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viernes, 17 de abril de 2026

EL GRAN ESCRITOR VENEZOLANO ENRIQUE BERNARDO NÚÑEZ CON BETANCOURT EN EL PALACIO DE MIRAFLORES




Reunión en el Palacio de Miraflores. Rómulo Betancourt y Enrique Bernardo Núñez, circa 1960: Autor desconocido. Foto coloreada ©Archivo Fotografía Urbana




EL GRAN ENRIQUE BERNARDO NÚÑEZ EN EL PALACIO DE MIRAFLORES


Milagros Socorro


Fecha de publicación: octubre 4, 2015




El 30 de septiembre de 1940, Rómulo Betancourt le envió una carta a Enrique Bernardo Núñez, desde Santiago de Chile, donde se había instalado con su familia después de haber sido apresado por la policía política. Allí le dice que quiere reanudar a distancia el diálogo epistolar que habían iniciado cuando Betancourt estaba todavía en la clandestinidad. “Sigo atentamente lo que escribes”, le dice el exiliado al gran escritor a quien va a admirar por décadas. “Y veo que casi siempre coincides con el Partido, ojalá que estés cada día más cerca de él, más al lado nuestro”.


El propósito de la misiva era, pues, conquistar al autor de “Cubagua” para que se uniera al Partido Democrático Nacional (PDN), fundado por Betancourt, que, al funcionar entre 1937 y 1941) es uno de los antecedentes de Acción Democrática.


“El trabajo por equipo alrededor de un programa concreto y de una disciplina colectiva conscientemente aceptada, aumenta la capacidad creadora del escritor  y le da una proyección más seria a su obra. Pareciera ser más cómoda y más ‘libre’ la postura del francotirador. Pero no es así. Las fuerzas que combatimos están coaligadas, vertebradas por lazos que aún en países como el nuestro, sin aparente estructuración política, de los reaccionarios, son muy sólidos. El instinto de defensa de las comodidades y privilegios hace el papel del cemento. Los aglutina. Nosotros no podremos derrotarlos sino oponiendo a su bloque antivenezolano otro de base nacional y seriamente organizado. No otra cosa es el Partido, con todo y sus grandes deficiencias, nacidas de las condiciones mismas en que se ha forjado. Estoy seguro de que cuando llegues a sus filas, en ellas te encontrarás bien y sentirás cómo tu admirable labor de columnista, así como también la otra tan valiosa de escritor y artista, se enriquecerán de matices nuevos. Para mí personalmente, que tanto he llegado a estimarte como intelectual y como ciudadano, será un momento de honda satisfacción aquel en que te sepa ya actuando en la fervorosas filas pedenistas”.


Pero Enrique Bernardo Núñez nunca se integró a esas filas ni a ningunas otras de carácter partidista. Está escarmentado de haber servido al gomecismo y, una vez muerto Gómez, no quiso oír hablar de alineamientos con poderes o con aspirantes a serlo.


En su libro Hombres y villanos, publicado en 1975, Rómulo Betancourt consigna que esa carta “no obtuvo respuesta”. Agrega que ya de regreso a Venezuela, en 1941, habló personalmente con Enrique Bernardo Núñez, quien le dijo que el grupo político le merecía confianza, pero “su individualismo incurable —según expresión textual— lo inhabilitaba para someterse a una disciplina de partido”.


—Y como francotirador murió—, acota Betancourt en 1975, citando la expresión que él mismo había empleado en la carta de 1940, en un día de 1964, pero dejándole al país el ejemplo limpio de una inteligencia y de una pluma que siempre estuvieron al servicio de Venezuela, de la libertad, de la justicia. De la democracia.


Un día en Miraflores

Esta fotografía, propiedad de la Fundación Fotografía Urbana, fue tomada alrededor del año 1960, por autor desconocido. Capta una reunión en el Palacio de Miraflores. El centro de la imagen lo ocupa el abrazo que reúne a Rómulo Betancourt, entonces Presidente de la República (1959-1964) y a Enrique Bernardo Núñez (Caracas, 1895 – 1964), quien se había iniciado en la escritura desde su juventud y no había parado ni un día de su vida, que dedicó a cincelar una prodigiosa pronunciación.


Enrique Bernardo Núñez se hizo a sí mismo, —dice Betancourt en el perfil de su amigo, incluido en “Hombres y villanos”— en ese duro esfuerzo del autodidacta, nacido y criado en casa pobre. Y qué pobre se era en la Venezuela estancada, aletargada, muerta en vida, pudriéndose en vida, en los días de Cipriano Castro y de Juan Vicente Gómez.

Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro


Y, ciertamente, EBN, como, por cierto, solía firmar sus notas periodísticas, había sido pobre, pero no propiamente autodidacta. En Valencia, donde creció, hizo la primaria y el bachillerato, y luego marchó a Caracas en cuya Universidad Central se matriculó para estudiar Medicina y asistir como oyente a las clases de Derecho.


En 1918, Núñez recibe una mención en los Juegos Florales con el título “Bolívar Orador”, y publica su primera novela: Sol interior. Dos años más tarde aparece, Después de Ayacucho. Para entonces ya es periodista, una labor que nunca va a abandonar y que incrusta su portentosa voz en las más importantes publicaciones de Venezuela: El Imparcial, El Universal, El Heraldo, El Nuevo Diario, las revistas Élite y Billiken, Heraldo de Margarita —del que fue fundador y director—, y El Nacional, entre otras.


Como era bastante habitual en la época, cuando los escritores eran miembros asiduos del servicio diplomático, desempeñó cargos en las legaciones Colombia, Cuba (fue en La Habana donde empezó a escribir Cubagua, en 1929), Panamá (donde terminó la novela, en 1930, y empezó a trabajar  en La galera de Tiberio, una crónica sobre el Canal, que finalizó ya de regreso a Venezuela, en 1932. Seis años después, muerto ya Gómez, partió a Baltimore como cónsul de Venezuela.


En 1945, Núñez fue nombrado cronista de Caracas, tarea que ejerció en dos oportunidades, la segunda entre 1953 y 1964. De manera que, en el momento del que somos testigos, el jefe del Estado está zarandeando afectuosamente al cronista de la ciudad. Tienen mucho en común. Ambos han credido en lugar distinto a Caracas; leen y escriben con pasión; dejaron los estudios universitarios antes de llegar a graduarse; se iniciaron en la escritura con cuentos cortos; cultivan una apasionada afición por la Historia; y son perfeccionistas y obsesivos, Núñez hasta el punto de corregir una novela, ya publicada, durante 36 años. Es fama que nada más salida de la imprenta la novela La galera de Tiberio, la arrojó al río Hudson, en Nueva York (por suerte, se salvaron algunos ejemplares que permitieron su posterior reedición en Cuba).


Núñez era un obsesivo”, dice Alejandro Bruzual, quien hizo una edición crítica-genética de Cubagua, que incluye un segundo final. “Era un tipo descontento con lo que hacía. Corregía y corregía. Llegaba hasta la autodestrucción. Todas sus obras sufrieron eso”.


Escritor y jardinero

La bibliografía de Enrique Bernardo Núñez consta de una decena de títulos (entre novelas, ensayos y compilaciones de artículos periodísticos); y fue cuentista, ensayista, novelista, cronista e historiador, faceta ésta por la que ingresó a la Academia Nacional de la Historia, en 1948. En su discurso de incorporación comenzó hablando de notables historiadores para luego precisar: “Yo, en cambio, vengo de las legiones de la prensa. Mis trabajos de historia tienen más bien carácter periodístico, informativos para los de mi generación. Sería, pues, del caso, hablar aquí del papel que ha desempeñado esta maestra de los pueblos. La prensa, si no abandona su misión, si no la mixtifica, es el más eficaz instrumento en la creación de un país.  Por lo mismo, la mejor forjadora de historia. Típicos ejemplos pueden hallarse en el Correo del Orinoco y la Gaceta de Caracas, dirigida por José Domingo Díaz. El primero hace historia, la segunda se propone detenerla o desconocerla. Pero el tema de este discurso es la historia de Venezuela, o mejor dicho, será un reportaje en torno de esa historia”.


He aquí otro punto que comparten los dos que con afecto visible se palmean. Ambos vienen de las legiones de la prensa y encontraron en ella una manera de comunicar sus percepciones de la historia a su generación.


Se echa de ver que su intercambio es muy jovial. Parecen compartir vivencias gratas al recuerdo y, quién quita, ciertos destellos de picardía. Luis Cubillán Fonseca ha contado que, cuando Betancourt era presidente, vio pasar por la Plaza Bolívar de Caracas a Enrique Bernardo Núñez, quien estaba vigilando que sembraran unas matas de rosa. “Rómulo le mandó un policía para que impidiera la siembra. Cuando Enrique Bernardo estaba más caliente, discutiendo con el policía, se bajó Rómulo del carro y se acercó:  “¡Rómulo! ¿qué te parece?, este policía no me deja sembrar las matas, y dice que fue orden tuya. Y Rómulo le soltó la carcajada”.


“Combatir tercamente el derrotismo…”

Se habían conocido en 1936, “inicio del nuevo tiempo venezolano”, apunta Betancourt, quien sería, sin embargo, expulsado del país en 1937. Pero, igual que otros 36 dirigentes de partidos fundados tras la muerte de Gómez, decidió quedarse clandestinamente en el país porque consideró que aquel era el tiempo “de echar las bases de una organización democrática popular”. Tres años estaría haciendo “vida de topo”. En esos 36 meses mantuvo un activo contacto por escrito con Enrique Bernardo Núñez, intercambio que Betancourt alude en la carta que le envió desde Santiago de Chile, en 1941, donde expresa su voluntad de “reanudar, a distancia, el diálogo epistolar” iniciado cuando el de Guatire estaba enconchado.


Aquella extensa comunicación se pierde por galerías de reflexión política, pero vuelve constantemente al ánimo que la inspiró. Betancourt quiere una fotografía con Enrique Bernardo Núñez que demuestre el apoyo de éste a sus afanes partidistas.


Tienta —le dice Betancourt a EBN en la carta de Chile— la empresa de forjar una gran nación donde sólo existe ahora un vasto y rico espacio geográfico, poblado por escasos cuatro millones de habitantes a los que necesitamos despertarle el apetito de hacer historia. Nuestro pueblo guarda en el subconsciente, como una formidable fuerza latente, el recuerdo de aquellos días en que fuimos vanguardia de América y lo que se requiere es la acción de encendida de fe de un equipo de hombres entregados a la gran cruzada, para que el venezolano de hoy vuelva a ser el mismo de los mejores días. Creo que una manera de ir logrando ese renacer de la confianza nacional en las posibilidades creadoras de Venezuela consiste en combatir tercamente el derrotismo, la falta de entusiasmo la abulia, el “pata-de-palismo”. Tú en tu sección puedes y debes hacer mucho en ese sentido. Lo que escribes se lee y se medita. Tienes ya ámbito para tu palabra en todo el país.


Espero estar muy pronto de regreso. Entonces podremos hablar largamente sobre estas y sobre tantas otras cuestiones. mientras tanto te va desde aquí un abrazo afectuoso y una palabra de fraternal estímulo.


Firma: Roca.


La espina del pasado gomero

Como ya quedó dicho, ni siquiera esta inflamada prosa alcanzó a entusiasmar a EBN para apuntarse a los proyectos de Betancourt, quien poco después de franqueado el sobre desde la capital chilena, fundaría Acción Democrática, el 13 de septiembre de 1941. Es así como en el acto inaugural del partido, en la Plaza Nuevo Circo de Caracas, estaban Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Luis Augusto Dubuc, Tomas Pino, Juan Oropeza Riera, Gonzalo Barrios, Leonardo Ruiz Pineda, Jesús Ángel Paz Galarraga, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Carlos “Chicho” Herrera, entre otros, pero no estaba el autor de La galera de Tiberio.


Betancourt no se molestaba. Sabía cuál era la razón profunda de esta terca inhibición. “Ese paso suyo por el elenco gomero, en cargos subalternos y de ínfimas pagas le dejó una huella imborrable de desagrado con él mismo.” Consignó Betancourt en el libro citado. “Alguna vez, conversando en la plaza de La Misericordia, entonces umbroso rincón caraqueño, me volcó la confidencia ingenua. ‘Toda mi vida purgaré, en desdén de mí mismo, no haber compartido con ustedes, los del 28, un par de grillos, en el castillo de Puerto Cabello’. Le dije, con sinceridad al afirmarlo, que la nuestra había sido una acción de grupo, un proceder de muchos, actuando bajo el acicate de condiciones nuevas creadas en el país. Estoy seguro de no haberlo convencido. Siempre lo acompañó, compañera incómoda, la espina clavada de haberle cobrado estipendios, aún cuando fuera de escasos centenares de bolívares mensuales, a un despotismo cuya acción destructiva y corruptora del país apreciaba con toda lucidez”.


En su libro Rómulo Betancourt y el Partido del Pueblo (1937-1941), Arturo Sosa Abascal se refiere a esta amistad y las divergencias políticas que la puntuaron. “Con Enrique Bernardo Núñez, mayor que Betancourt y de una posición más centrista desde el punto de vista política, estableció un tono de conversación en el que se notaba al mismo tiempo, confianza y respeto. Tras demostrar el interés por lo que hacía, le reconocía su labor como escritor y la importancia de su posición para combatir al derrotismo y “pata-de-palismo” extendido entre los venezolanos de todos los sectores”.


Pérez, antes del regaño del médico

En la esquina izquierda de la fotografía vemos, de perfil, al músico José Antonio Calcaño, quien igual que Enrique Bernardo Núñez alterna su trabajo creativo con el de diplomático y  por esos días es su compañero en las páginas de El Nacional, donde ambos son colaboradores. Calcaño, entonces de 60 años y con una destacada carrera como compositor, arreglista e intérprete, es crítico musical de El Nacional en la época que capta la imagen.


Entre Calcaño y Betancourt, hacia el fondo, está Carlos Andrés Pérez, entonces ministro de Interior y Justicia. Pérez había regresado a Venezuela en 1958, tras su exilio en Costa Rica, país al que marchó luego de salir de la cárcel Modelo, —donde lo había tenido el régimen de Pérez Jiménez por más de un año. Nada más llegar fue nombrado Secretario General de Acción Democrática en el Táchira. Y a los pocos meses de iniciado el gobierno de Betancourt fue designado Ministro del Interior para enfrentar las insurrecciones militares de Carúpano y Puerto Cabello, y las constantes acciones subversivas de inspiración castrista, que no dieron tregua a la naciente democracia venezolana consagrada en las urnas de votación.

Pérez Jiménez


Para este momento, alrededor de 1960, Pérez luce más grueso de lo que estaría en décadas posteriores, cuando fue candidato a la Presidencia y mandatario nacional. Y está fumando, cosa que también dejaría de hacer. “Dejó el cigarrillo cuando era ministro”, dice su hija Sonia Pérez, “y no por un asunto de cálculo para mejorar su imagen de cara a la campaña. Mi papá fumó desde muy joven y muchísimo… hasta que un día, cuando juzgó que el malestar que venía experimentando se había prolongado demasiado, fue al médico. Tenía el principio de un enfisema pulmonar. El médico le advirtió que si no cambiaba de hábitos inmediatamente, su condición se agravaría. Ese mismo día dejó de fumar, comenzó un programa de ejercicios para recuperar la capacidad pulmonar y cambió su forma de alimentarse”.


Sonia Pérez recuerda que en la habitación de sus padres se instaló una polea del techo. En la soga que pendía del artilugio debía colgarse el entonces Ministro del Interior para ejercitar los músculos del pecho y aliviar los maltratados pulmones. “Hasta ese día llegó la costumbre de poner, en la mesa de noche de mi  papá, un platico con dulce de leche. Como solía llegar a las diez de la noche, le guardaban ese postre, su favorito, para que lo comiera antes de dormir. Nunca más volvió a probarlo”.

Carlos Andrés PérezImagen tomada de aqui


Antonio Ledezma, quien contesta la consulta periodística desde el presidio político que cumple en su casa, dice que nunca vio a Carlos Andrés Pérez fumando. “Era un hombre de un gran autocontrol. De hecho, también se dispuso a dejar el café, que le encantaba. Y no lo dejó del todo porque decía que no podía hacer un desprecio a la gente humilde en cuya casa le ofrecían una tacita, pero se limitaba a saborearlo. En el despacho tomaba manzanilla, naturalmente sin azúcar. Sólo se reservó un hábito que no guardaba relación con la sobria alimentación que observaba: el whisky, que gustaba tomar con una sola piedra de hielo y mucho agua”.

Reunión en el Palacio de Miraflores. Rómulo Betancourt y Enrique Bernardo Núñez, circa 1960: Autor desconocido ©Archivo Fotografía Urbana



Angustia por lo venezolano

Enrique Bernardo Núñez va a morir de cáncer el 1 de octubre de 1964. Ese hombre que sonríe con gesto de conejo y mira a los ojos al amigo que lo abraza, al tiempo que lo sujeta con fuerza por las espalda, no tiene más de cuatro años de vida por delante. Los suficientes, no obstante, para escribir tres grandes libros Codazzi o la pasión geográfica (1961), Figura y estampas de la antigua Caracas (1962) y La estatua de El Venezolano: Guzmán o el destino frustrado (1963).


—Tenía premonición de su próxima muerte –escribe Betancourt en una columna periodística de noviembre de 1964—. Me lo encontré una noche en la Plaza Bolívar. Iba yo de Miraflores a mi casa y sentí deseos de estirar las piernas y de ver las estrellas en un lugar tan vinculado a mis recuerdos de caraqueño asimilado. Hablamos con la misma mutua estimación de siempre. Le propuse que se fuera Washington, con un contrato de trabajo del gobierno, a seguir escudriñando en los documentos accesible a la Cancillería de EE.UU. La respuesta me la envió con Marcos Falcón Briceño. “Dígale al Presidente que no puedo aceptar su ofrecimiento. Ya yo me voy. Estoy recogiendo mis papeles”.


En 1975, Betancourt volvería a recordarlo: “Fueron siempre cordiales y amistosas mis relaciones con Enrique Bernardo Núñez. Era hombre introvertido, poco o nada expansivo y persona de escasos amigos. Trabajaba con tenacidad de hormiga. Entre papeles y sueños discurrió su vida. Hay una constante en su obra: la angustia por lo venezolano”.


Betancourt terminó su periodo de gobierno el 13 de marzo de 1964. Murió en Nueva York casi dos décadas después, el 28 de septiembre de 1981.



https://elarchivo.org/el-gran-enrique-bernardo-nunez-en-el-palacio-de-miraflores/




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Fotografía coloreada de Vasco Szinetar






Periodista y escritora venezolana nacida en Maracaibo en 1960. Trabaja como periodista independiente en diversos medios impresos, como la revista Exceso, el diario El Nacional y la revista Bigott. Ha publicado Una atmósfera de viaje (cuentos, 1989), Catia, tres voces (testimonio, 1994), Alfonso "Chico" Carrasquel. Con la V en el pecho (testimonio, 1994) y Actos de salvajismo (cuentos, 1999) con el que obtuvo el premio de narrativa de la Bienal José Antonio Ramos Sucre (Cumaná), en 1997. Sus textos se pueden leer en La BitBlioteca.
Ganadora del premio Nacional de Periodismo en el año 1999 y del premio La Haya el Premio Oxfam Novib/PEN por su interminable labor a favor de la libertad de expresión.

Fotografía original de Vasco Szinetar
 Tomada de Prodavinci

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domingo, 21 de septiembre de 2025

“LEO”, EL EXILIO Y MI PADRE

 




Crónicas del Olvido


LEO”, EL EXILIO Y MI PADRE

**Alberto Hernández**

**a mi hermano Hernán y a mi primo Carlos Hernández**

1.-
Mi padre murió el 26 de octubre de 1968 en Guacara. Unos meses antes, en Valle de la Pascua, mi primo Carlos Hernández, para aquellos días teniente de la Efofac, le había regalado el libro “Leo Más allá de la anécdota”, escrito por Eduardo Montes y publicado por Ediciones Casa de la Cultura de Los Teques, estado Miranda, ese mismo año de 1968.

Recuerdo que mi padre, Baltazar Hernández Loreto, se empeñó en que yo lo leyera. Siempre, mucho antes de saber de Leoncio Martínez a través de esas páginas, él hablaba del poeta y humorista como si lo conociera. Me decía de sus dibujos en “Fantoches”, de sus textos humorísticos, pero sobre todo de su poesía. 




También me decía de su rencor contra Rafael Caldera, quien se sintió ofendido por “Leo” y le dio una paliza al también periodista y escritor venezolano, agresión que lo llevó a la muerte, porque el autor de “Balada del preso insomne” nunca se pudo recuperar de los golpes recibidos por las hordas universitarias del FEI.


2.-
Es un librito de 45 páginas, un opúsculo, una joyita que conservo no sólo por Leoncio Martínez, a quien siempre he admirado, sino por el gesto que representó el que mi primo, un joven militar, le haya obsequiado esas páginas a mi padre. Y que él, mi padre, me lo haya acercado como parte de una herencia, pues está en mi poder, no porque yo quiera retenerlo sino porque ese libro es mi padre y él me lo confió. 
Eduardo Montes cuenta parte de la vida de Leoncio Martínez, un autor cuya inteligencia define el carácter seriamente festivo y analítico del intelectual venezolano que pasó por la angustia de una terrible dictadura como la de Juan Vicente Gómez. Y quien no tenía temor de burlarse del poder, cuestión que le costó persecución y cárcel.

Por esa razón mi viejo, que no murió viejo, lo tenía tan cerca. Igual solía hablar de Francisco Pimentel, “Job Pim”, una suerte de “partner” de “Leo”. Un par de jodedores, cultos jodedores de una Venezuela terrible, muy parecida a la que nos circula por las venas hoy.

Mi hermano mayor, Hernán Hernández Marrero, lo conservó un tiempo. Solía declamar los versos de Leo, suerte que tuvo de estar cerca de esa poesía conversada que aprendió a declamar con los sonidos del violín del poeta Ángel Eduardo Acevedo en sus tiempos de estudiante en Valle de la Pascua, antes de marcharse a San Juan de los Morros.

Pero el libro me quedó a mí. Y desde ese mismo año lo he cargado en el morral, que es mi casa. Se me pierde, lo encuentro, lo extravío entre tantos libros y vuelve a aparecer, como hoy cuando les cuento esta historia que siempre me conmueve, porque así como “Leo” vivió el exilio a mí me tocó un poquito de eso a comienzo de los años 70, pero sin el dolor que sufrieron las generaciones anteriores en los tiempos de Gómez y Pérez Jiménez y el que viven muchos de nuestros compatriotas por la desgracia que le ha tocado sufrir a nuestro país desde 1999.


Tanto mi padre como Hernán solían leer en voz alta el poema “Balada del preso insomne”. Esa lectura me ha marcado siempre. Está en mis oídos. Está en este día a día que nos rasga en estos tiempos aciagos.

3.- 
Para los lectores: Eduardo Montes no existió, era el seudónimo de alguien cuyo nombre no se ha sabido. Los trabajos que aparecen en el libro fueron tomados del diario El Nacional, según escribió en el preámbulo Benjamín Arocha, quien añadió:
Que nos excuse el autor del documentado ensayo, a quien nos fue imposible localizar para pedir la debida autorización.
A Manuel Martínez y a Luis Peraza, fieles amigos y discípulos del humorista, le debemos el entusiasmo para que esta edición se lograra. Así como también nuestro reconocimiento a Iginio Yépez y a Gabriel Bracho Montiel”.

Seguidamente, una carta de Peraza a Arocha en la que agradece la publicación, y entre otras cosas: “Tu proyecto de llevar el folleto “Leo más allá de la anécdota”, escrito por Eduardo Montes para el gran diario “El Nacional”, es un acto de justicia venezolanista con ambición antialdeana”.
Una nota en la que Peraza cuenta episodios en los que Leo tiene presencia. Al final de la esquela, este trazo: “Como juego juvenil Manuel en Caracas y yo en Acarigua, empezábamos a reírnos de los caudillos tradicionales. Nosotros somos núcleos”.

El ensayo de Montes recoge la biografía de Leo. Pero el libro también contiene los poemas “Balada del preso insomne”, “El tren” y “Barataria”.

«Cromointerferencia de color aditivo», la obra de Cruz-Diez del aeropuerto de Maiquetía.1978.





Un día, cuando toda esta locura pase, será necesario reeditarlo.  

Aún oigo la voz de mi padre bajo el inmenso tamarindo de mi casa del Llano:

“¡Ah, quién sabe si para entonces,
ya cerca del año 2000
esté alumbrando libertades
el claro sol de mi país!”.

Queda a los lectores buscar este poema y leerlo completo con la fecha actual, con el mismo ánimo con que lo leía mi viejo antes, un poco antes de morir.


10 de octubre de 2017







Balada del preso insomne - Leoncio Martinez

567 Visualizaciones desde el 31 ene de 2020 hasta la fecha de publicacion de esta entrada.

https://m.youtube.com/watch?v=YqRZ6ZdeOuE&pp=ygUYYmFsYWRhIGRlbCBwcmVzbyBpbnNvbW5l






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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Galina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 

Enlaces relacionados:



LA BALADA DEL PRESO INSOMNE



“Balada del preso insomne”, por Leoncio Martínez




El quincuagésimo cuarto aniversario de la revista Poesía y sus homenajes



Violeta Rojo: Todavía no hemos visto desaparecer El miedo, pero Venezuela volverá a ser Altamira.




Mario Briceño Iragorry: 2024 Y LA USURPACIÓN DEL VOTO POPULAR




El poeta Armando Rojas Guardia a Yoyiana Ahumada Licea: La poesía en Venezuela tiene el empeño y la tarea contracultural de oponerse a la barbarie.




JUAN CARLOS MÉNDEZ GUÉDEZ a Rafael Arráiz Lucca: Creo que los militares venezolanos deberían tener mayor participación política de que la que tienen.




La Cuba sin mascarilla



Jaime Ballestas, “El hombre más malo del mundo” a José Pulido: Venezuela fue devorada por hienas



Boves, Castro y Chávez: LOS ANTIHÉROES por Pedro Berroeta



¡Dios santo, cómo aprendí lavando pocetas, Nicolás!



Kafka, la calle y la policía



MANIFIESTO DE AMANTES DE LA CIENCIA FICCIÓN EN VENEZUELA CON MOTIVO DE LOS RECIENTES HECHOS OCURRIDOS EN EL PAÍS DESDE EL MES DE ABRIL DE 2017



Yuri Valecillo y la cacería de brujas en la escenografía de las ciudades



El Plan revolucionario de lectura en Venezuela fue un gran fracaso avalado por muchos escritores

ESCRITORES CON PIEL DE LECTORES/ Richard Montenegro



La Gran Fiesta de los Libros. Por Luis Britto García



CRÓNICAS INVERTIDAS SOBRE PARAÍSOS ARTIFICIALES.

UNA RESEÑA DEL LIBRO "FANTASMAS" DE LUIS LAYA.

Por José Carlos De Nóbrega



William Osuna, poeta venezolano: Ofrecemos un reto: imponerle la paz con canto y poesía en nuestro idioma y en otras lenguas a un sector de la derecha fascista venezolana.



Don Pedro Berroeta, escritor venezolano: "Aquí lo que ha faltado es gobernar con el ejemplo. Ha faltado austeridad".




sábado, 5 de julio de 2025

Eduardo Liendo: La guerrilla en Venezuela , fue un error gravísimo de la izquierda

 

Imagen tomada de Somos tu voz. Fotografía hecha por Abraham Tovar.





Estimados Liponautas

El pasado 3 de julio, falleció Eduardo Liendo, uno de los escritores más relevantes del país. 

Eduardo Liendo. Imagen tomada de aquí.


Por esta razón hoy le hacemos llegar esta entrevista del año 2021.





Eduardo Liendo y Salvador Garmendia, ahora para ellos brilla la luz perpetua. Fotografía de Yuri Valecillo



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Eduardo Liendo: Uno sabe que ya no es el mismo

Por Papel Literario

enero 12, 2021


Por ISAAC GONZÁLEZ MENDOZA

La plaza Los Palos Grandes ha cambiado. Dos realidades de Caracas chocan en medio de los asientos, el café, la biblioteca y la fuente. De vez en cuando se escuchan los alegres gritos de los niños que juegan patineta o a la pelota, mientras sus padres los observan con mirada protectora. Por otro lado está la cola de personas que esperan comprar algo en el Excelsior Gama de enfrente y los indigentes que han invadido la plaza, a pesar de la guerra que le han montado los cuidadores de espacios públicos que designa la Alcaldía. Metido en ese contraste está Eduardo Liendo  (CaracasVenezuela, 12 de enero de 1941-CaracasVenezuela, 3 de julio de 2025), quien, como él mismo dice, tampoco es el mismo de antes.


Plaza Los Palos grandes. Imagen tomada de aquí.



Desde hace dos años he querido entrevistarlo, o más bien, hablar personalmente con el autor que está presente en las vidas de los venezolanos desde que leen en el liceo su primera novela, El mago de la cara de vidrio, que se convirtió en una especie de “tarjeta de identidad” para él como escritor. Por eso he ido a algunos de los encuentros literarios que ha ofrecido, en los que, en efecto, vi a un Eduardo Liendo distinto al actual, pero que mantiene el humor que caracteriza su obra. El párkinson, enfermedad que padece en un país sumido en una escasez de medicinas que supera el 80%, no le ha impedido la escritura: acaba de terminar su última novela, Memorias íntimas de Prudencio Perdido.



Me conseguí con él en el Wendy's (La franquicia abandonó el país, en el año 2021) de la zona. En principio no lo reconocí porque tiene la cara poblada de una blanca barba. Me acerqué un poco y vi que estaba leyendo un libro de su autoría, En torno al oficio del escritor. Vestía una camisa gris en la que encima tenía un chaleco azul oscuro. A su lado estaba su bastón. “¿Eduardo... Liendo?”, le pregunté. “Sí”. Le comenté que no estaba seguro de hablarle porque se veía diferente con la barba. “Las afeitadoras están escasas”, dijo. Emprendimos el camino a la plaza, que está a pocos metros del Wendy's. Con una tranquilidad envidiable, el maestro Liendo caminó enfrentando las limitaciones que tiene. “Yo no entiendo esta enfermedad del coño”. Llegamos, subimos unas escaleras y nos sentamos a hablar en unos bancos.

Wendyś de Los Palos grandes. Ya no existe. La franquicia abandonó el país.



Aunque considera que no es el escritor que soñó, a Liendo le sobran los lectores y los admiradores. Son incontables las reediciones de El mago de la cara de vidrio y en las universidades su obra suele ser puesta como ejemplo para el oficio de narrador, incluso es muy recomendada en las escuelas de periodismo. De hecho, Eritza Liendo, escritora y profesora de la Universidad Central de Venezuela, afirma que quien quiera dedicarse a la narración debe, obligatoriamente, leer los textos de Eduardo Liendo; y Gisela Kozak, también escritora y profesora, destaca de su trabajo un humor muy bien logrado.



Eritza Liendo habla de Eduardo Liendo 1/7
327 Visualizaciones desde el 29 abr de2015 hasta la fecha de publicación de la entrada.



¿Por qué la narración y no la dramaturgia o la poesía?

—Caramba, tú me haces preguntas que son como para varios tomos. Soy narrador, digamos, un poco nato, en el sentido de que siempre lo que yo he contado lo hago con ese recurso. Ocasionalmente he escrito algo ensayístico y he pecado también de poeta. Pero mi vocación y mi trabajo fundamental ha sido el de narrador, novelista y cuentista.




Gisela Kozak habla de Eduardo Liendo 1/5
277 Visualizaciones desde el 30 abr de 2015 hasta la fecha de publicación de la entrada.


Pero nunca ha publicado poesía.

—No he publicado poesía, no así, no con publicaciones importantes. Aunque, por ejemplo, en Contigo en la distancia aparece un poema de Visitante que nunca llegó, un libro que nunca he publicado.




¿Qué le ha dejado la literatura?

—Un registro de vida. Una de las razones por la cual un escritor escribe, sobre todo un novelista, es para dejar un testimonio de la existencia: de lo que ha visto, lo que ha padecido, lo que ha experimentado y lo que ha disfrutado. Bueno la vida pues, de lo que ha amado.




En El round del olvido están reflejadas algunas de sus vivencias: la época de la guerrilla y el interés por la literatura.

—Sí pero no como autoficción, sino que hay elementos, vivencias del individuo, de las cuales se nutre el novelista. Es una cosa como parasitaria. Uno vive y también experimenta a través de terceros, y aunque no sea en un sentido autobiográfico, siempre están allí esas vivencias. El tiempo del escritor y las circunstancias del escritor siempre están ahí reflejados de alguna manera, aunque sea indirecta. En el teatro del absurdo, por ejemplo, digamos en Esperando a Godot, por citar un caso, hay elementos que son muy reales, muy evidentes de la vida, aunque sea teatro del absurdo.

Mario Vargas Llosa dice que el escritor, cuando está trabajando, hay un momento en el que se separa de la obra y se convierte en lector. ¿Cómo asume esto dentro de su oficio?


—Existe un distanciamiento entre el escritor y la obra. Hay una distancia, evidentemente, entre la realidad y la ficción. Entre la ensoñación y lo que se logra. Lo que uno logra generalmente está por debajo de lo imaginado. En el escritor más audaz y mejor dotado siempre su imaginación lo va a desbordar.

¿En qué punto la ficción se acerca a la realidad?

—De pronto a través de la ficción se logran elementos esenciales de la realidad, incluso premonitorios. Algunas personas ven en mi novela Diario del enano un texto premonitorio de muchas cosas que ocurren en la Venezuela contemporánea. Es un texto del 95 y aparece ya la figura de un personaje totalitario. Recuerdo que cuando escribí esa novela me entrevistó un periodista de El Nacional que me dijo: “Eduardo, pero esto parece que lo estuvieras escribiendo desde la clandestinidad”.




¿Cuando la estaba escribiendo llegó a imaginar esta situación política en Venezuela?

—No quiero poner mi caso como alguien que tiene un privilegio especialísimo con relación con otros seres humanos. Pero sí una capacidad de observación. Por ejemplo, el año 95 es posterior a los dos golpes de Estado del 92. Ya había ocurrido el Caracazo y yo tenía la experiencia carcelaria y todo lo que había ocurrido en los años 60. Todo eso, de alguna manera, capta elementos de la realidad que pueden ser más permanentes.


Es más, los grandes registros de la ficción quedan como elementos históricos. Para uno aproximarse a la realidad del zarismo no hay como leer a Tolstoi, como leer Guerra y paz. Un personaje como Dostoyevski nos refleja también ese mundo. Para uno conocer la realidad del siglo XVI no hay como leer a Cervantes. El reflejo de esa época te lo da Don Quijote de la Mancha más que cualquier crónica.

¿Dentro de la novela el escritor sistematiza y organiza la realidad?

—Hay anécdotas allí en Diario del enano reales o que pertenecen a la realidad. Lo que pasa es que las utilizo exagerándolas. Hay un elemento en José Niebla, el tirano: llega un momento en que él dice que los habitantes de Tacalma deben, en época de invierno, andar casi desnudos, y cuando es verano deben ponerse un abrigo. Ahora esa exageración, que obvio es una desmesura, tiene un punto real para mí, una anécdota de Juan Vicente Gómez. Cuando la gente iba a Maracay no le podían decir que hacía calor porque se arrechaba. Estaba prohibido decir que hacía calor en Maracay.


¿Y qué papel juega la literatura en este caos?

—La literatura es un registro del tiempo, de las circunstancias, etc. Pero no es solución, nunca ha sido solución. Es un testimonio, aunque no sea testimonial. Ahora, si la literatura modificara radicalmente a la sociedad, ya tendríamos sociedades perfectas. Porque el arte, no solo literario sino en otros aspectos, ha denunciado, por ejemplo, las guerras.

Un Eugenio Montejo joven. Fotografía de Hector López Orihuela


Pero la literatura despierta a la gente.

—Yo no digo que sea inútil, sería absurdo pensar eso. Es más creo que la literatura es un recurso de crecimiento personal para los lectores. Es importante y por eso la persiguen todos los gobiernos autoritarios del mundo, o por lo menos, si no la persiguen, la bloquean. Por algo debe ser. Pero lo que no desearía yo es hacer un juicio mecánico.

Imagen tomada de Desde la Plaza.com



Las limitaciones que sufre uno, en lo personal, son dramáticas. Por ejemplo, yo ahorita me noto escasamente elocuente en relación con lo que fui. Yo tenía un verbo muy veloz, muy rápido. Incluso tenía fama de eso. Ahora no, ahora me aproximo a las cosas indirectamente. Ahí la literatura es un factor de enriquecimiento muy grande. La poesía para mí es fundamental. Hoy leo más poesía que en otra época, sobre todo la de un gran amigo, Eugenio Montejo, uno de los grandes poetas venezolanos. Yo caminaba con él por acá en el barrio, nos tomábamos un café. 

Imagen tomada de Desde la Plaza.com



Él también vivía en Los Palos Grandes, por eso la biblioteca tiene una sala allí que se llama Eugenio Montejo. Pero lo que te quiero decir es que su poesía ahora me sirve, además de como instrumento de bienestar, para la memorización. Hay poemas de Eugenio que me he aprendido, como “La poesía”.

(Eduardo Liendo se detiene unos segundos y recita).

La poesía cruza la tierra sola,

apoya su voz en el dolor del mundo

y nada pide

       —ni siquiera palabras.

Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;

tiene la llave de la puerta.

Al entrar siempre se detiene a mirarnos.

Después abre su mano y nos entrega

una flor o un guijarro, algo secreto,

pero tan intenso que el corazón palpita

demasiado veloz. Y despertamos



Eduardo Liendo recitando a Eugenio Montejo | 4Dromedarios


Ves cómo el poeta logró la síntesis. Ahí está la poesía, mejor explicada que en volúmenes. Es el poema. Así también es la narrativa, cuando es válida y poderosa.

¿Cómo ha cambiado su vida a raíz de la enfermedad que padece?

—Primero uno tiene que comprender que toda vida tiene un proceso de declinación, cuando tenemos el privilegio de llegar a viejos, un privilegio entre comillas. Yo me siento relativamente bien, escribo y leo mucho todavía. Eso me sostiene. Ahora en el sentido sobre el que hablamos noto las limitaciones, es decir no me engaño. Me preocupa más incluso que esta conversación tenga una parte audiovisual, porque allí se ve todo, las torpezas, las limitaciones físicas. Ahora esta enfermedad, el párkinson, es degenerativa, o sea que ha tenido una progresión. Como lo pudiste ver cuando veníamos hacia acá, tengo limitaciones de motricidad, pero todavía camino. Es más aquí en Los Palos Grandes los amigos me dicen “Arriba, Eduardo”, como diciéndome que no me deje vencer por esto.

Pero uno sabe que ya no es el mismo, además de lo conflictivo que es el país, donde todo te cuesta trabajo. Ir al automercado, al banco, las cosas más elementales, ir a un café, todo es un drama. Pagar la luz, pagar la Cantv... tú dices, bueno, eso se hace por Internet, aunque yo utilizo poco el Internet para esas cosas. Lo utilizo para la información y para relacionarme por correo electrónico. Y claro lo asumí como instrumento muy eficaz para la reescritura. Todavía hago borradores manuales, es decir no escribo en la pantalla directamente, prefiero hacer un borrador, en lo cual coincido con escritores notables por sus capacidades escriturales, como el propio Vargas Llosa. Uno piensa que él, un periodista insigne además de un narrador extraordinario, hace tiempo que no ve un bolígrafo. No, sus cosas están siempre primeramente boceteadas a mano y después en la pantalla.

En una entrevista usted dijo que le hubiera gustado ser un escritor más destacado en América Latina.

—No, no lo dije así, sino que no era el escritor que había soñado. Uno tiene una imagen de lo que piensa que va a proyectar, cuando es esencial para ti. Hay escritores que dicen que escriben para ellos mismos, cosa mentirosa de paso, porque si escribes para ti mismo deja la vaina en la gaveta. Cuando vas adonde un editor y dices que quieres publicar eso, ya buscas el cómplice, que es el lector. Hay escritores que, por los valores implícitos en su narración o sus ensayos, abarcan muchos lectores o logran muchos lectores. Otros son minoritarios, lo que no quiere decir que los que tienen una audiencia mayor sean mejores. Pero, en el caso mío, ya que me aludiste en ese sentido, yo, como todo joven, pensé en qué iba a ser de mi vida, sobre todo después de la derrota política de los años 60. Después de que estuve en una prisión largo tiempo, en el exilio, regreso y empiezo esta manera de no perder en los dos tableros, como acostumbro a decir. No se concretó la cosa del país que queremos, pero no vas a perder todo tú también en lo personal. Y empecé a escribir con mucho interés, mucho esfuerzo. Tuve la suerte de tener una buena recepción al comienzo con El mago de la cara de vidrio, que fue publicada en la colección El Dorado y comentada desde el principio. A partir de la segunda edición, que en verdad tardó un poco, la adoptaron los profesores y empezó a ser como una tarjeta de identidad mía como escritor, lo que no quiere decir que yo lo considere mi mejor libro, pero indudablemente le debo eso.

Hay mucha gente que lo lee.

—¡Claro, claro! Yo no dudo eso. Lo que pasa es que la insatisfacción humana es una vaina muy seria, y cada quien se mide no por el rasero que te ven los otros sino con el tuyo mismo. El round del olvido, por ejemplo, creo que me ha dado muchas satisfacciones. Sé que es cierto lo que dices, que hay trabajos de profesores muy calificados e incluso de escritores que han trabajado ese libro. Pero yo digo: el libro no ha dado el salto al exterior. Uno se pregunta por qué. Porque uno ve autores de una obra no precisamente gloriosa traducidos a 14 idiomas. ¿Cuándo me tocará a mí un poquito? Aunque es una cosa poco espléndida de uno decir que no es el que soñó, es una forma de autenticidad. Uno sabe por qué lo dice. Quizás la vida es como un acomodo.

Maestro…

—Fíjate yo ahora acepto que me digan maestro. Hace un tiempo no. No es que me guste. Bueno ya es tan generalizado, lo escriben, lo dicen. Antes me decían Eduardo. Uno de los primeros que me empezó a decir maestro fue José Balza. Pero después se ha hecho como una constante. También los años, todas esas cosas influyen. La vez que más me ha molestado que me digan maestro yo estaba muy joven, acababa de regresar del exilio. Estaba por La California Norte en una biblioteca y un muchacho como de 16 años me dijo: “¿Maestro, me regala un cigarrillo?”. Me provocó darle un pescozón.

¿Qué edad tenía en ese momento?

—Yo regresé a los 29, ahí mismo cumplí los 30. A los 31 salió El mago. Ahora, yo me creía viejo. No me gustaba ponerme blue jean porque era como disfrazarme de una generación. Yo había sido carne de cañón de cárcel muy joven y siempre estuve en cosas trascendentes. La parte divertida de la vida de esos años, que son los mosaicos de la Billo's, el bonche, eso yo lo pasé por alto. Después me empiezo a recuperar un poco y me doy cuenta de que no había vivido cosas fundamentales en aras de eso. La política es castradora en muchos aspectos. En otros no, en otros puede enriquecer. Pero es castradora, sobre todo cuando implica riesgos.

Hablando de derrotas, el año pasado hubo varias. Ahora hay una tensa tranquilidad.

—Bueno es una situación que es más, desde mi punto de vista, común de lo que aparenta. Porque los pueblos tienen sus ciclos. Después de épocas de vértigo, de protestas, de alzamientos, vienen épocas de receso, cansancio, fatiga.

Ahora, a nosotros nos está pasando una cosa que yo llamo, con mucho respeto por el boxeador, el “síndrome de Betulio”, un campeón mundial nuestro. Hay una pelea famosa de Betulio, creo que por el campeonato. En esa época se transmitía más por radio que por televisión. El locutor, que era muy conocido, decía emocionado: “¡Pega Betulio, pega Betulio, pega Betulio!”, y de repente “¡Se cayó!”... se cayó Betulio.

Creo que nosotros tenemos el “síndrome de Betulio” por lo que nos pasó: que empezó con eso de que el gobierno se tambalea, que se va, que los militares civilistas; y cuando lo teníamos flojo de piernas pensamos que en cualquier momento iba a entregar el poder. Eso estaba metido en las vísceras de la gente. El Movimiento 16 de Julio: salimos todos a firmar diciendo “Este hombre tiene que irse para el carajo ahorita”. Pero no se fue. Después era impedir que se estableciera la fulana constituyente. Todo el mundo decía “Vamos a darle porque esto no puede ser”. Y entonces “Pega Betulio”... y se cayó Betulio.


Pega Betulio...¡se cayó Betulio!, famosa sátira del comediante venezolano Honorio Torrealba


Después algunas personas decían “Me engañaron”. Empezaron a decir que los opositores estaban en contubernio con el régimen. Porque alguien tiene que pagar y lo están pagando los líderes de la oposición, que para mí, en su mayoría, son líderes honestos, guapeadores. Ser diputado en esta época no es mantequilla. No es fácil reunirte en un lugar donde te pueden tirar un botellazo, donde no tienes protección oficial, donde te escupen, te encierran. Eso, para mí, es meritorio. Hay que meterse en el pellejo de esa gente para darse cuenta.

¿Es optimista o pesimista sobre el país?

—Como dicen: un pesimista es un optimista bien informado. Claro, en lo que no caigo es en entusiasmos infantiles, porque ya yo viví la etapa del infantilismo de izquierda. Hay que ser consecuente con lo que uno piensa.

¿Y la guerrilla? ¿Fue un error?

—Fue un error gravísimo de la izquierda. Un error que uno no se lo debe atribuir a uno o dos dirigentes en particular. Era una atmósfera que existía. Una situación que estaba dada por el entusiasmo que provocó la caída de Pérez Jiménez, y después por el triunfo de los cubanos y la radicalización de Fidel hacia el socialismo y el marxismo. Todo eso influyó. Empezamos a enfrentar un gobierno democrático recién electo como el de Betancourt, con las diferencias que podíamos tener, pero que indudablemente había sido electo recientemente. Fue un error grave, políticamente erróneo.


Y en qué momento, luego de la derrota, Eduardo Liendo dice que se va a dedicar a la escritura.

—Me jugué esa carta. Yo lo que tenía era una vocación temprana que había sido interferida por la pasión política.

Hay un episodio en el que yo me encuentro, por decisión de ellos, con Eloy Torres, que era un dirigente político muy importante y querido por nosotros, y con Jesús Faría, que era el jefe del Partido Comunista de Venezuela y a quien conocí en Moscú. Me citaron a una reunión y me dijeron que querían que me fuera a Guayana a fundar partidos. Ya yo sabía que no era un activista político en ese sentido. Yo les dije: yo lo que quiero es escribir, no dije quiero ser escritor porque me parecía una fórmula pedante. Ellos respetaron eso, sobre todo el viejo Eloy (que no era ningún viejo), pues sabía quién era yo, por eso me había llamado. Sabía que yo era un buen lector, que escribía, conversaba y que había estudiado en la Unión Soviética.

Decidí que en mi vida, de ahí en adelante, todas las decisiones fundamentales las iba a tomar yo y no el partido. Eso es una decisión muy importante, fundamental en mi vida.

Con el apoyo de mi familia me puse a escribir. No era un apoyo a la escritura, porque nadie sabía, sino conmigo en el sentido del lugar donde yo podía bañarme y comer. Sobre todo mi hermana Zaida. Por eso El mago está dedicado a ella, que lo pasó a máquina.


Hay una frase que tiene Faulkner en unos de sus libros, creo que en Mientras agonizo, que dice: “Con este libro me salvo o me hundo”. Cuando yo escribí El mago tenía eso como consigna. Aunque es un libro que tiene mucho humor, yo sabía que la carta que me estaba jugando era que tuviera receptividad.





*Esta entrevista fue publicada originalmente en enero de 2018 en la revista digital 4Dromedarios






Eduardo Liendo | 4Dromedarios
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Eduardo Liendo (Versión Original) por César Cortez Rivas
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