En Zona Geoff Dyer narra Stalker escena tras escena y anota ideas brillantes sobre Tarkovsky.
Hace
un par de meses vi Stalker por primera vez. Fue una experiencia tan
compleja y perturbadora que inmediatamente me puse a buscar libros sobre
Tarkovsky, un director con el que estaba muy en deuda, pues hasta
entonces sólo conocía la magnífica Solaris. Descubrí que en algunos
meses el escritor inglés Geoff Dyer publicaría Zona, nada menos que todo
un libro sobre Stalker. Una cosa lleva a la otra: como no había leído
nada de Dyer, para entretener la espera me puse a leer uno de sus libros
más conocidos, Yoga for people who can't be bothered to do it. Quedé
deslumbrado. Acababa de descubrir a un cronista-ensayista genial,
alguien que podía escribir sobre sus viajes y sus experiencias con las
drogas en un tono casual, casi al paso, como si fueran cosa de todos los
días; alguien que parecía encontrar lo sublime sin buscarlo (digamos,
un anti-Chatwin). Por supuesto, esas experiencias son únicas, rarísimas,
y el talento de Dyer consiste en lograr que nos relacionemos con ellas y
las sintamos cercanas, al alcance de nosotros.
Zona: A book
about a film about a journey to a room es un libro peculiar. Dyer no
tiene la voz del ensayista académico que se lo sabe todo, que antes de
hablar sobre algo ha investigado el tema hasta agotarlo. De hecho, una
de las marcas de su estilo es el desarmar al lector mostrándole lo mucho
que no sabe del tema. Menciona, por ejemplo, que alguien ha escrito
sobre las similitudes entre la película de Tarkovsky y El mago de Oz,
para luego señalar que él no puede corroborarlo porque jamás ha visto El
mago de Oz. Puede sonar a broma, pero es un recurso que funciona. Otro
recurso es el de posicionarse claramente como un fanático, un groupie de
los peores, alguien que puede escuchar argumentos en contra de Stalker,
pero no los entiende: para él el cine ha sido inventado sólo para que
algún día alguien pueda filmar Stalker, y Tarkovsky es, entre otras
cosas, "visionario, poeta y místico" y también "un profeta". Los
superlativos que Dyer le dedica al director y a la película son
agotadores. Hasta quienes coinciden con él pueden llegar a ponerse a la
defensiva.
Trailer El Mago de Oz (1939) 75th Anniversary - Español Latino
Zona se lee como un libro experimental, un tardío
experimento vanguardista: Dyer narra Stalker de manera detallada,
agotadora, escena tras escena; los que no la han visto se quedarán con
la sensación de que quizás ya no sea necesario verla (lo cual iría
contra el argumento de Dyer). En medio de esa narración aparecen
brillantes intuiciones sobre el arte de Tarkovsky: cómo el director
soviético y ruso mostró el "potencial visionario del cine, del espacio";
cómo la verdad definitiva de la película es ontológica (a cada
individuo le ha sido reservado un objetivo especial, y la vida consiste
en descubrir ese objetivo y llevarlo a cabo); cómo Stalker puede verse
como una crítica encubierta del fracaso del comunismo; cómo esta
película y otras de Tarkovsky enseñan a descubrir "la magia de lo
ordinario que ha sido descartado, la arqueología fílmica de la
cotidianidad".
Stalker - Andrei Tarkovsky (trailer for 2017 new restoration).
Dyer jamás disocia el análisis de su experiencia
personal. Sabe que el lugar especial que ocupa Stalker está muy
relacionado con el momento específico en que la vio, y de ahí concluye
que quizás no haya experiencias cinematográficas tan potentes como las
de la adolescencia o la juventud. Un análisis de los deseos profundos en
Stalker lo lleva a considerar sus propios deseos (un trío irrealizable
con dos mujeres, por ejemplo), y su búsqueda de la proyección de la
película en las cinematecas de todas las ciudades que ha visitado le
permite reflexionar sobre la imposibilidad de ver nada de "valor
cinemático" en una televisión ("el gran cine debe ser proyectado" ).
En
Zona hay golpes bajos innecesarios, ataques obvios al abuso de efectos
especiales por parte de Hollywood o a la mediocridad de buena parte de
lo que se ve en las pantallas de hoy. Son detalles menores; el libro de
Dyer es revelador: nos dice cosas nuevas tanto de Tarkovsky y su
película como del autor de este estupendo ensayo-crónica.
Una persona
verdaderamente libre no puede ser libre en un sentido egoísta. La
libertad del individuo tampoco puede ser el resultado de un esfuerzo
social. Nuestro futuro depende de nosotros mismos y de nadie más. Y nos
hemos acostumbrado a compensar todo con el esfuerzo y el sufrimiento
ajenos, ignorando el sencillo hecho de que en este mundo todo está
relacionado y que no existe la casualidad, aunque sólo sea porque
tenemos una voluntad libre y el derecho a decidirnos entre el bien y el
mal.
Por supuesto que las
posibilidades de la propia libertad se ven limitadas por la libertad de
los demás. Pero me parece importante indicar que la falta de libertad
siempre es consecuencia de la cobardía y la pasividad interiores, el
resultado de la falta de decisión en pro de la expresión de la propia
voluntad, acorde con la voz de la conciencia.
En Rusia es usual citar al
escritor Korolenko, según el cual, «el hombre ha nacido para la
felicidad como el pájaro para volar». En mi opinión, no puede haber nada
más lejano a la naturaleza de la vida humana que esta frase.
En realidad, no tengo idea
alguna de lo que puede significar el concepto de felicidad. ¿Contento?
¿Armonía? ¡Pero si el hombre siempre está descontento y no tiende a
solucionar cosas concretas, factibles, sino hacia el infinito...! Y ni
siquiera la Iglesia consigue calmar esas ansias de absoluto, porque
desgraciadamente no parece sino una fachada hueca, una caricatura de
las instituciones sociales, que se dedican a organizar la vida
práctica. La Iglesia de hoy ha resultado ser incapaz de compensar el
sobrepeso materialista y técnico con una llamada a la vida del espíritu.
En el contexto de esta
situación, la función del arte reside -para mí- en expresar la idea de
la libertad absoluta de las posibilidades interiores y espirituales del
hombre. En mi opinión, el arte siempre ha sido un arma en la lucha del
hombre contra la materia, que amenaza con devorar su espíritu. No es
casualidad que el arte, en los milenios de historia del cristianismo,
siempre se haya desarrollado en las cercanías de las ideas y los
principios de la religión. Ya por su mera existencia está promoviendo
dentro del hombre, un ser disarmónico, la idea de armonía.
El arte ha dado figura a lo
ideal y ha aportado así un ejemplo del equilibrio entre lo ético y lo
material. Ha demostrado que ese equilibrio no es ni mito ni ideología,
sino que puede ser una realidad también en nuestras dimensiones. El
arte ha expresado el ansia de armonía de la persona y su disposición a
luchar consigo mismo, para establecer en el interior de su persona el
ansiado equilibrio entre lo material y lo espiritual.
Si el arte expresa lo ideal y el
ansia de lo infinito, no puede servir a fines pragmáticos sin
arriesgarse a perder su autonomía. Lo ideal lo actualizan objetos que
no existen en la realidad cotidiana, pero que a la vez son
imprescindibles para la esfera de lo espiritual.
Una obra de arte manifiesta ese
ideal que en el futuro será propio de toda la humanidad, pero que de
momento es accesible para unos pocos, sobre todo para los genios que se
toman la libertad de contrastar lo normal con aquella conciencia ideal
que toma forma en su arte.
De esta manera, el arte es por
esencia aristocrático y establece —a causa de su mera existencia— la
diferencia entre dos potenciales, que aseguran el movimiento ascendente
de la energía interior, desde lo más bajo hacia lo más alto, con el
fin de conseguir un perfeccionamiento interior, espiritual, de la
personalidad.
Al hablar aquí del carácter
aristocrático del arte, me estoy refiriendo —claro está— al ansia del
alma humana de buscar la justificación moral, el sentido de su
existencia, que de este modo consigue una mayor perfección. En este
sentido, todos, en último término, estamos en la misma situación y
tenemos las mismas posibilidades de adherirnos a una elite
aristocrática. Pero el núcleo del problema reside precisamente en el
hecho de que no todos hacen uso de esa posibilidad.
Ahora bien, el arte va haciendo
ofertas siempre nuevas a la persona para que ésta se examine a sí misma
en el marco del ideal que el arte le ofrece. Pero volvamos a
Korolenko, que definía el sentido de la existencia humana como el
derecho a la felicidad. Esto me recuerda el libro de Job, en que a
Elifaz dice: «Ninguna cosa sucede en el mundo sin motivo: que no brotan
del suelo los trabajos. Porque el hombre nace para trabajar, como el
ave para volar» (Job V, 6).
El sufrimiento nace de la
insatisfacción, del conflicto entre el ideal y la situación en la que
uno se encuentra en ese momento. Mucho más importante que el
sentimiento de «felicidad» es el fortalecer el alma en la lucha por
aquella libertad verdaderamente divina. El arte refuerza lo mejor de lo
que es capaz el hombre: la esperanza, la fe, el amor, la belleza, la
devoción o lo que uno sueña y espera.
Si alguien que no sabe nadar se
lanza al agua, su cuerpo —no él mismo— comienza a hacer movimientos
instintivos para no hundirse. También el arte es algo así como un cuerpo
humano echado al agua: existe como un instinto, que no permitirá que
la humanidad se hunda en el campo espiritual. En el artista se expresa
el instinto interior de la humanidad.
Pero, ¿qué es el arte? ¿Lo bueno
o lo malo? ¿Procede de Dios o del diablo? ¿De la fuerza del hombre o
de su debilidad? ¿Es quizá una prenda de la comunidad humana y una
imagen de armonía social? ¿Es ésa su función?
Tarkovsky's SOLARIS (Trailer) - coming Nov. 30 | Austin Film Society.
Es algo así como una
declaración de amor. Un reconocimiento de la propia dependencia de
otros hombres. Es una confesión. Un acto inconsciente, que refleja el
verdadero sentido de la vida: el amor y el sacrificio. Pero si
dirigimos la mirada hacia atrás, reconocemos que el camino de la
humanidad está lleno de cataclismos y de catástrofes.
Descubrimos las ruinas de
civilizaciones destruidas. ¿Qué ha sucedido con ellas? ¿Por qué se
agotó su aliento, su voluntad de vivir y sus fuerzas morales? Supongo
que nadie creerá que todo eso tiene una causa material. Una idea así me
parecería salvaje. Y al mismo tiempo estoy convencido de que hoy
volvemos a estar al borde de la destrucción de una civilización porque
ignoramos plenamente el lado interior y espiritual del proceso
histórico. Porque no queremos reconocer que nuestro imperdonable y
pecaminoso materialismo, un materialismo que no conoce la esperanza, ha
traído infinitas desgracias sobre la humanidad. Es decir, creemos
que somos científicos y dividimos, para conseguir una mayor fuerza de
convicción en nuestras cavilaciones científicas, el indivisible proceso
de la humanidad en dos partes, haciendo luego de una sola de sus
motivaciones la causa de todo.
De esta manera intentamos no sólo justificar los fallos
del pasado, sino también proyectar nuestro futuro. Quizá se demuestre
en tales errores la paciencia de la historia, que espera que el hombre
alguna vez consiga escoger bien, sin tener que terminar en un callejón
sin salida en el que la historia, una vez más, corrija el fallido
intento por medio de otro paso, esta vez más exitoso. En ese sentido,
es verdad lo que afirman tantos: de la historia nadie aprende y la
humanidad suele, simplemente, ignorar la experiencia histórica.
Dicho en otros términos, toda
catástrofe de una civilización descubre sus fallos. Y si el hombre
tiene que reemprender su camino desde el principio, se demuestra así
que su andadura hasta entonces no estaba marcada por el
perfeccionamiento espiritual. Con cuánto gusto querría uno abandonarse,
entregarse de vez en cuando a otra concepción del sentido de la vida
humana.
Oriente siempre ha estado más
cerca que Occidente de la verdad eterna, pero Occidente ha devorado a
Oriente con sus exigencias materiales en la vida. Basta con comparar la
música occidental con la oriental. El mundo occidental grita: ¡Éste,
éste soy yo! ¡Miradme! ¡Escuchad cómo sufro y cómo amo! ¡Qué infeliz y
qué feliz puedo ser! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! El mundo oriental no dice una sola
palabra de sí mismo. Se pierde absolutamente en Dios, en la naturaleza,
en el tiempo, y se encuentra a sí mismo en todo. Es capaz de descubrir
todo en sí mismo.
La música del Tao: China,
seiscientos años antes de Cristo. Pero, ¿por qué no triunfó esa idea
soberana? Es más: ¿por qué se hundió? ¿Y por qué la civilización que
había desarrollado no llegó hasta nosotros en forma de un proceso
histórico determinado y perfecto? Es patente que esas ideas entraron en
colisión con el mundo material que las rodeaba. Lo mismo que el
individuo con la sociedad, también esa civilización entró en colisión
con otra. Pero sucumbió no sólo por esto, sino también a causa de su
confrontación con el mundo material, con el «progreso» y la
tecnología.
Las ideas de la civilización
oriental son un resultado, la sal de la tierra; de ellas fluye
verdadera sabiduría. Pero según esa lógica oriental, la lucha es un
pecado. El núcleo de la cuestión reside en que vivimos en un mundo de
ideas que nosotros mismos creamos. Dependemos de sus imperfecciones,
pero también podríamos depender de sus ventajas y valores.
Y ya llegando al final, y en
confianza: aparte de la imagen artística, la humanidad no ha inventado
nada de manera desinteresada. Y por eso quizá realmente consista el
sentido de la existencia humana en la creación de obras de arte, en el
acto artístico, ya que éste no posee una meta y es desinteresado. Quizá
se demuestre precisamente en ello que hemos sido creados a imagen y
semejanza de Dios.
Cineasta ruso, hijo del célebre
poeta Arsenio Tarkovski, que creció en la colonia de artistas de
Peredelkino, cerca de Moscú. Después de estudiar en la escuela estatal
de cine durante el periodo que siguió a la muerte de Stalin, se graduó
en 1960. Su primera participación en el cine fue en una película basada
en la historia de un espía infantil durante la II Guerra Mundial que,
con el título La infancia de Iván, ganó el León de Oro del Festival de
Cine de Venecia en 1962, lanzando a Tarkovski como el líder de una nueva
generación de cineastas soviéticos. Su siguiente proyecto era una
ambiciosa visión de la Rusia medieval, centrado en la misteriosa figura
de un célebre pintor de iconos, que resultó demasiado ambiguo en el
aspecto religioso, por lo que la película definitiva Andréi Rublev,
rodada entre 1964 y 1965, no fue estrenada hasta 1969. Una historia de
ciencia ficción, Solaris (1972), encontró menores obstáculos a pesar de
continuar con las preocupaciones espirituales del cineasta, que
aparecerían de nuevo en El espejo (1974), en la que empleó recuerdos
fragmentarios de su infancia y poemas de su padre para crear una
declaración personal que es también la biografía de una generación.
Volvió a la ciencia ficción con Stalker (1979), que parecía una
alegoría abiertamente religiosa y agudizaba el conflicto entre las
autoridades soviéticas y el éxito internacional del autor. Después de
rodar en Italia Nostalgia (1983), película sobre un compositor ruso del
siglo XVIII que vuelve a casa a suicidarse, Tarkovski anunció
públicamente que no volvería a la URSS. Mientras crecía su fama,
apareció una colección de escritos suyos, y en 1986 rodó su última
película en Suecia, Sacrificio, una coproducción internacional
franco-sueca donde se percibe la influencia del maestro sueco Ingmar
Bergman. Su muerte en el exilio -murió en París de un cáncer
pulmonar, a los 54 años- conmocionó a la comunidad cinematográfica rusa
y las exequias de su muerte fueron una manifestación popular que
evidenciaron la decadencia del régimen soviético. El entierro de
Tarkovski se celebró en 1987, en el cementerio parisino de
Sainte-Geneviève-des-Bois, después de renunciar Tarkovski en vida a ser
repatriado a la Unión Soviética: “No retornaré al país que nos ha
hecho sufrir tanto a mí y a los míos, ni vivo ni muerto”5, escribió. A
su sepelio asistieron entre otros, dos personas significativas en el
mundo musical, el director y pianista Daniel Barenboim y Mstislav
Rostropovich, que interpretó, como no podía ser de otra manera, una Suite para violonchelo de Bach en su memoria. En la lápida de su tumba, un cruz eslava, un árbol y esta inscripción: “Al que vio al ángel”.
Con su nombre se instituyó un premio que recibió en 1989 el animador ruso Yuri Norstein.
Fuente: www.epdlp.com
FILMOGRAFÍA:
El violín y la apisonadora (1960)
Premio de Licenciatura en el VGIK (1960).
Primer Premio en el New York Student’s Film Competition (1961).
La infancia de Iván (1961)
Premios:
Venecia: León de Oro (ex aequo con Crónica familiar, de Valerio Zurlini) (1962).
San Francisco: Golden Gate Prize al mejor Director (1962).
Acapulco: Primer Premio y Diploma por "Dirección poética contra la guerra" (1962).
Palenque: Cabeza de Oro (1963).
Varsovia: Premio del Club de Críticos de Cine Polacos a la mejor película (1963).
Lublin: Premio Czarcia-Zapa a la mejor película extranjera (1963).
Nueva York: Premio D. Selznick, Laurel de Plata (Premio
de la Crítica Americana) por "la podereosa contribución de la película a
la paz" (1963).
Delhi: Premio en el Festival Nacional (1963).
Andrei Rublev (1966)
Premios
Cannes: Premio de la Crítica Internacional —FIPRESCI— (1969).
París: Premio de la Asociación de Críticos de Cine (1969).
París: Estrella de Cristal de la Academia Francesa a la mejor actriz (1972).
Helsinki: Premio a la Mejor película del Año (1973).
Stradford: Diploma en el Festival Internacional (1973).
Premio Filtro (1973). Belgrado: Gran Premio (1973).
Belgrado: Premio a la mejor película (Sindicato de Trabajadores del Cine) (1973).
Belgrado: Segundo Premio del Jurado de la Audiencia (1973).
Solaris 1972 Trailer HD | Natalya Bondarchuk | Donatas Banionis
Premios
Londres: Premio a la mejor película del año (1972).
Cannes: Gran Premio Especial del Jurado; Premio Ecuménico (1972).
San Francisco: Mejor Película; Premio del Jurado Interfilm (1972).
Panamá: Premio a la mejor interpretación femenina (Natalia Bondarchuk) (1973).
Carlovy Vary: Premio de la Asociación Internacional de Cine Clubs (1973).
Stradford: Diploma de Honor (1973).
San Vicente (Italia): Premio Italnoleggio de los Distribuidores (1979).
Milán: Premio Ubu (1980).
Taormina: Premio David-Donatello/ Luchino Visconti (1980).
Stalker (1979)
Premios:
Cannes: Premio Especial del Jurado, Interfilm y Premio OCIC (1980).
Avoriaz (Francia): Premio Fipresci el en el Festival de Cine Fantástico (1981).
Tempo di viaggio (1983), documental
Nostalghia (1983)
Premios:
Cannes: Premio Internacional de la
Prensa, y el Gran Premio a la Creación Cinematográfica (ex aequo con
"L'Argent", de Robert Bresson), 1983.
Sacrificio (1986)
Premios
Cannes: Premio Especial del Jurado, Gran Premio Internacional de la Crítica (FIPRESCI) y Precio del Jurado Ecuménico (1986).
Suecia: Premio Escarabajo de Oro a la Mejor Película del Año (1986).
Valladolid: Espiga de Oro (ex aequo), junto un premio
especial a Sven Nykvist por la mejor fotografía, XXXI Semana de Cine de
Valladollid (1986).