"Los Kennedy han sido la Casa de Atreides del siglo XX.".Una entrevista a J.G. Ballard realizada en 1974
Los Kennedy han sido la Casa de Atreides del siglo XX.
En 1974 Ballard ha
encontrado una voz propia, la Ciencia Ficción le aprieta las costuras y su obra
comienza el traspaso de sus límites hasta encontrar un espacio propio. Un espacio,
donde: la función del escritor ya no es añadir ficción al mundo, es conducir una investigación para recuperar
la realidad pervertida por la ficción.
Aún faltan 10 años
para El imperio del sol y tres años
más para que Spielberg la llevase al cine.
Ballard concede
esta entrevista, sin que todavía se haya llevado ninguna de sus obras al cine y
tras acabar de escribir Crash
(1973), llevada al cine por el cineasta
canadiense David Cronenberg en 1996. Sin embargo comenta extensamente su
anterior novela, la de 1970: La
exhibición de atrocidades (también llevada al cine en el 2000 por Jonathan
Weiss), donde con claves similares a las utilizadas en Crash analiza leyendas (y
sus interacciones) como Marilyn, los Kennedy o Ronald Regan.
by PacoMan
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Entrevista realizada por Robert Louit
Traduccion de Valentín Vañó
A día de hoy, ¿cómo se posiciona respecto a la ciencia-ficción?
Cuando comencé a escribir, a finales de los cincuenta, la
ciencia-ficción era la única rama de la literatura que permitía una
escritura especulativa a partir de las reacciones humanas a las diversas
agitaciones científicas, tecnológicas o políticas que estaban
ocurriendo entonces. Yo me dirigí de forma natural al género. Estoy
tentado de decir que la mitad de mi trabajo precedente a La exhibición de atrocidades era ciencia-ficción, y que la otra mitad pertenece a la fantasía o a la pura y simple alegoría; por ejemplo, mi relato corto The Drowned Giant. Considero que dejé el género completamente con La exhibición de atrocidades, pero no tengo ninguna terminología sustitutiva que ofrecerle para lo que escribo en la actualidad. Crash
no es una novela de ciencia-ficción, pero podría no obstante ser leída
como tal, ya que contiene elementos de pensamiento político y
“sociológico” que se encuentran en ciertas obras del género. Yo no
quisiera que un lector que se enfrente a Crash se permita a sí mismo
encerrarse en las limitaciones (lo que no implica, en todo caso, un
juicio peyorativo) que son habitualmente atribuidas a la
ciencia-ficción.
Usted definió una vez la ciencia-ficción como “la literatura del optimismo tecnológico, nacida en América en los años veinte”. A mí me parece que su obra toma el rumbo inverso exacto a lo que esto implica. Quizás la materia mantiene un cierta alcance tecnológico, pero usted está menos ocupado en especular sobre el futuro que sobre el presente, cuya extrañeza y fascinación desvela. El resultado no siempre es optimista.
Usted definió una vez la ciencia-ficción como “la literatura del optimismo tecnológico, nacida en América en los años veinte”. A mí me parece que su obra toma el rumbo inverso exacto a lo que esto implica. Quizás la materia mantiene un cierta alcance tecnológico, pero usted está menos ocupado en especular sobre el futuro que sobre el presente, cuya extrañeza y fascinación desvela. El resultado no siempre es optimista.
Exactamente. No veo qué más podría añadir a esa descripción. Durante
varios años, he estado intentado mostrar el presente desde un ángulo
inusual.
Esta evolución suya culmina en las historias fragmentadas de La exhibición de atrocidades.
En efecto. El factor determinante para mí fue el asesinato de John Kennedy en 1963; ese es, entre otros, el tema de La exhibición de atrocidades.
Escribí mucho sobre los Kennedy en aquel momento porque me parecían una
especie de Casa de Atreides del siglo XX. Su historia ilustra
particularmente bien el modo en que, poco a poco, los elementos
ficticios de la realidad cotidiana han terminado por enmascarar los
llamados elementos “reales”. Desde hace varios años estamos viviendo en
medio de algo que puede considerarse de hecho una enorme novela.
Progresivamente nuestras vidas están siendo afectadas por la publicidad,
por la política concebida y ejecutada como un ejercicio vinculado al
marketing, por el comercio masivo y demás. Vivimos en un paisaje
mediático. Los elementos ficticios se entremezclan con nuestras vidas y
las transforman, llegado el caso, hasta detalles diminutos. Cuando
adquieres un billete de avión de Londres a París, estás comprando no
solo un comprobante de viaje, sino también y sobre todo una marca
registrada, una imagen… de cierta aerolínea: compras el estilo del
uniforme de sus azafatas, su decoración, que el avión tenga o no tenga
un bar, o que proyecten una película –durante el vuelo, los elementos
ficticios están interrelacionados con la realidad del viaje, igual que
ocurre en política: las elecciones presidenciales en USA son menos que
el choque de dos esferas de ficción, como la colisión de dos galaxias–.
Ocurre también en la vida privada, donde es perceptible la influencia de
las imágenes proyectadas por los periódicos, la televisión, los
carteles publicitarios, etc. Esto puede sentirse en la forma en la que
la gente decora sus casas, en cómo se visten, en la parafernalia
integral de su relación con los otros. Para hablar de este nuevo mundo,
me dirigí, en La Exhibición de atrocidades, a fragmentar la
realidad contemporánea de forma que pudiese reunir sus elementos párrafo
a párrafo y mostrar sus resortes. Este método me permitió examinar
simultáneamente los diferentes estratos que conforman nuestra propia
experiencia del mundo contemporáneo: el nivel de acontecimientos
públicos como la guerra, la conquista del espacio o la historia de
Kennedy; el nivel de la vida cotidiana, de gente que conduce su coche
todas las mañanas, trabaja en la oficina, convalece en el hospital,
etc.; y el nivel de nuestra fantasías. En La Exhibición de atrocidades,
por tanto, intenté combinar estos tres niveles tal y como acostumbramos
a hacerlo en la vida, en el día a día. La narrativa lineal es como la
vía del tren, que se desplaza de un punto a otro, y de la que no podemos
desviarnos; previene percepciones simultáneas. Ahora mi propósito es
mostrar esos tres niveles, público, privado y fantástico, retroceder y
desplazarme entre uno y otro: a ese punto de intersección que existe
entre ellos. Como muestra de remordimiento por la apariencia lineal de
su narrativa, Crash confía igualmente en esta técnica, que puede compararse con una especie de radar.




