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viernes, 23 de agosto de 2024

Sergio Ramírez: El fraude electoral de Venezuela es una película que ya he visto

 



Venezuela: esta película ya la he visto


La gran bufonada es aparentar creer que existe en el país un Estado de derecho, donde ha ocurrido una anomalía electoral que puede subsanarse por sus propios mecanismos


Sergio Ramírez


La infeliz definición de república bananera que tanto ha agobiado la historia de América Latina parte de dos elementos: el golpe de Estado, a veces incruento y a veces sangriento, pero siempre con matices bufos; y el fraude electoral, a veces sutil hasta volverlo creíble, y las más, tan burdo que es imposible ocultarlo.



El viejo Anastasio Somoza mandó en 1947 a secuestrar las urnas electorales que fueron encerradas en los sótanos del Palacio Nacional, hasta que sus jueces electorales publicaron los resultados que él mismo había elaborado, lápiz en mano. Para consumar los fraudes vale poco que haya o no sistemas sofisticados para contar los votos, biométricos o no biométricos.


En 1988, Cuauhtémoc Cárdenas arrasó en las elecciones presidenciales como candidato disidente salido de la costilla izquierda del viejo y sempiterno PRI. Recién pasadas esas elecciones, Cuauhtémoc me mostró en México las hojas de computación que mostraban cómo iba ganando en todas las mesas. De pronto, “se apagó el sistema”, controlado por el PRI, y cuando fue echado a andar de nuevo, aparecía perdiendo en todas las mesas. Del fraude a punta de pistola se había pasado al fraude electrónico.


El último de los escenarios bufos, las elecciones de Venezuela, nos devuelven a los clásicos tiempos de las repúblicas bananeras en tierra caliente, una puesta en escena que parece salida de la pluma de don Ramón del Valle Inclán, experto en dictadores de esperpento, no en balde creó el prototipo de Tirano Banderas.


La representación se abre con una colorida escena: Maduro, que ha mandado a su Consejo Nacional Electoral que lo declare ganador de las elecciones que perdió tres a uno, se presenta delante de su Corte Suprema de Justicia a interponer un recurso de ¿queja?, y los magistrados lo reciben en sesión solemne, todos elegantemente togados, mientras en su Asamblea Nacional sus diputados reclaman cárcel para el candidato despojado del triunfo, su Guardia Bolivariana reprime en las calles las protestas contra el fraude, y su ministro de Defensa aparece en la televisión en traje de campaña denunciando que todo es una maniobra vil del imperialismo.


Maduro recurre a sus magistrados judiciales para que certifiquen el triunfo de Maduro, regalado por los magistrados electorales de Maduro y defendido por el ejército de Maduro, mientras la policía de Maduro reprime a los adversarios de Maduro. Una escena que se puede coronar con un epigrama de Ernesto Cardenal: “Somoza develiza la estatua de Somoza en el estadio Somoza”.


Lo bufo es una falsificación grotesca de la verdad, y su expresión mayor es el esperpento. La gran bufonada en la situación de Venezuela es aparentar creer que existe allí un Estado de derecho, donde ha ocurrido una anomalía electoral que puede ser subsanada de acuerdo con los mecanismos que el Estado mismo de derecho prevé: apelaciones legales, procedimientos de revisión, recursos constitucionales. Y que Maduro, que ordenó consumar el fraude, va a someterse al fallo adverso de unos jueces serios e independientes que echarán atrás la expedita maquinaria del engaño, proclamado ganador antes aún de que los votos falsos terminaran de ser “contados”.


En Venezuela, lejos de un Estado de derecho, lo que hay es una dictadura que desde hace tiempo decidió no dejar arrebatarse el poder, amenazando con un baño de sangre, aunque el voto popular así lo decidiera, como lo decidió. Un régimen que nació bajo una concepción mesiánica ya obsoleta, la revolución bolivariana ante todo y por sobre todo. Las elecciones son útiles mientras puedan ganarlas, y juegan a la democracia mientras puedan hacerlo con alevosía y ventaja. Esta película yo ya la he visto.



Cuando el combustible revolucionario se agota, se malgasta o se malversa, o se falsifica, y los votos necesarios para ganar ya no ajustan, porque los sueños se convierten para la gente en pesadillas, y esos votos ya no pueden ser contados de manera transparente, las máquinas sofisticadas se vuelven un estorbo, pero eso no impide el fraude. No se puede perder. Entonces hay que echar mano de la pistola, o del apagón. Hacer que se caiga el sistema.


Los fraudes electorales no son ni de izquierda ni de derecha. Son fraudes. Una izquierda que se hace de la vista gorda sobre los fraudes, o los justifica, o los apoya, porque quien lo consuma es de izquierda, no tendrá ningún respaldo moral para denunciar fraudes cuando la derecha los haga contra la izquierda. Y una izquierda que respalda dictaduras, y encima fraudulenta, se ha quedado en harapos.


De que los fraudes no tienen ideología, ha dado las mejores lecciones en estos días el presidente de Chile, Gabriel Boric. El respeto de la voluntad popular se inscribe dentro de la defensa de los derechos humanos fundamentales, más allá de doctrinas caducadas que mandan el silencio o la abstención para no violentar la autodeterminación de los pueblos. Que consiste, precisamente, en el respeto a la voluntad de esos pueblos.


Y el pueblo de Venezuela clama hoy por el respeto a su voluntad burlada.


Sergio Ramírez es escritor y premio Cervantes. Su último libro publicado es El caballo dorado (Alfaguara).



Tomado de El País



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miércoles, 4 de julio de 2018

Sergio Ramírez: Ortega recibía de Venezuela unos 600 millones de dólares al año libres de polvo y paja


Sergio Ramirez. Fotografía de Yuri Valecillo


El primer muerto marcó el fin del régimen en Nicaragua


  • Ortega hizo un mal cálculo con el uso de las fuerzas represivas


  • “Estaba en España, en lo del Premio Cervantes, cuando vi a un muchacho que enarbolaba una pancarta que decía: ‘nos han quitado tanto, que nos quitaron hasta el miedo’. Yo dije en ese momento que todo cambió en el país; cuando se pierde el miedo no hay nada ya que hacer”


De que cae, cae, dice el escritor Sergio Ramírez, en referencia a Daniel Ortega, su ex compañero de ruta, hoy presidente de Nicaragua, en un momento de la entrevista con La Jornada. Foto J. Zaldua



Josetxo Zaldua

Enviado

Periódico La Jornada

Martes 26 de junio de 2018, p. 23

Managua

Sergio Ramírez Mercado es un hombre que las ha visto de todos los colores. Escritor desde que nació, recientemente galardonado con el Premio Cervantes, Ramírez fue pieza angular al momento del triunfo de la revolución, el 19 de julio de 1979, y durante los 11 años que duraron los sandinistas en el poder, ya como vicepresidente.

Sergio Ramírez junto a Fidel castro y Daniel Ortega.

Nunca se alejó de la política y se distanció rápidamente del neosandinismo implantado por su ex compañero de ruta Daniel Ortega, hoy presidente de Nicaragua. Pero se reivindica sandinista y no deja de lamentar que en la Nicaragua de hoy la figura del general Augusto C. Sandino no sea reconocida por la mayoría de opositores a Ortega.

Hombre tranquilo, reflexivo, Sergio Ramírez (Masatepe, 1942) mira con no poca preocupación la profunda crisis que atraviesa su país desde el 18 de abril pasado. Son más de 200 muertos, más heridos y detenidos. Nada ni nadie parece capaz de detener a su ex amigo Ortega en su deriva destructora. Pero no pierde el ánimo ni la esperanza. Sostiene que de que cae, cae. Lo que presentamos a continuación es una apretada síntesis de una extensa plática con este hombre que, además de multipremiado por su obra literaria, es amigo y colaborador asiduo de La Jornada desde hace muchos años.

–¿Qué está pasando en Nicaragua?

–Estamos viviendo dolores de parto, del nacimiento de un nuevo país, de una nueva realidad política que está emergiendo. El tiempo de Daniel Ortega se agotó. Mirando hacia el futuro no te podría decir cuánto tiempo dura más, pero mirando hacia el pasado te podría sí asegurar que no hay pasado, no hay retroceso al pasado. Es decir, reconstruir la situación en que estábamos antes de abril es imposible. Esa convivencia más o menos silenciosa, forzada, o medio a gusto, o gente que estaba a gusto, ya no existe más. Eso se rompió totalmente. Nosotros somos un país de apenas 6 millones de habitantes, aquí en dos meses se han matado 250 personas. Eso equivaldría en México, que tiene 120 millones de habitantes, a 30 mil, 40 mil muertos.

–¿Qué factores provocaron llegar a este punto?

–Yo creo que el mal cálculo que hizo Daniel Ortega con el uso que siempre acostumbró de las fuerzas represivas. Bajo la tesis absolutista de que las calles son del pueblo y cuando dice el pueblo quiere decir sus partidarios. Nadie podría aquí hacer una manifestación en una rotonda, desfilar por la calle por ninguna causa. Cualquier pequeña demostración, y eran pequeñas las demostraciones aquí, 20-30 personas que se ponían a protestar por el fraude, por ejemplo, en las elecciones municipales. Sus huestes paramilitares llegaban a golpear a la gente, a dispersarla a cadenazos, a garrotazos, con la policía siempre que se paraba ahí a contemplar nada más el trabajo sucio que hacían estas fuerzas y así hicieron famoso al movimiento Ocupa Inns que salió a defender a los viejitos que les quitaban las pensiones y llegaron las mismas turbas una noche, se llevaron, golpearon a los muchachos, tuvieron que ir a refugiarse en la Catedral, les robaron las computadoras, los celulares, estas mismas turbas lumpen. Disfrazadas de fuerzas paramilitares o vestidas como fuerzas paramilitares. Entonces, yo creo que cuando se producen estos hechos del 18 de abril, que sin consultar con nadie el gobierno decreta un 5 por ciento de gravamen a las pensiones de la gente mayor y sube las cuotas patronales y las cuotas laborales, salen los muchachos después de que en la ciudad de León golpearon a un señor mayor

Ese video de este hombre ya viejo, garroteado, ensangrentado en el suelo, se vuelve viral. Salen los muchachos de la Universidad de Managua. Vuelven estas turbas. Los golpean, pero ya no se retiran. Llegan más, se arma la trifulca. Y entonces la protesta comienza a crecer y a crecer y comienzan a matar. El momento en que se produce el primer muerto es el fin de este régimen.

–¿Por qué un hombre como Daniel Ortega decide tomar esa deriva?

–Por la absoluta confianza que tiene en él mismo, en su poder. Ponte en la posición de alguien que controla el Poder Judicial, que se supone que controla el ejército, controla la policía, las fuerzas paramilitares, controla al fiscal del Estado, al procurador del Estado, a la Contraloría de Cuentas, controla la Asamblea Nacional y entonces empiezan las represiones. Es un acto natural del poder absoluto y la bola de nieve comienza a crecer y él no se detiene. No sé si por soberbia, por mal entendimiento de lo que está ocurriendo, pero ya no comienzas a entender cuando hay 30 muertos en tres días. Y entonces sigue la represión y la gente sigue saliendo a las calles y yo creo que hay una cosa que él no percibe, que son unos carteles que a mí mucho me llaman la atención. Yo estaba en España en lo del Premio Cervantes y veo a un muchacho que enarbolaba una pancarta que decía: nos han quitado tanto, que nos quitaron hasta el miedo. Yo dije en ese momento que todo cambió en Nicaragua, y cuando se pierde el miedo no hay ya nada que hacer.

–¿Qué tan importante es el rol que juega Rosario Murillo?

–Yo creo que desde que llegó al poder Daniel Ortega se complacía mucho en decir: yo tengo el 50 por ciento del poder y las mujeres tienen el otro 50. Mi mujer tiene el 50 por ciento del poder. Entonces, pues ella era jefa de comunicación. Después se pasó al gabinete de gobierno, a manejar el partido, él le entregó también el riel del partido. Destruyó el partido tal como había sido heredado, el partido que tenía órganos de gobierno, eso se acabó. Se volvió un partido clientelista, sin estructuras, hecho a la medida de lo que ella pensaba, que era la forma de administrar el poder. Echaron a mucha gente de los cuadros históricos tradicionales. Era un manera de demostrar yo estoy aquí.

–La OEA se pronunció sobre la crisis en Nicaragua y primero conocimos el informe de la CIDH. Eso, ¿en qué perjudica o beneficia a Daniel Ortega?

–Yo veo a Daniel como un jugador en una mesa de póker que en la mano no le ha tocado un solo as ni una sola reina. Entonces está jugando con cartas de muy baja denominación, está jugando con muy pocas oportunidades. La correlación de fuerzas, como nos gustaba decir antes, se volteó en contra suya. Tenía un pacto con una empresa privada muy fructífero para él y para la empresa privada por supuesto también. Controlaba férreamente las universidades, al punto que a mí no me dejaban entrar en una. La universidad donde yo me gradué estaba vedada para mí porque estaba bajo un férreo control político. Controlaba las universidades, los poderes públicos, el ejército, la policía, el pacto con la empresa privada, la sociedad civil pasiva. Y hoy de todas esas cartas no le queda ninguna. ¿Qué le queda? La policía y los paramilitares, porque con el ejército yo no creo que cuente.

–¿La ayuda de Venezuela era tan vital?

–Bueno, eso también es un antecedente que no hay que perder de vista. Él recibía de Venezuela unos 600 millones de dólares al año libres de polvo y paja, porque tenía el yunque de crédito a largo a plazo y la cuenta petrolera se pagaba la mitad al contado y la mitad con un crédito a 50 años. Ahora Nicaragua tiene que comprar el petróleo al precio de mercado, y es un drenaje constante de las reservas que están cayendo, porque además los retiros bancarios se están multiplicando. El más reciente informe revela que hay 10 u 11 por ciento de retiros bancarios que están sobre todos los depósitos en dólares. Entonces la gente está quedándose con liquidez, es decir, con el dinero en el colchón o sacándolo. Eso provoca que los bancos estén comenzando a entrar en crisis, ¿por qué?, porque no van a tener capacidad crediticia y el Banco Central va a tener cada vez más reservas. El desempleo está creciendo de manera brutal, la pequeña y mediana empresa está cerrando, están cerrando hoteles, hostales, restaurantes, bares, toda la industria turística se fue al carajo. Y la pequeña y mediana empresa textil, todo lo que significa la actividad económica está totalmente en el desastre más grande.

–Mañana se va Daniel Ortega, ¿qué pasa el día después?

–Pues mira, aquí se juega mucho con la idea de la inestabilidad, del vacío de poder, de la anarquía, y eso es un uy uy uy para asustar a la gente, me parece. Yo creo que aquí la política tradicional de Estados Unidos, que es un jugador en este tablero, ellos a lo largo del siglo XX si tú revisas la historia, siempre han estado aquí, metidos en la situación política interna, hay una frase que lo define: la búsqueda de la estabilidad, y yo he dicho no, hay que hacer una transición suave, porque si no viene la anarquía. Si Ortega reconoce: bueno, yo me voy el año que viene en marzo, yo voy a ser candidato olvídate que ese círculo que está alrededor de él comienza a correr por su vida

“Porque toda esta gente que viene aquí quiere buscar culpables, y yo no quiero ser culpable, yo no quiero que me juzguen, ¿no? Entonces, ¿cuándo va a anunciar él realmente que tiene este compromiso? Pues todo te hace ver que ese compromiso ya fue establecido.

“La otra cosa que creo es que Estados Unidos pretende que Ortega se quede, que en marzo se haga la transición ordenada de poder. Y entonces Ortega le traspase la banda presidencial al que gane en elecciones libres, limpias y justas. Eso está muy bien como teoría. Yo tengo esa experiencia porque a mí me tocó negociar personalmente con el embajador estadounidense, enviado especial del presidente Carter, la salida suave de Somoza. Cuántas veces no me senté con el embajador, a solas, los dos, y él me decía: es que tiene que ser transición pacífica, nosotros vamos a reconocer a la Junta de Gobierno de la que usted es parte, pero queremos que el presidente Somoza renuncie formalmente, le traspase la banda presidencial al vicepresidente Urcuyo, el vicepresidente se la entrega a monseñor Obando y Bravo, y él se las entrega a ustedes. Está bien, le digo, pero lo importante es que nos van a entregar la banda presidencial a la Junta de Gobierno, es decir, ahí va a haber una transición de poder. Cualquiera que sea la ideología del presidente que se va, ahora es la primera vez que vamos a ver en la historia que Estados Unidos es parte de la transición de un presidente que se dice revolucionario. Eso es una novedad.

–Usted conoce a Daniel muy bien: ¿lo cree capaz de llegar eventualmente a marzo, o lo cree más capaz de inmolarse?

–Yo creo que Daniel Ortega va a hacer lo que las circunstancias y las presiones determinen. Si no es lo que él quiera, es decir, si él pudiera se queda hasta 2021. Pero no, es que las circunstancias son las que están mandando ahorita.

–Hablando de elecciones, no son pocos en este país los que apuntan a Sergio Ramírez como un eventual candidato presidencial.

–Eso es una broma, ¿no? Mirá yo creo que en este país tiene que haber un relevo generacional. El relevo generacional está atrasado. Estamos gobernados por un hombre de 73 años, eso no puede ser. Aquí hay generaciones que se han quemado solas sin tener esa oportunidad del relevo natural que debe haber en la vida. Entonces allí, en esa mesa del diálogo, hay gente súper capaz, joven. Por eso lo que yo te decía antes, un gobierno provisional aquí no es posible organizarlo y para que no haya anarquía, para que no haya vacío, claro que se puede. El gobierno ahí está. Yo te podría mencionar 10 o 15 nombres que te formarían un gobierno de lujo, que le daría estabilidad al país, con inteligencia política, con capacidad técnica para manejar la economía y los asuntos sociales. Es decir, existe ese relevo de manera que es a lo que yo aspiro, es mi consejo. Si me lo piden, yo lo daré con mucho gusto, pero desde la luneta.


Tomado de La Jornada.



sábado, 16 de junio de 2018

Sergio Ramírez, el retratista de la épica a domicilio


Sergio Ramirez. Fotograía de Yuri Valecillo



Sergio Ramírez, el retratista de la épica a domicilio

Carlos YUSTI

Al escritor nicaragüense Sergio Ramírez le he leído con cierta constante inconstancia. O sea,  con altibajos y en ocaciones con largos paréntesis. No por culpa de la escritura de Sergio Ramírez, sino por el aparatoso ritmo de lectura que he llevado, para salir un poco de la rutina que en ocasiones imponen los libros, sino pregunten al pobre Alonso Quijano, que tuvo que salir de su biblioteca para encontrar en la realidad, que le era adversa y para nada literaria, para experimentar la aventura de su vida más extraña, desaforada y fantástica que la leída en sus libros de caballería. Se sale de los libros para entrar en la metáfora de la vida la cual, como dijera el Adriano de Marguerite Yourcenar, te va enseñando los libros.

Marguerite Yourcenar

Leí de adolescente su novela ¿Te dio miedo la sangre?, editada por Monte Ávila Editores (la de la cuarta claro). Luego tuve noticias que su novela Castigo divino, se convirtió en un éxito inesperado de la televisión. Después leí su crónica sobre la travesía sandinista, Adiós Muchachos. Una utopía que cerró sin broche de oro, al parecer se robaron el broche, con una enorme corruptela que incluía piñata, brujería, persecución rastrera al poeta Ernesto Cardenal, incesto y un florido etcétera nada prístino y al final resultaron menos revolucionarios y más politicastros de oficio.

El premio Cervantes otorgado a Sergio Ramírez coincide con una Nicaragua envuelta en protestas, incendios y muertes no por casualidad en su discurso el premiado anota: “Cerrar los ojos, apagar la luz, bajar la cortina, es traicionar el oficio. Todo irá a desembocar tarde o temprano en el relato, todo entrará sin remedio en las aguas de la novela. Y lo que calla o mal escribe la historia, lo dirá la imaginación, dueña y señora de la libertad, “por la que se puede y debe aventurar la vida”, pues no hay nada que pueda y deba ser más libre que la escritura, en mengua de sí misma cuando paga tributos al poder el que, cuando no es democrático, sólo quiere fidelidades incondicionales. Somos más bien testigos de cargo”.

Sergio Ramirez. Fotograía de Yuri Valecillo

Esa fidelidad a la imaginación, a las mentiras verdaderas de la literatura es lo que en definitiva me gusta de Sergio Ramírez. Ese no darle tregua, ni sosiego, ni respiro  a la realidad por lo más cruda que se presente; ese no inclinarse ante el contrabando de sombras del poder y que ofrece felicidad al mayoreo cuando en realidad solo busca sacar su pedazo de pastel, contante y sonante, por servicios prestados.

En su libro Mentiras verdaderas escribe: “Las guerras, las hambrunas, las tragedias colectivas, los crímenes ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio”. En unas páginas más adelantes de este libro utiliza un mueble, que hizo su abuelo materno, quien era un ebanista aficionado, como ejemplo para encarar el oficio de la escritura o como él lo escribe: “Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces -entre juntura y juntura no puede pasar la luz-; y por fin tallar, lijar, pulir, barnizar. Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección…”

Detrás de ese afán de comparar el oficio de la escritura con el burdo trabajo artesanal (como lo hizo el poeta Eugenio Montejo al comparar la composición de un poema con la hechura del pan, de la pequeña panadería familiar en la que creció) existe como una poética, hay como un recuperación de ese menudo trabajo manual que de alguna es similar al trabajo con las palabras y que tiene muchos puntos de contactos con hacer el pan, construir un mueble u organizar todo el encofrado de madera, que era la responsabilidad de mi padre, para vaciar una placa de concreto. Todos estos trabajos llevan implícitos  constancia, disciplina, pero sobre todo un aprender cada día para alcanzar cierta maestría única e irrepetible sin otro truco que el trabajo implacable. Por otra parte con el trabajo con el lenguaje no hay otra manera, sino compromiso de artesanía esmerada y pasionaria.

Gioconda Belli. Fotografía de Yuri Valecillo. 

Husmear la vida vista por el ojo de la cerradura de lo literario es lo que hace un escritor y si es competente buscará darle a todo eso que observa cierto simbólica estética. Intentará hacer un retrato, con palabras, de lo humano desde la trinchera del lenguaje buscando enriquecer el mundo con sus ficciones tan verdaderas como mentirosas. Y creo que en el fondo eso ha tratado de hacer a través  de sus novelas Sergio Ramírez. No es casual que Gioconda Belli escriba: “A menudo he pensado que Sergio Ramírez es el Balzac de nuestra sociedad, un retratista implacable cuya brújula apunta siempre al meollo de la condición humana y por lo mismo no es ajena ni a la soledad del monstruo, ni a los cristales cortantes del azúcar”.

Gioconda Belli. Fotografía de Yuri Valecillo. 

Los muebles escritos por Sergio Ramírez tiene ese toque vigoroso de la perfección, de esa perfección que busca que el lenguaje no tenga fisuras y que entre juntura y juntura deje pasar sólo la luz inquieta e implacable de la imaginación.



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.

Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia



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25/04/2026

20/08/24

jueves, 17 de mayo de 2018

Sergio Ramírez: Le digo a los venezolanos que contra la memoria ninguna represión puede


Sergio Ramírez, en su casa celebrando el Premio Cervantes. Foto: Carlos Herrera. Niú


Estimados Amigos

Hoy le hacemos llegar una entrevista del escritor nicaragüense Sergio Ramirez, reciente ganador del Premio Cervantes. El título de la entrevista no es el mismo que titula la entrada pero esa afirmación es la más adecuada para la "vida diaria" que padecemos los venezolanos en este momento.

Este próximo domingo 20 de mayo de 2018 se realizaran unas elecciones en Venezuela que solo servirán para mantener esta trágica fabula iniciada por Hugo Chávez y que sufrimos desde hace años. Esperamos que todos nosotros tengamos la suficiente sabiduría para aprendernos de memoria la moraleja de esta historia y podamos escapar de esta versión tropical de Fahrenheit 451.

Esperamos disfruten la entrada.

Atentamente 



La Gerencia

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Sergio Ramírez: “Contra la memoria ninguna represión puede”

Sergio Ramírez fue galardonado con el premio Cervantes, considerado el más sólido de las letras en lengua castellana. Lo recibirá este 23 de abril, en el Festival de la Palabra 2018. Con 75 años, 30 títulos, entre novelas, cuentos, ensayos y relatos testimoniales, y varios premios internacionales, Ramírez es el primer escritor nicaragüense en recibirlo. 





Por Claudia Furiati Páez | @festilectura

28 de marzo de 2018 12:00 AM

Él es la vida y la naturaleza,

regala un yelmo de oros y diamantes

a mis sueños errantes.

Un soneto a Cervantes” de Rubén Darío

En su animosa cruzada por países suramericanos para presentar su última novela, inscrita en el noir caribeño, Ya nadie llora por mí (Alfaguara, 2017) y en antesala a su estelar aparición en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares para recibir el Premio Cervantes este 23 de abril, Sergio Ramírez aceptó nuestra invitación en Guayaquil a dialogar desde el butacón del lector. Sitial que al igual al ingenioso manchego, desafía al autor nicaragüense a dejar su “armadura” de cotidiano combatiente de ideas, político, promotor cultural y laureado escritor, para transformarse en un extraordinario aventurero de inventados laberintos de la palabra cervantina.

Augusto Monterroso


Fue una fértil correspondencia sobre su compromiso lector, que contó como “prólogo” sus reflexiones compartidas durante un concurrido conversatorio promovido por la organización de la Feria del Libro de la llamada Perla del Pacífico, metrópolis ecuatoriana que además le reconoció como “Huésped Ilustre”. Allí el creador del inspector Dolores Morales reflexionaría sobre esa ofrenda imperfecta que brinda desde el altar del teclado a sus lectores: “cuando me siento a escribir pienso en un lector individual (…) que para mí siempre es exigente, es un lector que está muy atento, que no me va a dejar pasar una, que si cometo un error lo va a notar, (…), es un lector que no piensa que yo soy un escritor perfecto, no hay nada perfecto. El gran cuentista Augusto Monterroso (Guatemala) decía que cuando uno cree que ha alcanzado una página absolutamente perfecta, hay que agregarle algún error, para que el lector piense que uno también es humano”.

Leonardo Padura. Imagen tomada de aquí


De ese humanismo imperfecto dio cuenta en la velada, donde confió proyectar mucho de sí en su protagonista de marras, el detective Morales, el ex guerrillero sandinista y policía de élite, devenido en inspector privado de poca monta. Reconoció que la saga es un homenaje a autores clásicos del género negro que le han curtido su alma lectora como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Georges Simenon o Agatha Christie. Una “propuesta ética” de escudriñar literariamente la compleja realidad latinoamericana (corrupción, narcotráfico, violencia) que le hermana con otros antihéroes a los que también sigue, como el “Mario Conde” de Leonardo Padura (Cuba) y “El Zurdo Mendieta” de Élmer Mendoza (México). Estas y otras miles de sus predilectas obras, han desbordado su “bitácora de lectura” y nutren hoy el fondo de la Biblioteca de la Fundación Luisa Mercado de la que es fundador, y que, junto al festival Centroamérica, cuenta, son expresión palpable de su afán de formar lectores rigurosos y escritores virtuosos en la región mesoamericana, comprometido con el legado de su admirado coterráneo, el poeta Rubén Darío.

Élmer Mendoza


Leer, el mejor ejercicio de libertad

―Cuatro días antes de conocerse el veredicto del Premio Cervantes 2017, publicó en su columna habitual de El Nacional (Venezuela) un artículo que comienza así: “La literatura no deja de ser un viaje que se inicia en la primera página de un libro y se llega a puerto al cerrar ese libro”. ¿Pudiese darnos pistas de cómo se produce esa vivencia en el Sergio Ramírez lector?

“Uno debe prepararse para un viaje lleno de sorpresas al abrir un libro. Entramos en un mundo desconocido, por el que navegamos con los ojos llenos de asombro, dispuestos a dejarnos sorprender. Por eso los libros previsibles no sirven para un buen viaje. Y hay libros donde el viaje es doble, porque son libros acerca de un viaje: el viaje de Ulises de regreso a su patria en la Odisea, el de don Quijote por los campos de Montiel. Viajamos con los personajes y somos parte de sus aventuras, nos volvemos nosotros mismos personajes. Leer es un viaje desde una silla, entre cuatro paredes que se levantan gracias a la magia misma de la lectura para dejarnos volar, navegar, andar”.



―¿Se puede transitar ese mismo recorrido imaginativo, y más aún experimentar las sensaciones que emergen del relato, a través de la lectura disruptiva de los soportes digitales?

“Es lo mismo, leer en papel que en la pantalla. Nuestro instrumento de navegación son las palabras, escritas primero en piedra, luego en papiro, en pergamino, en papel, ahora en caracteres electrónicos. La gracia de todo está en descifrar los signos que a quien no sabe leer le parecen extraños y misteriosos, pero que contienen una clave, contienen la imaginación, y la transmiten de una cabeza a otra, de mi cabeza de escritor a la cabeza del lector. E imaginar se convierte en un acto diverso al descifrar esos signos por medio de la lectura. La imagen del que describe no es ya la misma del que escribe, allí está la magia. Y es una imagen distinta para cada cual que lee, más magia aún. Una imagen que se multiplica de manera infinita”.


Berna González Harbour.  Foto de Jeosm. Imagen tomada de aquí


―Suponemos que de allí viene la “Bitácora Lectora” que confesó llevar a la periodista y escritora española Berna González Harbour. ¿Pudiese revelarnos algunos de los títulos mejor catalogados?

“Cuando uno se ha pasado la vida leyendo, cada vez que le piden hacer una lista, esa lista cambia de acuerdo al momento, al estado de ánimo. Mi amigo el poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, cuando vivía en Madrid, tras entrar una mañana al museo del Prado, decía: ‘qué bien amaneció hoy Velásquez’. Así pasa con los libros, unos amanecen mejor que otros en nuestro criterio y en nuestro ánimo, pero no quiere decir que aquellos que no enlistamos frente a la pregunta que se nos hace, queden desalojados permanentemente. Simplemente han cedido su lugar.

En mi lista de este momento empezaría con El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, seguiría con Lolita, de Vladimir Nabokov, no dejaría de incluir El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers; y El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani, Los siete locos, de Roberto Arlt, El agente secreto, de Joseph Conrad, Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce Echenique, La cartuja de Parma, de Stendhal. ¿Y mañana? Mañana será otro día”.


'Fahrenheit 451', tráiler subtitulado en español


―¿Qué mensaje puede enviar a sus lectores venezolanos a los que les resulta cada vez más difícil acceder a la literatura como manifiesta expresión de rebeldía ante la opresión de un régimen alimentado por la posverdad?

“En Fahrenheit 451 de Ray Bradbury hay una gran parábola: el régimen político decide eliminar los libros y manda a quemarlos todos. Las brigadas van casa por casa secuestrándolos para llevarlos a la hoguera. 451 grados Fahrenheit es la temperatura a que arde el papel. Entonces se forman células clandestinas de subversivos que se reúnen para leerse unos a otros los libros que han aprendido de memoria. Contra la memoria ninguna represión puede.

Nunca hay que dejar de leer, y de recordar. Mientras no sean quemados, los libros, por escasos que sean, deben pasar de mano en mano. Porque son el mejor ejercicio de libertad que pueda hacerse. Contienen la libertad”.


Farenheit 451 La quema de la biblioteca clandestina.



―Parafraseando el epígrafe shakesperiano de su novela Ya nadie llora por mí (2017) el bosque empieza a moverse en Latinoamérica. ¿También lo hará en Venezuela?

“Esta es otra gran parábola: no hay inmunidad, ni impunidad para el poder para siempre, y quien así lo cree, tiene su mejor lección en Macbeth: las brujas le vaticinan al rey espurio que seguirá en el poder mientras el bosque de Birnam no se mueva, y eso lo tranquiliza. Pero el bosque termina por moverse, cada soldado del ejército que lo cerca avanza oculto tras una rama cortada de los árboles del bosque de Birnam.

El bosque se movió ya en Ecuador, cada votante del plebiscito llevaba por delante una rama del bosque que nunca deja de moverse, el de la voluntad popular”.

―Finalmente, este 23 de abril, hablará para los lectores del mundo investido con el Premio Cervantes. Justamente su personaje, Alonso Quijano, es quien desde su delirio enalteció el oficio de vivir los textos como épicas personales. ¿Puede ofrecernos un adelanto de esta inédita hoja de la bitácora literaria latinoamericana?

“Soy cervantino a muerte, y de Cervantes he aprendido que la novela es la realidad, así como la realidad no existe sin la imaginación. Los personajes de Cervantes entran y salen de la novela, son reales porque se creen reales; como personajes de invención hablan de ellos mismos, y del libro en que aparecen, con toda naturalidad, porque ese libro contiene un mundo real.

Cervantes es la vida y la naturaleza, según el soneto de mi paisano Rubén Darío. Al hablar en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares al recibir el premio Cervantes, voy a hablar como criatura suya, porque he sido inventado por él. Inventó la lengua en que hablo y en la que escribo, y por tanto me inventó a mí”.



El bosque de “arbolatas” de Managua

El siguiente es un extracto de Ya nadie llora por mí (Alfaguara, 2017) donde Ramírez ilustra magistralmente el impacto ambiental que ha tenido, en la capital nicaragüense y en el imaginario y la moral de sus habitantes, este ornato público monumental llamado “árboles de la vida”, edificado en 2013 por la pareja presidencial Ortega-Murillo a propósito de los 34 años de la revolución sandinista y que ha costado a la nación más de 3.3 millones de dólares americanos. En medio de este paisaje exotérico de fierro, multicolor e incandescencias, el escritor perfila su relato policiaco, recurriendo a una parábola del bosque errante que dio fin al reinado de los Macbeth en el clásico drama shakespeariano. En la segunda entrega sobre el atribulado inspector Morales y su metafísico compañero Lord Dixon, no solo cita al universal dramaturgo inglés sino al Eclesiástico de la Biblia (15; 16,17), lecturas a las que siempre vuelve, pues encuentra en ellas un mana de inspiración.

“Ante la insistencia caballerosa de don Narciso, ocupaba siempre el asiento de atrás del Lincoln, como si se tratara del propio don Anselmo. Se dirigieron a la rotonda donde se alza el monumento de latón en homenaje al comandante Hugo Chávez, custodiado por tres frondosos árboles de la vida. La efigie plana surgía por encima de un sol, dentro del que se enroscaba una serpiente de vivos colores.

―La boina roja que adorna su cabeza se entiende ―comentó la reverenda mientras giraban lentamente por la rotonda―. ¿Pero por qué la cara de ese color amarillo, como de bilis?

―Porque la luz del sol ilumina su rostro que mira hacia el futuro ―respondió don Narciso con aplomo.

―Usted dice que es sol, pero a mí me luce más bien flor ―dijo ella―. Y esa serpiente que parece tuviera plumas.

―En efecto se trata de la serpiente emplumada de nuestros antepasados aborígenes, que desde la oscuridad del inframundo nace para morir y luego revivir en un perpetuo ciclo ―contestó don Narciso―. Un símbolo de la trascendencia.

El Lincoln dio el último giro y bajó hacia el norte por la antigua avenida Bolívar, llamada ahora De Chávez a Bolívar.

―Y esos árboles de la vida, ¿usted entienden qué significan? ―preguntó la reverenda, a la vista de la nutrida alameda de “arbolatas” que se extendía hasta la costa del lago―. Cada vez que me topo con ellos, por más que me quiebre la cabeza no les hallo explicación.

―Es­ lo más sencillo ―contestó don Narciso―. Unen el cielo y el infierno, el orden y el caos, la vida y la muerte, y representan todas las formas del cosmos, según Sai Baba, el gurú oriental; pero, sobre todo, protegen a quienes gobiernan de las asechanzas malignas de sus enemigos.

―Lo veo muy instruido en esas cuestiones esotéricas ―dijo ella.

―Compré en el Mercado Roberto Huembes un libro de segunda mano que se llama Los mundos ocultos y allí explica muy bien todo eso ―dijo don Narciso―. Cuando quiera se lo presto.

―Pierda cuidado, su palabra me basta ―dijo la reverenda―. Pero me imagino que deben costar una fortuna.

―Los hay de dos tamaños ―explicó don Narciso―. Los que miden metros de altura, con un peso de siete toneladas; y los que miden veintún metros, con un peso de diez toneladas. Para pintarlo son necesarias tres cubetas de pintura acrílica.

―Parece como si usted participara en su construcción.

―Me instruyo nada más reverenda, me instruyo ―sonrió don Narciso”.

Sergio Ramírez, Ya nadie llora por mí (Alfaguara, Penguin Random House, 2017)


Tomado de El Nacional