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sábado, 14 de junio de 2025

Ibsen Martínez: Arístides Rojas y Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, autores venezolanos del siglo XIX me llaman mucho la atención

 

Ibsen Martínez


ENTREVISTA


La última entrevista a Ibsen Martínez


“A mí me atacó una depresión clínicamente diagnosticada. Yo estaba inerte ante todo estímulo, leía sin placer, escribía a empujones una columna semanal, no me provocaba ir a Venezuela. Estaba realmente muy mal”, reconoció el reconocido escritor venezolano antes de regresar a su país luego de 10 años de destierro. Dijo que Caracas sería su último destino y lo encontró en una de sus calles el pasado 11 de septiembre. Pero no la nueva vida que intentaría reconstruir en la ciudad que para él era su vida


Francisco Olivares


16 de septiembre, 2024

09:01 pm






Poco antes de que se desatara el escándalo en septiembre de 2023 por la publicación en El País” de España de un reportaje en el que el escritor Ibsen Martínez reconocía sus remordimientos por un pasado oscuro y agresión a algunas de sus exparejas, sostuvimos una larga conversación sobre sus 10 años de paralización literaria que vivió desde su exilio en Bogotá y de cómo una amistad epistolar con el escritor argentino ya fallecido, Juan Forn, le devolvió el don de escribir y logró confeccionar su última novela: “Oil Story”, publicada en julio de 2023.



En esa década sus demonios del pasado no lo abandonaron. En la soledad de su habitación, en un pequeño departamento, en la capital colombiana, a una cuadra de la Plaza de Usaquén, confesaba que se dio fuertes cabezazos tratando de revivir su don de escribir, convivir con el aislamiento y con las oscuras sombras que intuía que en algún momento regresarían a cobrar. Ya en agosto de 2019 su expareja, Sandra Caula, había escrito sobre la agresión que le ocasionó en el pasado, aunque sin nombrarlo, se deducía a quién se refería. Al publicarse el reportaje en “El País” de inmediato le notificaron la suspensión como columnista e igualmente se le cerraron puertas en Colombia y un proyecto que estaba intentando desarrollar.


Sin recursos, Martínez decidió regresar a Venezuela hace unos tres meses y se refugió en casa de un familiar, desde donde vislumbraba un nuevo comienzo a sus 72 años de edad. Esta es quizás una de sus últimas entrevistas, que habíamos acordado actualizarla para su publicación luego de su regreso a Caracas.


—¿Cómo fue tu salida de Venezuela?


—En algún momento de mi vida en que me había separado de mi esposa, ya no tenía planes concretos en Venezuela, trabajaba para la prensa, hacía un guion aquí, un guion allá, y entonces decidí venirme a Bogotá. Y mira como son las cosas, me vine con un contrato de una editorial que estaba comenzando en España para escribir un libro sobre la Venezuela de este momento. Eso llamaba muchísimo la atención. Era un producto muy solicitado. Entonces yo dije: perfecto, eso me viene bien, es un trabajo y tuve una platica con la que emigré que al final la terminé gastando. El caso es que ese libro que iba a escribir para los españoles era una historia con el acento en el tema petrolero. Incluso tenía un título: “Historia sentimental del petróleo en Venezuela” porque en mi mente estaba que fuese una crónica, que fuese ligera de leer. Pero, por alguna razón, y allí si no tengo respuesta, lo fui aplazando porque encontraba que necesitaba más fuentes de información de historias petroleras.


En algún momento y pienso que es una vaina que no tiene que ser vergonzosa, a mí me atacó una depresión clínicamente diagnosticada. Yo estaba inerte ante todo estímulo. Leía sin placer, escribía a empujones una columna semanal, no me provocaba ir a Venezuela, estaba realmente muy mal. Yo creo que era el aislamiento. No lo puedo asegurar. Y creo que el aislamiento hace daño.


BogotáImagen tomada de Vitrina Turística


En ese momento tenía trabajo, me salía uno que otro “tigre” y eso me mantenía ocupado, pero me hacía sentir muy mal esa estancia en Bogotá. Sin embargo, es una ciudad que para mí tiene un gran valor poético, artístico. Hay a quienes no les gusta el ambiente frío, así que empecé a vivir Bogotá solo, después de la separación. Pero la magia del lugar algo tuvo que ver. Porque no me quería devolver a Venezuela que es donde tengo mi vida. Debe ser como las bodas, en algún momento debe tocarme de nuevo.


—No pudiste escribir el libro pautado y comenzó el largo período de escasez literaria. Entonces, ¿cómo lograste reencontrar la chispa de la creatividad y apartar los demonios?


—Alguien llegó. Tuve un encuentro con un gran escritor argentino que se llamaba Juan Forn, más que escritor fue un gran amigo. Nos conocimos aquí en Bogotá en un evento y para serte franco, habríamos hablado no mas de seis horas. Pero nació una amistad del siglo XIX, una amistad epistolar. Entonces un día de 2019, yo estaba muy aplatanado por la idea de pensar que había perdido el don y hubo el evento de escritores en MedellínLa fiesta del libro”. A mí me invitaron, a pesar de que no tenía ninguna publicación nueva. El último lo había publicado en 2013. Insistieron y me llevaron.



Así que fui a dar una charla y en la lista de invitados estaba Juan Forn y quedamos muy felices de vernos al día siguiente. Cuando nos vimos a la hora del desayuno ocurrió esa epifanía, una cosa muy reveladora. Él me vio y yo vi en su mirada una gran consternación. Lo primero que me dijo fue: “Tenemos que resolver ese problema”.


—¿Qué problema?


—Lo que tienes adentro. Tienes que exprimir ese virus que tienes adentro porque te está matando.


No era un parlamento de teatro, ni era una joda. Estaba hablándome con mucha gravedad. Entonces me dijo: “Estos dos días que vamos a estar aquí, vamos a trabajar eso”. Imagínate. Él tenía mucha fe de lo que yo podía escribir y me propuso un trato. Él era un gran escritor y me inspiraba respeto intelectual.


“Oblígate a escribir 20 mil palabras y me las mandas. Ese compromiso nos va a ser muy bien”, me dijo Forn, fallecido en junio de 2021.


Yo regresé a Bogotá, cambiado, otra persona. Así que comencé a escribir una historia que siempre había querido escribir. Me levantaba temprano por la mañana. Recuperé un estado de ánimo que por lo menos hacía muchos años no lo había experimentado.



Esa historia que estaba escribiendo llegó a un callejón sin salida mental en lo argumental. No podía deshacerse, había que darse cabezazos contra la pared, y eso no me preocupó. Llegué a escribir 70 mil palabras de una novela que no sabía a dónde iba a parar. A lo mejor la retomo. Tal como venía era un saco de gatos.



—¿Y cómo apareció tu última novela “Oil Story?


—Yo estaba en una plaza que está cerca de acá de mi casa, la plaza de Usaquén. A todas estas yo había dejado de beber licor con mucho esfuerzo. Usaquén es un sitio de perversión desde mi punto de vista. Porque es un “llegadero” donde hay bares, tascas. Estaba allí sentado en esa plaza y estuve tentado de echarme un trago para aguantar la frustración. Pero entonces dije: no. Lo que voy a hacer es escribir, empezar desde cero otra historia y así para sacarle el cuerpo a la tentación. Me regresé a la casa.

Billy Wilder


Estaba frustrado pero no estaba triste, ni desanimado. Al llegar a la casa me pasé varios días preguntándome cuál es la historia que debía escribir. Una historia con una temática que conociera para no pasar mucho tiempo investigando. Así me di cuenta que la historia que tenía más cerca en el tiempo había sido el argumento de la obra teatral “Petroleros suicidas”.


Yo había trabajado ese argumento a partir de un hecho real. Entonces dije: bien, esto es lo que voy a hacer. Voy a tomar los acontecimientos, lo esencial y seguro me va a salir algo en prosa narrativa. Esta historia tiene que arrancar muy bien, caminar muy rápido y solo después que yo haya atrapado al lector me voy a poner sociológico.



Entre la noche en que Jerry Espinoza mató a tiros al atracador que quería las llaves de su auto y el hundimiento de Petróleos de Venezuela, en la que Jerry era alto ejecutivo, transcurrieron los bíblicos siete años”. Así comienza “Oil Story”.


Para la preparación puse varias películas de una serie americana de la época clásica, recuerdo que el pistoletazo fue ver por enésima vez una película de Billy WilderDoble Indemnización” de 1944. El guion fue una adaptación de un libro. Yo tenía la versión original de un autor americano, que tiene un pulso y un nervio para contar historias, Raymond Chandler, cuyo título original es “Pacto de Sangre”.


Double Indemnity - Trailer (1944)



El comienzo de “Oil Story” lo inicié como una prosa narrativa y desde el comienzo se fue para otro lado, se fue nutriendo de detalles y para mí tiene la virtud de que los acontecimientos que narra la novela duran siete años. Comienza en 1997, en las postrimerías del período democrático y llega hasta después del paro petrolero en la Venezuela de 2002, en el período chavista.


Es una historia de amigos. Te puedo contar que ya yo había hecho dos versiones, pero había algo que faltaba y era el narrador. Mario Vargas Llosa en muchas de sus publicaciones y entrevistas suele decir que el mayor esfuerzo hay que hacerlo en ese personaje. Como tú estas escribiendo a veces en tercera persona y eres un espectador, tú eres un personaje. Entonces el narrador es un personaje si se escribe en primera persona. En un momento pensé tengo que ser servicial y amistoso con el lector porque quién es ese tipo que conoce también a Jerry, apodado “Mayimbe”. Tiene que ser uno de ellos.



—El personaje principal, Jerry Espinoza, ingeniero, gerente de la estatal petrolera con estudios en una importante universidad de EEUU, becado en la era democrática, profetizó la tragedia que se avecinaba para Venezuela con el arribo de Hugo Chávez al poder. Sin embargo, cuando el triunfo del militar era inevitable buscó un acercamiento con él para asegurarse un futuro. Muchos demócratas de aquel tiempo se alinearon al socialismo del siglo XXI, pero igualmente terminaron perseguidos y execrados por la revolución. 


¿Tenemos en Venezuela muchos Jerry Espinoza?


—Sí, claro que los hay. Por ejemplo, “Mayimbe”, el submalandro, es un personaje atractivo, es ese personaje malviviente que no es del todo un delincuente, pero es un pícaro. El protagonista de esta historia, que tiene en sus manos todos los títulos para la vida, que podría triunfar legítimamente, tiene el tipo de neurosis que lo paraliza, complica sus relaciones conyugales, el modo como se relaciona con sus congéneres es completamente neurótico, asocial. Es ese tipo de personalidad que está casi siempre envuelta en un manto que le complica su forma de relacionarse, es un solitario. No tiene realmente una meta.


Cuando mata al delincuente, lo mata porque él anda armado. Hacía prácticas de tiro. En ese momento no tiene una meta personal. Está casado, en segundas nupcias, le va bien, pero es un tornillo aislado. Entonces este episodio, le da mucha consistencia dramática. Ha matado a un tipo, aparece un chantajista y el cascarón de su vida se va para la porra. Allí uno tiene una novela.


Ibsen Martínez


En un momento dado Jerry ve que, amenazado con ser despedido de la estatal petrolera, el mayor mérito en su contra es su visión de lo social y lo político. Eso no quiere decir que sea un héroe positivo. Él ve más lejos que sus contemporáneos, como van las cosas en las que Chávez no puede perder las elecciones y antes de que lo boten, se va a pegar a Chávez. No es que se convierte en un chavista desenfrenado sino que llama la atención de Chávez hacia él, por lo cual lo dejan quieto.


A mí me importaba que fuese un personaje muy estándar. Un personaje que podemos encontrar en cualquier empresa venezolana, que no fuese el “archiladrón”. No estos tipos que nos dejan con la boca abierta porque montaron una taguara para vender petróleo para ganarse 20 mil millones de dólares. Estos son unos tipos muy modestos.


—Llama la atención en tu historia que cada personaje expone sus debilidades bajezas y limitaciones con crudeza. Digamos que no hay héroes, no hay buenos ni malos. Uno de los personajes más escabrosos es el que llamas “submalandro”, término que utilizaste para alguien que no es del todo un delincuente.


—Hay una palabra mexicana que es “el malviviente”. El malviviente no es un marginal, tampoco un delincuente. Es un tipo que está al borde de la legalidad y del decoro. No hice más que colgarme de los arquetipos. Aunque no se le parezca es un Charlie Chaplin. El personaje que hace Chaplin es un individuo venido a menos que trata de conservar el decoro de la clase media. Él no tiene casa, pero tiene modales y aspira a codearse con la sociedad. Eso es un alimento perfecto para un melodrama.


En el caso de mi “submalandro”, al final todo el mundo lo excusa, los amigos, la familia adoptiva, porque no es un malvado. “Mayimbe”, al comienzo en mi primer boceto, era un tipo que intervenía en una situación y después chantajeaba. En esta novela yo me sorprendí y me dije: Esto no puede ser así. No puede ser tan simple y las cosas que uno va descubriendo son en el inconsciente acumulado en décadas de vida. A mí me gustaba la idea de que “Mayimbe” arma una vida, se hace pastor protestante, se casa y lo consigue luchando. Como decía Roberto Bolaños: “Qué quiere un latinoamericano” y el mismo se respondía: “Quiere respetabilidad”. Y eso es lo que quería “Mayimbe”.


José Ignacio Cabrujas

—Fuiste destacado escritor de telenovelas durante la época de oro de la televisión venezolana. En ese tiempo destacaban también libretistas escritores como José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia y directores como Román Chalbaud, Clemente de la Cerda, César Bolívar, entre otros. Tu telenovela Por estas Calles la ubican como uno de los efectos comunicacionales más impactantes de finales de la década de los 90, como elemento que cuestionó la democracia de 40 años coincidiendo más tarde con el ascenso de Hugo Chávez. Una polémica que todavía se debate. ¿Qué fue para ti esa época de escritor de telenovelas, la razón de tu retiro y ahora la disposición a seguir el camino de la novela literaria?


—Hay una enfermedad mental que es la juventud. Yo creo que el tránsito de ser un activista político que trabajaba con Teodoro Petkoff y mi labor en la TV me agarró demasiado rápido, sin capacidad de discernir. Te estoy haciendo esta confesión ahora después de viejo. Porque yo estudiaba Matemáticas; no era mi mejor destino, yo sabía que en algún momento las iba dejar, pero no sabía que iba hacer con mi vida.

Teodoro Petkoff en 2010


Yo era militante del partido MAS en la comisión de propaganda y ocurrió que en 1976 Teodoro Petkoff y José Vicente Rangel compitieron internamente por la candidatura presidencial.


Allí conocí al maestro Cabrujas, quien comenzó a invitarme a escribir para televisión, lo cual era mucho más entretenido. Se lo comenté a Teodoro y estuvo de acuerdo. Me dijo: “Eso se parece más a ti que esto que estamos haciendo”.

José Vicente Rangel en 2008.


Mucha gente cuando habla de Cabrujas me dice: “Tu maestro”. En realidad desde aquella época establecimos una muy cercana amistad, a pesar de la diferencia de edad y el elemento central era hablar de libros y de cómo se hacen los libros. Del oficio del escritor. Esa era nuestra conversación permanente. Fue como mi primer amor hacia el teatro. Además me beneficié de su biblioteca. Era un hombre muy generoso, trabajábamos juntos todo el día con las novelas de TV, era muy exigente. No solo hablábamos de literatura sino del oficio. Cómo se distribuye un argumento, qué funciona mejor, conversaciones que solamente atañen a quien quiere desarrollarse como escritor. Yo eso lo echo de menos y me doy cuenta que fui un privilegiado. Ese vínculo significó para mí lo equivalente a seis semestres de estudios de Literatura. La relación con José Ignacio fue la de un maestro y un aprendiz.


Si uno tiene el oficio, era muy fácil armar una historia que generara interés y además yo venía de la política. Un policía que se toma la justicia por sus propios medios, un médico que se roba los tomógrafos y los vende. Es decir allí no había ninguna invención exigente. Lo que sí deploro es la mitificación que algunos colegas periodistas y analistas han hecho del fenómeno de “Por estas calles”. Llegar a escribir que eso facilitó el acceso de Chávez al poder es una exageración. En esa telenovela no estaba haciendo nada que fuese más allá de lo que estaba pasando. Lo que hice fue incorporar la realidad que estaba naciendo, la problemática de una sociedad viva al drama.



—Lo que expresas del aislamiento veo que ocurre con muchos autores venezolanos, incluso jóvenes que están comenzando en la literatura y otros que se han ido al exilio. ¿Cómo mira los hechos un escritor desde otras tierras? ¿Sigue arraigado al país o aparece una nueva visión que lleva a hurgar el mundo desde otras realidades?



—El exilio sigue siendo una realidad para muchos escritores. El apartarse del ambiente convencionalmente tuyo te obliga a pensar: ¿cómo es que toman el café aquí? Sí, creo que uno comienza a ver las cosas desde otro punto de vista. En este momento me he volcado hacia el pasado venezolano. Los personajes que me vienen a la mente se parecen a gente de la clase media, sin especial relieve, pero ambientados en el siglo XIX. Eso es lo que me está llamando la atención. Compatriotas comunes y corrientes o tipos como yo, pero en el pasado. Es como que me zumbaran a 1880.


No sé por qué razón he desarrollado una gran actividad argumental imaginativa referida a personajes del común. Personajes que no son héroes políticos, no son héroes militares, sino personas que en el pasado pudieran haber tenido las mismas inclinaciones que yo.



Me he dedicado a llenar las lagunas de lo que no leí en Venezuela.He vuelto por primera vez a hacer lecturas muy intensivas de Teresa de la Parra y sobre ella. Hay dos autores del siglo XIX que me llaman mucho la atención. Uno de ellos es Arístides Rojas, que como sabemos no pasó a la historia por razones épicas, un divulgador científico, más buena gente que el pan y que escribió muchas crónicas de cómo era finales del siglo XIX; también y esto va a sorprender a mucha gente, a Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, escritor y periodista, quien escribió unos cuentos muy buenos.

Foto: OSWER DÍAZ MIRELLES/ARCHIVO

En eso que llamamos el entresueño, en el que uno se despierta y abre los ojos en esa duermevela, se me ocurrieron muchas cosas y las he ido anotando. Una de ellas han sido las historias escritas por María Fernanda Palacios quien rescató historias de personajes del común muy interesantes. Esta historiadora ha recuperado la Venezuela de la que no hablan los libros de historia que siempre están contando una revuelta y una matazón. Resulta que en medio de las revueltas y la matazón había vida. Leyendo ese tipo de personajes me han venido nuevos pensamientos, muchos de ficción y otros de la vida real. No héroes sino más bien personas con ilusiones y aspiraciones, pero no tipos que quieren cambiar el mundo. Solo quieren ver cómo vivir en el mundo que les tocó y en eso me acompañan muchísimo la música, lecturas, aficiones. Entonces, en este momento, aunque no termino de encontrar al protagonista o la protagonista, sí tengo el ejemplo que me interesa: mi Caracas, la Caracas que llegué a conocer bien pero en otra época. Ésa podría ser mi vida, aunque sea en el último decenio del siglo XIX. Eso me interesa.


Francisco Olivares


Nuestra Señora de Caracas.



https://elestimulo.com/entrevista/2024-09-16/la-ultima-entrevista-a-ibsen-martinez/


lunes, 4 de octubre de 2021

María Fernanda Palacios: “éste es un gobierno que no está interesado en gobernar, sino en imponer lo que ellos llaman “políticas”



Imagen tomada de Heroínas.



María Fernanda Palacios: “Enseñar me produce una gran alegría”




La ensayista, docente y poeta venezolana homenajeada en el IV Festival de la Lectura de Chacao, habla sobre sus influencias, aficiones y el gran proyecto al que le ha dedicado su vida: la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela.


Por Albinson Linares | 9 de Mayo, 2012






Su voz es cálida y firme por teléfono. Cada palabra está marcada por una dicción cuidada que es un placer escuchar, mientras se disculpa por la ausencia de tiempo para dar entrevistas: la preparación de una larga clase sobre pintura, centra toda su atención por esos días.


En una tarde luminosa, poco después, la plaza Francia estaba convertida en una fiesta libresca. Docenas de anaqueles repletos de volúmenes que atesoraban los más diversos saberes y contenidos; simposios, charlas, exposiciones y conciertos convirtieron a Altamira en la tierra prometida de los lectores.
Sentada frente a unos ponentes, María Fernanda Palacios sonreía y tomaba anotaciones constantes. Subrayaba una libreta pequeña mientras escuchaba atentamente lo que decía uno de sus exalumnos, el narrador Rodrigo Blanco Calderón. La gran homenajeada del IV Festival de la Lectura de Chacao, disfrutó de la conferencia con una calma envidiable, absorta por cada argumento.
Al rato, se levantó con agilidad y, mientras paseaba por la plaza, admitió con emoción: “Estoy encantada de que el festival se siga realizando con tanto éxito, porque son espacios que nos hacen falta en la ciudad. Siento un profundo agradecimiento por el homenaje pero, insisto siempre, que no es para mí. No tengo ninguna obra, ni nada que merezca un homenaje de esta naturaleza. Esto es un reconocimiento para la Escuela de Letras de la UCV”.
María Fernanda Palacios, nacida en 1945, es una de las intelectuales más influyentes del pensamiento venezolano. Se ha ganado el reconocimiento de lectores y críticos gracias a la brillantez de sus investigaciones, libros de ensayos y poemarios. Suele definirse como docente, y luego de más de cuatro décadas dedicada a la enseñanza académica, no resulta exagerado decir que buena parte de los intelectuales y renovadores de la literatura venezolana han sido sus discípulos.
Obras como Sabor y saber de la lengua (1987), Ifigenia: Mitología de la doncella criolla (2001) y la edición de las Obras Completas de Teresa de la Parra, la ubican como una gran investigadora; una ensayista acuciosa poseedora de un delicioso estilo argumentativo. Con los poemarios: Por alto/ por bajo (1974) y Y todo será cuento un día (2011), la poesía venezolana la recibió con alborozo como una voz original, cuyos versos aparecen signados por un riguroso cuidado del ritmo.
“No me considero poeta, no puedo. Sin embargo tengo una relación especial con la poesía y la escritura. Hace poco decía que el verso sale cuando hay reposo y puedes escuchar la palabra. Debes dejar que ésta tenga la iniciativa. Nosotros no debemos forzarla”, admite mientras mira con atención a la multitud que recorría la plaza, sin cesar.


Su amor por la docencia, se expresa en una intensa pasión que la llevó a compartir sus lecturas con centenares de alumnos. No en vano sus clases son legendarias y muchos de sus ex alumnos, como el escritor Roberto Martínez Bachrich, las consideran un género literario en sí. En una entrevista con Rafael Arraiz Lucca realizada en 1987, Palacios comentó: “Mi ambición es aquella de Proust cuando decía: ‘qué delicia sería tener un amigo que lo acompañe a uno, leyendo, todo el tiempo’. Hay que ver lo placentero que es poder ir comentando un libro que lo tiene ‘tomado’ a uno”.
Todo lo que sé, se lo debo al espíritu académico de la UCV, el homenaje es para mis compañeros que dan clase conmigo, los que han dado antes, los que seguirán después y mis alumnos que son excelentes lectores. Recibo con alegría este reconocimiento porque eso le da sentido a lo que hacemos en la vida”, asevera y sigue su camino.

La alegría del conocimiento

-Usted fue criada en un hogar donde los intereses intelectuales fueron parte de las enseñanzas más tempranas ¿cuánto influyó en su precoz pasión por los libros?
Desde pequeña adoraba leer a Emilio Salgari y Alejandro Dumas, me devoraba todas sus historias. Vengo de una familia donde la biblioteca siempre fue parte fundamental de la casa, no sólo por mi padre y mi madre, que era pintora, sino por mis abuelos y tíos. Mis recuerdos más valiosos son de las sobremesas. Eran momentos donde uno escuchaba a los mayores, conversaba, oía hablar de libros, de otros países, otras ideas y a uno le provocaba leer. La otra parte, tan importante como ésa, es todo lo que aprendí en la UCV. Todo lo que sé y lo que me falta por aprender se lo debo a la universidad.
-Comenzó a dar clases muy joven, en 1969, era otro país centrado en otros paradigmas académicos ¿a cuáles profesores recuerda como determinantes en su pregrado?
Recuerdo a todos mis profesores con cariño. Federico Riu nos enseñaba filosofía, fui preparadora de Gustavo Luis Carrera, Richter nos daba Literatura Alemana, Rosenblat impartía clases de filología, Guillermo Sucre dictaba clases de literatura francesa y el recientemente fallecido Gustavo Díaz Solís, también fue un maestro muy querido. Pero después aprendí mucho al dar clases junto los que empezaron conmigo en la nueva escuela de renovación académica. Jaime López Sanz, Rafael Cadenas, Michaelle Ascencio, Rafael López Pedraza, Marcos Rodríguez y algunos alumnos míos que ahora son profesores como Rafael Castillo Zapata, Vicente Lecuna y Jorge Romero, entre muchos otros. Cada uno de ellos ha sido importante para mí, porque mantenemos una relación hermosa y constante.
-Mencionó hace un momento el proceso de renovación generado en la Universidad Central de Venezuela a fines de los sesenta ¿cuáles son los elementos incorporados por esa generación de profesores que aún persisten en la Escuela de Letras?
Quizá el elemento más importante que se ha mantenido, fuera de ciertos excesos, es que se estudia literatura leyendo a los escritores y poetas. Ya no se enseña una historia panorámica de la literatura, como le tocó a mi generación. Creo que pasamos de una especie de enorme bachillerato de letras a un pensum centrado en aprender a leer a los autores. Todas las disciplinas literarias se centran en que haya un cuerpo de lectura y en eso hacemos especial énfasis, eso es lo más duradero. Como profesores podemos tener distintas maneras de ver la literatura y convivimos con eso, pero a todos nos une esa devoción por las lecturas y la enseñanza.


Enseñanza sublime

-Al hablar de sus vocaciones, suele privilegiar a la docencia por encima de su importante labor autoral como ensayista y poeta ¿a qué se debe esta distinción?
Enseñar me produce una gran alegría. Es lo que he hecho toda mi vida y nunca he dejado de hacer. Sería pretencioso decir que soy otra cosa, porque es lo que ocupa mi mayor cantidad de tiempo y dedicación.  Es lo que me da más felicidad, eso no quiere decir que escribir no sea algo importante y necesario. Por eso trato de hacerlo bien, pero es otra cosa. Al preparar una clase y darla hay una inmediatez, algo que se deposita en la fantasía de los involucrados que es fascinante. La relación con los alumnos y el contenido siempre es diferente, aunque des las mismas materias o temas. El programa académico siempre cambia porque no repetimos nada, pero si sucediera, el mismo hecho de tener alumnos distintos cada año hace que sea una experiencia única.
-Luego de más de cuatro décadas dedicadas a la enseñanza ¿qué cambios ha notado en las distintas generaciones de alumnos que han pasado por su aula?
Los estudiantes siempre cambian, sería gravísimo que no lo hicieran. Eso hace que uno aprenda mucho más de ellos, porque traen nuevas influencias y lecturas. Es algo que me mantiene allí pese a que haya duplicado el tiempo que se necesita para jubilarse, porque dar clases es una manera de estar en la vida. Empecé como profesora en 1969 y mientras tenga vista, salud y me soporten seguiré haciéndolo. Es mucho lo que recibo de los alumnos y la escuela.
-En esta era de atomización de las informaciones, del frenesí de la agenda diaria ¿siente que seguirán abiertos los espacios para la reflexión estética?
Espero que sí. Siempre que me asusto y me deprimo por la cantidad de celulares que sé que están vibrando y sonando o chateando, mientras estamos en una clase. A veces cuando conversas con un amigo y te das cuenta que su mirada siempre se dirige hacia el celular para ver si tiene una llamada son cosas que lo descorazonan a uno pero entonces recuerdas y te das cuenta que toda la vida la gente que ha leído, los buenos lectores -ya sean escritores o no- siempre se han quejado, de las distracciones del mundo. Siempre han sentido que el mundo no corre al mismo ritmo que los lectores. Uno lo siente como una fatalidad y quizá como dice Cadenas en sus Anotaciones:  “El papel de la poesía y la literatura es hacer contrapeso, contrastar ese otro lenguaje y actitud”.

Al margen de las distracciones

-¿Cuáles lecturas suelen acompañarla desde siempre como compañeros recurrentes en su quehacer intelectual?
Siempre los divido entre los que lees en el momento y los que te acompañan toda la vida. Hay cosas permanentes como La odisea, los trágicos griegos o algunas obras de Shakespeare pero lo que más me acompaña son las obras de Dostoievski, Proust, Kafka y otras lecturas a las que les he dedicado mucho tiempo. En poesía, me interesan ciertos rusos perseguidos en el régimen de Stalin y que hemos empezado a leer muy tarde. Empecé a leerlos hace unos 15 años, a poetas como Anna Ajmátova y Ósip Mandelshtam que son los que tengo más cerca. De los venezolanos Guillermo SucreRafael CadenasJuan Sánchez PeláezEnriqueta Arvelo LarrivaRamón Palomares y Eugenio Montejo siempre me han gustado. Uno termina siendo muy agradecido a lo que la poesía te da. La poesía no se puede leer al por mayor, sólo son unos cuantos los poetas que uno lee o relee.
-Muchos críticos la consideran al margen de las vanguardias venezolanas, de los grupos y movimientos poéticos ¿siente que ha desarrollado su obra fuera de esas propuestas?
Nunca me han gustado. No le veo sentido, si hablamos de arte, porque creo que las verdaderas vanguardias ya pasaron. Pertenezco a la generación que se desencantó al ver que el arte no se hace con manifiestos, programas ni doctrinas. Eso sucedió en un momento dado, surgió un mimetismo con las vanguardias políticas cuando eso estaba en el orden del día, cuando los ideales de una revolución te hacían creer que el mundo se iba a convertir, de la noche a la mañana, en un nuevo paraíso. Fue entonces cuando aparecieron todos esos movimientos pero ¿qué ha quedado de esas vanguardias? Sólo los individuos. Fue un cuarto de hora por el que han pasado muchísimos escritores y artistas extraordinarios, pero su valor no está en haber sido parte de esos grupos, ni en haber firmado manifiestos, su valía está en lo que hicieron al margen y, a veces, en contra de esos movimientos.
-En todos estos años de docencia ha tenido la oportunidad de experimentar las diversas variantes del discurso político en la UCV…
La escuela siempre ha tenido una manera muy peculiar de vivir la política y en nuestra carrera, como le damos especial atención a la palabra, es más difícil que impere la palabrería, la demagogia y el dejarse llevar por esa cosa vocinglera, voluntarista que no debería ser característica de la política. Ojalá hubiera mas propuestas de ideas en este país y volviésemos a tener una vida política porque cada vez es más reducida.
-¿Cómo influye esa atmósfera polarizada en las actividades académicas de la Escuela de Letras?
Eventos como el Festival de Lectura, intentan mantener el espíritu de la “polis” y la política que implique discusión y una reflexión seria sobre las cosas. La política de desgaste, la polarización estúpida no tiene sentido y menos en una Escuela de Letras donde lo principal es el conocimiento. En la universidad hemos mantenido el respeto, eso no quiere decir que uno tolere todo. El país está viviendo uno de sus momentos más duros, debido a unas estrategias oficiales que asfixian lo que debería ser la verdadera política.
¿Siente la presión del entorno causado por esas “políticas oficiales” en el proceso creativo cuando concibe sus clases?
Cada vez ese entorno sabotea más reduciendo la posibilidad de vivir y hacer política. Pareciera que éste es un gobierno que no está interesado en gobernar, sino en imponer lo que ellos llaman “políticas”. Por eso me parece importante mantener el estilo de nuestra carrera, donde la reflexión forma parte de lo que hacemos cada día. Cuando estás leyendo a los autores que estudiamos, es inevitable que una reflexión sobre la política aparezca, pero eso no quiere decir que hacemos adoctrinamiento, ni convertimos a esos autores en partidarios de una o determinada línea política. Eso no tiene sentido.

Tomado de Prodavinci.

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sábado, 21 de julio de 2012

MARÍA FERNANDA PALACIOS: "La cultura no toda es libresca. Hay mucho libro que hace daño"




Foto: OSWER DÍAZ MIRELLES/ARCHIVO


DANIEL FERMÍN


miércoles 2 de mayo de 2012




"No creo que por leer autoayuda la gente vaya a convertirse en un lector de Dostoievski"



María Fernanda Palacios (Caracas, 1945) es una escritora que traza sus textos en el aire. Ya Roberto Martínez Bachrich dijo que ella hace de sus clases un género literario. Que todo alumno que pasa por sus salones termina enamorado. Por eso, el Festival de la Lectura Chacao decidió rendirle tributo: para honrar toda una vida dedicada a formar lectores.

A la venezolana le avergüenza recibir un homenaje en vida. Dice que son embarazosos, que no merece alguno. Que lo recibe en nombre de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Ahí tiene más de cuatro décadas como profesora. "Si el futuro de la literatura está en manos de los lectores, hay que ser optimistas. La Escuela de Letras es un semillero de excelentes lectores", indicó la autora de Sabor y saber de la lengua.

La ensayista tenía 38 años sin publicar un libro de poemas. Ella cuaja su poesía lentamente, entre la pausa, los silencios, la espera. Así editó el año pasado Y todo será cuento un día, una selección de versos escritos en los años 70 y 80. "Hay escritores que escriben toda la vida. Yo no me siento poeta en ese sentido. Soy más docente. Para mí, la poesía es algo que por rachas me acompaña. De ahí a atreverme a publicar es otra cosa. Uno hace poesía, pero ni toda es publicable ni uno está dispuesto a publicar todo", indicó la caraqueña, que en el 74 editó Por alto/por bajo.

Palacios cree que hay autores que publican más de lo que deberían como para que ella también haga lo mismo. Por eso publica poco. "Es muy malo cuando un escritor se siente obligado a publicar una novela todos los años. O que siente que si no publica es como si hubiese dejado de existir. Hay muchos que se apresuran, o que se ponen a inventar. Andan buscando un tema en vez de esperar que el tema los busque a ellos".

Las editoriales también hacen lo suyo. Libros efímeros de autores mediáticos que aseguran grandes ingresos reinan en las librerías. También en las ferias. "La parte comercial del negocio editorial convierte la literatura en un consumismo, como también ciertas políticas de Estado que publican una barbaridad de libros para el adoctrinamiento. Pero la otra cosa siempre existe, el lector exigente que sabe lo que viene a buscar", agregó la poeta, que destaca la atmósfera que encuentra en festivales literarios.

Ya el mexicano Gabriel Zaid dijo que la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan. "Y él tiene razón en lo que dice. El problema no es el número de libros que leas. La cultura no toda es libresca. Hay mucho libro que hace daño", agregó la autora del ensayo Ifigenia: mitología de la doncella criolla (2001).

Por eso, la escritora tiene cuidado con ciertas campañas. "Uno no tiene que convertir esto en un eslogan, decir 'hay que leer'. Hay que ver qué leemos también. Hay que leer con conciencia, saber qué se está leyendo, Pero sí hay que estimular a que la gente se acerque a ciertos libros u ofrecer orientación abierta. Yo preferiría que la gente leyera más literatura y menos autoayuda, menos libros de dietas. No creo que por leer libros de autoayuda la gente vaya a convertirse en un lector de Dostoievski o de Rulfo".

Si Mario Vargas Llosa dijo, en su último libro, que la banalización llegó a la cultura, Palacios cree que no hay forma de evitarlo. "Es una realidad de los tiempos. Hay que vivir con eso. No es la primera vez que una sociedad se queja de ello. Ahorita leo mucho sobre la Francia del siglo XIX, que vemos con añoranza. Y al leer la crítica de esa época, la gente se quejaba de lo mismo. Como que eso es parte de ser culto".

Así, Palacios también añora las lecturas de antaño. "La literatura popular eran las novelas de vaqueros, de detectives. Y eso sí te lleva a leer literatura. La autoayuda te ofrece una receta para convertirte en un zombi", agregó la poeta, que cree que el lector debe iniciarse en la infancia. "Hay que revisar la manera de enseñar a niveles primarios. La literatura infantil de ahora está más enfocada en los dibujos. Los cuentos de antes, Tío Tigre y Tío conejo, sí eran cuentos de iniciación del niño en lo que es la vida. Eso sí es literatura", concluyó Palacios. La suya, sus clases, sus poemas, también lo son. 


dfermin@eluniversal.com



Tomado de El Universal.



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