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domingo, 27 de octubre de 2024

Walter Rodríguez: Para el librero es mejor escuchar, se aprende más y la gente se siente más cómoda


Walter Rodríguez fotografiado en 2016. Foto coloreada.

 

 


Así empezó Walter, el gran librero


– 7 DICIEMBRE, 2022



El periodista Daniel Torrealba, para licenciarse como comunicador social en la Universidad Católica Andrés Bello, realizó una semblanza de un personaje que le fascinó desde la primera vez que visitó Librería Lectura, en Chacaíto: Walter Rodríguez (1940-2022). Daniel, quien hoy vive y trabaja en Bogotá, hizo varias entrevistas a Rodríguez en días sucesivos, además de otras que sirvieron para documentarse sobre este personaje que hizo de Caracas su casa y su estafeta de afectos. He aquí un extracto sobre el periplo familiar del Walter que transita de la niñez a la juventud allá en Uruguay, mucho antes de poner pie en Venezuela. Es testimonio, crónica y semblanza ‒todo a un tiempo‒ de íntimo carácter revelador. El texto completo debe reposar en los archivos de la UCAB. El bachiller Torrealba realizó un meritorio trabajo de indagación, escribió con sentido de honra y precisión



Daniel E. Torrealba Febres-Cordero / Foto de Walter: Giuseppe Di Loreto


La tierra es eso, tierra. Un gigantesco sitio baldío. Los países se la disputan. Pero ninguno tiene gente para labrarla, cuidarla y cosecharla. Los indios la poseen, pero no es de ellos. Las fronteras hispano-portuguesas no son claras. Se la rifan brasileños y uruguayos. Esa tierra pasa a tener nombre por primera vez en 1829, cuando Fruto Rivera acompañado por ocho mil indios guaraníes funda Bella Unión, a las orillas de la desembocadura del Río Cuareim.


Pablo Rodríguez, el gallego, tiene buen ojo. Ha logrado casarse con una Artigas, familia, según dicen, del prócer José Gervasio Artigas. Algo está claro: donde Pablo pone el ojo pone 14 balas, y 14 son los hijos que tiene con esta distinguida dama, a quien la muerte sorprende antes que a él. Lástima que el tambor de Pablo siga lleno. La encargada de accionar ahora el gatillo es Emilia Echeverri, su nueva esposa, también gallega, con quien tiene diez hijos más, para dejar a Pablo Rodríguez con dos docenas de descendientes a lo largo de sus 80 años de vida.


La sangre Echeverri corre de forma distinta, alocada. Walter comenta las circunstancias:


«Muchos de la familia han salido locos, de terminar locos. Dos tías y dos primos, aparte de mi abuela. Algunos salieron ingeniosos y discutidores, no mala gente. Pero así es la sangre Echeverri. Lo malo es que después que mi abuelo se vuelve a casar, que se le muere la señora, los hermanos y hermanas de mi abuela Echeverri se casaron con hermanas y hermanos de los Rodríguez Artigas. Un despelote eso, además que la mayoría de los tíos tuvieron bastantes hijos. Por eso es que hay muchos Echeverri-Rodríguez y muchos Rodríguez-Echeverri».


Pedro María Rodríguez Echeverri es el último hijo del matrimonio de Pablo y Emilia, es decir, el descendiente número 24 de don Pablo. A principios de la década del treinta, Pedro vive en Paraguay, en la ciudad Coronel Bogado. Durante su estancia en tierras guaraníes participa en la Guerra del Chaco, conflicto que enfrenta a los paraguayos contra Bolivia por el control del Chaco Boreal, territorio limítrofe entre ambos países. La Guerra del Chaco va desde el año 1932 hasta 1935 y la labor de Pedro consiste en cavar zanjas para evitar el daño producido por las bombas.


De tierras paraguayas, el último hijo de Don Pablo se va al finalizar el conflicto bélico entre guaraníes y bolivianos, dejando mujer y dos hijos. La nueva residencia de Pedro será en Bella Unión, donde se labra una vida apacible como tendero y dueño de un bar. En tierras bellaunionenses Rodríguez consigue una nueva mujer, Luisa Pilatti. Es  uruguaya e hija de italianos, una perfecta brunetta de sonrisa tímida. Con ella sí contrae matrimonio en 1938.


Para el momento en que Daniel lo entrevista, Walter tiene un problema: no sabe a ciencia cierta a qué hora fue que nació, ¡y una señora le está haciendo su carta astral!


 


 


A principios de enero del año 1940, Europa procrea su gran obra triste de la década: la Segunda Guerra Mundial. En pleno verano, las haciendas uruguayas revisan día a día que los corrales donde está el ganado ‒primer producto de exportación del país sureño‒ no tengan bicheras, o sea, moscas capaces de poner huevos en las heridas y mucosidades de los animales que puedan producir el aniquilamiento o muerte de los mismos. Además, en enero, la trilla del trigo está en pleno apogeo y la recolección de frutas se halla en su mayor intensidad: duraznos, damascos, ciruelas, algunos tipos de peras, etc. Todo esto pasa en el campo uruguayo y en el mundo cuando el día 13 de enero de ese año, día de Gumersindo según el santoral, nace en Bella Unión el primogénito de Pedro y Luisa. Los padres dudan, no saben si llamarlo Walter o Boris. Al final se deciden por la primera opción. El primogénito de los Rodríguez será conocido como Walter Mario Rodríguez Pilatti. Un año y medio después, en 1941, nace el segundo y último hijo de la pareja,  Lilian Teresita Rodríguez Pilatti.


―¿A qué hora naciste, Walter?


―En este momento tengo un problema, porque me están haciendo una carta astral, y la que me lo está haciendo va a trabajar con las dos horas que tengo: 7:30 am y 12 pm. Mi madrina, que murió en noviembre del año pasado, me dijo que yo había nacido entre las 11:30 am y las 12 pm. Si te digo la verdad, para mí que fue en la mañanita, a las 7 am.


Aquí empieza mi historia


Nosotros vivíamos en una casa muy grande, de esas antiguas que eran 50 metros pa’ un lado y 50 metros pa’l otro. En la esquina era un almacén tipo abasto y bar, que tenía una mesa de billar y otras más para jugar cartas y dominó. Todo eso era de mi papá y lo atendía la familia. Llegaba uno al zaguán y de allí se entraba a un patio grande. La casa tenía dos patios, en uno se encontraba el aljibe. El zaguán daba al patio principal, donde había muchos jazmineros, árboles de ciruelos y dos jaulas con canarios y cardenales. Era muy lindo todo eso, tenía muchísimas habitaciones. Hasta después del zaguán era un gran salón. Había cuatro habitaciones, dos estaban frente al patio, y después, sobre el otro lado, dos cuartos más, que daban ya hacia la calle. Una calle se llama Montevideo y la otra Mercedes, la casa ocupaba toda la esquina. No éramos muy humildes, pues a mi padre siempre le fue bien con el almacén y el bar.


Mi cuarto tenía una cama de plaza y media, que no es ni la pequeña ni la grande. Tenía  un escritorito y todo lo que necesitaba para estudiar. La ventana era muy grande y daba hacia la calle Montevideo, donde había un árbol que daba nísperos. El tamaño de mi cuarto era como de tres metros y medio por seis metros. Tenía dos puertas de entrada, una daba al patio principal y la otra hacia la habitación de mi hermana. Había otro cuarto que estaba frente al patio y yo dormía mucho allí, me gustaba y era gigante. Ese dormitorio estaba entre los dos baños, de esos en los que te bañabas poniendo al agua arriba, tirabas la manijita y te salía el agua. Me acuerdo perfectamente de eso.


Mi padre trabajaba toda la noche atendiendo el bar, donde había mesas de jugar tipo bacará y bridge. Él se acostaba muy tarde todas las noches. A la mañana abríamos el negocio, mi madre y mi hermana y yo antes de irnos a la escuela. Mi mamá se quedaba a atender con un primo mío que trabajaba para la familia. Mi padre podía dormir toda la mañana, porque ya a la tarde y a la noche sí se quedaba él encargado del bar y el abasto, que en el pueblo siempre se conoció como el Almacén de Pedro.


Teníamos tres vacas que las iba a pasear sobre el río Uruguay, donde había un monte de eucaliptos y un riachuelo que salía del río. Yo tenía que dar toda la vuelta, por donde quedaba el bar, y entraba por un portón donde debía meter a las vacas. Siempre se enojaban conmigo porque las hacía entrar por el zaguán, entraba a las vacas por todo el patio y hacía que bajaran las escaleras, porque para llegar al patio había unas escaleras de piedra como de seis escalones. Las vacas se llamaban la Mocha, la Pampa y no me acuerdo el nombre de la otra, creo que era la Pintadita, mi padre les habrá puesto los nombres. Las vacas pastaban alrededor del riacho porque había mucho pasto que podían comer. A veces las llevaba  yo y a veces se quedaban allí. Antes de irnos en la mañana a la escuela, mi madre las ordeñaba y nos daba la leche caliente de la vaca. Entrábamos al colegio a las 8:30 am, entonces mi madre ordeñaba la vaca a las 7 am o 7:30 am para que nosotros tomáramos la leche. Como se hacía en el campo, de la vaca al vasito.


Antes de ir a la escuela, mi hermana y yo hacíamos unos refuerzos  en la casa, porque teníamos obviamente un negocio y había mucho fiambre, mortadela, queso y pan. Me preparaban para mí y yo a escondidas preparaba para llevarles a otros amigos que estaban esperando algo, porque a ellos no les daban nada. La escuela quedaba cerca de la plaza principal y era hasta mediodía.


En la escuela siempre me fue muy bien. No perdí ningún año, ni yo ni mi hermana. Las notas eran mal, regular, doble regular, bien, bueno, muy bueno, sobresaliente, y otra con la palabra bueno que no me acuerdo. Le llevaba los cuadernos a mi maestra, Olga Beatriz Curto, que vivía a una cuadra de mi casa y se casó con Hugo Rodríguez, que venía de Carmelo y lo trasladaron para el resguardo [punto fronterizo entre Uruguay, Brasil y Argentina]. Él vino y vivió en mi casa, en una de las habitaciones que daba hacia la otra calle, se le alquiló. Vivió con nosotros mucho tiempo, hasta que se casó con la Nena Curto, que no era muy bonita, linda de cara, pero medio gordita y altota. Tuvieron cuatro hijas y luego se fueron a vivir a Barcelona, España.


Salía en bicicleta desde pequeño, aprendí con cinco o siete años. Agarraba la bicicleta y me hacía todo el pueblo, llegaba hasta la estación de ferrocarriles, por esa parte del hospital y donde estaba la casa rosada, el prostíbulo del pueblo. A mi padre siempre le gustó el fútbol y su equipo era el Uruguay. Él era de la junta directiva y se reunían en mi casa una vez cada dos semanas. Los otros grandes equipos eran Santa Rosa y Defensor. Había otros equipos de pueblos en el distrito de Artigas, pero no eran tan poderosos como los de Bella Unión.  Yo jugaba básquet y fútbol. En esos pueblos  uno nace con una pelota debajo del brazo.


Recuerdo el Maracanazo, tenía 9 o 10 años. Mi padre y yo nos fuimos a la cancha. Jugaba Uruguay contra Santa Rosa, era el clásico. Cuando se terminó el partido dieron los dos equipos una vuelta olímpica y luego se salió a festejar. Recuerdo que regresando a mi casa hubo manifestaciones en carro. También se hicieron parrilladas afuera para los que querían comer. Quizás no le di la importancia que tenía que haberle dado. Fue como las historias que uno siempre escuchaba por radio, las de las Olimpiadas de 1924 y de 1928, y el Mundial de 1930.


Se hablaba de política en mi casa, mi padre era el representante de un candidato, de Eduardo Blanco Acevedo. Vamos a suponer que estaban los adecos y ellos estaban divididos en uno o dos candidatos, y un adeco independiente que no sólo abarcaba los votos de ese partido sino de otra gente también. Mi padre pertenecía al ala independiente del Partido Colorado. Recuerdo que en el año 1954 ya andaba yo con un micrófono y un altavoz haciendo campaña por nuestro candidato. Cuando Blanco Acevedo iba al pueblo se quedaba a dormir en mi casa. El Partido Colorado y el Partido Nacional eran los dos grandes partidos de esa época.


Éramos católicos y estábamos metidos en la Iglesia porque mi madre tenía un grupo allí. Cada cierto tiempo bautizaban a todos los muchachos que no habían recibido el sacramento bautismal. Eran cerca de cien muchachos y fueron todas las madrinas, como cinco, y de padrino fui yo solo. Los otros padrinos no fueron, y había que bautizarlos. Tenía como 13 o 14 años. El problema fue con mi padre, pues luego venían los ahijados a pedir caramelos o un pancito con mortadela. Yo les daba y él se calentaba conmigo.


Por lo general, en la tardecita nos íbamos todos los muchachos al río Uruguay; íbamos caminando y comiendo de los árboles de pitanga, que es como una cereza, también comíamos burucuyá, que es como un mango, pero más pequeño y medio dulzón. Una vez en el río nos poníamos en plancha dejando que el pene saliera pa’ fuera y, bueno, algunos se dedicaban a cazar moscas, les quitaban las alas y las llevaban en cajas de fósforos; entonces, nosotros nos enjabonábamos la cabeza del pipí y nos poníamos las moscas allí y llegaba un momento en que todo el mundo largaba para arriba. Cosas de pueblo. Era una fuente mandando la leche pa’rriba, las mayores masturbaciones las teníamos en el río Uruguay.


Con 12 años, ya usaba pantalones largos. Hice el liceo durante los 13, 14, 15 y 16 años en el Liceo de Enseñanza Secundaria de Bella Unión. Allí jugué fútbol, estaba en el equipo de básquet y tuve mis novias. Tuve dos novias en serio, otras más porque me las encajaron. Los niños de otros lugares venían al liceo de Bella Unión porque no tenían donde estudiar. Una de mis novias era de un pueblo vecino, no tirábamos ni nada, solo un besito de vez en cuando y pidiendo permiso.


La vida en el liceo fue muy linda porque allí ya yo estaba jugando basquetbol de manera formal en el equipo del pueblo. Tú ves una foto mía y ves que era alto, flaco y tenía una cara de viejo que pareciera tuviera los mismos años de los otros que jugaban, algunos hasta me doblaban la edad. Era rebotero, no de los más altos, pero sí era mucho más ágil porque los otros eran más viejos. A veces, hasta jugaba de pívot. Entramos en un campeonato de básquet que eran como seis equipos y nosotros salimos campeones del departamento de Artigas; los juegos se llevaron a cabo en la capital del estado, en la ciudad de Artigas. Nos recibieron en Bella Unión con una caravana de carros viejos y unos whiskys.


Salí de Bella Unión porque no había para hacer el bachillerato. Por ese motivo, me fui a vivir a casa de mi tío en Montevideo. Habré ido como cuatro veces a la capital antes de irme a vivir para allá. Siempre iba con mi padre para visitar a la abuela Echeverri, quien estaba internada en una colonia de enfermos mentales.


WALTER RODRÍGUEZ LLEGÓ A MONTEVIDEO EN 1956, DONDE SUS PADRES LO ENVIARON PORQUE ALLÍ HABÍA MAYORES OPORTUNIDADES PARA TRABAJAR Y ESTUDIAR


Empecé las clases en el bachillerato del Vázquez Acebedo, en marzo de 1957. Un mes más tarde, en abril, Alba Julieta Margarita Rodríguez, mi prima, ya me había puesto a trabajar en La Feria del Libro, una librería de Montevideo. Empecé a trabajar con 17 años. Esta librería quedaba frente al Vázquez Acebedo, en la Avenida 18 de Julio con 1308. Trabajaba de día y estudiaba de noche. El único contacto que había tenido con el libro antes de tener esta ocupación había sido en la escuela. De leer, leía, pero en mis ratos libres de verdad que no agarraba un libro. Sólo leí Tabaré, de Juan Zorrilla de San Martín, y El gaucho florido, de Carlos Reyles, porque eran las dos obras que todos los uruguayos leían. Mi amor antes de entrar a trabajar en la Feria del Libro era con los libros de estudio, porque yo era muy estudioso, pero es solo hasta que trabajo con el libro que me enamoré de ellos de verdad. Trabajar con 17 años en una librería fue algo casual que luego marcaría el resto de mi vida.


Mi prima me consigue el puesto en la librería porque era contable y había estudiado con el hijo del dueño del negocio, Domingo Maestro, que también era contador y librero de esa librería. El empleo era de 10 am a 5 pm, si mal no recuerdo. Tomaba el autobús desde casa de mi tío y en 15 ó 20 minutos ya estaba en La Feria del Libro. El primer día llegué y me presentaron a todos. Luego empecé como iniciaban todos allá, te ponían un tobo con agua y tenías que limpiar las estanterías. Creo que eso me enseñó que cuando tenía gente nueva en las librerías donde trabajé lo primero que hacía era ponerlos a limpiar, al igual que yo hice allá. Había que agarrar el libro y no solo limpiarlo, había que ver el título y luego mirar el lomo para encontrar el mismo título: eso se te iba a quedar dentro de la cabeza y si un día te lo pedían lo ibas a recordar.


Después me enseñaron a recibir la mercancía, ponerle precio y ordenarla; todo eso lo hacía para 1958, con 18 años, y lo sigo haciendo todavía. Además, aprendí que cuando llega el libro lo primero que hago es mirarle la carátula bien, lo veo, lo leo un poquito así pa’ ver de qué se trata, luego le miro el lomo y ya sé que nunca se me va a ir de la cabeza, lo voy a recordar; vuelvo a mirar y recién lo paso a la venta.  Pero eso no me lo enseñó nadie, lo hago yo porque sé que no lo pienso, lo veo y creo que se me queda en el subconsciente, porque me pueden preguntar dentro de 20 años y lo recordaré. En serio, te acuerdas de que viste el libro en algún momento. No sé si será memoria o cómo hago, pero lo recuerdo.


Una de las personas que más me enseñó en este oficio fue Héctor Rodríguez, el librero principal de La Feria del Libro. Yo había trabajado en mi pueblo en el abasto y el bar de mi papá, pero nunca había vendido libros. Lo que más aprendí de Rodríguez, a quien puedo recordar hasta ahora, es que era un gran conversador con los clientes. Luego, por mi cuenta, fui aprendiendo que mejor era escuchar: aprendes más y la gente se siente más cómoda. Con el tiempo uno se va haciendo librero; en menos de un año que llevaba trabajando con el libro lo tomé con tanta seriedad que lo demás era un hobby.


En La Feria del Libro marchaban muy bien los incunables y los libros usados. Todo el segundo piso era de libros usados; subías por una escalera que estaba al fondo del primer piso, justo al lado de la caja. La librería era de unos 10 metros de ancho por unos 30 metros de largo. A cada lado del primer piso estaban unas mesas que mostraban las novedades, y detrás de estas mesas estaban las repisas con el resto de los libros.


Cuando llega la Navidad de 1958, los de La Feria del Libro me pasaron a una librería que tenían en el Palacio Salvo, el edificio más alto de Uruguay, que queda en la Plaza Independencia, Avenida 18 de Julio y Andes. La casa de gobierno está frente a esa plaza. Yo les veía pasar a ellos, a muchos de los presidentes de esa época y los de ese gobierno colegiado, que fueron siete u ocho, no recuerdo. Venían caminando al Palacio Estévez y todos los días les veía. Los presidentes siempre han sido muy accesibles.


Ellos me pasaron a la librería del Palacio Salvo para que pudiera estar en la hora pico, de más gente, que era en la tarde-noche.  Yo trabajaba en La Feria del Libro hasta las 12 pm o 1 pm; luego me iba hasta la librería del palacio donde me quedaba hasta las 8 pm y me pagaban horas extras. Otro librero se quedaba hasta las 12 am, que era cuando cerraba la librería de la Plaza Independencia.


De La Feria del Libro salí con 19 años, a finales de 1959. Me fui para donde unos señores ecuatorianos que compraron tres librerías: eran los dueños de la librería y editorial Ciencia, que se dedicaba a libros de medicina, y tenían dos librerías más que eran Los Apuntes y Olivera. De La Feria del Libro me fui porque Eduardo Sanseviero, que también era librero allí, arregló con estos ecuatorianos una buena paga. Estuve primero en Olivera, ocho meses, y luego, un año, en Los Apuntes. Eduardo fue al revés.

Walter Rodríguez fotografiado en 2016. Foto: Giuseppe Di Loreto




Tomada de Hable conmigo


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lunes, 10 de mayo de 2021

¿Estará la lectura cambiando y nosotros con ella?

El futuro de la lectura





Foto: Brian Snyder / Reuters




Estimados Liponautas

Tenemos el gusto de compartir con ustedes esta vieja nota.

Disfruten.


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El futuro de la lectura

  • El futuro de la lectura ya no será lineal, sino radiall

  • Los libros electrónicos permiten saltar a imágenes, música o diccionarios

  • Las ediciones en papel serán un lujo y un placer. Con todo, los expertos animan a no perder la capacidad de leer con atención


Virginia Collera

15 SEP 2012


Leemos todos los días. A todas horas. Inconscientemente. La información nutricional de la caja de cereales, las señales de tráfico, la factura de la electricidad, las vallas publicitarias. Conscientemente. Una novela de Jonathan Franzen, el periódico, el muro de Facebook, los resultados de una búsqueda en Google. Somos más lectores que nunca. Pero desde hace tiempo utilizamos esa vieja palabra, leer, para nombrar un acto que está en transición. Que no es lo que era. La lectura está cambiando y, con ella, nosotros, los lectores.

Jonathan Franzen. Foto de CHRIS BUCK. Imagen tomada de GQ


Día tras día leemos titulares sobre la desaparición del libro físico y los correspondientes desvelos de editores, libreros, bibliotecarios, pero, cuestiones de mercado aparte, nosotros, los lectores, ¿cómo leeremos en el futuro? ¿Qué entenderemos por libro? ¿Qué entenderemos por leer? ¿En qué soportes leeremos? ¿Cómo hablaremos de libros? ¿Dónde conseguiremos los libros?

1 Una vieja tecnología. ¿Qué entenderemos por libro?


“La tecnología es todo aquello que fue inventado después de que tú nacieras”. La cita es del ingeniero informático Alan Kay y hace referencia a esa idea generalizada de que tecnología es sinónimo de nuevo. Los ordenadores, los móviles, los GPS son tecnología. ¿Los libros? También, insiste Joaquín Rodríguez, editor, autor y responsable del blog Los futuros del libro. “Aunque nos preceda nueve siglos y sea algo natural en nuestras vidas”. El libro es una tecnología para muchos inmejorable: compacta, portátil, fácil de usar, barata, autónoma. Por eso precisamente ha tardado tanto en iniciar su tránsito hacia lo digital. “Los libros son artefactos increíbles”, reconocía Jeff Bezos, consejero delegado de Amazon, para luego añadir: “Son el último bastión de lo analógico”. Esa semana de noviembre de 2007 el gigante de Internet presentaba el lector electrónico Kindle.



Hasta hace no demasiado, la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española bastaba para describir qué era un libro: “Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”. Ahora empieza a haber consenso en torno a otra, propuesta por el veterano periodista, escritor y gurú del futuro Kevin Kelly: “Un único argumento o narrativa de extensión larga, sin importar su forma o si es en papel o electrónico”.

Una de las principales características de los libros del futuro es que “no serán un ladrillo inmutable”, escribe Craig Mod, editor, escritor y diseñador de la revista social Flipboard, en el texto Post-artifact books & publishing. Esas erratas que siempre se escapan a pesar de las múltiples revisiones podrán corregirse en posteriores actualizaciones, donde autores o editores no solo enmendarán errores, también ofrecerán nuevos contenidos a los lectores, práctica común en el terreno de las aplicaciones y con la que ya experimenta Nórdica Libros: El viento comenzó a mecer la hierba, de Emily Dickinson, pronto incluirá más poemas recitados. También los lectores contribuirán con sus notas a engordar el e-book que, en muchas ocasiones, será una lectura multimodal, es decir, podrá incluir letras, imágenes, enlaces, vídeos…

`El viento comenzó a mecer la hierba´ Emily Dickinson

https://m.youtube.com/watch?v=GH_m04MaWCg&pp=0gcJCfwAo7VqN5t



Aunque no conviene esperar fuegos artificiales de todos ellos, opina José Antonio Millán, autor de varios estudios sobre la lectura en España y responsable del blog Libros y Bitios. “Siempre habrá libros muy aumentados, como los infantiles, con un despliegue muy llamativo. También habrá obras científicas con muchas adiciones que facilitarán el estudio o la comprensión, pero la novela podrá seguir siendo novela. En una edición de Ulises podrás ver un mapa, por ejemplo. Pero hay veces que no hace falta nada”.

Craig Mod

2 Leer palabras, leer imágenes. ¿Qué entenderemos por leer?

“Leer es una creación humana. No es natural sino una práctica social que cambia en cada momento de la historia, en cada comunidad y en cada contexto, aunque la palabra sea la misma. No es lo mismo lo que hacemos ahora que lo que hacíamos hace cincuenta años o lo que haremos dentro de otros cincuenta”, explica Daniel Cassany, profesor e investigador de Análisis del Discurso de la Universidad Pompeu Fabra y autor de En_línea. Leer y escribir en la red (Anagrama). Libro abierto, lector enfrascado, ese es el concepto de lectura, culta y profunda, que sigue arraigado. Pero leer ha crecido —y seguirá haciéndolo— en acepciones, importancia y dificultad. “Leer es más complejo porque leemos más imágenes, más documentos multimodales. Eso de leer una página con letras está totalmente muerto. En los textos habrá fotos, vídeos, letras y tendremos que relacionar todo para darle significado. Leer en el sentido de acceder a la información es mucho más fácil, pero si entendemos leer por comprender es más difícil, porque hemos pasado de leer lo que escribía la gente de nuestro alrededor con palabras que entendíamos a leer lo que escribe gente de todo el mundo”.

Daniel Cassany


“Buscar en Google, utilizar un traductor para entender algo en inglés o francés, consultar un dato que desconocemos en la Wikipedia, todo es leer”, insiste Cassany. Simplemente tenemos que acostumbrarnos: leer es una actividad cada vez más tecnológica. De ahí que surjan nuevas acepciones. “Por ejemplo, la lectura de redes sociales es totalmente nueva, antes era oral. La gente socializaba cara a cara, por teléfono, por carta, en cambio ahora se pasa horas conectada a Facebook o Twitter”. Y que las clásicas cambien para adaptarse a los tiempos. “La lectura científica ha cambiado muchísimo. Yo hace veinte años leía revistas y libros. En cambio ahora esto es solo una parte, y no la más importante, de lo que hago. Cuando algo me interesa, lo primero es buscar el nombre del autor e ir a su blog, a YouTube, a Slideshare; los libros son complementarios. En cambio, leer literatura cambiará poco porque los autores principales van a seguir escribiendo libros y, en vez de leerlos en papel, los leeremos en un iPad, buscaremos una palabra en el diccionario o un topónimo en Wikipedia, subrayaremos o veremos qué personas han subrayado un determinado fragmento. Hay un enriquecimiento, pero se sigue leyendo la misma obra”.

3 Pantallas, pantallas, pantallas. ¿En qué soportes leeremos?

Más de la mitad de los españoles lee ya en soporte digital, según el informe Hábitos de lectura y compra de libros en España 2011 (el 52,5% de la población, aunque solo el 6,8% lee libros de esta manera). En ordenadores, teléfonos móviles, agendas electrónicas o e-readers (cuyo uso ha aumentado un 75% y alcanza el 3% de los entrevistados). Y “una gran mayoría” de los estudiantes son lectores digitales, así que no parece descabellado alegar que las lecturas del futuro se realizarán fundamentalmente en ordenadores, teléfonos inteligentes, tabletas y lectores electrónicos. Craig Mod considera que “los e-readers serán gratuitos en un par de años. Serán, en realidad ya lo son, los libros de bolsillo del mundo digital. Y las tabletas imperarán como aparatos universales de uso informático y de lectura”.

Nicholas CarrImagen tomada de Umbral y gozne.


Mod
cuenta por correo electrónico que meditó sus respuestas desde una cabaña sin conexión a Internet que alquiló al norte de Nueva York para leer y escribir sin interrupciones ni tentaciones digitales. Ya lo advertía el periodista Nicholas Carr en Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus), “la Red atrae nuestra atención solo para dispersarla. Nos centramos intensamente en el medio, en la pantalla, pero nos distrae el fuego graneado de mensajes y estímulos que compiten entre sí por atraer nuestra atención”.

Nicholas Carr - CLIP PARA WEB


El estado natural de nuestro cerebro es distraído: excepcionalmente las páginas de los libros lograron la hazaña de mantenernos absortos durante horas, pero hoy parece improbable que las páginas de los libros digitales vayan a repetirla. Los dispositivos de lectura conectados ponen al usuario en el aprieto de tomar decisiones constantemente: ¿hago clic en el enlace? ¿Abro el vídeo? ¿Leo los comentarios de otros lectores? ¿Recomiendo el libro en Facebook? Un nuevo correo electrónico, ¿lo leo ahora o luego? ¿Y si echo un vistazo a Twitter o YouTube?

Maryanne WolfImagen tomada de MaryanneWolf


“A mí me preocupa que todos queramos lecturas más breves y sencillas. Hemos perdido la paciencia para esa lectura que favorece pensamientos pausados y nos transporta a niveles de significado más profundos”, explica Maryanne Wolf, psicóloga experta en lectura y autora de Cómo aprendemos a leer (Ediciones B). ¿Y qué pasaría si se confirmasen sus temores? “La lectura profunda abarca toda una serie de procesos sofisticados que nos permiten inferir lo que no se dice en el texto a partir de lo que sí se dice. Igualmente importante, nos permite reflexionar crítica y analíticamente sobre lo que está escrito para no aceptarlo sin que medie un verdadero pensamiento. Con la lectura profunda podemos trascender lo escrito para alcanzar reflexiones superiores y, en ocasiones, originales. Sin ella, el lector permanece en la superficie del conocimiento y queda a merced de todo lo que lee”, explica desde Boston.



Y no es el mejor momento para hacerlo. “Los lectores nunca se han enfrentado a tal cantidad de información ni han estado tan necesitados de lectura crítica y analítica como ahora. Asusta pensar que los nuevos lectores utilicen el común denominador de ‘lo que es más popular en número de visitas en un servidor de Internet’ como la base de sus opiniones y creencias. No es que la cultura digital sea enemiga de la cultura literaria, pero tiene la capacidad de destruir o erosionar los mejores aspectos de ella: el cerebro capaz de leer con profundidad”.

¿Desaparecerá el libro de papel? No, pero evidentemente perderá relevancia. Y al haber menos libros físicos, su método de producción se adaptará. Tanto Joaquín Rodríguez como José Antonio Millán coinciden en que predominará la impresión bajo demanda. “Tradicionalmente, el editor imprime y a lo mejor vende. Imprimir después de que la venta se haya producido es una ventaja y el cliente ni siquiera tiene que saber que el libro se está generando digitalmente. Esa vieja usanza de la impresión offset desaparecerá, excepto para grandes tiradas de best sellers”, argumenta Rodríguez. Aparte de los editores, recalca Millán, también los lectores saldrán ganando. “Encargar una obra en papel para retirar inmediatamente será un excelente servicio. Por ejemplo, el lector podrá entrar en una web de compra, encargar el libro en impresión bajo demanda, pagarlo y recogerlo en su barrio, donde habrá varios puntos, o en una máquina expendedora, como ya ocurre con las entradas. Es probable que surjan estructuras parecidas porque son buenas para todos”.


4 La era de la lectura social. ¿Cómo hablaremos de libros?

“El tema central de la literatura es la sociedad y cuando nos perdemos en un libro recibimos una lección sobre las sutilezas y los caprichos de las relaciones humanas. Varios estudios han demostrado que la lectura tiende a hacernos más empáticos, más alerta con las vidas interiores de los demás. El lector se abstrae para así ser capaz de conectar más profundamente”, escribe Nicholas Carr. Es cierto que hablar de lectura social suena a oxímoron porque tradicionalmente ésta ha sido una actividad solitaria. Antes la lectura sólo se hacía social —en realidad, más social, si atendemos a Carr— cuando cerrábamos el libro y lo comentábamos con otras personas, pero en el presente, y cada vez más en el futuro, esa sociabilidad estará más cerca, dentro de los márgenes del libro.

El fragmento de Nicholas Carr está extraído de un texto titulado ‘The dreams of readers’ perteneciente al libro Stop what you’re doing and read this! y lo han subrayado, informa Kindle, 11 personas. Con las pantallas la lectura estrena una nueva capa de sociabilidad: al leer podemos anotar y exportar nuestras notas, subrayar, añadir marcadores, compartir fragmentos en el muro de Facebook o comentarios en Twitter y ver qué han subrayado, marcado o comentado otras personas que hayan leído el mismo libro… Bob Stein, pionero del libro electrónico y director del Institute for the Future of the Book, está convencido de que sus nietos no concebirán otra forma de leer: su lectura será siempre en compañía.

Bob Stein



Tanto Millán como Rodríguez reconocen el potencial de la lectura social, pero rebajan el entusiasmo de Stein apelando al principio 90-9-1 que, al menos por ahora, impera en la cultura digital y que dice que el 90% de los usuarios de las comunidades online nunca hace ningún tipo de aportación, el 9% participa comentando, editando y generando contenidos de vez en cuando y el 1% monopoliza la actividad. “Que todo el mundo que lea en un Kindle o Tagus haga subrayado social y comentarios es mucho pensar”, cuestiona Millán. “Tengo mis dudas empíricamente contrastadas. Tengo un blog hace mucho tiempo, uso Internet y me meto en muchos sitios, y verdadero diálogo, crítica y trabajo cooperativo he encontrado en muy pocos lugares”, apunta Joaquín Rodríguez.

5 Menos estanterías, más personas. ¿Dónde conseguiremos los libros?

Para imaginar lo que será una biblioteca del futuro basta con seguir los pasos de la Biblioteca Pública de Nueva York, institución de referencia mundial que se está aplicando para que su importancia quede intacta en el siglo XXI. El plan es el siguiente: dos millones de volúmenes, que hasta ahora ocupan ocho plantas de su sede central, serán trasladados a dos almacenes externos para así poder crear un nuevo espacio público ideado por el arquitecto Norman Foster


Donde antes había estanterías, habrá hileras de ordenadores, cafeterías y zona wifi. “La propia forma de la biblioteca está asumiendo esa dimensión poliédrica donde habrá espacio para libros, para textos electrónicos, pero también para muchas otras fuentes diferentes y donde el bibliotecario tendrá una personalidad distinta”, explica Rodríguez. Será un mediador, en palabras de Cassany. “Hasta hace poco los bibliotecarios han estado muy preocupados por el catálogo: conseguir fondos para la biblioteca, archivarlos, etiquetarlos con los sistemas universales idóneos. Y ahora, como Internet hace accesible toda la información, este trabajo ha perdido interés y su día a día está volcado en la atención al usuario, la formación, lo que se llama alfabetización informacional, es decir, el fomento de esa capacidad de entender en un mundo en el que es más complejo hacerlo porque estamos infoxicados”.

Y es que acercarse a la biblioteca simplemente para sacar un libro será algo excepcional. Los textos serán —en su mayoría— digitales y las gestiones online, como ya ocurre en la Biblioteca Pública de Nueva York. Desde el año pasado, sus usuarios pueden hacer buena parte de los trámites desde la web o desde una aplicación instalada en un teléfono inteligente: buscar en el catálogo, reservar un título, renovar un préstamo… Y si el libro o revista está disponible en formato electrónico, puede descargarlo y, cuando termine el plazo, el contenido simplemente desaparecerá del aparato.

El futuro pertenece a la lectura digital y, por supuesto, a las librerías online. Las de toda la vida resistirán solo si cambian. “No pueden seguir aspirando a ocupar el mismo espacio porque obedecen a un modo de producción que necesitaba que el territorio se irrigara a través de esa red comercial. Si el contenido ya no se distribuye de esa forma, esos espacios no son estrictamente necesarios a no ser que se especialicen y / o multipliquen sus servicios. Las librerías ya se están convirtiendo en espacios más convivenciales, donde se busca una lectura social, una presentación, una charla. Mientras vayan a eso y entiendan que tienen que utilizar las tecnologías digitales, sobrevivirán”, concluye Joaquín Rodríguez.



Libros y blogs

En_línea. Leer y escribir en la red. Daniel Cassany. Anagrama. 288 páginas. 19,90 euros (electrónico: 14,99).

Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Nicholas Carr. Traducción de Pedro Cifuentes. Taurus. 344 páginas. 19,50 euros (electrónico: 11,99).

Stop what you’re doing and read this! Nicholas Carr. Vintage, 2011. 

www.nicholasgcarr.com/

Cómo aprendemos a leer. Maryanne Wolf. Traducción de Martín Rodríguez-Courel. Ediciones B. 320 páginas. 5,95 euros.

El viento comenzó a mecer la hierba. Emily Dickinson. Traducción de Enrique Goicolea. Ilustraciones de Kike de la Rubia. Nórdica Libros. 112 páginas. 16,50 euros.

Los futuros del libro. Joaquín Rodríguez. 

futurosdellibro.com/

Libros y bitios. José Antonio Millán.

 jamillan.com/

Craig Mod. 

craigmod.com

Hábitos de lectura y compra de libros en España 2011. Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). 

www.federacioneditores.org/



Tomado de El pais


viernes, 5 de marzo de 2021

¿Adiós a las libreras de Cádiz...?

 




Es difícil no sentir afinidad por lo que el autor describe. Los tiempos están cambiando y eso es innegable. Me entristece el cierre de Las Librerías de Cádiz y mando desde aquí un abrazo a esas cinco valientes hermanas. Pero no puedo compartir el último párrafo del artículo de Octavio:

“…Porque un país que deja que sus librerías cierren es un país condenado a la mediocre supervivencia de seres felizmente domesticados. Porque una ciudad sin libreras acaba convertida en un páramo tan triste como el patio de un colegio cuando en él no habita el murmullo indescifrable de niños y niñas que juegan. …”

También ha muerto el cine (las salas de exhibición de largometrajes previo pago de una entrada) y ahora es cuando más cine se ve. Que mueran las librerías, ni tan siquiera significa (necesariamente) que se vendan menos libros. Ahora se venden por Amazon y en menor medida en grandes superficies, aunque cada vez menos y desaparecerá en breve. Y sin duda no significa que se lea menos, o no por esa razón. Ahí están los libros electrónicos, aunque innegablemente han frenado su expansión. Sólo un dato: jamás se han editado más libros que ahora, es verdad que con menor tirada. Pero ¿es eso malo? La economía, al menos la capitalista (vaya la que se enseña como dogma de fe en las universidades), ama la competencia ¿Y no es acaso un ejemplo de libro de texto, de libro de Adam Smith: competencia perfecta como sinónimo de muchos oferentes con producciones pequeñas? Sí, lo es. Lo que ocurre es que nuestros economistas neoliberales, esos que inundan las tertulias con sus predicas no sólo no han leído a Papa Smith sino que son, en su mayoría, conservadores, que pareciéndose no son lo mismo. Pero eso es una historia que debe contarse en otro momento.

Confundir el producto con su canal de distribución es común, muy común y tener una cátedra no te hace inmune a ello.

Indudablemente, y como bien decía Kevin Lancaster en 1966, el consumo no es el mismo si se hace en pantalla grande y a oscuras que en el sofá de casa. Por cierto, ganó de goleada el salón de casa. Si eres de los que prefieres la sala oscura y pantalla grande: eres un dinosaurio carcamal y te doy la bienvenido a tan entrañable club. Pero no confundas tus lágrimas de cocodrilo con el malestar de la cultura. Y sobre todo no te engañes. Tu dolor no se debe a que se vaya a leer menos, tu dolor es porque los tiempos están cambiando y tú no ya no eres capaz de adaptarte a ellos. Nada que Alvin Toffler no contará en 1980. Con todas estas referencias cultistas pretendo igualar y superar la autoridad académica que confiere ser catedrático, como el autor del artículo.

No niego que las librerías sean/fueran espacios de conversación, pero ahora si algo sobra, son los espacios para las conversaciones: por gracia o desgracia de internet. En estos nuevos foros se habla a gritos, atropelladamente y se dicen tonterías… igual que en la mayoría de las conversaciones que se tienen/tenían en una librería. Por cierto nada que Neil Postman no contará en 1985 siguiendo la línea de pensamiento trazada por Marshall McLuhan en su maravillosa La Galaxia Gutenberg (1962)

No, el mundo no está peor porque haya menos librerías.

Por cierto, las librerías no morirán, no todas al menos. Para sobrevivir deben especializarse, la librería generalista es un anacronismo. Pero la boutique del libro del género Fantástico, o de Romántica o de Histórica tiene buena salud. Cierto, no es un mercado para que existan 50 librerías en cada ciudad. Pero una o dos, si caben. Especialización, amigo Sancho: ES PE CIA LI ZA CI ÓN que ya lo decía Émile Durkheim en 1893. Seguir haciendo las cosas como se hacían hace 200 años es garantía de pronta extinción.

 

La tecnología lo cambia todo, incluso los canales de distribución. Mirar así al pasado es morir, está bien morir un poquito: a eso le llamamos añoranza, pero creer que el mundo va a peor por eso, es dejarse vencer por la vejez.

by PacoMan


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Las cinco hermanas Raposo Navarrete, en junio de 2010, tras la inauguración de su librería. J. P. Imagen tomada DEl Diario de CÁDIZ.



Adiós a las libreras

OCTAVIO SALAZAR BENÍTEZ


Catedrático de Derecho Constitucional. Miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional Universidad de Córdoba http://lashoras-octavio.blogspot.com/


   

15/01/2021

En un país como el nuestro, en el que la mayor obsesión en los últimos meses parece haberse concentrado en los horarios de los bares y en la distancia de las mesas en las terrazas, por no hablar del empeño auspiciado por nuestros representantes en salvar la Navidad o en primar lo productivo sobre la sostenibilidad de la vida, no debería sorprendernos que la noticia del cierre de una librería apenas remueva las tripas del respetable. Sin embargo, quienes necesitamos los libros como el aire que respiramos, ya que sin ellos seríamos incapaces de alzarnos cada mañana y de concebir la vida como un proceso siempre abierto de sorpresas y pasiones recién descubiertas, cuando vemos cerrada la puerta de una librería sentimos una especie de desgarro, una herida que va restando tiempo a nuestro futuro, una suerte de desasosiego que, como si fuéramos parte de una cofradía laica, solo podemos compartir con quienes, como nosotros, viven la lectura como el alimento que nos abre más y más los ojos. Esa lentes de aumento que nos permiten, además de reconocernos, con todas nuestras debilidades, reconocer al otro y a la otra como parte misma de nuestra existencia. En este sentido, la lectura es un ejercicio de radical democracia y las librerías, como también las bibliotecas, el templo que nos permite abrazar el infinito. El infinito en un junco, en palabras de Irene Vallejo. Juntos salvajes nosotros, siempre dúctiles al viento, pero sostenidos a la intemperie gracias a la fortaleza que nos regalan las palabras.


Cuando en estos días me enteré a través de las redes sociales de que Las libreras de Cádiz, uno de esos espacios en los que durante diez años no han dejado de amasarse civismo e imaginación compartida, sentí justamente ese desgarro que me resulta tan complicado explicar. Esa lesión que, como las que van insistiendo en los cuerpos de los atletas maduros, se mantiene para siempre aunque pongamos sobre ella bálsamos y antiinflamatorios. En Las libreras, donde no solo se vendían libros sino que también se practicaba el arte democrático de la conversación, presenté hace unos años mi Autorretrato de un macho disidente. El poeta Ángelo Nestore hizo de padrino y nos emocionó a todas y a todos con su voz de varón rebelde, con sus rizos de italiano malagueño que entiende la poesía como una revolución. Sus palabras, algunas de las cuales me las imagino todavía volando por las escaleras de la librería, siempre me acompañarán como una receta imposible ante el desaliento. Apenas un año después, fue la periodista Lalia González, una de esas mujeres con poderío que demuestran que también la información necesita perspectiva de género, quien me acompañó en la presentación de #Wetoo, mi brújula para jóvenes feministas. Acompañados por un público fiel y entusiasta, recuerdo que le dimos vueltas a la actualidad por entonces no tan angustiosa como en el presente. Todavía felices, y tan lejanos de la tormenta que meses después nos convertiría en seres microscópicos.


Hay pues mucho de mi vida, de mis días de verano en Cádiz, en los que buscaba para mi sobrina Lucía algún libro que le ayudara a convertirse en una mujer autónoma, en ese espacio que cinco hermanas, guerreras, valientes, acogedoras, pusieron en pie justo en unos momentos en los que la anterior crisis económica no presagiaba nada bueno para la cultura. En estos últimos diez años esas mujeres, que han sido como hilanderas que no han parado de tejer, sin necesidad de destejer por las noches, hicieron de su librería justamente lo que necesita una democracia para mantener su salud: un lugar de aprendizaje, de sonrisas, de preguntas, de brindis y de palabras saltarinas. Entre autoras, autores, lectoras y lectores. Entre las manos de quienes escriben y los hogares de quienes leen. El más puro ejercicio de libertad, igualdad y pluralismo.


El anuncio del próximo cierre de Las libreras es una de las noticias más tristes que me ha llegado en estos días del reciente 2021, por más que siga habiendo tantas dramáticas que nos recuerdan que somos los más frágiles entre los frágiles. Mi dolor, que espero que con los días se vaya convirtiendo en esa memoria fértil que nos permite coger impulso para el mañana, tiene que ver con la dimensión colectiva, política, que habita en los espacios donde se genera cultura. Esos que justo ahora están heridos de muerte y que, por tanto, quiebran la salud de unas democracias sacudidas hoy por virus todavía más peligrosos que el que no deja de dejarnos muertes y renuncias. Porque un país que deja que sus librerías cierren es un país condenado a la mediocre supervivencia de seres felizmente domesticados. Porque una ciudad sin libreras acaba convertida en un páramo tan triste como el patio de un colegio cuando en él no habita el murmullo indescifrable de niños y niñas que juegan.


Tomado de Publico.



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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.

Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.


Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po