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viernes, 28 de diciembre de 2018

"EL NERVIO POÉTICO" O LA CARNE VIVA DE LA PALABRA






Ricardo Ramírez Requena



La obra de Alberto Hernández es ya ampliamente conocida. Aun así, necesitamos una recopilación de sus artículos y reseñas, una reedición de sus ensayos y en especial una antología seria de su poesía. Sabemos de sus andanzas por Caracas: sus estadías en El Paraíso y sus caminatas hasta Sabana Grande. De sus estudios de posgrado en la Universidad Simón Bolívar y de un tiempo en España. Ha ganado premios y ha sido publicado afuera. También ha sido traducido. Como vemos, ha hecho su labor y los años han dejado obra que leer en el camino. No sé qué más puede pedir un escritor. Su labor se ha realizado en los valles centrales de Venezuela, en donde se ha movido con diligencias entre Maracay y Valencia, y también Caracas. Alberto, como Montejo, pareciera ser un nativo de la antigua provincia de Caracas, más que de los Estados y divisiones ya republicanas. 

Muchos pueden pensar que el premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, ya termina de consagrarlo como escritor. En Venezuela debemos tener cuidado con la manera con que vemos los premios, en especial luego de los sesenta años. Son el destino de mármol de los escritores en estos parajes. Son un final, un capítulo que se cierra. Un acto floral con retreta de despedida. En el caso de Alberto, como en algunos otros, es bueno recordar que este premio es un reconocimiento a una obra singular en su currículum. Una que muestra, más que su consagración, su maestría. Pueden sonar similares, pero no lo son. Son diferentes. 

Una obra que muestre la maestría de un escritor es aquella que concentra más que su atención. Es aquella con la que paga una deuda, aligera, pesos, sostiene pesares. Una obra necesaria para vivir y, ante todo, para continuar escribiendo. Alberto lo hace a diario, de manera constante, parpadeando poco. Escribir es su café de la mañana, su guayoyo de la noche. No hay consagración en él, porque los poetas, a diferencia quizás de los novelistas, no se consagran con una obra, sino con la labor de muchos años. 

Hoy estamos aquí para atestiguar maestría: aquella presente en Alberto Hernández. 

Alberto Hernández. Fotografia de Alberto H Cobo.

En Venezuela hay un arte de la presentación de libros. Este arte nos enseña varias cosas: el texto leído debe invitar a la lectura de la obra que se presenta, no ha recordar las palabras que lo presentan; el presentador debe ejercer el don de la invisibilidad: que brille la obra de la que se va a hablar, incluso más que el autor. Y por último, que no atormente al lector, a quien escucha las palabras, en especial si está de pie. Seré breve. 

Un joven Eugenio Montejo (Caracas,19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008). Fotografía de Héctor López Orihuela

El nervio poético es una propuesta narrativa que trasciende la idea de una novela. Es un conjunto narrativo, donde la prosa y la meditación poética destacan sobremanera. Es un homenaje a Eugenio Montejo y a Pepe Barroeta, pero no desde una perspectiva biográfica: no son memorias, ni recuerdos, ni nostalgias de un poeta que recuerda tiempos hermosos con sus amigos. Alberto Hernández quiere ir a la profundidad del poema, y mostrarnos sin piel la carne de la poesía. Acomete un viaje a través de tiempos y lugares, en donde nos muestra los habitantes del país poético: los dos poetas mencionados, y aquellos que los rodean: Luis Camilo Guevara, Adriano González León, Diómedes Cordero, Caupolicán Ovalles, Rafael Cadenas, Vicente Gerbasi, por mencionar algunos, pero también los fantasmas de muchos poetas: José Antonio Ramos Sucre, Fernando Pessoa y sus heterónimos, en diálogo con Montejo y los suyos, Lautremont. Y los mismos poetas muertos que reciben homenaje: Pepe y Eugenio. Va abriendo el texto como un calidoscopio y haciendo zoom a cada persona, situación o lugar que menciona a través de la obra. No sobran las palabras en este libro: como un poema, están las que deben estar. Van al poeta en cuestión: Montejo, por ejemplo. De ahí, a los lugares que recorrió. De ahí, a sus heterónimos. De ahí, a sus propios poemas. Abre una puerta que abre una puerta que abre una puerta. 

José Barroeta. Fotografía de Héctor López Orihuela



Son lúcidas sus reflexiones constantes a través del libro. Indaga y abre la carne del poema. Por ejemplo:

El pensamiento poético arrastra mucho polvo viejo. Ya las metáforas existían antes de que el mundo apareciera como tal. Una esfera brillante, el ojo del universo: la mirada de Dios y todos los secretos que guarda aún en estos tiempos de tantísimos libros, unos legibles, otros insoportables, como éste, que no es libro y que es insoportable.

Es ese polvo viejo el que inunda cada página de este libro. Memoria, antigüedad. Como las muñecas de Reverón, la poesía es de temer. Es prima hermana de Las Parcas. Sabe lo que los dioses no quieren que sepamos. Y se calla lo que ellos quieren que sepamos. 

Reverón con muñecas. Fotografía de Victoriano de los Ríos, 1949-1954. Colección Fundación Museos Nacionales, Caracas.

Como postales, el libro va contándonos situaciones, épocas, poemas haciéndose. El nervio poético es eso: nos va contando, a través de flashes, de imágenes, cómo es que la poesía se va quitando la ropa sin apurarse. En Mérida, en Valencia. Nos muestra, en el lenguaje de los poetas, como una taquicardia va realizándose. En Caracas, en Puerto Malo. Nos va enseñando como se avanza hacia el morir y de nosotros, qué sobrevive. Ese hueso final. Lo que lo hace literatura, narración, prosa, es el encuentro del cuchillo con el nervio y el salto en nosotros: así es que se hace el poema. 

En el nervio poético leemos también un país, el que nos muestra la poesía. También el país de la enfermedad y el país de la muerte. Leeré tres extractos, que conectan estas ideas que señalo. 

Las paredes son el sarampión de las horas pico. El legado, el legado de un gigante, musitan unas señoras. Viva la gripe aviar, añade un loco egresado de una escuela capitalina. Me mordió un alacrán, chilla una muchachita linda y bella que no usa zapatillas. El país se pudre. La nariz de la vaca se abre y respira el asco de los asistentes. Una música de putas y cabrones viene de la miseria de un cubano que baila en pantaletas. Unas viejas gordas y de tetas colgantes corren para competir en las olimpíadas o en el Miss Venezuela. La res se queda en esqueleto. Las paredes se pudren. El país se pudre. Desde 1960 hasta 2014: el poema defeca, llora, el poema no puede ir al baño. El poema mira el fondo de la letrina. El poema quiere lanzarse a la letrina. El poema ladra como un gato. Una paloma de la paz gruñe como una tortuga. 

El país existe en toda la miseria de la carne podrida.

Acá podemos leer un lenguaje muy presente en la literatura venezolana de los años sesenta a los ochenta. Un lenguaje entre Bacon y Hopper

El segundo extracto, gira alrededor de la enfermedad: 

El cáncer y la poesía simbolizan la totalidad: vida o muerte. 

Se muere de cáncer. Se muere de poesía. Se muere en el cáncer. Se muere en la poesía. No obstante, las palabras se hacen portadoras de su extensión en el tiempo: la eternidad no aparece en vano. Se es eterno en la medida en que se es borrado. Se es eterno en la medida en que la memoria reconstruye el olvido. 

- Nadie muere de cáncer. Se muere de impaciencia, ha dicho un oncólogo dedicado a revelar los secretos de la poesía. 

La poesía recupera el todo y lo hace visible.

El tercero, es lo profético en la poesía, y el mandato de la poesía, en la voz de Pepe Barroeta:

Escucha, recuerda la profecía: Mira tu país, quémalo, arrásalo como sólo tú sabes hacerlo. Pon tus ojos a la disposición de la muerte; no olvides que la herida es lo único real. No olvides mis palabras que por ti se marchan del mundo de los desmesurados, del territorio de los grandes hacedores del fuego y que retornarán avanecidas y desgastadas por la molicie. Escucha siempre el ruido que dejó mi locura sobre las calles; atiende a esos silbos que brotaban de un hombre cuyo espíritu había crecido a punto de volcán. 

Vive de forma que los muertos de infancia se sobrecojan. Vive, pero mira tu país, quémalo, arrásalo con los ojos.

La vida, la tierra, la enfermedad, la muerte. Este libro de Alberto Hernández, no existe para brindarnos sosiego. Nos da las palabras para avanzar a través de la oscuridad. Y nos brinda lucidez y belleza. No mucho más. Pero, ¿querríamos algo más?

Los invito a leer esta obra, justamente galardonada por el jurado del Premio Anual Transgenérico.

Pienso que es un libro que llega a tiempo a sus lectores (no todos lo hacen y lo logran). 

Es, por lo menos, un libro que yo necesitaba, y doy gracias a Alberto por ello.

Tomado de Letralia


De izquierda a derecha: Ricardo Ramírez Requena y Alberto Hernández . Fotografia: Alberto H. Cobo


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Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 

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Ricardo Ramírez Requena

Escritor y librero venezolano (Ciudad Bolívar, 1976). Es licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Dirige La Poeteca, biblioteca especializada en poesía. Participó en la Semana de la Narrativa Urbana (2010) y fue finalista del Concurso de Cuentos de la Policlínica Metropolitana (2011 y 2013). Textos suyos han sido publicados en España y México. Ha colaborado con publicaciones digitales como Los Hermanos Chang, Prodavinci y Ficción Mínima, así como en los suplementos Literales, del diario Tal Cual, y Papel Literario, de El Nacional. Ha sido profesor en diferentes universidades venezolanas. Ha publicado el poemario Maneras de irse, finalista del I Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo, y el diario Constancia de la lluvia, ganador del XIV Premio Anual Transgenérico (2014) de la Fundación para la Cultura Urbana.

sábado, 22 de diciembre de 2018

El nervio poético de Alberto Hernández. Tres fragmentos del libro ganador del Premio Transgenérico 2018



El Nervio Poetico de Alberto Hernández. Fotografia de Alberto H. Cobo.



Tres fragmentos de El nervio poético, libro ganador del Premio Transgenérico, de Alberto Hernández


POR Alberto Hernández


El 28 de enero de 2018, Alberto Hernández, poeta, narrador y periodista, se hizo acreedor del XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana con la obra El nervio poético. A propósito de esto, compartimos 3 fragmentos de este libro.

Alberto Hernández

(4)

La conversación se alargó casi hasta el amanecer. Eugenio destacó el color que el cielo protagonizaba por el Este del mundo. Comparó los ocasos de Güigüe con las caídas de sol de Galicia. Pepe, ligado a las alturas, era de la opinión de que ese mismo cielo a veces es un personaje acomplejado, ambiguo y  gallego.

Ambos hombres, ahora recostados de una baranda que daba a una calle, leían el destino de sus vidas. Ninguno de los dos advirtió que la muerte estaba a sus espaldas,  recostada en el sofá del apartamento.

-Todo poeta es mirado desde la muerte, la que carga a despecho de la conciencia del Otro, dijo Montejo.

-Todo poeta mira su propia corriente alterna, su electricidad, su energía  en el poema.  Pero está destinado a borrarse, a quemarse con el mundo. Un solo poema hace de su historia un extraño, un sujeto de silencio. Un lugar para las cenizas. Un adversario del tiempo, completó Barroeta.

Frente a los ojos de los personajes apareció el día. Sus sombras se alargaron, quedaron detenidas en el piso.

Ahora no hay nadie.

Un joven Eugenio Montejo (Caracas,19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008). Fotografía de Héctor López Orihuela. Tomada del libro "Rostro y Poesía". 1996


(5)

El pensamiento poético arrastra mucho polvo viejo. Ya las metáforas existían antes de que el mundo apareciera como tal. Una esfera brillante, el ojo del Universo: la mirada de Dios y todos los secretos que guarda aún en estos tiempos de tantísimos libros, unos legibles, otros insoportables, como éste, que no es libro y que es insoportable.

No deja de ser un ejemplo la pesquisa realizada por Mairena, quien citado por Miguel Casado  afirma: “En la gran ruleta de los hechos es difícil acertar, y quien juega suele salir desplumado. En la rueda más pequeñita de las razones, con unas cuantas preguntas se hace saltar la banca de las respuestas. Por eso damos nosotros tanta importancia a las preguntas. En verdad, ésa es la moneda que vuelve siempre a nuestra mano”.

Las palabras ruedan en medio de las tribulaciones de quien las usa. Un poema no es más que un milagro cotidiano, porque éstos  ya  son normales, tan comunes algunos que no asombran. Todo poeta tiene su horario.  No obstante,  como escribe Roberto Juarroz: “Tal vez la poesía nos salve todavía del infierno de los habladores profesionales”. Y, en efecto, hay mucha poesía habladora, pero además, profesional. Atizada por los remilgos y hasta por la falta de nervio, de la neuralgia propia de quienes deberían sentirla temblor y conmoción.

De allí que la metáfora, esa efigie que aún mira de frente, siga su trayecto en poéticas anémicas, desvinculadas de la sangre, de los huesos, del semen y el orgasmo de la nocturnidad verbal. Quién puede decir algo en contra de la aforística presencia de Mairena, si, precisamente, ese rostro oculto de Machado no es más que un aforismo: son conciencias reveladas, preparadas para infundir poesía, para mitigar los conceptos elegidos por cierto facilismo.

Poesía cataléptica, osada, más bien poema, “artefacto”, máquina de descontar sueños. Idea en la que Octavio Paz pasa y repasa sus horas.

-También el silencio es un poema. Contradicción que admite el hecho de que en el silencio también hay palabras, arguye Montejo.

-El pensamiento poético está por detrás de las palabras. ¿Cómo sabemos de la presencia del pájaro o del  asesino en el momento de poner el huevo, el primero, o de clavar la puñalada, el segundo? Habrase visto ave que apuñale o criminal que empolle, bromea Barroeta.

José Barroeta. Fotografía de Héctor Lopez Orihuela. Tomada del libro Rostro y Poesía . Poetas de la Universidad de Carabobo. 1996
(6)

Hanni Ossott se derrama con el poema. Ella se lee en su verso angustiado. Se indaga, se limpia el cuerpo. Resuelve un poema en un ensayo. Ensaya y se hace huesos de las imágenes que usa, las que invoca para derramarse. Muchas fueron las experiencias que llevó en los textos. La de la mística, la del éxtasis, las del cuerpo aterido, enfermo y sano, distante.

-¿Quién puede recoger los restos de sus palabras, las que nos quedaron grabadas sin necesidad de oírlas?, se pregunta Montejo.

-Si la leemos, podríamos volver a Hanni y encontrarla, aun en la Muerte:

Los hombres se van

como a pedazos

de a ruinas

de a despojos.

En silencio pulsan

golpean

hacen ruido

hacia una nada

hacia un silencio.

Los hombres muerden y contraen

violentan

activan

atrás, siempre atrás

      hacia nada.

-En nosotros la encontramos, porque lastima profundamente nuestra propia ausencia. El poema fenece con la palabra al ser pronunciada, pero se hace visible y presente en el nervio, en  el temblor de quien lo creó. Se traduce con los personajes, con el personaje que no nombra, dice Montejo.

-El poema es entonces, pronuncia Pepe.

-Sí, queda en suspenso, como la misma muerte: Montejo.

-En un poema la muerte es sólo reflejo: Barroeta.

-O el reflejo es la muerte en la respiración del poema: Montejo.

-La muerte es una honda respiración: Barroeta.

-Como el poema, profundo: Montejo.

Hanni Ossott. Imagen tomada de Letra Muerta


Tomado de PRODAVINCI

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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés.

jueves, 13 de diciembre de 2018

HOY 13/12/2018 EN LA LIBRERÍA "EL BUSCÓN" A LAS 5: 30 PM. PRESENTACIÓN DEL LIBRO EL NERVIO POÉTICO DE ALBERTO HERNÁNDEZ





El nervio poético de Alberto Hernández 



Obra ganadora del XVII Premio Anual Transgenérico Fundación para la Cultura Urbana


• El poeta, narrador y periodista presentará su libro el próximo jueves 13 de diciembre, a las 5:30 p.m. en la librería El Buscón y las palabras estarán a cargo de Ricardo Ramírez Requena.

La Fundación para la Cultura Urbana concluye sus actividades editoriales de este año con el lanzamiento del libro El nervio poético, de Alberto Hernández, obra con la que se hizo acreedor del XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana en 2017. Este esperado texto -presentado con el pseudónimo Rafael Delgado-, se erigió como ganador entre 230 manuscritos por su destacada calidad y por tratarse de un texto muy ajustado a la naturaleza misma del concurso al valerse de diferentes géneros literarios.

Cada año la Fundación para la Cultura Urbana edita en su colección numerada la obra ganadora de sus ediciones consecutivas del Premio Anual Transgenérico. El nervio poético, texto ganador en 2017, será presentada el próximo 13 de diciembre, a las 5:30pm. en los espacios de la librería El Buscón (Sótano Centro C. Paseo las Mercedes, Trasnocho Cultural). Las palabras del acto estarán a cargo del también escritor Ricardo Ramírez Requena.




De acuerdo a lo que señaló el jurado de la edición de 2017, conformado por la arquitecta María Isabel Peña, la dramaturga Karin Valecillos y el ganador de la edición 2016, el escritor Pedro Plaza Salvatti, “El nervio poético es un homenaje, tal vez el mejor de los últimos tiempos, a la vida y obra de los poetas venezolanos. Mediante el empleo de los recursos de la narrativa, de la crónica y del ensayo, el autor crea un universo discursivo en el que muchos de nuestros grandes poetas de las últimas décadas se convierten en personajes: dialogan entre ellos en calles, bares y cafés e inclusive hablan con sus heterónimos y fantasmas. En este manuscrito se incorporan citas de poemas o fragmentos de poemas de manera orgánica, inteligente y acertada, en relación a la materia contada y al poeta/personaje que se convierte en el foco de atención”.

Según el veredicto, se trata de un texto que seduce y conmueve y cuyo fin es ilustrar lo que constituye la esencia de la poesía, vinculada a las preocupaciones existenciales de sus autores: el poema es muerte pero también salva, está en las cavernas del cerebro, en la sangre, la carne, en una enfermedad, proviene del silencio o de un estado de exaltación; es el temblor de quien lo creó. “El nervio poético tiene el mérito de ser accesible a un lector que se anime a comenzar a leer poesía venezolana, así como definitivamente también cautivará a un lector avezado en la materia, a través de descripciones y narraciones asombrosas y alucinantes que generan una conmoción física, mental y espiritual”.

El libro está disponible en las principales librerías del país y también vía online a través de Letramuerdeed.com.

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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.

Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés.

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Verónica Lepage – 04141297917 veronica.lp.contacto@gmail.com