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sábado, 9 de noviembre de 2013

J.G. Ballard: "Los Kennedy han sido la Casa de Atreides del siglo XX.".



 



"Los Kennedy han sido la Casa de Atreides del siglo XX.".Una entrevista a J.G. Ballard realizada en 1974


Los Kennedy han sido la Casa de Atreides del siglo XX.


En 1974 Ballard ha encontrado una voz propia, la Ciencia Ficción le aprieta las costuras y su obra comienza el traspaso de sus límites hasta encontrar un espacio propio. Un espacio, donde: la función del escritor ya no es añadir ficción al mundo, es conducir una investigación para recuperar la realidad pervertida por la ficción

Aún faltan 10 años para El imperio del sol y tres años más para que Spielberg la llevase al cine.

Ballard concede esta entrevista, sin que todavía se haya llevado ninguna de sus obras al cine y tras acabar de escribir Crash (1973),  llevada al cine por el cineasta canadiense David Cronenberg en 1996. Sin embargo comenta extensamente su anterior novela, la de 1970: La exhibición de atrocidades (también llevada al cine en el 2000 por Jonathan Weiss), donde con claves similares a las utilizadas en Crash analiza leyendas (y sus interacciones) como Marilyn, los Kennedy o Ronald Regan

by PacoMan



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Entrevista realizada por  Robert Louit

 

Traduccion de  Valentín Vañó

 

 

A día de hoy, ¿cómo se posiciona respecto a la ciencia-ficción?

Cuando comencé a escribir, a finales de los cincuenta, la ciencia-ficción era la única rama de la literatura que permitía una escritura especulativa a partir de las reacciones humanas a las diversas agitaciones científicas, tecnológicas o políticas que estaban ocurriendo entonces. Yo me dirigí de forma natural al género. Estoy tentado de decir que la mitad de mi trabajo precedente a La exhibición de atrocidades era ciencia-ficción, y que la otra mitad pertenece a la fantasía o a la pura y simple alegoría; por ejemplo, mi relato corto The Drowned Giant. Considero que dejé el género completamente con La exhibición de atrocidades, pero no tengo ninguna terminología sustitutiva que ofrecerle para lo que escribo en la actualidad. Crash no es una novela de ciencia-ficción, pero podría no obstante ser leída como tal, ya que contiene elementos de pensamiento político y “sociológico” que se encuentran en ciertas obras del género. Yo no quisiera que un lector que se enfrente a Crash se permita a sí mismo encerrarse en las limitaciones (lo que no implica, en todo caso, un juicio peyorativo) que son habitualmente atribuidas a la ciencia-ficción.


 

Usted definió una vez la ciencia-ficción como “la literatura del optimismo tecnológico, nacida en América en los años veinte”. A mí me parece que su obra toma el rumbo inverso exacto a lo que esto implica. Quizás la materia mantiene un cierta alcance tecnológico, pero usted está menos ocupado en especular sobre el futuro que sobre el presente, cuya extrañeza y fascinación desvela. El resultado no siempre es optimista.
 
Exactamente. No veo qué más podría añadir a esa descripción. Durante varios años, he estado intentado mostrar el presente desde un ángulo inusual.



Esta evolución suya culmina en las historias fragmentadas de La exhibición de atrocidades.

En efecto. El factor determinante para mí fue el asesinato de John Kennedy en 1963; ese es, entre otros, el tema de La exhibición de atrocidades. Escribí mucho sobre los Kennedy en aquel momento porque me parecían una especie de Casa de Atreides del siglo XX. Su historia ilustra particularmente bien el modo en que, poco a poco, los elementos ficticios de la realidad cotidiana han terminado por enmascarar los llamados elementos “reales”. Desde hace varios años estamos viviendo en medio de algo que puede considerarse de hecho una enorme novela. Progresivamente nuestras vidas están siendo afectadas por la publicidad, por la política concebida y ejecutada como un ejercicio vinculado al marketing, por el comercio masivo y demás. Vivimos en un paisaje mediático. Los elementos ficticios se entremezclan con nuestras vidas y las transforman, llegado el caso, hasta detalles diminutos. Cuando adquieres un billete de avión de Londres a París, estás comprando no solo un comprobante de viaje, sino también y sobre todo una marca registrada, una imagen… de cierta aerolínea: compras el estilo del uniforme de sus azafatas, su decoración, que el avión tenga o no tenga un bar, o que proyecten una película –durante el vuelo, los elementos ficticios están interrelacionados con la realidad del viaje, igual que ocurre en política: las elecciones presidenciales en USA son menos que el choque de dos esferas de ficción, como la colisión de dos galaxias–. Ocurre también en la vida privada, donde es perceptible la influencia de las imágenes proyectadas por los periódicos, la televisión, los carteles publicitarios, etc. Esto puede sentirse en la forma en la que la gente decora sus casas, en cómo se visten, en la parafernalia integral de su relación con los otros. Para hablar de este nuevo mundo, me dirigí, en La Exhibición de atrocidades, a fragmentar la realidad contemporánea de forma que pudiese reunir sus elementos párrafo a párrafo y mostrar sus resortes. Este método me permitió examinar simultáneamente los diferentes estratos que conforman nuestra propia experiencia del mundo contemporáneo: el nivel de acontecimientos públicos como la guerra, la conquista del espacio o la historia de Kennedy; el nivel de la vida cotidiana, de gente que conduce su coche todas las mañanas, trabaja en la oficina, convalece en el hospital, etc.; y el nivel de nuestra fantasías. En La Exhibición de atrocidades, por tanto, intenté combinar estos tres niveles tal y como acostumbramos a hacerlo en la vida, en el día a día. La narrativa lineal es como la vía del tren, que se desplaza de un punto a otro, y de la que no podemos desviarnos; previene percepciones simultáneas. Ahora mi propósito es mostrar esos tres niveles, público, privado y fantástico, retroceder y desplazarme entre uno y otro: a ese punto de intersección que existe entre ellos. Como muestra de remordimiento por la apariencia lineal de su narrativa, Crash confía igualmente en esta técnica, que puede compararse con una especie de radar. 




sábado, 27 de noviembre de 2010

"Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo...".

El Credo de J.G. Ballard (1930 -2009)



James Graham Ballard con sus hijos



James Graham Ballard  (18 de noviembre de 1930 - 19 de abril de 2009) fue un  escritor británico de ciencia Ficción;  conocido por libros como  El mundo sumergido (1962), La sequía (1965),  Crash (1973) y El imperio del sol (1984) entre otros . El nos obsequió un muy particular credo. El Credo apareció por primera vez en la revista francesa Science Fiction, por pedido del editor (febrero de 1984) y se reprodujo en su versión original en inglés en el número ocho de Interzone, con el título de “What I Believe”.

Disfrútenlo y coméntenlo 

 

 El Credo

 Por J.G. Ballard (1930 -2009)
 
Traducción: Tomás Eloy Martínez (1934-2210)
 
 Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, para soltar las riendas de la verdad dentro de nosotros, para demorar la noche, para trascender la muerte, para congraciarnos con los pájaros, para ganarnos la confianza de los locos.
 
 Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de los choques de autos, en la paz de los bosques sumergidos, en la excitación de las playas de vacaciones cuando están desiertas, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de muchos pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.
 
 Creo en las pistas olvidadas de las Islas Wake, apuntando hacia los Pacíficos de nuestra imaginación.
 
 Creo enla misteriosa belleza de Margaret Thatcher, con el gancho de su nariz y el brillo de su belfo; en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos; en mi sueño de Margaret Thatcher acariciada por ese joven soldado argentino en un olvidado motel de carretera mientras los vigilan con el tubo de un tanque de gasolina.
 
 Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus imaginaciones, tan próximas a mi corazón; en el momento que apoyan sus cuerpos desencantados sobre el encantado cromo de los mostradores en los automercados; en la calidez con que toleran mis propias perversiones.

Creo en la muerte del mañana, en la fatiga del tiempo, en nuestra búsqueda de un tiempo nuevo dentro de la sonrisa de las azafatas en los autobuses de larga distancia y dentro de los ojos cansados de los hombres que controlan el tránsito en los aeropuertos fuera de temporada.

Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las 69 posiciones de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Lady Di, en los dulces olores que emanan de sus labios cuando ellos miran las cámaras del mundo entero.

Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en el humor lunático de las flores, en las enfermedades aportadas a la raza humana por los astronautas del Apolo.

Creo en nada.

Creo en Max Ernst, Paul Delvaux, Dalí, Goya, Ticiano, Leonardo, Vermeer, De Chirico, Magrite, Redon, Durero, Tanguy, el cartero Cheval, las torres Watts, Bocklin, Francis Bacon y todos los artistas invisibles recluidos en los psiquiátricos del planeta.
 
 Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en el absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en el propósito asesino de la lógica.
 
 Creo en las adolescentes, en cómo se corrompen a sí mismas por la posición que adoptan sus largas piernas, en la pureza de sus cuerpos desarreglados, en los vellos púbicos que dejan en los baños de los moteles más infames.
 
 Creo en el vuelo, en la belleza de las alas y en la belleza de todo lo que ha volado siempre, en la piedra arrojada por un niño con la misma sabiduría de los estadistas y de las parteras.

Creo en la delicadeza de los bisturís quirúrgicos, en la ilimitada geometría de las pantallas de cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la charlatanería de los planetas, en la repetitividad de nosotros mismos, en la inexistencia del universo y en el aburrimiento del átomo.
 
 Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Jonathan Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.
 
 Creo en la inexistencia del pasado, en la muerte del futuro y en las infinitas posibilidades del presente.
 
 Creo en los diseñadores de las pirámides, del Empire State, del bunker de Hitler en Berlín, de las pistas de aterrizaje en las islas Wake.
 
 Creo en los olores del cuerpo de Lady Di.
 
 Creo en los próximos cinco minutos.
 
 Creo en la historia de mis pies.
 
 Creo en los dolores de cabeza, en el aburrimiento de los atardeceres, en el miedo de los calendarios, en la traición de los relojes.
 
 Creo en la ansiedad, en la psicosis y en la desesperación.
 
 Creo en las perversiones, en las obsesiones con árboles, princesas, primeros ministros, bombas de gasolina muertas (más hermosas que el Taj Mahal), nubes y pájaros.
 
 Creo en la muerte de las emociones y en el triunfo de la imaginación.
 
 Creo en Tokio, Benidorm, la isla Wake, Eniwetok, Plaza Dealey.
 
 Creo en el alcoholismo, en las enfermedades venéreas, en la fiebre y en el agotamiento.
 
 Creo en el dolor.
 
 Creo en la desesperación.
 
 Creo en todos los niños.
 
 Creo en los mapas, diagramas, códigos, juegos de ajedrez, rompecabezas, horarios de aviones, tableros de aeropuertos.
 
 Creo en todas las excusas.
 
 Creo en todas las razones.
 
 Creo en todas las alucinaciones.
 
 Creo en todos los pleitos.
 
 Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías, evasiones.
 
 Creo en el misterio y en la melancolía de una mano, en la gentileza de los árboles, en la sabiduría de la luz.