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jueves, 13 de junio de 2024

Margot Benacerraf, las múltiples voces de una niña inmortal que fue, es y será

 



Mis días con Margot

«Miraba con unos ojos exultantes. Sus dientecitos -mínimos-, su pequeña estatura y su sonrisa frecuente terminaban por completar su estampa de niña inmortal»


SONIA CHOCRÓN | 06 JUNIO 2024

No voy a hablar de la película Araya, ese largo poema visual, como la llamaba ella misma. Tampoco de la genialidad de las luces y sombras y contrastes de Reverón y sus muñecas. Ni de cuando fundó la cinemateca, ni de todo lo que hizo, propició, creó, fomentó y mimó para y por el cine venezolano. Para eso hay expertos, biógrafos, historiadores y estudiosos de toda su obra.



Yo voy a contarles de su autito, de sus ganas de vivir y hacer, de su juventud, de su dientecitos, de sus sortijas, y de su inmortalidad.

Margot y su papá


Margot era muy Margot desde siempre. Me contaba mi abuela que su padrino -un reputado médico, investigador y descubridor-, solo encontraba oídos a su sabiduría en la Margot adolescente, aficionada como él a la ópera y muy culta, casi tanto como él. 

Se conocían casi todos los sefarditas de la Caracas provinciana de los años 20 y 30, cuando la comunidad judía de la época era aún incipiente.


Esa fue la primera noticia que tuve de ella, una anécdota de mi abuela materna.

Margot a los 15 años


Por supuesto me hice estudiante de comunicación social y entonces ya sabía perfectamente de la importancia de Margot Benacerraf, de sus películas, del Inciba, de la cinemateca, y todo lo demás. Pero no la había visto nunca excepto en periódicos, libros y revistas culturales.


Ya graduada y en los tardíos años ochenta cuando me fui a vivir a México, García Márquez me encargó llevarle a Caracas, a Margot, algunos recaudos. Ella volvía a ser su amiga después de años de silencio y distancia, a raíz de un impase con el guion/cuento de “La Cándida Eréndira” que habían planeado filmar juntos.

Así que puede decirse que fue a través de García que llegué a Margot, o Margot llegó a mi vida.



Llevé el mensaje y los recaudos y nos conocimos en persona a mi vuelta de México.


Congeniamos desde el principio, esta señorita -así prefería ser llamada, señorita Margot, y yo. 


Margot nunca se casó y se sentía muy cómoda con el tratamiento de señorita.


Pero, ¿por qué congeniamos inmediatamente? Ella era ya grande, yo una joven admiradora, pero de alguna forma había sido candado en la reconciliación de ella y Gabo. Y ambas éramos de origen sefardita  y teníamos además antepasados e historias comunes



Margot en el jardín de Picasso


.Así que la amistad fue inmediata, y fue coser y cantar.


Entonces de su mano supe de amigos suyos que luego fueron los míos.


Margarita Márquez, que en paz descanse, exdirectora de la cinemateca nacional, esposa del filósofo y escritor Fernando Rodríguez, ambos amigos de Margot, la llamaba Margarita. Para otros era solo Margot. Como para los Molina Rauseo, Rodolfo Izaguirre, Franca Donda, Romelia Arias, las Ramia, y una larga, larguísima lista de personas y personajes que quisieron a Margot.


Conversábamos por teléfono, o nos reuníamos en su departamento, muy cerquita de la mi casa, en su magnífica biblioteca llena de libros, papeles, carpetas, archivos, grabados, reproductores, música y fotos. O en su cocina. O en mi casa, o en su corolita fiel.


Benacerraf y Vinicius de Moraes



La primera asignatura que me encomendó fue participar como jurado en el recién creado premio de guion cinematográfico Margot Benacerraf en el festival del cine venezolano. Y así lo hice, en la Mérida de finales de los años 80, acompañada por Luis Britto García, en aquel momento sin revolución, y el magnífico y discreto escritor Ednodio Quintero.


Después de aquello ya fuimos consuetudinarias. Hablábamos por teléfono casi a diario.


Íbamos a eventos, presentaciones, inauguraciones, obras de teatro, y al cine sobre todo, juntas. Venía a casa invitada a celebrar algunas fiestas hebreas de guardar. Y en otras ocasiones íbamos a saraos y embajadas acompañadas de otra inseparable suya de aquel tiempo, la cálida Romelia Arias.


Así que usualmente conducía Margot, en su autito Toyota corolla de otros tiempos, y nos aventábamos por la autopista Francisco Fajardo hacia el Ateneo de Caracas, a la sala que llevaba su nombre a ver alguna película, o a visitar a María Teresa Castillo, alguna exposición, a una junta.

Margot Benacerraf y el presidente Rafael Caldera durante la entrega del premio nacional de cine 1995


Margot conducía aquel autito oscuro y antiguo con tal arrojo y tal despiste, que mi divertimento era pensar en los titulares al día siguiente de un accidente imaginado. Dos personalidades septuagenarias de la cultura y una joven escritora anónima perecen en letal accidente de tránsito.


No fue así, por fortuna. Sobrevivimos todas.


Cuando íbamos al cine, Margot y solo Margot sabía desde cuál butaca se veía la proyección de un film al 100% de foco y nitidez. Y entonces, nomás entrar a la sala, -cualquiera de los cines caraqueños-, era ir directo a las dos butacas ideales y sentarnos. Y si estaban ocupadas, rogar que nos las dejaran mostrando su inseparable bastón (creo que consecuencia, por aquellos meses, de una caída que había tenido en Paris).


Margot no veía una película. Se metía adentro. En las actuaciones, en la dirección, en los ángulos de la cámara, en la historia y los motivos de sus personajes.



Y conversar con ella era lo mismo: terminaba uno imbuido de lleno en sus anécdotas, siempre increíbles, vitales, importantes, únicas. Todas como una ficción imposible pero verdadera. 


Puedo decir que de su voz conocí a Picasso, a Reverón, a Buñuel. A Resnais, a Godard…


Tenía unos archivos muy valiosos y en esos años justo había en su casa una persona que venía a diario para organizar y catalogarlo todo.


Ya por los años 90 llegó a Venezuela una investigadora/escritora/curadora norteamericana llamada Karen Shwartzman, hoy en día directora Senior del American Film Institute, para instalarse unos meses cerca de Margot.



Venía a entrevistarla para un trabajo exhaustivo sobre su cinematografía y una retrospectiva del cine latinoamericano en el MOMA (Museo de Arte Moderno de NY) a través de cuatro grandes mujeres, por supuesto una de ellas, Margot.


Así que seguí de cerca la entrevista -que duró meses- y el recuento de los impresionantes archivos de Margot. Detallista y perfeccionista hasta el clímax.


En aquel tránsito suyo ya de nuevo cerca de Gabo, Margot creó una fundación que saludaría desde Venezuela a la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano de Gabo. La suya se llamó “Fundavisual Latina”. La dirigiría inicialmente la cineasta Solveig Hoogestein, luego otro personajillo oscuro y pisapasito de cuyo nombre prefiero no acordarme. 


Desde allí, Margot creó el primer Encuentro Internacional de Telenovela. Unas jornadas memorables, inmensas, en las que todos los grandes de la televisión hispanoparlante acudieron y completaron un temario que dudo que haya tenido similar lugar y envergadura en algún otro país del mundo.



Desde TV Globo hasta Caracol. Desde Café con Aroma de Mujer hasta el productor de la brasileña Vale todo. Actores, autores, directores, productores. Una fiesta inolvidable. 


Tenía muchos otros talentos, Margot. Yo particularmente admiraba su experticia maquillándose (pido perdón por mi liviandad). Era para ella un arte natural. Impecable. Era coqueta, Margot. Coqueta púdica.


Le gustaba el buen comer, era austera y sencilla, y nunca se quitaba un modesto anillo de marfil , muy antiguo, que había pertenecido a su madre, gran experta en los manjares de la tradición sefardí.


La Margot que yo recuerdo, a la que tuve que dejar después cuando nació mi hija y no me quedaban horas libres para volver a ser su compinche, tenía el gesto invariable de una niña que descubre: penetrante, llena de brillo y curiosidad. Miraba con unos ojos exultantes. Sus dientecitos -mínimos-, su pequeña estatura y su sonrisa frecuente terminaban por completar su estampa de niña inmortal.

Margot Benacerraf.2012. Foto Ivan Dumont.


Eso pensé siempre, que era una niña inmortal.


Como en efecto lo es y lo será.


Tomada de La Gran Aldea

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Sonia Chocrón (Caracas, 17 de marzo de 1961) es una poeta, narradora y guionista de cine y televisión de origen judío. Está emparentada con el dramaturgo venezolano Isaac Chocrón.​

Nacida en una familia judía española y criolla,​ es Licenciada en Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello. Publicada por editoriales como Alfaguara, Bruguera, Monteávila Editores. En 1982 ingresa al Taller de Poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG). En 1988 llega por concurso al Taller “El argumento de ficción” de Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. De allí, viaja a México invitada por el premio Nobel para fundar el “Escritorio Cinematográfico Gabriel García Márquez” donde co-escribe guiones para la televisión y el cine.

Ha publicado -con éxito de crítica y público- poesía: Hermana pequeña (2020), Editorial Eclepsidra. Bruxa (2019), Ediciones Kalathos España. Mary Poppins y otros poemas (2015), Lugar común Editores. Poesía Re-unida (2010), Bid & Co Editores. Fe de errantes. 17 poetas del mundo (2006), Otero Ediciones. La buena hora (2002), Monteávila Editores. Púrpura (1998), La Liebre Libre editores. Toledana (1992), Monteávila Editores.; novela: La dama oscura (2014), Editorial Bruguera. Sábanas negras (2013), Editorial Bruguera. Las mujeres de Houdini (2012), Editorial Bruguera; cuento: La virgen del baño turco y otros cuentos falaces (2008), Ediciones B. Falsas apariencias (2004), Editorial Alfaguara.

Su trabajo -tanto literario como cinematográfico y televisivo- le ha merecido diversos premios y reconocimientos. Aparece en numerosas antologías poéticas y críticas. Publicada/traducida a varios idiomas en revistas académicas -poesía y narrativa- especializadas en literatura.

 Enlaces relacionados:


MARGOT BENACERRAF: Trabajar en el cine es algo así como enamorarse: es un estado pasional, pero lo importante es qué vas a contar y cómo lo vas a decir



Sonia Chocrón: Si te digo la verdad, José querido: me siento rehén del espanto

Una entrevista de José Pulido 



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miércoles, 5 de junio de 2024

MARGOT BENACERRAF: Trabajar en el cine es algo así como enamorarse: es un estado pasional, pero lo importante es qué vas a contar y cómo lo vas a decir

 

Margot Benacerraf. Imagen tomada de Het


Estimados Liponautas

El pasado 29 de mayo de 2024 muere la escritora, guionista, directora de cine y promotora cultural Margot Benacerraf. A modo de despedida y pequeño homenaje póstumo compartimos con ustedes esta entrevista.


Buen viaje a los Puertos Grises , Margot...


Esperamos disfruten de la entrada


Atentamente


La Gerencia


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«HAY QUE OBSERVAR MUY DE CERCA LA REALIDAD DEL PAÍS»

 ENTREVISTA A MARGOT BENACERRAF1

Álvaro Mata

Universidad Central de Venezuela

alvaromata8@hotmail.com


La primera vez que supe de Margot Benacerraf fue hace casi dos décadas. Me sorprendió escuchar en la televisión que el mítico nombre de una de las salas del antiguo Ateneo de Caracas pertenecía a una cineasta venezolana, aún con vida. Con el tiempo, ya en la Universidad, vi sus dos obras -Reverón (1951) y Araya (1959)- y no pude más que prendarme de ellas y convertirme en su admirador y difusor: en las reuniones que en esa época hacía con mis amigos, siempre coronábamos la borrachera colectiva con una función de estas piezas.





Subo en el ascensor al lugar donde la encontraré para la conversación que sigue, y las puertas del aparato se abren en la sala de su casa. El único cuadro que hay en las paredes da la bienvenida al lugar: es un carboncillo de Picasso que representa una plaza de toros. Inmediatamente recuerdo su experiencia con el pintor malagueño y el trabajo que juntos hicieron, hoy desaparecido.





Desprendo, por fin, la mirada del ruedo y me consigo con una hermosa mujer de 85 años, dueña de una mirada dulcísima y una fluida e inteligente conversación. Muestra de ello es lo que sigue.



— ¿Cómo fueron sus inicios en el cine? ¿Qué significó para una joven cineasta, mujer, abrirse paso por los inexplorados caminos del cine nacional?

 

—Inexplorados no, sino prohibidos. Aunque mi padre era una persona generosa, abierta, la sociedad caraqueña en los años 40 era muy cerrada, y la colonia sefardí mucho más; por lo que no era usual que una adolescente como yo estudiara bachillerato. Así que mi papá tenía una doble dificultad en admitir que su única hija hembra no se conformara con seguir la rutina, es decir: terminar el sexto grado y comenzar a prepararse para el matrimonio. Yo pedí estudiar bachillerato en el Liceo Andrés Bello, que para colmo era mixto. A veces me digo que debí haberle dado muchos dolores de cabeza a mi padre.


Liceo Andrés Bello. Años 60


Posteriormente, gané un premio y fui un trimestre a la Universidad de Columbia, en New York, donde estudié dramaturgia, y por una serie de circunstancias hice un papel en un examen de un joven que estaba estudiando cine; allí empecé a ver qué era el cine y me fui interesando poco a poco en él, hasta que me entusiasmé por completo.




Cuando terminé mi estadía en Columbia había descubierto el cine, y de ahí pasé a Francia. En la calle, me encontré con el cineasta César Henríquez, quien me dijo que había una escuela de cine muy buena en París, a la cual no era fácil entrar porque recibían a pocos extranjeros. Sin embargo, presentamos un examen muy difícil, donde participamos unas 100 personas, y solo aceptaron a 10, entre las cuales estaba yo.

Margot Benacerraf junto al pintor venezolano Armando Reverón.
Imagen tomada de VTactual



— ¿Qué representa para usted haber trabajado con una gloria -acaso la más grande- de la pintura venezolana como lo es Armando Reverón?


—Cuando mi padre enfermó, me vine de París a Venezuela, y aquí en Caracas conocí a Gaston Diehl, agregado cultural de la Embajada de Francia. Él me pidió que escribiera un guión sobre Armando Reverón. Yo aún no había estudiado cine verdaderamente, sino teoría y otras abstracciones. Investigué casi un año entero, iba de casa en casa fotografiando las obras del pintor, lo que fue un trabajo inmenso.

Al cabo de un tiempo, tenía sobre la mesa de comedor de mi casa no sé cuántas fotos, en donde se veía claramente la trayectoria de Reverón. A partir de allí escribí el guión y se lo di a Diehl, quien me propuso buscar una productora para filmar la película.



Yo conocí a Reverón antes de hacer la película, y cuando escribí el guión, iba casi todos los fines de semana a Macuto. Hablaba con él, le mostraba las fotos que conseguía con el fin de producir empatía entre ambos, para que él no se preocupara cuando yo llegara con la cámara. Luego bajé a filmar, pero con muy poca película. Cada escena fue dirigida, lo que quiere decir que Reverón fue muy dócil conmigo, fue algo estupendo. Me gusta esa especie de amaestramiento mutuo que se produce entre el director y los personajes.

Margot Benacerraf junto a una muñeca del pintor venezolano Armando Reverón.


— ¿Qué recuerda de su acercamiento a Pablo Picasso y del «divertimento» cinematográfico que juntos hicieron en Francia?

—Siempre me ha gustado mucho la pintura, por lo que he estado cerca de los pintores. Conocí a Picasso gracias a la película de Reverón, que se presentó con muchísimo éxito en París en el año 1953, en una sala de cine en los Champs-Élysées. Por esos días, unos amigos me llevaron al taller de Picasso y le dijeron: «Mira, esta persona chiquitica que tú ves aquí hizo una película muy buena sobre Armando Reverón». Picasso dijo que le interesaba verla y me pidió que le llevara la película a su casa en el sur de Francia. Creí que era una gentileza suya tal invitación, pero él insistió, y yo terminé yendo con mis rollos de película al sur de Francia. Fui por tres días y me quedé durante tres meses.



Todos los días filmábamos lo que a Picasso se le pasara por la cabeza: pintándole la rodilla a los bañistas, fabricando esculturas con los juguetes de sus hijos, trabajando en su taller… A esa filmación la llamé Diario de un verano, y creo que es una de las cosas más importantes que he hecho. En cierto momento la película se interrumpió, y todo ese material quedó en casa de Picasso, quien luego se mudó como seis veces. Intenté seguirle la pista, a él y a la película, porque todo el mundo quería ver esa filmación, pero fue imposible. Supongo que algún día aparecerá ese material.



— ¿Qué significó para usted ser testigo, en Araya, de la transición de un mundo ancestral, mítico, tradicional, al de la automatización, las máquinas, lo técnico?


—Yo busqué justamente eso, porque me parecía que era exactamente la representación de lo que es América Latina, en la que trascurren bruscamente 500 años, sin transición, sin evolución, a diferencia de Europa; así que tuve la oportunidad de poder filmar un lugar como si la cámara hubiera llegado con los conquistadores en el año 1500, y después ver cómo irrumpía el nuevo mundo. Corrí a Araya cuando me dijeron que sería la última explotación a mano de la sal, pues estaban unos franceses comenzando a construir la industrialización. Araya es un gran poema de amor a la península, a la gente.

Araya. Fotograma.


Posteriormente, hice el montaje de la película en París, y de allí pasó a concursar en el Festival de Cannes del año 1959. Fue un año extraordinario, creo que ha sido el año más importante en el festival: participaron Marcel Camus (Orfeo negro), Roberto Rosellini (India), François Truffaut (Los 400 golpes), Luis Buñuel (Nazarín) y Alain Resnais (Hiroshima, mon amour). Fue un año muy difícil del que tengo recuerdos maravillosos.

Luis Buñuel y Margot Benacerraf.


— ¿Qué hizo Margot Benacerraf después de Araya?


—Pagué con mi salud el esfuerzo de filmación de Araya, fueron esfuerzos físicos sobrehumanos. Esa película la hicimos un camarógrafo (Giuseppe Nisoli, agregado por el editor) y yo, solamente dos personas para todo -sonido, luces, imagen-, lo que llevaría un mínimo de 20 personas. Posteriormente, me hicieron muchas invitaciones para filmar películas, pero no pude aceptarlas porque mi salud estaba muy deteriorada. Mientras me recuperaba, llegó una petición de Mariano Picón Salas y Miguel Otero Silva, quienes estaban fundando el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA), pidiéndome que viniera a Caracas a colaborar con ellos. Me sentí en la obligación de hacerlo, pues si yo había tenido la suerte de estudiar afuera, a mi país le debía enseñar lo que había aprendido. Regresé a Venezuela pensando que me quedaría solo un año, pero cuando se quiere hacer algo, se desata una especie de reacción en cadena, así que estuve varios años en el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA) fundando cosas: la Cinemateca Nacional, el Centro Cine Ateneo, el Plan Piloto Amazonas; es decir, no paré. Luego comencé a trabajar con Gabriel García Márquez en la versión cinematográfica de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmadala cual no se llevó a cabo. El tiempo pasó y todo eso me dejó muy cansada, muy agotada.

Araya. Filmación.



— ¿Qué recomendación hace a los jóvenes cineastas

venezolanos?


—El cine venezolano está muy bien ahora, está creciendo, y yo creo que lo más importante para un cineasta, y para cualquier artista, es observar muy de cerca la realidad de lo que está sucediendo en el país, que es un país muy cambiante. Creo que el poder de observación es muy importante: observar, entender el país de uno, con cualquier óptica -realista, poética-. Es esa una de las mejores virtudes de un cineasta: observar y saber lo que quiere decir. Hay muchos jóvenes que creen que lo más importante es la técnica, pero lo importante es qué vas a contar y cómo lo vas a decir.

Cartel de Araya, usado en en su estreno en el país en 1979


— ¿Qué le falta por hacer a Margot Benacerraf?


—Tanto… Me gustaría tener unos cuantos años menos, primero para hacer otra película, porque físicamente no puedo, además la película que tengo en mente exige mucho esfuerzo. Todavía tengo mucha actividad, sobre todo por la remasterización de Araya por la casa Milestone, y el DVD que acaba de salir, el cual ha tenido mucho éxito. Es un milagro que después de 50 años esta compañía descubriera la película. Verdaderamente me siento muy emocionada.

Imagen tomada de VTactual.


Eso me tiene muy ocupada, pues a cada rato tengo que dar entrevistas, contestar llamadas, aceptar invitaciones a festivales, y así. También estoy haciendo el inventario de mi biblioteca, que es muy grande, y de mis archivos personales, los cuales pienso donar a la Fundación Fondo Andrés Bello de la Universidad Central de Venezuela.




— ¿Cuál es su relación con el judaísmo?

—En mi casa no había un sentido estricto de ortodoxia, pero sí había un sentido tradicionalista. A mi padre le gustaba conservar las fiestas judías que son muy bonitas, y que tienen un sentido teatral.

Yo cada vez que las veía decía lo mismo: «¡Puro teatro, puro teatro!».

Cuando murió mi padre, pasé mucho tiempo en Europa, por lo que tuve muy poco contacto con la comunidad judía en Venezuela.

Actualmente, como paso más tiempo en Caracas, y tengo mucha familia que está relacionada con la comunidad, asisto a diversas ceremonias, bar mitzvá, brit milá, etc.

Siempre he tenido interés por la mística; de hecho, mi tesis de grado para optar al título de licenciada en Filosofía y Letras (UCVabordó El cantar de los cantares. Durante años yo viajaba con la Biblia, pues me parece que es el libro más completo que existe. Y es muy posible que esa afición mía a la mística tenga algo que ver con mis raíces sefardíes.

Araya. Fotograma.


***


LA OBRA MAESTRA DESCONOCIDA



«En mi juventud escribí una pieza de teatro muy influenciada por Federico García Lorca. Se la di a mis profesores, a quienes les gustó mucho, y la mandaron a un concurso de piezas de teatro en la Universidad de Columbia, en New York, sin decirme nada. Al cabo de un año me informaron que la Universidad de Columbia me daba el premio, el cual consistía en montar y publicar la obra en el país de residencia del autor, además de un trimestre de estudio de dramaturgia en esa universidad. Eso fue en 1948, año en el que en Venezuela cae el gobierno de Rómulo Gallegos, y cambian todos los paradigmas.



De esa obra solo hice tres copias con papel carbón: una copia se mandó a la Universidad de Columbia; otra la tenía Arturo Uslar Pietriquien era ministro de Educación y se encargaría de publicarla; y la otra copia la tenía Alberto de Paz y Mateos, quien sería el director de la obra en Caracas. Recuerdo que la pieza se llama Crecientes. Me gustaría tanto leerla de nuevo; daría lo que no tengo por leer esa obra a ver qué fue lo que escribí».



«Trabajar en el cine es algo así como enamorarse: es un estado pasional. Tú no puedes estar razonando cuando estás enamorado, no te puedes preguntar nada a ti mismo: ¿por qué esto?, ¿por qué lo otro?». 

M. Benacerraf. 


Cuadernos Cineastas Venezolanos, Nº 9.



1 Entrevista hecha en octubre de 2011 con motivo del homenaje que le rindiera el Festival de Cine Judío de Caracas en noviembre de ese año. La primera versión de este texto fue publicada en el semanario Nuevo Mundo Israelita, número 1808.

Reverón | dir. Margot Benacerraf | Trailer | Guayaba




Tráiler de "Araya", de Margot Benacerraf en Ambulante 2012 | Enfoque



MEMORABILIA: Episodio 09 - Margot Benacerraf


Enlaces relacionados:


Margot Benacerraf, las múltiples voces de una niña inmortal que fue, es y será



MARGOT BENACERRAF: Trabajar en el cine es algo así como enamorarse: es un estado pasional, pero lo importante es qué vas a contar y cómo lo vas a decir



sábado, 11 de mayo de 2013

Algunas palabras sobre El Castillete del pintor venezolano Armando Reverón, por Federico Vegas








Sobre la Villa Reverón, por Federico Vegas


Ensayo tomado de la novela Los Incurables (Editorial Alfa), de Federico Vegas




Armando Planchart es el amigo de Armando Reverón que lo llevó a la Clínica San Jorge, y quizás pagó por su tratamiento. Allí pasó Reverón los últimos once meses de su vida.

En los años cincuenta, Armando, junto a su esposa Anala, se planteó crear en Caracas el más exquisito ejemplo de modernidad: la Villa Planchart, diseñada por el arquitecto italiano Gio Ponti. Esta bellísima casa es un ejemplo notable de cómo un arquitecto europeo, desde una pretendida universalidad, concebía una casa en el trópico. Es un volumen esculpido y elegantemente asentado en la cima de una colina ubicada en el centro geográfico del gran valle caraqueño y mirando al norte, sur, este y oeste. Allí reina sobre la ciudad sin pertenecer a ella.


Armando Reverón


Treinta años antes, Armando Reverón y Juanita comenzaron a construir su hogar frente al mar y al borde de una quebrada. El resultado es un ejemplo fehaciente de cómo un artista caraqueño pensaba que debía vivirse en El Caribe, justo donde entonces terminaba el lugar de veraneo de los caraqueños y comenzaba la plenitud de la naturaleza.


Me divierte emprender esta quimérica comparación entre la casa de los Planchart y la de los Reverón. Es tan estimulante pensar en la pareja de Armando y Anala, y luego en la de Armando y Juanita, ambas sin hijos, ambas inseparables, ambas dadas a la creación y a la fantasía. Son dos maneras de vivir: Los Planchart en el lujo y una elegante bonanza, los Reverón en una perentoria sobriedad. Y, sin embargo, ambas parejas celebraban la vida con la misma pasión y convirtieron sus casas en dos reinos, dos referencias, dos paradigmas.

Villa Planchart


Antes de pasar a otras coincidencias, voy a dejar atrás el calificativo de “villa” y usar los nombres que los dueños le dieron a sus casas, títulos que las hacen aún más compatibles: “El Cerrito” y “El Castillete”.




Graziano Gasparini fue el arquitecto encargado de traducir y supervisar los planos que enviaba Gio Ponti desde Italia para construir El Cerrito. En una de las visitas de Ponti a Caracas, Planchart y Gasparini lo llevan a conocer a Reverón. Ponti se emociona con la casa y taller del artista y le pide a Graziano que haga un plano del lugar. Este levantamiento, única planta que conozco de El Castillete, más las fotos del mismo Graziano, son publicadas en Domus (la revista milanesa de arquitectura y diseño que dirigía Ponti) en julio de 1954, dos meses antes de la muerte de Reverón. El reportaje de siete páginas fue titulado: Los sueños, sueños son. Por primera vez El Castillete fue considerado como una obra con valores universales, digna de ser reseñada en una publicación que exploraba la vanguardia internacional.

En la Biblia, el Edén viene a ser la geografía, un inmenso parque, mientras el Paraíso es un rectángulo ubicado en algún lugar de esa región, del cual eres expulsado y jamás podrás volver, a menos que quieras enfrentarte a un ángel con una espada en llamas. El Castillete fue un jardín construido dentro un Edén entre la montaña y el mar. Sólo existe algo igual en nuestros más remotos orígenes, los que lindan con nuestra propia mitología salvaje y su legado de felicidad, tragedia y desnudez. Me estoy refiriendo a la desconocida Biblia del Caribe.

La cueva. 1920

Los alrededores de El Castillete han sido destruidos mediante una masacre legislada con alevosía. Toda esa costa es hoy un ejemplo de estupidez, de oportunidades destruidas, extraviadas. Ya lo advertía Proust: “No hay paraíso hasta que se ha perdido”, y también Octavio Paz: “Los expulsados del paraíso están condenados a inventarlo”.
Me ha tomado mucho tiempo entender por qué me atrae tanto el cuadrado perfecto de la planta de El Castillete. Todas las civilizaciones han participado en la búsqueda de un paraíso perdido, y eso intentó Reverón: crear una naturaleza sagrada en medio de ese Edén que una vez fue el litoral central.

Armando Reveron , Juanita y Margot Benacerraf durante de la filmación del documental Reverón

En cuanto a El Castillete, todos sabemos que se lo llevó el deslave. Quizás es lo mejor que ha podido pasar. Ahora será imposible tanto abandonarlo como usurparlo; se acabaron las visitas y por fin tendrá un verdadero descanso. En su ensayo La gruta de los objetos, Pérez Oramas escribe: “Se cumplía acaso, en el más cruel de los modos, el destino diluviano de las grutas”. Y se consumaba también lo que el mismo Pérez Oramas propone como una de las búsquedas de Reverón: “La ruina sublime”.

En un lugar semejante se dio la primera relación entre Dios, el hombre, la mujer, la culebra y los frutos de la naturaleza. Fue un conflicto en el que participaron las verdades y las mentiras, las seducciones y las promesas, y, sobre todo, los efímeros premios y los inevitables castigos que han conducido nuestra altiva y errática relación con la creación. Desde entonces, unos asumen a la naturaleza como algo profano y peligroso, otros como un lugar sagrado y propicio para el encuentro con Dios y sus reglas inexplicables. Reverón creó ese cercado, sembró esos árboles e inició la búsqueda de un nuevo encuentro con lo trascendental. Al final terminó consumido por su propia conquista.


 


En El Castillete Armando vivía como un pequeño Dios junto a sus creaciones: un teléfono con el que puedes llamar a quien quieras y a nadie; un violín y un piano que sirven para escuchar el silencio; un cáliz que no puedes llenar de vino, pero tampoco vaciarlo; un espejo en el que ves lo que quieras menos a ti mismo; una escalera que asciende sin subir; muñecas que mientras más reposan más profanas se tornan. Los verdaderos símbolos son extraordinarias promesas que nunca llegan a cumplirse.

Puede que El Paraíso haya sido un círculo y no un rectángulo. Leo en un diccionario de símbolos que la ciudad tiende a ser representada como un cuadrado estable, pues suele ser la cristalización de un ciclo. En cambio los campamentos provisionales son circulares, una imagen más propicia al movimiento y a los comienzos. ¿Dónde queda el Paraíso Terrenal en esta oposición entre lo sedentario y lo nómada?

Desnudo Acostado. 1947
 
Pienso que Dios habría previsto su provisionalidad, pues impuso una normativa tan tentadora como difícil de cumplir. El diccionario que consulto propone que El Paraíso es una construcción circular y vegetal, mientras que la Jerusalén celestial, como culminación de un largo proceso, es cuadrada y mineral.
 
Partiendo de esta reflexión sobre una imagen rectangular, le pregunté a Graziano Gasparini si El Castillete no le recordaba el castrum romano, esas fortalezas trazadas como un damero cuadrado en medio de un territorio recién conquistado, donde se asentaba un campamento militar del que luego solía nacer una ciudad. Graziano lo relacionó más bien con la planta de las bastidas francesas, unas poblaciones amuralladas y también rectangulares que solían tener un torreón en la esquina, tal como en El Castillete, y el palacio del señor feudal en el centro, que vendría a ser el taller de creación en la versión de Reverón.

Armando Reverón. Foto de Ricardo Razetti

La conclusión de estas divagaciones es que El Castillete no se trata de un simple rancho. Existe en su gesta el esbozo de una pequeña urbe en la que participan los dormitorios de los dueños, el bar de las muñecas, y también la residencia del papagayo, del mono, de las palomas y hasta la de un puercoespín.

Otro tema que conversamos es la relación de El Castillete con la vivienda Caribe, una unidad concebida para vivir más afuera que adentro, donde los espacios cerrados y techados son sólo depósitos para guardar cosas, guarecerse de la lluvia y dormir, mientras la mayor parte del tiempo se está bajo los árboles. Allí se come, se juega, se conversa, se pinta.

Lo cierto es que la casa de Reverón ha sido una de las experiencia arquitectónicas más autóctonas que se ha dado en todo el litoral central. Y nació al lado de Macuto, donde desde finales del siglo XIX se estaban realizando viviendas tan eclécticas como foráneas, incluyendo modelos prefabricados que venían de Europa. Frente a todo aquel despliegue, Reverón construye un conjunto absolutamente caribeño.



Existen otras opiniones, pero también describen una experiencia compleja y sofisticada. Enrique Planchart considera a El Castillete una “mezcla de rancho criollo, choza tahitiana y construcción incaica”, “inextricable fusión de lo lógico y lo ilógico”.

Otros argumentos que nos alejan de la manera despectiva en que se califica a El Castillete de “rancho” –un tipo de construcción que suele asociarse a la miseria y la improvisación–, los encontramos en la breve autobiografía que dictó el propio Armando Reverón. La mayor parte de este texto la ocupan sus Notas sobre la construcción del inmueble, una descripción minuciosa de un proceso que comienza con “Dibujo y planos de la planta y fachadas principal y laterales”, y se extiende a la compra de maderas de Carenero, cemento, piedras, rieles, cabillas, alambres, tornillos y tuercas. Igual de detallada es la lista de las herramientas empleadas. En esta extensa enumeración de materiales e instrumentos se siente que el artista está enalteciendo una etapa muy feliz de su vida.

Cuando leí la lista del personal que contrató para la obra: “Ingeniero, Mr. Keller, albañiles, carpinteros, herreros, peones”. Creí que existía un ingeniero de apellido Keller, pero Graziano me señala que son dos personajes distintos, de manera que había un ingeniero y un constructor, presumiblemente alemán.


En los recuerdos de Armando tiene gran importancia la fiesta para la colocación de la primera piedra. Un domingo en la mañana invita a los amigos y vecinos, al constructor Mr. Keller y sus obreros. Después de realizar los “hoyos de un metro de profundidad para situar las columnas rústicas de araguaney y vera”, y luego de “clavarlas en tierra y fijarlas con cemento y piedras”, se da un gran almuerzo a las tres de la tarde. Armando enumera los platos con la misma profusión que los materiales. Luego, va a convocar a sus amigos y obreros a “otras fiestas los domingos siguientes”, para celebrar la “fijación de lumbres, marcos de caja, viguetas, cumbreras, tirantes, soleras, encañado, petrolizado, trojas, andamios, construcción de la muralla exterior, pretiles del caney…”. Cada jornada dominguera es seguida de otro “gran almuerzo a las tres de la tarde y, en la noche, fuegos artificiales y música, terminando con un paseo de luna”.

Estas descripciones exhaustivas se llevan casi una quinta parte del resumen de su vida. ¿Se trata del simple placer de recordar o quiere insistir en la importancia de su rancho, castillo y pequeña ciudad como epicentro vital de su obra?


Aparte de esa única planta que dibujó Graziano, existen abundantes testimonios y fotografías. En 1979 Boulton describe el taller del pintor en el medio del cuadrado amurallado. Ignoro por qué escribe en pretérito, si a finales de los setenta El Castillete aún estaba en buenas condiciones. Quizás no lo consideraba como una arquitectura, sino como la escenografía de una función que había sido clausurada:

 El centro del terreno lo ocupaba un espacioso y alto caney cubierto de palmas. Las paredes eran de estacadas de caña y grandes cortinas de cañamazo que servían para tamizar la luz. El piso era de tierra pisada y muy limpio. Sobre las vigas y horcones que sostenían el techo había un cielo raso de mecates y cabuyas cruzados donde guindaban los lienzos. También pendía un trapecio para ejercicios físicos que divertía mucho a los visitantes. Colgaban de las vigas pedazos de tul y la luz penetraba por las rendijas de lo que el llamaba la enramada. De un lado estaba la tarima en que las modelos posaban recostadas en cojines multicolores y rellenos de hojas secas. La luz entraba entre el techo de los tabiques por un boquete circular recubierto con la malla de un chinchorro de pescador. Sobre aquella tarima Reverón preparaba el escenario donde iban a reposar las figuras. Cortaba ramas de onoto, hojas de palma y de lechosas que situaba alrededor para que sirvieran de referencia cromática.





El espacio que más me interesa de El Castillete es un sótano que Mary de Pérez Matos describe en sus memorias:

Una trampa inesperada se abre, y ante los ojos asombrados del visitante aparece la escalera que da acceso a lo que Reverón llama ‘la cava’. Está en el cauce de una quebrada, con todas sus piedras y su encanto húmedo. En el oscuro recinto, más propicio para una cueva de malhechores que para los fines estéticos y domésticos que le asigna Reverón, nos sorprende otro descubrimiento: una nevera natural hecha de piedra y empotrada en el muro, ideada por nuestro guía, cuyo cerebro es un depósito de trucos maravillosos. Casi nadie sospecha que debajo del estudio se encuentra un sitio tan grato donde se puede filosofar y beber tranquilamente.

En el libro de Robert Graves La comida de los centauros, encuentro un ensayo que ofrece interesantes antecedentes a esa gruta de placer y recuperación: Lavados de cerebro en la antigüedad.

Vista aérea de la Villa Planchart

Graves comienza comparando la consulta a los oráculos de los griegos con nuestras visitas al analista, y nos advierte que la escuela de medicina hipocrática desaprobaba las prácticas de esos “psiquiatras sacerdotales” tanto como algunos neurólogos contemporáneos desconfían hoy de ciertos “teóricos psicosomáticos”. Otras prácticas griegas para las “enfermedades nerviosas”, escribe Graves, eran los bailes rituales, las hierbas y hongos alucinógenos y, para algunos casos extremos, recetas como el oráculo en la cueva de Trofonio, un hijo de Apolo que intentó abrir su propio camino hasta el infierno.

Aspecto de El castillete antes del deslave de Vargas en 1999


Pausanias describe “la cueva de Trofonio” como una grieta en la tierra; no una hendidura natural, sino un cuidadoso trabajo de mampostería con “forma de olla para cocer pan”. La sensación de estar allí era pavorosa, pues el cuerpo “es inmediatamente arrastrado hacia abajo y entra disparado, como un hombre que es atrapado por el remolino de un río poderoso”. Al salir de la grieta, los sacerdotes colocaban al sujeto en la “silla de la memoria” y le hacían preguntas de todo lo que había visto y oído. Luego lo llevaban a descansar en la “Casa de la Buena Fortuna y el Buen Demonio”.


Plutarco nos describe la experiencia auditiva que tuvo un tal Timarco en esa misma cueva: “le llegan desde el fondo miles de aullidos y bramidos de bestia, gritos de niños, gemidos de hombres y mujeres, pero de manera tenue, como si se tratara de algo muy distante que subía por un vasto hueco”. “…Poco después una cosa invisible le habló de esta manera: ‘Timarco, ¿qué deseas entender?’, y él respondió: ‘Todo; pues, ¿qué puede haber que no sea maravilloso y sorprendente?’”.



No intento demostrar que Reverón construyó un oráculo de Trofonio en los cimientos de El Castillete, pero si quisiera asomarme a sus endógenas conexiones con algunos sacramentos ancestrales. Ese refugiarse en lo profundo de la tierra para filosofar, beber, buscar frescura, o serenidad ante el miedo, o para amortiguar la cólera, es sin duda un recurso tan primigenio como radical. Reverón lo logra “articular” a su vivienda. Me refiero con este verbo a “organizar diversos elementos para lograr un conjunto coherente y eficaz”.

Antonin Artaud nos explica en una de sus últimas cartas qué era lo que intentaba buscar en sus propios oráculos: “Se trata de ver tanto en el pasado como en el futuro, pues ese ‘algo’ viene de un pasado extremadamente lejano pero creo que su futuro será próximo”.


¿Qué puede ser ese “algo” que se encuentra antes y después? En esas mismas líneas Artaud describe su gozo cuando “por fin habla aquello que he llamado”. Esta aparición de una respuesta nos sugiere que se trata de una voz que siempre ha estado presente, aguardando el encuentro del llamado con lo llamado.

Esa urgente sensación de futuro que parte de un pasado extremadamente lejano se va a comprender y plasmar gracias a la generación que sigue a Reverón. La irrupción de Jesús Soto, Alejandro Otero y Carlos Cruz Diez fue descollante y universal, pero ciertamente se origina en nuestras más genuinas grietas, en los recónditos trofonios donde sólo Reverón se atrevió a entrar.




Una vez escuché a Soto hablar de esféricos aguaceros fundiéndose con el Orinoco que contempló en su niñez. Sus imágenes parecen provenir de un trofonio abierto hacia los cielos de sus ríos y destinado a perpetuarse en sus abstracciones. El mérito de Armando no ha sido sólo lograr esa unión con nuestras circunstancias, sino además augurar una conexión con el porvenir de tres jóvenes que despertarían llenos de fortaleza donde él había empezado a consumirse, a comprobar, como escribe Juan Calzadilla, “que vivir no es más que una forma de retornar a la tierra”.


Tomado de Prodavinci