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jueves, 3 de marzo de 2022

Rafael José Muñóz: EL POETA QUE MURIÓ DE TRISTEZA.

por José Pulido

 





En el año 1981 escribí esto, porque fui al velorio del poeta que admiraba tanto y que solo conocía de oídas porque Juan Liscano me contaba sobre sus cosas y sus poemas. Fue un trabajo periodístico que me pautó Miguel Otero Silva. Tenía que ir al velorio y regresar al periódico a escribir. Así lo hice. Hace poco tiempo, su hijo Boris escribió un trabajo precioso que lo contiene todo. Que muestra al poeta en toda su dimensión.

Miguel Otero Silva



EL POETA QUE MURIÓ DE TRISTEZA  


Quienes entran a la funeraria avanzan por un pasillo y tuercen a la izquierda. Allá está. La colmena del Ave María dispersa su murmullo por encima del pesaroso dulzón floral. En la pequeña habitación un calor de vestidos negros remarca el rectángulo. Y ahí, en el centro, está el ataúd.

Todas las sillas metálicas de la funeraria se van llenando de personas que luchan contra ese nerviosismo que a veces traiciona y hace brotar una sonrisa. La única sonrisa bienvenida en un velorio es la que, por algún mecanismo inidentificable, queda como última expresión en el rostro de uno que otro fallecido.

En el velorio del poeta Rafael José Muñoz se colmaban las sillas de adentro y de afuera: llegaba gente que tenía treinta años sin ver al poeta desaparecido; condiscípulos suyos de primaria lo recordaban como si no hubieran pasado tantos años.

Estaba el maestro de primaria de Rafael José Muñoz, don Rafael Antonio Santamaría, quién se levantó de su silla para sacar un cigarrillo. Probablemente le han dicho que no fume, se lo han prohibido y él aprovecha ahora para hacerlo.

 “Rafael José era tan bondadoso que parecía tonto, pero no era tonto: era poeta”, comenta sin hacer caso al humo oloroso de consomé, que pasa en frente de su rostro saturado de pecas. Ofrecen consomé y café con un mensaje domésticamente vital.

 “Los alumnos míos que salieron poetas se murieron”, cuenta don Rafael Antonio Santamaría. Él dice que Muñoz era uno de sus alumnos más destacados. Escribía prosas en sus comienzos: “la poesía le vino después”, explica.

Santamaría señala que le ha gustado el dadaísmo que refleja la obra de Muñoz. “Si... dadaísmo, el empleaba palabras que aunque no signifiquen nada, tenían un sentido, un sonido, algo expresivo y bonito”.

El anciano habla con murmullo de agua, en el instante en que Nelly Olivo, viuda del poeta Muñoz, se sienta en una sala de estar que parece la única entrada  permitida al sol en ese lugar. Frente a las cortinas transparentes se notan sus ojos enrojecidos. Cerca andan los cuatro hijos del matrimonio Muñoz Olivo: María, Yuri, Valentina y Boris, nombres de astronautas soviéticos puestos por ella, la militante del partido comunista, de profesión bióloga y quien estuvo casada durante veintidós años con un poeta.

Rafael José escribía mucha poesía, pero no estaba publicando”, dice ella. Es la única vez que lo llama por su nombre, ya que prefiere llamarlo “el poeta”.

Muñoz se encontraba muy mal de salud en las últimas dos semanas “Me dijo en estos días que se iba a morir”, expresa Nelly Olivo de Muñoz sin dramatismos. Para ella, todas las épocas creativas de su esposo fueron buenas y opina que “era muy bueno, el poeta era bueno escribiendo, en la construcción de frases, en la utilización del lenguaje”.

 “A veces era muy hermético –añade- y en líneas generales muy exigente. Se peleaba con los editores por el más mínimo error o retraso y nunca se sentía satisfecho con lo que escribía, se quería superar a sí mismo todos los días. Era descuidado con sus posibilidades: una vez le escribieron de la Universidad de Hawái porque deseaban editar una obra suya y él ni siquiera respondió, no le interesaban las cosas materiales: sólo el acto de crear parecía gustarle. Era muy trabajador, no sólo con su poesía... tenía que trabajar para vivir, porque de la poesía no se vive en este país”.

Carlos Andrés Pérez. Imagen tomada de La Protesta Militar.


Ella parece hablar de alguien que la está oyendo. Hay una pared que separa la entrevista y el ataúd con los restos del poeta. “Anoche estuvo Carlos Andrés Pérez por aquí”, dice la viuda.

Carlos Andrés Pérez fue muy amigo del poeta Muñoz, trató de que Muñoz tornara a la normalidad, que se librara del alcoholismo, según comentaban varias personas.

-¿Por qué el poeta Muñoz no podía dejar de beber? ¿Qué le angustiaba tanto?

Preguntar eso, a la compañera de toda la vida de un hombre que casi se hunde en el anonimato después de brillar con un talento singular, parece una torpeza, una falta de delicadeza, pero la verdad es que doña Nelly está abierta a ese tipo de conversación, como si la necesitara, como si ello le sirviera de válvula para el llanto que no quiere dejar escapar.



-Yo creo que él era de una generación muy maltratada, la generación de Pérez Jiménez; una generación que sufrió cárceles, torturas, persecuciones y finalmente, después de luchar tanto, no llegó al poder. Yo lo conocí cuando el poeta salía de la cárcel, en Ciudad Bolívar y ahí mismo comenzaron los poemas. Sí: hace tiempo ya- cuenta ella, mientras llega más gente que quizás siente cierto alivio al percatarse de que en este momento no necesitan dar el pésame a la viuda.

Vista del casco histórico de Ciudad Bolívar junto con el Puente de Angostura sobre el río Orinoco. Imagen tomada de Wikipedia.


“La tortura le hizo daño... fue brutalmente torturado y yo creo que jamás pudo superar ese trauma”, agrega pensativa.

Muñoz tenía 53 años cuando murió y la noticia afectó a los escritores y poetas de su generación que le conocieron, pero en general mucha gente se preguntaba ¿quién era ese poeta?, porque ya sus luchas políticas están olvidadas y su libro más conocido, “El círculo de los tres soles”, no circula.



-Sólo en lo político teníamos discusiones, pero en el sentido más amplio de la palabra. Él era un socialista. Yo soy comunista. Y no me gustaba que en política vacilara, cambiara de sitio, pero un poeta es un creador y un creador no puede estar limitado por una disciplina partidista- señala doña Nelly.

“Yo creo que el poeta debió ser más bien director de orquesta: era sumamente sensible para la música, tenía una memoria musical increíble... creí que esa era su vocación, aunque él me contó que de pequeño quería ser médico”, habla más adelante, frente a la ventana iluminada por un sol que parece artificial.

-Éste es Yuri, uno de nuestros hijos... ¿Quieres hablar con Yuri?, también salió poeta –dice cambiando de conversación. Yuri se parece mucho al padre, aunque es más delgado. Ha llorado y ahora se debate entre las ganas de seguir llorando y los deseos de irse de allí, de que pase pronto este momento.

-Tengo 20 años y escribo desde que cumplí los trece... él me enseñó a escribir sonetos y me corregía mucho otros poemas... con todos nosotros era muy buen amigo- es lo primero que dice.

Yuri comienza a hablar de lo mismo que hablaba probablemente su padre a esa edad: de poemarios, de poetas, de Neruda, de versos, de su amigo Juan Liscano

-¿Por qué a tu papá no lo conocen mucho como poeta en este momento, si ha sido considerado uno de los buenos representantes de su generación?

Yuri se aparta el cabello que se le viene a los ojos y responde:

-No le interesaba la fama ni que le leyeran sus poemas... le interesaba escribir y más nada: era sumamente enrollado. Mi papá era un tipo atormentado. Una vez se le atravesó a un camión de la Policía Naval que venía corriendo por una avenida y el camión se detuvo a tiempo. Papá dijo: “yo sabía que se iba a detener”, porque tenía crisis psíquicas, cosas así.

-¿Por qué crees que era un hombre atormentado?

-Por los traumas de la niñez... cuando tenía ocho años tenía que levantarse a las tres de la mañana a buscar las vacas. Pasaba mucho trabajo- dice Yuri. Se queda en silencio y en ese instante el viejo maestro Santamaría comenta a otros alumnos suyos, que llegan al velorio del poeta Muñoz: “hace cinco días hablé con él y me alegró mucho hacerlo, porque me dijo que estaba leyendo la Biblia”.

Todos hablan y recuerdan al poeta Rafael José Muñoz. Unos le recuerdan como amigos de primaria, otros de secundaria, algunos como compañeros de cárcel, otros tienen algo que contar respecto a la política, pero en un mismo impulso acercan sus sillas como un grupo, sillas que solo dejan de ser ruidosas en los sitios donde hay alfombra.

Todos se aglomeran, forman racimos, flores sin color. De pronto salen a la calle con ganas de fumar un cigarrillo cerca de las arboledas de la avenida y allí afuera también se juntan a manera de fenómeno químico.



Es como si nadie quisiera quedarse a solas. Daba la impresión de que muy pocos se atrevían a acercarse al ataúd para ver al poeta Muñoz ¿Tendrá una sonrisa final?

María, una de sus hijas, sale hacia la calle, recibe las coronas en silencio, pasa desapercibida, se dirige al ataúd, se inclina suavemente y abre los dedos de una mano delgada y blanca que se topa con el cristal.

“Papá y yo éramos grandes amigos. Tengo dos niños y vivo aparte, pero a menudo nos veíamos”, explica María.

“Siempre estaba triste... creo que la tristeza lo mató. Toda la vida estuvo triste, quizás porque nunca entendía esta vida”, dice y sale a la calle, por donde vienen dos hombres apresurados con una corona, preguntando donde es el velorio del señor Muñoz.

El Nacional, 11 de noviembre de 1981

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Un poema de Rafael José Muñoz

FÚNEBRE TAMBIÉN

No puedo soportar, mis lágrimas corren como un venado,

el día está gris, se parece a la tipografía garrido;

hoy me pregunto si yo soy un rey o un alfil,

hoy, que estoy vestido con estas cintas moradas,

cuando me digo: muy bien, señor soñador de máquinas izquierdas.

No puedo soportar tanto signo extraño ante mí,

esas paredes que arrastran rostros y gusaneras que se ríen de vivir

y que parecen papeles de polos contrahechos por el café;

no puedo soportar esto en mis ojos,

mejor tener un corazón de indio sin arcilla,

mejor es sentarse sobre esa piedra y ver hacia allá.

¿Cuántas faltas juntas he cometido?

¿Cuántos pasos insondables di hacia la espalda mortal?

No lo sé, hoy es un jueves gris, atónito de penas,

hoy viviré parado en la otra esquina, a la derecha de la muerte.

Y contaré mis horizontes, téngalo por seguro,

y comprenderé al fin que son no más tres:

El domingo, el que reza y, el que camina.




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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne


José Pulido

Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.



Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras. Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en SalamancaEn el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova. 

Publicaciones más recientes:

El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.

Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà  (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.



martes, 8 de febrero de 2022

Las visiones del poeta Rafael José Muñoz entre los lunares del vidrio

 






NOTAS DESABROCHADAS

Rafael José Muñoz y sus visiones entre los lunares del vidrio


Carlos Yusti 


viernes 27 de septiembre de 2019


Rafael José Muñoz.






La poesía de Rafael José Muñoz ha resultado incómoda para el canon literario estándar.

“Visiones a base de hongos, / a base de ojos de serpientes”. Estos son los versos iniciales del poema “Visa hacia los astros”, del poeta Rafael José Muñoz. Versos de una belleza anómala y que proporcionan la dimensión de un poeta al que han tratado de meterlo, con calzador, en la legión de los poetas malditos. Que han pretendido convertirlo en un adalid de la lucha revolucionaria. No obstante es un poeta (en mayúscula) que se resiste al tópico cultural o político, que se aleja de las etiquetas sumarias y de la crítica acartonada de la academia.

Emira Rodríguez. Imagen tomada de Letra Muerta.


Rafael José Muñoz dejó en el equipaje de sus días la inspiración y se fijó como ocupación girar sobre sí mismo como un astro, luego dobló en el callejón donde el sol arde en un solo sentido y terminó por escribir poemas saltándose todas las fisuras del alma, todas las ortografías y las reglas del lenguaje escrito, tan desprovisto de ángeles, tan desnudo de galaxias e infinitos. Fue al encuentro de fórmulas matemáticas y estelares que algunos han confundido con metáforas, cuando en verdad escribía desde ese escapismo del sonámbulo, desde esa inestabilidad del equilibrista nocturno que sueña dentro del sueño de otro y desaparece por el alambre tenso de la vigilia. No es fortuito que el escritor e investigador Diego Rojas Ajmad lo incluya en ese selecto grupo de raros: “Alrededor de la llamada literatura venezolana revolotean algunos escritores periféricos, transgresores de la norma y cuyas propuestas de escritura resquebrajan gustos y concepciones preestablecidas. Entre ellos, podríamos incluir a Rafael José Muñoz (1928-1981) y su desvariada poesía impregnada de esoterismo y fórmulas matemáticas; a Raúl Chuecos Picón (1891-1937) y Pedro María Patrizi (1900-1949), con sus inusitadas insolencias y temas escabrosos de prostitutas y enfermedades venéreas en la pacata Mérida de principios del siglo XX; a Emira Rodríguez (1929-2017) y su experimentalismo casi al borde de la locura y a Salustio González Rincones (1886-1933) y sus naturalezas transfiguradas, dichas en una cadencia que se asemeja a los modernos ritmos urbanos del rap y el hip hop”.


Salustio González Rincones. Imagen tomada de Digo Palabra TXT.



En realidad más que poeta fue un gran escapista. Primero quiso escapar de las camisas de fuerza, de los electroshocks y de la locura jamás diagnosticada. Después trató de evadirse  de esas jaulas que designan como poemas. Quería liberarse de un lenguaje que le apretaba en el cuerpo como si de cadenas se tratara. Luego fue jugarse la vida en la militancia política, que es algo así como un evasión suicida, y al final fue quedar atrapado en la botella, terminar recluido en esa espantosa estancia de vidrio con el delirio alcohólico empañándolo todo y la escritura en la punta de los dedos como un delirio carcomido de soles.


El mejor texto sobre este poeta sin paragón ha sido escrito por su hijo, Boris Muñoz. La crónica “Rafael José Muñoz, un poeta en el eclipse”, ofrece datos sobre el hombre alcanzado por su circunstancia y sobre el poeta combatiendo con sus demonios particulares. Una crónica que va más allá de una evocación/devoción por el padre (o por el poeta) para convertirse en un sutil ejercicio de humanidad por el arte de la palabra poética y su trágico ejecutante. Es el retrato de un poeta desplazado hacia la tragedia, pero con el semblante y el pulso firme que sólo es capaz de brindar la poesía. Crónica escrita desde la sensibilidad del recuerdo y que tantea aspectos de una vida, que indaga en la peripecia militante de un individuo mezclado con sus visiones íntimas de la sociedad. Sobre uno de los libros emblemáticos del poeta, Boris Muñoz acota: “El círculo de los 3 soles (Editorial Zona Franca, 1969), compuesto entre 1964 y 1968, un volumen de más de quinientas páginas con poemas que van de unas pocas líneas hasta trabajos de varias secciones con muchas páginas. Algunos están escritos en prosa y otros en largos bloques o en aforismos de pocas líneas. Algunos muestran un denso desarrollo y otros son ráfagas o pensamientos confusos. Hay un afluente caracterizado por ficciones matemáticas formuladas en ecuaciones inconcebibles. Hay parábolas que versan sobre dimensiones del tiempo y el espacio expresadas en genealogías inalcanzables para la experiencia humana de un solo hombre y que, sin embargo, son ‘vividas’ por la voz poética”.



Visiones entre los lunares del vidrio

La materia se mueve por entre estos lunares

del vidrio que ahora veo, a muchos kilómetros de billones.

Contemplemos: son dos dimensiones,

cinco estados de la materia,

seis espacios de formas veis.


Lo cual no introduce la velocidad de aproximación

al Vux de Vux.


Es decir:


0,00077 multiplicado por el cuadrado

de la velocidad de la luz captada a un rombo

de un viejo raquis,

expresada a su vez en centímetros,

lo que equivale a:


Zeta Energía.


…………………….Huevo de Trucksucks.


Caracas, 7 de octubre de 1964.


La poesía de Rafael José Muñoz ha resultado incómoda para el canon literario estándar; de allí que críticos y hagiógrafos busquen darle un contorno de similitud con la poesía de César Vallejo; aunque el poeta haya postulado que sus poemas tenían una procedencia menos común y prosaica. Eran como dictados desde esa línea lejana del ser. Desde ese paisaje recóndito del alma traspapelada con el paisaje.


Génesis

En sueño me dijo: ahora comenzará:

Y aparecieron varitas de papel, músicas

de truquñuqkes, cálidos;


Y aparecieron relámpagos sobre las índigas

demostraciones de espigas

que eran arterias después de crecer en la muliedra.


Y partieron como gusanos aindiados

y mordidos en su fuego de lopis,

del Ludus Perorum.


Y se negaron a ser hermafroditos, como el sol y la luna,

y se llamaron Rebis y Milius.


Después, nada, un secreto de actividades

en su billón de raquis franco furtis

y en el Jacob Huran, Hile und Coaly.

Luego el rojo bendito y házla venir

a la Radio.


Mens convertio ipsis.


Desembocando por la Madre Vieja.


Caracas, 18 de diciembre de 1964.


El poema no se amolda a los parámetros de escritura establecida y en ocasiones es como la perspectiva delirante de un genio en las cuales números y operaciones matemáticas son un lenguaje en sí mismo, una poética que utiliza otros formas de expresión cuando las palabras habituales dejan de funcionar. El poema se convierte así en un aparato, especie de artefacto metafísico y onírico,  el cual adquiere movimiento con el engranaje sonoro de los números.


La antitierra vista desde el espejil

El cristofué me recuerda la Zona Excs, la Antitierra

Donde un aire de blutz abre sus palitos.

El cristofué me recuerda huellas de otra vida,

Vientos de Sulis, alcatraces de Sins,

Obeliscos dormidos en el lecho Rousal.


Según veo por el canto de este pájaro

Él tiene cruces en su hondor, tiene sulijas

En la milgrana de Sés Sojél Níger;

Y tiene la campana de ludo en el Cajón

Donde vientos transversales oscuros

Se pasean en flitz y en flatz.


Es decir, que en el Cielo de la Antitierra

Las cosas tienen su corazón cerca del Fuego 1

Cerca de la yerba central a 416,69

Lo que equivaldría a la siguiente fórmula:


Antitierra = 500.000 años más un átomo de hidrógeno

Por cada litro de espacio sublimado,

Equivalente a galaxias perdidas en Burrr,

Galaxias aparecidas en Birrr.


………….1

Así: ————— — 1/n x n-Pi 34 más s

………….3


1……28 x n

4…………….36 a3

………………..a mitad del paralaje trigonométrico


18 x 25 más n %

…………..0

Es decir:………1….)………..1…)……………1….)………..__1__

………………….4….)………..8…)………….20….)…………1.000


…………………………………………………………………….1.000 también

……………………………………………………………………….1

..1…–…0

..8…–…0

Todo dentro del ………

…………………………………1


El poeta también escribió algunos textos en prosa que están dispersos en algunas revistas literarias. Sus escritos sobre el trabajo poético de otros poetas se mantiene con pulso firme en la coherencia. No obstante en algunos otros textos en prosa se desentiende de la gramática y desata la imaginación hasta sus extremos. En su texto “Mis contactos con Estuloca”, recuperado y difundido en su blog por el escritor Richard Montenegro, fue redactado al parecer en diciembre del año 1971 y luego publicado en la Revista Nacional de Cultura (mayo-junio-julio de 1972, números 206-207-208). Dicho escrito puede leerse como un cuento; o en todo caso como una prosa poética bastante alejada del molde tradicional. Richard Montenegro lo ubica como un relato de ciencia ficción; lo cierto es que allí están todos los componentes creativos del Muñoz poeta y en algunos fragmentos se pueden leer cuestiones como esta:


Despierto a las cinco de la mañana. El cielo está gris, rímbido, monótono. Del norte baja la brisa como envuelta en perfumes de mos, en bálsamos de sen. De pronto me digo: Tienes que construir una máquina que te lleve al cielo. La construyo y voy al cielo. He aquí la descripción del viaje. (…) Hacia el sur, sobre un firmamento rodeado de cenizas, los rostros de dos arcángeles que viajan entre nubes en vehículos de potencias esplendorosas, a los arafines, que nos envían una piedra de malaquita, una piedra fina y delgada que conoce de los poderes de resurrección; veo una forma de trono, un pedestal donde está sentado un señor, un viejo en un umbral majestuoso; veo un león de lino, cubierto con criznes de trigo y adornado con ojos de esmeraldas; veo una tempestad que se acerca, como queriendo derramar cataratas sobre la nave en que viajo; pero me pierdo, me remonto en las nubes y disipo la ilusión de los que se creen capaces de interrumpir mi viaje.


En el texto el poeta Muñoz relata un singular viaje astral. En él recurre a fórmulas, números, palabras extrañas y visiones con ese tono que recuerda bastante las descritas en el Libro de Enoc, o las apariciones de las que da cuenta en la Biblia el profeta Ezequiel.


Al final el poeta Rafael José Muñoz dejó todos sus aperos de lucha y se quedó en el intrincado terreno de la poesía. Se quedó a solas con la escritura, aferrado a ese “hilo de tinta” para seguir latiendo en este mundo a través de su escritura. También siguió librando esa desigual batalla contra el alcohol. Boris Muñoz escribe:


Poco a poco, dejó de ser un hombre activo, enérgico y callejero. Renunció a frecuentar los bares de Sabana Grande para quedarse bebiendo, leyendo y escribiendo en casa. A la vez, adoptaba rituales y pasatiempos paradójicos, como hacer el desayuno los domingos o jugar a las adivinanzas con las canciones de salsa y la música clásica de la radio. Hoy me parece increíble que la melancolía que se lo tragaba no fuera suficiente para derribarlo por completo y hacerlo abandonar la escritura, a la que se aferraba con celo. Consumía diariamente un litro de ron y, arropado por el vapor etílico, se sentaba frente a la máquina. Una vez que empezaba a teclear sólo tomaba las pausas que le dictaba la respiración, como si escribir poemas y artículos lo mantuviera unido al mundo por un hilo de tinta.


El poeta se inventa su estilo con la poesía que escribe. Es como un traje que se coloca, es algo así como una armadura para enfrentar esa contienda que se llama vivir. El único recurso que le queda es blandir el poema en mitad de la oscuridad para defenderse de su propia sombra, de esos demonios oscuros que se alimentan de la luz del poema. Al leer los poemas de Rafael José Muñoz asistimos a un espectáculo donde la belleza y lo suicida se entrelazan. El lector asiste a esa ecuación donde él también es sólo un número, un signo, una palabra sin sentido en ese batallar de astros llamada metáfora. Quizás Muñoz llegó a ese territorio de alejamiento, de un estar al margen para encontrarse a solas con las palabras hasta moldearlas a su antojo, y resulta clave lo escrito por Miguel Ángel Campos: “Es el artista asocial en su faceta psiquiátrica, todo lo cual lo aleja de la cultura como herencia y lo arrastra hasta su dimensión más solitaria, íngrimo ante el cosmos; de allí viene y ante su percepción estalla en mudez, suprema belleza o suprema evasión”.


Lección de matemáticas

Denomínase veinte dimensión

la que pasando por el meridiano Grénwiche

toca los pulsos de la menina;

denomínase así cuando tiene 3 x 3,

3 x ≠ º£ 26) Igual una koloka macesa.


Es decir, dimensiónéen 24 a 3 x 2

y vuélvanlo a la luna, mientras su perigeo

indica la región donde Urania se oculta

y asoma sus lomos blancos desde el 3.000000000000.

7. 000000 834 x 17

millones;

y resten lo que encontraron, el Siglo Luz 5 16 a las 7ª

Y elévenlo a Simatías de Dex,

a Solinas de Cucesinas Locruz.


Es claro que daría la fórmula encontrada

en el Cajón del Yurro Solar.

Z mayúsculas,


………………………….Z


1.0000000000.9876543210123567890.1234. por Beta en Alfa

2.0000000000.34567890123456789098769.0 = XYW;OJO de A.


Caracas, 28 de septiembre de 1964.


Cada poeta busca huir, cada hombre busca escapar cuando se acaba la épica, cuando termina toda tentativa heroica. Convertirse en un vagabundo, en un fantasma viajero clavado en el mismo sitio y aferrado a esos objetos tan inútiles como las palabras. Su propuesta poética es válida debido a que se atreve a dotar a la palabra poética de nuevos poderes comunicacionales explorando otras fuentes. Miguel Ángel Campos ha escrito:


Muñoz explora las fuentes irracionales, oníricas de la poesía, lo hace acopiando hacia este lado, transportando hasta la experiencia y la vida sensible los misterios de una dimensión fuera de toda interlocución; alternativamente extrae orden y caos. Arrojado (o donado) a la literatura venezolana, escasa de arrobamiento y tal vez muy pública y agnóstica, en una acción de simpatía, este autor introduce una ruptura en la valoración del proceso literario. Dominado por visiones aunque no sea un visionario (y esta caracterización es un ajuste definitivo de Liscano, el mejor conocedor en su momento de cuanto Muñoz trajo a escena), los aportes a la génesis de la fisiología del acto creador, a su dinámica estructural, no son en absoluto desdeñables.


Uno de los grandes defectos que le asignan los comentadores de página cultural a la poesía de Muñoz es el empleo de palabras con un significado dudoso (o sin significado alguno). Esto, como es lógico, los lleva a compararlo con César Vallejo, y aunque existen buenos puntos de contactos la poética de Muñoz aborda el lenguaje desde el delirio. Además en los poemas de Muñoz parece importar menos el significado que el lector pueda obtener que esa tensión de nervios, que ese crujir del sueño que el poema va estructurando. El poema es a pesar de las palabras empleadas, o como lo ha escrito Josu Landa: “Lo que sucede es que el texto poético menciona accidentalmente palabras, profiere y plasma vocablos con una proyección hacia algo que está más allá de lo significativo”.


A mí me gusta tener a Rafael José Muñoz como un poeta sin proyecto. Un poeta adherido a lo etéreo. En vida estuvo fuera de foco, estuvo en el revés de las cosas, en un mundo alterno en donde la poesía es un extraño espectáculo para sonámbulos. Eso escrito por Ramón del Valle-Inclán le va: “El verbo de los poetas, como el de los santos, no requiere descifrarse por gramática para mover las almas. Su esencia es el milagro musical”.


Visa hacia los astros

Visiones a base de hongos,

a base de ojos de serpiente,

de mirar fijamente el número 1 en un astro;

visiones de no ver nada, celesteando solamente,

lloviendo como si se arrastrara una soga seca.


Vamos a ver lejos, vamos a cerrar los ojos,

vamos a quedarnos solos,

como quien resucita a un muerto;

vamos a sonar todos estos escapularios

en sacaputilos pelados,

vamos a sonambular

con los misterios trús trús.


Vale la pena que esperemos

mientras la bella visa

de su sazonado corazón

remonta el vuelo,

como cantando en la niebla

una canción de vientos y de piedras.


Es necesario esperar qué.

estemos de luto y nos quedemos sin botón.


Caracas, 24 de junio de 1964.


 


Como un ídolo sentado de espaldas

Me siento como un pequeño ídolo sentado de espaldas,

cosiendo con su hilo viejo ricas maderas, axilas graves;

me siento como esos seres silenciosos que caminan sin honor,

y tienen llaves y tienen tristezas

y dicen plegarias en la soledad y en sus recuerdos.


Ay, ellos son así, truenan alcanfores

como saliéndose de la muerte, truenan gruesas

y negras vendimias;

mugen con la tarde, como bueyes en la hora crepuscular;

ellos regresan de todos los pesares en su pesar.


Esta es la gente de viejo cutis, de tornillos desconocidos,

de mangas de camisa con perritos y extraños bastones;

son los de a mediodía, bajo el samán,

son los de los carretes para llorar, los sólidos

empleados que suben y bajan escaleras y abren largas cartas.


Si pudiera vivir como ellos, rascándome el estómago,

amado por todas las mujeres y mirándome los dedos

como si fueran personas dentro de mí, que conversan;

si pudiera como ellos, arreciar mi tórax,

tomar café en cualquier negocio de la esquina

y hacer como que no existen:

Eso sería realmente espectacular,

esto movería mis mugres blancas hacia los túneles.


Caracas, 8 de mayo de 1964.


 


Las Siete Cabrillas, el Pájaro Siete Colores y los Siete Pecados Capitales

El viento llega otra vez y se pone como un peón

en su cabestro de anchulina que apuramos

cuando tomábamos agua sin dolor.


El viento llega, me trae sonidos del mar,

batallones de cangrejos, fulgores de algas

y los espejismos de las altas soledades nocturnas.


Solapado yo lo veo junto a sus aves azules,

cuando envuelve como un miche de madrugada

y hace que se esfumen los alcanfores en cruz.


Es el viento que trae sus maletas,

es él, mira su boladura,

mira cómo voltea mi camioneta Austin 1958.

Su horizonte tiene que ver con el cielo,

con las Siete Cabrillas, con el Pájaro Siete Colores,

con el Arcoiris también, y con los Siete Pecados Capitales.


El viento, si lo pasamos, muere Krist.

Si lo dejamos en su círculo es que nació ogor.

Es que ya vino, ojalá que haya traído

sus treinta y siete cocuyos.


Caracas, 14 de abril de 1965.


Rafael José Muñoz (Anzoátegui, 1928; Caracas, 1981). Poeta. Fue redactor de la revista Zona Franca y asiduo colaborador de la Revista Nacional de Cultura. De su obra publicada sobresalen Los pasos de la muerte (1953) y El círculo de los 3 soles (1968). Los poemas reproducidos pertenecen a la segunda edición del libro El círculo de los 3 soles, publicado por el Fondo Editorial del Caribe en 2005.



Tomada de Letralia.



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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.

Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia

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Actualizada el 18/04/2026
23/01/2024