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jueves, 13 de noviembre de 2025

La Gracia más preciada: la Paz

 



Estimados Liponautas


Hoy tenemos el agrado de compartir con ustedes un texto escrito por el  escritor venezolano Israel Centeno donde hace un acercamiento al otorgamiento del Premio Nobel de la Paz 2025  a la luchadora venezolana María Corina Machado. 

Imagen tomada de aquí.


La entrada la abre una imagen de la paloma de la paz hecha por el pintor Pablo Picasso. Este artista en diversos momentos de su vida hizo distintas interpretaciones de este símbolo que hizo parte de su vida. Su hija se llama Paloma y su nieta Paz.


La entrada la abre unas imágenes de Picasso para evadir las críticas sin sentido y las denuncias que nos han hecho en la plataforma de Facebook debido a las notas que hemos compartido en esta Venezuela pisoteada, donde mostramos lo común que es sobrevalorar cosas como el sistema de orquestas y sus epígonos y a los logros deportivos de algunos a pesar de que tengamos un montón de presos políticos y una población golpeada por innumerables necesidades. Mantener y mostrar esta posición que nos generó acusaciones de promotores de odio y cosas parecidas, provocando un aluvión de quejas y denuncias en Facebook en contra de la página del blog. Después de compartir nuestra postura vimos como mucha gente "amiga" cambió la manera como recibían nuestras publicaciones. Pero nosotros no cambiaremos nuestra posición. Ya viene a ser la hora de que los ""intelectuales" en Venezuela comiencen a ser amigos verdaderos de la gente. 

Por cierto hoy 12 de diciembre de 2025 la entrada fue actualizada al insertarle los videos que están al final del texto.

Esperemos que los venezolanos logremos disfrutar de una verdadera paz


Disfruten de la entrada


Atentamente


La Gerencia


*******





11 de octubre de 2025


La Gracia más preciada: la Paz

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.”
— Evangelio según San Mateo


Hay dones que se confunden con la respiración del alma. El Amor es uno de ellos. Pero justo después —como su reflejo visible, su consecuencia natural— está la Paz. No la paz entendida como silencio de las armas ni como simple pacto de conveniencia, sino aquella que surge cuando el amor madura en forma de justicia y de verdad. La Paz es la Gracia que completa el ciclo del Amor.

Por eso, cuando el Premio Nobel de la Paz 2025 fue concedido a María Corina Machado, el anuncio resonó más allá de la política. En un mundo saturado de cinismo y de violencia, ese reconocimiento pareció recordar que aún existen mujeres y hombres que encarnan, a costa de todo, la posibilidad de una paz nacida del coraje moral. Y que, en el corazón herido de Venezuela, esa Gracia —la Paz— se ha vuelto la más preciosa de todas.


I

El Nobel de la Paz no siempre ha premiado la tranquilidad; muchas veces ha coronado la tormenta. Basta repasar su historia para ver que su propósito no es recompensar la calma, sino honrar el valor de quienes, en medio del miedo, eligen el camino del espíritu. Martin Luther King Jr. desafió al odio racial y lo venció con la fuerza del perdón. Nelson Mandela convirtió su prisión en una escuela de reconciliación. Liu Xiaobo escribió, entre rejas, un manifiesto de libertad que aún resuena en el silencio chino. Shirin Ebadi defendió en Irán la dignidad de las mujeres y los niños con una fe que ni la persecución logró quebrar.

Todos ellos comprendieron que la Paz no es pasividad, sino una forma radical de resistencia moral.
Y así, el Comité Nobel, al distinguirlos, no premió la docilidad sino el fuego interior. No distinguió al político, sino al testigo. Aquel que mantiene la palabra encendida cuando todo a su alrededor se apaga.

Ese linaje espiritual es el que hoy alcanza a María Corina Machado, quien desde hace años sostiene una lucha civil, sin armas ni violencia, frente a un régimen que convirtió la represión en método y la desesperanza en paisaje. El Nobel, al distinguirla, reconoce esa fidelidad: la obstinación en permanecer humana en medio de la deshumanización.


II

En Venezuela, hablar de paz puede parecer un lujo, casi una ironía. Cuando falta la luz, el pan, el agua; cuando los hijos parten, cuando el miedo se convierte en rutina y la mentira en ley, la palabra “paz” parece un sarcasmo. Pero precisamente allí reside su fuerza: en afirmar lo que falta, en invocar lo que se niega.

María Corina Machado ha insistido en esa forma de paz que no es rendición, sino lucidez. La paz como acto político, como coherencia interior, como negativa a corromperse. No es una santa ni una figura sin sombras, pero ha elegido mantenerse de pie sin devolver odio, en un país donde el odio se ha vuelto moneda corriente. Esa serenidad, tantas veces confundida con rigidez, es en realidad una forma de oración activa: el gesto de quien sabe que la violencia perpetúa la servidumbre.

La suya es la paz que resiste. La paz que no se rinde al cinismo. La paz que sostiene el sentido cuando todo se derrumba.

III

En la escala de las virtudes, el Amor es la más alta, porque de él se derivan todas. Pero el Amor, si es verdadero, exige Paz como fruto. Santo Tomás decía que la paz es la tranquilidad del orden, y San Agustín la describía como la serenidad del alma reconciliada consigo misma y con Dios. La Paz, entonces, no se opone al conflicto: lo redime.

Visto así, el Nobel concedido a María Corina Machado no es un trofeo político, sino un signo de redención colectiva. La Paz no pertenece sólo a ella; pertenece al pueblo que, aun exhausto, busca reconciliarse sin claudicar. Venezuela ha padecido mucho, pero aún conserva —en su humor, en su fe, en su ternura silenciosa— una reserva moral indestructible. De esa ternura brota la posibilidad de su paz.

IV

Si algo define nuestra historia reciente es la ruptura interior. Entre hermanos, entre generaciones, entre quienes se fueron y quienes se quedaron. Hemos vivido largos años de destierro interno. Por eso, el Nobel actúa como un espejo y una promesa.
Un espejo, porque refleja la dignidad de una nación que, aun herida, no ha perdido su centro moral.
Una promesa, porque insinúa que el mundo todavía cree en nosotros.

No es la primera vez que el Comité Nobel se atreve a señalar la esperanza donde parece imposible. Lo hizo con Lech Wałęsa en la Polonia comunista, cuando la opresión aún parecía eterna. Lo hizo con Narges Mohammadi, encarcelada en Irán por defender el derecho de las mujeres a vivir sin miedo. Y ahora lo hace con María Corina Machado, que representa la posibilidad de una transición pacífica en un país agotado por la represión y el dolor.

El mensaje es claro y antiguo: la paz también es lucha.

V

Cuando un pueblo se reconcilia con su verdad, cuando deja de devolver el golpe, cuando elige la esperanza en lugar del rencor, ese pueblo ya ha comenzado a sanar. La Paz, en última instancia, no depende de decretos ni de tratados, sino de una conversión interior. Es una Gracia que se concede a quienes aman con paciencia, incluso cuando no hay recompensa visible.

Por eso, este Nobel trasciende la política venezolana: habla de un orden más alto, de una misericordia que se filtra en la historia a través de las manos humanas. La Paz es el don de los que aman, y María Corina Machado ha sido reconocida precisamente por eso: por no dejar de amar a su país incluso cuando el país parece haberse olvidado de sí mismo.

VI

No hay paz sin amor, ni amor que no conduzca a la paz.
La historia del Nobel enseña que las verdaderas transformaciones comienzan en el corazón de alguien que decide no odiar. Mandela, Liu Xiaobo, Mohammadi, Ebadi: todos comprendieron que la violencia deja ruinas, mientras que la paz, incluso vencida, deja raíces.

Quizá este sea el mensaje más hondo de este 2025: que en Venezuela, donde tanto se ha sufrido, el milagro ya comenzó. Porque allí donde persiste la fe en la verdad, la Paz no es una utopía: es una Gracia en camino







Así apareció María Corina Machado desde el balcón del Gran Hotel en Oslo, Noruega: cantó el himno







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Israel Centeno nació en Caracas en 1958. Es uno de los principales narradores venezolanos de este cambio de siglo, y una de las voces más interesantes de América Latina. Prestigioso editor, poeta y narrador, entre sus novelas, publicadas todas ellas en importantes editoriales.






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martes, 17 de junio de 2025

La “Bala” emociona. La “Bala” hace patria y la cabra "bala": El Chino Valera Mora y sus aplomadas amanecidas



Amanecí de bala… y con resaca poética. El eterno retorno del Chino Valera Mora en las ferias del régimen chavista. 

Amanecí de bala
amanecí bien magníficamente bien todo arisco
hoy no cambio un segundo de mi vida por una bandera roja
mi vida toda la cambiaría por la cabellera de esa mujer
alta y rubia cuando vaya a la Facultad de Farmacia se lo diré
seguro que se lo diré asunto mío amanecer así
esta mañana cuando abrí las puertas con la primera ráfaga
alborotando tumbando todo entraron a mis pulmones
los otros poetas de la Pandilla de Lautréamont
grandes señores tolerados a duras penas por sus mujeres
al más frenético le pregunto por su libro vagancia city
como me gusta complicar a mis amigos los vivo nombrando
el diablo no me llevará a mí solo
ella antiguamente se llamaba Frida y estaba residenciada en Baviera
en una casa de grandes rocas levantadas por su amante vikingo
sus locuras en el mar de los sargazos
hay sol hasta la madrugada y creo que jamás moriré
sin embargo deseo que este día me sobreviva
soy desmesurado o excesivo y no doy consejos a nadie
pero hoy veo más claro que nunca y quiero que los demás participen
hermoso día me enalteces desenfrenada alegría
no tengo comercio con la muerte no le temo
llevo en la sangre la vida de cada día soy de este mundo
bueno como un niño implacable como un niño
guardo una fidelidad de hierro a los sueños de mi infancia
en este punto soy socrático él y yo elevamos volantines
restituimos la edad de oro el «qué habrá» al final del arco suspendido
ahora mismo se está mudando un río
hoy una morena de belleza agresiva me dijo pero si estás lindo
entonces yo le dije acaso no sucede cada dos mil años pierdo el hilo
día de advenimiento de locos combates de amor a altas temperaturas
desnudos nos hundimos en las aguas del mismo río

*******

Disertación doctoral.  

Versión nx binxrix dx Amanx dx Bxlx en nuxtrx Wxb

Cada vez que en la Feria Internacional del Libro Bolivariana (FILVEN) se levanta una tarima, alguien con camisa roja y pañuelo palestino termina citando, entre euforia y solemnidad, el viejo poema de Víctor Valera Mora: “Amanecí de balas”. Aplausos. Risas nerviosas. Camaradas con cara de haber comprendido algo muy profundo.

Y uno se pregunta: ¿es que todavía lo están celebrando?

Sí. Lo están.

Aunque «Amanecí de bala» haya envejecido peor que la consigna “el pueblo unido jamás será vencido”, el poema sobrevive en un extraño limbo: ni clásico, ni experimental, ni cadáver. Se recita con la reverencia de quien ha confundido la insolencia con la lucidez, la digresión con la ruptura, y el name-dropping con intertextualidad crítica.

Desde el inicio, el texto intenta capturar un despertar exaltado, “amanecí bien magníficamente bien todo arisco”, con una acumulación adverbial que suena más a tartamudeo estilístico que a deliberación poética. Esa aridez sintáctica no produce extrañamiento, sino ruido. Y no es que no se entienda: es que no dice nada relevante.

«Hoy no cambio un segundo de mi vida por una bandera roja / mi vida toda la cambiaría por la cabellera de esa mujer» 

Aquí se nota uno de los grandes problemas del poema: su rebeldía. Se pretende una oposición entre lo político y lo erótico, pero el resultado es una frase efectista que no desarrolla ninguna tensión real. La imagen de la «bandera roja» se sacrifica por el cliché de «la cabellera de esa mujer» sin generar conflicto ni ironía. No hay paradoja: hay superficialidad.

Bandera Roja (BR) es un partido político venezolano marxista-leninista de orientación antirrevisionista de carácter hoxhaísta.



 Lautréamont y los guiños que no se traducen en intensidad:

«los otros poetas de la Pandilla de Lautréamont / grandes señores tolerados a duras penas por sus mujeres»

La Pandilla de Lautréamont fue, en su momento, un grupo de jóvenes literatos «de vanguardia y una vocación frontal por la provocación» que se reunían en Sabana Grande, y Valera Mora fue inspiradpr y uno de los rostros más visibles, junto a otros que creían en el verso como dinamita verbal. Pero «Amanecí de balas» aunque pretendía ser eso —una carga poética explosiva—, terminó siendo una suma de lugares comunes y sobre todo, en vez de una ruptura, un canto a «La Bohemia» con acento francés de Chapellín.

los otros poetas de la Pandilla de Lautréamont / grandes señores tolerados a duras penas por sus mujeres

¿Un homenaje o una autoironía involuntaria? Porque lejos de parecer un manifiesto, el poema suena como la bitácora desordenada de alguien que anoche no durmió y se puso a escribir con el ego a tope. 




El Chino tenía ritmo sí. Pero el ritmo no basta che, hablemos de contenido: 

Lautréamont no se integra a la visión del poema; se menciona como marca para un lector que tal vez sepa quién fue, pero no se hace carne en el texto. ¿Qué relación tiene con el resto del poema? Ninguna más allá del nombre. El gesto es pre-posmoderno, pero sin lucidez.

El ego lírico se infla hasta reventar

soy desmesurado o excesivo y no doy consejos a nadie / pero hoy veo más claro que nunca y quiero que los demás participen

Esta es la declaración de principios del hablante. Pero vacío ..: ¿ Dónde está el sustantivo? no hay aquí ni una epifanía, ni una mirada lúcida. Solo el canto de un yo hipertrofiado, más preocupado por escucharse que por decir. El poema no se construye hacia afuera, no crea mundo, sino que se queda orbitando en un narcisismo: frenético, ruidoso, inconcluso.

El collage emocional sin anclaje: la morena, el niño, el río, Frida y los vikingos

El poema lanza imágenes con la esperanza de que la acumulación funcione como lógica. Pero lo que obtenemos es una sopa simbólica sin criterio de edición.

ella antiguamente se llamaba Frida y estaba residenciada en Baviera / en una casa de grandes rocas levantadas por su amante vikingo

día de advenimiento de locos combates de amor a altas temperaturas / desnudos nos hundimos en las aguas del mismo río

¿Frida Kahlo? ¿Una invención nórdico-caribeña? ¿Un desvarío kitsch? Todo eso podría ser válido si hubiera una organicidad o al menos una pulsión unificadora. Pero no: es un zapping onírico que no termina de cuajar. Es el tipo de poesía que confunde ; una confusión con profundidad.

Rimbaud lo hizo mejor: 

Vi archipiélagos siderales, y cielos delirantes abiertos a las tripulaciones.

Así escribe quien ha cruzado el delirio y ha vuelto con algo que decir. Rimbaud no acumulaba imágenes por capricho; las tejía. Tenía una brújula entre las llamas. Valera Mora, en cambio, lanza frases con entusiasmo, pero sin dirección:

día de advenimiento de locos combates de amor a altas temperaturas
suena a manifiesto amoroso post-tinto, no a poema trabajado.

Donde Rimbaud veía un barco ebrio cruzando universos simbólicos, Valera Mora ve una rubia de farmacia. Y la pierde.

Canonización bolivariana o cuando el poema se convierte en estampita

Lo trágico —o quizás lo más cómico— es que “Amanecí de balas” sigue siendo leído hoy como si fuera un hito. Se declama con fervor institucional, se estudia como “ruptura formal”, se imprime en papelería cultural. No importa que el poema ya no diga nada: lo importante es que una vez pareció decirlo. Como la revolución.

El Chino Valera Mora es, hoy por hoy, más útil como ícono que como autor. Su poema se convirtió en souvenir. En bandera con versos. En cliché que nadie osa desmontar por miedo a parecer conservador, o peor aún: lúcido. 

O amanecer con una bala. 

la palabra mágica es “bala”

Amanecí de balas no es un poema: es una contraseña. Una clave cifrada que, al ser dicha en voz alta, abre la puerta de los aplausos en cualquier acto cultural con presupuesto estatal. No importa si el texto tiene sentido, si articula una visión del mundo, si conmueve, si permanece. Lo que importa es que dice “bala”. 

Y con eso basta.

Porque la burocracia cultural —esa especie persistente que sobrevive a todas las purgas— no necesita poesía, necesita símbolos. Palabras que suenen a lucha. Frases que puedan imprimir en afiches. “Bala” es la más eficaz. “Bala” emociona. “Bala” hace patria.

Todo lo demás —la rubia, la morena, el amante vikingo, el río que se muda, la cita a Sócrates— es puro relleno lírico para que el verso no se quede desnudo. Y en la Feria Internacional del Libro Bolivariana número 80.000 (que, como los Congresos del PSUV, ya nadie sabe si son reales o solo recuerdos), “Amanecí de balas” seguirá recitándose como quien invoca a un santo.



Porque el poema no importa.

Lo que importa es que dice bala.

Si... 

Bala





Israel Centeno nació en Caracas en 1958. Es uno de los principales narradores venezolanos de este cambio de siglo, y una de las voces más interesantes de América Latina. Prestigioso editor, poeta y narrador, entre sus novelas, publicadas todas ellas en importantes editoriales.




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sábado, 5 de junio de 2021

“EL COMPLOT”, DE ISRAEL CENTENO

 



Crónicas del Olvido



“EL COMPLOT”, DE ISRAEL CENTENO


**Alberto Hernández**



1.-

Leí esta novela desde un tiempo borroso. Es decir, el relato no tropieza con la ficción porque desde hace siglos los atentados forman parte de los deseos ocultos de los oprimidos por dictaduras y tiranías, hayan sido o sean en el sentido de haber sido y ser en tiempos idos y en tiempo presente. “El complot”, del narrador venezolano Israel Centeno, es una invitación a entrar en un mundo cuya sordidez forma parte del momento que vive un país, en este caso un país ya de ficción llamado Venezuela. Somos ficción, fábula, invento: la monarquía comunista que se aferra al poder ha creado toda una pesadilla que no termina de salir del sueño, de este sobresalto en el que las noches ya no son noches ni los días son días, porque el calendario se nos extravió, porque como zombis la gente anda pegada de las paredes, una tratando de hilvanar significados, otra amarrada a teléfonos para intentar comunicarse con Dios o con el diablo, porque la familia, perseguida por sospechosa, ha tenido que irse del mapa y corroborarse parte de un magnicidio que sólo existe o ha existido en la febril imaginación de un sujeto que quedó para mirar desde muros y edificios y ser nombrado a conveniencia de una existencia que ya no es tal.  

Pero la novela de Israel Centeno va más allá porque ausculta, desde la premura de la historia que pasa en carrera por los habitantes o moradores de un territorio hoy devastado, el alma disidente, rebelde, demencial, clandestina de quienes (este ´quienes´ sigue siendo ficción) han pensado en resolver la política a través de un atentado contra cualquier sujeto que se sienta mesías, profeta, dios o tirano de una sociedad que lo detesta, y como sabe que lo detesta la persigue, la acorrala, la apresa, la tortura y la mata.

El relato de nuestro novelista registra, a través de personajes cuya realidad es el reflejo de los deseos abortados por el poder, la preparación, desde el mismo seno del poder, de un atentado contra un sujeto que se dice presidente de un país. El tejido narrativo, tramado con hilos que evidencian el conocimiento del lenguaje de la conspiración, descubre que desde el ministerio de seguridad política y policial se ha preparado el complot, y que los operadores de tal evento forman parte del mismo engranaje de ese poder.

ISRAEL CENTENO.Imagen tomada de La Voce.


2.-

La “traición”, vista desde la perspectiva de la “nomenklatura”, siempre ha formado parte de ese juego perverso de las dictaduras, sobre todo el de las izquierdas, quienes buscan inventarse enemigos para poder continuar en el poder. Pero en este caso, en el de la novela, el atentado se intenta consumar, pero es evitado por alguien de ellos mismos para que la conspiración tome más cuerpo. Es la dialéctica (la palabra obliga) de la confrontación, de la eliminación de quienes desde el mismo vientre de la “revolución” intentan tomar otros caminos. Ella, la “revolución”, no acepta otros términos, otras opiniones. Queda la disidencia, la clandestinidad, la traición, el juego de disparos y los muertos. 

Centeno escribe desde su imaginario. Es una novela. Escribe desde la invención. Pero la tiranía no lo vio así y lo acosó hasta lograr él salir del país y asilarse en los Estados Unidos. Es decir, el poder se creyó la ficción e inventó la realidad de un deseo que germina siempre desde el mismo poder. Los tiranos desean los atentados, inventados o no, para crear la épica, su épica, la ira clásica del ofendido, la cólera de quien desde un micrófono ordena la persecución y exterminio de quien o quienes, desde ese imaginario, creó o crearon la historia de un atentado. 

Por supuesto que toda creación literaria contiene una verdad, la verdad novelesca, pero para el poder político radical (calificado como fascismo de izquierda) la novela es tan real que ellos mismos se la inventan como reflejo de la decadencia o de la frustración por ser marionetas de otros poderes que han sido traídos como invitados para burlar la soberanía, controlar el descontento y fundar un infierno en el que sólo los poderosos no son chamuscados. 

3.-

Los personajes se mueven con la destreza que las mismas dificultades ofrecen. No es necesario darles nombres. Ellos son los mismos siempre: presidente, ministros, jefes del partido, policías, esbirros, sicarios, amanuenses, fablistanes (aquí cabe el uso de esa palabreja), picapleitos, prostitutas, animadores de ferias. Todos ellos forman parte del tejido que ha elaborado un atentado, un magnicidio, quienes hacen equipo con los más cercanos al mismo presidente. Es decir, las contradicciones emergen y comienza la cacería, porque el jefe de estado ha desviado el camino.  

Afirmar que la novela se lee como si se viviera, es decir poco. Se vive una novela, un relato, porque  ha tenido antecedentes, pero en el caso de Venezuela, la actual Venezuela, la novela se vive en la actualidad, en el presente activo, porque más allá de la ficción del atentado, el resto de los eventos son tan reales que disparan la emoción del lector. 

Son miles los perseguidos, los encarcelados. Las víctimas de falsos delitos, de expedientes que suscitan la crítica del mundo pero que se quedan en el mismo papel. Millones los desplazados, los que han tenido que huir de un país tomado por asalto, cuyos tiranos inventan a diario atentados que son producto del miedo del poder, porque el poder también siente miedo. Muestra sus temblores en políticas endemoniadas, en el quiebre de la economía, en el abuso milico/ policial y hasta comunal traducido en “colectivos” (jinetes motorizados) que atentan contra la ciudadanía inconforme, desnutrida, confundida, dislocada, atropellada, envenenada, envilecida.

Y será siempre la muerte la protagonista final del relato de la tiranía, engendro que ha logrado instalarse mientras sigue elaborando teorías conspirativas, legajos judiciales y aspavientos para hacer creer en una inocencia que sólo existe en la mirada congelada de un ángel sobre una tumba.



*******


Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Galina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 




lunes, 6 de mayo de 2019

RETAZOS PARA UN PAÍS ESCRITO DE MEMORIA.






Crónicas del Olvido

RETAZOS PARA UN PAÍS ESCRITO DE MEMORIA

**Alberto Hernández**

1.-

Sobre la misma tierra”, como decía el novelista, nos queda mucho terreno que pisar.

Anormales —o más allá de la certeza de serlo—, lubricamos el discurso impelido por un país donde la locura cabe perfectamente en el final de un poema escrito por un personaje de Faulkner. Que nadie lo subestime, somos así, paranormales.






Todos los personajes de Gallegos eran la crisis que somos. Cada uno hizo de su parcela nacional un trozo de vergüenza, de decoro o de misterio. Más allá de la normalidad, nuestro novelista metió la mano en la carne podrida de un país que no termina de saberse Nación. De allí que aún, a esta altura del siglo, seamos el acento de esos personajes. Son nuestra representación.





2.-

La mano junto al muro” revisa el horizonte donde no queda lugar para pensar. Somos un país extraño, demasiado pequeño para lo grande que nos creemos. Nos deslizamos con placer sobre la brasa de un parloteo incesante. Paranormales, no sabemos si ser reales o un invento clásico de nuestra desmesura.


Guillermo Meneses


Merecemos una crítica a nuestros enfermos asuntos. Una mujer, una prostituta, roza la piel de un hombre que la busca. Era aquella costa la visitada por el turismo sexual que bajaba de los mercantes y yates provenientes del resto de la tierra. La miseria nos tatuaba a diario. El novelista, Guillermo Meneses, sólo nos dibujó en el vicio, en la traición, en el descuido, en la arrogancia de quienes nos dieron la sangre de hoy. Eso hemos sido, una mano sucia contra un muro derruido.




3.-


País portátil” que nos lleva de lado y lado.



Líquidos bajo el plomo de una guerra de verbos gastados, terminamos en la penúltima página de una novela premiada. Adriano González León nos introdujo en la maleta de una historia donde la violencia nos arrojó a muchos años de atraso, los mismos que hoy nos apuntan con el hierro de marcar reses.


Adriano González León




Por entre los eucaliptos de la vieja estación venían ellos: verdes, amenazantes, con metralletas y fusiles. De nuevo se iniciaron las carreras, los empujones, el retroceso al cerro”. Esa ha sido nuestra historia, un retroceso hacia el cerro, hacia la pobreza, hacia la violencia, hacia el dolor, hacia nuestra más autóctona estupidez.


4.-


Las historias de la calle Lincoln” se han quedado en la piel reseca del olvido. La mano que la escribió es la artritis de un duende que camina entre botellas e indigentes tirados en las calles de la gran ciudad. La mendicidad tiene sentido muchas veces. Carlos Noguera parece haber olvidado los rincones de Sabana Grande, el Callejón de la Puñalada, los placeres con aquellos que lo acompañaron, los que hoy son sombra y olvido. Aquel país metido en la Lincoln se ha desdibujado. El autor pasó a ser parte de lo que confirmaba como antiestético.


5.-


Cien años de soledad” para quienes despertaron frente al dinosaurio y no supieron que los edificios de la gran ciudad no regaban cagarrutas en los parques del mundo. Gabriel García Márquez regresa a su viejo lar. En el pueblo que lo vio nacer sólo quedan los huesos de los monstruos prehistóricos que se han instalado en nuestro patio doméstico.


6.-


Varios títulos encerrados en una biblioteca que sólo una sola mano podrá extraer escondido de “Los pequeños seres”. Salvador Garmendia supo retratarlos, hacerlos la parte que nos toca, la que somos realmente, esa oscura materia que transita por las calles entrenadas por la desidia, la maledicencia y la celebración repentina. Somos seres anónimos con la pretensión de pasar a la historia subidos en las ancas de un caballo. Somos simples seres manipulables, hechos con papel maché y alambres para ser movidos en un escenario de sonámbulos. Podemos despertar, eso es posible. Podemos ser otra novela.


7.-


Cuando en los lomos del siglo veintiuno el llano, MdeJ., tío Ricardo, la tía Trina y la perra Anémona, lloren una vez más ante la muerte aparente del desierto: Yo, Rey de los Chigüires, no dejaré huellas en las arenas de mi reinado”. Así empieza “Palabreus”, de José Vicente Abreu. Y comienza como se comienza un siglo decadente como éste que nos ha tocado. Un siglo donde caballos, asnos, perros y orangutanes han resucitado para regresarnos al desierto, donde no quedarán huellas, marcas o pivotes para decir que se estuvo allí. Sólo algunas palabras, algunos sonidos huecos, algunas groserías.


8.-


Victoria de Stefano desató la memoria. En “La noche llama a la noche” hizo de la novela un personaje. Noveló la novela, la cabalgó con personajes que aún suben y bajan las escaleras de un país romántico, asido de la nostalgia. No se detuvo en el andamiaje aunque le dio cuerpo con huesos firmes. Una novela del país que ella vivió con la densidad de los gritos y susurros de aquellos días de los años sesenta.



Ese país, el dibujado aquí, el siempre a la orilla de un precipicio, no aprendió la lección. No entendió el cuento de Monterroso. O como dibujó alguien por allí: el dinosaurio no nos entendió, en la creencia de que quien trazaba la hora menguada estaba en el Paraíso. Y de lejos veía a los demonios, vestidos con el traje de un tiranosaurio rex de metal.


9.-


Lo dijo Manuel Bermúdez en el pórtico que abrió en “El invencionero” de Denzil Romero: “El lector... va a tener la dicha de ver la reconstrucción de paraísos derribados por el tiempo”, y no falló el “dictum” de quien vio y leyó este país, porque Bermúdez y Romero lo pasearon, lo tuvieron al alcance de sus reflexiones, lo amasaron con manos amorosas y lo dejaron para que otros le siguieran los pasos. Sin embargo, la invención de país, la invención de esta anécdota, sigue siendo un estadio alucinante. Nada de lo que nos queda se puede decir que nos pertenece. Estamos de paso sobre el filo de un cuento, como en la saliva del tonto de la novela de Faulkner.





10.-


Por El Valle del Lucero no se va a ninguna parte”, excelente entrada para leer “Los caballos de la cólera”, donde Eduardo Casanova nos vierte completos. Novela paisaje humano en el que destaca una tierra de espanto y miedo, crímenes y desolación. Un boceto de país que nos arrastra y nos ahoga. “Tierra pisada con dolor de siglos”, dice el autor. Los personajes recorren todas las páginas y se salen de ellas para someternos a las lecciones de una realidad emergente, tiesa, como el cuero aquel, como la porfía del poema hecho cantata, como una marca en la frente. Son los caballos de la ira, los del apocalipsis, los de las tantas escaramuzas que se convirtieron luego en una épica enfermiza.





11.-


Israel Centeno parece venir de las sombras. Acosado por tantos personajes, ha recreado un país, el que carga a diario en cualquier parte del mundo. “Criaturas de la noche” lo empuja a decir de los extraños que se mueven en la niebla y corren hacia la luz en búsqueda de cómplices. La soledad los aturde, los hace innecesarios. Caracas es un cuento de miedo. En el Ávila alguien siempre espera. No sabemos.


12.-



Hay tantas tierras y una sola. En “La otra isla” hay siempre una sola isla, aunque Coche y Cubagua se peleen el derecho a ser llamadas como la Isla Madre. Francisco Suniaga la ha descubierto para este país que no termina de decirse como tal. Una navegación literaria que abarca los sueños y la realidad bajo el intenso sol testigo de un crimen. La noche también la vio a la orilla de la playa, desnuda y con algunos signos para investigar. La muerte, lo forense, nos ha hecho socios del miedo.

Francisco Suniaga


13.-




Un libro de notas. Un tomo que compendia un país, lo dibuja con sangre, con pólvora, con las huellas digitales de un grupo de hombres cuyo apellido era “Falke”. Federico Vegas lo traduce desde el presente, desde el ADN de un pariente que dejó su cuerpo, la piel y sus huesos, en medio de la invasión, aquella de la década de los 20 del siglo XX. Una historia en libretas, entregadas el 13 de julio de 1929, un poco antes de aquella fallida aventura, como las tantas procuradas en esta tierra de ya poca gracia.


 Federico Vegas .Imagen tomada de Ideas de Babel




14.-


Cubagua navega en la desmemoria. Es la isla abandonada y es la novela que se mira desde su lomo en los estantes, pero que pocos toman para hojearla. “Cubagua”, de Enrique Bernardo Núñez, nos reta, nos llama desde su silabario de emociones. Una novela insigne, una novela fundacional, un relato de aquel país sin mapa, desmembrado, fantasmal, evocador. Una novela que nos designa y asigna el deber de verla en nosotros y el derecho de sentirnos ella. Una de las mejores novelas que se han escrito en este país. Una narrativa que nos descubre desnudos, muertos, vivos desde la sombra del tiempo.


15.-


Casas muertas” sigue siendo un recuerdo. El pueblo de Ortiz nos repara el instante de pasar por sus calles aún solitarias. El país enfermo. La Venezuela desnutrida, apegada al disgusto de ser gobernada por una dictadura. Los estudiantes presos en la memoria de otra novela de Miguel Otero Silva. La malaria como realidad y metáfora. La peste militar y la ira parroquial. La muerte con los ojos abiertos y el paisaje con la sequía del tiempo. 

Una novela que le abre las puertas a otro que, el relato del petróleo en el oriente del país: “Oficina N° 1”. Y así el país hasta estos días en “Cuando quiero llorar no lloro” o en “La piedra que era Cristo” y la muerte de su autor, y la “Fiebre! Que se quedó atrás en el gomecismo, hasta la muerte de quien escribió estos títulos y la agonía de un país que está a punto de resucitar.

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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés.