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viernes, 7 de noviembre de 2025

Borges también leía, y salía en, Playboy

 


Estimados liponautas



Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar un acercamiento que hace el escritor boliviano Homero Carvalho Oliva al libro "Medio siglo con Borges" de Mario Vargas Llosa. Un libro que reune diversos textos del Nobel peruano dedicados a la figura y obra del argentino universal.


Y algunas apreciaciones de Carvalho Oliva sobre Borges, remarcando la anécdota de Borges como lector de la revista Playboy y colaborador de la misma; ya que en el número de mayo de 1977 salio publicado su cuento "El otro"



El cuento fue versionado al inglés por Norman Thomas di Giovanni, apareciendo en las páginas 97,103, 203 y 2004 de la revista. Pueden leer el cuento en el siguiente enlace: Los Otros, de Borges: Dos Cortometrajes y ¿un cuento?


La playmate del mes de mayo de 1977 fue la modelo Sheila Mullen.


Para muchos Sheila Mullen pudiese ser la siempre buscada Manoa, siempre tatuada de dorados brillos, es esa mujer donde todos quieren alcanzar su esquina rosada...

Bárbara Borges


Debido a esta laberíntica conexión entre Borges y al revista Playboy la entrada abre con imágenes de  la brasilera Bárbara Borges, ex Paquita de Xuxa.



Bárbara es actríz en su país y fue modelo de la revista Playboy de su país, en Venezuela dirían que Borges fue  una deliciosa conejita.



Y debido a que comparte apellido con el Borges, el inmortal decidimos jugar un poco haciendo un damero de imágenes y palabras que puedan dar una idea de la sazón de una borgiana, e ideal, revista Playboy.




La entrada cierra con una entrevista a Vargas Llosa, sobre su libro "Medio siglo con Borges" hecha por la periodista Leila Guerriero.


Esperamos disfruten de la entrada


Atentamente


La gerencia.


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Imagen tomada de aquí


Medio siglo con Borges


No fue para mí ninguna sorpresa enterarme, por la web, que Jorge Luis Borges haya leído Playboy. Me pareció que con este hecho el gran hacedor de ficciones se desquitaba de Sábato, cuando este afirmó que la literatura de Borges era buena pero que le faltaba cierto “quilombo”.




Por: Homero Carvalho Oliva




 “Yo mismo soy una especie de antología de muchas literaturas”


Borges


 



Medio siglo con Borges”, es un libro que reúne entrevistas, artículos, conferencias, reseñas y notas que Mario Vargas Llosa, escribió sobre este infinito escritor, el libro da testimonio de más de medio siglo de lecturas del Nobel de literatura 2010 sobre este autor. Fue muy grato descubrir que coincidimos en muchas valoraciones y experiencias sobre un autor al que muchos lectores volvemos como fieles devotos de su obra. “Medio siglo con Borges”, según Marta Sánchez es “un magnífico libro que nos permite disfrutar del talento de dos grandes de las letras del siglo XX. Un homenaje indispensable al autor argentino en particular, y una declaración de amor a la literatura en general”.

Borges y Vargas Llosa. 1963

Después de leer el libro de Vargas Llosa, hice memoria y recordé que fue a mis trece años que mi padre, Antonio Carvalho Urey, escritor e historiador, puso en mis manos El Aleph, un prodigioso libro de cuentos del argentino más universal de la literatura. Este año cumplo sesenta y tres años, es decir que lo descubrí hace medio siglo y desde entonces no he dejado de leerlo y releerlo. Otras coincidencias con Vargas Llosa van desde el deslumbramiento por su precisión narrativa, por devolverle su verdadero significado a muchos adverbios y adjetivos, dotarles de nuevos significados, hasta las primeras lecturas en nuestra juventud que, como éramos fanáticos de izquierda, sentíamos vergüenza de admitir que leíamos con placer a un escritor que era considerado el paradigma del escritor de derecha, sin compromiso alguno con la sociedad, sin darnos cuenta que su compromiso mayor era con la literatura, con los lectores y por lo tanto con la sociedad.



Leer el libro de Vargas llosa me remitió a mis propias reflexiones sobre este autor. Laberintos librescos, metafísicos, infinitos, míticos; pesadillas que se repiten, sueños dentro del sueño, juegos literarios que se asemejan a la muñeca rusa que adentro lleva a otra que a su vez lleva otra y así hasta la eternidad. Relatos apoyados por las matemáticas, por la filosofía, por la geometría, en fin, apoyados por todo cuanto cabe concebir, incluso relatos policiales, temas universales, europeos, citadinos, bonaerenses, gauchescos, presentes en la obra de un escritor cuyo nombre evoca un estilo muy original y particular, de sentir y escribir la literatura y de concebir el mundo. Y es porque en Jorge Luis Borges todo está permitido. Con él y más allá del “Boom” literario latinoamericano, la palabra cobra una eficacia pocas veces vista, tanto que se ha convertido en un escritor archicitado por otros escritores, poetas, investigadores y hasta políticos, ¿cuándo no?


Con Borges se confirma, una vez más, la diferencia entre lo huidizo y lo permanente de la literatura. A través de su prosa descubrimos que el horizonte no es siempre lejano, que la palabra puede crear mundos muy cerca nuestro. Que la vida misma puede ser un mal sueño de un de un dios indigesto o que puede ser como la metáfora esa en la que soñamos que leemos un libro y en realidad, dentro del sueño, estamos inventando cada una de las palabras que leemos.

Borges y Vargas LLosa en París. 1981.


Lo real y lo imaginario en su obra narrativa


Toda su obra en conjunto, pero especialmente sus relatos y sus ensayos, constituyen el testamento de una época, un cofre abierto para recibir imágenes y divulgarlas a través de la palabra. Durante su lectura participamos de lo real, de lo fantástico, de lo simbólico, de lo inadmisible, del vacío, del infinito, con una perfecta economía de palabras: nunca falta y sobra alguna. Donde, para no morirnos de una pesadilla debemos recurrir a otras lecturas, pues sus citas y referencias nos inducen a Joyce, a Virgilio, a Cervantes, a Chesterton, a Kafka, y a tantos otros. En Borges todo es antiguo al mismo tiempo que es nuevo, nada se le escapa, todo parece previsto, pero aún así nos sorprende, ingeniosamente nos asombra. Abrir uno de sus libros es como asistir por primera vez, a un circo para descubrir, maravillados, la magia. Algunos de sus relatos nos acercan a precipicios insondables y mundos extraños (Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius), otros al irremediable destino (Sur) a la terrible virtud de una buena memoria sin el privilegio del olvido (Funes, el memorioso), a la trama policial (El jardín de los senderos que se bifurcan) y muchos otros.

Margarita Guerrero en 1945(foto: Grete Stern)




Sus textos parecen alegatos en defensa de la imaginación, con un dominio propio de la técnica narrativa, expresando desde una inmediata contemporaneidad hasta sugestivas evocaciones de mitos y leyendas universales. Borges se toma todas las libertades literarias, inventa libros, citas, definiciones, escribe prólogos de libros que nunca existieron, ¿o sí?, descubre otros que parecen irreales como Anatomía de la melancolía, citado en La biblioteca de Babel. Borges   crea a un Funes agobiado por su prodigiosa memoria e inventa a un Pierre Menard, autor de otro Quijote que es igual al primero, palabra por palabra y que, sin embargo, no es un plagio. En otros libros está el Borges de las ficciones compartidas, la mayor de las veces con su entrañable amigo Adolfo Bioy Casares de los que recuerdo una magnífica selección de Relatos Breves y Extraordinarios, que incluye un trabajo de Marcial Tamayo, compatriota nuestro. Este libro tuvo una gran influencia en mi decisión de escribir microficciones.  Asimismo, el portentoso Libro de los seres imaginarios compilado con Margarita Guerrero, en el que da cuenta de gran parte de los animales o seres mitológicos creados por el hombre en su obsesión por explicar y ocultar lo desconocido, gracias a este libro yo hice mi propio bestiario titulado



¿Y el Nobel?


Se dicen y se citan tantas cosas de Borges, de las cuales muchas no le pertenecen; pero que, gracias a su exclusivísima concepción de la vida, bien pudo aceptarlas como suyas, por ejemplo, a propósito de su filiación partidista una vez declaró: “soy del partido conservador, porque nunca va llegar al poder”. Borges era un maestro del humor y de la ironía, tanto en sus conversaciones como en sus escritos y si bien su concepción del mundo era positivista (“escribo para individuos, no para en este abstracto llamado masa”), él nunca fue del todo un “reaccionario” como algunos pretenden definirlo en última instancia: “un gobierno de militares es igual a que un país sea gobernado por bomberos”. Tal vez él estaba más allá de estas simples apreciaciones, en un universo interior tan grandioso como concebía una biblioteca.

Borges y María Kodama en 1975. Imagen tomada de aquí


También se dijo que era un escritor para escritores, lo que se puede desmentir con la interminable cantidad de libros que sobre su obra se han escrito, sus entrevistas, conversaciones y lectores por todo el mundo. Estas especulaciones sumadas a sus preferencias políticas, fueron las argumentaciones para negarle el Nobel. Galardón que al principio no le interesó, pero que después se le volvería una verdadera obsesión, como lo declaró su viuda, secretaria y compañera, María Kodama. Yo creo que el fondo es otro y tiene que ver con la idea que los europeos tienen sobre los latinoamericanos. Ellos, suecos o no, nunca le perdonaron a Borges el hecho de que, siendo escritor latinoamericano, escriba -igual o mejor que ellos- temas que consideran de su exclusividad. Parecería que los latinoamericanos estamos bien cuando escribimos cosas que ellos llaman dentro del “realismo mágico”, pero cuando escribimos, como Borges, de literatura escandinava, germana o anglosajona; cuando hablamos de filosofía y matemáticas con la misma propiedad, autoridad y calidad de sus clásicos, eso ya no les agrada, así que mejor ignorar al maestro. El mismo Borges se reía de sí mismo cuando le preguntaban por qué nunca se lo habían otorgado: “Porque esos caballeros comparten conmigo el juicio que tengo sobre mi obra”.

Borges y María Kodama en Japón. Imagen tomada de aquí



Para los enemigos


Borges tenía respuestas para todo y para todos, incluso para sus enemigos que los tuvo por todo el mundo, a ellos les respondió con suprema ironía: “Quizá debería aconsejar a los aspirantes a enemigos que me envíen sus críticas de antemano, con la seguridad de que recibirán toda mi ayuda y mi apoyo. Hasta he deseado secretamente escribir, con seudónimo, una larga invectiva contra mí mismo”.

Despacho de Jorge Luis Borges, en la Biblioteca pública Miguel Cané


Luces y sombras


Hay un juicio que nunca me animé a escribir acerca de la obra de Borges; en el libro de Vargas Llosa lo descubrí dicho de la mejor manera posible: “Ninguna obra literaria, por rica y acabada que sea, carece de sombras. En este caso de Borges, su obra adolece, por momentos, de etnocentrismo cultural. El negro, el indio, el primitivo en general aparecen a menudo en sus cuentos como seres ontológicamente inferiores (…) Como para T.S. Eliot, Papini o Pío Baroja, para Borges la civilización solo podía ser occidental, urbana, casi casi blanca. El oriente se salvaba, pero como un apéndice, filtrado por las versiones europeas de lo chino, lo persa, lo japonés o lo árabe. (…) es ésta una limitación que no empobrece los demás admirables valores de la obra de Borges, pero que conviene no soslayar dentro de una apreciación de conjunto de lo que significa su obra. Una apreciación que acaso sea otro indicio de su humanidad, ya que como he repetido hasta el cansancio, la perfección absoluta no parece ser de este mundo, ni siquiera en obras artísticas de creadores que, como Borges, estuvieron más cerca de lograrla”, listo, lo dijo Mario Vargas Llosa.


Para cerrar este artículo también coincido con Vargas Llosa cuando aclara: “Muchas veces lo he releído y, a diferencia de lo que me ocurre con otros escritores que marcaron mi adolescencia, nunca me decepcionó; al contrario, cada nueva lectura renueva mi entusiasmo y felicidad, revelándome nuevos secretos y sutilezas de ese mundo borgiano tan inusitado en sus temas y tan diáfano y elegante en su expresión”. Sigamos leyendo y releyendo a Jorge Luis Borges.





Borges también leía Playboy


Cuando era adolescente perdí la inocencia con una revista Playboy; recuerdo que un compañero de curso la trajo a clases y, en el recreo, todos quedamos literalmente excitados con las imágenes de las bellas mujeres desnudas que posaban entre sus páginas. A la impúdica exhibición de las rubias se sumaba la subversión de estar mirando algo prohibido y eso en un colegio de curas salesianos era realmente arriesgado porque, si nos pillaban con las manos en el cuerpo del delito, nos podían enviar inmediatamente al confesionario o arrebatarnos la publicación para uso propio.





Años después, descubrí que Playboy no solamente traía mujeres desnudas sino también entrevistas a políticos como Fidel Castro, Yasser Arafat y Malcom X; a escritores como Kurt Vonnegut y Jean Paul Sartre; a artistas como Salvador Dalí y a boxeadores como Mohamed Ali, entre otros famosos personajes. En 1978, el primer número de la versión en español la trajo mi padre desde Madrid como regalo a mi hermano Bolívar. La última entrevista que le hicieron a Roberto Bolaño fue para la revista Playboy mexicana. Fue con Playboy que pasé de la edad del burro a la edad de la ilustración. En Bolivia, en la década de los setenta, el vespertino Última hora nos regalaba los viernes el suplemento “Semana” al que, en mi época universitaria, bautizamos como el Playboy de los pobres, porque con un peso se podía ver las fotografías de algunas de las bellezas de la revista norteamericana, aunque en blanco y negro, y leer buenos artículos de autores internacionales y nacionales.




Con estos antecedentes no fue para mí ninguna sorpresa enterarme, por la Web, que Jorge Luis Borges, uno de mis escritores preferidos, al que sus fanáticos consideran poco menos que un santo, haya leído Playboy. Me pareció que con este hecho el gran hacedor de ficciones se desquitaba de Sábato, cuando este afirmó que la literatura de Borges era buena pero que le faltaba cierto “quilombo”. Y quien afirma que Borges leía Playboy, es nada menos que Emir Rodríguez Monegal, uno de sus más grandes biógrafos y estudiosos de su vida y de su obra, quien dice que, en 1978, Borges “ganó el segundo premio en un concurso de cuentos organizado por la revista Playboy, quinientos dólares y el conejo”. Encontré esta cita en un ensayo de Edgardo Cozarinsky y luego la confirmé en otros links similares. Rodríguez Monegal, en su cronología, también da cuenta que ya Borges había participado en otros concursos literarios y que su cuento El jardín de los senderos que se bifurcan, un hermoso cuento, por cierto, fue descalificado por el jurado.

Emir Rodríguez Monegal


Me tomo la libertad de hacer la siguiente conjetura: Borges, irónico como era, eligió el juego de mezclar la ficción con lo real, en el que era experto, y como en el cuento El jardín de los senderos que se bifurcan, donde el espía protagonista asesina a un hombre con un determinado nombre para que el mensaje llegué a sus jefes, puede ser que también nos haya legado un mensaje secreto, tal vez quiso ser un playboy y las circunstancias y María Kodama se lo negaron.



El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.


Homero Carvalho Oliva



Escritor y poeta, ha obtenido premios de cuento, poesía, micro cuento y novela a nivel nacional e internacional. Su obra literaria ha sido publicada en otros países por prestigiosas editoriales y traducida a varios idiomas; poemas, cuentos y microficciones suyas están incluidos en más de cincuenta antologías internacionales, además de revistas y suplementos literarios por todo el mundo. Es autor de antologías de poesía, de cuentos y microcuentos publicadas en varios países, como la Antología de poesía del siglo XX en Bolivia, publicada por la prestigiosa editorial Visor de España y la Fundación Pablo Neruda, de Chile; así como también de selecciones personales de su poesía y de sus cuentos. Dirige las colecciones digitales de novela y microficción de la editorial española BGR y su obra es estudiada en distintas universidades de Iberoamérica.


https://wwwelmostrador.cl/cultura/critica-opinion/2024/08/31/medio-siglo-con-borges/



Mario Vargas Llosa: 'Medio siglo con Borges' | #MedioSigloConBorges #LaCulturaEnTuCasa

https://m.youtube.com/watch?v=khzjXJEFWPY&pp=0gcJCR4Bo7VqN5tD



Enlaces relacionados:










































































lunes, 15 de julio de 2024

Rómulo Betancourt a Mario Vargas Llosa: La lucha contra la guerrilla en Venezuela no la dirigió el Ejército; la dirigí yo

 

Rómulo Betancourt y Mario Vargas Llosa conversando en la biblioteca de Pacairigua, septiembre de 1977. Fotografía coloreada.


Charla con un viejo zorro


Por Mario Vargas Llosa


Publicado en noviembre de 1977. Tomado de sus Obras completas IX. Piedra de Toque I (1962-1983), 2012, pp. 655-659.


Rómulo Betancourt y Mario Vargas Llosa conversando en la biblioteca de Pacairigua, septiembre de 1977. Fotografía original






Estaba alistando maletas para partir de Caracas cuando me avisaron que Rómulo Betancourt quería verme. El intermediario, por lo demás, me hizo saber que el expresidente, representante de Venezuela en la comisión que hace las invitaciones anuales para ocupar la cátedra Simón Bolívar, en Cambridge, había votado mi nombre. Pero no solo fui a su casa por una razón de cortesía, sino sobre todo por curiosidad: las figuras políticas me han producido siempre una fascinación entomológica (y, al mismo tiempo, una especie de alegría).


Su casa, la Quinta Pacairigua, en un barrio residencial, no es demasiado lujosa para los niveles sauditas venezolanos. Me sorprendió el numeroso servicio de guardaespaldas, en el interior y el exterior. Además de su hija Virginia, sencilla y muy simpática, estaba allí su esposa, una exprofesora, creo, que habló de libros con soltura, y había también periodistas y fotógrafos. Betancourt lleva bastante bien sus setenta años. Hace algunos meses corrieron rumores sobre una enfermedad gravísima, pero él dice que el peligro se ha disipado: se trató apenas de una intoxicación causada por los remedios. Se siente ahora, repite, como nuevo.


«Usted sabrá que, en la época de las guerrillas, yo fui uno de los hombres más odiados y atacados en América Latina», es una de las cosas que le oí decir en la hora y media que pasé con él. Por supuesto que lo sabía. Su Gobierno me pareció también a mí, como a tantos en América Latina, represivo y con ribetes autoritarios. Pero lo que ha ocurrido luego en el continente, y el contraste entre ello y el caso de Venezuela, me ha llevado a revisar ese juicio. El Gobierno de Betancourt reprimió duramente a quienes se alzaron en armas y no hay duda de que, en esa lucha, cometió abusos y violaciones de la legalidad y de los derechos humanos.


Pero es cierto, también, que su régimen sentó las bases de un sistema democrático que viene funcionando sin interrupciones y que parece hoy (toquemos madera) bastante sólido. Es lo que dice a Betancourt el ensayista francés Jean-François Revel –el autor de La tentación totalitaria– en una carta que aquel me enseña: «Es usted el único dirigente político sudamericano que encontró la manera de enrumbar a su país por un sendero democrático». Hay una pregunta, sin embargo, que surge cada vez que uno observa el caso venezolano: ¿la bonanza económica, esa prosperidad que golpea al forastero desde el aeropuerto, no ha sido el elemento decisivo para que las instituciones democráticas resultaran allí operantes?


Varias de mis preguntas a Betancourt se refieren a este asunto: ¿Por qué en su país los militares respetan el poder constitucional y en otros no ocurre lo mismo?


Su respuesta es larga y elaborada, y no tengo más remedio que abreviarla. Nosotros (es decir, su partido, Acción Democrática), dice, desde 1945 trabajamos con un grupo de oficiales jóvenes, constitucionalistas, partidarios de reformas profundas en la estructura del país. Ellos, a la caída de Pérez Jiménez, se convirtieron en la espina dorsal de la reforma de las Fuerzas Armadas, que pasó a retiro a los elementos golpistas y se empeñó en hacer del Ejército un cuerpo esencialmente técnico y educado de manera sistemática en el respeto del orden legal.


El momento crítico, prosigue Betancourt, sobrevino al estallar el movimiento guerrillero contra mi Gobierno. La lucha contra la guerrilla no la dirigió el Ejército; la dirigí yo. Mi Gobierno no abdicó de esa responsabilidad, como hicieron otros Gobiernos civiles en América Latina, por cautela política, prefiriendo que fueran los militares quienes se ensuciaran las manos. Aquí fue el Gobierno civil quien, desde el primer momento, asumió esa tarea, arrostrando la impopularidad y a pesar de la feroz campaña internacional en contra nuestra. Los militares respetan a quienes saben mandar. (No hay duda que él sabe y que le gusta hacerlo: al decir estas cosas, gesticula con energía).


Veo sus manos con las cicatrices de las quemaduras del atentado que preparó contra él un comando enviado por el generalísimo Trujillo (que lo odiaba, dicen, más que a Fidel Castro). He oído contar la historia de su comportamiento en esas circunstancias, y él me la reseña de nuevo: cómo habló por la radio estando herido y cómo se hizo llevar al palacio presidencial de Miraflores («el símbolo del poder», dice) para mostrar al país que la jefatura del Gobierno se mantenía en pie.


Está escribiendo ahora sus memorias y cuenta que haber leído, hace poco, la autobiografía de Arthur Koestler lo ha inducido a cambiar todo su plan. Al principio había decidido escribir un libro puramente político, dejando de lado lo que fuera personal e íntimo. Ahora, en cambio, hablará también de su vida privada. ¿Hasta qué extremos llegará la confidencia? Durante la charla, deja ver algunos cabos sueltos. De joven escribió cuentos, inspirados en ciertas lecturas, como Emile Zola. Su esposa lo refuta con convicción: la influencia ostentosa, le asegura, es la de Anatole France, Él habla de uno de esos relatos con melancolía y burla. Se llamaba (horriblemente) «Maritza la nómada» y la musa que lo estimuló a escribirlo era una españolita de ese nombre de la que estaba enamorado, Se empeña en hablar de literatura, en tanto que yo trato de empujarlo hacia el terreno político (en el que lo supongo mucho más competente). Se entusiasma recordando la autobiografía de Trotski, una novela («de 1.400 páginas») sobre la fundación del estado de Luisiana y me cita algunas tradiciones de Ricardo Palma. Durante mucho tiempo se ganó la vida escribiendo artículos, de manera que se siente también, en cierta forma, periodista. Ha pasado veinte años en el exilio, cinco en la cárcel y a fin de año celebrará medio siglo de actividad política.


Durante buena parte de la hora y media me pareció hablar con espontaneidad. Solo en un momento tuve la impresión de que (lo que me ha ocurrido siempre con todos los políticos que he entrevistado) pronunciaba un discurso. Una tirada algo solemne sobre la vocación rebelde y heroica del pueblo venezolano, que es, afirma golpeando el brazo del sillón, quien ha hecho la verdadera revolución en América Latina: la democrática. «¿Por qué cree usted que se fueron esos hombres detrás de Bolívar hasta el Titicaca?». Cree que el mestizaje generalizado y precoz que experimentó la sociedad venezolana creó ese tipo audaz y combativo. «Aquí nos mezclamos todos muy pronto, no ocurrió lo que en el Perú», dice. Y me cuenta una anécdota. En los años treinta estuvo en Lima, con una delegación, y lo impresionó mucho una entrevista que tuvo, en el diario El Comercio, donde él y sus compañeros fueron recibidos «por dos caballeros con monóculo, que se llamaban, uno, Miró Quesada y, el otro, Manzanilla». Uno de ellos le habría preguntado: «¿Qué raza es la que predomina en su país?». «Los mulatos como yo, señor». «Ajá», habría respondido, pensativamente, uno de los caballeros. Mientras el otro comentaba: «¿Sabía usted que aquí en el Perú se le decía a Bolívar el Zambo Bolívar?».


Me asegura que hay una carta del Libertador, firmada en la Magdalena, pidiéndole a un amigo de Caracas que enviara mulatos a socorrerlo, pues las impetuosas limeñas lo estaban tuberculizando.


Pese a la abundancia de dictaduras en el continente, se muestra optimista respecto al futuro de América Latina. Piensa que la política del presidente Carter de los derechos humanos ha creado una dinámica muy fuerte a favor de la instalación de gobiernos constitucionales. «Hasta Stroessner se ha visto obligado a hablar de dejar el poder», bromea. Se refiere con elogio al movimiento cívico en Brasil, a los manifiestos intelectuales («presidido por nuestro amigo Jorge Amado»), de periodistas, de profesionales, «hasta de futbolistas» pidiendo la transferencia de poder a los civiles mediante elecciones. Está convencido de que en pocos años puede ocurrir lo que al finalizar la Segunda Guerra Mundial: una oleada democrática por todo el continente. Respecto al acercamiento diplomático entre Cuba y Estados Unidos, se limita a comentar:


«Por el momento el acercamiento se reduce a que Cuba mandará a Washington dieciséis agentes del G-Dos y Washington a La Habana dieciséis agentes de la CIA».


Como voy a perder el avión, tengo que despedirme precipitadamente. En la puerta de calle, me regala una especie de estampa que no tengo tiempo de ojear. Aquí, en el largo vuelo trasatlántico, descubro que es la historia de una estatuilla que he visto en su escritorio. La Negra Josefina, una vagabunda de las calles de Caracas que asaltaba a los transeúntes pidiendo «un mediecito»; hace unos treinta años, sirvió de modelo al autor de la obra, Santiago Poletto Lamberti. Se trata de una mulata, por supuesto.


Sobre el Atlántico, sept. 77


Fuente: Ramos Flamerich



martes, 24 de enero de 2023

J. M. Caballero Bonald: Todos los que hablamos español somos copropietarios de ese bien común.

 

José Manuel Caballero Bonald. Imagen tomada de ACE.


Del mestizaje y la lengua literaria

Palabras del poeta español en la clausura del congreso 'El canon del Boom'

El evento, organizado por la Cátedra Vargas Llosa, se celebró la semana pasada en Casa de América, de Madrid

J. M. Caballero Bonald  Madrid 11 NOV 2012



Como se ha repetido hasta la saciedad, hace ahora medio siglo brota en Latinoamérica (y reverbera en España) una poco menos que insólita floración novelística. Fue un fenómeno llamativo, digamos que tuvo algo de coincidencia imprevista, pero que ya se había ido fraguando a través de algunos eminentes ejemplos anteriores. Es fácil establecer, en un somero recuento, esas oleadas consecutivas de narradores que preceden al advenimiento del ya incorregiblemente llamado boom. Me refiero a lo que podría constituir un primer linaje de grandes novelistas hispanoamericanos: José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, Güiraldes, Horacio Quiroga, Asturias, Roberto Arlt, Macedonio Fernández, etc. (contemporáneos todos ellos de Valle-Inclán, Azorín, Baroja.) Años después, se podría igualmente juntar una nómina de narradores que secundan las avanzadas precedentes y consolidan las venideras: Onetti, Rulfo, Borges, Arguedas, Carpentier, Múgica Laínez, Lezama… Es como si se hubiese estado preparando la eclosión de una nueva cultura literaria tanto más fecunda cuanto más enraizada en la libertad de los mestizajes lingüísticos. Y una pregunta tal vez intempestiva: ¿qué habría pasado si esos citados novelistas hubiesen disfrutado de una estrecha relación de amistad y compartido experiencias similares, incluido el vehículo editorial? ¿No se habría producido una especie de pre-boom (perdón por el palabro) con más que sobrada capacidad para aminorar el brillo del boom?




Decía Carlos Fuentes en expresión afortunada que todos los escritores en lengua española “tienen un mismo origen: el territorio de La Mancha en el que nace nuestra novela”. De acuerdo. Ese cervantino lugar de La Mancha es consecuentemente nuestra patria común, el eje maestro de nuestra lengua literaria. Si repito esa idea tan consabida es por una razón muy simple: porque cuando hablamos de nuestra lengua literaria, de nuestra literatura, ese pronombre posesivo -nuestra- debe entenderse en su más inocultable diversificación geográfica del Rey Don Pedro.

Los cultivadores de esas literaturas, estén donde estén, son justamente copartícipes de una propiedad parcelada según las normas de cada personalidad nacional. Aunque la posesión -la patria común- sea la lengua, las mismas fronteras geográficas diversifican otros tantos nutrientes expresivos ligados a sus respectivos mestizajes. Comparto en este sentido la tesis del policentrismo: nadie puede monopolizar el centro rector de esa red de variantes lingüísticas; todos los que hablamos español somos copropietarios de ese bien común. Por supuesto que existen rasgos distintivos, peculiaridades congénitas, pero la pluralidad de normas tiene aquí el valor inequívoco de una gran casa cuya unidad viene definida por el conjunto de sus distintas habitaciones.


Todas las literaturas que se escriben en una misma lengua constituyen, por tanto, un consorcio, una conjunción de herencias no necesariamente afines. Ni los naturales condicionamientos geopolíticos ni los influjos de los caracteres nacionales, perturban para nada esa operativa evidencia. Las literaturas escritas en lengua española pertenecen obviamente a una especie de condominio cultural, aun conservando sus respectivas fórmulas expresivas prestigiadas por cada tradición propia. Algo parecido a lo que el gran antropólogo cubano Fernando Ortiz denominó transculturación. Las diferencias que puedan rastrearse -pongo por caso- en el español de Colombia, Perú o Argentina, son del mismo orden teórico que las que puedan advertirse entre los distintos usos del español en Andalucía, Aragón o Asturias. Cada uno se moviliza, natural y afortunadamente, a partir de sus respectivas peculiaridades geográficas, de sus naturales mestizajes históricos.


Hasta hace poco, el diccionario era más bien parco en la definición de las voces mestizo y mestizaje, referidas sin más al cruzamiento de razas distintas y no a la confluencia de culturas. A nadie se le oculta además que la voz mestizo podía llegar a ser bastante ambigua y suscitó algunas equívocas desviaciones semánticas. Recuérdese, sin ir más lejos, que en ciertos ámbitos sociales europeos, el mestizaje dispone de una acepción de directo alcance vejatorio. Entre nosotros, sin embargo, ese concepto acabó asociándose a la convivencia de culturas o a la resultante magnánima de esa convivencia, vinculada ahora al campo ultramarino de la lengua. Un campo que debe entenderse, con óptica justiciera, como una mancomunidad, una copropiedad referida indistintamente a todos y cada uno de los hispanohablantes de veinte nacionalidades.

Pero tal vez convenga matizar un poco esa cuestión, en especial por lo que respecta a algún que otro alarmismo sobre las corrupciones y fragmentaciones del idioma. Recuérdese que Borges respondía en un artículo, con irónica sagacidad, a las alarmas de Américo Castro sobre las graves alteraciones que éste advertía en el español rioplatense. Esos presuntos desvíos lingüísticos no suponían para Borges más que “ejercicios caricaturales”, hablas arrabaleras, tan contagiadas de impurezas -añado yo- como podían estarlo los rasgos dialectales propios de cada región peninsular. El purismo léxico remite por lo común al estancamiento de las ideas. Digamos que un purista es un racista en versión lexicológica. Aquel tan aireado manifiesto de Neruda, abogando por una poesía “impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilias, profecías, declaraciones de amor y de odio...”, esa afirmación –digo- era algo más que una mera ocurrencia retórica, era toda una paladina declaración de principios. Neruda rescata de las trastiendas originarias del idioma unas palabras maltratadas por la rutina, disecadas por el rigorismo académico, y las reconstruye, las dota de una nueva y libre capacidad comunicativa. El poeta se apropia efectivamente de un aluvión de equivalencias poéticas con la realidad que incluían, aparte de una serie de elementos oriundos de la tradición, lo que podrían ser sus variantes más contaminadas de impurezas, entendiendo por impureza lo enemistado con lo convencional, con lo inerte. Qué extraordinaria lengua impura la que hablaron, pongo por caso, Pedro Páramo, Díaz Grey, el Jaguar, Aureliano Buendía, Oppiano Licario, la Maga, Artemio Cruz… Y un hecho significativo a este respecto, hubo en los primeros tiempos del boom algún lector editorial, presunto seguidor de puristas, que juzgó impublicables en España novelas luego notorias porque estaban escritas en mexicano, en peruano, en argentino. Un dictamen que quedó finalmente invalidado por su propia majadería.

Permítaseme un apunte retrospectivo. Los primeros cronistas de Indias se enfrentan a un mundo insólito por desconocido, sin ningún previo referente cultural, a una realidad maravillosa (a lo “real maravilloso”, por usar el término acuñado por Carpentier). Y crean una prosa como recién alumbrada, cuya vitalidad exuberante se correspondía con la exuberante vitalidad de las nuevas realidades. En el castellano de fines del XV, de principios del XVI, se opera algo así como una conmoción imaginativa. No había palabras para nombrar las cosas desconocidas, las sensaciones ignoradas. Como en Macondo, “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre”. Pero en vez de señalarlas con el dedo, se moviliza una confluencia de voces hispanas y prehispanas: todo un enriquecimiento mutuo propiciado por la invasión -por la invención, diría Vargas Llosa- de la realidad. La literatura se inyecta así sus propios tónicos verbales. El asombro ante la naturaleza inusitada posibilita el asombro de otra nueva especie de literatura más integradora. Basta releer a los grandes historiadores de Indias -Díaz del Castillo, López de Gómara, Fernández de Oviedo- para corroborar hasta qué punto la realidad de un mundo nuevo ha movilizado un nuevo enriquecimiento de la lengua. ¿Cómo referirse si no, en castellano, a los animales, plantas, alimentos, utensilios de la vida cotidiana propiedad de los indios?

Ahí se delimita teóricamente una conducta del lenguaje ante la realidad no muy distinta a la usada por los consecutivos renovadores latinoamericanos de la literatura. Pensemos en esa común cultura literaria que va, por ejemplo, de sor Juana Inés de la Cruz a César Vallejo, del Inca Garcilaso a Rubén Darío, de José Asunción Silva a Alfonso Reyes, entre los que se va estabilizando, por así decirlo, una literatura criolla, es decir, una literatura nacida en América de padres españoles. O una literatura propiamente mestiza, gestada en el cruce léxico y sintáctico de lo amerindio y lo español. En cualquier caso, se trata de un mestizaje lingüístico tan natural y prolífico como el de la sangre, similar en cierta manera al sincretismo religioso. Algo que realmente solo ocurrió -conviene reiterarlo- en el ámbito social y cultural de la conquista de América por parte de españoles y portugueses y que constituye, a no dudarlo, un paradigma histórico: el más digno fundamento de una coexistencia que prevaleció a pesar de tantos expolios culturales, atropellos doctrinarios, desmanes sin cuento. Resulta indudable además que todo eso obedeció a un proceso natural verificado a espaldas de los poderes políticos y religiosos. Ahí se fundamentan los modernos conceptos de lo multirracial como norma de conducta, pero también de lo multicultural como modelo de convivencia. El primer hispanoamericano propiamente dicho fue hijo, pongamos por caso, de un marinero de Palos de la Frontera y de una india pipil de San Salvador. A partir de ahí, el ritual de la vida de cada día, pero también el arte y la literatura, se van haciendo mestizos. Una evidencia que salta por encima de todas las demasías y despojamientos y acaba avecindándose en las páginas del derecho consuetudinario.


Rómulo Gallegos

No se olvide que la conquista y colonización de América del Norte fue hecha por puritanos (es decir, por calvinistas ingleses y holandeses) que emigraron a la otra orilla del Atlántico con sus bagajes de pueblo elegido, predestinado a apropiarse de aquel territorio después de aniquilar a sus propietarios. Con independencia de los terribles métodos utilizados, la colonización española estaba encaminada a la expansión del Imperio y a la redención a ultranza de los indios, mientras que la anglosajona fue una empresa privada financiada por calvinistas enfrentados al poder metropolitano y escogidos por Dios para adueñarse de las tierras de unos salvajes. En contra de lo que ocurrió en otras latitudes, en Iberoamérica se acabó intercalando una sociedad española o portuguesa en otras aborígenes, generando así una sociedad paulatinamente mestiza. Para los anglosajones el término mestizo era más bien un insulto, una aberración teológica; para los españoles tenía el sentido de una prolongación natural en el nuevo mundo de sus propios mestizajes históricos. Al margen de tantas barbaries y latrocinios, el cruce de formas de vida española e indígena da origen a una nueva realidad social adosada en una nueva realidad física. Ni siquiera los copiosos argumentos sobre la destrucción de las Indias, invalidan esa evidencia. No me refiero sólo al núcleo racial de los indios sojuzgados y perplejos, sino al de los negros ferozmente esclavizados. Si antaño se hablaba en la Península en latín, en hebreo, en árabe -hasta que el castellano acaba absorbiéndolos como lengua imperial-, en Ultramar el idioma de los invasores convive con el de los invadidos -guaraní, quechua, nahuatl, araucano, maya- y el de los negros -yoruba, mandinga, carabalí-, hasta constituir ese espléndido mosaico del español hablado en Chile, en Cuba, en México, en Uruguay. Ocurrió como con algunas mezclas de vinos diferentes, esos coupages cuyo resultado final mejora la calidad de las partes. Así se volvió a revitalizar en cada caso el español, porque así lo demandaba la geografía física y humana donde se trasplantó.

La reacción contra las formas rígidas, anquilosadas, del español metropolitano no fue más que una natural reacción literaria, aparte de lo que pudiera tener de enfrentamiento político a otras tiránicas formas de colonialismo. La inflexible pureza del idioma es la antítesis del mestizaje vivificante. Como nadie ignora, un diccionario recoge, antes que las voces que las autoridades literarias avalan, las legitimadas por la frecuencia del uso popular. Y en América había multitud de palabras que tenían que integrarse necesariamente en el caudal léxico de las variantes del español que allí se hablaba. No deja de ser aleccionador, por otra parte, que muchas voces ya desusadas en España permanecieran muy vivas en ciertas zonas hispanoamericanas, no como arcaísmos sino como ejemplos lozanos de los reflujos expansivos de la lengua. Los primitivos colonos que fueron estableciéndose en el Nuevo Mundo, se llevaron con ellos sus maneras de vivir, sus fanatismos religiosos y sus tácticas de rapiña, pero también la norma lingüística que les era propia.

El resultado de ese largo proceso de mestizajes lingüísticos se hace más notorio cuando la América hispana se escinde de la metrópoli y recorre los caminos históricos de su independencia, muchos de cuyos artífices -por cierto- eran criollos, como Bolívar, Miranda o San Martín, y muchos de cuyos herederos en la lucha por la libertad eran mestizos, como Benito Juárez, Emiliano Zapata o Porfirio Díaz. Y fue precisamente otro mestizo, Rubén Darío, el que iba a inaugurar una magistral síntesis poética que sirvió de guía a todas las poéticas surgidas en las áreas geográficas hispanohablantes. Un mestizo nicaragüense emprende una hazaña literaria que afectaría de manera decisiva al desarrollo de toda la poesía escrita en español a partir de entonces. Darío no pertenece a la otra orilla oceánica del idioma, es un depositario de nuestra lengua común que aglutina en su obra elementos de la tradición clásica española, de la aborigen centroamericana y, en este caso, de la parnasiana francesa. Ahí rebrota el sedimento integrador de una expresión poética que supuso, de hecho, el germen de toda una serie de nuevas posibilidades creadoras dentro de nuestra lengua literaria. Darío devuelve a la literatura española, en una magistral reconversión estética, lo que la literatura española había trasvasado a América.


Los andaluces Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, el gallego Valle-Inclán, los vascos Unamuno y Baroja, los levantinos Azorín o Gabriel Miró, el canario Tomás Morales -por ejemplo- se instalan de uno u otro modo en esa reciente tradición. Y en esa misma tradición, adaptada a su medio, comparecen los mexicanos Gutiérrez Nájera y López Velarde, los cubanos José Martí y Julián del Casal, el colombiano José Asunción Silva, el uruguayo Herrera y Reissig, el argentino Leopoldo Lugones, etc. La paulatina consolidación de nuestra literatura contemporánea -la de España y la de América- consiste precisamente en eso: en una conciencia lingüística de espléndida diversidad. Algo que también cabría referir a la poesía afroantillana -o afrohispana- de un Nicolás Guillén, un Palés Matos o un Emilio Ballagas, cuando la rítmica sonoridad de las voces negras bulle en el torrente léxico del español.

Cierto que resulta de veras fascinante atravesar ese inmenso territorio que va de la Patagonia al río Bravo, y aun penetra en Estados Unidos, y entenderse en la misma lengua dentro de su natural diversificación de matices, giros, hábitos dialectales. Esa evidencia emocionante basta para ratificar que, al margen de todos los ultrajes y expolios de la historia, las mezclas culturales que se fraguan en Ultramar propiciaron una nueva siembra lingüística que llegó a convertirse en el más fecundo logro de la presencia española en América. Asolamos, quién lo duda, civilizaciones insignes, inculcamos fanatismos e intolerancias, pero abrimos la ruta integradora de una lengua y una cultura literaria que prevaleció hasta nuestros días.

 (Recuerdo a este respecto una anécdota que he oído contar atribuida a otros, pero de la que también yo fui protagonista. Un día, cuando yo vivía en Colombia, viajaba con unos amigos por lo que allí llaman Tierra caliente. Nos detuvimos en una cantina y allí nos sentamos un rato, cuando el cantinero, muy respetuosamente, me preguntó si yo era español. Yo le pregunté a mi vez que en qué lo había notado. “En el dialecto”, respondió el cantinero. Un excelente compendio, en tres palabras, de la historia social del mestizaje.)

Bien. Una última apostilla. Hay un libro de Carlos Fuentes que alcanzó especial resonancia en América Latina y no demasiada en España, pese a su condición -digamos- fundacional. Me refiero, claro, a La nueva novela hispanoamericana, publicada en México en 1969. En ese libro, y aparte del dictamen general sobre los factores históricos de cambio en la narrativa en cuestión, se estudian cinco novelistas contemporáneos: Vargas Llosa, Carpentier, García Márquez, Cortázar y Juan Goytisolo. (Es significativa la inclusión de Goytisolo como correlato español del boom.) Los juicios de Fuentes a propósito de la evolución de la novela hispanoamericana tuvieron en cierta forma algo de proféticos. El autor revisita esa novelística en busca de las causas que propiciaron su apogeo y fija así un primer canon de lo que se llamaría el boom, fundamentalmente referido a la reconquista literaria de la lengua. Las circunstancias políticas en no pocos países latinoamericanos -y, por supuesto, en España- eran entonces bastante conflictivas, incluso podían llegar a ser asfixiantes. Y no por casualidad eligió Fuentes a unos escritores (son sus palabras) “que toman partido por la civilización frente a la barbarie”, enfocando así de modo unitario un fenómeno que afectó por igual a todas las literaturas escritas en lengua española.

Frente a la ideología dominante y al suministro de una lengua oficialmente depauperada, los novelistas hispánicos que empiezan a publicar en la década de los 60, habían descubierto que esa lengua común necesitaba de alguna suerte de rehabilitación, de remozamiento, frente a los desgastes y anemias del inmovilismo. Es lo que ya habían emprendido sus inmediatos antecesores: Onetti, Rulfo, Borges, Carpentier, Lezama, Arguedas, Octavio Paz, forjando una literatura que “reivindica la necesidad evidente de ser ante todo escritura”. Por encima de restricciones didácticas, de modelos anquilosados, se estabiliza una literatura –una poética- que cimenta en el lenguaje su exclusiva razón de ser.

Es cierto que, al margen de los condicionamientos socioculturales de cada país, no sería discreto dejar de reiterar el estímulo indirecto que supuso para la cultura literaria de Latinoamérica la triunfante revolución cubana. Como es bien sabido, en La Habana arraiga entonces una creciente atención por la literatura que estaba produciéndose en Latinoamérica. Los exponentes de lo que pronto se llamaría el boom se adhieren en aquellos primeros años 60 a los supuestos revolucionarios cubanos. La historia -y la vida- eran muy distintos entonces a lo que serían poco después. Los más o menos prolongados marasmos y trances difíciles que afectaban a un buen número de países de Latinoamérica (y por supuesto a España) acusan de pronto una agitación que conecta, a través del campo ideológico, con el literario. Desde un principio, La Habana se encarga de catapultar, con no improvisada astucia, la imagen global de unos hechos culturales hasta hacía poco diseminados, desdibujados por su propio aislamiento o sus precarias posibilidades de expansión.

En todo caso, lo que de veras promovió una creciente atracción universal fue el poderoso rango expresivo de unas pocas novelas que, aparte del natural “exotismo” temático, respondían en muy estimable medida a “una nueva fundación del lenguaje.” Frente a la obediencia a normas ya fosilizadas, ese lenguaje proponía el desacato, la afortunada reinvención de una lengua literaria instintivamente forjada en la memoria de tantos mestizajes históricos. Como bien se sabe, el eje editorial de Barcelona (con Carlos Barral a la cabeza y ramificaciones en México y Buenos Aires) hizo todo lo demás: canalizó en parte la nueva novela latinoamericana y auspició la recuperación de escritores de anteriores generaciones. En principio se trataba de cuatro o cinco narradores amigos, más o menos residentes a la sazón en Barcelona. La tiranía didáctica de los manuales canonizó sin más el retrato de los componentes del boom: García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, a veces Edward, a veces Donoso, una especie de númerus clausus que desplazaba tácitamente a otros colegas de notable personalidad, aunque a la larga también acabarían favorecidos por la onda expansiva del boom.


En un angosto margen de tiempo -de 1962 a 1967- se publican La ciudad y los perros, La muerte de Artemio Cruz, Rayuela, Cien años de soledad, El peso de la noche, El lugar sin límites. Las afinidades poéticas de sus autores era tan relativa como copiosa su unánime conciencia de renovación en libertad de un lenguaje literario malgastado. Y algo ciertamente ejemplar: esa media docena de narradores convierten en universal el español que usan los mexicanos, los limeños, los bonaerenses, los bogotanos, los santiaguinos; trasmutan en lengua literaria el habla local, a la vez que habilitan nuevas técnicas novelísticas y nuevas propuestas innovadoras. Una restauración a la que habría que ir sumando enseguida a Sergio Pitol, Cabrera Infante, Julio Ramón Rybeiro, Gómez Valderrama, Elizondo, Manuel Puig, Fernando del Paso, Bryce Echenique, etc. Es el ciclo aún inacabado del post-boom, surgido en cualesquiera de las áreas del español ultramarino. Ahí están ya, por ejemplo, sobradamente refrendados los Fernando Vallejo, Roberto Bolaño, Sergio Ramírez, Juan Villoro, Jorge Volpi, Leonardo Padura, Santiago Roncagliolo, etc. Y así hasta llegar a los más recientes propósitos generacionales de revisión estética del boom, una nueva búsqueda de empresas literarias más complejas, más libres, como pedía aquel manifiesto del crack que puso en circulación Jorge Volpi, o demandaba aquel otro movimiento infrarrealista en el que Roberto Bolaño hereda de Roberto Matta la idea de “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial”, una medida ciertamente saludable. Y por ahí andamos, a ver qué pasa.


Tomado de El País.