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domingo, 13 de octubre de 2013

Iván Illich: "Somos criaturas que sólo pueden encontrar su perfección estableciendo una relación".




Ivan Ilich.
(Viena, 4 de septiembre de 1926 - Bremen, 2 de diciembre de 2002)



El principio del fin o la fuente de la esperanza.

"Somos criaturas que sólo pueden encontrar su perfección estableciendo una relación".
Una conversación entre Iván Illich y David Cayley




Entrevista a Iván Illich



En los ríos


En los ríos, al norte del futuro,
tiro la red, que tú, indecisa,
llenas con sombras
escritas por las piedras.

Paul Celan 

Versión de José Pérez Gay

Paul Celan





Conversación con David Cayley


Traducción de Jean Robert 



En las conversaciones que hacia el final de su vida Iván Illich (Viena, 4 de septiembre de 1926 - Bremen, 2 de diciembre de 2002) tuvo con David Cayley y que póstumamente se publicaron bajo el título de un poema de Paul Celan, The Rivers North of Future, Illich reveló las fuentes espirituales de las que emanó su crítica historicofilosófica. Para Illich, como lo mostró en su primera conversación con Cayley, la sociedad moderna, con sus instituciones de servicio, es fruto de la Iglesia que, al institucionalizar la caridad, corrompió la novedad de libertad y de amor que Cristo trajo al mundo. En la conversación que ahora publicamos, Illich habla de la fuente de la esperanza que florece en medio de estos tiempos que define como apocalípticos, no en el sentido de desastre, sino en el original de revelación. 



David Cayley: He revisado varias veces mis transcripciones de nuestra entrevista de hace dos años y hay algunos puntos que quisiera clarificar. En aquella conversación, tú volvías constantemente a la idea del misterio del mal del cual habla Pablo en su Carta los tesalonicenses. Desde entonces, he releído las epístolas de san Pablo y me parece que lo que está diciendo es que la Encarnación, para decirlo así, es el principio del fin. Algo ocurrió que cambió cada cosa irreversiblemente. 

Iván Illich: Sí, y dice una cosa que, para mí, es un gran consuelo: que soportaba su sufrimiento –digamos que era la epilepsia– para cumplir lo que aun falta y retrasa el final. Parafraseando a Pablo: soportar las molestias de mi prójimo con humor y devoción podría ser la paja que aun falta. Cada vez que uno de nosotros se asocia a los sufrimientos de Cristo, podría suscitar el fin. Es una idea maravillosamente consoladora y Pablo afirma –con razón creo– que cada uno está invitado a contemplar el curso de su propia vida a la luz de esta idea. Puede ser que tú y yo estemos contribuyendo a ello en éste mismo momento. 




Tengo en mi muñeca éste curioso reloj con una manecilla que indica los segundos al son de un casi imperceptible tic-tac. Me incita a preguntarme si el tic siguiente será el último. Conoces la historia del viejo rabino que Eric Fromm no se cansaba de contar. La mujer del rabino le dice: “Tengo que lavar tus calcetines”. Así que él se quita un zapato y le da un calcetín. Su mujer le dice: “¿No quieres darme el otro?” “No”, dice él, “jamás me quito mis dos zapatos al mismo tiempo. Quiero estar listo para cuando venga el Mesías”. 

David Cayley: Pero, ¿qué es lo que ha cambiado con la Encarnación? ¿Por qué es el comienzo del fin?

Iván Illich: Cuando María dio a luz el Verbo de Dios en la carne, algo ocurrió cósmicamente, algo que, hasta éste momento, había ocurrido cada vez que una mujer traía al mundo el niño que esperaba y probaba a los otros que su embarazo había sido real. Este nacimiento cumplía las profecías, legitimaba los balbuceos de los profetas de la única manera en qué, hasta el siglo XX, un embarazo podía ser legitimado: post partum, por la presencia del niño. Eso es la primera cosa que ha cambiado.

La segunda es que, desde este momento, todo acto profético, toda palabra que lo sea ya no expresa una simple esperanza, sino la fe en la presencia carnal de Dios. Cuando interpreto textos del siglo XII para los estudiantes, colegas y auditores de mi curso, la mayoría de ellos debe considerar lo que digo como fantasía o ideología; me preguntan: “Entonces, según usted, ¿los cristianos creen que un hombre es Dios?” En cuanto a los cristianos mismos, ellos no suelen hacer esta pregunta.





He oído a católicos y anglicanos hablar sobre este tema, y sé que presentan las cosas de manera inversa: para ellos, Dios es primero. Pero, para José, el niño es quien vino primero. En nuestro tiempo, le fe en la Encarnación puede florecer precisamente en la medida en que la fe en Dios se ha oscurecido y que cada uno de nosotros es conducido a descubrir a Dios en el otro. Eso me parece importante –más importante que nunca– frente a la oscuridad que recientemente los científicos han difundido al decir que ciertos rasgos físicos y matemáticos del universo llevan a postular, como una hipótesis que les parece muy fecunda, a un Dios –un Dios construido– atrás del Big Bang.  

Ante eso sólo puedo reír y decirles: “Vengan, miremos un pesebre”, y tratar de explicarles lo que es un pesebre, recordando a las madres que, en muchos de los países que conozco, envuelven a su hijo en un harapo en la esquina de una calle horas después de su nacimiento. 

David Cayley: En nuestras conversaciones anteriores, tú decías también que, con la Encarnación, el pecado había cambiado de sentido. Me gustaría oír más al respecto.

Iván Illich: A mi manera de ver, Cristo abrió nuestros ojos de manera única y definitiva sobre la relación entre David e Iván aquí y ahora o, si prefieres decirlo así: entre un “yo” y un “tú”. Antes de que Cristo la revelara, no existió la posibilidad de esa forma de relación aun si pudo haber cosas ligeramente parecidas. Estoy cada vez más convencido de poder defender este argumento ante cualquiera que quiera ser mi adversarius. En el curso de una de nuestras últimas conversaciones, evocamos al samaritano –un palestino que no adoraba a Dios en el Templo de Jerusalén– que ve a un judío tendido, herido, al lado del camino y se vuelve hacia él. Al igual que el samaritano, somos criaturas que sólo pueden encontrar su perfección estableciendo una relación. Esta relación parece arbitraria a los ojos de todos, salvo del samaritano mismo, porque él responde al llamado del judío golpeado.





Pero esta relación, tan pronto se ha establecido, puede ser rota y denegada. Una forma de infidelidad, de desprecio, de frialdad que no existía antes de que Jesús lo revelara se ha vuelto posible. Antes de esta revelación, el pecado, en este sentido, no existía: sin el vislumbre de la mutualidad, la posibilidad de su denegación y destrucción era impensable. Una nueva forma de lo que debe o debería ser se estableció. Este “debe ser” no está ligado a ninguna norma; tiene un telos. Está orientado hacia alguien, alguien carnal, pero no según una regla. Hoy en día, las personas que se ocupan de ética o de moralidad se han vuelto incapaces de no hablar de normas. Para ellas, el “debe ser” tiene que estar encadenado a las “normas”.
 
David Cayley: En nuestra conversación anterior, tú te opusite vigorosamente a mi uso del término “poscristiano” para caracterizar nuestro tiempo. Me dijiste: no, nuestra época no es poscristiana, es apocalíptica. ¿Qué significa vivir en un mundo apocalíptico?

Iván Illich: Al no querer calificar nuestra época de poscristiana y al insistir sobre su carácter apocalíptico, me definí en cierta manera como un discípulo de Santo Tomás deAquino. Así entiendo yo su expresión per fidem quaerens intellectum y per intellectum quaerens fidem : buscar mediante la fe una comprensión del tiempo desde Belén y tratar de entender con la inteligencia los dos primeros milenios cristianos. El mundo cambió para siempre por la aparición de una comunidad –y la palabra “comunidad” siempre define un “aquí” y un “allá”– fundada por completo sobre la contribución de cada uno, cualquiera que sea su rango, a la conspiratio del beso litúrgico. Una comunidad, por lo tanto, creada por un intercambio físico y no por alguna referencia cósmica o natural. Cuando un “nosotros” puede advenir como resultado de una conspiratio –literalmente, un soplo compartido–, estamos ya fuera del tiempo. Vivimos ya en el tiempo del Espíritu. 



 
Una consecuencia de ello es la aparición de un nuevo tipo de mal que llamo el pecado. El pecado difiere radicalmente de cualquier forma de “nobien” que se pueda concebir en términos seglares. Es también distinto de las viejas ideas sobre el “no-bien”, concebido como lo no armónico, inconveniente, no proporcional. Estos términos son insuficientes para expresar el tipo de mal que es el pecado. Hoy vivo en un mundo en el que el mal ha sido remplazado por el desvalor. Nos enfrentamos a algo que, en alemán, lengua tan propensa a las combinaciones de palabras, he podido llamar Entbösung, “desdiabolización”. Cuando la lancé en Alemania hace unos veinte años, esta palabra hizo reír. No puede haber desarmonía en un piano bien templado; no puede haber edificios inarmónicos una vez que se perdió la idea de los órdenes de la arquitectura, como lo mostró Joseph Rykwert en su libro The Dancing Column. Así que en este periodo apocalíptico de dos mil años, hubo primero una pérdida del sentido tradicional del mal, una “desdiabolización” seguida, en nuestros días, por algo que, no encontrando un término mejor, llamaría “concretud desplazada” o quizás “matematización” o “algoritmización”; lo que Uwe Poerksen trata de captar con su idea de “palabras plásticas”. Durante un milenio y medio, todo nuestro pensamiento social y político se basó en la secularización del samaritano, es decir, en la “tecnologización” de la pregunta: “¿Qué hacer cuando el afligido me sorprende de repente en el camino?” ¿Respondí tu pregunta?

David Cayley: Trato de parafrasearlo: la “desdiabolización” que resulta de la pérdida del sentido de la proporción sólo se hizo posible después de que Jesús ampliara el horizonte de lo posible mediante la respuesta que dio a los fariseos… Tú decías que toda la era posBelén es apocalíptica por definición…

Iván Illich: Sí, pero en el uso moderno el término “apocalíptico” significa una especie de desastre. Para mí significa revelación o develamiento. Nuestra conversación de hace dos años, que queremos profundizar ahora, trataba de mi hipótesis de que la corrupción de lo mejor es lo peor. Pero cuidado: esta hipótesis implica también que el esfuerzo de la Iglesia por conferir poder temporal, visibilidad social y permanencia al ejercicio de la ortodoxia, a la fe justa y a la caridad cristiana, no es en sí anti-cristiano. A mi manera de entender los Evangelios, que comparto con muchos otros, parten de la kenosis, de la humillación a la que Dios condesciende cuando se hace hombre y funda o genera el cuerpo místico con el que la Iglesia se identifica; este cuerpo místico es algo ambiguo. Por un lado, es la fuente de la continuidad de la vida cristiana en la que los individuos, actuando solos y juntos, pueden vivir la fe y la caridad. Por otro, puede ser la fuente de la perversión de esta vida mediante la institucionalización que transforma la caridad en una conducta seglar y la fe en una práctica obligatoria. ¿Por qué lo digo? Porque creo que la única forma en que puedo mantener la esperanza frente a los acontecimientos que ocurrieron durante los años de mi vida consiste en decir: la bondad y el poder de Dios brillan más gloriosamente que nunca en el hecho de que puede tolerar –volveré sobre éste término– el carácter mundano de su Iglesia, semilla de la que germinaron las organizaciones de servicios modernas.

Para decirlo en palabras más fáciles: por mi parte, creo que no vivo en un mundo poscristiano, sino apocalíptico. Vivo en el kairos en el que, por su propia culpa, el cuerpo místico de Cristo está constantemente crucificado como lo fue su cuerpo físico que resucitó en Pascua. Por ello, espero que el de la Iglesia resucite de la humillación que ella misma se infligió por haber engendrado el mundo de la modernidad. 



La Resurrección está atrás de nosotros. Lo que hemos de esperar ahora no es la resurrección del Señor ni la asunción física de Nuestra Señora María al cielo –ésta extraña muchacha que no he podido dejar de tomar como mi ideal desde que era muchacho–. Es la resurrección de la Iglesia; y cuando digo que creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna, la resurrección de los muertos es, para mí, la resurrección de la Iglesia. Hace dos años, tú viniste a verme diciendo que querías hablar conmigo de la corruptio optimi quae est pessima, de ese aforismo latino que dice que la corrupción de lo mejor es lo peor. Cada vez que busco las raíces de una de las certidumbres de la modernidad, encuentro su origen en lo que llamamos el segundo milenio: una excrecencia de la Iglesia que me aparece, no una realidad poscristiana, sino una realidad cristiana pervertida. El término “poscristiano” podría entenderse como un retorno a una inocencia renovada en la que el mal volvería a ser el simple mal, sin el pecado. La manera como juzgo y espero aceptar las instituciones modernas no es como simples males, sino como expresiones del pecado: intentos de realizar, por medios humanos, lo que sólo Dios, llamándolo a través del judío herido, podía dar al samaritano: la invitación a actuar con caridad.

David Cayley: Mircea Eliade, un autor que yo solía leer de joven, hablaba de la “valorización cristiana del tiempo”. Después de Belén, como lo acabas de decir, el tiempo, para los cristianos, deja de ser cíclico y adquiere una dirección definitiva e irreversible. Y ésta dirección, según Eliade, ha sido preservada hasta por los descendientes seglares de la cristiandad, como por ejemplo el marxismo que, en cierto sentido, no deja de esperar el final. Pero en los últimos quince o veinte años, la gente empezó a adoptar el término de “posmodernidad”, que sugiere un retorno al tiempo cíclico o a la inocencia renovada de la cual tú hablas.


viernes, 4 de enero de 2013

LA NECESIDAD DE UN TECHO COMÚN, por Iván Illich






La necesidad de un techo común






“Una vez que un pueblo haya aceptado que vale la pena (no importa en qué medida) enviar a un hombre a la luna o mantener a algunos individuos en vida durante más de cien años, o hacer viajes a velocidades supersónicas, fácilmente acepta cualquier otra forma de explotación, por el hecho de que el ídolo en cuyo nombre se hace la explotación ha sido creado por un científico. Esto lleva inevitablemente al control de la sociedad por medio de “tecnócratas expertos” (profesionales, especialistas, científicos, etc.) sin importar que estos hayan sido elegidos para el servicio del poder por un partido político o por un grupo de capitalistas.”

* * * * * *


Ivan Illich en su primer cumpleaños en Cuernavaca.


El control social de los sistemas de producción es la base de toda reestructuración social: la nueva fase en la cual ya entró la tecnología permite y exige una nueva determinación de ese control.

UNA NUEVA POLÍTICA DE AUTOLIMITACIÓN VOLUNTARIA Y COMUNITARIA


1) La propiedad social de los medios de producción; 2) el control social de los mecanismos de distribución, y 3) el acuerdo comunitario sobre la autolimitación de algunas dimensiones tecnológicas, pero sólo en su conjunto, constituyen la base para el control social de producción de una sociedad.


En las primeras etapas de la industrialización, los dos primeros aspectos parecían tan importantes que no permitieron que se desarrollara suficientemente el pensamiento sobre el tercero.

En nuestra opinión lo que hoy es necesario es el control político de las características tecnológicas de los productos industriales y de la intensidad de los servicios profesionales.



Esta nueva política consiste en la búsqueda de un acuerdo comunitario sobre el perfil tecnológico del techo común bajo el cual todos los miembros de una sociedad quieren vivir, más bien que la construcción de una plataforma de lanzamiento, desde la cual solamente a algunos miembros de esa sociedad se les envía a las estrellas.

Esta nueva política es de una autolimitación voluntaria y comunitaria, la búsqueda de máximos en la productividad institucional y en los consumos de servicio y de mercancías, de acuerdo con las necesidades que se consideran, dentro de esa comunidad, satisfactorias para cada individuo.

El control social del modo de producción adquiere una significación más amplia en la presente época de de desarrollo tecnológico. En las primeras etapas de la industrialización, la atención, con razón, tuvo que concentrarse sobre la propiedad de los medios de producción y sobre la distribución equitativa de los productos.

En la etapa por la que atravesamos desde los años sesenta, la definición social de un máximo, en relación con ciertas características básicas de los productos de una sociedad, debería ser la meta política más importante.


EL IMPERATIVO TECNOLÓGICO: TODO LO QUE SE PUEDE HACER, SE DEBE HACER

Las élites económicas de las sociedades latinoamericanas ya incorporaron, en su visión del mundo, lo que llamaremos el “imperativo tecnológico”. Llamamos “imperativo tecnológico” a la idea de que si alguna hazaña técnica es posible en cualquier parte del mundo, hay que realizarla y ponerla al servicio de algunos hombres, sin importar en lo absoluto el precio que los demás miembros de esa sociedad hayan de pagar por ello.

Las sociedades capitalistas justifican la planificación bajo el signo del “imperativo tecnológico” por la evidente demanda de unos cuantos consumidores que necesitan moverse a velocidades supersónicas. Las sociedades socialistas justifican esta misma planificación por el supuesto servicio que deriva a la comunidad total de la posibilidad de que unos cuantos puedan moverse a tal velocidad.

En cualquier sociedad en la que se acepte el “imperativo tecnológico”, éste se pone al servicio del progreso indefinido en calidad o en cantidad de los productos y de los servicios, destruyendo con esto la base para lograr la construcción del socialismo.



Esto lleva inevitablemente al control de la sociedad por medio de “tecnócratas expertos” (profesionales, especialistas, científicos, etc.) sin importar que estos hayan sido elegidos para el servicio del poder por un partido político o por un grupo de capitalistas.

Consideramos que el Kripto-estalinismo reside precisamente en esto: en adjudicarse el control social de los medios de producción, para justificar un control central de los productos, en servicio del aumento ilimitado de la producción.


Creemos que en estos momentos existen condiciones para movilizar las mayorías de algunos pueblos de América Latina y de África con el fin de que rechacen conscientemente la dominación de los tecnócratas, consecuencia inevitable de la aceptación popular del “imperativo tecnológico”.

Una vez que un pueblo haya aceptado que vale la pena (no importa en qué medida) enviar a un hombre a la luna o mantener a algunos individuos en vida durante más de cien años, o hacer viajes a velocidades supersónicas, fácilmente acepta cualquier otra forma de explotación, por el hecho de que el ídolo en cuyo nombre se hace la explotación ha sido creado por un científico.

Desfile de trajes regionales en el CIDOC al centro Ivan Illich 1962.


LOS PUEBLOS TIENEN DERECHO A DECIDIR LOS LÍMITES MÁXIMOS DEL PROGRESO

El rechazo del “imperativo tecnológico” es la base para iniciar la búsqueda de las dimensiones tecnológicas que habría que someter al juicio popular para que la mayoría determine bajo que límites máximos quiere vivir. Por ejemplo:

¿Cuál es la velocidad máxima para el transporte de las personas, que permita el uso óptimo de los recursos públicos para garantizar una movilidad óptima a la gran mayoría?

¿Qué amplitud máxima del espectro electrónico, utilizado para la comunicación entre personas, garantizaría el nivel óptimo de comunicación entre las mayorías?

¿Hasta qué punto se permite el uso de los recursos públicos en la prolongación de la vida de un adulto, cuando tales gastos resultan discriminadores de la gran mayoría que requiere de servicios de previsión y mantenimiento de su salud o de asistencia en momentos de crisis aguda?


¿A qué métodos pedagógicos posibles hay que renunciar en favor de un acceso de las mayorías a los medios de autoformación o autoconocimiento?


La idea de que un pueblo decida democráticamente las dimensiones tecnológicas dentro de las que voluntariamente se limitaría a vivir, dentro de cierto ámbito, y no sólo provisionalmente, sino a largo plazo, es profundamente contraria al modo de pensar que hoy prevalece.

Es improbable que la iniciativa para plantear este problema se tome en los países europeos occidentales u orientales que se encuentran a medio camino de la industrialización.

En los países supercapitalistas la contaminación ambiental que hace que la tierra sea incapaz de sostener la vida humana y la superdeterminación del individuo que lo hace impotente para sobrevivir fuera de un ambiente artificial, ya llevan a la conciencia de una pequeña minoría la necesidad de pensar en la urgencia de limitar la producción.

Creemos que el liderazgo de un movimiento mundial hacia una nueva política popular, en la que el pueblo, ante todo, decida los límites máximos en que esa sociedad deba vivir, y después los haga asequibles a todos, debe venir de algunos países de América Latina, de África y posiblemente de China.

Cuernavaca, septiembre de 1971.



IVÁN ILLICH (1926-2002), filósofo, teólogo e historiador. Obras reunidas I, apéndice. Fondo de Cultura Económica, México, 2006. FD, 17/01/2007.


Tomado de Filosofía Digital


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