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viernes, 24 de abril de 2026

Traje,Trujo y Trejo escondido en las palabras

 


OSWALDO TREJO, por VASCO SZINETAR


Trejo escondido en las palabras

Por Papel Literario

agosto 4, 2024 1:00 am



Por ÓSCAR RODRÍGUEZ ORTIZ


Elusivo, el Oswaldo Trejo persona real y tangible es casi tan difícil de aprehender como sus trabajosos y trabajados textos literarios. No es que sean “complicados”, que los hay peores en la literatura universal, sino que se niegan al rápido abordaje y retardan la costumbre de ‘intimidad’ con los hechos ficticios que poseen los lectores. Vamos buscando la “comunicación” y nos topamos con un jeroglífico. Mala recomendación para introducirlo. Como la publicidad que argumenta las curiosas bondades de su producto señalando ante todo sus impedimentos: el broche que no cierra de un solo movimiento, una mesa de dos patas, una taza de borde ladeado. Objetos absurdos a primera vista, por lo menos abstrusos, imprácticos. La descripción casi evoca la que se haría apresuradamente de Alicia en el país de las maravillas. El poeta argentino Raúl Gustavo Aguirre ha advertido contra las deficiencias de leer a Trejo para quedar absortos en la contemplación de sus audacias estilísticas, una de las causas de sus ‘problemas’, pues hay otras.



Rehúye, evita, sortea, esquiva, torea, se escapa, son sinónimos aplicables a la obra y al autor. ¿Guardará algún terrible secreto este hombre sociable y a la vez un poco misterioso que se presenta como ‘ingenuo’ para disimular su embrollo? Sus lectores de todos los tiempos, desde 1948 cuando publicó el primer libro, y no se diga desde 1968 cuando comenzó a llevar lo suyo a límites impensables, coinciden en aceptar que la ‘excepcionalidad’ de esa obra —por distinta— conduce a la experiencia común de tropezarse con ‘brumas’, ‘niebla’, ‘oscuridades’, una especie de capa u obstáculo que dificulta la captación de lo que ocurre. A retener para más tarde las dos fechas indicadas.



En sus cuentos hay un bobo que, por “idiota” en el sentido de capacidad intelectual, tergiversa los hechos; dos ancianas sordas que, desde luego, hablan inútilmente para no entenderse; el caballero de las barajas que, salido del papel, ¿es héroe de una epopeya o un simple ciudadano confundido ante el espejo? Safo en bicicleta como en los alegres cuadros de bañistas de Matisse; las cárceles de Piranesi; horror y complacencia en una cueva. Esto es: una obstrucción entre lo que pareciera estar representado y la representación. Que el mundo sea visto —o dicho— por un idiota y unas sordas a lo mejor se relaciona con la literatura del absurdo, tan característica de los años cincuenta y antes. Pero el bobo y Auradelia intercambian de sexo, uno se hace otro gracias a una habilidosa metáfora surrealista aunque propia de la literatura fantástica. Piranesi propondría pesadillas, torturas ante el espacio arquitectónico saturado, casi un espectáculo: una ‘locura lúcida’, deliberada. Todos los espejos de Trejo, y tiene muchos, lo mismo que los de buena parte de la literatura universal cuando están bien usados, predican el simbolismo o el conflicto de la identidad y el doble. Igual función parecieran cumplir los ‘cuadros’ y los autorretratos de sus libros. Significados en los que no se agotaría esta narrativa si se la quiere apreciar desde posturas filosóficas, psicológicas o sociológicas. Hay también en un cuento un arquitecto ‘loco’, un imaginero o suerte de demiurgo popular al estilo de Juan Félix Sánchez en los páramos andinos, capaz de hacer una ciudad de hierro a su imagen y semejanza: lo utópico —¿quimérico?— de edificios inverosímiles semejantes a algunas construcciones verbales de Trejo; construcciones que crean un espacio sagrado; textos que hacen lo propio: sancta sanctorum de complicada penetración, cuya clave hace un poco de burla a las apuestas interpretativas. Es de observar que sobre este mismo tema del artesano demiurgo, muchos años después de Trejo, Peter Weiss escribió un relato sobre el cartero Cheval, quien en sus ratos libres y con manía de artista hizo un monumento particularísimo e impráctico. Locuras o absurdos. ¿Ionesco o Faulkner si se piensa en el proceso interior del bobo en el cuento “Escuchando al idiota”? De hecho Faulkner comienza una de sus novelas con la conocida cita de Shakespeare: la vida es una aventura insensata contada por un idiota. Dice Borges que de los significados filosóficos del poeta inglés se pueden sacar ‘mensajes’, o sencillamente estar atentos al rumor de sus palabras. Tarea escéptica la de vaciar los libros de derivaciones morales o trascendentalistas para colocarnos en la vía de lo que la crítica ha detectado más en Trejo; que se está ante un acontecimiento de las palabras, que estas funcionan en los textos particulares, en la unidad del libro, en el conjunto de la obra, con autonomía: una libertad que puede volverlas locas, pero que jamás les permite el libertinaje pues están autocontroladas. “Tendría que esperar las siguientes palabras —se dice en un cuento de Trejo—, reclamarlas si tuviera algún interés en el amor. Tendría que hacer deducciones, barajar todas las palabras, hacer solitarios. Habría que tomar en cuenta para el juego la confusión del sonido de las palabras , de sus grafismos, de sus significados, porque ellas también deben tener un acaecer extraño dentro de ti, sufrir grandes y variadas transformaciones”. Ellas mandan, no los personajes, situaciones, tramas, etc.


El arquitecto ‘aficionado’, el jugador de cartas, tan presente en sus libros, los intelectuales que se reúnen para inventar palabras, a lo mejor singularizan la manera de escribir de Trejo: paso a paso, frase por frase en un edificio verbal cuyas columnas y ladrillos resultan exclusivamente palabras. De las escasísimas declaraciones que el autor ha dado sobre su obra, acaso pueda retenerse como recomendación única que, así como escribe palabras, se debe leer deletreando. Más que una lengua inventada, ‘nueva’ con respecto al castellano literario o al contexto de las letras venezolanas —tendría un parentesco con las posiciones de Ida Gramko, Antonia Palacios o Alfredo Silva Estrada, tan distintos entre sí y de Trejo—, se trata más bien de una lengua ‘imaginada’, algo así como ‘ideal’: desfigura, ‘corrompe’ el idioma y la sintaxis, cambia de lugar o elude las conexiones lógicas. ¿Una lengua que parodia el idioma, hace chistes a su costa o inocentemente tuerce? En algunos casos prescinde del artículo que haría ‘normal’ la frase y la pone a cojear para que luzca el trastabille; puede suprimir también los verbos activos o pasivos valiéndose exclusivamente de gerundios y participios hasta lindar con lo ‘imposible’ y lo extravagante. Todo para hacer de ellas otra cosa: no dejan de ser palabras, pero desean no parecerlo se acercan poco a las acostumbradas. En algunos momentos semejan palabras, pero a lo mejor no lo sean si se atiende a la manera como están colocadas en las páginas del libro. Puede pensarse al respecto en algunos de los cuentos del volumen Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo que deben ser ‘vistos’ más que ‘leídos’: las palabras tachadas en el relato “Memorandum para cuando vuelva Dante” hacen que el ojo lector trabaje el doble. Pero se encuentran también las frases peculiares. “El cuarto en el que nadie adentro” que resulta por cierto una de las expresiones menos felices de sus libros. “En semejante trance, con la mirada pidiendo disimulación, apurando despedida silenciosa, alejando el caballero”. Llega a ser una de las construcciones comunes. “Entrando por las cada vez más puertas” se leen, tres ejemplos entre miles, en cuentos publicados después de 1980 y, aparte de las novelas, tal vez sea posible rastrearlos antes no sólo como síntomas estilísticos. Como las barajas o el tarot, no están en su obra para adivinar el futuro del logos sino el azar del verbo. Lo mismo que los diccionarios y repertorios de palabras: no le importa su semántica, es decir, lo que significan, incluso cómo significan. Son recursos usados antes por el culteranismo y las vanguardias: el invento ocurre dentro de un patrón de invención aunque en el marco de la literatura venezolana Trejo luzca exclusivo.

Una imagen algo borrosa, como la que resulta de una cámara fotográfica intencionalmente desenfocada. Vasco Szinetar le ha hecho varios retratos, el más audaz muestra la cara de un Trejo superpuesta a sus mismos rostros. No ha querido ‘fotografiarlo’ del ‘natural’ sino acaso presentarlo en lo que su obra tiene de negativa a la ‘representación’ ¿Una lectura ‘cubista’ ojos debajo de la nariz o dobles ojos? Quizá en libre asociación, ese retrato evoque el cuadro Desnudo bajando la escalera de Marcel Duchamp. Sólo que la vibración y el movimiento de Duchamp y Szinetar no dicen que en el escritor venezolano lo que se desfigura y elude, se ‘congela’. Narrativa que tiende a coagular el tiempo y el espacio, a volverlos irreales. ¿Dónde pasan los hechos, a quiénes ocurren?, ¿cuándo? ¿Tiene esto importancia? Desde luego, muchos lectores han terminado por pensar que la coagulación es algo próximo a lo inhumano: no se está, dicen, ante una literatura ‘vital’, apasionante por su implicaciones humanas, asible por sus significados psicológicos, ontológicos, sociales, etc. Pero este congelamiento no es como el de Beckett: las palabras pueden llegar a ser totalmente irreales en ambos, en las novelas de Trejo su delirio puede causar la angustia de la lectura que busca la dirección de ese torbellino, pero no pareciera haber la cerrazón fatalista del irlandés. El Ecce homo en tanto personaje puede llegar a ser triste o extravagante, jamás es un detritus.

Personajes, acciones narrativas, lugares cuando los hay. Que los hay y el lector detecta como el único trofeo que puede rescatar de sus esfuerzos —el barrio de Catia en los años cuarenta, una aldea posiblemente andina, un apartamento romano decorado a la manera posmodernista de los años cincuenta, la calle por la que pasa una manifestación estudiantil, los diablos de Yare metidos en el infierno de Dante, una ciudad fantasmal, vecinos ruidosos— se volatilizan y tienden a perder consistencia.

Andrés Mariño Palacio. Ilustración de Orlando Oliveros

Sin embargo, Trejo también es hijo de su tiempo, no es un Dorian Gray inmutable respecto a su propia obra y a los libros ajenos. Su narrativa ha ‘evolucionado’ y la primera es distinta de la posterior aunque ya la anuncie. En ambos momentos, una negativa a la anécdota ‘bien contada’, esto es, a la tradición de contar. Los esfuerzos de la crítica por meterlo dentro de la historia literaria del país, intentos de analogía, han señalado que a fines de los cuarenta se incorporó a las renovaciones buscadas por el grupo Contrapunto. Trejo sostiene sin embargo que él llegó de último y más bien fue una especie de discípulo que protagonista: estaba al lado, no en el corazón del asunto, al igual que le ocurrió con experiencia de pintor. Quizá siempre ha trabajado al margen, paralelamente, al borde, en la proximidad, sin encontrarse por completo en medio de lo estéticamente definido. Indefiniciones que provenientes del exterior han acabado por dar a sus narraciones ese aire único, que procede de lo interno. Lecturas internacionales y ‘modernas’ que propagaba el joven maestro Mariño Palacio. Acaso de allí saldría la tradición contemporánea del cuento venezolano enredadísimo. Es decir, en la literatura del país lo que predomina, y Trejo no sería excepción al respecto, es “el cuento que no parece cuento”, según el modo ideal de ese género, el cuento “mal hecho”, deliberadamente distorsionado por la superposición de planos y el abultamiento de otros factores sobre su anécdota. Incluso, cosa propia de finales de los cuarenta en Venezuela, una cuentística llena de adjetivos, que Julio Miranda ha caracterizado como literatura ‘seudo’: conseguir la cosa por el artificio.




De Trejo señala sin embargo este mismo crítico que en sus libros iniciales no se trata de crear ‘metáforas’, lírica a lo poético, sino que los cuentos mismos, en su totalidad, son metáforas. Se podría completar la observación añadiendo que Trejo pretende hacer de las palabras acaso metáforas de las artes plásticas, su primera actividad y cultura para, posteriormente, hacer de sus textos algo así como una metáfora de los ideogramas, ‘escritos en chino’, ‘incomprensibles’. Doble negación, literaria y pictórica de la tradición inmediata y sofocadora de lo criollo y el paisajismo de las perspectivas o el claroscuro mediante la emoción de los cuadros abstractos y no figurativos. En algunos cuentos iniciales de Trejo hay una especie de abstracción naif o naturalezas muertas a lo Georges Braque. Sus compañeros de la escuela de Artes Plásticas se encontraban también en el mismo dilema: todavía en esa época, Soto, Cruz Diez, Alejandro Otero, Mateo Manaure o González Bogen pintaban desnudos académicos, paisajes, motivos criollos, pero habían comenzado a verlos con otros ojos. En libros siguientes aborda también temas más ‘realistas’, incluso ‘costumbristas’, particularmente en el volumen Cuentos de la primera esquina.

Contra toda especulación cronológica y de orden evolutivo este libro es de 1952, si bien pareciera pertenecer por su modo a otra época anterior del autor y de la literatura nacional. Es la misma incertidumbre o evolución del ‘espíritu moderno’ que hace cambiar a Guillermo Meneses de “La balandra Isabel” a “La mano junto al muro”, dos cuentos modelos y magistrales de la literatura del país. En Trejo, es necesario insistir, existe una sistemática —una convicción estética que se traduce en un preciso ‘sistema’ o conjunto con sus ‘métodos’— voluntad de negarse a contar: cuentos que pueden ser fácilmente anecdóticos, otros simbólicos y hasta alegóricos, todos en perspectiva de elusión y toreo. Así mismo están los cuentos “Escuchando al idiota”, “Aspacia tenía nombre de corneta” y “Horas escondido en las palabras”, tres esenciales para su perspectiva, que comienzan a cumplir su modo último y definitivo. ¿Lo anuncia o lo realizan ya?

Pero como su producción más peculiar cristaliza a partir de 1968 con la novela Andén lejano, la crítica ha tratado de vincularlo a la generación de los sesenta. Su relación estaría en esa atmósfera de novedades, de definición de la contemporaneidad como censura del pasado artístico inmediato, tendencia “cubista” y abstraccionista de los años cincuenta, que él cumple luego. Lo moderno es inconformidad y sensación de insuficiencia, de lo anterior, aparte de novelería. Trejo tendría entonces un aire ‘moderno’ que no tiene de pronto algún narrador muy joven. Aquí se atraviesan las pugnas estéticas entre distintas artes, figurativas o no, irreconciliables. Una califica de tradicional y decimonónico —o criollista— todo lo que cuenta y narra; la otra asegura que toda innovación o es formalismo o es simple jueguito. La de Trejo no es una ‘antinarración’ o trabajo hecho ya contra algo, sino que definitivamente se sostiene por sí mismo y acaso guarde algún parecido con la literatura sin ser aliteratura. Por eso el lector suele verse obligado al esfuerzo supremo de ‘adivinar’, lo que pasa en sus cuentos, pelea en lo que se discute además si son las capacidades perceptivas o del lector las que fallan, si el autor no ha llegado a ‘explicarse’, o es de aquellos que pertenecen a la categoría del ‘no me dice nada’.



Al cordial Trejo se le consigue sin embargo y sin problemas en un café de Sabana Grande, en la exposición de una galería de arte, en un acto oficial, en el bautizo del libro raro de un poeta desconocido, o en esos pomposos homenajes que se brindan a los ‘personajones’. Tiene una intensa vida social que por momentos hace pensar en el don de la ubicuidad si en el mismo día se coincide varias veces con su apretada agenda. Está en todas partes con sus ropas juveniles y sus ‘bleizeres’ de funcionario: pareciera accesible y al alcance de todos. Nada menos cierto. Si un lector espontáneo y de buena fe llega hasta él con una duda acerca de sus libros, por lo regular se lleva la insatisfacción de oírlo cambiar amablemente de tema. La insistencia no lo ablanda o disimula el halago de la solicitación. Debe ser hábito adquirido en el ejercicio diplomático ese de salirse por la tangente y quedar amigo del interlocutor a quien recompensa con el relato de una situación graciosa, de una anécdota inesperada y de ortodoxia narrativa —planteamiento , nudo, desenlace, incluso ‘intriga’, ejes del cuento tradicional que él no practica en sus libros— ciertas agudas observaciones sobre hechos y personas. También, si por casualidad se ve obligado a pronunciar un discurso, sortea el compromiso con la brevedad distanciada de quien apenas cumple un deber de buena educación. Los periodistas no lo suelen buscar, o lo hacen en vano porque, contrariamente a ciertos autores nacionales o extranjeros que se mueren por declarar, disimula con los sucedidos de sus peripecias vitales, sus modestos oficios de policía, jefe de una cochinera, fabricante de queso, vendedor de seguros: ¿un Chaplin que trata de pasar inadvertido y se protege con la desatención? En fin, elude los pronunciamientos éticos y estéticos a los que son tan proclives los escritores. Hacerlos es para aquellos no solo afirmar su personalidad sino tener la sensación de estar viviendo. Trejo no acostumbra a explayarse y acaso se resigne a decir, como todos, lo común cuando conversa. ¿O pretenderá negar con su actitud la tortura romántica del escritor sufrido, la soledad del escritor, la soledad del escritor a quien nadie comprende? De hecho, Trejo como que no se deja seducir por la mundana tentación de ‘darse a conocer’, ganar los favores del público, ‘lucirse’, o aclarar de viva voz los ‘misterios’ de sus libros. Podría suponerse que es por desdén, tal vez, mejor, por timidez o modestia, es decir, a causa de virtudes de índole psicológica o moral, cuando más bien resultan convicciones estéticas. ¿Para qué todo ese alboroto cuando un hombre hace lo que le da la gana? Por más de cuarenta años Trejo ha escrito indiferente a la ‘gloria’ del qué dirán.

Acaso también esa dificultad de no poder descubrir rápidamente la etiqueta que revele los ‘secretos’ de la vida y de las obras elusivas tienda a poner las cosas en su punto, en el plano de las estéticas que discuten si las obras literarias o plásticas representan la realidad, dicen el mundo o postulan uno equivalente. Comenzando por lo más evidente: de qué manera ellas quieren contradecir nuestro modo ‘natural’ de abordarlas. Su ‘rareza’ y dificultad recordaría el procedimiento con el que Ortega y Gasset se situó ante el arte que era ‘nuevo’ en los años veinte: “Cuando a uno no le gusta una obra de arte pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no ha lugar la irritación. Más cuando el disgusto que la obra causa nace de que no se le ha entendido, queda el hombre como humillado, con la oscura conciencia de su inferioridad que necesita compensar mediante la indignada afirmación de sí mismo frente a la obra”.

Al contrariar el modo natural con que parecen venir las cosas hasta los hábitos del lector, la crítica no ha faltado a otra cita estética: equipararlo con los procesos ‘anómalos’ mediante los cuales las artes del siglo XX se han definido contra la tradición. Ruptura por la audacia o el desafío, por desconfianza hacia los recursos anteriores cuyos resultados eran los esperados. “Surrealismo”, “letrismo”, experimentalismo son nombres que más o menos se convocan con respecto a Trejo por lo que pueden tener de analogías con su extraño arte. En los cuentos de 1948, de hecho, flota la imaginería surrealista de un entorno cultural que todavía entonces pensaba que esa posición era una vanguardia. “La puerta se estremece. Hay carne pegada del candado y pedazos que le cuelgan. Todo él es una creciente desmadejada y el doble pecho tiene huecos sin llenar”. Nadie dejaría de evocar a Dalí ante semejante visualización metafórica por no hablar de ejemplos poéticos. En efecto, en el libro Los cuatro pies ocurre toda una demostración visual con concesiones al paisajismo pero en una atmósfera interior de supuestas imágenes oníricas. Inconsciente que algunas veces linda con la ‘ingenuidad’ técnica señalada por Orlando Araujo. Depósito de seres, libro de 1963, tal vez tenga que ver con ese sentimiento de la nota o taedium vitae tan peculiar de los años cincuenta. Muchas veces la palabra que niega se ve obligada a pasar por trivial para hacerse ‘significativa’ porque propone una cotidianidad laberíntica, absurda. Sobre el probable ‘letrismo’ de Trejo —el juego fonético se le parece— no hay sino que ver la ‘combinatoria’ de sus construcciones verbales más frecuentes para concluir que no salen de un sombrero agitado. Su relación se encontraría mejor situada si se lo piensa vinculado al ‘concentrismo’ cuando se ‘miran’ sus novelas. Los textos no nombran las cosas o el mundo, son artefactos en sí mismos. O la difícil ‘partitura’ de páginas y páginas de poesía a lo Mallarmé en la novela Andén lejano, el andamiaje poético de Textos de un texto con Teresas, que provocaría alguna relación con el ‘textualismo’ de los estructuralistas. Un artefacto visual dirigido a los ojos pero también a otras experiencias sensibles, la de lo gráfico: las ideas que se hacen visuales, independientemente de su cualidad de ser comprensibles para otros. Rápidamente se piensa en la angustiosa acumulación de decorados y hechos como ‘insignificantes’ que ocurren en la película El año pasado en Marienbad de Resnais. O la jocosa transcripción gráfica que En mientras octubre afuera se hace del popular estribillo “palo, palo, palo, palo, palito, palo é, é, é, palo, palito, palo, é”, mediante estos garabatos, como planas de escolar: ////// é é é é /// é. Son como los trazos dirigidos hacia el momento en que una escritura verdaderamente dificultosa lo es en su esencia: no existe para ser ‘legible’, ‘entendida’, sino tal vez para ser particularmente ‘visible’.




Cine - ALAIN RESNAIS «EL AÑO PASADO EN MARIENBAD»

Semejantes aproximaciones acaban casi siempre en la otra etiqueta que sin remedio se encola sobre Trejo: una narrativa ‘experimental’. “Les anticipo —dice alguien en el cuento “Horas escondido en las palabras”— que habrá de copiar cuarenta y dos preposiciones, doce adverbios, cincuenta y cinco artículos, ocho conjunciones, doce pronombres, dos contracciones… Los jugadores solamente podrán disponer de una interrogación de veinte puntos, veintidós comas, cinco puntos suspensivos, cinco guiones, un punto y coma, y dos palabras que les dicte”. Apenas se va a destacar el lado material o físico que evoca las tareas que se imponen los artistas experimentales que a la manera de los practicantes de la música electrónica, colocados ante frases de las que ignoran su naturaleza, las estudian empíricamente para hallar sus posibilidades desconocidas, trabajo en el que inventan las normas en el mismo momento en que las están haciendo. Se observará que las numerosas comparaciones tienden a vincular a Trejo con realidades artísticas que no son exclusivamente literarias. Consérvese entonces el concepto de analogía: lo que en parte es idéntico y en parte distinto. De allí las muchas referencias a las artes plásticas que en esta lectura no deben tomarse sino como alusiones sin propósito de rigor. Experimentalismo que según ha aclarado Julio Ortega es predominantemente ‘festivo’, es decir, no se hace por medio de técnicas matemáticas, cálculos y reglas establecidas, sino que nacen así porque sí. Sólo una deliberación o postura inicial que el mismo Trejo ha ‘confesado’: no le interesa el cuento que se puede relatar oralmente, busca únicamente el que se reelabora y escribe palabra por palabra, dice él que sin saber lo que vendrá en la frase siguiente. Intención a la que terminan por ajustarse los lectores cuando para ‘gustarlo’ son trasladados al arte primigenio de deletrear. Terminado el proceso primario se preguntan si semejante acumulación de palabras no predica el silencio. Dos posturas ha tenido la crítica frente a esa constancia del autor. Una sostiene que no hay nada más allá de las palabras y en ellas concluye el esfuerzo de seguirlas y adivinar la trama que inexorablemente contienen escondidas. Otra afirma —ha dicho Juan Liscano, por ejemplo— que en esos trozos hay como la grafía del arte islámico: saturan el espacio porque tienen prohibida la representación del mundo. Un dogma y una fe. Tales lecturas, dispararían asimismo el texto hacia la ontología del silencio —callar es mucho más que decir— o a lo mejor hacia el origen de todas las escrituras: el carácter pictográfico que muestra una forma más que un nombre, un objeto, un mundo.

*Ensayo publicado originalmente en el libro Hacer tiempos, publicado por el Fondo Editorial Fundarte, Venezuela, 1995.




miércoles, 11 de marzo de 2026

Oswaldo Trejo a Julio Ortega: jamás para escribir tomo notas o establezco un plan



OSWALDO TREJO. Fotografía de VASCO SZINETAR. Foto coloreada.


Estimados Liponautas


Hoy compartimos esta entrevista a al escritor venezolano Oswaldo Trejo, un escritor cuya presencia en la red es bastante pobre. Próximamente publicaremos una entrevista inédita en la red del escritor. 
Al final de la entrevista podrán escuchar el cuento "Una sola rosa y una mandarina" que hasta el 10 de febrero de 2026, fue publicado el 13 de octubre de 2023, solo había tenido 41 visitas. Y después los intelectuales nacionales tenemos el tupé de hablar de la increíble raigambre y popularidad de los escritores venezolanos en nuestro propio país. 

El régimen venezolano tiene bloqueado el acceso al portal de El Nacional así que la gente para acceder directamente a esta entrevista debe utilizar una vpn. Nosotros le ahorramos el trabajo a los internautas venezolanos amantes de la literatura.

Esperamos que con la publicación de esta entrevista y del cuento hagamos más cercano al público venezolano a Oswaldo Trejo.

Disfruten de la entrada

Atentamente


La Gerencia.


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Papel Literario


Conversación con Oswaldo Trejo  (Ejido, Mérida, 10 de junio de 1924 - Caracas, 24 de diciembre de 1996)

Por Papel Literario

agosto 4, 2024 12:30 am




Julio Ortega: Sería interesante para todos remontarnos a 1960, cuando estás en Bogotá y empiezas a escribir Andén lejano, y preguntarte, en primer lugar, por las motivaciones del libro, el plan de escritura, y el tiempo que se tomó. ¿Cómo se te fue imponiendo el texto? vd

Oswaldo Trejo: Bueno, primero que nada debo decir, después de oír a Julio Ortega, que su interpretación a mi manera de ver es extraordinaria, y coincide con muchos de los aspectos que me planteé cuando comencé a escribir esa novela, con antecedentes de otros textos míos ya escritos. Me proponía, en cierto sentido, poder hacer otro tipo de literatura, otro tipo de escritura. Cuando yo comencé a escribir esta novela en Bogotá, después del año 1949, había viajado a Europa, había estado en el Brasil, había estado en Colombia, pero sobre todo tenía toda la alegría que el Brasil me pudo dar, porque se trataba de Copacabana y de Río de Janeiro, y el que no se alegra allí no se alegra en ninguna parte, ni baila en ninguna parte. Sin embargo, cuando muere mi madre yo estoy muy joven y mi apego había sido definitivo, era inseparable de ella y ella de mí; mi padre había muerto cuando yo era un niño de 9 años, y el recuerdo que tengo de él es muy lejano y áspero. Él tenía 73 años cuando muere, yo era el último hijo y el único varón que había tenido: era un hombre de piel ruda, arrugado ya, de barbas, fumaba tabaco, tenía unas manos muy gruesas, porque aparte de otros oficios, era domador de caballos; y con esas barbas, con ese olor a tabaco y con esa ancianidad, quería unirse a mi piel de niño; pero yo siempre tenía un rechazo a esas cosas ásperas, y además él era un hombre de carácter fuerte. Toda esa situación me lleva a lo opuesto, que es la madre; una mujer de gran ternura, de gran carácter, pero que a partir del nacimiento mío queda con un dolor de cabeza para toda la vida, que fue de lo que murió. Ella vivía con la cartera llena de aspirinas y de calmantes y no hubo un solo momento en su vida en que la cabeza no le doliera, a veces eso iba a unos extremos de llegar a gritar, gritos que se oían alrededor de una cuadra, de dos manzanas, y aquello era espantoso. Finalmente llegamos a saber, cuando ella ya tenía 56 años, que es cuando muere, que tenía en formación un tumor mínimo en el cerebro, que de la manera más mínima y más lenta iba creciendo. Resolvemos entonces llevarla a Nueva York a una operación de trepanación de cráneo; yo no hablaba inglés, todavía no hablo inglés, apenas leo cosas, pero la acompaño en mi primer viaje fuera de Venezuela. A los tres o cuatro días de exámenes y de toda esa serie de cosas, hay que pasar a la operación y me habían hecho creer los médicos que aquello iba a salir muy bien. Pero la víspera de la operación le inyectaron aire por los oídos para un último examen y unas últimas radiografías y se le reventó el aire en el cerebro, quedó sin conocimiento. Yo no estaba en el hospital, yo andaba con un amigo pintor del Taller Libre de Arte, Marius Sznajderman, muy amigo mío que años antes se había ido a los Estados Unidos y vivía allá; lo encontré, me acompañó a todas partes, al Museo de Arte Moderno y otros. Pero cuando llego en la tarde al hotel me dicen que me han llamado urgentemente del hospital y me sorprende muchísimo que un señor muy austero, muy distante, me dice: “Yo lo acompaño, señor Trejo”. En efecto, me lleva al hospital donde me está esperando el médico de cabecera y me dice: “La señora va a morir a las seis de la mañana”; yo había llegado al hospital como a las 7 de la noche, y efectivamente a las 6 de la mañana expiró. Aquello trajo tal carga de violencia y de incertidumbre, de no aceptarlo y de no creerlo, que todo eso permaneció en mí siempre. Además, me tengo que quedar en una funeraria, en un apartamento con el cadáver, hasta que hubiese embarque para Venezuela, no por avión sino por barco. Entonces yo andaba casi permanentemente solo y, a veces, con Mario Abreu que quería sacarme de esa situación, pero cómo me iba a sacar de un apartamento donde estaba la urna y todo lo demás. Cuando regresé me costó muchísimo reponerme, pero me quedó la idea de que ella no había muerto, de que yo tal vez había enloquecido; me había venido a Caracas y la había dejado abandonada en algún sitio en Nueva York donde estaba perdida, donde no hablaba tampoco ella inglés; donde no podía ser recuperada por nadie, donde terminaría tal vez internada en algún sitio de locos. De ahí las cartas, como tú las venías viendo, que a través de sus fragmentos, de sus palabras cortadas, son una memoria que no coordina un discurso coherente sino que se le da en pedazos; ella tal vez quiere escribir amor pero no lo escribe, y así todas las palabras están cortadas y partidas, pero conservan un sentido de recriminación, de acusación, de reclamo, de dolor. Y de allí viene el planteamiento ya en la escritura de la forma de darse la situación, porque las cartas nunca las escribí, lo que tenía era el sentimiento de culpa de un abandono y de que ella me lo reclamaba. Como dije, habiendo estado en Río de Janeiro, en Copacabana, en los grandes carnavales, ese tipo nunca se alegró lo suficiente como para sentirse liberado de ese peso de muerte y culpabilidad. Y si yo no escribo ese texto tal vez hubiera enloquecido, no habría podido hacer más nada. De manera que dentro del planteamiento de un nuevo lenguaje, de una nueva escritura que ya venía en mí desde los primeros trabajos literarios que había publicado, especialmente aquel cuento que se llama “Escuchando al idiota”, la novela se realiza a partir de la situación de dos personajes, yo diría que tres, que son: el que narra, que es un Ecce Homo, y las dos figuras, segunda y tercera personas, que son otros dos Ecce Homo, pero que en el fondo no son sino uno solo. Inclusive en el diálogo, desde que la novela comienza, viene de unos puntos suspensivos, de algo que ya está dicho, y en todas partes donde el diálogo se establece entre un Ecce Homo y otro Ecce Homo, es con puntos suspensivos y letras minúsculas, porque no es diálogo propiamente, sino un diálogo dentro de la fluidez de un discurso que se va dando como una continuidad muy reiterativa a través del texto, la muerte de la madre, y no solamente eso sino la muerte misma: está al comienzo del texto la ubicación del sitio desde donde habla ese hombre, que es un apartamento de Bogotá, situado en la Carrera Séptima, que es lo único que mantiene de veracidad, porque es un dúplex con quince escalones muy reiterados en el texto, la mesa ovalada, un espejo en la parte alta del cuarto, etc. Pero ocurre que ese apartamento viene a ser habitado por otro apartamento, un apartamento romano, que se enquista en el primero donde se viene dando toda la situación. Las referencias de ese apartamento romano son: una calle muy marcada siempre, una agua que emana de la pila, un árbol que está en la cuadra, una acera rota; y esto es lo que resuena continuamente en ese otro apartamento, que es un pequeño estudio de sólo quince escalones que conducen al segundo piso.




En este aspecto de la novela siempre estuvo planteado el proceso del lenguaje, el proceso de escritura: cómo voy a dar esto, desde qué punto de vista, desde qué forma verbal; y, al mismo tiempo, buscando la manera de que no resultara una cosa barroca sino de una dirección muy limpia en la escritura, pero muy reiterativa. Entonces, los dos personajes que dialogan permanentemente son uno mismo pero uno buscando una diferencia; porque para uno de los dos Ecce Homo la madre está muerta y enterrada, olvidada o en proceso de ser olvidada definitivamente, y es él quien escoge seguir, porque una vez que una persona ha superado esta situación tan terrible puede seguir, una vez que ha aceptado que se murió y que no hay nada que hacer sino seguir adelante; mientras que el otro se queda permanentemente en el esperar, en el esperar que aparezca, que la encuentre, y a donde vaya todas sus salidas son a buscar a la madre, que se le aparece algunas veces en ancianas que andan por las calles, decrépitas, locas, un personaje totalmente desposeído de la vida y de la fortuna, y él las sigue, las persigue, se le pierden, cruzan en una esquina, se meten en un almacén, y él va persiguiéndolas cuando salen, y siempre está a la espera de encontrarla.

Andrés Mariño Palacio. Ilustración de Orlando Oliver

JO: En el momento que tú estás desarrollando finalmente este planteamiento narrativo, estas dos situaciones frente a la muerte de la madre, ¿había una familia literaria, o algunas novelas que te importaran como ejemplos o estímulos?

OT: No en ese momento. Conmigo ha pasado que cuando estoy escribiendo, cuando comienzo algún trabajo, me aparto un poco de las lecturas, sean nuevas o sean lecturas que ya quiero volver a hacer, porque me distrae muchísimo, me perturba muchísimo. Yo tuve la suerte de pertenecer al grupo Contrapunto. Entre otros miembros de mucho valor, de mucha inteligencia y mucha inquietud, eso en el año 45, estaba un muchacho que se llama Andrés Mariño Palacio, que murió muy joven y que pudo haber sido uno de los grandes escritores de este país; era un ser extraordinario, de una gran inquietud, y escribía continuamente. Reseñaba todo lo que iba leyendo y todo lo involucraba en la lectura de grupo; eran los grandes escritores que después de la guerra mundial publicaban editoriales de México, Argentina, Chile, empezando con los rusos, Dostoyevski, Chejov, los alemanes; en ese momento estamos leyendo aquí La muerte de Virgilio, Los sonámbulos, La montaña mágica; y también Ulises de Joyce, en la primera traducción de Salas Suvirat; Proust y Kafka, por supuesto; y los italianos y escritores norteamericanos. Se daba más una relación con ese tipo de escritores que con los escritores del continente latinoamericano. Habíamos tenido una formación directamente a través de la universidad o de las carreras que se hacía independientemente, pero siempre con ese norte que marcaba el grupo Contrapunto, que fue muy importante en ese momento venezolano. De manera que entonces es cuando uno comienza a escribir, ya sabe que la literatura no puede ser a la manera de Gallegos, como tampoco podía ser de las maneras ya viciadas del nativismo, del costumbrismo, que produjeron magníficas realizaciones, pero que ya no pertenecían al nuevo decir, a otra época y a otra sensibilidad. De allí los planteamientos que en mí fueron indispensables, que surgieron como algo que tenía que enfrentar y correr el gran riesgo de hacer algo con lo cual no hubiera perdido yo nada, ni los demás tampoco; pero no podía hacer sino este tipo de escritura, que era ya mi manera de ver y mi manera de haber aspirado a algo importante.

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Antonia Palacios y Oswaldo Trejo. 1978. Fotografía de Vasco Szinetar. Imagen tomada de aquí.



JO: ¿Y cómo aparece tu relación con Antonia Palacios, a quien pertenece el epígrafe del libro?

OT: Mi relación con Antonia Palacios aparece posteriormente a mi relación con Guillermo Meneses y Sofía Imber, cuando yo publico el primer libro que se llama Los cuatro vientos, un libro de cuentos, Guillermo Meneses tenía una columna semanal en El Nacional de lecturas de libros.

Mi libro aparece en diciembre del 48, editado por mí mismo, en una tirada de mil ejemplares que costaron 500 bolívares; yo había ahorrado una platica y mandé a editar el libro. Aunque ya era amigo de Mateo Manaure, yo no tenía relaciones literarias ni tampoco en las bellas artes. Pero como ocurre siempre, cuando uno publica su primer libro quiere que todo el mundo lo tenga y todo el mundo lo vea: envié 30 o 40 libros por correo. Entonces el correo funcionaba, las cosas no se las robaban, no se perdían y llegaban a su destino, pasaron las navidades y en los primeros días de enero, para mi sorpresa, aparece una nota de Guillermo Meneses hablando maravillas del libro.


El primer cuento que yo escribí, muy pobre y muy joven, fue un cuento rural: después de unas vacaciones mías en Mérida, llegué y escribí ese cuento, ya yo traía desde muy niño la cosa de la escritura y de la literatura porque vengo de una familia de muchos escritores en Mérida. Metí el cuento en un sobre y se lo mandé a Juan Liscano, a quien no conocía tampoco, él era entonces director del Papel Literario de El Nacional; le mando mi cuento para que lo publiquen y me quedo esperando. Pero pasaron tres meses y el cuento no aparecía, lo primero que hacía yo al amanecer era ir a buscar el periódico a ver si el cuento había salido; hasta que la mañana de un domingo, yo no sé si era porque no tenían nada más que meter, lo publicaron. Yo más nunca lo he recogido ni he querido saber nada de él porque me parece malísimo. Pero entonces compré tres o cuatro periódicos, llegué a mi casa: “El cuento lo publicaron”, y todo el domingo lo paso yo por todas las cuadras del barrio donde vivía en Catia: “Este soy yo, este soy yo, este soy yo”, mostrándole a todo el mundo el cuento; y tanto lo dije en el vecindario, que terminaron llamándome los amigos, y también gente que yo no conocía: “Este soy yo”: “Aquí viene Este soy yo”, “Allá va Este soy yo”, “Este soy yo va con sombrero nuevo”, porque entonces usaba sombrero.


Después conocí a Juan Liscano y, apenas hace dos años, en la Bienal Picón Salas, públicamente le di las gracias, porque yo era escritor por culpa de él, porque si él no hubiera publicado el cuento tal vez yo no me hubiera ocupado de escribir nada de esto. Guillermo Meneses escribió esa nota sorprendente sobre un nuevo escritor que había aparecido, de las intenciones de su escritura; y Sofía y Guillermo empiezan a preguntar quién es Oswaldo Trejo, dónde está Oswaldo Trejo, de dónde salió este escritor. Y llegan una tarde a Catia, a mi casa, frente a la plaza Pérez Bonalde, a buscarme. Allí nos hicimos amigos, me incorporé a la parranda de ellos, que ya era el Taller Libre de Arte, y fui presentado, como se dice, en la alta sociedad literaria de este país. En las grandes recepciones de Antonia Palacios y Carlos Eduardo Frías, de Inocente Palacios, de Isaac Pardo, de Elías Toro, de Miguel Otero Silva, de Juan Liscano, de pronto me vi yo en mi primer valse y de allí una de las amistades más antiguas y más extraordinarias que yo he tenido es la de Antonia Palacios. Ella me ha visitado a donde quiera que yo he estado y yo exactamente igual; y, aun viviendo en una misma ciudad, sea París o Caracas, siempre nos habíamos escrito, hasta hace un tiempo que uno perdió el hábito de las cartas. Yo tengo un rimero de cartas de Antonia y ella tiene un escaparate de cartas mías; es la correspondencia más abundante que yo he tenido, y una cosa casi amorosa, una afectividad extraordinaria.

JO: ¿Pero el epígrafe es posterior a la escritura o su motivación?

OT: No, es anterior, de mucho antes, viene de una carta de Antonia.

JO: ¿Cómo es el manuscrito de la novela?, ¿hay muchas revisiones en su proceso?

OT: Mira, no existe el manuscrito. Yo no tengo el manuscrito, no guardo manuscritos; escribo todo a mano, en cuadernos, y voy rehaciendo los textos, en el mismo cuaderno o en otro, como los fondos, tú sabes, de los trapiches de los ingenios, donde el guarapo se va pasando de un lado para otro hasta que por fin está el caramelo hecho, el papelón de batir y hacer los papelones. Voy pasando de un sitio a otro, escribo con distintas tintas y lápices de colores para destacar determinada frase, determinada palabra y hacer tachaduras, y también otras tachaduras para volver a incluir. Eso que llaman la crítica genética, si esos manuscritos existieran, se darían un banquete de cardenal.

JO: Pero ¿qué pasó, están destruidos esos manuscritos?

OT: Todo lo voy destruyendo; finalmente voy a la máquina de escribir y paso, y a veces vuelvo a la máquina de escribir para pasar a otros cuadernos, y así voy construyendo. Hay una cosa que me ocurre como escritor, yo no puedo pasar de un párrafo a otro si para mí ese párrafo no está dentro de lo que yo quería, donde yo deseaba y como yo lo visualizaba. Después no sé cómo va a ser el segundo párrafo, porque jamás para escribir un libro o un cuento tomo notas, jamás establezco un plan. La mía es una escritura sumamente gozosa, sumamente lenta y sumamente involucrada por una pasión y una dedicación de horas y días para lograr dos cuartillas; tal vez cinco o diez en un mes. Además, hay otra cosa que no sé si te lo dije alguna vez, me he considerado siempre un escritor sin tema; si yo leo esta novela u otro texto mío, no lo puedo contar, y no creo que nadie lo pueda contar; pero sí son textos que se pueden penetrar a través de una mirada, a través de una cultura y a través de una gran sensibilidad.

JO: Y el tiempo de escritura, ¿cómo se te aparece, Oswaldo?

OT: Muy largo, muy lento. Andén lejano se llevó seis años, ocho años, y cada uno de esos textos largos míos se llevan diez, doce años. Y no son cuatrocientas, quinientas páginas, sino que llevado a limpio, a máquina, no pasan de 200 cuartillas, tipo carta, con grandes márgenes; para creer que he escrito mucho suelo coger grandes márgenes. Entonces, lo que para otro resulta ser dos páginas, para mí son veinte.

Visualizo mucho el texto, no solamente lo visualizo, sino que lo transmito, lo traslado inmediatamente, a través de la memoria, en imágenes; de pronto uno está describiendo un brazo de la posición de una persona en el espacio, y resulta que cuando termina le he puesto cinco brazos. Por eso me gusta visualizar lo que va ocurriendo y lo que se va haciendo, lo llevo casi a cuadros donde está ocurriendo lo descrito. Es decir, como si fuera un pintor que está trazando un cuadro y poniendo unos colores.

Es una escritura sumamente lenta pero nunca me ha producido dolor o malestar; cansancio por supuesto que sí porque, a veces, son tantas las horas del día que le dedico a algunas páginas, que llego vencido a la cama, en la madrugada. Y a veces me ha pasado, con este último texto, que es algo absolutamente obsesivo, a veces con gran acentuación de la escritura, que al levantarme para ir a mi trabajo me he acercado a la mesa donde tenía lo que había escrito la noche anterior y encontrado que el trabajo había seguido. Debo haber estado en una especie de sonambulismo y he seguido escribiendo el texto; no era un texto perfecto, ni demasiado coherente, pero el texto estaba allí fregándome y yo fregándolo a él. Me ocurrió dos o tres veces ese fenómeno. Y decidí detenerme allí. Nunca he tenido nada que ver con psiquiatría ni con analistas, todos mis problemas me los resuelvo yo porque a mí una persona que no tenga nada que ver conmigo no me va a decir cómo voy a resolver mis problemas. Entonces, me tomé un descanso, hice un paréntesis de un par de meses y volví.

JO: ¿Y cómo se te impone el grado de complicación comunicativa del texto, no sientes en un momento dado deseos de resolver esa complejidad para el lector?

OT: Sí, a través de la estructura, porque lo que puede ser la motivación, sobre todo una tan importante como fue para mí ésta de Andén Lejano, siempre se queda atrás, siempre.

JO: Un texto también a flor de piel. No se puede olvidar ese ¡ay! agonista que se reitera al final.

OT: Un ¡ay! con el que volvemos a Cristo en la cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, ese ¡ay! terrible.

JO: El final es muy desgarrado, y además se separan los dos personajes, lo que lo hace angustioso.

OT: Claro, pero estas cosas yo pienso que un escritor no las debería contar, los orígenes de un texto. No hay nada que agregar a lo que ya está hecho y dicho, pero es muy interesante que haya conversado un poco de todo esto. Ahora, hay una cosa que quiero señalar; la razón de por qué este libro se dio, o cualquier libro mío, e inclusive cualquier otro cuento. Como no hay la armazón de lo anecdótico, como no estoy contando una cosa que pasa y comienza, se desarrolla y termina, y sigue una línea directa o indirecta, como quiera que sea, no hay esa posibilidad de un leer amarrado de la anécdota, y si la hubiese tenido la cuento y no la escribo. Yo tengo cantidades de relatos en la cabeza, pero si se me vuelven cuentos no los escribo. Si yo los puedo contar, alegre, en la charla con música de fondo, ya para qué los voy a escribir. Siempre será distinto el cuento en la escritura, cosa que no se da, a veces, en la mera historia lineal.

OSWALDO TREJO. Fotografía de VASCO SZINETAR



*Entrevista realizada en el Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela, 1994. Copiada del libro inédito Trece Trejos, compilado por Violeta Rojo.









Cuento: Una sola rosa y una mandarina. de Oswaldo Trejo
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