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viernes, 13 de junio de 2025

Las escritoras negadas por el machista Boom latinoamericano


Rosario Castellanos, Elena Garro, Clarice Lispector, María Luisa Bombal y Silvina Ocampo





"Las mujeres no escriben. Y cuando escriben, se suicidan": las escritoras latinoamericanas durante el Boom


Elena Poniatowska es una de las escritoras de la generación del Boom que más reconocimiento ha recibido, aunque fue posterior. FUENTE DE LA IMAGEN,RONALDO SCHEMIDT/GETTY IMAGES




Juan Carlos Pérez Salazar, @JCPerezSalazar



1 septiembre 2016


El recuerdo es de Cristina Peri Rossi, la gran escritora uruguaya: "Había una biblioteca que para mi era fundamental, la de un tío mío -comunista, soltero, intelectual-. Tendría unos mil libros que fui leyendo en los ratos que él no estaba, porque los tenía en su cuarto (...). Un día me dijo, muy severo: 'Imagino que todavía no has leído todos los libros que tengo, pero sí te habrás dado cuenta de cuántos libros de mujeres hay'".


"Y le dije: sólo tres. Hay uno de Alfonsina Storni, uno de Safo y uno de Virginia Wolf. Y me respondió: 'Mmmm. ¿Y te leíste las solapas para ver cómo murieron?'. Le dije: las tres se suicidaron. Y me contestó: 'Bueno, aprendé: las mujeres no escriben. Y cuando escriben, se suicidan".

Alfonsina Storni. Imagen tomada de aquí.


Cristina pertenece a una generación fabulosa en las letras latinoamericanas, la que empezó a darse a conocer en la década de los 60 y explotó en toda su dimensión en los 70. La generación que hizo que muchos críticos y lectores consideren a la de América Latina como la gran literatura mundial de la segunda mitad del siglo XX.


Pero es posible que muchos de esos lectores y críticos, si se les pregunta por algún nombre de la época, mencionen a los sospechosos de siempre: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, José Donoso o Guillermo Cabrera Infante.

Todos hombres.



La leyenda dice que la poetisa Safo de Lesbos acabó con su propia vida. Pintura de Safo por Karl Agricola


Camadas extraordinarias

Pero paralela a esa extraordinaria camada de escritores -y muchas veces entrelazada a ella- había también un grupo excepcional de escritoras, muchas de las cuales incluso ahora solo son conocidas en sus países. Y a veces ni siquiera en ellos.

Clarice Lispector


Un rápido repaso mental de las más conocidas nos da, además de Peri Rossi, a las mexicanas Elena Garro, Rosario Castellanos y Elena Poniatowska; la argentina Luisa Valenzuela, la colombiana Albalucía Ángel y las brasileñas Nélida Piñon y Clarice Lispector. Y faltan muchas.

Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes son dos de los más grandes escritores latinoamericanos.



La escritora mexicana Carmen Boullosa ("Las paredes hablan" y "La mano de Lepanto"), de la generación inmediatamente posterior, es una apasionada del tema y recuerda bien esos años.

La escritora mexicana Carmen Boullosa, de una generación posterior al Boom
Foto de JUAN BARRETO. 



"Me acuerdo que mi librero, cuando yo era jovencita, por supuesto que tenía a Donoso, García Márquez, Cortázar, Reinaldo Arenas. Muchísimos varones en español. Y tenía muchas autoras de otros idiomas: Katherine Mansfield, Virginia Woolf, Anaïs Nin, Emily Brontë, que habían alcanzado el prestigio literario para llegar al inocente librero de una jovencísima escritora.

Rosario Castellanos. Imagen tomada de aquí.


"En cambio, no tenía -y ahora que lo pienso me parece casi un crimen- a Rosario Castellanos, que fue una grandísima autora estrictamente contemporánea a la gente del Boom... (La novela) 'Los recuerdos del porvenir' la publicó Elena Garro en 1963 (el mismo año que Cortázar sacó "Rayuela" y Vargas Llosa "La ciudad y los perros"). Y el Boom no las tomó a ninguna de las dos. Ahí es donde uno ve que es mucho el asunto de género".

Imagen tomada de la BBC 

"Porque es verdad que Elena Garro estaba más loca que una cabra, puso los pies donde no tenía por qué ponerlos, pero no fue el caso de Rosario Castellanos, que era muy respetada, embajadora de México en Israel. Murió en 1974, o sea que hubo tiempo para que la levantara el Boom. Y no lo hicieron".


"A uno lo suicidan"


A la colombiana Albalucía Ángel, un hombre también le habló de suicidio, aunque de una manera muy diferente a la del tío de Peri Rossi.


En una entrevista que le hice hace algunos años, Albalú (como la conocen en Colombia) contó lo que le dijo su amigo Álvaro Cepeda Samudio (escritor colombiano, gran compinche de Gabo e integrante del famoso grupo barranquillero de La Cueva), cuando ella estaba en medio de una crisis por la presión y el rechazo que sentía por haber decidido ser escritora.


"Me dijo: 'No te dejes engañar, no te dejes suicidar'. Yo no le entendí. 'Es que a uno lo suicidan', me explicó. Tuve la fuerza de irme, porque yo iba a terminar probablemente como él, que sintió que la sociedad lo había acosado, Me decía mucho: 'Váyase, París es igual. Es uno el que no es igual'".


Cristina Peri Rossi reside en España desde los años 70. FUENTE DE LA IMAGEN,LIL CASTAGNET


Albalucía Ángel (como Cristina Peri Rossi, Elena Poniatowska o Nélida Piñon), fue una de las escritoras que conoció de cerca a los escritores del Boom. Primero a García Márquez, en los años 50, cuando aún no era García Márquez.


"Yo entré a La Cueva invisible y así salí. Me acuerdo perfectamente de Germán Vargas, de (Ramón) Vinyes, me acuerdo del ambiente, de los gritos de Álvaro... Y esa fue la tuerca grande de mi existencia para realmente prensarme dentro de ese mundo y decir: ¡Yo voy a ser escritora!".


Luego volvería a reencontrarlo en Barcelona, en la época en que la ciudad no sólo era la capital de Cataluña sino de la literatura latinoamericana, pues allí vivían, además de Carmen Balcells y Carlos Barral (la agente y el editor claves del movimiento), Gabo, Vargas Llosa y Donoso. Y Julio Cortázar viajaba cada que podía desde París.

Nélida Piñon


También vivían Nélida Piñon y Cristina Peri Rossi. Una muestra del cruce que existió entre escritores y escritoras de la generación del Boom, que algunas veces fue de colaboración.


A Albalú, por ejemplo, tanto Julio Cortázar como la que entonces era su esposa, Ugné Karvelis, intentaron -sin éxito- que se tradujera al francés su novela "Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón".

Ugné Karvelis

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Obras imprescindibles de escritoras latinoamericanas contemporáneas del Boom


Rosario Castellanos: Balún Canán; Oficio de tinieblas.

Albalucía Angel: Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón; Misiá Señora.

Elena Garro: Los Recuerdos del porvenir; La culpa es de los Tlaxcaltecas.

Cristina Peri Rossi: Cuentos reunidos; La Nave de los Locos.

Clarice Lispector: La hora de la estrella; La araña.

Nélida Piñon: La república de los sueños; Voces del desierto.

Luisa Valenzuela: Como en la guerra; Cola de lagartija.

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Compañero Cortázar

Julio Cortazar. Caricatura de Julio Ibarra. Cortázar tuvo excelentes relaciones con varias de las escritoras de su generación.


Cristina Peri Rossi también recuerda con mucho cariño a Cortázar. "Es uno de los hombres con los que me he sentido más cómoda. Con afinidades muy grandes. Por ejemplo, en la época en que no existían las películas de Spielberg, él y yo amábamos los dinosaurios y nos pasábamos inventando cuentos de dinosaurios...".

Jurassic Park (1993) Theatrical Trailer

https://m.youtube.com/watch?v=_jKEqDKpJLw&pp=ygUNanVyYXNzaWMgcGFyaw%3D%3D


Peri Rossi dice que no se sintió opacada por los escritores del Boom. "Yo no lo sentí personalmente. América Latina es muy diversa y en realidad me siento mucho más ligada a Argentina que a otros países. Por lo tanto me bastaba que hubiera unos cuantos escritores latinoamericanos... que no son los del Boom precisamente. Por ejemplo, yo admiraba mucho a Juan José Arreola, que me parece el gran renovador del cuento en América Latina, más que Borges".


"Yo casi que por manera de ser no me hago amiga de los escritores porque sean escritores. Yo le decía siempre a Julio: 'si hubieras sido de otra profesión -salvo militar o cura- habríamos sido amigos...'. Además porque a veces la escritura me parece el aspecto más interesante de una persona. Entonces yo no me sentí opacada, pero quizás porque soy una inconsciente, no sé".


Sin embargo, reconoce que "era muy difícil hablar de emociones y sentimientos con esa generación de hombres".

Vargas Llosa con Patricia Llosa, Donoso y su esposa Pilar Serrano, Mercedes Barcha, mujer de Gabo. Imagen tomada de El Español


María Pilar Donoso, esposa del chileno José Donoso, es más severa en su texto "El Boom Doméstico" (apéndice al libro "Historia personal del Boom", de su marido) donde habla del machismo de los García Márquez y Vargas Llosa de esos años y cómo parecían no respetar intelectualmente a las mujeres.

La historia de Cambridge de la literatura femenina en América Latina. Un texto clave... que sólo se consigue en inglés. FUENTE DE LA IMAGEN,BBC MUNDO


En "La historia de Cambridge de la literatura femenina de América Latina" (publicada en diciembre de 2015, aún sin edición en español), hay un capitulo titulado "Boom y Boomito", donde se indica que resulta paradójico que un movimiento que fue en buena parte impulsado por una mujer (la editora y agente catalana Carmen Balcells), no incluyera a mujeres.

Carmen Balcells junto a algunos autores del boom latinoaméricano: García Márquez, Jorge Edwards, Vargas Llosa, José Donoso y Ricardo Muñoz Suay

"Como un producto de su tiempo, ella no estaba lista para ver que las escritoras latinoamericanas estaban escribiendo ficción cautivadora desde los años 50, aunque en una producción que permanecía aislada (...). Desde los 50, en Latinoamérica, en especial después de avances legales importantes como el voto femenino y la igualdad de derechos civiles, un número importante de mujeres acogieron el género de la novela".



"Me pareció muy bien el Boom"


En una entrevista que le hice el año pasado, Elena Poniatowska dijo que su camino no había sido tan difícil como el de sus antecesoras que nacieron o vivieron en México, artistas como Tina Modotti, Leonora Carrington o Antonieta Rivas Mercado.

Antonieta Rivas Mercado.



"Es un gran mundo de mujeres olvidadas, bueno, salvo Frida Kahlo que ahora es casi la Virgen de Guadalupe, pero en general las otras eran muy olvidadas y no sólo eso, sino muy expuestas, consideradas locas. En México, las mujeres que se salían del camino establecido eran satanizadas y tenían una vida muy dura. Y acababan en cierto momento enloqueciendo de tanto que sentían que eso era lo que el público quería que ellas fueran. Que demostraran con su vida que ellas no eran normales".

Tina ModottiImagen tomada de aquí.



Poniatowska -la última mujer en recibir el Premio Cervantes de Literatura y la segunda latinoamericana, tras la cubana Dulce María Loynaz- fue muy cercana a los escritores del Boom. "A mí me pareció muy bien el Boom, yo quise muchísimo al mexicano Carlos Fuentes. Quise muchísimo a Julio Cortázar y no se diga a García Márquez".

Dulce María Loynaz. Imagen tomada de aquí.


"Elena es única y es una grande", dice Carmen Boullosa. "Ha tenido una receptividad ahora del tamaño de lo que es ella, pero esa misma receptividad no la tuvieron Rosario Castellanos o Silvina Ocampo".


Silvina Ocampo. Imagen tomada de aquí


Es entonces que menciona a la mexicana Nellie Campobello, a quien yo no conocía.


"Nació en 1900, o sea que es un poquito anterior (al Boom), pero murió en los 80, secuestrada por su abogado y su propia secretaria para desvalijarla de sus propiedades. En los 60 publicó Mis Libros, ilustrado por José Clemente Orozco, el gran pintor. Y no la toman. Y no sólo eso, la abandona completamente el mundo literario y la dejan morir cautiva. En el más absoluto abandono y en el desamor total. ¿Por qué? Porque era mujer".


Nellie Campobello. Imagen tomad de aquí.


¿Ha cambiando la situación en los últimos años? A simple vista parece que sí. Elena Poniatowska es leída y respetada en el mundo entero. Y la figura de Clarice Lispector no hace sino crecer: la novela Contigo en la Distancia, de la chilena Carla Guelfenbein, premio Alfaguara de 2015, es una biografía novelada de la brasileña, y sus libros son reeditados y traducidos de manera constante.


Cristina Peri Rossi no ha dejado de producir y publicar, pero Albalucía Ángel (que paró de escribir a mediados de los 80) es raramente reeditada en Colombia.


Y advierte Carmen Boullosa: "A mi generación le tocó diferente... Pero no fue tampoco igual, ¿eh? Eso que quede claro. Una mujer tiene que ganar diez veces más bonos para que no la miren por encima del hombro. Y aún así lo hacen".


https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-37176102





La mujer dentro del boom latinoamericano
17 Visualizaciones desde el 16 nov de 2023

https://m.youtube.com/watch?v=OcjXIwDbuZA&pp=ygUcYm9vbSBsYXRpbm9hbWVyaWNhbm8gbXVqZXJlcw%3D%3D




Las MUJERES del ✅ BOOM LATINOAMERICANO | Las olvidadas del boom | Pitecantropo
5198 Visualizaciones desde el 30 ago de 2021

https://m.youtube.com/watch?v=uA4S36MecNc&pp=ygUcYm9vbSBsYXRpbm9hbWVyaWNhbm8gbXVqZXJlcw%3D%3D





Ya nadie lee a Elena Garro?

https://m.youtube.com/watch?v=BisWKfiNqfo&pp=ugUEEgJlcw%3D%3D

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viernes, 3 de enero de 2025

Elena Garro: Cuando la mujer escribe, muere. Es una sentencia de muerte

 




Elena Garro: la madre maldita del realismo mágico





En el centenario de su nacimiento, México redime a la escritora, ex mujer de Octavio Paz, coinventora de un género literario que rechazaba, y sentenciada en su época por alta traición a la intelectualidad patria

JAVIER BRANDOLI México


30/10/2016 03:28


«Cuando la mujer escribe, muere. Es una sentencia de muerte». La frase es de una escritora devorada por todos, por ella misma, por la sombra de su ex marido, el escritor Octavio Paz, por las ideologías que siempre le pillaron en el medio, por buscarse enemigos señalando con el dedo. Y en todo ese proceso, que fue su vida convertida en un libro sin tapas, creó literatura propia y hasta inventó, o ayudó a inventarlo, sin quererlo, un género que todos se disputan y del que ella renegaba como madre: el realismo mágico.«Para Elena Garro el realismo mágico era una etiqueta mercantilista que la molestaba porque ella decía que el realismo mágico era la esencia de la cosmovisión indígena, por lo tanto, no era nada nuevo bajo el sol», explica a EL MUNDO Patricia Rosas Lopátegui, hasta ahora la autora de la única biografía sobre la escritora y que la trató durante 40 años. La realidad es que el libro de Elena Garro Los recuerdos del porvenir (1963) es hoy para algunos especialistas el pistoletazo de salida de ese género que se adjudicaría como gran cimentador García Márquez con sus Cien años de soledad (1967)




Antes están Juan Rulfo, Arturo Uslar Pietri y una serie de narradores latinoamericanos que se dedicaron a escribir de esa cosa que «en Europa se llama realismo mágico y acá lo llamamos costumbre», que diría García Márquez. «En 1953, Elena se enfermó y se va a Suiza a tratarse. Allí escribe un primer borrador de Los recuerdos del porvenir. Años después, su hija, Elena Paz, rescató de una chimenea en Nueva York el manuscrito que su madre había lanzado al fuego. En 1963, la obra gana el premio literario Xavier Villaurrutia, el más importante de México, concedido ex aequo con la novela La feria del escritor Juan José Arreola», recuerda Carlos Castañeda, investigador y conocedor, no confundir con Carlos Castaneda ,de la escritora que dará en la próxima Feria del Libro de Guadalajara una charla sobre su figura. «A ella no le gustaba que le dijera que era la precursora del realismo mágico, entre otras cosas porque yo opino que su verdadera fuente era la literatura fantástica y romántica alemana», señala Castañeda. «Yo no puedo escribir nada que no sea autobiográfico; en Los recuerdos del porvenir narro hechos en los que no participé, porque era muy niña, pero sí viví», recuerda la también escritora Elena Poniatowska que le dijo Garro en un artículo en que la primera rinde tributo a la segunda. Pero para entender la obra de Garro hay que desentender su vida, lo contrario es imposible. Elena Garro nació en la ciudad mexicana de Puebla en 1916, pero hasta eso fue una interrogante en su biografía: «Ella mintió sobre su real fecha de nacimiento. Se casaron jóvenes Octavio y Elena, en 1937, cuando ella tenía 20 años, que durante años peleó para que fueran 16 y tener la eximente de niñez para aquello que le atormentó siempre: haberse casado con Paz», comenta Castañeda. Tras un noviazgo rápido entre ambos, los dos proyectos de intelectuales viajaron por Europa y América. En 1937 fueron a la España de la Guerra Civil, invitados por Rafael Alberti, y encontraron una España en llamas en la que él dibujaba ideas políticas que plasmó en su poema No pasarán y ella describe momentos rutinarios como cuando Luis Cernuda la invitó a pasear por una playa.



«Muchos años después, se publicó en 1992, ella escribió Memorias de España, que es un relato de sus recuerdos de ese viaje de 1937», dice Castañeda. «Nunca tuve tanto miedo ni tanta piedad por los soldados», escribió ella de su experiencia ibérica.Tras España, Paz y Garro se trasladan a EEUU y a una Europa donde la normas sociales de eruditos, filósofos y narradores aburguesados dictaban que el amor era tan libre como la conciencia. El matrimonio vive con absoluta permisividad amorosa hasta que se cansaron en algún momento de tanto público desaire. Bueno, se cansó él, o al menos fue él quien solicitó un divorció exprés apremiado por otras urgencias amatorias.«Yo creo que Elena Garro amó a Octavio Paz, pero pronto sintió el yugo del machismo y de la egolatría de Paz. Eran dos personalidades e ideologías opuestas. Paz siempre en los linderos del poder y de la gloria, y Garro en defensa de una literatura crítica sin concesiones y en pro de las víctimas de los oligarcas. Paz en el poder; Garro en contra de él. Fueron la pareja que nunca lo fue, al decir de Elena Garro», explica Rosas Lopátegui



Por entonces ella ha conocido a otro escritor del que se enamora apasionadamente, dentro de una larga lista de amantes que tuvo en su vida, el argentino Adolfo Bioy Casares. «Lo vio tres veces en su vida, pero mantuvieron una larga correspondencia epistolar», recuerda Castañeda. «Yo creo que Octavio Paz fue el amor de su adolescencia y primera juventud, y Adolfo Bioy Casares de una época posterior. Pero con ninguno alcanzó la plenitud amorosa. Se interpusieron los valores machistas, la egolatría y la prepotencia masculinas», señala su biógrafa. Garro se va convirtiendo en una creadora de obras de teatro como Un hogar sólido (1957), El rey mago (1958) o La señora en su balcón (1959). Además, esta católica amante de la aristocracia va convirtiéndose en defensora de los movimientos campesinos de Morelia frente a los abusos del México caciquil. La culta, bella y cautivadora mujer no duda en posicionarse y reivindicar las marchas rurales frente al grupo de intelectuales izquierdistas de Ciudad de México que de alguna manera desprecia. «En una ocasión se presentó con un grupo de campesinos a un acto donde había todo tipo de intelectuales y pincharon ruedas y destrozaron coches de los convocados», comenta Castañeda. «Dicen que Poniatowska le preguntó en una ocasión por qué vestía con tacones y vestidos buenos cuando iba a ver a la gente del campo que defendía y que ella le contestó: 'Porque yo soy así, no les voy a mentir'», añade el investigador.


Elena Poniatowska y Elena Garro


Su posición, muy incómoda para el Gobierno, hace que se le practique un primer destierro voluntario que podría haber sufragado el propio Paz a petición del presidente mexicano. Se va a París y está allí hasta mediados de la década de los 60. «Octavio Paz le mandó dinero toda su vida y la mantuvo a ella y a su hija. Él tenía una persona que controlaba en qué se gastaba el dinero su ex mujer que podía recibir un pago mensual y gastarse todo en comprarse un vestido», dice Castañeda. Es entonces cuando la revolución cubana acrecienta los movimientos de izquierdas de todo el continente y un maremoto revolucionario sacude un México que mira con nostalgia los retales de la que fue primera revolución socialista del planeta. Elena Garro colabora estrechamente con Carlos Madrazo, un político del partido único, el PRI, que se atreve a formar una nueva opción política llamada Patria Nueva con el que parece dispuesto a modificar los dogmas de una dictadura encubierta. Mientras el Mayo del 68 francés arde, en México, en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, los estudiantes son masacrados el 2 de octubre por escuadrones paramilitares y los servicios de seguridad tras meses de revueltas. Aún no se sabe hoy el número real de víctimas y detenidos. La acción sacude los cimientos del país, de sus intelectuales y destierra por segunda vez en vida a Garro y sus letras.«Hay muchos mitos respecto a este tema. Elena Garro nunca perteneció al movimiento estudiantil de 1968. Para ella dicho movimiento no planteaba las soluciones políticas, económicas y sociales que urgían en el país», dice Rosas Lopátegui. «Ella se pasó alguna vez por el auditorio Che Guevara y fue a las manifestaciones, pero ella no quiere que México se convierta en Cuba. Ella está peleada con los intelectuales de izquierdas que apoyan el movimiento», comenta Castañeda. Tras la masacre, ella queda en medio de un fuego cruzado. Para la intelectualidad mexicana es una delatora que da a los servicios secretos nombres de las personas involucradas en las revueltas. El escritor Carlos Monsiváis la califica «la cantante del año». A su vez, los servicios secretos, entre los que tiene amigos y detractores históricos, la exigen colaboración para salvarse de la pira intelectual y ella entra en total paranoia persecutoria.«Aparece en algunos documentos de los servicios secretos mexicanos e incluso de la CIA como informadora», reconoce Castañeda. «Madrazo murió en un crimen de Estado en junio de 1969 y a Elena Garro la eliminaron de la vida política, social y cultural mediante la leyenda negra y el descrédito», señala su biógrafa siempre defensora de su figura.El hecho es que ella huye a Estados Unidos, cuya frontera cruza casi camuflada, luego a España y finalmente regresa a París. En su país, mientras, se convierte en cómplice de la matanza y es desterrada de las librerías: «Durante años, aún hoy, es muy complicado encontrar su obra en México», dice el investigador.El final de su vida es una mezcla de ferviente producción literaria, con obras importantes como Reencuentro de personajes (1982), Y Matarazo no llamó (1991) o Un corazón para un duelo (1996), junto a una decadencia personal que raya la manía persecutoria y la fabulación de una vida inventada en la que el personaje se había ya comido a la persona. Finalmente, tras 20 años de exilio voluntario, regresa definitivamente a México en 1993. «En varias ciudades de la República la recibieron con emoción, y Elena encontró lectores fervientes», escribe Poniatowska. Vuelve una mujer que se cobija en su victimismo y sus excesos y que porta el odio a su ex marido intacto: «Yo vivo contra él (...) todo lo que soy es contra él», dijo en una ocasión de Paz.«Recuerdo que cuando regresó a México la fui a ver varias veces a su casa de Cuernavaca; era una pocilga miserable. Vivía con decenas de gatos y su hija. Estaba postrada en la cama, fumaba sin parar. Una vez necesitó llamar al doctor porque se ahogaba. Le trajo una máquina respiradora costosa y según salió por la puerta su hija la metió en una bolsa de plástico y la guardó en un cajón lleno de polvo. Pedía dinero a todo el mundo», explica Castañeda. «Se nutría de café, Coca Cola y cigarros. Se hacían colectas para ayudarlas pero el dinero desaparecía en un santiamén», dijo Poniatowska.«Fue derrochadora porque gastó miles de pesos para sacar a los indígenas de la cárcel, para darles cobijo en su casa y para defenderlos de los terratenientes y políticos que les robaban sus tierras», replica su biógrafa. Murió en esa indigencia un 22 de agosto de 1998 alimentado su cáncer de pulmón con un atracón diario de tabaco y sólo cuatro meses después de que muriera el hombre que sin estar estuvo siempre presente, Octavio Paz. «Creo que es sin duda la más importante escritora latinoamericana del Siglo XX», dice Castañeda. «Elena sabía de la relevancia de su producción literaria, pero, a diferencia de los escritores coludidos con el poder o que buscaban prebendas oficiales, ella prefirió la independencia intelectual para poder ejercer su oficio sin compromisos», dice Rosas Lopátegui.«Quisiera no tener memoria o convertirme en el piadoso polvo para escapar a la condena de mirarme», escribió ella en Los recuerdos del porvenir, como si intuyera entonces su fin


Tomado de El Mundo


Historias de vida - Elena Garro (10/05/2017)


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domingo, 4 de agosto de 2024

Ida Gramcko, Stella Díaz Varín y Yolanda Westphalen: Tres Poetas silenciadas y convidadas invisibles

 

Poetas latinoamericanas  Ida Gramcko, la chilena Stella Díaz Varín y la peruana Yolanda Westphalen


Las convidadas invisibles, historia de tres poetas silenciadas


La venezolana Ida Gramcko (1924-1994), la chilena Stella Díaz Varín (1926-2006) y la peruana Yolanda Westphalen (1925-2011) ejemplifican el olvido al que se ha sometido la vida, obra y trayectoria de muchas autoras latinoamericanas



MARÍA ALCANTARILLA

19 JUL 2021 - 11:34 VET

Mucho se ha hablado de la necesidad de revisitar aquello que se dio en llamar el boom latinoamericano, que, por una parte, se ha terminado asimilando como un fenómeno incompleto (debido a la llamativa ausencia de representación femenina. Rosario Castellanos, María Luisa Bombal, Nélida Piñón o Clarice Lispector —por citar solo a algunas de las excluidas entonces— dan buena muestra de ello) y que, por otra, ha mostrado sus costuras, más como un fenómeno mercadotécnico (otra forma de “vender” América Latina) que como un movimiento exclusivamente literario. Sin embargo, la historia en ocasiones “imparte justicia” y, hoy en día, narradoras como Samanta Schewblin, Guadalupe Nettel, Margarita García Robayo, Vera Giaconi o Mónica Ojeda no solo están rompiendo con las propuestas estéticas asimiladas como puramente latinoamericanas (hasta ahora en su mayoría masculinas) sino que han abierto una nueva puerta de comunicación con el mundo y, en cierta medida, están llevando a cabo un ejercicio de disolución de las fronteras —físicas y mentales—.


Con todo, en la actual tesitura, aún sigue presente un escalón que parece insalvable: el hecho de que se siga considerando a la poesía un género de segunda. En este sentido no son pocas las poetas nacidas en los años veinte que, como en una línea paralela, hubiesen debido brillar con la misma luminosidad con que lo hicieron, y aún lo hacen, figuras tan conocidas como Eugenio Montejo, Nicanor Parra, Pablo Neruda, César Vallejo, Drummond de Andrade o Lezama Lima. Silenciar de forma deliberada una gran parte del imaginario femenino aumenta nuestra deuda con la historia. Lo dejó dicho Machado cuando nos advertía de que solo existe la desesperanza cuando aparecen los tres símbolos de la nada: el silencio, la muerte y el olvido. La venezolana Ida Gramcko (1924-1994), la chilena Stella Díaz Varín (1926-2006) o la peruana Yolanda Westphalen (1925-2011) ejemplifican el olvido al que se han sometido, no solo sus vidas, sino sus obras y sus trayectorias profesionales.


Elizabeth Shön


Fe en el destino

Vivía escribiendo, encerrada dentro de un cuarto —escribe Elizabeth Shön en su Relato sentimental sobre Ida Gramcko—. Le pregunté qué escribía y me dijo que eran poemas, y que los escribía desde siempre. ¿Cómo que desde siempre, Ida? Su mamá me contó entonces que cuando ella tenía cuatro o tres años y medio, empezaba a llamarla, le decía que corriera para dictarle una cosa, «una cosa que tengo aquí arriba en la cabeza». Eso era un poema”. Además de su sensibilidad precoz, Gramcko fue una de las primeras reporteras de periodismo policial en El Nacional y, en torno a 1948 —encomendada por el presidente Rómulo Gallegos—, ejercerá labores diplomáticas como encargada cultural (en realidad se desempeñó como encargada de negocios. Nota del editor) en la Unión Soviética. Nueve años después sufre un doloroso episodio de psicosis que se alargó más de lo esperable pero del que sigue manando una gran obra. No en vano, su propuesta podría emparentarse con la de Rilke, Santa Teresa de Ávila o William Blake. “No eres lo que se piensa —leemos en Poemas de una psicótica—. Eres lo que se ama. No eres conocimiento sino solo estupor. No eres el perfil sino el asombro. No eres la piedra sino lo inaudito. No eres la razón sino el amor”.

Voluntad de paso

“Quise estudiar en la universidad pero el jefe de la familia, que era mi hermano mayor, dijo que estudiar era una tontería, que la mujer debía estar en casa, casarse, tener hijos y mantener su hogar. […] Fue la primera vez que lloré, me acuerdo, sola, con un llanto que exprimía todo mi ser, porque al instante sentí mi vida completamente fracasada”, contaba Westphalen en 2006 para Gaceta Cultural del Perú. Y no se conformó a pesar de que, para ello, tuvo que pagar ciertos peajes (ser esposa y madre era más una imposición que una cuestión de libre albedrío). Terminó doctorándose en literatura en la Universidad Mayor de San Marcos, en 1976, con la tesis Interpretación y análisis de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo. La emotividad de lo cotidiano, lo que habitualmente pasa desapercibido y que podría resultarnos incluso baladí a ciertos ojos poco experimentados, funda una obra en sintonía con lo que Chantal Maillard refiere: “¿Qué fue de aquella inocencia en la que la percepción, lo percibido y quien percibe era uno y lo mismo?” Westphalen escribe en Palabra fugitiva: “Desde tu infancia quieta llega a sepultarse / en la brisa / tu primera sonrisa. / Héme aquí sola / entre la niebla que presagia un viento interminable”.

Nihilismo rabioso

Hija de un padre relojero anarquista y de una madre descendiente de una familia francesa de alto abolengo, Stella Díaz Varín “La colorina” es una poeta controvertida que supo desenredarse de etiquetas generacionales para regalarle a su sociedad una voz comprometida con su firma. Y, aunque llegó a Santiago en el 47 para estudiar medicina y especializarse en psiquiatría —propósito que abandonó—, terminó por integrarse activamente en la Alianza de Intelectuales. Sin embargo, al tiempo, ese mismo grupo la expulsó alegando traición. Porque, si algo derramaba Díaz Varín era personalidad y voz propia. Al igual que Gramcko, su relación con la poesía es prematura, con un especial ensalce de la figura de su padre, que falleció cuando ella solo tenía siete años, razón por la cual, más tarde, advertimos su interés por las abandonadas, las viudas, las mujeres que han de desenvolverse en solitario. “De ella, la tentadora de la muerte durante ocho siglos, / la que en sus manos tiene dos trigales y en sus sienes de niña / una rama florecida de lágrimas, / de ella la novio que tendió sus velos por sobre los abismos / de ella la vencedora, la cercana / de esa mujer soy hija”.


“El poeta se aferra a las palabras como a un vientre”, nos dejó escrito Gramcko en Poemas de una psicótica. Pero las tres representan esta idea. ¿De qué otra manera podrían haberse emancipado de su tiempo si no fuese por esa férrea convicción en el oficio que las ha hecho, no solo universales, sino voces perennes en la historia? Desde el olvido de sus obras, desde un canon que, a sabiendas, omite su memoria, estas tres poetas siguen hablándonos en presente.


Tomado de El País