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martes, 4 de diciembre de 2012

William Gibson: Yo no soy un vidente, sino alguien que sabe mirar lo extraño de la existencia.





Según William Gibson el porvenir cibernético ya es una realidad


1984, Apple sacaba a la luz el Macintosh, el primer ordenador con una interfaz visual, y William Gibson nos sorprendía a todos con Neuromante, donde inventaba algo como el ciberespacio, internet y los hackers, aunque él los llamaba vaqueros del ciberespacio. Es indudable que se adelantó a su tiempo, quizás las consolas con las que los vaqueros navegaban por ese ciberespacio siguen siendo ciencia ficción, pero qué duda cabe que lo que él llamaba “La matriz” es nuestra internet de todos los días. Que esos vaqueros asaltando sistemas informáticos ya han sido superados por esos hackers que pueden robarte el dinero de tu cuenta sin levantarse del ordenador.

Macintosh



Creo que Neuromante fue un cambio de tendencia en la ciencia ficción, de obras como La Guía del autoestopista galáctico pasamos en cinco años a una ciencia ficción que se alejaba del canon de extraterrestres y naves espaciales, colocando a los personajes en la Tierra, explorando un espacio imaginario que se ubica dentro de ordenadores. En 1984, nace un nuevo género, el cyberpunk.





José Antonio Cordobés Montes 



Economista y Administrador de Ficción Científica









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  • William Gibson sacudió en los ochenta las bases de la ficción científica con 'Neuromante'


  • “Confundimos con videncia del futuro la capacidad de reconocer la extrañeza de la actualidad”


  • Aquel porvenir marcado por la cibernética ya es una realidad


Jacinto Antón  24 MAR 2012






Cuando conocí a William Gibson, en 1990, faltaban ocho años para que empezara a funcionar el motor de búsqueda de Google y Art Futura era el súmmum de la modernidad. El mundo era infinitamente más sencillo y rectilíneo, pero él ya avizoraba cosas que lo complicarían un montón y que los mortales comunes no podíamos imaginar, verbigracia: el ciberespacio. Ya entonces, Gibson —como todos los grandes del género— desbordaba el concepto común e injustamente restrictivo que se tiene de un escritor de ciencia ficción. Ni astronaves ni extraterrestres ni rayos de la muerte, Gibson (Conway, Estados Unidos, 1948) fue de los primeros en observar que los alienígenas somos nosotros y que nuestro mundo si bien (o mal) se mira es lo suficientemente extraño e impredecible para que no haga falta inventarse otro. Cuestión de enfocarlo con los ojos adecuados. En aquel remoto 1990, el autor estadounidense era el hombre que había escrito Neuromante, publicada en castellano el año antes por Minotauro, una novela extraordinaria, llena de intuiciones —como la omnipresencia y a la vez la continua obsolescencia de la tecnología informática— que devino inmediatamente obra de culto. La siguiente vez que vi a William Gibson fue en 2002 y las cosas habían cambiado tanto que le habrían sorprendido incluso a Case, el hacker cibercowboy protagonista de Neuromante: habían caído las Torres Gemelas. Gibson estaba entregado a un proceso muy curioso: a medida que el tiempo discurría, él no se alejaba hacia el futuro sino que se acercaba más y más al presente. Ahora, su última novela, la novena, Historia Cero (Plata/Urano), centrada en una trama de corte conspirativo no exenta de humor cuyo eje es ¡una misteriosa marca de ropa!, sucede en una contemporaneidad alucinada en la que nuestra propia realidad de iPhones, Mc Airs, Twitters, Caffès Nero, grafitis de Banksy, Pilates, drones o huesos artificiales de madera de ratán (¡que existen!) se describe —y se lee— como si fuera ciencia ficción. Con decirles que el fantástico “miniavión ekranoplano Orlyonok” del relato no solo es real sino que es una antigualla creada en 1972 y concebida en la URSS para misiones militares de asalto… En la novela incluso sale un catalán que parece un marciano. Símbolo de (sus) nuestros tiempos y homenaje si se piensa a Neuromante, esta tercera entrevista con William Gibson se realiza por Internet. O sea, una cita en el ciberespacio.



PREGUNTA. Vaya sorpresa reencontrarle escribiendo una historia alrededor de unos pantalones vaqueros. Claro que los Sabuesos de Gabriel, esa ambicionada marca secreta, son mucho más que eso ¿no?


RESPUESTA. La manera en que nos vestimos implica complejos códigos culturales, incluso aunque nos enorgullezcamos de no tener nada que ver con la moda. Mi novela trata la industria de la indumentaria como una industria de información.


P. En todo caso, es curioso verle metido en el mundo de las tendencias y de la psicología del consumo de marcas caras. ¿Qué le atrae del mundo de la moda? Es asombroso el ascendente que ha cobrado en la cultura del siglo XXI, ¿no cree?


R. Me interesan los subtextos, más que los mensajes que los diseñadores y fabricantes podrían querer transmitirnos.


P. Antes fue la tecnología informática la que centraba sus tramas de conspiraciones, ahora la moda. ¿Es imaginable que juegue ese papel? ¿Intereses militares detrás de la moda? Me ha encantado ver a miembros de las Fuerzas Especiales involucrados en un asunto de pantalones.



R. La relación entre moda y ejército descrita en la novela es real, aunque la he ensalzado y exagerado ligeramente. Es una de las cosas más extrañas que no he tenido que inventar. Lo descubrí cuando me pidieron que participara en los encuentros de creación de marca de una nueva línea de un importante fabricante de ropa deportiva. Al principio no pude creerlo, pero era cierto.



P. Muestra un mundo en el que el mercado es de una naturaleza cada vez más virtual. ¿Lo ve así?



R. Si es cierto que somos, como nos han dicho durante varias décadas, una sociedad posindustrial, entonces el marketing es el grueso de lo que hacemos.



Françoise Hardy 



P. Volvemos a encontrar a algunos personajes de Mundo espejo (Minotauro, 2004) y País de espías (Plata, 2010), como el dueño de la agencia de publicidad La Hormiga Azul, Hubertus Bigend, el ofuscado y rehabilitado Milgrim, el osado Gareth y la excantante de la banda de culto The Curfew reciclada en escritora e investigadora de moda Hollis Henry —“una versión armada de Françoise Hardy”(!)—. Sus personajes protagonistas favoritos son solitarios, perdedores, antihéroes: ¿los siente cercanos? Como lector he de confesarle que se les coge gran aprecio.


Françoise Hardy

R. Mi relación con ellos es distinta, pero es gratificante trabajar junto a ellos durante tanto tiempo, en un arco narrativo extenso.


P. Al igual que con Neuromante, Conde Cero y Mona Lisa acelerada o las novelas que componen la serie Bridge nos encontramos ante una especie de trilogía. ¿Por qué se mueve en ese formato?


R. En realidad es por accidente. No lo planeé así, y me habría dado por satisfecho si la primera novela de cada serie hubiera sido unitaria. En realidad yo las considero todas como obras unitarias y espero que puedan leerse como tales. Pero las historias que se narran tienden a fusionarse con las del libro anterior.


P. Historia Cero, como sus últimas novelas, transcurre en el presente. ¿Ha abandonado la ciencia ficción más futurista definitivamente? ¿Qué opina del género?, ¿ya no sirve?




R. Los últimos tres libros representan un intento de utilizar la caja de herramientas de la ciencia ficción para analizar el presente. Después de todo, se trata de un presente con un fuerte componente de ciencia ficción. Así que creo que el género no solo es útil, sino que es más útil que en tiempos anteriores. También creo que nos hemos vuelto más sofisticados respecto de las funciones culturales de los futuros imaginarios.


P. De nuevo la trama tiene un componente de investigación y de novela negra. ¿Qué opina del florecimiento del género? ¿Es lector de esa clase de literatura? Bueno, de joven le encantaba Sherlock Holmes ¿no?



R. Entiendo que la novela detectivesca negra (que, claramente, fue en un principio un formato norteamericano) es donde se ubicó la modalidad del naturalismo literario en la modernidad. Los hermanos Goncourt querían utilizar la ficción como una herramienta de una investigación social radical. En Estados Unidos, eso mismo hicieron Hammett y Chandler. Es cierto que Doyle me gustaba mucho de niño, pero en su obra no hay ninguna investigación social radical; más bien una compleja celebración del statu quo.



P. Cada vez veo más parecido entre su escritura y la de Ballard. El sentimiento de enajenación de la realidad por las descripciones: lo cotidiano se vuelve extraño y extravagante simplemente por una cuestión de foco. ¿No era Ballard el que decía que la tierra es el verdadero planeta alienígena? Es la mirada, ¿verdad?



R. Ahora pienso menos en Ballard. Tal vez debido a que él era tan bueno en lo que hacía. Hoy en día me parece que habitamos su mundo sin darnos cuenta. La cultura de la “televisión de la realidad” (reality shows), por ejemplo, da la impresión de que existe porque él la imaginó en los setenta.



P. En su fascinante colección de ensayos Distrust that particular flavor (Putnam, 2012), que he leído con muchísimo interés, habla en un texto de su estancia en Barcelona a finales de los ochenta. Es como si se refiriera a otra vida. En el diario consultábamos enciclopedias de papel. Le recuerdo entonces con abundante cabello y un guión para Alien III bajo el brazo. ¿Qué recuerdos tiene de aquella época?



R. Visité Barcelona por primera vez en 1971, una época muy diferente. Fue fascinante regresar, para Art Futura, a la realidad pos-Franco, con esa potente sensación de posibilidad y cambio. Barcelona siempre me deja una impresión muy profunda.


P. ¿Le parece que las drogas han retrocedido en el escenario social en proporción inversa al ascenso de un progresivo sentido de la irrealidad fomentado por las nuevas tecnologías? Usted menciona unas cuantas en sus libros: de la dextroanfetamina brasileña al antagonista paradójico.



Gibson fue de los primeros en observar que los alienígenas somos nosotros. 



MARK STEVENSON (GETTY / STOCKTREK)



R. Para mí la mejor manera de analizar las drogas es como medio de alterar lo que recibimos de lo que nos rodea. Se convierten en un problema cuando decidimos que constituyen información (o datos). La retórica de los sesenta suponía que, por ejemplo, el LSD era información. Pero hoy diría que eso equivale a creer literalmente que la camarera es más guapa después de la tercera cerveza.