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miércoles, 4 de octubre de 2017

Libros que cambiaron mi vida. Parte V: A modo de Epílogo.

Por Armando Boix







Las despedidas me cuestan y aún más cuando la relación que acaba se ha basado en la nostalgia. Efectivamente hoy presentamos la quinta y última entrada de los libros que cambiaron nuestra vida.

Armando inicia su entrega de hoy con todo un autor clásico: Jack London y su El vagabundo de las estrellas. Una elección que homenajea a todos esos maravillosos autores clásicos, maestros de la narración de acción. Se acercó tarde a ellos, fruto de haber navegado sin brújula por el proceloso mar de la literatura. Con prudencia, impropia de sus veinte años, no quiso privarse de conocerlos y de paso reivindicar la absoluta vigencia de estos autores, donde destaca un London que no envejece.

La siguiente influencia reseñada es más personaje que libro, hablamos de Conan. Como una gran mayoría de cincuentones conocieron al Cimerio por los cómics. El estreno de Conan el Bárbaro (Conan the Barbarian, 1982 dirigida por John Milius) revitalizó el personaje y aumentó sus seguidores (yo entre ellos). Lo que permitió relanzar de nuevo los cómics y las novelas de Robert E. Howard, y por fin, a Armando conocer los libros en que se basaban sus cómics.

El penúltimo texto es un gran reconocimiento a una colección de libros de ciencia ficción que revolucionó nuestras vidas. Hablamos de Biblioteca de Ciencia Ficción de Editorial Orbis sus 100 números fueron editados entre 1985 y 1986. Domingo Santos fue el director de la colección que se distribuyó por quioscos. Durante décadas ha sido posible encontrar sus ejemplares, a muy buen precio, por librerías de viejo, nutriendo de clásicos a las nuevas generaciones de lectores. Entre las obras de Asimov, Clarke, Heinlein, Bradbury, Brown o antologías tan jugosas como Visiones peligrosas recopilado por Harlan Ellison, se incluyeron un grupito de obras de autores españoles: Manuel de Pedrolo, una antologíade Ci Fi española, Gabriel Bermúdez Castillo, el propio Domingo Santos, Guillermo Solana y Rafael Marín Trechera y su Lágrimas de Luz, obra destacada por Armando. Novela que representó una de las importantes banderas de enganche de una generación de aficionados, que definitivamente nos rendimos con fervor a la ciencia ficción patria. Luego vinieron más… pero eso mejor que lo cuente el propio Armando.

Y llegamos al final, la obra que marca el cierre de una etapa. El mítico 1992 para Barcelona y la propia Sabadell que fue subsede de los Juegos Olímpicos de ese año, también lo fue mi Granollers. Armando cuenta 26 años y ya ha hecho sus primeros pinitos literarios, ya ha publicado cuentos en fanzines pero aún faltan unos años para sus novelas y premios. Toma como efemérides para cerrar su faceta de aprendizaje en solitario, la publicación de la antología Visiones Propias de Julián Díez. Emulando las Visiones peligrosas de Ellison, Julián selecciona textos de un grupo de autores españoles que vinieron a animar el alicaído panorama patrio. Es el punto de contacto con el fandom, Armando deja de estar sólo, se integra en el fandom barcelonés y rápidamente destaca: en 1995 cofunda y dirige el fanzine electrónico Ad Astra y en 1998 dirige Stalker una revista profesional dedicada al cine fantástico. Los noventas son años de vino y rosas, en lo personal y en lo nacional. El mundo es nuestro. 

Todo tiene su final, pero Armando nos deja unas reflexiones finales en forma de epílogo. Nos regala los límites en los que enmarcas estas 20 obras: una guía de exploración de los oscuros cielos de la literatura y en particular de la fantástica.

Ha sido un placer acompañarles en este viaje, me despido deseando que haya sido grato y no dejen de volver a visitarnos. Les dejo con las últimas recomendaciones de Don Armando Boix.

by PacoMan



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El VAGABUNDO DE LAS ESTRELLAS

Dado que al final de mi niñez di un salto brusco desde la literatura propiamente infantil y juvenil, como Enid Blyton y “Los tres investigadores”, a la novela sin etiquetas, al menos de edad, me salté un paso intermedio: esa narrativa de los grandes clásicos de la aventura, como Alexandre Dumas, Henry Rider Haggard, A. E. W. Mason, Anthony Hope, Rudyard Kipling, Rafael Sabatini o Jack London, que recuperaría ya cerca de la veintena, para descubrir cuántas obras magníficas había ignorado y sus enormes lecciones sobre cómo debe contarse bien una historia. Todos merecerían una entrada; me centraré en el último de los citados, decidido a no fatigar en exceso. Para el lector actual, London es el escritor más accesible, de estilo sumamente moderno, limpio en el redactado, económico en sus recursos literarios y realista en el tratamiento, no necesariamente en el tema. En modo alguno blando. Me asombra que durante demasiado tiempo se haya considerado como “juveniles” muchos de sus relatos de enorme crudeza, capaces de dejar con el corazón encogido al más coriáceo lector: pocos creadores han descrito mejor el hambre, el cansancio, el frío.

La principal dificultad reside en qué obra escoger entre las suyas, pues me costaría mucho señalar alguna insatisfactoria. “La llamada de la selva”, “Antes de Adán”, “Colmillo blanco”, “Martin Eden”, sus cuentos del norte o de los mares del sur… No hay pieza que no sea soberbia. Obligado a la elección, me quedo con “El VAGABUNDO DE LAS ESTRELLAS”, de 1915, por lo poderosamente imaginativo de su propuesta y la variedad del contenido.


Jack London

“El vagabundo de las estrellas” sería lo que ahora llamaríamos un “fix-up”, es decir, una serie de relatos que en principio podrían leerse de forma autónoma pero se han engarzado con un hilo conductor para conferirles unidad. Estamos ante la historia de Darrell Standing, sentenciado a muerte a la espera de su ejecución y encerrado bajo condiciones inhumanas en una celda de castigo, con una camisa de fuerza que no solo le inmoviliza, también le provoca terribles dolores. El único modo para escapar a su tortura, ha descubierto, es imponerse una relajación absoluta y proyectar su mente fuera de su cuerpo. Practicando ese ejercicio, a través del cual se inmuniza ante cualquier padecimiento concebido por sus carceleros, se dará cuenta de que su espíritu recupera conciencia de vidas pasadas: esta existencia que ahora sufre solo es una parada en un viaje tal vez prolongable hacia el infinito. Standing se ha reencarnado muchas veces, y antes que prisionero fue cazador prehistórico, legionario romano en la Palestina de Pilatos, caballero espadachín, náufrago en las costas de Corea y pionero en el Lejano Oeste acosado por los indios. Gracias a su narración en primera persona, le acompañaremos en esas aventuras.

En muchos aspectos el protagonista de “El vagabundo de las estrellas”, último de los libros que Jack London dio por finalizados, puede interpretarse como paradigma de sus héroes anteriores. Sus personajes son siempre individuos solos, sin apoyo, atrapados en la ley inexorable de la naturaleza: comer o ser comidos. Las construcciones civilizadas se demuestran frágiles, más una atadura que sostén de poca confianza, cuando no  se revuelven directamente contra el hombre para aplastarle. El derecho a la vida se gana con la lucha. La supervivencia es el premio para el fuerte. Morir, al fin y al cabo, no es un drama tan terrible sino una consecuencia ineludible, y aceptarla con serenidad, saber cuándo ha llegado el momento de entregarse a su abrazo, tal vez constituye el supremo acto de libertad humana.

Jack London, con solo cuarenta años, toma una sobredosis de morfina y no vuelve a despertar. Accidente o suicidio, su misión se había cumplido. Desde una infancia de trabajo y miseria se había elevado hasta convertirse en el escritor más popular de su tiempo. Un siglo después seguimos leyéndolo.




Conan el bárbaro

Como muchos chavales de mi generación, descubrí a Conan el bárbaro a través de los tebeos que publicaba Vértice. Siempre me llamó la atención esa caja de texto en la primera página, donde se leía: «Personaje creado por Robert E. Howard». Me habría encantado conocer en sus originales aquellas historias sobre guerreros y brujos, minaretes enjoyados, dioses araña, tesoros malditos, ladrones y rameras; pero no había ninguna edición en castellano disponible. Casi oigo saltar de sus asientos a catalogadores y bibliófilos. Sé que Bruguera había publicado una en 1973, siguiendo la que L. Sprague de Camp preparó para Lancer en Estados Unidos. Por edad me la había perdido y sus ejemplares eran muy buscados por los coleccionistas, a precios prohibitivos. También conozco ahora otros relatos de Howard publicados por la Editorial Mateu, en “Narraciones Géminis de Terror” o en “Narraciones Terroríficas” de Acervo. En aquel entonces no existían aún las librerías especializadas y encontrar material antiguo dependía del azar, en el mercado de segunda mano.

El estreno de la película dedicada al personaje, bajo la dirección de John Milius, abrió el abanico de posibilidades. Planeta resucitó los cómics en el magazine “La espada salvaje de Conan” y también, bajo su sello filial Forum, recuperó los libros en 1983. Ya no contaban con las espectaculares portadas de Frazetta, sustituidas por ilustradores del mundo del cómic, seguramente con derechos más baratos. Era una pena, aunque un mal menor: podría, al fin, leer las obras originales. La edición de Forum fue, pues, mi primer encuentro con el Conan literario.




Como ocurría en los volúmenes de Lancer que servían de base, las doce entregas de Forum recogían, además de las narraciones de Robert E. Howard, fragmentos terminados por Lin Carter y Sprague de Camp, adaptaciones a la Edad Hiboria de historias escritas originalmente para otros personajes, junto a pastiches nuevos por completo. Hay mucho para criticar en la labor compiladora de Sprague de Camp, poco respetuosa; no obstante, sus aportaciones me resultaron una lectura entretenida. Sí advertí de inmediato que aquellos añadidos quedaban bastantes escalones por debajo, al compararlos con los relatos de Howard, más oscuros y violentos, con una capacidad superior para evocar a un mundo antiguo, peligroso y lleno de hechicería. Admitiré sin problemas que Robert E. Howard no fue un autor perfecto, pues se abandonaba con demasiada facilidad a ciertos latiguillos, algunos de sus cuentos repetían fórmula y el mundo por él imaginado (una macedonia de culturas con referentes demasiado cercanos a civilizaciones históricas) era de dudosa solidez. Por contra, ese escritor que se quitó la vida con solo treinta años, cuando dejaba atrás la inexperiencia y empezaba a adquirir madurez como narrador, poseía una fuerza elemental, una pasión y un instinto natural para contar historias que ninguno de sus imitadores ha igualado.


Robert E. Howard

Si la influencia de un autor sobre sus lectores con prurito literario se mide por el rastro que deja en sus escritos, sin duda Robert E. Howard me afectó. En esos cientos de folios que llené durante mi adolescencia para aprender el arte de narrar historias por el método de ensayo y error, hay un buen puñado de cuentos de fantasía heroica, si bien luego nunca más volvería a practicar el género, al menos en su forma evidente. Porque las aventuras de Álvaro de Santaella en mi novela “El sello de Salomón” o las de Lionor de Montfranc en “La joven a la que amaban las hadas” no dejan de ser narraciones de espada y brujería, aunque su escenario sea histórico en lugar de puramente imaginativo.

Si la muerte llama a mi puerta, como cantaba Serrat, a lo mejor un editor devoto al estilo de August Derleth hurga en mis manuscritos en busca del más mínimo texto publicable y saca a la luz esos cuentos primerizos, para sorpresa de mis lectores. Sería demasiado desear que fuera placentera.




Lágrimas de luz

Pocas iniciativas editoriales habrán hecho más por dar a conocer la literatura de anticipación e incrementar el número de sus lectores que la colección Biblioteca de Ciencia Ficción, de Orbis, aparecida en 1985. Cada semana llevaba puntualmente a los quioscos, a un precio económico, una buena selección de títulos del catálogo de otras editoriales aún en activo, como Martínez Roca o Acervo. Su distribución masiva, que habría de llegar hasta el último rincón, propiciaría el contacto con el género, para muchos, y el nacimiento de una afición sostenida en décadas posteriores.


Domingo Santos

Desde años atrás yo tenía a la literatura fantástica entre mis lecturas predilectas, si bien me incliné primero hacia la narrativa de horror sobrenatural. Vale la pena recordar que la oferta en aquel terreno específico no era demasiado amplia en aquel entonces. Por lo que se refiere a los clásicos, teníamos obras esparcidas en las ediciones de bolsillo de Alianza Editorial y Bruguera, la colección Rutas de Fontamara enriquecería nuestro fondo por muy pequeño espacio de tiempo y Siruela empezaba entonces su andadura con La Biblioteca de Babel, dirigida por Jorge Luis Borges. La Biblioteca del Terror de Forum me había facilitado acceso a títulos básicos y curiosas novedades, pero sus ciento dos entregas las tenía leídas de cabo a rabo. Respecto al horror contemporáneo, casi se reducía a unos pocos nombres de acomodo fácil entre la oferta de best-sellers, como Stephen King o Peter Straub. Puedo decir que había consumido todo lo publicado, al menos todo cuanto había sido capaz de encontrar. Para seguir disfrutando de una literatura imaginativa debía volver mi mirada hacia otro género hermano, con mucha mayor oferta en los puestos de venta: la ciencia ficción.




Había paseado por sus autores más insignes y unos pocos libros selectos de Superficción, Nebulae y Ultramar se apoyaban unos contra otros en mis estanterías. La colección de Orbis, dirigida por Domingo Santos, supuso una oportunidad excelente para explorar, sin demasiado riesgo económico, otros escritores hasta entonces ignorados por mí.

Uno de los aspectos interesantes de aquella colección fue que recuperara obras de autores españoles, representadas en una antología panorámica y en volúmenes del propio Domingo Santos, Gabriel Bermúdez Castillo y Rafael Marín. Las leí todas. El título que más me impresionaría, sin desmerecer al resto, fue “LÁGRIMAS DE LUZ”, una novela que en su primera edición había sufrido de una distribución muy escasa y a la que se le otorgaba una merecida nueva oportunidad.




No había empezado a coleccionar aún los números de la desaparecida revista Nueva Dimensión, donde Marín se había dado a conocer entre los aficionados con sus primeros relatos y su novela corta “Nunca digas buenas noches a un extraño”, así nada sabía sobre su trayectoria y biografía. Sin embargo, apenas empecé a leer “Lágrimas de luz”, me di cuenta de inmediato de que el escritor debía ser muy joven. Sobre todo por sus primeros capítulos, que destilaban una angustia típicamente adolescente, ese sentirse solo y diferente mientras se busca un encaje en el mundo, no sin cierto regodeo narcista en la propia congoja, tan bien descrita que o bien el autor tenía muy buena memoria o no podía encontrarse muy distante de haberla sentido en sus propias carnes. No necesito cercanía geográfica, ideológica o temporal para disfrutar de una obra, pero no cabe duda que ayuda a la empatía advertir lazos con un artista crecido en un entorno sociocultural semejante, que habrá leído los mismos tebeos y novelas que tú, que habrá contemplado idénticas películas. A través de sus palabras, se estableció una comunión con Rafael Marín difícil en las obras de autores españoles de una generación anterior, aunque las juzgara notables. “Lágrimas de luz” albergaba una gran ambición por el dilatado recorrido de su trama, aunque lo más llamativo era su evidente preocupación por la forma, su amor por las palabras, algo no siempre presente en la ciencia ficción española previa. Esa preocupación por la nobleza estilística, deseosa de medirse en igualdad de condiciones con cualquier otra literatura, sería un referente para los autores más inmediatos, y alcanzaría una alta cota de excelencia en la narrativa de escritores como Elia Barceló o Félix J. Palma. Yo, que jamás militaría en la idea de que la ciencia ficción, como literatura de ideas, no precisa de un estilo cuidado, me dejé hechizar por la riqueza léxica, la cadencia musical y la esmerada redacción, signos de un creador de mirada amplia, formado más allá de los bolsilibros y las malas traducciones de originales anglosajones.


Rafael Marín

“Lágrimas de luz” es una novela de crecimiento, como también lo serán otras obras posteriores de Marín, “La leyenda del Navegante” y “Don Juan”, donde sigues a sus protagonistas a lo largo de su trayectoria vital o una parte sustancial de ella. Son semejantes a relojeros que admiran la magia de la mecánica, descubren sus engranajes rotos y los intuyen sin reparación factible, pero no les impide eso continuar apreciando su belleza. Los veremos florecer para mustiarse después sus ilusiones, descubrir los claroscuros del mundo, madurar, desechar quimeras y abrazar causas imposibles con idéntica terquedad, aunque los golpes abran brechas en su coraza. Errantes, en ningún lugar acaban por sentirse cómodos y solo unos pequeños oasis les permiten calma suficiente para lamerse las heridas, antes de proseguir su andadura hacia un destino adivinado fatal. No sé si Rafael Marín se da cuenta de ello, pero Hamlet Evans, Salther Ladane o Don Juan Tenorio retienen mucho de esos héroes prometeicos de la literatura romántica, contemplados desde una óptica moderna: huérfanos de certezas, se revuelven contra el mundo, se encaminan al borde del abismo y, con una lucidez ganada a fuerza de castigo, aceptan la destrucción como única victoria posible en una batalla imposible de ganar.

Así se confiesa Hamlet Evans, el narrador de “Lágrimas de luz”:

“Yo era una llama y prefería apagarme antes de respirar un aire envenenado, ennegrecido por los conceptos de la gloria y de la sangre. Yo era una luciérnaga y prefería morir aplastado por una bota antes de omitir mi canto. Yo era nada, y era mejor ser nada que mirarme en un espejo y no reconocerme sino a ráfagas, saber que bajo toda aquella capa de alegría que en otro tiempo habían transpirado mis poemas se escondía un regusto ácido y amargo de desesperación y de llanto; mejor no ser que ser aquello.”

Creo que Rafael Marín juzga superiores otras de sus novelas y “Lágrimas de luz” no está ausente de algunos excesos sentimentales propios de un escritor bisoño; sin embargo, en el contexto de su publicación, fue un título de enorme importancia y su lectura, más de treinta años después, sigue proporcionando asombro y dicha. El tiempo, tan inclemente para un género como la ciencia ficción, no ha descosido sus costuras, y el universo y los personajes que se despliegan en sus páginas permanecen convincentes, complejos y ricos.




VISIONES PROPIAS

El fándom de la ciencia ficción, ese núcleo central de aficionados que asiste a las convenciones, escribe en fanzines o blogs y se saca los ojos a la primera controversia, cree erróneamente, creemos, poseer la voz más autorizada, los conocimientos más extensos y que en su mano de “connossieurs” está elevar al Parnaso a sus autores favoritos, mientras mira con suficiencia a los excéntricos, a juntaletras que practican sus primeros ejercicios o al veterano que no está a la moda. Por fortuna, hay una base de lectores más extensa sin ocasión o interés por asistir a eventos multitudinarios, que sigue sus aficiones literarias sin necesidad de dejar oír su voz y que a lo mejor tiene conocimientos más profundos del género que los mandarines de dedos ágiles en el teclado y ansias de protagonismo.




Yo, a principios de los años noventa, formaba parte de ese grupo de lectores mudos. Estaba al tanto de lo que se publicaba en colecciones como Superficción de Martínez Roca, Nebulae Segunda Época de Edhasa, en Ultramar y Acervo. Recorría mercadillos y librerías de viejo para reunir material antiguo con fervor coleccionista, llenando lagunas en mis ejemplares de “Más allá”, “Anticipación” y “Nueva Dimensión. Hasta escribía relatos compuestos por el simple placer de inventar, pues no les auguraba más recorrido que el que llevaba desde la impresora al cajón. Aunque había leído intermitentemente fanzines dedicados a la literatura fantástica, como “Blagdaross”, “Fan de Fantasía” o “Berserk”, no tenía contacto alguno con los aficionados a la ciencia ficción, los más organizados y activos. Tal era mi aislamiento que ni siquiera me enteré de que en Barcelona, durante 1991, se celebraría la primera de las Hispacones restauradas, cuando me habría bastado un desplazamiento de treinta minutos desde mi casa al lugar del evento. ¡Con lo que me habría gustado pedirle, con piernas temblorosas por los nervios, una dedicatoria a Rafael Marín o ver cómo a Terry Pratchett se le indigestaba la horchata!

Alguna vez, eso sí, me pasaba por el local en la Ronda San Pedro de Gigamesh para aumentar el volumen de mi biblioteca, ya bastante crecida. Los libros más raros, de pequeñas tiradas, aquellos que no se encontraban en otras librerías y grandes superficies, eran lo que más podía atraer mi atención. Uno, de portada minimalista en blanco y negro, con una máscara cromada y un título escueto, fue a parar a mi bolsa de la compra: “VISIONES PROPIAS”, una antología de autores españoles de nueva hornada preparada por el periodista Julián Díez en 1992.

Como ya he contado anteriormente, “Lágrimas de luz”, de Marín, me había llevado al convencimiento de que la ciencia ficción escrita en español no debía contemplarse en inferioridad de condiciones con la creada en otras latitudes. Aquella antología, homenaje a las “Dangerous Visions” preparadas por Harlan Ellison para romper los modos fijados en la era de Campbell, pretendía ofrecer una palestra a los nuevos escritores, un expositor para formas más modernas de concebir el género.

Contenía cuentos de Pedro Pablo GarcíaMay, León Arsenal, Adolfina García, Félix J. Palma, Juan Manuel Santiago, Pedro Pemau, José Ignacio Ocaña Martínez y José Antonio Cotrina. A muy pocos les he perdido la pista, otros se han convertido en autores de éxito, con una parte llegaría a establecer amistad personal. Todos me resultaron estimulantes. El libro demostraba que el caudal de la ciencia ficción española fluía fresco, repleto de ideas, con formas de narrar maduras al tiempo que atrevidas. Y me advertía que no todas las puertas estaban cerradas, pues se abrían rendijas a través de las cuales quizá yo mismo, en días futuros, podría aventar mis folios recluidos.


Elia Barceló

El volumen tendría continuación con una segunda entrega, preparada por Elia Barceló como antologista, y de ahí derivaría una colección de cadencia anual, “Visiones”, que sigue apareciendo en la actualidad y donde yo mismo llegué a publicar un par de relatos. La década entera de los 90 presenció una explosión creativa en la ciencia ficción española, en la que los nuevos autores se vieron apoyados por abundantes revistas y fanzines donde exponer su trabajo. A los pioneros “Kandama” y “Tránsito” se unirían “Cyberfantasy”, “BEM”, “El Fantasma” y su sucesor “Artifex”, “Parsifal”, “Papers de Recerca”, “Bucanero”, “Framauro”… Incluso editoriales hasta entonces impermeables a los escritores nacionales elevaron sus rastrillos para que pudieran publicar sus novelas. Un importante grupo de narradores, entre los que citaré a César Mallorquí, Elia Barceló, Juan Miguel Aguilera, Rodolfo Martínez, León Arsenal, Javier Negrete, Félix J. Palma o Susana Vallejo, llegaron para quedarse. Habría flujos y reflujos, crisis periódicas seguidas de exuberantes reverdeceres. La cantera nunca se agotaría por completo y seguiría produciendo nombres que mantendrían vivo el género escrito en español hasta el día de hoy. Habría sido deseable que a tanto talento le hubiera acompañado un crecimiento sensible del número de lectores, uno de los déficits pertinaces en nuestra balanza editorial. No pudo ser y parece difícil que el siglo XXI invierta las cuentas. Se publican muchos libros, es cierto, sin embargo sus cifras de tirada son ridículas. Llegar a dos mil lectores se considera un éxito. No son buenos tiempos para vender libros. ¿Pero alguna vez lo fueron en nuestro país, sobre todo cuando se trata de un género tan minoritario como la ciencia ficción?






Libros que cambiaron mi vida: a modo de epílogo.

En estos recuerdos en veinte entregas sobre mi formación como ávido consumidor de literatura, no he pretendido proponer un canon de libros imprescindibles, solo rendir homenaje a textos decisivos a la hora de moldear mis gustos. Aun así, no puedo evitar una cierta sensación de injusticia. Ni nos enamoramos necesariamente de las mujeres más hermosas ni son las novelas mejor escritas aquellas que golpean nuestra alma por primera vez. Por eso, por lo caprichoso de nuestros encuentros, por la crueldad de la elección, me parece tan ociosa la típica pregunta sobre qué libro rescatarías de un incendio o te llevarías a una isla desierta. El mundo no puede encerrarse en un solo texto, aunque sea excelente. En cada instante de tu vida te conmoverán cosas distintas; un libro, siempre, te abrirá puertas a otras lecturas, y lo que hoy te deslumbra, mañana seguramente te revelará sus defectos, sin que por ello dejes de amarlo.




Si Enid Blyton me dio paso a la lectura de novelas, aquellas con las que más disfruté en mi infancia fueran las dedicadas a “Alfred Hitchcock y los tres investigadores”, con sus misterios de apariencia sobrenatural que al final quedaban explicados. Stevenson me subyugó con “El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde”, pero no son en modo alguno inferiores “La isla del tesoro”, “El señor de Ballantrae”, “Secuestrado” o “La flecha negra”. Preferí, de Salgari, a “El Corsario Negro”; hoy sus novelas que más veces releo son las protagonizadas por la valiente espadachina “El Capitán Tormenta”, en combate contra el Imperio Otomano.

Tolkien me dio acceso a la alta fantasía; sin embargo no disfrutaría menos, poco después, con la saga de Terramar de Ursula K. Le Guin. Robert E. Howard llenó mis horas de ocio con emociones, no menos que Michael Moorcock o Fritz Leiber algunos años en el futuro. “Lágrimas de luz”, de Rafael Marín me hizo apreciar que la ciencia ficción escrita en español no jugaba en una liga inferior; pero Elia Barceló y Juan Miguel Aguilera se convertirían en la confirmación necesaria de que aquella novela no era un verso suelto. Y aunque “Visiones propias” fue la antología que me acercó a los nuevos escritores de los 90, no es menos cierto que, en las páginas de “BEM” y “Cyberfantasy”, los relatos de César Mallorquí, León Arsenal y RodolfoMartínez me infectaron de una sana envidia y un ansia renovada por intentar escribir algo que pudiera aproximarse a tanto talento sin demasiado desdoro.


Ursula K. Le Guin

Apreciar una obra no degrada a otras. Disfrutar de determinados géneros no impide una mirada abierta a concepciones diferentes de la literatura. Leer y adentrarse en los pensamientos de otra persona, dejarse arrullar por el placer de una historia contada para ti solo, aunque luego se repita a miles de oyentes, requiere de una práctica que nunca es baldía, pues raro sería que no te ayudara a crecer y a ampliar tus perspectivas estéticas e intelectuales. Puedes empezar con Guillermo Brown o El Coyote, con Sandokan o Harry Potter… Una vez has dado los primeros pasos, no hay duda de que jamás perderás la curiosidad por descubrir qué otros caminos se dibujan delante tuyo, unos cómodos, otros arduos, siempre interesantes.



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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.
Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.
Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.



Y colabora con el blog de Grupo Li Po


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Armando BOIX (1966). Formado en artes aplicadas, ha desarrollado una carrera profesional como dibujante  técnico  y diseñador, al  tiempo que, desde 1994, empezaba a publicar sus primeros relatos y artículos en fanzines y revistas. Dirigió la revista especializada en cine fantástico Stalker y ha recibido diversos premios literarios, como el Gran Angular de novela juvenil por  El Jardín de los Autómatas  (1997),   el   Pablo  Rido   de   relatos  o   el   Gigamesh   de  ensayo.  

 Sus últimos libros publicados son  la novela  La joven a la que amaban las hadas(2012), la antología  El noveno capítulo y otros relatos (2014) y el volumen contres novelas cortas En calles oscuras (2015).




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Libros que cambiaron mi vida. Parte V: A modo de Epílogo.


Libros que cambiaron mi vida. Parte IV: Del Aleph a King.


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Actualizada el 01/03/2024


miércoles, 27 de septiembre de 2017

Libros que cambiaron mi vida. Parte IV: Del Aleph a King.

Por Armando Boix





Esta es la cuarta entrega de los libros que cambiaron nuestra vida. Armando va ampliando sus gustos y escritores. Nadie diría que un autor como Rafael Llopis al que no se le atribuye ninguna novela aparezca dos veces en estos 20 libros. Pues sí, Armando descubrió el magnífico libro en la biblioteca pública: Historia natural de los cuentos de miedo de Ediciones Júcar. Admito que tengo devoción por este libro y que me la contagio Armando. En nuestras charlas los domingos, delante de unas cervezas y tras visitar el Mercat de San Antoni, Armando nos habló varias veces de este ensayo. Yo conseguí mi ejemplar, un verdadero incunable de 1974, en Octubre de 1994 en Osuna (Sevilla) pero ya no recuerdo como. Es el primer y único ensayo que aparece en esta lista, una ruta de iniciación al terror que Armando supo aprovechar.




El estudio de la lengua y la literatura en la educación secundaria le hizo descubrir al gran Borges. En mi caso tuve un poco más de suerte y mis profesoras de lengua castellana me introdujeron a Isaac Asimov y su Yo, Robot y a Ray Bradbury con su Fahrenheit 451 entre mis lecturas obligatorias, todo un lujo.  Armando se reconoce un enamorado de la obra del insigne argentino, no es para menos. Destaca El Aleph y Ficciones, ambas antologías de Alianza Editorial, son dos volúmenes pequeñitos, de pocas hojas, pero Borges no necesita más para cautivar y modificar para siempre la vida de sus lectores.

Cuan paralela es la vida, me ocurre como a Armando, no guardo ningún grato recuerdo de las obras de lectura obligatoria de lengua catalana y tarde mucho en descubrir a Joan Perucho y sus Les Histories Naturals. Con los mismos complejos que el castellano, las obras de género fantástico en catalán casi deben pedir perdón por existir. Demasiado acosada por el castellano, la literatura catalana siempre quiso revestirse de un halo de respetabilidad donde el fantástico no tenía cabida. Si bien es cierto que en la literatura en castellano el fantástico ha encontrado su lugar bajo el sol, en catalán no tanto. Si no fuera por las micro editoriales como Orciny Press sería imposible encontrar no ya novedades originales en catalán, sino reediciones de maestros como Pere Calders o Manuel de Pedrolo.


Manuel de Pedrolo trabajando en el despacho de su piso de la calle Calvet.

Y cierra esta entrega el rey: Stephen King el revolucionador del género, el elegido que ha aunado cine y literatura, mejor dicho el autor cuyas novelas son fácilmente guionizables para mayor gloria de la industria del entretenimiento. Boix escoge la novela con la adaptación al cine: El Resplandor. Mucho talento junto: Kubrick, Nicholson y King. En esta lista hemos ido siguiendo la evolución del terror, hasta llegar a su actual estado. Se avecinan cambios, siempre se avecinan cambios en todos los campos, pero estos ya no cambiarán nuestra vida, seguramente si lo harán con la de algún lector más joven, pero eso es otra historia que deberá ser contada en otro momento.


by PacoMan

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Para muchos jóvenes impresionables, allá por los años ochenta, Lovecraft era Dios y Rafael Llopis su profeta. Descubrimos con entusiasmo que este había redactado unas Sagradas Escrituras, donde se partía del génesis de la novela gótica hasta el advenimiento del Mesías y más allá. Me refiero a “HISTORIA NATURAL DE LOS CUENTOS DE MIEDO”, publicada por Ediciones Júcar en 1974.

Mi templo, la biblioteca, me procuró un primer ejemplar. Nunca, antes o después, he leído como hice entonces por puro placer tomando notas, trazando esquemas y confeccionando resúmenes, tal era mi interés por el tema y mi voluntad de empaparme con toda la información que contenía. Devolví el libro con pena, y lo solicitaría en préstamo varias veces más. Por fortuna,  algunos años después localicé una copia en una feria del libro. Desde entonces me ha acompañado, siempre a mano. Mientras escribo en el ordenador, lo tengo a la vista muy cerca, con su cubierta de color verde y sus rostros tallados en piedra aullando a la nada.

Aquel ensayo, donde se trazaba una visión general y ordenada de la evolución del relato de horror, fue mi Biblia o, mejor dicho, mi mapa de carreteras para transitar en años venideros por tal literatura. Pude situar en su contexto y valorar mejor las aportaciones de autores como Le Fanu, Stoker, Bierce, Machen, Blackwood o M. R. James, me encendí de deseo ante sus referencias a obras inalcanzables en una edición española, que tardaría mucho en poder disfrutar (gracias Siruela, gracias Valdemar). Si algo sé sobre literatura fantástica, en las páginas de Rafael Llopis empecé a aprenderlo. Tantas veces he leído el libro completo o lo he revisado por capítulos que casi me lo he aprendido de memoria. Ahora mi ejemplar está tan manoseado, con sus hojas desprendidas del lomo, que ni necesito consultar el índice: puedo abrirlo directamente, con un leve vistazo, y alcanzar de inmediato la sección que busco.

Compañera natural de aquel ensayo era la “Antología de cuentos de terror”, del mismo Llopis, publicada por primera vez por Taurus en 1963 y luego reeditada en tres volúmenes en la colección de bolsillo de Alianza Editorial. Se trataba de una selección histórica, con breves introducciones a cada autor, que partía de Lope de Vega, Daniel Defoe, Sade y los novelistas góticos para llegar hasta Lovecraft, con el añadido de algunos autores españoles, como el gallego Wenceslao Fernández Flores y el catalán Noel Clarasó. Una ilustración preciosa a la modélica crónica del género narrada por Rafael Llopis en su “Historia natural de los cuentos de miedo”.




Libros que cambiaron mi vida (14).

Los libros de texto no han de ser siempre instrumentos de tortura; de vez en cuando incluso pueden propiciar descubrimientos excitantes. Uno por el que conservo apreció fue el preparado por Lázaro Carreter y Vicente Tusón para la asignatura de literatura española de segundo de B.U.P. Durante una clase que no debía resultarme demasiado distraída, me puse a hojear los últimos capítulos. Entre los textos comentados, leí un breve cuento de Jorge Luis Borges, “La casa de Asterión”:

“Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera.”

Lázaro Carreter

Así empezaba el relato. No diré nada de su conclusión, demoledora. El texto me cautivó y no solo por su calidad intrínseca: tenía ante mí una pieza de género fantástico escrita por un autor con suficiente reputación crítica como para aparecer en un manual académico. Acostumbrado a que muchos de los géneros con los que más disfrutaba fueran considerados despectivamente subliteratura, aquel reconocimiento me resultó sorprendente. Es cierto que en aquellos años aún resonaba el “boom” de la literatura latinoamericana, hábilmente promocionada por la agente Carmen Balcells; pero, más que Borges, eran autores de una generación posterior quienes recibían el aplauso, como Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.



No recuerdo si Lázaro Carreter mencionaba que “La casa de Asterión” pertenecía a un volumen de cuentos titulado “EL ALEPH”, de 1949, o si investigué para conseguir el dato. Lo cierto es que busqué aquel título para comprarlo y leer nuevas historias de aquel argentino genial. Encontré “La casa de Asterión” rodeada de verdaderas obras maestras, y no uso el calificativo de un modo frívolo. El libro se abría con “El inmortal”, sobre un miembro de las legiones romanas que encuentra purificación a la muerte en un río de regiones bárbaras; lo acompañaban “Emma Zunz”, crónica de una venganza minuciosamente planeada; “Deutsches Requiem”, sobre cómo un hombre culto y sensible puede llegar a convertirse en ejecutante del horror; “El Zahir” acerca del hallazgo de una moneda de poder místico capaz de obsesionar a su poseedor; “La búsqueda de Averroes”, una meditación sobre lo imposible de llegar a un conocimiento de aquello cuya verdadera naturaleza ni podemos sospechar; “La escritura de Dios”, descubrimiento de la palabra sagrada pronunciada en el mismo instante de la creación; o el cuento que da título a la antología, “El Aleph”, dedicado a un objeto que aguarda en un sótano de Buenos Aires y en el cual convergen los planos de múltiples dimensiones y tal vez contenga el universo entero… Un conjunto de relatos que, junto a “Ficciones”, resumen lo más característico de la imaginación borgiana, tan contagiosa como personal, de imitación imposible para otros escritores sin caer en el ridículo.

Vasco Szinetar con Jorge Luis Borges en 1982.

Me he tropezado con lectores que juzgan a Borges excesivamente barroco, en su variante conceptista, un intelectual frío al que fascinan las ideas y se aleja de todo lo humano. No lo veo así. Siempre lo he sentido una mente poderosa al amparo de una personalidad frágil, un albatros con alas demasiado grandes para vivir cómodamente en tierra, alguien que amó con verdadera pasión la literatura y la metafísica, y se refugió en los libros como último bastión contra los sinsabores de una vida que nunca le pareció grata, como el mismo describió en unos versos:

“Ya no seré feliz. Tal vez no importa. 

 Hay tantas otras cosas en el mundo”.

De su producción, sus relatos han sido siempre lo más apreciado entre el público. Yo adoró hasta la última línea que escribió, cada palabra pronunciada en una conferencia. Cuentos, poemas, ensayos y artículos me parecen equiparables en calidad, facetas diferentes pero unidas en una gema de singular perfección. Para mí es el más importante escritor que dio la lengua castellana en el siglo XX… Y nunca escribió una novela. Un refrendo a mi amor por el cuento como formato literario, útil en estos días, cuando impera tirana la novela, con cuantas más páginas mejor, y si es posible agrupada en trilogías o series interminables.


  
Seguramente la culpa fuera del temario, pero juzgo muy poco hábil la elección de lecturas que mis profesores de lengua y literatura catalana me impusieron en el instituto, con textos medievales cuyo significado casi no llegaba a descifrar o novelas naturalistas de una aridez tal que despellejaban todo interés en el neófito. Tan aburrido me pareció todo aquello que, durante muchos años, casi no leí nada por placer de lo creado en la narrativa de mi lengua materna.

Rafael Llopis, de quien ya he dicho que fue mi Virgilio en mi descenso a los infiernos de la literatura fantástica, tuvo a bien corregir ese error cometido al generalizar una visión fragmentaria. Gracias a él supe de un autor notable que con seguridad encajaría mucho mejor en mis gustos, Joan Perucho, recreador de la novela de caballerías, de mundos paralelos, de tramoyas góticas. Hasta se había atrevido a homenajear a Lovecraft. Compré, pues, una edición de bolsillo de una de sus obras. Mi felicidad sería absoluta al descubrir que tenía entre manos una excelente novela de vampiros: “LES HISTÒRIES NATURALS”.

Joan Perucho
En el marco de las guerras carlistas de nuestro siglo XIX, el botánico ilustrado y racionalista Antoni de Montpalau inicia la caza del caballero Onofre de Dip, miembro de la embajada que en tiempos del rey Jaime I concertó las nupcias con Violante de Hungría, donde contraería la infección vampírica. El no muerto tiene planes para los nuevos tiempos, y pasan por convertir también en vampiro al conde Ramón Cabrera, líder de los ejércitos carlistas parapetado en la fortaleza de Morella… “Les històries naturals” amalgamaba exitosamente la pura imaginación con leyendas locales, como los perros vampiro de Pratdip; personajes ficticios con otros reales; peripecias inventadas e historia cierta, todo ello publicado por primera vez en 1960, cuando Tim Powers aún necesitaba que le ataran los zapatos.

Tim Powers

La lectura de Perucho fue una reconciliación, y como suelen ser estas, apasionada. No solo con la literatura catalana, sino con toda la escrita en este mal avenido país. Significaba comprobar que la presunción, tantas veces repetida, de que las letras españolas eran esencialmente realistas se reducía a una idea prejuiciosa. El género fantástico había gozado siempre de distinguidos cultivadores, no solo por parte de “periféricos y marginales” (la expresión es de Llopis) como Perucho o Cunqueiro. Teníamos también golosas aportaciones de Emilio Carrere, Carmen de Burgos, Noel Clarasó y Wenceslao Fernández Flores, de titanes como Valle-Inclán, Galdós, Pardo Bazán, Valera o Alarcón, pasando por nuestros románticos y llegando a la novela de caballerías y el Romancero. Los manuales de historia de la literatura podían soslayarlo, pero las obras estaban ahí. Solo era necesario redescubrirlas.




Como si se tratara de un ritual mágico o una conjunción planetaria, en literatura el éxito depende de la sincronía perfecta entre varios factores. Por un lado está el talento del autor, por otro la existencia de un público receptivo, y ambos han de encontrarse en el momento y el lugar exactos. Algo así le ocurrió a Stephen King cuando, con menos de media docena de novelas publicadas, se convirtió ya en el autor de terror contemporáneo más conocido del planeta.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la ficción sobrenatural pasó a ocupar un puesto bastante marginal en el interés de los lectores, en favor de otras formas de literatura fantástica como la ciencia ficción. Autores que la habían practicado en la última etapa de revistas como “Weird Tales” hubieron de refugiarse en la anticipación, el thriller policíaco o los guiones para radio, televisión y cine. El propio King, al inicio de su carrera, hubo de escuchar de su agente literario que si pensaba encasillarse como autor de novelas de miedo iba a morirse de hambre. Sin embargo, a finales de los sesenta y principios de los setenta. obras como “La semilla del diablo” o “El exorcista” se convirtieron en éxitos de una dimensión insospechada. Lectores y espectadores empezaban a demandar productos semejantes, que se desmarcaran del “atrezzo” del horror gótico para integrar el miedo en un escenario familiar y moderno, por tanto mucho más inquietante. Fue el momento oportuno para que Stephen King buscara editor a su novela inaugural, “Carrie”.

Stephen King

Es indiscutible que las adaptaciones al cine, con directores como Brian de Palma, Stanley Kubrick y David Cronenberg, jugaron un papel importante para catapultarle al estrellato. La primera novela de Stephen King que leí, “EL RESPLANDOR”, en una edición de bolsillo de Plaza & Janés llegada a las librerías en 1982, aprovechaba esa baza, pues reproducía en portada la imagen icónica de Jack Nicholson con mirada enfebrecida. La edición en Pomaire, como “Insólito esplendor”, me había pasado desapercibida, pues tenía solo doce años en el momento de su publicación, y no vería la película hasta años después de haberme sumergido en la lectura de las desgracias de la familia Torrance durante su estancia en el hotel Overlook, gracias a un reestreno. Tenía idea, eso sí, de que Stephen King trataba temas escalofriantes y no necesitaba yo mayores recomendaciones para desear conocerlo.


Acostumbrado a autores románticos, victorianos o de los años de entreguerras, su estilo moderno, cercano y plagado de referentes “pop” me resultó refrescante. Las historias que narraba con una voz muy personal podrían ocurrirme a mí también; de hecho, era fácil sentirme identificado con muchos de sus protagonistas adolescentes. Y eso que aveces se le achaca como un defecto, que dedique tanto espacio a construir sus personajes, a dotarles de un pasado y un entorno, en lugar de molestarme me llenaba de satisfacción, pues de ese modo lograba que me conmovieran de un modo más intenso todas las desgracias que habrían de ocurrirles después.



Tras aquella lectura de “El resplandor” me obsesioné por reunir los libros de King aparecidos anteriormente. “Cujo” era el más reciente. Recuerdo que gracias a primer empleo como becario en un banco, durante un verano estando todavía en el instituto, logré los recursos para adquirirlos. Seguidamente fui leyendo todo lo que iría publicando, coincidiendo con su aparición. La llegada del nuevo siglo fue enfriando mi entusiasmo, con algunas novelas insatisfactorias como “El cazador de sueños” o “Buick 8”, y ya no fui tanto el lector fiel al que King tanto apela. Por fortuna, en los últimos años Stephen King ha recuperado buena parte de su inspiración creadora. Añadida al oficio adquirido, nos permite disfrutar nuevamente de una etapa de oscuras maravillas.




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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.
Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.
Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.



Y colabora con el blog de Grupo Li Po


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Armando BOIX (1966). Formado en artes aplicadas, ha desarrollado una carrera profesional como dibujante  técnico  y diseñador, al  tiempo que, desde 1994, empezaba a publicar sus primeros relatos y artículos en fanzines y revistas. Dirigió la revista especializada en cine fantástico Stalker y ha recibido diversos premios literarios, como el Gran Angular de novela juvenil por  El Jardín de los Autómatas  (1997),   el   Pablo  Rido   de   relatos  o   el   Gigamesh   de  ensayo.  

 Sus últimos libros publicados son  la novela  La joven a la que amaban las hadas(2012), la antología  El noveno capítulo y otros relatos (2014) y el volumen contres novelas cortas En calles oscuras (2015).


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