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sábado, 27 de septiembre de 2025

Víctor Cadet: del homo erectus al homo radiophonicus en la Valencia de Pocaterra

 

VÍCTOR CADET desde el estudio de la radio en la Torre Da Vinci en la avenida Bolívar Norte|Fotografía de JOSÉ ANTONIO ROSALES


Estimados Liponautas

 

Sean bienvenidos a esta nueva entrega de nuestro navío digital. Hoy lo acercaremos a Víctor Cadet, un locutor venezolano y la labor que ha venido realizando desde hace tiempo, en Valencia, capital del estado Carabobo y ciudad natal del escritor José Rafael Pocaterra. Valencia, la de Pocaterra es una expresión usual de la escritora venezolana Marichina García Herrero.


Disfruten de la entrada


Atentamente


La Gerencia


José Rafael Pocaterra (1889-1955) siempre fue un escritor que estuvo en el ojo del huracán de los acontecimientos de su tiempo


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Víctor Cadet: el homo radiophonicus


Por Papel Literario

JUNIO 13, 2025 12:30 AM



En las venas de Víctor Cadet no solo corre sangre, sino también las ondas hertzianas de la radiodifusión, esas frecuencias invisibles que han tejido, durante medio siglo, un coro de voces, imágenes y emociones. Cincuenta años de trayectoria no son un simple almanaque de fechas, sino un archivo vivo de pasiones, donde la radio, la publicidad y las artes escénicas se entrelazan en un relato mítico. Cadet, un hombre que ha sabido ser a un tiempo narrador, actor y creador, encarna esa rara alquimia que transforma el efímero instante del arte en una resonancia perdurable.



Por RAFAEL SIMÓN HURTADO


Su madre, la gran maestra


Víctor Cadet reflexiona sobre su profunda conexión con la radio, influenciada por su madre, Haydée Cadet, una locutora que lo introdujo al medio desde niño al llevarlo a estudios de grabación. Aunque creció inmerso en este ambiente, su vocación no es solo herencia familiar, sino una pasión personal por comunicar. Define su rol como el de un “comunicador” más que un simple locutor, abarcando producción, musicalización y edición, con un enfoque global similar al teatro.


El apellido Cadet es sinónimo de radio en Venezuela. Yo diría que tiene denominación de origen, como dicen los españoles para referirse a la buena reputación de sus productos. Es una marca, heredada del legado de tu madre Haydée Cadet. ¿Cómo se metabolizó en ti ese legado desde tus inicios?



El legado de mi madre, Haydée Cadet, es una presencia constante en mi vida y mi carrera. Crecí escuchándola en la radio, con su voz llenando la casa todas las noches, transmitiendo en vivo con esa calidez y profesionalismo que la caracterizaban. Era una figura imponente, no solo por su talento, sino por su compromiso con conectar con la audiencia. Producir con ella Horizonte, un programa infantil, fue mi primera escuela. Ahí aprendí a estructurar contenidos, a entender el ritmo de la radio y, sobre todo, a respetar al oyente. Ese programa me enseñó que la radio no solo informa o entretiene, sino que puede ser un espacio de formación y cercanía. Mi madre me inculcó que la radio es un servicio, una responsabilidad. Ese legado se metabolizó en mí como un amor por el medio y un deseo de honrar su nombre, pero también de encontrar mi propia voz dentro de esa tradición.





¿Puedes enumerar las emisoras en donde has trabajado?


He tenido la suerte de trabajar en varias emisoras que me han enriquecido como profesional. Entre ellas están Radio Satélite, Radio Latina (estaciones de radios ya desaparecidas). En esta última hice programas culturales con la producción del artista plástico Wladimir Zabaleta y guiones del escritor Juan Calzadilla. Hasta la actualidad en Stereo 97. 9 FM, en donde recién celebré el primer aniversario. Cada una me ha dado una perspectiva distinta sobre cómo llegar a diferentes audiencias, desde las comerciales hasta las más alternativas.





Además de radio, has hecho publicidad, cine y teatro, has sido editor de la revista Rasgadodeboca, y eres amante de la música (¿Te gusta el reguetón?). Recuerdo presentaciones en la Escuela Teatro Ramón Zapata (Médico a palos, de Molière) y el Teatro La Campana, con Isidro Brachitta. ¿De qué manera estas experiencias han sumado en tu carrera como locutor y comunicador?


Todas estas experiencias han sido como piezas de un rompecabezas que me han ayudado a construir mi identidad como comunicador. El teatro, por ejemplo, con obras como Médico a palos en la Escuela Teatro Ramón Zapata o las presentaciones en el Teatro La Campana, me dio herramientas para manejar la voz, el ritmo y la emoción, que son esenciales en la radio. La publicidad me enseñó a ser preciso, a transmitir un mensaje en pocos segundos, algo que aplico al estructurar segmentos radiales. El cine me ayudó a entender la narrativa visual, que, aunque no se ve en la radio, influye en cómo imagino las historias que cuento. Editar Rasgadodeboca me dio un ojo crítico para los contenidos y una sensibilidad hacia las historias que resuenan con la gente. ¿Y el reguetón? (risas). Digamos que aprecio su energía y su capacidad para conectar con audiencias jóvenes, pero mi corazón está más cerca del jazz, la salsa y la música clásica. Todo esto me ha dado versatilidad para adaptarme a diferentes formatos y públicos, y me ha enseñado a ser un comunicador más completo, capaz de jugar con tonos, emociones y contextos.


Una vieja fotografía de la fachada de la  antigua sede de la Escuela de Teatro Ramón Zapata mucho antes de comenzrce a caer a pedazos.


La típica “voz de locutor”


La conversación aborda la evolución de la radio, centrándose en cómo las voces y los paradigmas han cambiado con el tiempo, influenciados por la herencia cultural y profesional, especialmente a través de su madre, Haydée Cadet, una pionera que rompió el estereotipo de la locutora como “adorno”, al destacar como productora. La voz femenina en la radio, antes ligada a la sensualidad, y la masculina, a un engolamiento forzado, evolucionaron hacia una naturalidad que refleja la autenticidad de las personas.


Escuela de Teatro Ramón Zapata el 10 de septiembre de 2023, cayendóse a pedazos.

Imagen tomada del Blog Informativo Valencia Hoy


En entrevista con la escritora Laura Antillano, tu mamá (Haydée Cadet) le confiesa sobre la imagen que los oyentes se hacían de su apariencia, gracias a su voz. Recibía cartas y llamadas amorosas, también regalos. Al cabo de los años, la voz en la radio ha evolucionado. En las mujeres ha evolucionado desde la sensualidad y en los hombres desde cierto engolamiento. ¿Cómo observas esta evolución?


Es cierto que la voz en la radio ha tenido una evolución marcada por los cambios culturales y tecnológicos. En la época de mi madre, la voz femenina solía asociarse con sensualidad o calidez maternal, y la masculina con una autoridad casi teatral, ese engolamiento que mencionas. Hoy, la radio busca autenticidad. Las voces, tanto de hombres como de mujeres, tienden a ser más naturales, menos impostadas, porque el público actual valora la cercanía, la honestidad, y, sobre todo, el mensaje. La sensualidad o la autoridad no han desaparecido, pero se expresan de manera más sutil, más conversacional. Creo que esta evolución refleja una audiencia que quiere sentir que el locutor es alguien como ellos, no una figura distante. Mi madre recibía cartas porque su voz creaba una conexión íntima; hoy, esa conexión se busca a través de un tono más cotidiano, pero igual de poderoso.


Escuela de Teatro Ramón Zapata el 10 de septiembre de 2023, cayendóse a pedazos.

La radio, “la gran sobreviviente”


Cadet destaca la importancia de la voz como herramienta para transmitir el mensaje sin “ruido”, y cómo la naturalidad y el contenido relevante, más que una voz impostada, capturan la atención del oyente. Describe la radio como "la gran sobreviviente" frente a otros medios, como la televisión y la prensa escrita, debido a su bajo costo, accesibilidad e inmediatez, comparándola con una "mochila" que se lleva a cualquier parte. Sin embargo, reconoce la competencia de las redes sociales y el impacto de los podcasts, que, aunque distintos, se benefician de la experiencia radial, pero pueden perder la esencia imaginativa de la radio al priorizar la inmediatez.


Una imagen que representa el estado de la libre expresión en Venezuela. Imagen tomada de aquí.



La radio es economía de recursos expresivos que desafía la imaginación. Después de la lectura, la radio obliga al ejercicio de la imaginación. ¿Es posible que la reinvención de la radio, ahora bajo el formato del podcast, se haya perdido el recurso esencial de la imaginación de quien escucha?


No creo que se haya perdido, pero sí se ha transformado. La radio tradicional te obligaba a imaginar todo: el escenario, los personajes, las emociones, solo con la voz y los efectos sonoros. Los podcasts, al ser más narrativos y a menudo más producidos, pueden ser más específicos, lo que a veces reduce el espacio para la imaginación del oyente. Sin embargo, los buenos podcasts, siguen apelando a esa chispa imaginativa, al uso de las pausas, la música y las descripciones evocadoras para que el oyente complete la imagen mental. El desafío es no saturar con demasiada producción; hay que dejar huecos para que la imaginación del oyente los llene. La magia de la radio, y del podcast bien hecho, sigue siendo esa capacidad de pintar con palabras.




El locutor, un “amigo cotidiano”


Dice Cadet que la radio mantiene su relevancia como hábito diario, especialmente en vehículos durante el “prime time” matutino, siendo un medio que acompaña y crea conexiones emocionales con los oyentes, quienes ven al locutor como un “amigo cotidiano”. Para captar la atención, enfatiza en la necesidad del uso del contraste, la variación en el discurso y la calidad del contenido, aplicando principios del arte y la narrativa periodística.


Generalmente, quien oye radio se mueve en distintos escenarios —la oficina o la casa—, con la voz de fondo como única compañía. ¿Cómo estructuras tus programas de radio? ¿Qué criterios sigues para enganchar al radioescucha?


Estructurar un programa es como contar una historia: necesitas un comienzo que atrape, un desarrollo que mantenga el interés y un cierre que deje algo en el oyente. Mi criterio principal es conocer a la audiencia: ¿quiénes son, ¿qué les preocupa?, ¿qué los motiva? A partir de ahí, diseño bloques que combinen información, entretenimiento y emoción. Por ejemplo, en un programa matutino, empiezo con algo ligero pero relevante, como una noticia local o una anécdota personal que conecte. Luego, alterno segmentos de música, entrevistas o reflexiones, siempre con un ritmo que no aburra. Para enganchar, busco ser auténtico, usar un lenguaje claro y crear momentos de interacción, ya sea con preguntas abiertas o invitando a la audiencia a participar a través de mensajes. También me gusta jugar con el tono: a veces serio, a veces humorístico, pero siempre cercano, como si estuviera hablando con un amigo.


Mensaje de Navidad de Radio Latina 1470 AM. Valencia - Venezuela. Año 1986.



Se ha elevado el nivel tecnológico de los medios de comunicación, y de la radio en particular, ¿crees que ha evolucionado en la misma medida el buen gusto en los contenidos?


No siempre. La tecnología ha democratizado la radio, permitiendo que más voces se escuchen, pero también ha traído una saturación de contenidos que no siempre priorizan la calidad. Hay programas que apuestan por el sensacionalismo o la repetición de fórmulas vacías para captar audiencia, lo que puede sacrificar el buen gusto. Sin embargo, también veo esfuerzos admirables: emisoras y podcasts que cuidan el contenido, que buscan educar, inspirar o provocar reflexión. El buen gusto no es solo estético; es respeto por el oyente, es ofrecer algo que enriquezca. Creo que la evolución tecnológica debe ir acompañada de una evolución ética y creativa para que el contenido esté a la altura.”


¿Qué te enamora de lo que haces, el medio o la relación con los destinatarios del mensaje?


Es una mezcla de ambos, pero si tengo que elegir, diría que la relación con los destinatarios. La radio es un medio increíble, con su intimidad y su capacidad de llegar a cualquier rincón, pero lo que realmente me enamora es saber que estoy tocando la vida de alguien, que mi voz puede acompañar, informar o hacer reír a una persona en su carro, su casa o su trabajo. Esa conexión, aunque no los vea, es mágica. Recibir un mensaje o una llamada de un oyente que te dice “gracias, eso que dijiste me llegó” es lo que hace que todo valga la pena.


Hay radios comunitarias, populares, educativas, alternativas, católicas y hasta rebeldes ( en que parte de Venezuela existe). Tomando en cuenta que el medio siempre le ha dado forma al mensaje, ¿podrías decirnos cómo definirías la radio que haces? ¿Cuál es la forma de tu mensaje?


Yo diría que hago una radio humana, cercana y reflexiva. Mi mensaje busca ser un puente entre la información, la emoción y la acción. No me interesa solo llenar el aire; quiero que lo que digo deje algo en el oyente, ya sea una idea, una sonrisa o una pregunta. Mi radio tiene raíces en lo comunitario, lo educativo, y, sobre todo, en lo cultural, influenciada por el legado de mi madre y por mi experiencia en emisoras diversas. La forma de mi mensaje es conversacional, con un toque de humor y mucha empatía, porque creo que la radio debe ser un espacio donde todos se sientan incluidos, sin importar de dónde vengan.


¿Crees que sea necesario trivializar el discurso para llegarle a la gente?


No, no es necesario. Simplificar no es lo mismo que trivializar. Puedes hablar de temas profundos o complejos con un lenguaje accesible, sin perder sustancia. Trivializar es subestimar a la audiencia, asumir que no están listos para ideas grandes. Creo que la gente está sedienta de contenidos que respeten su inteligencia, pero que se presenten de manera clara y relatable. La clave está en encontrar el equilibrio: ser claro sin ser simplista, ser entretenido sin ser frívolo.


La masividad de las transmisiones audiovisuales en la actualidad, ¿es una dificultad, o, por el contrario, abre nuevas oportunidades?


Es una oportunidad enorme. La masividad audiovisual puede ser un desafío porque compite por la atención del público, pero también abre puertas para integrar la radio con otros formatos. Por ejemplo, los podcasts y las transmisiones en streaming permiten llegar a audiencias globales, algo impensable hace unas décadas. Además, la radio puede aprovechar elementos visuales en redes sociales para complementar su mensaje sin perder su esencia sonora. La clave es adaptarse sin traicionar la intimidad que hace única a la radio. Es un momento para experimentar y llegar a más gente de formas nuevas.


Haydée Cadet



¿La radio tiene su propio público? Antes, tu mamá recibía cartas, y atendía llamadas, lo que le permitía medir su audiencia.


Sí, la radio tiene un público fiel, aunque hoy se mide de formas diferentes. Antes, las cartas y llamadas, como las que recibía mi madre, eran la forma de sentir el pulso de la audiencia. Hoy, tenemos redes sociales, mensajes de texto, métricas digitales. Pero el público de la radio sigue siendo especial: es gente que busca compañía, que valora la voz humana en medio de un mundo lleno de pantallas. Ese público sigue ahí, y aunque las formas de interactuar han cambiado, la conexión emocional es la misma.


¿Cuáles crees que han sido las habilidades que te han ayudado a hacer la radio que te gusta?


La empatía, sin duda, es la primera. Entender qué necesita o siente la audiencia es clave para conectar. También la versatilidad: saber pasar de un tono serio a uno ligero, de informar a entretener. La improvisación es otra habilidad importante; en la radio, las cosas no siempre salen como planeas, y tienes que reaccionar en el momento. Y, por último, la disciplina. La radio exige preparación, constancia y respeto por el tiempo del oyente. Todo eso, combinado con una pasión genuina por el medio, es lo que me ha permitido hacer la radio que amo.


César Miguel Rondón

César Miguel Rondón dice que él tiene años oyendo que la radio tiene el tiempo contado. ¿Cuál es la fuerza de la radio?


La fuerza de la radio está en su intimidad y su accesibilidad. Es un medio que no necesita que pares tu vida para consumirlo; te acompaña mientras conduces, trabajas o cocinas. A diferencia de otros medios, la radio crea una relación personal con el oyente, como un amigo que siempre está ahí. Además, su capacidad de adaptarse, ya sea a través de podcasts o plataformas digitales, demuestra que no está muriendo, sino evolucionando. Como dice César Miguel Rondón, la radio lleva décadas “agonizando” y sigue más viva que nunca porque conecta con lo esencial: la voz humana y la imaginación.


El preámbulo de los padecimientos actuales de los venezolanos.



Venezolano en el mundo


Víctor Cadet emigró a Uruguay, por lo que la conversación abordó la experiencia de la migración, destacando el impacto emocional y cultural de dejar un entorno familiar como locutor de radio en Venezuela, donde es conocido, para llegar a un país como Uruguay donde todo es inédito, incluyendo los modismos del mismo idioma. Describe la dificultad de empezar "de cero", en un lugar sin recuerdos ni conexiones personales, comparando la experiencia con “quemar las naves”. “Aunque dolorosa, es enriquecedora”. Destaca el fuerte sentido de comunidad y pacto social en Uruguay ( País que padeció un dictadura terrible, que llegó a violar el territorio venezolano de la embajada, razón por la cual gobierno venezolano de la época rompió relaciones diplomáticas con Uruguay, país que actualmente  tiene una ley que proteje a los criminales  de estado. Todo un ejemplo a seguir😟😞), donde se respetan normas de convivencia, y subraya la rica vida cultural de Montevideo, con numerosos teatros en actividad, y la estabilidad democrática, donde oposición y gobierno dialogan sin conflictos insalvables.




Disturbios en una nueva jornada de protestas en Venezuela

https://m.youtube.com/watch?v=IKWRVFPz7W8&pp=0gcJCRsBo7VqN5tD


A pesar de vivir en la actualidad en Montevideo, Uruguay, Víctor se mantiene en contacto con Venezuela, a través de su espacio “El Éxito del Ayer”, en Stereo 97.9, en Valencia; con su cuenta en X @victorcadet en la que registra las efemérides musicales de aniversarios significativos en el mundo de la música, y el recuerdo de artistas y obras icónicas. Y, sobre todo, con la gestión que lleva adelante la Fundación Haydée Cadet.



Mediante esta institución desea resguardar y compartir el legado cultural de Haydée Cadet. Un archivo sonoro, con aproximadamente 200 cintas grabadas, casetes, CDs y guiones de programas radiales. Una hemeroteca con recortes de prensa sobre la Venezuela folclórica y cultural, organizados meticulosamente durante más de 30 años.  Una discoteca, con entre 4.000 y 5.000 vinilos, algunos de los años 40, con material único no disponible en plataformas como YouTube. Y la “biblioteca borgiana”, que conserva libros y revistas especializadas en folclor, música, literatura venezolana, arte y publicaciones culturales.


La fundación, ya registrada, tiene como objetivo principal digitalizar y escanear todo el archivo (cintas, vinilos, hemeroteca y libros), para hacerlo accesible a investigadores y al público en general. Es el legado de una mujer carismática, que supo vender programas culturales en la radio comercial, un logro notable para su tiempo.


Esta labor es una “misión de vida”, no sólo por su valor personal, sino por su relevancia para la cultura venezolana y la humanidad.



https://www.elnacional.com/2025/06/victor-cadet-el-homo-radiophonicus/



El Credo de Aquiles Nazoa #AquilesCuento

https://m.youtube.com/watch?v=HaVRbpHB1W8&pp=ygUMdmljdG9yIGNhZGV0





Víctor Cadet Cultura en frecuencia modulada

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Rafael Simón Hurtado. " Al fondo la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá en MaracaiboEstado Zulia


Rafael Simón Hurtado

Escritor y periodista venezolano. Licenciado en comunicación social egresado de la Universidad Católica Cecilio Acosta (Maracaibo, Zulia). Ha obtenido el Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia (años 1990 y 1992), el Premio Nacional de Periodismo Científico (2008),  el Premio de Periodismo “Jesús Moreno” (Universidad de Carabobo, 2009) y el Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt" (2016). Ha publicado el libro de cuentos Todo el tiempo en la memoria y las crónicas literarias “Leyendas a pie de imagen, croquis para una ciudad”. Fue editor-director de la revista cultural Laberinto de Papel y de las publicaciones de divulgación científica Saberes Compartidos y A Ciencia Cierta, todas de la Universidad de Carabobo. 


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jueves, 1 de agosto de 2024

Carlos Yusti a Rafael Simón Hurtado: Si Ciudad Guayana fuese un graffiti diría: Un ser sin estudios es un policía de Guaiparo

 



De la Serie: Seres Urbanos / Carlos Yusti


¿Qué es para ti la ciudad donde vives?

Es el lugar de encuentro con los amigos y de los amores y desamores.


¿Con cuál flor la comparas?

Con la orquídea dibujada en los ojos de una muchacha.


¿A qué huele?

A paraíso terrenal.


¿Cómo suena?

A esa música que viene del alma y se interpreta con el corazón.


Si fuese un libro, ¿cuál sería su tema?

El encuentro de un hombre y una mujer para mitigar la soledad de hormigón.


Si fuese una comida, ¿qué ingredientes tendría?

Especies, azafrán, cúrcuma y ese olor inconfundible que despierta el apetito.


¿Qué ciudadano la habita?

El que no se detiene ante las dificultades y anda enfrentándose a molinos de viento, porque a veces la locura es tan importante como la razón.


Si tu ciudad fuese una vulgaridad, ¿cuál sería?

Sería coño porque representa nuestra pasión castiza y castellana.


Si fuese un graffiti, ¿qué diría?

Un ser sin estudios es un policía de Guaiparo.


Cuando está lejos, ¿qué es lo que más echas de menos de tu ciudad?

La mujer que amo (la currunca) y sus paisajes


Si tu ciudad fuese un personaje de novela, ¿cuál sería?

La Maga de Rayuela.


Cuando estás lejos, ¿qué es de lo que más presumes de tu ciudad?

Sus paisajes que hablan de esa era primigenia del hombre.


Si tu ciudad fuese una expresión criolla, ¿cuál sería?

Ven a mi que tengo flor (expresión utilizada en el juego de truco).


Si tuvieras que mostrar un rincón especial de tu ciudad a un turista ¿Qué enseñarías, y por qué?

La Gran Sabana y su majestuoso Salto Ángel, porque al contemplarlo el alma se empequeñece, se torna humilde.


Si tuviera que hacer un regalo producido en tu ciudad ¿qué regalarías, y por qué?

Un collar indígena porque representa la destreza artística de nuestras mujeres.


A tu ciudad ¿qué le sobra?

Los malos políticos que ha padecido y los corruptos de todo pelaje.


A tu ciudad ¿qué le falta?

200 poetas mas, 300 novelistas y muchos hombres y mujeres forjados en la hojalata de lo artístico.


Por favor, díganos quién es usted y cuál es su ciudad.

Carlos Yusti. Ciudad Guayana.




Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007); y Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (2007) son sus más recientes publicaciones. Dirige, conjuntamente con la periodista Virginia Gudiño, la revista Fauna Urbana. Coordina y diseña la revista digital Arte Literal. Colabora para las revistas digitales Venezuela Analítica, Ficción Breve, Escáner Cultural, Letralia, Cayo Mecenas; con el suplemento cultural Letra Inversa, del diario Noti-Tarde.

Publicado 30th May 2010 por bibliontecario


Tomado de Biblióntecario


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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordinó la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal. Actualmente es coeditor de la revista digital Cárcava


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Rafael Simón Hurtado. " Al fondo la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá en MaracaiboEstado Zulia


Rafael Simón Hurtado

Escritor y periodista venezolano. Licenciado en comunicación social egresado de la Universidad Católica Cecilio Acosta (Maracaibo, Zulia). Ha obtenido el Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia (años 1990 y 1992), el Premio Nacional de Periodismo Científico (2008),  el Premio de Periodismo “Jesús Moreno” (Universidad de Carabobo, 2009) y el Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt" (2016). Ha publicado el libro de cuentos Todo el tiempo en la memoria y las crónicas literarias “Leyendas a pie de imagen, croquis para una ciudad”. Fue editor-director de la revista cultural Laberinto de Papel y de las publicaciones de divulgación científica Saberes Compartidos y A Ciencia Cierta, todas de la Universidad de Carabobo. 


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10/04/2026
22/09/2025
29/06/2025


martes, 16 de abril de 2024

Consanguíneos, un Cuento de Rafael Simón Hurtado

 




Consanguíneos (Cuento)

Una vuelta de tuerca ofrece el cuento de Rafael Simón Hurtado, Consanguíneos, sobre una familia que dibuja sus vidas en los ritos y costumbres de una mitología que evoca un espanto ancestral. Ocultos, detrás de la apariencia de una familia normal, convocan a sus vecinos a una fiesta, en la que festejan la eternidad de sus existencias, consumiendo el bocado de su inocencia. Fotos de Diane Arbus.




“Mas Lady Vanda no era para él una mera víctima destinada a una serie de colaciones. La belleza irrumpía de su figura ausente, batallando, en el justo medio del espacio que separaba ambos cuerpos, con el hambre.” El hijo del vampiro. Julio Cortázar.




I


Mi familia, puede afirmarse, finge ser normal, actúa como una parentela correcta, ordinaria, común. Se muestra en las relaciones cotidianas como un grupo cordial, afectuoso, amable, pero esto es un espejismo. En realidad, no hay en ella nada inmaculado. Podría decirse, más bien, que aprendió a no colmar la neurosis de sus defectos con excesivos aspavientos. No hay en mi familia nada de virtuoso. Nos amamos, pero no somos honorables; y aunque nuestras acciones a veces no son absolutamente indignas, bastaría con revisar el itinerario cotidiano de nuestras vidas para darnos cuenta de que las emociones que nos embargan giran alrededor de una fe en la sangre.


Mirar detenidamente el retrato colgado en la pared de la sala, de ese último día de fiesta en el que escogimos a la destinataria de los placeres y vicios nuestros, puede ayudarnos a entender, en las sutilezas de las facciones, el carácter propio de seres desencarnados. La foto recoge una escena familiar tomada en el amplio patio interior de la casa, alrededor de una larga mesa, en donde reposan los restos de una comida nocturna después de la celebración. En los platos aún pueden verse algunos residuos del menú. Están iluminados por la luz que desde la parte superior del cuadro desprende la imagen de una luna argenta, que también embarra con su lámpara los cuerpos y los rostros de cada uno de los integrantes de la foto como miembros que reflejan los zanjantes contrastes de un clan de amores taciturnos, la blancura mortecina de quien vive de noche.


Sobre un mantel de lino blanco bien planchado, brillan copas, platos y cubiertos. El menú, heterogéneo, es un alarde de poder que complace todos los gustos. Conversamos, comemos y libamos animadamente de la mesa larga y abundante que acomodamos para todos los invitados.


La fotografía, que capta el episodio que relato ahora, recoge a los miembros de la familia de manera prodigiosa, pues es la única imagen en toda nuestra historia familiar en la que al fin podemos vernos reflejados. A la abuela Oana, en el centro de la foto, le brillan los ojos como dos esmeraldas a punto de soltar una imprecación entre el follaje sedoso de sus cabellos grises. Un mínimo gesto delata una cierta aprensión a ser retratada, pues en un intento de levantar la mano izquierda como para defenderse de la luz poderosa del flash, se congela en un brusco movimiento. A mi padre Viago, le columpia en la cara una media sonrisa con la que desconcierta la curiosidad de los incrédulos. Parece seguro, arrogante, entonando con un gesto profundo una palabra de confirmación. En su abrigo negro, de corte elegante, se distinguen los extensos pliegues de la capa y una corbata de seda negra que anuda su cuello. El resplandor de la cara lo enmarca la caída suave de un abundante pelo negro engominado hacia atrás por encima de las orejas, en el que unos breves rizos entrecanos apenas tocan los bordes de la almidonada camisa blanca.


A mi madre, Ileana, de pie a su lado, la exalta la imperturbabilidad de las almas vaciadas en el molde de las mujeres antiguas. Y aunque parece haber sido rescatada de un museo de cera, exhibe el gesto de quien se siente satisfecha de sus funciones de madre y esposa. Ella asume su papel de control de las decisiones con serena autoridad, y se muestra afanosa de poner orden en el caos doméstico, reivindicando la disciplina como el lado metódico del amor. “Con el conformismo mudo de los ciegos y el triste desaliento de los condenados”, dice.




En mis dos hermanos gemelos, Vladislav y Raluca, - menores que yo, y tan idénticos que ellos mismos se confunden-, se marca la pena de los ahogados recientes. Sin embargo, en su mirada sobresale un brillo explosivo y gesticulante. Y en el rostro de mis tías, Anca y Viorica, hermanas de mi madre, se avista la mueca imprudente de una inusual determinación. Tal vez son las más tórridas en sus gestos, aunque en sus atuendos se impone la viva expresión del amor decepcionado. Quizás, la figura menos interesante sea la mía. Sentado en una esquina de la fotografía, mis pies no tocan el suelo, pues mi pierna derecha, aburrida sobre el travesaño de la silla, sostiene el fastidio de un brazo que a su vez soporta el tedio de mi quijada.


En la excepcional fotografía se puede distinguir, en el júbilo de la celebración de nuestras figuras, la de ella. Una niña de piel blanca, que exhibe un rostro exánime, como si estuviera esculpido en un hueso blanco; un rostro exangüe, en cuya imagen chorrea el semen de la leyenda; una presencia que espera ser profanada con la mordedura y el desangramiento, mediante la persuasión de quien entrega el cuerpo de la castidad con obediencia y sumisión.






II


Creo que en el fondo no estábamos conscientes de nuestra condición. A pesar de que nuestra cotidianidad siempre había sido habitada por el miedo a las estacas clavadas en el corazón, el bostezo en los ataúdes hechos camastros, y el asco a las ristras de ajos, nunca nos habíamos percibido como seres anormales. Los mordiscos y la sangre, por ejemplo, eran asuntos menores, y la intolerancia a la luz del día, se había atenuado gracias a los avances de la ciencia recetados por el Dr. Petru.


Es cierto que la inmortalidad nos abrumaba, pues nos obligaba a indagar nuevas posibilidades a nuestra existencia, buscando casi con desesperación descubrir otras formas de vida; pero lo que realmente nos llenaba de inquietud era nuestra ausencia de reflejo en los espejos, -y en las fotografías-, con la que la naturaleza, según decía la abuela Oana, había remarcado una de nuestras primordiales virtudes: la humildad.


La imposibilidad de reflejarnos, nos impedía aprender de los errores, en razón de que no contábamos con las ventajas de la duplicación ilusoria de la realidad. De allí que quizás era ésta la naturaleza que más nos embargaba. Y para justificarla, la abuela nos había explicado que el destello de los espejos, en realidad, era una expresión de la jactancia, que, al proyectar nuestras imágenes, no hacía otra cosa que irradiar el aire del que estábamos hechos, pero, con vanidad. Por lo tanto, al no haber sido facultados para mirarnos en sus lunas, -así decía ella-, no podíamos ver nuestra propia naturaleza, lo que fungía como muro de defensa contra el pecado del orgullo. “Era de majaderos ufanarse de las facciones propias”, decía la abuela.







III


La noche de la fiesta abrimos la casa para recibir a los visitantes. En el patio, descubierto a las tinieblas, abundaban plantas y flores, tan cuantiosas y exuberantes que las había en el piso y en las paredes, creando un entorno que evocaba al jardín idílico en donde anidaba un hervidero de pájaros nocturnos. Para nosotros ese ámbito era necesario, pues fungía como una trampa que atraía a los vecinos al mecanismo que habíamos perfeccionado durante trescientos años. A través del ojo de un microscopio, escrutábamos los cuerpos, las gotas de sangre por donde circulaba la respiración tranquila o apresurada, el pánico o la alegría de las vidas cotidianas; y entre el barullo de las ropas, detectábamos en el rostro de las mujeres, el encarnado de sus glóbulos rojos en los labios. En la faz de los hombres, mirábamos con asco las gotas de sudor de sus organismos angustiados; y tras largas horas de observación, podíamos descubrir en aquellas vigilancias, caras que asemejaban retratos de almas torturadas, talantes cargados de impulsiva vida, e, incluso, hasta las células malignas que podían minar algunos cuerpos con sus vergüenzas de enfermo. Teníamos la facultad de ampliar a más del doble las imágenes que entraban por nuestra mirada, para proyectar en la avidez de nuestras retinas, semblantes perfectos o cuasi monstruosos, que descubrían con detalle, por ejemplo, el virus del menoscabo inmunológico inoculado en la médula ósea, como prueba reveladora del inevitable fin.


Por eso elegimos a Carol, la adolescente que también aparece en la foto. Esperando que todo lo que había dado significado a sus escasos quine años de vida, fuese consumido. Apenas se podía sentir su respiración, servida sobre la mesa como un manjar más. La familia acechaba su belleza enfermiza, su notoria palidez, su linfática blancura. Era la muchacha que yo había elegido, de la que me había enamorado, y que ahora yacía, hecha un ovillo, desnuda, untada con una espesa capa de miel; tumbada, divinamente inmóvil, con los ojos muy abiertos, observando cómo la oscuridad se espesaba y congelaba, mientras yo me dejaba llevar por el placer físico del amor con muda voracidad.






Tomado de Biblióntecario


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Rafael Simón Hurtado. " Al fondo la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá en MaracaiboEstado Zulia


Rafael Simón Hurtado

Escritor y periodista venezolano. Licenciado en comunicación social egresado de la Universidad Católica Cecilio Acosta (Maracaibo, Zulia). Ha obtenido el Premio Municipal de Literatura Ciudad de Valencia (años 1990 y 1992), el Premio Nacional de Periodismo Científico (2008),  el Premio de Periodismo “Jesús Moreno” (Universidad de Carabobo, 2009) y el Premio Nacional de Literatura “Rafael María Baralt" (2016). Ha publicado el libro de cuentos Todo el tiempo en la memoria y las crónicas literarias “Leyendas a pie de imagen, croquis para una ciudad”. Fue editor-director de la revista cultural Laberinto de Papel y de las publicaciones de divulgación científica Saberes Compartidos y A Ciencia Cierta, todas de la Universidad de Carabobo. 



Ficha tomada de Letralia.


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