Mostrando entradas con la etiqueta Cuba. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuba. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de julio de 2025

Julio Miranda en mis recuerdos

 


Imagen tomada de aquí



En el umbral y más allá (75 años de Julio Miranda)

POR Miguel Ángel Campos




Conocí definitivamente a Julio Miranda (27 de junio de 1945, La Habana, Cuba - 14 de septiembre de 1998, Mérida, Venezuelacierta tarde en una plaza de Mérida acosada por el musgo, allí nos refugiamos de la llovizna armados de un vaso de café caliente de la panadería de enfrente. Antes, alguna vez lo vi en Maracaibo a mediados de los ochenta y lo encontré nuevamente en el hoy liquidado restaurante El Paladar en ocasión de los premios de la primera Bienal Mariano Picón Salas (1991). Ambos habíamos sido premiados, él con su primer libro de relatos El guardián del museo (1993); Julio me recibió con uno de esos chistes que eran casi solo para sí. Entonces mis viajes a Mérida se hicieron más frecuentes y por lo común acordábamos vernos fuera de la diligencia del día. Su conversación se hacía solaz, le daba un tinte diferente a las imágenes de una ciudad capaz de agobiarme al tercer día, pero a la que ya nunca dejé de ir. Él, con su particular necesidad de ciudad –podría decirse–, le hacía contrapeso. Así su presencia merideña, testimonio de conciliación, era como un alivio para quienes como yo sufren con algunas monotonías de la naturaleza.

Mariano Picón Salas cerca de 1940.

La ciudad elegida o electora no parecía el mejor lugar para alguien de vida tan poco reposada, pero refugio y exilio fueron como dos necesidades donde lo andino podía encajar sin mayor complicación; después de todo un cubano taciturno como él tenía la potestad de serlo cuando quisiera, pues su cubanidad no era por cierto un atributo que se nutriera de lo pintoresco. Su voz pausada y más vehemente de lo aparente era ajena a toda infatuación (pienso en el esfuerzo de los maracuchos por identificarse cuando hablan fuera de su casa). Por lo demás, el hombre que escribía abundantemente resultaba más bien parco en la conversación, no se quedaba mucho tiempo en una tertulia y usaba su humor como entrada o salida, de pronto Julio ya no estaba, se lo podía encontrar entonces en su casa frente a la máquina. Andaba por las calles como quien anda por el mundo armado de una dosis de cosmopolitismo, antídoto eficaz contra aquellas, esa posibilidad de quedarse mucho tiempo viendo el paisaje hacerse pueblerino. Solía tratarme con cierto aire paternal y eso me encantaba, pero en una ocasión fue al grano y como solicitando misericordia: lo había invitado a un seminario de traducción y me llamó para decirme que se iba a Buenos Aires a un evento reactivado a última hora, la razón era de peso: nunca había ido a aquella ciudad y siempre quiso conocerla. Era más que un estilo, la franqueza como gestión; por lo demás, el evento de Maracaibo resultó casi un fiasco y respiré aliviado de saber a Julio paseando por la calle Corrientes.


Su disciplina era la compensación de un desamparo desde el cual parecía retar la vida imprevista, pero él no ignoraba ni el desamparo ni la magnitud de las tareas. Se defendía con el encierro y volviendo permanentemente a un plan de trabajo capaz de hacer de la soledad una rutina próspera, evitaba así la dispersión y los riesgos naturales en quien también eligió vivir de la literatura y para ella, así como no estar siempre un paso más allá. En alguna dedicatoria se refiere a sí mismo como la “fábrica de papel manchado JEM”; era una manera de ironizar sobre un oficio cuya esperanza era también abismo, y justamente por eso lo defendía como la acción más sagrada —su honestidad no podía ser juzgada sino desde la solemnidad. Cuando Julio olfateaba algo raro en un concurso o, por ejemplo, tenía que vérselas con situaciones incómodas en la comisión de alguna gestión editorial era fácil saber el desenlace: renunciaba sin mayor algazara; en tales trances para él no cabía el diálogo. Era una manera de expresar su opinión sobre la literatura, o de encarecerla, y estaba hablando desde otros intereses, comprometiendo así convicciones ancladas en un lugar elegido para una vida nada provisional. Un estilo humano ante todo, y eso supone sólo esa clase de valoraciones que hacen del individuo alguien más allá de una personalidad. La honestidad vendría a ser así una posibilidad para mostrar las elecciones más trascendentes. Seguramente tenía pocos amigos pero la suya era una amistad a toda prueba, como en esos niños capaces de sacrificar sus mejores juguetes. Puedo dar testimonio del hombre afectuoso, lleno de un instinto para el intercambio, solícito y tierno frente a las circunstancias más sencillas, el protocolo se hacía pedazos en sus grandes maneras y en la entrega de quien sabe cuánto vale la pena atesorar emociones.


La ineficacia irresponsable lo hacía lamentarse sólo por un minuto, inmediatamente estaba armando nuevos planes y tal vez más de los que podía ejecutar en las condiciones del medio. Libros entregados a las editoriales, estudios solicitados, antologías actualizadas una y otra vez, todo era una acumulación de expectativas desplazadas por las del día, la morosidad de los indiferentes no lo detenía y se hacía su propio camino. El ritmo de nuestra actividad literaria era casi anacrónico para sus hábitos y su disciplina, el contraste resulta más agudo si se toma en cuenta el ejercicio irregular de nuestros escritores o que una regularidad como la suya hace ver como tales. A algunos le parecía como si Julio estuviera pendiente de todo, pero en realidad se limitaba a ejercer su disposición de cronista, de observador de un tiempo que se fuga sin esperar testigos, y si esto resultaba profesional, era sobre todo su método de ser consecuente. Reparar en los ritmos de aquellos tiempos nos permite tener hoy valoraciones y balances ejecutados en su momento, de otra manera hubiera sido imposible, en todo caso sus adelantos fijaron un rumbo. Proceso a la narrativa venezolana (1975) y Poesía, paisaje y política (1992), al menos, son dos conclusiones de largo alcance en relación a esa tarea de organizar el panorama de tendencias fuera del acuerdo académico. Por supuesto, esto supone a menudo la disidencia, le conquista malquerencias, también la novedad cuando subvierte el canon y por ello a menudo esos trabajos son leídos con recelo. Fijó juicios y anotó estilos, recensó y catalogó hasta la estadística una literatura siempre aquejada de insuficiente crítica.



Cuando a su vez le tocó organizar eventos para confrontar y difundir el trabajo intelectual, respondió como un excelente anfitrión, pendiente de los invitados y cuidadoso del desarrollo de la programación, hacía de la responsabilidad la verdadera vedette, procuraba enmendar seguramente las frivolidades y la escasa consideración hacia el esfuerzo creador, habitual en la burocracia cultural y en los creadores mismos. Por lo demás, alguna magia tocaba aquello donde se sumergía, seguro de respirar bajo el agua. Así, en una oportunidad le pedí un seminario de cine y literatura en la Universidad del Zulia. Como siempre, las carencias y el bulto escudado de directores y decanos nos puso en aprietos. Pocos inscritos y deudas por pagar, y la institución lucrándose del esfuerzo personal y pretendiendo saldar todo con la regalía del dudoso prestigio académico. A última hora fluyeron los participantes, hubo dinero suficiente para pagarle sus honorarios, pues al otro día se iba a Caracas. De ese seminario quedan la imagen del expositor inmutable, sostenida por la devoción ante un público tal vez interesado pero que no emparejaba, y tres casetes: estos darían un libro novedoso en la bibliografía venezolana.


Retengo otra imagen suya, aquella más permanente del que aparece viniendo desde el fondo pero mira por encima, hacia el paisaje de la distancia. Escandaliza la mezquindad de la gente de cine, o tal vez sea crasa ignorancia, pues nadie parece haber reparado en como Julio dedicó al menos siete libros a situar e interpretar el cine venezolano. No conozco ni un homenaje, ni una actividad discreta para enfatizar esta labor vindicadora de una actividad tan poco atendida por la investigación. Catalogó y ordenó el cine venezolano y se quedó esperando por las novedades, y si podemos entender que se encerrara para escribir con puntualidad inglesa, resulta difícil, en cambio, explicarse cómo hacía para ver miles y miles de pies de película, acción esta sujeta a un tiempo más objetivo y subordinado. Y sin embargo sólo conseguimos silencio, y en el mejor de los casos desconocimiento, por parte de quienes han visto su disciplina enaltecida y puesta en el debate por un cinéfilo que nos mostraba sus descubrimientos desde la perspectiva del intelectual ilustrado, así sus análisis desbordan los intereses del cine. Cuando en una oportunidad, recién fallecido Julio, le propuse a alguien vinculado con la promoción y administración de un fondo cinematográfico en Maracaibo, la edición de un libro inédito o una antología de sus trabajos, me confesó no saber quién era Julio Miranda. Casualmente, la última vez que nos vimos él andaba en diligencias de un festival de cine previsto para comienzos del año siguiente, ignoro si llegó a hacerse. Hablaba con fervor y preocupación sobre aquella tarea, los fondos de las instituciones responsables no terminaban de llegar y había adquirido compromisos personalmente con gente del exterior. Pero como contrapartida me refería casi con indiferencia, esa tarde en la plaza merideña, un incidente ocurrido en la Alianza Francesa la semana anterior: tuvo un desmayo brusco al cual no le dio mayor importancia. Cualquier cineasta venezolano culto no podría obviar, desde la apatía que convierte en hojas inertes aquellas provenientes de la “fábrica de papel”, los hallazgos desplegados en esos bocetos lineanos, digamos Cine y literatura: seis textos, seis films (1991), imprescindibles para la vida civil de un arte cuyas versiones se disuelven en la muchedumbre. Ya no digamos, sus investigaciones temáticas: El cine que nos ve (1989), Imagen documental de Caracas (1994). Otros, no el seguidor de una huella, pueden ignorar una línea escrita en la ternura de quien escapa durante horas hacia la conciencia absoluta. Con él era necesario evitar para siempre esa displicencia colándose desde la molicie que sumerge o que a muchos pierde hasta ahogarlos.


Resplandecen las palabras derramadas sobre el papel y secadas luego con mirada de gozo, lo que quede será tan sólo el vínculo con los atentos del día y también con aquellos aptos para esperar en los tiempos benévolos. Nació el 27 de junio de 1945, nos dejó en 1998, y estos veintidós años que ha faltado deben valuarse, como dicen los economistas, en precios actuales, pero a él no le faltó tiempo, adelantó tareas y nos dejó la sensación de haber compilado el futuro. La suya era la escritura de un sediento, pero esa sed era la condición natural de un humedal, árboles y plantas acuáticas eran solo el paisaje visible de un mundo subterráneo. La humedad propiciaba el diario renacer, la purificación no venía del fuego sino de esa fe que lo hacía siempre estar lleno de pudor, no tanto una manera de vivir como de ser.




https://prodavinci.com/en-el-umbral-y-mas-alla-75-anos-de-julio-miranda/



Enlaces relacionados:


Julio Miranda, el parapoeta invisible que cantó rock urbano con aroma de cazón



Julio E. Miranda y su Vida del otro









miércoles, 2 de julio de 2025

Julio Miranda, el parapoeta invisible que cantó rock urbano con aroma de cazón


Julio E. Miranda realizador en Radio Exterior de Bélgica, Bruselas 1972.
Fotografía de Demetrio E. Brisset.




"porque sería bueno tener un país


cuando nada fuera exilio"





Julio Miranda, en el Salón de relegados


Salón de relegados XXXIV: Julio Miranda

Por Papel Literario

Abril 29, 2022




Por FEDERICO PACANINS


Julio Miranda nació en La Habana el 27 de junio de 1945 y falleció en Mérida, Venezuela, el 14 de septiembre de 1998. Luego de visitar  Estados Unidos, España, Francia, Bélgica, Italia e Inglaterra, llegó a Venezuela en 1968, donde se residenció, desarrolló una extensa obra literaria y, treinta años después, murió a los 53 años de edad.


Julio Miranda / Vasco Szinetar©



Su trabajo literario lleva el signo del emigrante que acopla oficio y tono —no exento de esa gracia corrosiva propia de la idiosincrasia cubana— a la nación que lo adopta y le da residencia creativa permanente. Miranda así abarcó la crítica de artes –con especial foco en el cine y la literatura—, la poesía, la narrativa, el ensayo, la traducción y la crónica. Unos cuarenta libros publicados evidencian la prolífica actividad desarrollada en el país, apuntalada por los títulos siguientes: Proceso a la narrativa venezolana (1975), Maquillando el cadáver de la revolución (1977), Parapoemas (1979), El poeta invisible (1981), Vida del otro (1982, Premio Conac de Poesía 1983), Anotaciones de otoño (1987), Así cualquiera puede ser poeta (1991), El cine que nos ve (1991), Sobrevivientes (1992),  Palabras sobre imágenes: 30 años del cine venezolano (1994), y los libros de cuentos El guardián del museo y Ciudad con nombre de mujer (premios de las Bienales de Literatura Mariano Picón Salas).


Ofrecemos a continuación cinco de sus Parapoemas, un fragmento de El poeta invisible, el Canto del bobo de Rock Urbano, y los cuentos “Guiso de cazón” e “Isla tan dulce”, de su libro Sobrevivientes.


De Parapoemas (1979)


estábamos la revolución y unos amigos conversando


entonces la revolución se levantó y se fue


mis amigos acabaron sus vasos


se levantaron y se fueron



Anuncios

yo acabé mi vaso


mi vaso se levantó y se fue


luego escribí muchos poemas



muchos



*****


en aquellas  tabernas


donde una vez bebimos


otros repiten nuestros gestos


con precisión paródica


 


nadie nos ve: pasamos


como pájaros transparentes


su juego de máscaras limita


con la ilusión de ser impenetrable


*****


el viejo no recuerda si es actor


o simplemente un tonto


 


aún sabe


un par de trucos con antorchas


pero al hacerlos siempre


se le queman las manos


 


y ya no quiere


ella ríe desnuda


al borde de la cama


cuando me acerco le brotan en el cuerpo flores y hojas enormes, se pone verde, avanzo entre árboles gigantes por galerías que la lluvia sacude, me ensordecen pájaros invisibles, fieras rugen, monos me lanzan frutas, encuentro un enano con una campana que me hace señas indicándome el camino. Lo sigo, salgo a un claro y allí se ríe desnuda


al borde de la cama


huele a eucalipto


tiernos alces roncos cantan



*****


evitando en lo posible el dudoso recurso de comparar mi vida


a un cigarrillo que arde inútilmente


porque el cigarrillo no arde inútilmente


y yo sí


De El Poeta invisible (1981)


 


sabes que no hay exilio


cuando todo es exilio


 


por qué dices entonces:


¿sería bueno tener un país?


 


porque sería bueno tener un país


cuando nada fuera exilio




De Rock urbano  (1989)


 


Canto del bobo


 


rompí el televisor


buscando las muñecas


que bailaban dentro


 


tan bonitas


 


solo había


alambres


vidrios


pinchos


 


ninguna


mujer pequeñita


 


no llores hijo —dice mi madre


bobo de mierda —grita mi padre


carajito sabio —sonríe mi hermano


 


yo no entiendo


no siempre


entiendo


¿la vida es así?


De  Sobrevivientes  (1992)


Guiso de cazón


—Le das primero un hervor para que no se te quede como un chicle. ¡Niña! Atiende, pues. Deja la miradera por la ventana. ¿Qué se te perdió ahí fuera?


—Nada, mamá, es que están asaltando a una señora.


—¡Ah, pues, gran novedad! ¿Entendiste lo del hervor?


—Sí, mamá. Hervirlo un poco…


—Y luego lo vas esmechando, como la carne, ¿ves? A ver, esméchalo.


—Está caliente, mamá.


—Esmecha, pues. ¡Qué niña tan fina que me ha salido! ¿Tú te crees, mija, que yo voy a durar una eternidad en esta taguara? ¡Aprende, pues!


—Sí, mamá. Lo esmecho. Mamá, le están pegando a la señora.


—Suerte tiene si no la pinchan. A ver, ¿y qué le echamos?


—Ajo, cebolla, pimentón, perejil…


—En ese orden, okey. ¿Y el cazón?


—Bueno, cuando ya esté todo doradito.


—Remuévelo, que no se te queme. Ponle sal. ¿Y los tomates? ¿Ah, ya picaste los tomates?


—Ya voy, mamá. Está gritando, mamá.


—¿Los tomates, niña?


—Tú sabes quién, mamá, la señora.


—Bueno, tiene derecho, ¿no? Ve echando el cazón. ¿Lo esmechaste bien?


—Sí, mamá. Estará herida, mamá.


——¡Coño, cómo te pareces de entrépita a tu padre, que Dios lo tenga en la mierda! Remueve el guiso.


—Sí, mamá. ¿Y si se muere, mamá?


—La entierran, mija. ¿O te la quieres traer para acá y ponerla en una vitrina, eh?


—No juegues con eso, mamá.


—Los limones, quítales las pepas, exprímelos y ten el jugo a mano.


—¿Le ponemos cilantro, mamá?


—¿Cuántas veces te he dicho que el cilantro va al final, porque si no pierde el gusto?


—Sí, mamá. Ya no se oye a la señora, mamá.


—Con tal que se la lleven antes de que abramos. Santíguate, niña.


—Sí, mamá. ¿Le echo el limón?


—Ve echándole. ¿Cómo está de sal?


—Está bajo.


—Déjalo así, que le ponga el que quiera.


—Ahí suena la sirena.


—Bueno, monta el arroz y vete a hacer la tarea. Baja cuando te diga, eh, para ayudarme a servir. Y recuérdate, que ya te lo he dicho muchas veces, ¡no guabinees entre las mesas, que esos hombres son unos desgraciados!


—Sí, mamá. ¿No vas a probarlo?


—A ver, sí. ¡Coño, te quedó bueno! Pero ¡monta el arroz de una vez, pendejita!


—Sí, mamá.


Isla tan dulce


El tipo quería volver a Cuba.


—Ya he visto tres asesinatos —decía—. ¡En una semana!


—Pero tú vives en la Lecuna. Eso no es toda Caracas. Mírame a mí. ¿Yo estoy muerto? ¡Yo no estoy muerto!


El argumento parecía no convencerlo. Quizás yo estaba algo muerto, es verdad. Pero no tanto.


***


Lo conocí recién llegado. Un cubano vestido de cubano antiguo, todo de blanco, sorbiendo su café con la cabeza proyectada hacia delante para que ni una gota le cayera encima. Él inició la conversación, siguiéndome la mirada:


—Pura plusvalía carnal, miermano.


Y desarrolló el tema. Yo alabé, recíproco, la belleza de las cubanas. “Pero todas son milicianas, viejo”, replicó. “Si no estás integrado no quieren nada contigo”.


—Bueno, aquí lo que quieren es desintegrarte —le dije—.


—Ya sería un cambio.


***


Días después, como a las cien cervezas, me confesó que estaba sexualmente famélico. “Es un problema lingüístico. No pienses mal, chico, nada de eso. Es que no entiendo a las venezolanas, no sé lo que me dicen, lo que me piden que les haga. Y cuando lo entiendo, vaya, que ese vocabulario no me excita. ¿Tú no conoces alguna cubanita por aquí? Mira que yo cumplo. Le hago trabajo voluntario y todo”.


El tipo me caía simpático. Le di el teléfono de Caridad, una mulatica nerviosa y complaciente. Se fue de lo más contento.


***


No esperaba encontrármelo en el Museo del Teclado. “Me aburría y, total, crucé la calle”, se disculpó. Tocaba el grupo Cuero Quemao, unos muchachos de ahí mismo, de Marín. Al tipo se le iban los pies. Nada sorprendente. Lo bueno fue después: al empezar el foro inevitable, cuando me levantaba para irme, pidió la palabra. Yo casi le tapo la boca, temiendo que dijera cualquier barbaridad. Pues no. Comenzó elogiando al grupo, “tan nuestro”. Analizó “la rigurosa estructura musical” del Sóngoro cosongo. Recitó, mimando, “Sensemayá, la culebra”. Habló de los tambores batá, del “sufrimiento de  nuestros hermanos de Regla”, de la “inescrupulosa comercialización de nuestra idiosincrasia afrolatina”, de Santa Bárbara y Changó. Terminó citando a Martí, sazonado para la ocasión: Cuba y Venezuela son… De un pájaro las dos alas… Aplaudieron hasta rabiar. Casi lo alzan en hombros. Se le acercó una funcionaria del Museo: le contrataron un taller. Invitó al Cuero Quemao a tomarse unos tragos. Llevaba a la cantante del grupo por la cintura.


***


Les cambió el nombre: pasaron a ser El Son Sonoro. Como su empresario les consiguió una gira por el interior, pagada por la Cantv, mientras ellos chancleteaban por el país, él meditaba por las mañanas y hacía contactos por las tardes. Las noches eran de Caridad, “mi azabache”, “mi reina piel canela”, “las tres mulatas de fuego en un solo cuerpo”, decía.


Bautizó al mismo grupo con una segunda denominación: Combo Experimental Caraqueño. Así tuvo un subsidio para cada nombre: el primero del Conac, éste de Fundarte. Los otros seguían girando. Dictó un curso en el Ateneo: “Estructuras rítmicas de nuestra identidad”. Hubo que rechazar gente.


***


Lo perdí de vista. Me llamó cuando lo del “psicoson”, para que escribiera el folleto. “Yo tengo la labia pero me faltan letras”, decía humilde. “Dale ahí”. Prácticamente me lo dictó”; yo le iba dando forma, sobre la marcha. Seguía asombrándome. “Lo mío es Jung y Jahn”, repetía. Había leído mucho, un par de libros diarios, uno con cada ojo, supongo. “¿Pero lo del Museo?”. Le quitó importancia: “Yo era vecino del viejo Fernando Ortiz. Tomábamos café juntos”.


La nueva técnica terapeútica gustó. Una charla introductoria, un pensamiento-guía para la jornada; luego el psicosón en parejas: discos del Benny, Celia Cruz. Para terminar, sauna indiscriminada, a voluntad: había voluntad. Y dinero. “Barato no es”, admitía. “No todos pueden tenerlo todo”.


***


No paraba de evolucionar. Abrió el Centro de Investigaciones Psicomusicales y algo le cayó de la Unesco. Se tomó sus primeras vacaciones, fue a Brasil, vivió tres meses con un pai de santo. Volvió iniciado. Echaba los caracoles. Solo juraba por el panteón Yoruba. “Eso es más rico que las categorías junguianas, viejo. Hay que ir a las raíces”.


***


Se le veía cansado, tan multidisciplinario. “Es un destino”, lo asumía.


Pero también las jevas. Había superado la barrera lingüística y roto con Caridad.  “Las mujeres son como el café, tú sabes”. Pensé que se refería a alguna negra. “Óyeme: no estás en nada. Perdóname que te lo diga, pero tu señora madre te hizo mucho daño. Yemayá te domina. Sacúdete. Te estoy hablando de hombre a hombre, casi como un padre”. Me explicó el enigma: “A las mujeres hay que menearlas porque tienen el azúcar abajo. No lo olvides”.


No lo olvido, pero da igual.


***


Se compró una quintota Palos Grandes arriba, casi en la Cota. Me invitó al open house, selectísimo. Aparte, me anunció que preparaba una velada en el Teresa Carreño, “¡imagínate!”. Las Hijas de Ochún atendían a todos, infatigables, sonrientes, místicamente voluptuosas. “Mis discípulas”, dijo, picando el ojo.


—¿Y Cuba? —me atreví a preguntarle.


—¡Isla tan dulce!


https://www.elnacional.com/papel-literario/salon-de-relegados-xxxiv-julio-miranda/



Enlaces relacionados:


Julio Miranda, el parapoeta invisible que cantó rock urbano con aroma de cazón


Julio E. Miranda y su Vida del otro










domingo, 3 de noviembre de 2024

Julio E. Miranda y su Vida del otro

 






Vida del otro, de Julio E. Miranda


Alberto Hernández lunes 29 de junio de 2020



a Mharía Vázquez Benarroch

1

El poeta se deposita en el otro. Sí, se deposita, porque el cuerpo y el alma no reniegan de ser contenidos y también hacerse continentes en el otro, en quien se refleja desde el afuera y el adentro.


La alteridad, la otredad, dos semejanzas, ser el otro sin saberse ajeno. Serlo por Ser, por estar y respirar el mismo aire y ser consumidos en el futuro por el mismo fuego o por la misma biología que el cuerpo inventa desde la descomposición de la carne.


No obstante, el otro sigue estando en los huesos.



Vida del otro”, de Julio E. Miranda Vivir en el otro razona una posible impostura para quienes no tienen reflejo y han perdido el eco. Vivir en el otro va más allá de saberse uno. Y mientras se suda para seguir siendo único, el resto se multiplica desde el cuerpo ajeno, el que transpira, saliva, eyacula, lagrimea, tose, suspira y muere.


La “Vida del otro” promete un ‘argumento’:


pero no caigas

en la trampa


escribe siempre

la vida del otro


Y así lo ha hecho Julio E. Miranda en aquel ya lejano volumen con ese título, publicado por Ediciones Con Textos en la Colección Plural del PEN Club de Venezuela, Nº 1, en marzo de 1982. Para esa fecha nuestro autor se hacía nombrar con una E incorporada al Julio y al Miranda. Luego se la quitó, desnudó sus apelativos para ser más directo, más el otro, más él desde el otro y desde él mismo. O ser en la “Vida del otro” la poesía que él pudo escribir.


Creo que este libro de Miranda es uno de los más importantes de toda su creación. Y lo digo porque la búsqueda se hizo patente en el otro, a través de una imaginación que celebra la hondura ajena desde la perspectiva de un discurso donde la voz que nos habla suscita la búsqueda de ese otro que el humano lleva en su interior, por eso:


me pregunto con quién y dónde / he despertado esta mañana // abro los ojos: no adivino / (de todos modos nunca es ella) // toso al incorporarme, busco / mis lentes, mi ropa, mis cigarros // y escupo trozos de mi cuerpo / que no logro identificar


Son trozos del otro que han vivido en él.


Y así, “Vivir del otro”, que es vivir en el otro.


 


2

He aquí, en consecuencia, esa “Complicidad”, estar en el otro:


Te comerá la muerte incluso el rostro, dejando libre tu calavera: la que te ha soportado tantos años, sin traicionar tu verdad ni tus mentiras, oscura y fiel, enterrada en tu carne, recibirá al fin su recompensa.


Tócala con respeto y agradecimiento, sin olvidar piedad y cierto humor: después de todo, su futuro es sólo un poco mayor que el tuyo.


Carne de otra carne, carne propia: el poema se ajusta al cuerpo del que desaparece y sigue siendo.


 


3

Dar paso al “Otro”, al cuerpo geográfico afectivo. La tierra donde se nace y se multiplican las almas. Donde ser uno arropado por el gentilicio.


Miranda regresa a una isla, que no es tal pero sí mapa ancestral, al yo que lo conmueve desde España, al otro que no ha dejado de ser. A la vida lejana que se acerca en la memoria a través del que quedó varado como un barco.


España, madre, para morir / más cerca de la tierra // España para dejarme caer de bruces / y dejarme caer de espaldas / y, quizás, madre, no levantarme // mis amigos más bellos y más tristes / mis amigas más tristes y más bellas / los más tiernos, las más fuertes / España, madre, para morir con ellos // y con ellos pudrirme / en la fosa común / que nos espera (…) patria dispersa, pedazos de mi cuerpo / mis amigos no cesen / el simulacro que me salva // pero tampoco me dejen / morir el último.


La patria, la otra, concedida en la vida de todos. La poesía de Miranda se crece en la solidaridad, en el apego a la existencia del otro que lo cubre, que lo celebra y lo salva.


 


4

“Poéticas” saberse desde el otro, el que se concibe y concibe el poema, su esencia y su relevancia. Decir con el otro, en el otro:


¿quien escribe la vida del otro / tiene la muerte de quién? // ¿quien escribe la muerte del otro / muere la vida de quién? // ¿quien del uno y del otro / escribe sobre quién? / ¿quien escribe o quien vive / quien se oculta quién ama // quién se nombra quién muere / al fin detrás de quién? // ¿quién del uno o del otro / sueña escribiendo a quién?


La iteración se ofrece barroca, repetitiva la muerte en la vida del otro, en la secuencia de la respiración, en la fragmentación de la existencia hasta la muerte.


La poética se concentra en el texto: “antes que el poema la situación del poema”, ese otro que estuvo antes del nacimiento de las palabras, y “la situación del poema es el poema”. En otro, en el otro, texto humano, humano texto.


Y en tanto, contradicción, como la poesía:


el poema es una trampa de sentido / que captura nada.


 


5

El otro en la pantalla, la vida en el “Cine”, en ese ajeno que nos mira en gigante desde la tela que fue blanca y ahora es imagen, movimiento sonido, memoria: vida y muerte.


(Por ahí debe andar Cabrera Infante)


¿cómo podría la cámara filmar / la mano que dispara / la bala que atraviesa la habitación / y el cuerpo desplazándose (…) hay muchos trucos en el cine, es cierto / pero ¿cómo podría la mano disparar / y filmar?


Prosa y cine: “travelling” y “fuego”: dos poemas.


(Se me vuelve a ocurrir la presencia de Cabrera Infante y las sardinas. Un desliz. Sólo para recordar que el cine es ese otro donde cabe el otro, en vida y en ficción).


 


6

Elementales:


1

la muerte, entonces ¿se parece a esto?


2

cuando yo me muera / una vez más / nadie lo sabrá / una vez más


3

mi calavera sonríe bajo mi piel / cada vez más descaradamente


4

sonríe / bajo la lluvia / no como un sabio / sino como un tonto / es la última lección / desnudo y solo / con las manos abiertas / bajo la lluvia / sonríe / cuando llegue la muerte


5

este es el mundo / implacable y perfecto


Y así desde el otro, la vida, la ajena y la propia.





https://letralia.com/ciudad-letralia/cronicas-del-olvido/2020/06/29/vida-del-otro-de-julio-e-miranda/


*******


Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Galina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 


martes, 3 de septiembre de 2024

Enrique Labrador Ruiz: Un crayón cubano, por Vicente Gerbasi

 



Estimados Liponautas

Hoy tenemos el gusto de compartir con ustedes un texto del siempre recordado Vicente Gerbasi descubierto por nuestro amigo David Cortés Cabán.

David Cortés Cabán. Imagen tomada de Crear en Salamanca.


El texto es un acercamiento a la obra  del escritor cubano Enrique Labrador Ruiz y fue publicado en la revista Puerto Rico Ilustrado, el 2 de Octubre de 1948.




Disfruten de un texto que muy  pocos venezolanos han leído y que sirve para desmontar el supuesto aislamiento cultural en que vivían los escritores latinoamericanos previo al famoso Pum (Boom) latinoamericano


Gracias David Cortés Cabán por el regalo.


*******


“Un crayón cubano” por Vicente Gerbasi



Enrique Labrador Ruiz desanuda su desesperación en la búsqueda de su propia libertad, y es como una silueta cubana que surge junto a la piedra antigua y el perfume de los jardines... entre las palmeras que se levantan en medio del crepúsculo frente a la bahía de la Habana. 






Enrique Labrador Ruiz colecciona el ensueño en Reina 108. Para este escritor La Habana abre un viejo abanico de colores cerca del lento y fabuloso Barrio Chino. En su biblioteca las horas se detienen en estatuillas de marfil, en barrocos y relucientes objetos de porcelana, en agresivas máscaras de Oriente.

En su casa Pablo Neruda ha apresado en ‘un gordo' frasco la cromática magia del mar. La anémona marina y la retorcida caracola nacarada; la convulsa rama de coral y el vidrio ultravioleta pacientemente gastada por las olas; al alga de frágil verde y la porosa piedra estrellada; la esponja, la geografía del abismo y el reflejo, del alba en el agua.

Enrique Labrador Ruiz vive en una biblioteca-museo, en medio, de una decoración descuidadamente realizada cómo para que en ella pueda habitar la soledad y dialogar en la penumbra con esa misteriosa pianista Con rostro y vestimenta de monja, de novia y de muerte, que el gran pintor Fidelio Ponce ha colgado entre los libros y las pipas de Enrique.

Fidelio Ponce


 —Todo coleccionista es un descentrado—, me decía hace poco este inmejorable amigo cubano,mientras, paseábamos por el ancho malecón de La Habana, de esta Habana tan parecida en algo a Nápoles, de esta Habana que el mar toma por la cintura, mientras ella toca una joven guitarra sensual. 



Tambor, tamboril, tamborilero de Africa.- Son en la brisa del surgen la palmera, en la bahía de la noche iluminada, en la mañana que sostiene lentas gaviotas en el aire, de los grises edificios. Aquí la piedra antigua y la flor de los jardines; la áspera muralla hispánica y el flamboyán equinoccial; las calles con sombrillas; muchachas con ligeros trajes que recuerdan tiempos helénicos; los galgos que van a lamer los arrecifes de coral.

Es un español muy francesamente pronunciado, el hierático poeta negro de Haití, Roussan Camille, nos dice cuando de pronto se aparece en silencio a esta ciudad:

"—¡Qué Havana! ¡Queeeee Havana! Es la ciudad donde uno siente más..sed, porque siente sed de ella misma. "


Enrique Labrador Ruiz prefiere a La Habana, de noche, ruidosa e iluminada, con anchos bares hasta en la puerta del cementerio, con barcos que pasan como grandes ataúdes rodeados de cirios entre montañas de carbón relucientes bajo las estrellas, y acordeones de marineros. Prefiere a La Habana de noche, porque el día es para su biblioteca, para sus novelas gaseiformes y sus cuentos neblinosos.

—Entre mis libros, en la penumbra de mi biblioteca, yo soy el gobernador del mundo—nos dice-, así cómo tú eres el jefe civil, de una nube, según Andrés Eloy Blanco.



Y en verdad su biblioteca-museo es un mundo, un maravilloso mundo. De México, de los Estados Unidos, de Colombia, de todos los países que ha visitado, se ha traído las más raras y antiguas ediciones, los más subyugantes títulos, hay en su biblioteca toda una serie de libros sobre el mar. Él gran amigo del Profesor Been, el hombre que en batisfera ha descendido a la noche imperturbable del océano, a los silenciosos abismos, allí donde descansan los barcos hundidos, los esqueletos de los monstruos marinos; donde los ahogados han construido sus negras ciudades, iluminadas por raudas constelaciones de peces fosforescentes.

Enrique Labrador Ruiz guarda la poesía de todos los tiempos en volúmenes empastados a manera de sabrosas tablas de chocolate. En lujosos estantes de madera labrada, están la filosofía, el ensayo, la novela, el cuento; los alucinantes libros dé viajes.

"—La vida del hombre es un extraordinario viajé. Cuando no se puede viajar en barco o en avión, hay que hacerlo en la lectura. Pero viajar, viajar, siempre viajar, caer de pronto en lejanas ciudades, cruzar comarcas salvajes, llegar a parajes que antes sólo han existido en nuestros sueños."

Unos cuantos libros de cabecera están en un mueble giratorio: Dostoiewsky, Balzac, Poe, Meville. Claro, es "Moby Dick”, la ballena blanca, la anónima aventura de los océanos, las soturnas tempestades ululantes entre las flotantes montañas de hielo, las tranquilas noches de los mares tropicales que impulsan lejanas músicas de estrellas, la muerte tendida en las aguas, con brazos y cabellos y los ojos vueltos hacia las nubes y el lento vuelo de las aves migratorias.

Sí, este es el mundo de Enrique. Le hubiera gustado pescar ballenas, o andar por las nieves del Gran Lama, o buscar la muerte como la buscó Gauguin. Por eso cuando , no viaja está entre sus libros, como la bestia herida se refugia en su cueva.

Su dramática nostalgia, de viajes le ha permitido darle extraña forma a su existencia. No es un tipo monástico, pero sí le gusta encerrarse para vivir imaginando, recordando, reconstruyendo días. Le gusta tener ante sus ojos las cosas que ha recogido en sus viajes. Cuelga de las paredes armas de guerrilleros, sombreros charros, idolillos; animales disecados, pipas, retratos.

Este escritor no usa espejos. Prefiere mirarse en las numerosas caricaturas qué tiene en su cuarto. Sabe que las furias de los días no podrían reducir a nuestra propia caricatura. Los espejos nos muestran, apaciblemente, lo que somos; las caricaturas, violentamente, lo que podríamos llegar a ser.

En la azotea dé su apartamiento, en medio de techos habaneros, Enrique hace al levantarse media hora de ejercicio con un par de muletas, mientras lo miran asombrados dos pequeños morrocoyes que hace poco le mandó en avión desde Ciudad Bolívar, Venezuela, el Profesor Sifontes, un venezolano que se conoce la vida íntima del Orinoco. 

Entre cajas de tabaco, revólveres, pistolas, objetos de bronce realizados por el genial Rebajes, uno de los dueños espirituales de New York,  está su ya prediluviana máquina de escribir, de la que han salido sus raras novelas gaseiformes y sus cuentos de demoníaco dinamismo. Actualmente Enrique Labrador Ruiz escribe la angustiante biografía de un maniquí. Encontró a su personaje, ya muerto, descolorido y con un brazo desgarrado, en un oscuro rincón de uña sastrería habanera. 

Enrique escribe en una penumbra presidida por los grandes pintores contemporáneos de Cuba: Amelia Peláez, Fidelio Ponce, René Portocarrero, Carlos Enriquez, Cundo Bermúdez, Felipe Orlando, Luis Martínez Pedro, Mario Carreño, Jorge Arche y Víctor Manuel

Para estos extraordinarios creadores,, color y movimiento son una sola cosa. Ponce logra, inclusive, el dramatismo del color. Para Enrique Labrador Ruiz la literatura es vida: movimiento y color


Por eso, como hombre y como escritor prefiere por sobre todas las cosas el viaje. En el viaje se unen la realidad y el sueño. En ellos la imaginación se hace realidad, y la vida, regida por el misterioso, destino, se enriquece de maravillosas experiencias. 

Vive inventando viajes. Hace poco fue a New York con el único y fantástico objeto de ver la más grande nevada que le ha tocado en suerte a aquella urbe, días después fue a Venezuela. El Orinoco le sorprendió de tal modo que al verlo se lanzó a sus turbulentas aguas. En la Guayana allá, dónde según, la leyenda, se esconde El Dorado, quiso visitar "las mansiones verdes”. Anduvo por la ruta de Marco Vargas, el personaje de Rómulo Gallegos, y en los parajes más sombríos de la selva oyó el grito lúgubre de la araña mona, la voz de Canaima, el demonio de los indios. En la Gran Sabana, una alta meseta venezolana, que cercada por caprichosas convulsiones geográficas, se extiende hasta la frontera del Brasil, se hizo amigo de los caciques indígenas, quienes en una bulliciosa fiesta nocturna, iluminada con fogatas, le ofrecieron típicos presentes que ahora guarda en su apartamiento entre otros recuerdos de lejanas geografías.



Es amigo del pseudónimo, pero nunca ha usado ninguno porque sabe que su nombre posee la calidad rebuscada de los pseudónimos. Muchos de los que se cambian el nombre lo hacen porque con el propio no podrían ir a ninguna parte. En su libro “Papel de Fumar”, que subtitula Cenizas de Conversación, nos recuerda que Boccaccio se llama Gíovanni di Certaldo, buen nombre para un mercader florentino; que Stendhal, era Enrique Beyle; que el diabólico Lautreamont era Isidro Ducasse; que André Maurois es Emille Herzog; que el verdadero nombre de Apollinaire era Kostrowisky.

Me imagino que los que adoptan un pseudónimo comienzan a vivir, desde el momento en que abandonan el nombre con el cuál se han visto crecer, una vida pirandelliana, ún dramático desdoblamiento... Enrique no  quiere ser, ya pasados los cuarenta años, un Difunto Matías Pascal. Por lo aquí descrito a tan rápidas pinceladas, diríase que la vida de este artista, ha venido transcurriendo en un teatral desorden. Pero nada menos cierto, pues su vida está regida por un maravilloso orden espiritual y creador. Lo que hay en él es angustia, lucha por alcanzar la conquista de si mismo. Es una vida personal, propia, cuyas diarias experiencias, cuyo arduo desenvolvimiento, cuyo difícil rumbo, son intransferibles. La propia vida, con su secreto imperio, con todo lo que tiene de dolor y de alegría, es la única propiedad sagrada. Pero hay que saber ser dueño de ella. Hasta los momentos más tremendos y oscuros de nuestros días, hasta esas horas en que nos hemos visto caer en húmedos rincones negros, en medio de los harapos de la pobreza, propia o ajena; en que nuestros ojos han estado fijos en los muertos; en que la más desolada tristeza nos lleva por turbias alamedas crepusculares, son solamente nuestros, profundamente nuestros, definitivamente nuestros. Enrique Labrador anda en busca de sí mismo y de su propia muerte. Ese afán de viajes, de ver el mundo, de verse en el mundo, rodeado por las cosas de aquí y de allá, de añorar lo lejano y alcanzarlo y luego buscar lo que de nuevo está distante, es para él una dolorosa tarea que cumple para ver su vida, y para dejar en sus novelas y cuentos un testimonio de que él, como hombre, ha existido. Este escritor que se siente esperado por la muerte, que siente la angustia que la muerte nos impone, quiere llegar a ella ofreciéndole una existencia plena, creadora. 

Existe en él un devorador sufrimiento por la muerte física. Su obsesión son los ataúdes. Los lleva en la palabra, en los Sueños, en sus relatos, y los ve bambolearse en los puertos cuando la mar se enluta entre reflejos de farolas.

Todo ser atormentado. Le tiene pavor a los ataúdes. El ataúd es el lecho eterno en que nos quedaremos acostados sin poder ver más las cosas de .aquí; sin poder hablar, sin, poder gritar. En él se pudrirán nuestros labios, nuestros ’ ojos, nuestro sexo.

Cuando esto suceda, es verdad, no tendremos conciencia de ello. Pero lo terrible es que ahora, cuando estamos vivos,, sabemos que eso habrá de suceder.. ;

¿Acaso es malsano hablar de esto? ¿Pero quién nos prohíbe pensar en este horror? Lo importante es poder evadirse de tan espantosa Verdad. Para lograrlo es necesario vivir l0 más intensamente posible, como lo hace Enrique Labradór Ruíz, el perseguido por el ataúd. Por eso él anda por el mundo huyendo de crueles, sombras, de tenaces fantasmas. En este azaroso deambular ha encontrados u vida. Ha visto su vida. Es testigo de su existencia, así como es testigo,de su muerte. Esto le obliga a buscar, a lo largo de sus torbellinosos días, su propia libertad, La búsqueda de esa libertad lo lleva a la desesperación.

Algunos dé sus personajes son abatidos brutalmente porque rehúsan someterse al destino. Este es el tremendo problema de gran parte de la humanidad, especialmente de la humanidad de hoy. Nos estamos olvidando de esta expresión: “El destino conduce a Quien consiente y , arrastra a quien rehúsa”, Hay algo superior a nuestra voluntad a lo cual es menester someternos si queremos ser dueños de nosotros mismos.

Creo qué existe un estrecho parentesco entre vocación y destino. Darle la espalda a la propia vocación es rehusar el destino para ser arrastrados por éste hasta el caos y hasta una muerte que no es propia.

Enrique Labrador Ruiz se ha hecho un solitario para poder cumplir con su irrevocable vocación de escritor, vocación que le impone él duro deber de ser “testigo”, no sólo de su existencia, sino del mundo, de la humanidad.



Vicente Gerbasi


“Un crayón cubano”, pp. 21, 22, 25 y 30.


Puerto Rico Ilustrado, Octubre 2 de 1948.



Puerto Rico Ilustrado, Octu... by Dimitri Lipo