le pre­senta el mundo como cuadro aislado y separable, al modo de esas narraciones y descripciones que escribían los costumbristas. Yo no hago costumbrismo sino busco la raíz de mi ser, el río de la con­ciencia a donde afluyen —conmoviéndonos o asustándonos— las palabras de los parientes, la diana del cuartel, la bandera flotando en su asta, o el continuo y maravilloso vuelo de los pájaros por el cielo de Mérida. Y el olor de las hallacas, del vinagre y de la sal­presa.

Imagen tomada de aquí.

También sonarán los valses y pasillos que tocaban en sus ‘‘sinfonías de boca” los adolescentes de entonces; las charangas de ‘‘tiple’’ y “requinto” que recorrían las calles de la ciudad; los cla­rinetes de la banda del Maestro Gil, Antonio Gil; las campanas de la Catedral próxima que repicaba tan jubilosamente el inolvidable Juan el Campanero; el estallido de las ‘‘recámaras”, “triquitra­ques” y “buscapiés” que preparaban para las fiestas los señores Maldonado, magníficos polvoristas de la región. Debieron tam­bién llevarme a ver aquella séptima maravilla de Mérida —que he descrito otras veces— y que se llamaba el pesebre de las señoritas Chaparro.



Una especie de Historia Sagrada traducida a nuestro clima, per­fumada con las flores, laureles, dictamos, incinillos y frailejones de la alta Serranía, esculpida en rural anime, se volcaba sobre nuestros ojos. Pensaba que desde que ellas fueron jóvenes hasta que las conocí viejecitas, no cumplieron empresa más santa y me­jor que multiplicar las figuras y adornos de su Pesebre. No había otro comparable en toda la región andina. Desde que Eva nace de la costilla de Adán y muerde en el árbol de la Ciencia una manza­na que parece más bien venezolanísima lechoza, siguiendo con el sacrificio de Isaac, y la escala de Jacob hasta llegar a las más dulces historias del Nuevo Testamento. Pero santos, profetas y patriarcas de anime, parecían con sus “chapas” parameñas, sus ruanas y sombreros, personas que uno ha visto en la plaza del Mercado. Y todos los caminos del Pesebre por donde ahora viajan hacia Belén los Reyes Magos, se parecen en sus cuestas ocres, musgosos desfila­deros, casitas blancas para amarrar las cabalgaduras y descansar un poco, a todos los caminos de Los Andes. ‘‘Vienen pidiendo posa­da”, decía un cantar navideño.


Después otras Navidades pasarán con igual música de ‘‘tiples’’, violines y requintos y tintineo de campanas desde la torre más blanca de la Catedral, por el mundo de mi fantasía en formación. Era yo —¿será pedante decirlo ?— como alebrestado río joven, co­mo esos ríos de la Cordillera que beben en cada cumbre, en cada vertiente, su tributo de aguas blancas, saltarinas y cabriolantes. Y van saltando y relinchando como bonitos caballos capinos hasta encajonarse en los valles. Mueven las ruedas para la molienda del trigo y el descerezo del café. Arrastran flores en la primavera andi­na como jóvenes Dionysos. Es agua báquica, desperdiciada y gozo­sa, pasión de ventisquero, como la llegada de la adolescencia.


Ya maduraba el tiempo oloroso de los primeros amores. Huelen a cla­vel rojo las noches de Mérida, y tímidamente los ofrecen las niñas ‘‘con su significado’’. Brincan las estrellas más azules que fosfore­cen, sollozan y se queman, en los arbolitos de fuegos artificiales que siguen fabricando los polvoristas Maldonados. ¿No ocurre igual, con nuestro corazón un poco titilante? Francesca Bertini en­seña su pelo largo, su espalda danunziana y sus tragedias meri­dionales en los cinematógrafos de la provincia. Con otros muchachos comentamos ya versos de Rubén Darío y de Juan Ra­món Jiménez. Ha concluido la guerra europea; quizás se haga me­jor el mundo y es hora ya de afeitarse en la “Barbería Moderna” de don Rafael Puente y de mandarse a hacer un traje en la “Sastre­ría Italiana” de don Francisco Emanuele.


—¡Cómo se asocian de modo tan curioso a la historia de mi adolescencia! Don Rafael murió hace pocos años, cortando hasta el úl­timo momento, las barbas de tres o cuatro generaciones de merideños. Era buen caballero de una época amable, despaciosa y con­versadora. No sólo su magnífica barbería de grandes espejos, con­solas de mármol y variado tocador ofrecía “honradez, aseo y escru­pulosidad en el despacho” (como decía en sus avisos), sino era, a la vez sala de tertulia y biblioteca pública. Siempre pensé que en su profesión de barbero activo don Rafael escondió un poeta, por­que sembraba de revistas literarias y libros de versos las repisas y mesas de su establecimiento. Leía a Rubén Darío y a Enrique Gó­mez Carrillo.


La barba bien rapada en la “Barbería Moderna” de don Rafael Puente y el ‘‘smoking’’ con solapa de seda que me cor­té en la ‘‘Sastrería Italiana” de don Francisco Emanuele son el símbolo primario y elemental de esa nochebuena de la adolescen­cia en que nos jactaremos de hombres, casi emancipados, en el primer baile, y una linda muchacha que hasta entonces sólo vimos de lejos se reclinará en nuestro hombro. ¡Y qué torpes, afectadas y hermosas las palabras que le decimos, que ya tienen poco que ver con las bellas palabras de los libros!


Para el adolescente fabulador todas las estrellas señalan la ruta de Belén. Estamos a la espera de un milagro y nos abandonamos a la dirección que indica el lucero. Si la vida no nos hizo reyes orien­tales, nos incorporamos al cortejo como los pastores que oyeron el divino canto y llevaron también la mirra —no menos preciosa— de su humildad y sus sueños. Eran “los hombres de buena volun­tad; los hombres pacíficos” a quienes convocó el Ángel.


Después, Mérida y yo seguimos creciendo, y quizás nos torna­mos más cosmopolitas. Sólo la Sierra cesó de empinarse, y cual­quier cambio en su tamaño lo advertirían los hombres dentro de cuarenta siglos. Las aguas que bajan de sus vertientes, la siguen ci­ñendo sus collares de infinita albura. Hay todavía pájaros y mari­posas, menos mudables que las generaciones humanas. Con las Señoritas Chaparro la ciudad enterró la mejor y más animada tra­dición de sus pesebres navideños. Los jóvenes ya no se rapan las barbas y leen libros de versos en la imponderable “Barbería” de don Rafael Puente. Entre esas nochebuenas de allá lejos y las de ahora, ¡qué frontera de nieblas, de oscuros cirros, de cambio y de soledad



Enlaces relacionados:


JESUS, JOSE Y MARIA. Un cuento de Oscar Guaramato



Las entrelineas de Salvador Garmendia



UN AÑO MÁS, UN AÑO MENOS,

por José Pulido



NOCHEBUENA en un CAMIONCITO




EL REGALO DEL NIÑO JESÚS A LOS REYES MAGOS,

por José Pulido




RUTA DE LOS REYES MAGOS 2024 EN VALENCIA, LA DE VENEZUELA




Robert Louis Stevenson: La gentileza y la jovialidad superan cualquier tipo de moralidad, pues son deberes perfectos y solo quien se engaña a sí mismo encuentra satisfacción continua




NATIVIDAD DEL AUSENTE




CENA NAVIDEÑA.




Un recuerdo navideño de Truman Capote




EL NUEVO AÑO QUE SALE DE TI

Un mensaje de este mundo de José Pulido



Yo por 20 chelines…

Un Cuento de Navidad muy económico.

Por PacoMan



Happy new year:

Un poema de Julio Cortazar




LAS UVAS DEL TIEMPO




Del Año Viejo, del Año Nuevo y de como los trámites burocrático romanos influyen en nuestra vida en el siglo XXI




CÓMO CELEBRÉ EL FIN DE AÑO LUNAR

por Lin Yutang



RUTA DE LOS REYES MAGOS 2022 EN VALENCIA, LA DE VENEZUELA



POR SI PIDO MI NIÑO JESÚS.

UN POEMA DE FÁVER PÁEZ



Los Gordos de Navidad:Consuelos para tontos



La Navidad de Snoopy y Charlie Brown



Navidad Desolada, de Jules Laforgue




La Navidad es el misterio del amor que nos transforma.



La adoración de los Reyes Magos






Los tres reyes magos. 
  
 Un cuento de Manuel Aquiles Padrón G.



Happy new year:





Kogarashi en español es Pacheco




¡Feliz Navidad, gilipollas!





BUEN PASTOR: Una navidad con sabor a Far West





Belén. 





SOLSTICIO DE INVIERNO: 21 de Diciembre. 

YULE, LA NAVIDAD PAGANA


"Navidad en Ganímedes".
Un cuento de Navidad de Isaac Asimov



UN CUENTO DE NAVIDAD: EL REGALO por Ray Bradbury

 


Un cuento y un programa televisivo de Ciencia ficción: LA ESTRELLA, por ARTHUR C. CLARKE










Navidad… 






Una visión venezolana de la Navidad:











domingo, 21 de diciembre de 2025

«Historia de una Nochebuena triste» de Mariano Picón Salas

 

Imagen tomada de aquí


Estimados Liponautas


Hoy le haremos llegar un texto de Mariano Federico Picón Salas (Mérida, 26 de enero de 1901 - Caracas, 1 de enero de 1965) dedicado a la navidad. No es un relato ficticio sino una crónica personal, la transcripción de una vivencia hecha recuerdo. 


La crónica fue tomada de la “Antología de cuentos navideños venezolanos” de María Elena Maggi (1985)


Mariano Picón Salas cerca de 1940.




*******



La Nochebuena de aquel año se nos entristeció con la grave en­fermedad de mi abuelo. Parece raro que en esos días tan hermosos alguien pudiera morirse. Como se inauguraba un nuevo Gobier­no, y los venezolanos piensan que en un hipotético futuro está lo mejor, las fiestas religiosas se juntaron con las fiestas cívicas y en coloreados papelotes —azules, verdes o rojos— se programó el re­gocijo. Además de los aguinaldos cantados, de la gran misa de medianoche en la Catedral en la que pontifica el Obispo, de los pesebres con su fantástica muñequería en anime, de los globos y los cohetes que encenderían el cielo de Mérida, de la espumosa chicha y las comilonas de Navidad, otros y más extraordinarios es­pectáculos se ofrecían a los merideños; una gran cabalgata de jóve­nes y damas para la que ya se aprestaban los trajes y se había encar­gado las más decoradas sillas, plateados frenos y brillantes gualdrapas; un gran baile en el recién fundado ‘‘Club de las fami­lias” donde al amparo de la nueva política de concordia se de­pondrían pasiones y rivalidades; una corrida de toros en la Plaza de Milla donde nuestro impetuoso diestro Eloy Calderón sacaría, sin duda, alguna oreja; y serenatas con requinto cuya música lán­guida y amorosa entibiaría las frías, pero muy serenas noches de la ciudad.


Consultas de los últimos figurines, de las novedades de la moda en Caracas, llenaban en todas las casas el alborozado prepa­rativo de fiestas. Y con mis ojos de niño que ya comenzaban a pe­netrar el misterio de la belleza, recuerdo de aquel tiempo lejanísi­mo la figura de algunas muchachas cuya silueta femenina terminaba en los altos sombreros decorados de colibríes y plumas que eran precisamente los sombreros del año 1909, en los zapatitos Luis XV y la gracia con que sus manos llevaban y movían las sombrillas de raso que entonces se usaban.


Era una época de largas y sedosas cabelleras femeninas y de bustos henchidos, de milagro­sa redondez, donde entre los encajes que los cubren, ofrecen su forma y prolongado olor, los jazmines y los claveles reventones. El enigma de la mujer pasa ante mis sentidos de niño en una única y totalizadora sensación de fragancias, de ojos negros, de bocas rojas y uno como aliento —no sabría llamarlo de otra manera— que emana de la vecindad de aquellas damas. Tengo ocho años y toda­vía me besan. Perfumes del tiempo: “Houbigant” en su estuche carmesí; “Peau d’Espagne” en su estuche amarillo que asociaba, no sé por qué, con aquellas rosas “yema de huevo’’ que son tan lindas en Mérida: “Coeur dejeanette” en su frívolo estuche azul.


Ansiaba ya ser hombre para colear un toro en las famosas y he­roicas coleaduras de la Plaza de Milla, para adquirir del “Catire Bravo’’ un potro de impetuosa rienda y pasar, caracoleándolo, junto a la ventana de la muchacha que me guste. Ciertos misterios se me presentan a mi imaginación infantil: en voz baja he oído hablar (porque tengo las orejas muy finas y después pienso y rela­ciono todo lo que escucho) de las aventuras de mi tío Pedro, el más joven de mis tíos, por cuyas empresas de Tenorio penan algu­nas muchachas de la ciudad. Y cuando parecía que iba a casarse y a enseriarse con el último de sus cortejos, dio el escándalo de rap­tar a una hermosa morena de las que llaman “de orilla” y vivir con ella como a la vista de todo el mundo.


“Por las cosas de Pedro’’ han discutido largas horas mi abuelo y mi abuela. Y un día en que mis tías están asomadas a la ventana y yo cerca, es­cuchándolas, pasa por la calle, taconeando fuerte, y con un gran ramo de malabares en el llamativo traje azul, la peligrosa heroína de la historia. ‘‘¡Qué escándalo, niña!” dice una de mis tías a su hermana. “¡Qué atrevimiento inaudito!’’.


Imagen tomada de aquí

En un almuerzo de do­mingo, con la familia congregada, tío Pedro debe soportar la mu­da protesta de todo el clan. Come callado, y nadie le dirige la pa­labra; y con su último trago de café sale de prisa como si no aguan­tara la hostilidad circundante o más bien como si tuviese prisa de juntarse con su amiga. Formando un círculo cerrado, y no dejando acercarse a los niños, los tíos más viejos comentan después de co­mer, a la sombra de un granado del patio, el reprochable suceso:


—Está bien —dice uno de mis tíos— que tenga su queridita, ¿y quién de nosotros no la ha tenido?, pero que de ningún modo la luzca.


En el mundo de las mujeres, la travesura de tío Pedro encuentra mucho menor tolerancia. Es como si el pecado mortal, ya encarna­do y materializado, contaminase la casa. Y la sociedad de Mérida es inexorable en estos asuntos de amor ilícito. “Y sobre todo una muchacha que no es de su clase”. Para volver a tío Pedro al buen camino, mis tías se han propuesto invocar la protección divina en forma de mandas y de novenas. En aquella oración que rezan to­das las noches después del rosario, y en que se ruega por los cami­nantes y navegantes, por los esclavos y los cautivos —típica oración del siglo XVI perdida en nuestras montañas— puede agregarse el nombre de tío Pedro y de su amor obstinado.


Pero tan grave escándalo casi se olvidó con la enfermedad de mi abuelo. Desde hacía varios meses —y como en secreto— él se esta­ba poniendo sus inyecciones calmantes. El cáncer hacía en él su tremenda vida subterránea, llena de proliferaciones y de raíces. Es como uno de esos extraños organismos marinos —mitad planta, mitad animal— que creciera dentro de uno y se distendiera en brazos, en enrojecida vegetación invasora. Todos los venenos que uno acumuló en una vida bien gozada y bien comida, parece que se cristalizan en ese cáncer final.


Y aún hay cánceres latentes que están en nosotros desde el momento que nacemos como regalo de los antepasados y que van creciendo como la semilla de la guayaba hasta alcanzar en la vejez su terrible maduración rojiza. Los libros de medicina que siempre consultaba mi abuelo le enseñaron el proceso de su enfermedad. Y un día de los comienzos de aquel fa­tal diciembre —precisamente el último día que concurrió a la me­sa— dijo delante de todos:


—Este año, si acaso, me como mis últimas hallacas.


Y como para no asustarlo, hubo el propósito de seguir en los preparativos de las comilonas y las fiestas, con la tácita sospecha de que todo se frustraría.


Escúchase en el solar el cloqueo de los pavos gordos que para las comidas de Navidad ha traído el Mocho Rafael, de la Hacienda; se amontonan en la despensa los frascos de aceitunas, alcaparras, en­curtidos y pasas con que se condimentan nuestros agridulces man­jares de Pascua, y sabiamente mi abuela adelgaza y extiende aquellos finos amasillos de harina flor de que se hacen los bizcochuelos y “lazos” pascuales. Entonces hay que canjear obse­quios entre todas las familias, y mandarles piadosamente, tam­bién, sus hallacas a los pobrecitos presos y a los lazarinos del Hos­pital.


Pero mientras en la enorme cocina se realizan tan profusos pre­parativos, murmuran en voz baja las sirvientas:


—¿No sabes? Anoche se volvieron a oír en la ventana los tres to­ques de San Pascual Bailón.


—¿Y qué es eso? —pregunta una que desconoce los secretos del mundo sobrenatural.


—¡Bah! Los que se oyen en las casas cuando alguien va a morir. San Pascual anuncia para que se preparen.



Como aguardando que sonaran en el silencio nocturno los “golpecitos’’ de San Pascual Bailón, dejé de dormir muchas noches. Al otro día en la mesa del desayuno todos estaban con los rostros preocupados.


Ya para el 20 de diciembre empezaron y se difundían por el gran corredor de la casa, el hipo y los quejidos de mi abuelo. Quise verle —porque no me dejaban entrar— y al trasluz de una puerta le observé tendido sobre un rimero de almohadas, con el rostro alargado y amarillento, ese rostro que ya empieza a opacar la muerte, y llevándose la mano al pecho como para dirigir su an­gustiosa respiración.


 

—¿Es éste mi abuelo, el que contaba tan bonitos cuentos? —me pregunto desengañado.


Y como para no seguir pensando torné al silencio del solar, a la animada acequia, a ver los pájaros y los árboles.


Una mañana comienza ya en el dormitorio de mi abuelo, el es­tertor de la agonía. Como una música trágica e intermitente el rit­mo de su entrecortada respiración, la disnea final, puebla toda la casa. Del cuarto salen sombras asustadas y presurosas. Al lado de su lecho las mujeres encendieron la verde vela del alma, esa vela que tiene el color de los agonizantes, y un coro lúgubre empezó a recitar las Letanías Mayores. Llega a mis oídos el sordo abejoneo de los “Ora pro nobis” con que el coro concluye cada apostrofe.


La Muerte, de la que hasta este momento apenas había oído hablar, se materializaba para mí en la semipenumbra de aquella habita­ción, en el rostro de mi abuelo que parecía por momentos enfriar­se y desdibujarse. Y acaso el dolor de verle morir se me juntaba con la curiosidad de conocer la Muerte. Y embebido en su contemplación, en el lívido espectáculo que por primera vez conocía, casi no advertí cuando el coro de las mujeres comenzó a lanzar su convulsivo llanto.


Imagen tomada de aquí

Luego —en aquel día tan extraño y tan largo— veo unos hombres que conducen escaleras, piezas de zaraza negra, enormes cirios y plateados candelabros y parecen adueñarse del salón y los corredores. Con infantil inquietud quisiera participar en su traba­jo, pero bruscamente me apartan. Sobre los pilares del patio cuel­gan ya los mortuorios crespones. Los retratos y los espejos del salón también están enlutados. Me muevo entre las visitas que van lle­gando con sus trajes oscuros o me voy a la cocina donde las sirvien­tas preparan para el velorio grandes cántaros de café.



Cae sobre la casa, después, la melancólica semana del Novenario Como sombras pálidas, sumidas en los pañolones de su luto, avan­zan todas las noches las mujeres a rezar en la capilla fúnebre. Sen­tados en las alineadas sillas del corredor, los hombres ya fuman sus cigarrillos y hablan de los linderos de las fincas que dejó mi abuelo; del café y la caña que producen, de las tomas de agua que las riegan.


Privado de la compañía de mi abuelo, de la gracia y animación de sus cuentos, siento que se cierra un ciclo de mi invencionera in­fancia. Estoy ahora entrando como en un tiempo mucho más asus­tado y oscuro. Creo oírle en la insomne noche, pasearse por los corredores, golpeando el pavimento con la contera de su bastón, la noche densa, la noche, madre de toda fantasía, está ahí en el patio, en la callada y medrosa vigilia de las sombras y de las estrellas.


 Enlaces relacionados:


JESUS, JOSE Y MARIA. Un cuento de Oscar Guaramato



Las entrelineas de Salvador Garmendia



UN AÑO MÁS, UN AÑO MENOS,

por José Pulido



NOCHEBUENA en un CAMIONCITO




EL REGALO DEL NIÑO JESÚS A LOS REYES MAGOS,

por José Pulido




RUTA DE LOS REYES MAGOS 2024 EN VALENCIA, LA DE VENEZUELA




Robert Louis Stevenson: La gentileza y la jovialidad superan cualquier tipo de moralidad, pues son deberes perfectos y solo quien se engaña a sí mismo encuentra satisfacción continua




NATIVIDAD DEL AUSENTE




CENA NAVIDEÑA.




Un recuerdo navideño de Truman Capote




EL NUEVO AÑO QUE SALE DE TI

Un mensaje de este mundo de José Pulido



Yo por 20 chelines…

Un Cuento de Navidad muy económico.

Por PacoMan



Happy new year:

Un poema de Julio Cortazar




LAS UVAS DEL TIEMPO




Del Año Viejo, del Año Nuevo y de como los trámites burocrático romanos influyen en nuestra vida en el siglo XXI




CÓMO CELEBRÉ EL FIN DE AÑO LUNAR

por Lin Yutang



RUTA DE LOS REYES MAGOS 2022 EN VALENCIA, LA DE VENEZUELA



POR SI PIDO MI NIÑO JESÚS.

UN POEMA DE FÁVER PÁEZ



Los Gordos de Navidad:Consuelos para tontos



La Navidad de Snoopy y Charlie Brown



Navidad Desolada, de Jules Laforgue




La Navidad es el misterio del amor que nos transforma.



La adoración de los Reyes Magos






Los tres reyes magos. 
  
 Un cuento de Manuel Aquiles Padrón G.



Happy new year:





Kogarashi en español es Pacheco




¡Feliz Navidad, gilipollas!





BUEN PASTOR: Una navidad con sabor a Far West





Belén. 





SOLSTICIO DE INVIERNO: 21 de Diciembre. 

YULE, LA NAVIDAD PAGANA


"Navidad en Ganímedes".
Un cuento de Navidad de Isaac Asimov



UN CUENTO DE NAVIDAD: EL REGALO por Ray Bradbury

 


Un cuento y un programa televisivo de Ciencia ficción: LA ESTRELLA, por ARTHUR C. CLARKE










Navidad… 






Una visión venezolana de la Navidad: