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miércoles, 11 de marzo de 2020

Poesía y suicidio, un libro de Miguel Marcotrigiano: Un recorrido por “La escritura como profesión y el suicidio como vocación y forma de vida”


Anne Sexton


CRÓNICAS DEL OLVIDO

Poesía y suicidio, de Miguel Marcotrigiano

Alberto Hernández

“Querido amigo,
tendré que hundirme con otros cientos
en un ascensor de carga al infierno.
Seré una cosa ligera.
Entraré en la muerte
como alguien que perdió sus lentes.
La vida se ha medio agrandado.
El pez y los búhos son hoy feroces.
La vida se inclina hacia atrás y hacia adelante.
Ni siquiera las avispas pueden encontrar mis ojos”.

Anne Sexton: “Nota de suicidio”.

1

La más convincente nota suicida es la que nunca se escribe y trama todo para que parezca una angelación. Así lo he venido pensando desde la infancia cuando una mañana descubrí el cuerpo muerto de Luis Arévalo, colgado de una alcayata detrás de la puerta de su cuarto. Desde la ventana por la que me asomé pude ver sus ojos apagados, perdidos, su lengua oscura y su cuerpo totalmente estirado, como si el suelo lo aspirase.

Comienzo con este recuerdo porque el niño de aquella edad —nueve o diez años— no entendía cómo un hombre, que la mañana anterior tomó café frente a mi familia, horas después aparece ahorcado después de dejar el trabajo de obrero en el lejano paisaje de un pueblo donde me levanté.

Luis Arévalo nunca escribió una nota suicida. No supo hacerlo. Tampoco era poeta. Fue un suicida desde que nació porque llevaba la marca en su silencio, en la manera de mirar y despedirse todos los días en el patio de mi casa en Valle de la Pascua.

Ahora, urgido por los libros, por la muerte ajena, la provocada por propia mano, reviso el pasado de aquella que aún me perturba. He estado cerca de conocidos y amigos suicidas y autodestructivos, esa lenta agonía que termina con una explosión, y me inclino a pensar sobre sus poemas o sobre sus tormentos.

El suicidio es una de las aventuras más reveladoras del ser humano. Es una muerte muchas veces pensada, ingeniada, elaborada, calculada, administrada. Detrás de la calma de un sujeto podría estar aposentada la muerte con vocación vigilante. Es la muerte que comienza como un signo y termina como un símbolo. Es la muerte que desemboca en la razón de quien suprime el mundanal ruido y se recoge en la mansedumbre del silencio. Podría decirse que es la única muerte donde la poesía tiene espacio abierto, toda vez que se trata del tema más trabajado por el verbo de quien más tarde habrá de dejar las líneas de una despedida, porque no es una sola: el poeta/suicida alterna la agonía vital con el poema y en él se vacía hasta la muerte. Cada poema escrito es un acto suicida, la aliteración de un amago que se convierte en acto íntimo, solitario, individual, como el mismo acto de crear el poema.

Quien escribe poesía y es habitado por tantos yos, termina matando el único que lo acosaba: los otros viven en el poema. Ser presa de ese ego manifiesta el deseo de ser su propio ejecutor: el ahogo, el veneno, el corte de las venas, el disparo en el pecho o en la cabeza, entrar en el mar para perderse en su fondo y la poesía, tentación que recurre a la melancolía, a la depresión, a la cueva oscura y deja cerca el papel donde explica, se disculpa, exonera o culpa. O es el caso de quien se suicida y deja la duda, la pregunta funeraria, el silencio en el aún vivo, otra manera de ser muerte.



Miguel Marcotrigiano fue seducido por el tema. ¿Y quién no? Da para estudiar, desentrañar misterios, encajarse en el discurso del “obstinado”, del desahuciado, del desamparado, del angustiado, del que no quiere nada con la vida. El suicidio y su lenguaje: signo y símbolo de quien tiene en la muerte “una realidad al alcance de la mano”.

Poesía y suicidio, publicado por la Editorial Académica Española en 2012, es el título que escogió nuestro autor para entrar en este vertedero de escombros anímicos, porque de alguna manera la muerte es una convocatoria que el agónico transforma en un montón de notas dolorosas, forenses, pero también en materiales que servirían para prologar la indagación de la muerte como estilo de vida.

Miguel Marcotrigiano

Luis Arévalo, aquel lejano y anónimo personaje —que el niño que fui descubrió ahorcado—, es el síntoma, la denotación de un recuerdo que queda como la nota final que nunca escribió.

Podría afirmar que las notas suicidas son prólogos de la acción misma de darse muerte. En el caso de quienes no la escriban, su vida es una representación de lo que habría de suceder y de lo que los sobrevivientes le añadan a esa experiencia final.



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Marcotrigiano divide su estudio en tres partes: “Palabra y acto del suicidio”, “Biografía de autores suicidas” y “Estudio de la poesía de Martha Kornblith, capítulo en el que sustenta su investigación.

Gelindo Casasola. Fotografía de Gabriel Pilonieta


Por estas páginas pasan los nombres de Gelindo Casasola, Carlos Rodríguez Ferrara y la misma Kornblith como poetas que dejaron una obra poco extensa, pero que en ella reflejaron la intensidad de su existencia.

La base de la indagación del académico caraqueño engarza con la tesis la obra suicida y el acto suicida, rótulo que da pie para revisar —por ejemplo— la travesía de Arnold Ludwig, quien es citado por Misrahi, y quien estudió la vida de “1.005 escritores y otros artistas y profesionales de éxito del siglo XX”, con la cual pudo concluir que eran sujetos psicóticos, depresivos, pacientes con desórdenes afectivos y con tendencia al abuso de drogas o alcohol. Igual, concluyó que muchos de ellos sufrían de trastorno bipolar, razón por la cual es opinión casi general que los escritores, pero sobre todo los poetas, son atacados por la melancolía o depresión maníaca.

Recoge nombres conocidos de creadores que fueron víctimas de esa sombra que es la depresión: Van Gogh, Mahler, Gauguin, Rossetti, Händel, Porter, Balzac, Poe, Shelley, Byron, Hölderlin, Dinesen, Hemingway, Plath. Muchos de ellos autodestructivos. Se añaden los nombres de Larra, London, Pavese, Lowry, Quiroga, Kennedy Toole, Reinaldo Arenas, Benjamin, Chatterton, José Asunción Silva, Virginia Woolf, Maiakovski, Alfonsina Storni, Anne Sexton, Pizarnik, Ajmátova, Lugones, Mishima, Artaud, Nerval, Celan, Dylan Thomas, Primo Levi, entre otros.

Y una expresión tajante: “La escritura como profesión y el suicidio como vocación y forma de vida” redondea el epílogo lapidario de quienes escogieron ese camino.

Nuestro autor afirma también:

La vida simbólica que ofrece la literatura parece cobrar mayores dimensiones en la poesía, puesto que ésta tiene la propiedad de transformarse en una ficción que, a la vez, constituye una suerte de interioridad activa o en actividad.

Martha Kornblith


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Esta inflexión, que podría servir de entrada o epígrafe a un trabajo sobre el mismo tema:

…la poesía constituye un simulacro y la vida y la muerte se disputan ese territorio en ella.

El poeta suicida vive en un constante afán por desaparecer con su verbo, desde el mismo poema, por dejar el paisaje que lo atormenta, por deshacerse de los fantasmas que a diario lo visitan.

La adicción pesimista juega un rol importante en su decisión de dejar de existir.

La imagen de Nerval colgado de un poste de luz mientras la nota suicida es sacudida por el viento revela que quien se quita la vida acomete el último poema, en este caso, romántico. La de Paul Celan mientras se hunde en las oscuras aguas del Sena. La de Hemingway al momento de ponerse el cañón de la escopeta en la boca. Cada uno signado por un temblor profundo y el deseo de deshacerse de la vida lo más rápidamente posible. Para el suicida la agonía no es nada sublime. Para el poeta suicida es el silencio absoluto el que lo salva de su sique. Borrar el poema, borrarse de su yo trascendente.


Sylvia Plath
Dos textos de poetas citados por Marcotrigiano, que se quitaron la vida y dejaron una obra imprescindible en el mundo de las letras: Sylvia Plath y Cesare Pavese:

La mujer alcanza la perfección. / Su cuerpo muerto porta la sonrisa del deber cumplido./ (…) Sus pies desnudos parecen estar diciendo: / Hemos llegado hasta aquí, es el fin.

(***)

Basta de palabras (…) La muerte tiene una mirada. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (…). Bajaremos mudos por el torbellino…



4

Para arribar a su objetivo, al mundo fronterizo de Martha Kornblith, nuestro ensayista e investigador repasa los nombres de los poetas e intelectuales venezolanos que se suicidaron: Augusto Mijares, Gloria Stolk, Carlos Rangel, Argenis Rodríguez, Arturo Uslar Braun. También menciona a José Antonio Ramos Sucre, Elías David Curiel, Ismael Urdaneta, Luisa E. Larrazábal, César Dávila Andrade, Alirio Ugarte Pelayo…, de quienes hace una semblanza de su existencia y de su contenido poético donde el signo de la muerte marca la mirada del suicida.



Martha Kornblith dejó tres títulos: Oraciones para un dios ausente (Monte Ávila Editores, 1995), en el que Marcotrigiano estudia la muerte, la palabra, la memoria y la locura. En ese material uno de los poemas revela la cicatriz permanente de la autora: “Clínica Monserrat”.

Salvo las horas del miedo
también era posible reír.

Menciona al poeta José Asunción Silva , uno de los suicidas más insignes de la poesía latinoamericana.



En esa clínica, ubicada en Bogotá, nuestra autora vivió una temporada para rehabilitación psiquiátrica. La tragedia familiar, las muertes de sus seres queridos, detonaron su esquizofrenia.

En otro aparte de su angustia:

…suicidarme se ha convertido en mi divertimento, mi vocación.

En su segundo trabajo, El perdedor se lo lleva todo, editado por Pequeña Venecia (Caracas, 1997), el colombiano Vargas Vila asoma su rostro invitado por Marcotrigiano: “Cuando la vida es un martirio, el suicidio es un deber”. El juego como metáfora, como experticia de la banalidad.

Y cierra con su último y definitivo libro, el anterior y éste publicados post mortem: Sesión de endodoncia (Eclepsidra, Caracas, 1997), en el que el desamparo es la imagen que atestigua el postrer aliento de la joven poeta venezolana nacida en Perú.

El material de Marcotrigiano contiene opiniones y referencias de la crítica nacional, en el que se observan diferentes posiciones, calificaciones y perfiles de quienes abordaron su obra completa o alguno de los libros mencionados.

La mayoría de los autores definieron la poesía de Martha Kornblith como confesional, conversacional, narrativa, de breve extensión, “sentida y sufrida”, dolida, de un “descuido formal y honestidad”.

Marta Sosa dice que es una poesía donde habita una “impudicia confesional”. Yolanda Pantin y Alicia Torres: “Una escritura desde la conciencia de la enfermedad”.



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El autor de Poesía y suicidio expresa:

Un esquizofrénico, al cometer suicidio, no actúa contra su propio yo. Por tanto, no debería hablarse, en sentido estricto, de suicidio en un caso como este. ¿Quién dicta el poema? ¿Quién da la orden fatal? Las respuestas seguramente se hallarán en el entramado “sígnico” de su obra.

(Desde la mirada opaca de Luis Arévalo el niño dejado atrás se pregunta: ¿cuál yo decidió que aquel hombre iletrado decidiera escribir la nota suicida con el silencio de su cuerpo?).




Tomado de Letralia

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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 

martes, 2 de diciembre de 2014

Cántico por Miller, o Cómo me encontré con San Leibowitz y la Mujer del Caballo Salvaje pero no con Walter M. Miller Jr




Primera edición de Un Cántico para Leibowitz en inglés




La entrada de hoy es interesante y triste. Interesante como todo lo que desvela los entresijos de la industria editorial y más cuando hablamos de la continuación de una de las grandes obras de la ciencia ficción, incluso conocida fuera del fandom. Triste, porque el tema lo es: un mundo post-holocausto atómico, el suicidio de su autor, el trabajo como escritor fantasma o negro (hack writer) en la conclusión del libro y por un tibio recibimiento de la crítica. 





Walter M. Miller, Jr. escribió en 1959 Cántico a San Leibowitz (A canticle for Leibowitz) un libro duro, arduo a ratos y sin esperanza en y para la humanidad, un verdadero clásico e imprescindible de la literatura de Ciencia Ficción. Lógicamente la editorial movió cielo y tierra para conseguir una continuación. Las sagas son parte definitoria de la moderna ciencia ficción (y mucho más si nos fijamos en su predecesora: la literatura Pulp) maestros como Isaac Asimov o Arthur C. Clarke la han cultivado con éxito. Los importantes éxitos de ventas han llevado a las editoriales a alargar las sagas con libros de otros autores, siendo estos más o menos acreditados en las portadas.  Sin embargo el caso que nos ocupa es atípico, San Leibowitz y la Mujer caballo salvaje  (Saint Leibowitz and the Wild Horse Woman)  se publicó en 1997 (en el 2000 en español): 38 años después de su primera parte. Todos los jugosos detalles se encuentran en el texto que sigue a esta humilde entradilla. El autor principal no pudo finalizarla pero dejó marcado el camino, no llegó a conocer el final del libro pues decidió poner fin a su vida acorralado por la enfermedad.




Terry Bisson fue el “negro” literario que acabó el libro, pero no aparece como coautor, aunque es un dato conocido, gracias a este mismo artículo, alojado en su propia página web que incluso Wikipedia comenta. Terry ha sido muy poco traducido al español, en 2007 destaca su premiada Cuando los osos descubrieron el fuego (Bear Discover fire, 1990). Es probable que de ser reconocido, lo sea por haber novelizado la exitosa película de ciencia ficción: El quinto elemento (Le Cinquième élément 1997, dirigida por Luc Besson).





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Titulo original: A canticle for Miller; or, How I Met Saint Leibowitz and the Wild HorseWoman but not Walter M. Miller, Jr.

© 1997 Terry Bisson

Traducido por Eduardo López



  Soy un escritor de ciencia ficción, ocupación desafortunada si las hay. En noviembre de 1995 me llamó Don Congdon, un agente literario cuya reputación conocía pero con el que nunca había tenido contacto. Congdon es un jugador. Representa, entre otros, a William Styrony a Ray Bradbury. Me preguntó si había escuchado alguna vez sobre un libro llamado Cántico a San Leibowitz. Le dije que sí. ¿Quién no?  Cántico es uno de los pocos libros de cienciaficción que no sólo es conocido sino también leído fuera del campo (a diferencia de, digamos, Dune o Forastero en tierra extraña, que ofrecen sus virtudes sólo a aquellos que ya están atono con el género). Novela de angustia nuclear escrita en los ‘50, cuenta la historia de una orden de monjes del Sudoeste de los Estados Unidos y sus esfuerzos para mantener elconocimiento científico vivo en la nueva Edad Oscura, posterior al ‘Diluvio de Fuego’ o guerranuclear. La Abadía de Leibowitz y el vecino pueblo de Sanly Bowitz son denominados así luego de que un científico de Los Álamos se convierta en monje, sea martirizado por la turba y --sólo tal vez-- sea un santo. Leibowitz era judío, la ironía del título.

Esta edición de Bruguera de la novela de Miller es la más conocida en Venezuela


 La primera gran novela de CF de temática postholocausto es una combinación de tres novelas cortas relacionadas que cubren alrededor de dos mil años, durante los cuales la ciencia renace y destruye la civilización una vez más. “Fue un buen año para los buitres”, es el refrán preferido de Miller. Para decirlo con suavidad, descree del Progreso.

Desde su publicación en 1959,  Cántico siempre ha estado en el catálogo de alguna editorial, vendiendo millones de ejemplares. Regularmente aparece en las listas de lecturas de las escuelas medias y superiores. Incluso en las escuelas católicas.

Don Congdon

Don Congdon me dijo que el autor de Cántico, Walter M. Miller, Jr., su cliente, trabajó en una secuela durante seis o siete años, pero se ‘dio contra una pared de piedra’. Miller tenía cerca de setenta años. Su salud era mala desde hacía años, y sufría de una grave depresión. Congdon le sugirió contratar a un escritor para ayudarlo a terminar el libro y Miller estuvo de acuerdo. Me preguntó si no me gustaría echarle una mirada al manuscrito. Le dije que sí. 

Pensé, mierda, por supuesto que sí.

Como millones, leí, amé y jamás olvidé Cántico por San Leibowitz . Más aún: buscaba trabajo. La mitad de mi vida me la gano haciendo  hack work  para editoriales de Nueva York: edito, trabajo como escritor fantasma, hago novelizaciones, libros juveniles, revisiones, etc. En parte es interesante ( Car Talk with Click and Clack), parte deprimente (aquí no doy nombres). Mi última novela,  Pirates of the Universe, tuvo buena crítica, pero no hizo mucho dinero. Tenía hasta el tope mis cinco tarjetas de crédito, la línea plástica de la vida de un escritor  independiente. Comprendan esto, mi buena amiga (y editora) Alice Turner de Playboy me propuso un trabajo, entonces Congdon me contó de los problemas de Miller durante uno de sus largos, elegantes y literarios almuerzos.



Llamé a Alice para agradecerle, y a la mañana siguiente me fui a la oficina de Congdon en la Quinta Avenida para recoger el manuscrito. Esperaba un desquicio. La continuación incompleta, a menudo incompletable, de un bestseller reconocido es un segundo acto triste pero común en la literatura norteamericana del siglo veinte. ¿Recuerdan la secuela de  El hombre invisible? ¿O de  Call it sleep? ¿O de  Lo que el viento se llevó ? Yo no.


Congdon me dio una caja que pesaba más que un perro pequeño. La llevé a casa antes de abrirla. ¡El manuscrito en su interior tenía casi 600 páginas! He sido escritor lo suficiente como para saber lo que significa no poder desprenderse de un libro. Miller describió a Congdon su legado como ‘intentar escupir a través de una pantalla’. Yo esperaba, como dije,un desquicio. Leí toda la tarde y la mayor parte de la noche. Terminé el libro a las diez de la mañana. Era brillante. Era maravilloso. Era casi perfecto. No había una línea o una palabrafuera de lugar. No era un tosco borrador o un conjunto de fragmentos, sino una obra maestra sin costuras, exótica e increíblemente rica que funcionaba con seguridad, elegancia y brillantés a lo largo de 592 páginas. Y entonces se detenía.



Incluso tenía título:  San Leibowitz y la Mujer del Caballo Salvaje . La historia toma lugar en forma paralela a la segunda novela corta de  Cántico, el siglo XXXIV. Es contada desde el punto de vista de un monje de Leibowitz, Dientesnegros, y tiene que ver con la lucha entre la Iglesia en Denver y un nuevo imperio, rudo y violento, en Texarkana. En medio de esta lucha están los ‘espectros’ que viven en las colinas, y los nómades a caballo. Las armas acaban de ser reinventadas, y Dientesnegros viaja con un cardenal secular llamado Caballitomarrón quien secretamente está armando a los espectros y a los nómades para luchar junto a la Iglesia. Para complicar las cosas hay, por supuesto, una muchacha: una maravillosa, evasiva e irreverente‘fantasma’ joven. Y hay más. Mucho más.

Llamé a Congdon y le dije que amaba el libro y quería el trabajo. Congdon envió mi propuesta a Miller, que contestó simplemente: “Nunca escuché nada de este tipo pero me suena bien”. Antes le había dicho a Congdon que ‘cualquier idiota con sentido del humor puede terminar el libro’. De todos modos, ya estaba jugando el partido.


Walter M. Miller, Jr.

 
Mientras esperábamos la aprobación de la editorial, Congdon me puso más al tanto. San Leibowitz y la Mujer del Caballo Salvaje  fue vendida a Lou Aronica varios años antes por lo que las editoriales cortésmente llaman ‘un número mediano de seis cifras’. Aronica hacía mucho que se había ido, primero a Berkley y luego a Avon, y necesitábamos un ‘continúen’ del actual líder de Bantam para terminar el proyecto. La mayor parte del dinero aún no se había pagado, y no había ninguna seguridad de que quisieran el libro después de todos estos años.

Pero Congdon estaba seguro de que sería capaz de ubicarlo en algún lugar si era necesario.Hice mis deberes para el proyecto. Comencé a tomar notas, hacer planes, prepararme para comenzar a trabajar. Releí  Cántico y me asombré lo bien que se sostenía. Congdon y mi agente, Susan Protter, trabajaron en un contrato tentativo para saldar la deuda. Yo no tendría ningunan acreditación como coautor en la portada del libro, pero no tenía problema con eso. La gente en el género y en el negocio sabía que yo habría hecho el trabajo. Todavía esperábamos noticias de Bantam cuando Congdon me llamó alrededor de Navidad, diciendo: “Tengo malas noticias. Ayer se mató Walter”.


Me entristecí y desanimé. También estaba decepcionado. Aunque a pesar de todo conseguiría el contrato, había deseado conocer a Miller y obtener su aprobación del trabajo. Comprensiblemente, la familia se abstuvo de ofrecer detalles de la muerte de Miller, pero gradualmente surgieron. La ironía era cortante: la tercera sección de Cántico es una polémica contra el suicido. En el género hubo sentimientos contradictorios: Miller no fue una persona popular. Después de su éxito inicial se hizo de algunos enemigos, con los que se retiró de la comunidad de la CF. Tenía una personalidad irritante. También estaba malquistado con su familia. La herencia sería manejada por su nieta, que se había esforzado en conocerlo. Ella es una Arafat, educada en Texas pero con raíces en el Cercano Oriente. Este complejo legadocultural es otra ironía, tal vez apropiada para un escritor que estaba tan profundamente conflictuado sobre el catolicismo y Occidente.



Bantam finalmente dio su aprobación y comencé a trabajar. Miller había dejado claramente detallado un resumen mostrando hacia dónde quería que fuese el libro. Una parte estaba en cartas a Congdon; otra en notas a Aronica y para sí mismo, incluyendo varias escenas completas incluyendo diálogo. Escribí las últimas cien páginas del libro de acuerdo a las instrucciones de Miller. Usé cada palabra de su diálogo y descripción, incluso cuando quebraban la continuidad. Miller era grande repitiendo imágenes: buitres, mulas y un viejo cuidador de mulas, y siempre insistió en que no era un ‘estilista’, que no le importaba escribir como Ian Fleming. Fue un escritor cuidadoso y preciso, con un seco sentido del humor.



Porfiaba por la claridad, lo que no es lo mismo que ser directo. Me tomó un poco de tiempo entrar en su voz, pero una vez que lo hice me pareció perfectamente natural. Estaba empapado en el escenario y los personajes.

Como editor y corrector de estilo, sabía cómo salir del camino y hacer mi contribución transparente. Usualmente lo que hago es escribir peor... algo mucho más divertido que escribir mejor ¡imitando a un maestro! Estaba jugando con Michael Jordan, o al menos con Larry Bird, y como dicen en la NBA, mejoró el nivel de mi juego.

Portada del  número 30  de la revista Cuásar de 1998

Mientras trabajaba en el libro era muy consciente de lo feliz que me sentía. La recomendación de Alice Turner me había conseguido el trabajo, y si bien definitivamente soy apropiado para él, hay varios escritores de CF que podrían haberlo hecho al menos tan bien como yo. Michael Bishop, John Kessel y Karen Joy Fowler vienen rápidamente a mi mente. Y también una multitud que lo podría haber estropeado abominablemente.

Mientras trabajaba me enamoré del libro y, curiosamente, de Miller mismo. No puedo imaginar dos escritores más distintos. Definitivamente, yo soy un estilista (al menos me gusta pensar eso) y mi ideología política es materialista, marxista y modernista. La historia de Miller es cíclica (nada consigue mejorar) y sus héroes son santos ingenuos. Espera poco de la gente y, sin embargo, la ama y la perdona, una y otra vez, porque así es el cristianismo. Supongo.



Cinco meses más tarde estaba hecho el trabajo. Lo remití, el agente y la familia me dieron su aprobación, y finalmente lo hizo Bantam. Entre tanto, mi editor, Tom Dupree, dejó la editorial (algo común en este mundo). Tuve fortuna con su reemplazante, Pat LoBrutto, que no sólo es un sólido profesional de la CF, sino un  mensch (persona honorable e íntegra) literario, editor de Walter Tevis en Doubleday. Gracias a Pat (y Congdon), pude revisar las ediciones preliminares. Pasé unas semanas trabajando en la a menudo complicada geografía de Miller, incluyendo la locación de Nueva Roma para los mapas de la guarda.

El libro apareció en octubre. Fue y todavía es un libro enteramente de Miller. Lo que yo hice, lo hice escribiendo como él, y es, espero, transparente. Estoy feliz y orgulloso de ser parte de una historia única y exitosa con un final feliz. A diferencia de las muy aguardadas secuelas de Ahora y siempre (Jack Finney era otro de los clientes de Congdon) o Call it Sleep de Roth, San Leibowitz y la mujer del caballo salvaje , de Walter M. Miller Jr., es una obra maestra por derecho propio, mérito completo de su autor y de su predecesora.


Sólo nunca haber conocido al hombre con el que trabajé tanto y tan intensamente, incluso después de su muerte. Pero eso nunca estaba en las cartas. Lucius Shepard me contó una historia poco después de que consiguiera el trabajo. Cuando él vivía en el sur de Florida, Lucius recibió la carta de aficionado (¡alguien de quien nunca había sabido nada!) de Walt Miller, que vivía a unos pocos kilómetros. Elogiaba su escritura con cierta profundidad. Luego,al pie, decía: ¡Esto no quiere decir que quiera conocerte!

Buenas noches, dulce príncipe. Y gracias.



Terry Bisson: San Leibowitz y la mujer del caballo salvaje , de Walter M. Miller Jr., es una obra maestra por derecho propio, mérito completo de su autor y de su predecesora. Fotografía tomada de PM express


Este texto fue publicado en español en el  número 30  de la revista Cuásar  en 1998


Enlace original aquí

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En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.


Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.


Y colabora con el blog de Grupo Li Po

20/06/2024