Mostrando entradas con la etiqueta Semblanzas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Semblanzas. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de noviembre de 2025

El Surrealismo de Remedios Varo contra el paludismo en Venezuela

 



Estimados Liponautas


Hoy tenemos el gusto de compartir con ustedes un texto hecho por el escritor venezolano José Pulido, acerca de la pintora surrealista Remedios Varo, su estadía en Venezuela y su participación en el Instituto de Malariología regentado por el legendario Arnoldo Gabaldón


Con anterioridad en este blog publicamos Remedios Varo, Pedro Berroeta y las fuentes del Orinoco.


El escrito de José Pulido fue tomado de la página Crear en Salamanca y como es la norma en este espacio fue mejorado, en el aspecto del montaje y en la contextualización del contenido. Aspectos que en la mayoría de las páginas culturales venezolanas no le dan el peso que le corresponde debido a que  no entienden que existen en un entorno digital. No son más que ladrillos digitales que no dejan de ser pesadamente contundentes a pesar de su naturaleza virtual. Por eso decimos, tomando en cuenta las limitaciones que poseemos, que somos la página cultural más atractiva y debidamente contextualizada en el mundo digital venezolano.

Para cerrar la entrada insertamos el poema "Metamorfosis de la hechicera" de la escritora mexicana Rosario Castellanos, un texto que la poetisa escribió y dedicó a Remedios Varo, al enterarse de su muerte en 1963.

Esperemos disfruten de la entrada



Atentamente



La Gerencia.



*******




Apariciones y desapariciones de Remedios Varo



Por Octavio Paz


Con la misma violencia invisible del viento al dispersar las nubes pero con mayor delicadeza, como si pintase con la mirada y no con las manos, Remedios despeja la tela y sobre su superficie transparente acumula claridades.


En su lucha con la realidad, algunos pintores la violan o la cubren de signos, la hacen estallar o la entierran, la desuellan, la adoran o la niegan. Remedios la volatiliza: por su cuerpo ya no circula sangre sino luz.


Pinta lentamente las rápidas apariciones.


Las apariencias son las sombras de los arquetipos: Remedios no inventa, recuerda. Sólo que esas apariencias no se parecen a nada ni a nadie.


Navegaciones en el interior de una piedra preciosa.


Pintura especulativa, pintura espejeante: no el mundo al revés, el revés del mundo.


El arte de la levitación: pérdida de la gravedad, pérdida de la seriedad. Remedios ríe, pero su risa resuena en otro mundo.


El espacio no es una extensión sino el imán de las Apariciones.


Cabellos de la mujer ––cuerdas del harpa–– cabellos del sol –– cuerdas de la guitarra. El mundo visto como música: oíd las líneas de Remedios.


El tema secreto de su obra: la consonancia ––la paridad perdida.


Pinta, en la Aparición, la Desaparición.


Raíces, follajes, rayos astrales, cabellos, pelos de la barba, espirales del sonido: hilos de muerte, hilos de vida, hilos de tiempo. La trama se teje y desteje: irreal lo que llamamos vida, irreal lo que llamamos muerte ––sólo es real la tela.


Remedios antiparca.


Máquinas de la fantasía contra el furor mecánico, la fantasía maquinal.


No pinta el tiempo sino los instantes en que el tiempo reposa.


En su mundo de relojes parados oímos el fluir de las sustancias, la circulación de la sombra y la luz: el tiempo madura.


Nos sorprende porque pinta sorprendida.


Las formas buscan su forma, la forma busca su disolución.


—Extraído de Corriente alterna, Ciudad de México: Siglo XXI Editores, 1967.



LA BELLA REMEDIOS ESTUVO AQUÍ Y NO LA VIMOS


 


Aún después de aplastado el mosquito, yo podía describirlo perfectamente.



Cuando era niño de la escuela primaria, uno de mis grandes poderes consistía en detallar un mosquito de manera completa, como si estuviera mirando un elefante. Aplastaba un zancudo en mi brazo o en una pierna, en la pared o en cualquier parte, y esa mancha sangrienta que se convertía en un guiñapo, era fácilmente reconstruida en toda su estructura de mosquito por mi mente.


 

Arnaldo y su hermano José Pulido.



Tal prodigio científico no era una particularidad mía: mis amigos y demás compañeros de escuela podían hacer lo mismo. Y si alguien se hubiese preocupado por descifrar ese fenómeno hoy seríamos más sensibles, más cultos y saludablemente más cercanos al desarrollo del arte y sus peripecias universales.


 

La Despedida (1958)


Es, exactamente, así como lo digo: si una persona o una institución se hubiesen dignado desentrañar lo que verdaderamente ocurría con nosotros, habrían descubierto que no solo parecíamos un país surrealista, sino que lo éramos y estábamos inmersos en el surrealismo nada menos que con sus creadores André Bretón y Benjamín Péret.

 

De izquierda a derecha: Victor Serge, Benjamin Péret, Remedios Varo y André Breton in frente a la Villa Air-Bel (c.1940-41). Imagen tomada de aquí.


Hubieran entendido que ahí mismo, en el Instituto de Malariología (mal aria, dicen los italianos al mal aire), una bella y misteriosa mujer había estado observando a través de un microscopio todos los anopheles que le llevaban y los había dibujado armoniosa y fantásticamente adornados con cada uno de sus detalles de mosquitos hembras que los científicos denominaban Aedes aegypti. Zancudos solazados en láminas y afiches con toda perfección y donosura.

 



Y esa mujer, una pintora llamada Remedios Varo y Uranga, había mostrado sus cuadros en las exposiciones surrealistas de los agonizantes años treinta en París. Los mosquitos que aparecían en las láminas de Malariología en Venezuela eran obra de su talento y su observación. Y en nuestro país realizó unas cuantas piezas hermosas y extrañas.


 

Insomnio. 1947


Los expertos en artes plásticas y demás yerbas afirman que esos trabajos microscópicos retratando el transmisor del paludismo y los dibujos que hizo para la farmacéutica Bayer, influyeron de manera determinante en su obra posterior. Se volvió más concentrada y personal. Inclusive, nosotros, los muchachos de la época en que el paludismo comenzó a ceder ante el DDT y la quinina, no solo sabíamos de zancudos gracias a ella: también nos hicimos fanáticos seguidores de las aspirinas Bayer. Porque vimos las enfermedades y dolencias a través de los ojos de Remedios Varo.


Paludismo

 

Sin saber quién era. Ni siquiera sabíamos que una mujer había pintado esas impresionantes escenas.


 


Esto también forma parte de la clave para comprender por qué dejamos pasar por nuestra casa, sin pena ni gloria, a una artista inolvidable. Sí: han debido averiguar más quien retrató a los mosquitos en toda su poderosa catadura de transmisores del paludismo y husmeando un poco, echarle una ojeada a las ilustraciones que Remedios Varo hizo para Bayer: habrían entendido que el arte también es una poderosa medicina.



Paludismo


 

VINO Y SE FUE


 

Arnoldo Gabaldón



Su hermano Rodrigo formaba parte del equipo especial que había organizado el doctor Arnoldo Gabaldón para combatir la malaria y fue él quien logró que Remedios entrara a realizar trabajos técnicos en el Instituto de Malariología venezolano. La artista estuvo en Venezuela desde 1947 hasta 1949 cuando retornó a México, donde se unió con el austríaco Walter Gruen, quien creía mucho en ella y la apoyó para que se dedicara de lleno a la pintura. Ella lo hizo y se apegó mucho más a su gran amiga Leonora Carrington. Remedios, española, y Leonora, inglesa, hicieron historia en México.

 

Jean Nicolle, Remedios Varo, Norah Horna, José Horna. Foto de Kati Horna, ca. 1949.

Su llegada a Venezuela se debió a que su madre y su hermano Rodrigo se hallaban residenciados en este país, como exiliados del antifranquismo. Rodrigo la entusiasmó con la batalla que libraba Gabaldón contra la malaria. Remedios andaba de amores con el piloto francés Jean Nicolle, quien la acompañó durante un tiempo. Pero ella, de todas maneras, lo abandonó.



Remedios Varo y Jean Nicolle en su exploración en Venezuela, 1949.


 


ANTES DE LLEGAR A VENEZUELA


 


Estando en España, metido en la guerra civil como buen subversivo, el poeta Benjamín Péret le escribió a Bretón diciéndole que se había enamorado. No lo dijo así, pero se dejaba entrever. La muchacha no era otra que Remedios Varo, quien se había fascinado con la inteligencia y la pasión de Péret y no le importaba que sus zapatos y su ropa parecieran las de un hombre en la miseria, porque la situación de España había acabado con cualquier elegancia.




Remedios se fue a París con Péret, atraída por las cosas más anormales del surrealismo, que ya es mucho decir. Ella era un ser humano de particular talento no solo para dibujar o inventar más allá de lo cotidiano: también escribía con la misma imaginación que convertía sus pinturas en una suerte de narración fantástica.

 



El poeta Benjamín Péret influyó en poetas como Octavio Paz y también en algunos integrantes del inimitable movimiento beat. Péret fue el más fiel de los surrealistas, que acompañaron a Bretón.


 

Descubrimiento de un geólogo Mutante (1961)



A Remedios le gustaba del surrealismo la creencia de que solo lo maravilloso es bello. Aupada por Péret y Breton, Remedios Varo entró de lleno al movimiento surrealista parisino en el año 1937, aunque mucho tiempo después ella diría que en realidad participó en algunas de sus exposiciones y eventos pero no se consideró surrealista. Recordando esa etapa de su vida, comentó: “mi posición era la tímida y humilde del oyente, no tenía ni la edad ni el aplomo para enfrentarme a ellos, a un Paul Eluard, un Benjamín Péret, o un André Breton. Yo estaba con la boca abierta dentro de ese grupo de personas brillantes y dotadas”.


La Creación de las Aves (1957)


Cuando pensaba que Francia sería una felicidad, los nazis entraron en París el 14 de junio de 1940, y Remedios se asustó mucho: podía ser deportada a su país en donde el franquismo fusilaba a los opositores independientemente de que fueran surrealistas, comunistas, anarquistas, gitanos o poetas. Péret era comunista, poeta y surrealista. Lo arrestaron y lo recluyeron en una prisión militar, en Rennes. También Remedios fue detenida, pero su encierro se ha mantenido en un limbo oscuro. Solo se sabe que estuvo varios meses presa y cuando salió la ayudó una amiga, Georgette Dupin (hermana de la pintora Alice Rahon), quien la alojó en su casa unas cuantas semanas. Remedios estaba muy traumatizada, según comentó Dupin en alguna ocasión.


 

La villa Air-Bel. Imagen tomada de aquí.


En esos días Remedios Varo viajó al pueblo pesquero llamado Canet-Plage, donde el surrealista Jacques Hérold tenía un refugio. Desde ese lugar pudo viajar hacia Marsella a reunirse con Péret, quien al parecer había salido en libertad sobornando a unos alemanes. En la villa Air-Bel, funcionaba el Comité de Salvamento de Urgencia, puesto en marcha desde Nueva York para salvar la mayor cantidad de intelectuales y artistas de Europa. Allí también estaban, entre otros, André Bretón, Wilfredo Lam, Max Ernst, André Masson, Marcel Duchamp, Peggy Guggenheim y Helena Rubinstein. El 20 de noviembre de 1941 salió de Marsella hacia Veracruz, el trasatlántico portugués Serpa Pinto, que haría escalas breves en Casablanca y La Habana. Allí viajaron con un centenar más de personas, el crítico alemán Paul Westheim, difusor del expresionismo en México y la pareja formada por Péret y Remedios Varo. Sus pasajes fueron un regalo de Peggy Guggenheim por petición de André Bretón y Helena Rubinstein.


 

El trasatlántico portugués Serpa Pinto. Imagen tomada de aquí


Tiempo después Remedios contó en una carta el comienzo de su peripecia: “Una vez que me vi embarcada, respiré, pero el viajecito era de los de órdago también; como el barco llevaba unas cuatro veces más viajeros de los que cabían normalmente, nos aglomeraron en las bodegas. Para qué os voy a contar lo que es estar en una bodega con otras cien personas y con unas temperaturas tropicales, sin contar el mareo, yo no lo pude aguantar y agarré mi colchoneta y me subí a cubierta, donde hice todo el viaje”.


El labrador (1958)


En esa ocasión, Remedios Varo especificó su llegada a México: “Llegué a Veracruz en los huesos y desde allí trepé a la ciudad de México, que está nada menos que a 2.400 metros de altura, y como se te ocurra andar deprisa se te sube el corazón a la garganta”.


Instalación de muestra en el LACMA. ​​Chagall Fantasies for the Stage. Julio 31, 2017–Enero 7, 2018 | Fredrik Nilsen



 


Remedios Varo trabajó con Marc Chagall en el diseño de tocados y sombreros para Aleko, el ballet de Léonid Massine, escenificado en México.


 

José Emilio Pacheco


José Emilio Pacheco escribió sobre el tema: “En los cuarentas, la ciudad de México se convierte en un centro surrealista gracias a la presencia de poetas como Benjamin Péret y César Moro, cineastas como Luis Buñuel, pintores como Leonora Carrington, Remedios Varo y Wolfgang Paalen”. Péret regresó a París en 1947 a continuar con Bretón el movimiento surrealista. Siempre al borde de la miseria, pero con la voluntad de seguir en su lucha que se extendía más allá del arte. Benjamin Péret fue el primer traductor al francés que tuvo la obra Piedra de sol de Octavio Paz. Cuando Péret se hallaba muy enfermo en París, Octavio Paz fue a verlo y a llevarle un dinero que le había enviado Remedios. Paz escribió al respecto esta misiva: “Luego de varios años de ausencia volví a verlo, poco antes de su muerte. Su rostro, marcado por los años, la pobreza y la lucha cotidiana, no había perdido nada de su inocencia. El cansancio y la enfermedad lo habían apagado, pero cuando reía empezaba a resplandecer con toda su antigua luz solar: rostro de poeta, si por poesía se entiende no un talento o una vocación sino una disposición del alma a maravillar y maravillarse”.


Hacia la torre (1960)


SOBRE MUSAS


ELO - I'm Alive (from Xanadu) (1980)

https://m.youtube.com/watch?v=J9YIfEzXSHA

 

Como todos los hombres capaces de apreciar la belleza femenina, los artistas y escritores que se juntaban en el movimiento surrealista consideraban importante festejar y celebrar a la Mujer-Musa. Esa costumbre no solo venía desde las nueve musas de los griegos, que cumplían con sus funciones y ayudaron a su manera, qué duda cabe. Aunque los surrealistas apoyaron la participación de las mujeres en su movimiento, ellas seguían marcadas como fuentes de inspiración.


 

Leonora Carrington, Max Ernst (sentado), André Malraux y Marcel Duchamp, en la casa de la pareja. Francia. Imagen tomada de aquí.


La belleza de las mujeres parecía el único mérito, la única función y el único requisito exigido para hacer acto de presencia. Quizás tal asunto se había originado en el fulano paraíso donde la mujer figuraba en un segundo plano o desde la pelea de las diosas por la manzana de oro, cuando un joven llamado Paris las hizo enfurecer al aceptar la belleza como soborno.  Aunque la verdad sea dicha, las mujeres han destacado en todas las épocas y en cualquier disciplina. Es un poco injusto generalizar las actitudes machistas, porque muchos hombres promovieron y consolidaron el trabajo creador de las mujeres, pero lo cierto es que hubo un momento histórico en el que ellas comenzaron a rechazar el papel de musas. “Yo no te quiero inspirar canciones, yo quiero hacerlas y cantarlas”. Esa era más o menos la circunstancia y la respuesta.


 

Dora Maar. Fotografía de Man Ray


Según José Luis Antequera Lucas, doctor en Historia del Arte, “A partir de los años veinte, las mujeres llegan al surrealismo a través de sus vínculos personales afectivos con miembros del grupo: Dora Maar, amiga de Eluard y Man Ray; Leonora Carrington, con Max Ernst; Remedios Varo, con Benjamín Péret. Lo que prevalece en la concepción de la mujer del grupo surrealista es la «idea» de la mujer, no la «mujer real». Es la mujer la que viene a «completar» al varón y es guiada en la vida por él. La mujer artista es la musa, en tanto en cuanto es una invención creada por el hombre surrealista. A pesar de esta concepción, el surrealismo ofrecerá a sus mujeres la posibilidad de entrever, por vez primera, un mundo en el que pueden coexistir sus actividades creadoras, con su deseo de liberarse de las presiones sociales y familiares”.


El flautista (1955)


LAS BRUJAS DE MÉXICO


 

Boda de Leonora Carrington con Chiki Weiz en México en 1946. De Izquierda a derecha: Gerardo Lizarraga,Chiki Weiz, José Horna, Leonora Carrington,Remedios Varo, Gunther Gerzso, Benjamin Peret y Miriam Wolf. Fotografía de Kati Horna.


Remedios Varo y Leonora Carrington jugaban con la idea de los hechizos, de la brujería y se imaginaban un universo de mujeres que podían conducir los destinos del ser humano y entender los designios de la naturaleza. No en balde, doscientos ángeles rebeldes habían enseñado magia a las mujeres en una lejanísima y olvidada era de la humanidad. Los sueños de esos tiempos se integraban a los juegos de imaginación que sostenían estas solitarias y carismáticas artistas.


 



La corneta acústica, la novela de Leonora Carrington, tiene como protagonistas a Remedios Varo, a la misma Leonora y a otras amigas que aparecen en el rol de hechiceras. Octavio Paz dijo de Remedios Varo y de Leonora Carrington lo siguiente: “Hay en México dos artistas admirables, dos hechiceras hechizadas: jamás han oído las voces del elogio o reprobación de escuelas y partidos… Insensibles a la moral social, a la estética y al precio, Leonora Carrington y Remedios Varo atraviesan nuestra ciudad con un aire de indecible distracción. ¿Adónde van? Adonde las llaman imaginación y pasión”.


 

Octavio Paz en 1954. Imagen tomada de aquí.


Octavio Paz definió la pintura y el arte de Remedios Varo escribiendo un poema que dice así en sus primeros versos: “Con la misma violencia invisible del viento al dispersar las nubes  pero con mayor delicadeza, como si pintase con la mirada y no con las manos, Remedios despeja la tela y sobre su superficie transparente acumula claridades. En su lucha con la realidad, algunos pintores la violan o la cubren de signos, la hacen estallar o la entierran, la desuellan, la adoran o la niegan. Remedios la volatiliza: por su cuerpo ya no circula sangre sino luz. Pinta lentamente las rápidas apariciones. Las apariencias son las sombras de los arquetipos: Remedios no inventa, recuerda. Sólo que esas apariencias no se parecen a nada ni a nadie. Navegaciones en el interior de una piedra preciosa”.



La huida (1961)


Octavio Paz escribió varias veces sobre Leonora Carrington y Remedios Varo. El poema de Octavio fue publicado en 1967. Ya Remedios Varo había fallecido a los 55 años de edad. Ese poema ha sido un reconocimiento justo, grandioso, inimitable.



 

En el mismo año 1967, cuando aparece la maravillosa novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, los lectores se dan cuenta de que el Gabo también le ha rendido homenaje a la mujer creadora: en el ámbito mágico de Macondo surge con gran fuerza un personaje, Remedios la bella, inspirado en la pintora. 



 

Esa artista impresionante, pasó por Maracay, por Caracas, por Ciudad Bolívar, por todas partes donde había zancudos, mosquitos. Y como no se percataron de su grandeza, ella nos dejó una muestra que podemos seguir como un hilo de Ariadna para entender la fuerza del arte.


Exploración de las fuentes del río Orinoco (1959)


Cada vez que aplasto un mosquito intuyo algo más. La muerte de millones a causa del paludismo, lo sé. Pero también la belleza salvadora que generaba el talento de Remedios Varo. Y cuando siento deseos de expresar que ella me inspira profundamente con sus obras, me detengo en seco, porque recuerdo que Remedios Varo y Leonora Carrington, amigas por siempre, replicaban invariablemente, si les alborotaban la lengua: “nosotras no somos musas de nadie”.



Remedios Varo en Venezuela (no hemos podido comprobarlo). Imagen tomada de aquí.



Metamorfosis de la hechicera

A Remedios Varo

Nacer, salir de madre como el río
que se despeña, arrastra materias extrañas, precipita
su caudal hasta el fin, sin ver el cielo
ni el árbol de las márgenes
ni pulir con amor la piedra de su entraña.

Así a nuestro vivir llamamos vértigo,
remolino que a veces devora, algo que enreda
lo que quiere ascender hasta la superficie.
Y no hay, entre el estruendo y su extinción,
más que la turbiedad
del limo, el pez oscuro y el pulso sin descanso.

Así todos los que desembocamos
en el mar antes de haber logrado un nombre.

Así todos. No ella. Hecha también de agua
se detuvo en remansos pensativos.

¡Qué figuras nos deja entrever su transparencia!
Galerías sin fin, palacios desolados,
complejas maquinarias
donde se transformaba el universo
en belleza y en orden y en ley resplandeciente.
Mujer, hilaba copos de luz; tejía redes
para apresar estrellas.

Mujer, tuvo sus máscaras y jugaba a engañarse
y a engañar a los otros
mas cuando contemplaba su rostro verdadero
era una flor de pétalos
pálidos y marchitos: amor, ausencia y muerte.
Y en su corola había
alguna cicatriz casi borrada.

Por todo lo que supo era obediente y triste
y cuando se marchó por esa calle
-que tan bien conocía- de los adioses,
fueron a despedirla criaturas de hermosura,
ésas que rescató del caos, de la sombra,
de la contradicción, y las hizo vivir
en la atmósfera mágica creada por su aliento.

1963.




*******


José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne



José Pulido:

Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.







domingo, 27 de octubre de 2024

Walter Rodríguez: Para el librero es mejor escuchar, se aprende más y la gente se siente más cómoda


Walter Rodríguez fotografiado en 2016. Foto coloreada.

 

 


Así empezó Walter, el gran librero


– 7 DICIEMBRE, 2022



El periodista Daniel Torrealba, para licenciarse como comunicador social en la Universidad Católica Andrés Bello, realizó una semblanza de un personaje que le fascinó desde la primera vez que visitó Librería Lectura, en Chacaíto: Walter Rodríguez (1940-2022). Daniel, quien hoy vive y trabaja en Bogotá, hizo varias entrevistas a Rodríguez en días sucesivos, además de otras que sirvieron para documentarse sobre este personaje que hizo de Caracas su casa y su estafeta de afectos. He aquí un extracto sobre el periplo familiar del Walter que transita de la niñez a la juventud allá en Uruguay, mucho antes de poner pie en Venezuela. Es testimonio, crónica y semblanza ‒todo a un tiempo‒ de íntimo carácter revelador. El texto completo debe reposar en los archivos de la UCAB. El bachiller Torrealba realizó un meritorio trabajo de indagación, escribió con sentido de honra y precisión



Daniel E. Torrealba Febres-Cordero / Foto de Walter: Giuseppe Di Loreto


La tierra es eso, tierra. Un gigantesco sitio baldío. Los países se la disputan. Pero ninguno tiene gente para labrarla, cuidarla y cosecharla. Los indios la poseen, pero no es de ellos. Las fronteras hispano-portuguesas no son claras. Se la rifan brasileños y uruguayos. Esa tierra pasa a tener nombre por primera vez en 1829, cuando Fruto Rivera acompañado por ocho mil indios guaraníes funda Bella Unión, a las orillas de la desembocadura del Río Cuareim.


Pablo Rodríguez, el gallego, tiene buen ojo. Ha logrado casarse con una Artigas, familia, según dicen, del prócer José Gervasio Artigas. Algo está claro: donde Pablo pone el ojo pone 14 balas, y 14 son los hijos que tiene con esta distinguida dama, a quien la muerte sorprende antes que a él. Lástima que el tambor de Pablo siga lleno. La encargada de accionar ahora el gatillo es Emilia Echeverri, su nueva esposa, también gallega, con quien tiene diez hijos más, para dejar a Pablo Rodríguez con dos docenas de descendientes a lo largo de sus 80 años de vida.


La sangre Echeverri corre de forma distinta, alocada. Walter comenta las circunstancias:


«Muchos de la familia han salido locos, de terminar locos. Dos tías y dos primos, aparte de mi abuela. Algunos salieron ingeniosos y discutidores, no mala gente. Pero así es la sangre Echeverri. Lo malo es que después que mi abuelo se vuelve a casar, que se le muere la señora, los hermanos y hermanas de mi abuela Echeverri se casaron con hermanas y hermanos de los Rodríguez Artigas. Un despelote eso, además que la mayoría de los tíos tuvieron bastantes hijos. Por eso es que hay muchos Echeverri-Rodríguez y muchos Rodríguez-Echeverri».


Pedro María Rodríguez Echeverri es el último hijo del matrimonio de Pablo y Emilia, es decir, el descendiente número 24 de don Pablo. A principios de la década del treinta, Pedro vive en Paraguay, en la ciudad Coronel Bogado. Durante su estancia en tierras guaraníes participa en la Guerra del Chaco, conflicto que enfrenta a los paraguayos contra Bolivia por el control del Chaco Boreal, territorio limítrofe entre ambos países. La Guerra del Chaco va desde el año 1932 hasta 1935 y la labor de Pedro consiste en cavar zanjas para evitar el daño producido por las bombas.


De tierras paraguayas, el último hijo de Don Pablo se va al finalizar el conflicto bélico entre guaraníes y bolivianos, dejando mujer y dos hijos. La nueva residencia de Pedro será en Bella Unión, donde se labra una vida apacible como tendero y dueño de un bar. En tierras bellaunionenses Rodríguez consigue una nueva mujer, Luisa Pilatti. Es  uruguaya e hija de italianos, una perfecta brunetta de sonrisa tímida. Con ella sí contrae matrimonio en 1938.


Para el momento en que Daniel lo entrevista, Walter tiene un problema: no sabe a ciencia cierta a qué hora fue que nació, ¡y una señora le está haciendo su carta astral!


 


 


A principios de enero del año 1940, Europa procrea su gran obra triste de la década: la Segunda Guerra Mundial. En pleno verano, las haciendas uruguayas revisan día a día que los corrales donde está el ganado ‒primer producto de exportación del país sureño‒ no tengan bicheras, o sea, moscas capaces de poner huevos en las heridas y mucosidades de los animales que puedan producir el aniquilamiento o muerte de los mismos. Además, en enero, la trilla del trigo está en pleno apogeo y la recolección de frutas se halla en su mayor intensidad: duraznos, damascos, ciruelas, algunos tipos de peras, etc. Todo esto pasa en el campo uruguayo y en el mundo cuando el día 13 de enero de ese año, día de Gumersindo según el santoral, nace en Bella Unión el primogénito de Pedro y Luisa. Los padres dudan, no saben si llamarlo Walter o Boris. Al final se deciden por la primera opción. El primogénito de los Rodríguez será conocido como Walter Mario Rodríguez Pilatti. Un año y medio después, en 1941, nace el segundo y último hijo de la pareja,  Lilian Teresita Rodríguez Pilatti.


―¿A qué hora naciste, Walter?


―En este momento tengo un problema, porque me están haciendo una carta astral, y la que me lo está haciendo va a trabajar con las dos horas que tengo: 7:30 am y 12 pm. Mi madrina, que murió en noviembre del año pasado, me dijo que yo había nacido entre las 11:30 am y las 12 pm. Si te digo la verdad, para mí que fue en la mañanita, a las 7 am.


Aquí empieza mi historia


Nosotros vivíamos en una casa muy grande, de esas antiguas que eran 50 metros pa’ un lado y 50 metros pa’l otro. En la esquina era un almacén tipo abasto y bar, que tenía una mesa de billar y otras más para jugar cartas y dominó. Todo eso era de mi papá y lo atendía la familia. Llegaba uno al zaguán y de allí se entraba a un patio grande. La casa tenía dos patios, en uno se encontraba el aljibe. El zaguán daba al patio principal, donde había muchos jazmineros, árboles de ciruelos y dos jaulas con canarios y cardenales. Era muy lindo todo eso, tenía muchísimas habitaciones. Hasta después del zaguán era un gran salón. Había cuatro habitaciones, dos estaban frente al patio, y después, sobre el otro lado, dos cuartos más, que daban ya hacia la calle. Una calle se llama Montevideo y la otra Mercedes, la casa ocupaba toda la esquina. No éramos muy humildes, pues a mi padre siempre le fue bien con el almacén y el bar.


Mi cuarto tenía una cama de plaza y media, que no es ni la pequeña ni la grande. Tenía  un escritorito y todo lo que necesitaba para estudiar. La ventana era muy grande y daba hacia la calle Montevideo, donde había un árbol que daba nísperos. El tamaño de mi cuarto era como de tres metros y medio por seis metros. Tenía dos puertas de entrada, una daba al patio principal y la otra hacia la habitación de mi hermana. Había otro cuarto que estaba frente al patio y yo dormía mucho allí, me gustaba y era gigante. Ese dormitorio estaba entre los dos baños, de esos en los que te bañabas poniendo al agua arriba, tirabas la manijita y te salía el agua. Me acuerdo perfectamente de eso.


Mi padre trabajaba toda la noche atendiendo el bar, donde había mesas de jugar tipo bacará y bridge. Él se acostaba muy tarde todas las noches. A la mañana abríamos el negocio, mi madre y mi hermana y yo antes de irnos a la escuela. Mi mamá se quedaba a atender con un primo mío que trabajaba para la familia. Mi padre podía dormir toda la mañana, porque ya a la tarde y a la noche sí se quedaba él encargado del bar y el abasto, que en el pueblo siempre se conoció como el Almacén de Pedro.


Teníamos tres vacas que las iba a pasear sobre el río Uruguay, donde había un monte de eucaliptos y un riachuelo que salía del río. Yo tenía que dar toda la vuelta, por donde quedaba el bar, y entraba por un portón donde debía meter a las vacas. Siempre se enojaban conmigo porque las hacía entrar por el zaguán, entraba a las vacas por todo el patio y hacía que bajaran las escaleras, porque para llegar al patio había unas escaleras de piedra como de seis escalones. Las vacas se llamaban la Mocha, la Pampa y no me acuerdo el nombre de la otra, creo que era la Pintadita, mi padre les habrá puesto los nombres. Las vacas pastaban alrededor del riacho porque había mucho pasto que podían comer. A veces las llevaba  yo y a veces se quedaban allí. Antes de irnos en la mañana a la escuela, mi madre las ordeñaba y nos daba la leche caliente de la vaca. Entrábamos al colegio a las 8:30 am, entonces mi madre ordeñaba la vaca a las 7 am o 7:30 am para que nosotros tomáramos la leche. Como se hacía en el campo, de la vaca al vasito.


Antes de ir a la escuela, mi hermana y yo hacíamos unos refuerzos  en la casa, porque teníamos obviamente un negocio y había mucho fiambre, mortadela, queso y pan. Me preparaban para mí y yo a escondidas preparaba para llevarles a otros amigos que estaban esperando algo, porque a ellos no les daban nada. La escuela quedaba cerca de la plaza principal y era hasta mediodía.


En la escuela siempre me fue muy bien. No perdí ningún año, ni yo ni mi hermana. Las notas eran mal, regular, doble regular, bien, bueno, muy bueno, sobresaliente, y otra con la palabra bueno que no me acuerdo. Le llevaba los cuadernos a mi maestra, Olga Beatriz Curto, que vivía a una cuadra de mi casa y se casó con Hugo Rodríguez, que venía de Carmelo y lo trasladaron para el resguardo [punto fronterizo entre Uruguay, Brasil y Argentina]. Él vino y vivió en mi casa, en una de las habitaciones que daba hacia la otra calle, se le alquiló. Vivió con nosotros mucho tiempo, hasta que se casó con la Nena Curto, que no era muy bonita, linda de cara, pero medio gordita y altota. Tuvieron cuatro hijas y luego se fueron a vivir a Barcelona, España.


Salía en bicicleta desde pequeño, aprendí con cinco o siete años. Agarraba la bicicleta y me hacía todo el pueblo, llegaba hasta la estación de ferrocarriles, por esa parte del hospital y donde estaba la casa rosada, el prostíbulo del pueblo. A mi padre siempre le gustó el fútbol y su equipo era el Uruguay. Él era de la junta directiva y se reunían en mi casa una vez cada dos semanas. Los otros grandes equipos eran Santa Rosa y Defensor. Había otros equipos de pueblos en el distrito de Artigas, pero no eran tan poderosos como los de Bella Unión.  Yo jugaba básquet y fútbol. En esos pueblos  uno nace con una pelota debajo del brazo.


Recuerdo el Maracanazo, tenía 9 o 10 años. Mi padre y yo nos fuimos a la cancha. Jugaba Uruguay contra Santa Rosa, era el clásico. Cuando se terminó el partido dieron los dos equipos una vuelta olímpica y luego se salió a festejar. Recuerdo que regresando a mi casa hubo manifestaciones en carro. También se hicieron parrilladas afuera para los que querían comer. Quizás no le di la importancia que tenía que haberle dado. Fue como las historias que uno siempre escuchaba por radio, las de las Olimpiadas de 1924 y de 1928, y el Mundial de 1930.


Se hablaba de política en mi casa, mi padre era el representante de un candidato, de Eduardo Blanco Acevedo. Vamos a suponer que estaban los adecos y ellos estaban divididos en uno o dos candidatos, y un adeco independiente que no sólo abarcaba los votos de ese partido sino de otra gente también. Mi padre pertenecía al ala independiente del Partido Colorado. Recuerdo que en el año 1954 ya andaba yo con un micrófono y un altavoz haciendo campaña por nuestro candidato. Cuando Blanco Acevedo iba al pueblo se quedaba a dormir en mi casa. El Partido Colorado y el Partido Nacional eran los dos grandes partidos de esa época.


Éramos católicos y estábamos metidos en la Iglesia porque mi madre tenía un grupo allí. Cada cierto tiempo bautizaban a todos los muchachos que no habían recibido el sacramento bautismal. Eran cerca de cien muchachos y fueron todas las madrinas, como cinco, y de padrino fui yo solo. Los otros padrinos no fueron, y había que bautizarlos. Tenía como 13 o 14 años. El problema fue con mi padre, pues luego venían los ahijados a pedir caramelos o un pancito con mortadela. Yo les daba y él se calentaba conmigo.


Por lo general, en la tardecita nos íbamos todos los muchachos al río Uruguay; íbamos caminando y comiendo de los árboles de pitanga, que es como una cereza, también comíamos burucuyá, que es como un mango, pero más pequeño y medio dulzón. Una vez en el río nos poníamos en plancha dejando que el pene saliera pa’ fuera y, bueno, algunos se dedicaban a cazar moscas, les quitaban las alas y las llevaban en cajas de fósforos; entonces, nosotros nos enjabonábamos la cabeza del pipí y nos poníamos las moscas allí y llegaba un momento en que todo el mundo largaba para arriba. Cosas de pueblo. Era una fuente mandando la leche pa’rriba, las mayores masturbaciones las teníamos en el río Uruguay.


Con 12 años, ya usaba pantalones largos. Hice el liceo durante los 13, 14, 15 y 16 años en el Liceo de Enseñanza Secundaria de Bella Unión. Allí jugué fútbol, estaba en el equipo de básquet y tuve mis novias. Tuve dos novias en serio, otras más porque me las encajaron. Los niños de otros lugares venían al liceo de Bella Unión porque no tenían donde estudiar. Una de mis novias era de un pueblo vecino, no tirábamos ni nada, solo un besito de vez en cuando y pidiendo permiso.


La vida en el liceo fue muy linda porque allí ya yo estaba jugando basquetbol de manera formal en el equipo del pueblo. Tú ves una foto mía y ves que era alto, flaco y tenía una cara de viejo que pareciera tuviera los mismos años de los otros que jugaban, algunos hasta me doblaban la edad. Era rebotero, no de los más altos, pero sí era mucho más ágil porque los otros eran más viejos. A veces, hasta jugaba de pívot. Entramos en un campeonato de básquet que eran como seis equipos y nosotros salimos campeones del departamento de Artigas; los juegos se llevaron a cabo en la capital del estado, en la ciudad de Artigas. Nos recibieron en Bella Unión con una caravana de carros viejos y unos whiskys.


Salí de Bella Unión porque no había para hacer el bachillerato. Por ese motivo, me fui a vivir a casa de mi tío en Montevideo. Habré ido como cuatro veces a la capital antes de irme a vivir para allá. Siempre iba con mi padre para visitar a la abuela Echeverri, quien estaba internada en una colonia de enfermos mentales.


WALTER RODRÍGUEZ LLEGÓ A MONTEVIDEO EN 1956, DONDE SUS PADRES LO ENVIARON PORQUE ALLÍ HABÍA MAYORES OPORTUNIDADES PARA TRABAJAR Y ESTUDIAR


Empecé las clases en el bachillerato del Vázquez Acebedo, en marzo de 1957. Un mes más tarde, en abril, Alba Julieta Margarita Rodríguez, mi prima, ya me había puesto a trabajar en La Feria del Libro, una librería de Montevideo. Empecé a trabajar con 17 años. Esta librería quedaba frente al Vázquez Acebedo, en la Avenida 18 de Julio con 1308. Trabajaba de día y estudiaba de noche. El único contacto que había tenido con el libro antes de tener esta ocupación había sido en la escuela. De leer, leía, pero en mis ratos libres de verdad que no agarraba un libro. Sólo leí Tabaré, de Juan Zorrilla de San Martín, y El gaucho florido, de Carlos Reyles, porque eran las dos obras que todos los uruguayos leían. Mi amor antes de entrar a trabajar en la Feria del Libro era con los libros de estudio, porque yo era muy estudioso, pero es solo hasta que trabajo con el libro que me enamoré de ellos de verdad. Trabajar con 17 años en una librería fue algo casual que luego marcaría el resto de mi vida.


Mi prima me consigue el puesto en la librería porque era contable y había estudiado con el hijo del dueño del negocio, Domingo Maestro, que también era contador y librero de esa librería. El empleo era de 10 am a 5 pm, si mal no recuerdo. Tomaba el autobús desde casa de mi tío y en 15 ó 20 minutos ya estaba en La Feria del Libro. El primer día llegué y me presentaron a todos. Luego empecé como iniciaban todos allá, te ponían un tobo con agua y tenías que limpiar las estanterías. Creo que eso me enseñó que cuando tenía gente nueva en las librerías donde trabajé lo primero que hacía era ponerlos a limpiar, al igual que yo hice allá. Había que agarrar el libro y no solo limpiarlo, había que ver el título y luego mirar el lomo para encontrar el mismo título: eso se te iba a quedar dentro de la cabeza y si un día te lo pedían lo ibas a recordar.


Después me enseñaron a recibir la mercancía, ponerle precio y ordenarla; todo eso lo hacía para 1958, con 18 años, y lo sigo haciendo todavía. Además, aprendí que cuando llega el libro lo primero que hago es mirarle la carátula bien, lo veo, lo leo un poquito así pa’ ver de qué se trata, luego le miro el lomo y ya sé que nunca se me va a ir de la cabeza, lo voy a recordar; vuelvo a mirar y recién lo paso a la venta.  Pero eso no me lo enseñó nadie, lo hago yo porque sé que no lo pienso, lo veo y creo que se me queda en el subconsciente, porque me pueden preguntar dentro de 20 años y lo recordaré. En serio, te acuerdas de que viste el libro en algún momento. No sé si será memoria o cómo hago, pero lo recuerdo.


Una de las personas que más me enseñó en este oficio fue Héctor Rodríguez, el librero principal de La Feria del Libro. Yo había trabajado en mi pueblo en el abasto y el bar de mi papá, pero nunca había vendido libros. Lo que más aprendí de Rodríguez, a quien puedo recordar hasta ahora, es que era un gran conversador con los clientes. Luego, por mi cuenta, fui aprendiendo que mejor era escuchar: aprendes más y la gente se siente más cómoda. Con el tiempo uno se va haciendo librero; en menos de un año que llevaba trabajando con el libro lo tomé con tanta seriedad que lo demás era un hobby.


En La Feria del Libro marchaban muy bien los incunables y los libros usados. Todo el segundo piso era de libros usados; subías por una escalera que estaba al fondo del primer piso, justo al lado de la caja. La librería era de unos 10 metros de ancho por unos 30 metros de largo. A cada lado del primer piso estaban unas mesas que mostraban las novedades, y detrás de estas mesas estaban las repisas con el resto de los libros.


Cuando llega la Navidad de 1958, los de La Feria del Libro me pasaron a una librería que tenían en el Palacio Salvo, el edificio más alto de Uruguay, que queda en la Plaza Independencia, Avenida 18 de Julio y Andes. La casa de gobierno está frente a esa plaza. Yo les veía pasar a ellos, a muchos de los presidentes de esa época y los de ese gobierno colegiado, que fueron siete u ocho, no recuerdo. Venían caminando al Palacio Estévez y todos los días les veía. Los presidentes siempre han sido muy accesibles.


Ellos me pasaron a la librería del Palacio Salvo para que pudiera estar en la hora pico, de más gente, que era en la tarde-noche.  Yo trabajaba en La Feria del Libro hasta las 12 pm o 1 pm; luego me iba hasta la librería del palacio donde me quedaba hasta las 8 pm y me pagaban horas extras. Otro librero se quedaba hasta las 12 am, que era cuando cerraba la librería de la Plaza Independencia.


De La Feria del Libro salí con 19 años, a finales de 1959. Me fui para donde unos señores ecuatorianos que compraron tres librerías: eran los dueños de la librería y editorial Ciencia, que se dedicaba a libros de medicina, y tenían dos librerías más que eran Los Apuntes y Olivera. De La Feria del Libro me fui porque Eduardo Sanseviero, que también era librero allí, arregló con estos ecuatorianos una buena paga. Estuve primero en Olivera, ocho meses, y luego, un año, en Los Apuntes. Eduardo fue al revés.

Walter Rodríguez fotografiado en 2016. Foto: Giuseppe Di Loreto




Tomada de Hable conmigo


Enlaces relacionados:


Manuel (Manucho) Mujica Láinez es el escritor porteño por excelencia

Casi toda la verdad




Julio Cortázar: Ese muchachote pícaro




¿Adiós a las librerías en Venezuela?.

La librería Libroria de Caracas cierra sus puertas




Se acabaron los "ratones" en la Librería Lectura en Caracas