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lunes, 2 de septiembre de 2024

Gladys Ramos a Alberto Hernández: En mi torre me crecen alas,atravieso barrotes y me uno al horizonte

 



Gladys Ramos:

“SOY UNA MUJER DE ESPACIOS ABIERTOS: SIENTO QUE ME CRECEN ALAS”


**Alberto Hernández**


Gladys Ramos vive en Urbanización El  Centro una zona de Maracay que tiene eco en quienes van y viene de la ciudad, e inclusive en quienes no la conocen. Urbanización El Centro es el espacio donde el encanto  no se ha perdido. Entonces, ella, la poeta, puede ver el resto del mundo desde su piso 13 e imaginar barcos en el friso azulado del Lago de Valencia.

Su poesía, apegada a esos amores, a los que habitan en su ciudad y mucho más allá de la memoria, le permite respirar a placer las palabras que muchos han escrito y la han inclinado a ser más densa en su poesía, desde la vocación del padre hasta los libros que aún conserva como recuerdos.

Ha escrito varios libros de poesía mientras ejercía como abogada.

Su vocación es la palabra como predestinación. Como relámpago del pasado. Como herencia sostenida por esa memoria que cada verso sopesa y mide en el clima de su contenido. 

Gladys Ramos conversa y deja correr todo el bastimento de su existencia. O casi todo, porque la poesía también a veces oculta y emerge con la gracia de los juegos que en la infancia anidaron y se hicieron poemas más tarde.  

-¿Cómo ha influido el paisaje de tu ciudad en tu poesía?

-Soy una mujer de espacios abiertos. Cuando he podido escoger donde vivir siempre he buscado una casa o un apartamento, de acuerdo a mi capacidad económica y  necesidades familiares, que tenga una buena vista al paisaje y donde yo me asome y me sienta suspendida en ese espacio lleno de maravillas de mi ciudad. He tenido suerte y hoy  estoy en un piso 13 con un balcón de extraordinaria vista de cielo, agua y tierra. Me gusta la altura porque siento que me crecen alas y puedo atravesar barrotes en mi imaginación para integrarme  en la línea donde el horizonte se pierde entre los azules del cielo y la laguna que parece cercana. A lo lejos observo los penachos de humo de las fábricas cercanas a la laguna y hago mi conversatorio con todos esos elementos, que me responden en silencio. Yo los escucho y los convierto en parte de fragmentos de recuerdo en mi memoria…luego escribo sobre esos retazos que quedan girando en mis pupilas.

-La casa como referente. El país íntimo. Háblanos de eso.

-Como dice Anna Ajmátovah: “Hay en la intimidad un límite sagrado”. Para mí, la  Casa Vieja, donde transcurrió parte de mi vida, es mi país secreto con un límite íntimo y sagrado, lugar resguardado por un ángel que cuando yo lo solicito enciende una lámpara y esparce un perfume que me devuelve al inicio. La casa  se convierte en mi pequeña Petrópolis interior donde busco con los pies descalzos llenar las huellas de los ancestros,  y  dejar abierta  la memoria al recuerdo de los muebles, las camas, las cortinas de plástico, los remiendos en el piso de cemento , la corola pintada por mi padre en la persiana de tela de la sala y el olor a barro fresco con el que fabricamos, mis hermanos y yo,  soldaditos para guerras de niños contra ranitas escondidas alrededor del tanque en las fronteras del patio. 

-¿De dónde surgió tu vocación por la escritura, por la poesía?

-Para entender de donde surge mi vocación por la escritura y la poesía tengo que hablar de mi padre, quien me dejó como legado su vocación por la lectura y la escritura. Narro brevemente su historia: José Ramos Pereira, mi padre, oriundo de Curarigua, Estado Lara. Un mediodía sin fecha, dejó atrás la tiendita y el corralito de chivos de mi abuelo para mudarse a esta ciudad, con su morral de sueños. Aquí aprendió el arte de la sastrería, compró con sus ahorros una máquina de coser usada y adquirió, no sé de quien, una maquinita rudimentaria para encuadernar libros y allí los vecinos del barrio, quienes al parecer eran buenos lectores, le llevaban sus libros para que mi padre los encuadernara. Mi padre aprovechaba para leerlos y eso despertó mi curiosidad por la lectura. Mi padre me los prestaba y me hacía comentarios sobre  su contenido para aclararme algunas cosas todavía no entendibles para mí.  Por mi vista y mi cerebro pasaron entre los diez años y el resto de mi infancia Don Quijote de la Mancha, la saga del Corsario Negro, el Tigre de Monpracen y otros libros de aventuras. Continúe leyendo de adolescente muchos de los libros que encuadernaba mi padre. El lobo Estepario, de Herman Hesse, se me quedó grabado al igual que El Principito, Platero y yo, Doña Bárbara. Empecé a escribir a los doce años una novelita que a mi progenitor no le gustó. Recuerdo que se llamaba “Morir de amor” y estaba llena de situaciones absurdas que no cuento aquí porque ahora me da risa. Entonces probé escribir poesía y me apasioné porque sentí que había llegado a mi verdadero sitio de confort, y pasaba casi toda una mañana o una tarde en mi cama con la “ruma” de papeles llenas de borrones, correcciones a mi manera y una bolsita de basura al lado de la cama para los desechos. Mi madre no entendía por qué yo prefería estar en la cama con libros y cuadernos deshojados y no en la cocina ayudando a fregar platos. En ese tiempo,  leía a Bécquer, Amado Nervo y otros que no recuerdo en este momento. Entonces leía con la frecuencia que me permitía mis trabajos en distintos organismos públicos a Palomares,  Paz Castillo, Pereira, Pérez Perdomo, Pérez Só, Pizarnik, Mistral, Whitman, Calzadilla, Pantin, Sánchez Peláez, Rojas Guardia, Gerbasi, Valera Mora, Antonia Palacios, Cadenas,  Saint John Perse, Cavafi, Paul Laraque, Silvia Plath y otros.  

-¿Existe alguna vinculación de la figura de la familia y tu escritura?

-Agrego que a lo largo de la historia se ha creado una concepción mítica de la familia, pero sin entrar en esas consideraciones yo afirmo en mi caso que la vinculación de la figura de mi familia y mi escritura es un fuerte lazo que me mueve sin poder detenerme hacia la poesía. En muchos de mis trabajos hago alusión a los seres familiares que estuvieron y ya no están, a mis antepasados a quienes no conocí pero que siento reverberan en mi sangre. Mis alas nacieron y se extendieron para el primer vuelo en la casa paterna y materna. Padre y madre estimularon mis impulsos de hacer visible lo que muchos no veían y en las grietas ruinosas de las paredes de mi  Casa Vieja, que subió a otros planos de mi memoria y en las flores de cayena y en los tallos de la trinitaria están impresos los  sentimientos y las emociones generadoras de mis vivencias poéticas. Mi padre y mi  madre me infundieron grandes valores, entre ellos el amor, la lealtad, la autenticidad de las emociones y el amor al arte. 

¿Quién es Gladys Ramos?

Gladys Ramos es una mujer que  a esta edad, sigue construyéndose, escribo lo que soy, lo que veo y sobre lo que no veo pero tengo la certeza  que está ahí y que con mi palabra puedo darle forma. Es como si fuese una especie de masa moldeable, le doy la forma que percibo y surge la magia del poema. Tengo un país muy especial al que llamo “Santa Poesía” y no tiene capital. Para ese lugar me marcho cuando necesito desahogarme porque con frecuencia me siento a punto de explotar de  emociones y palabras. Acepto que allí existen esquinas sombrías  y algunos recovecos de penas antiguas que me atrapan momentáneamente y me clavan sus espinas dolorosas. Las conjuro con mis poemas llenos de soledad y cierta nostalgia, pero tengo mucho amor a la vida  y sigo adelante en búsqueda de mi rinconcito de paz y silencio.

Cuando estoy sumergida de cabeza en mi terruño especial siento que me desdoblo en dos Gladys con elementos parecidos una frente a otra   algo asi como verse reflejada en un espejo. Somos gemelas  con algunas diferencias En la que se refleja siento que, a veces, que el “yo” de mis poemas  se repliega y se oculta a veces en “ella” o “nosotros” tratando de evitar un posible y antipático egocentrismo. La Gladys que está frente al espejo es la de lo cotidiano, la que cocina a diario masticando soledades, la que limpia los pisos con la ilusión de la transparencia humana, la  que conjuga el lápiz de labios con la tinta del bolígrafo, la que conversa en la noches de insomnio con la computadora, la que oculta cierta tristeza por las ausencias con el rímel en las pestañas y llora a veces manchando los retazos de poemas que escribe sobre la cama a media noche.  La que se mira en el espejo y se pregunta a veces “¿Esta tan arregladita  soy yo? La que se hunde cada vez más en las profundidades mágicas y misteriosas de la poesía? La misma que quisiera perderse a veces en las aristas de  la última estrella de la noche para detener el tiempo? Ni el espejo, ni el piso, ni los granos en la hornilla, ni la estrella que busco me responden.


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Gladys Ramos

Maracay (1950). Poeta venezolana Estudió Derecho en la Universidad Central de Venezuela. Tiene un posgrado en Derecho Penal en la Universidad de Carabobo, y un diplomado en Docencia, en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Trabajó como abogada para diversos entes públicos y privados y fue Fiscal del Ministerio Público. Por más de diez años dirigió la sala de exposición de pintura y fotografía del Colegio de Abogados del estado Aragua. Ganó el primer premio en el Concurso Orígenes del diario El Aragüeño (1980). Publicó el poemario Tiempo de pájaros caídos (Ediciones del Concejo Municipal de Girardot). Textos suyos han sido publicados en los diarios El Periodiquito, El Siglo, El Aragüeño y El Carabobeño, así como en la revista Estrías y Letralia.

Su poemario Donde la piel se hace silencio, prologado por el poeta Luis Alfonso Bueno, permanece inédito.




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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Galina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 


domingo, 14 de noviembre de 2021

Adriano González León a Alberto Hernández: LA EDAD ES UN LENGUAJE QUE RETIENE EL OLVIDO

 

Adriano González León lee en compañía de Alberto Hernández (1995). Foto: Solángel Mendoza.




Reencuentro con Adriano González León


LA EDAD ES UN LENGUAJE QUE RETIENE EL OLVIDO


** Alberto Hernández


** Foto: Solángel Mendoza


** Solo, encerrado en un cuarto, el Viejo se muere. Adriano lo escribe para anclar la memoria en recuerdos ya idos, en el parpadeo de ciertas voces que ya no están. Una novela que aún busca lectores. Una novela que se olvida en los estantes, como el anciano que escribió desde su cercana muerte.


El tiempo enmudece cuando oye:


—Un juicio es siempre defectuoso porque lo que uno juzga es el pasado —dice entre el follaje verbal de “Gran Sertón: Veredas” la savia de Guimarães Rosa. Tono de edad oculta, la imagen que consigue corporizar la desolación en una suerte de espiral que reclama otra voz, la que crece en las páginas de “Viejo” (Alfaguara/Editorial Santillana, Santafé de Bogotá, Colombia, 1995), novela que Adriano González León trazó casi para despedirse.


“Viejo” es el espejo de la muerte, la imagen que despierta la aversión, el enlace entre la conciencia y el cuerpo vencido, listo para la “danse macabre”.


En febrero de 1995, mes de salida al público del libro, Adriano reveló parte de la motivación de esa historia mientras repasaba las páginas de algunas publicaciones de La Liebre Libre en Maracay:


—¿Saberse viejo no es fácil?


—No, y te respondo con el mismo comienzo de la novela: Sobre todo, porque nunca quiere saberse.

Después de esa afirmación, el autor de “País portátil”, entre bromas y momentos de una extraña seriedad, comenzó a sentir reticencia —en ese momento— para hablar del tema, pese a que “la vejez forma parte de la mirada pública y llega un momento en que no puedes ocultarla, deshacerte de ella”.



—¿Estamos condenados al olvido?


—Afortunadamente. Sí, estamos, porque la memoria se agota, se desvanece, se pierde en el silencio. Y eso es el olvido —deja en el aire.


—Es decir, ¿nos olvidamos desde nosotros mismos?


—Hace rato citabas a Huizinga. Creo que el tiempo gotea demasiado sobre nosotros. En estos tiempos es más fácil perder la memoria, que es perder la vida, llegar al sitio donde es imposible avanzar. ¿Cómo decía Huizinga?


—En “El otoño de la Edad Media”, Johan Huizinga escribió: “Tres temas suministran la melodía de las lamentaciones que no se dejaban de entonar sobre el término de todas las glorias terrenales. Primero, este motivo, ¿dónde han venido a parar todos aquellos que antes llenaban el mundo con su gloria? Luego, el motivo de la pavorosa consideración de la corrupción de cuanto había sido un día la belleza humana. Finalmente, el motivo de la danza de la muerte, la muerte arrebatando a los hombres de toda edad y condición”.


—¡Uff... Me siento viejo... —eco del libro. Adriano parpadea y sonríe.


La edad es un lenguaje

La estación de Adriano es el lenguaje y con él vigoriza la memoria. La presencia de un personaje que teje una trama hacia el pasado indica la elaboración de un espacio en el que un lenguaje muy particular también es personaje.


—Claro —afirma el escritor—, si recorremos nuestras lecturas, si las revisamos, nos daremos cuenta de que hemos vivido con él, con la voz de los otros, con el lenguaje ajeno, el eco de alguien que nos habla.


—¿Tiene edad la palabra, el lenguaje?


—Tenemos edad con él. Si somos lenguaje, palabra o silencio, morimos con él. Morimos con la edad de la palabra que hemos usado.


El héroe, hombre activo por excelencia, sólo le debe su ser al lenguaje”, confiesa Blanchot, y desde esa perspectiva, sumada al hecho de que el viejo se desdobla en el tiempo a través del “flujo de la conciencia digresiva”, nuestro autor ha construido —con la pasión característica del novelista— un canto simbólico en el que prevalece el uso de un tiempo que se detiene a veces y que se precipita no tanto hacia delante, sino hacia los lados referenciales de una evocación fragmentada, en una instantánea fractura de una historia diseminada por la imaginación, de naturaleza trágica, “elegíaca”, para decirlo con Julio Ortega.


—¿De cuánto olvido estamos hechos?


—Si hablamos así, llegaremos a pensar que la acumulación de datos, la cultura, es un vacío, el olvido que esperamos, la muerte. Somos la suma de todas esas muertes.


La edad habla, la vejez es un habla cuya particularidad radica en un tono más espiritual que físico, atado a una conciencia recurrente, a veces designada por los tropiezos de un extenso paseo por los recuerdos.


—Como lector, creo entender ese largo “olvido” del viejo al regresar a los lugares e imágenes borrosas, inseguras de unas anotaciones cuyos límites están en la tensión lograda, precisamente, por el tono de despedida que rezuma la coherencia de ese cuaderno nuclear. El viejo escribe, mejor, se escribe para sobrevivir a su propia historia —afirmo.


—No, escribe para morirse —dice Adriano.


Los dos espacios

“Siempre de regreso en los caminos del tiempo, no adelantaremos ni atrasaremos: tarde es temprano, cerca lejos”, repite Blanchot, y en este intento del narrador venezolano por deshacerse de la coherencia rítmica del tiempo, está el paisaje de la insuficiencia, del fracaso, de la indolencia, de la desolación.


—Para crear el mundo debo dividirlo. Para fundar las imágenes del tiempo debo confrontarlas, recurrir al espejo donde la palabra se corporiza, se mueve —musita Adriano.


La ficción repite la imagen. Dentro de ella, en ese vientre ajeno, un relato engendra otro relato. Memoria migratoria que revela el momento en que la palabra se detiene. Hay un lugar, costura que conjuga las vueltas del tiempo, donde el narrador reconoce la eternidad: la muerte, esa cotidianidad del vacío, del silencio total, de la descarnadura, de la palabra ausente.


¿Quién traduce el viaje hacia el pasado? ¿Es la nostalgia la última apreciación, el intento por alejarse del cuerpo y hacer de la conciencia el remedio para el olvido? ¿O acaso el miedo atávico es la meta del desaliento?


Entre el olvido y los dolores físicos se debate esta historia que Adriano González León construyó con el tiempo, con su tiempo, y con los deslizamientos de la evocación.


Un allá, un acá. El acá es la decadencia, la advertencia de que “de pronto se me vinieron los pasos...”, en el vuelo de las aves, en los espíritus emplumados que conquistaron el cielo para alejarse de la tierra, para dejar de ser cuerpo físico y acercarse a Dios.


Dos miradas en el tiempo: una finita, otra eterna, la más precaria es la entonación de un texto inconcluso, prefigurado por un discurso que es el testimonio de un hombre acabado, “paideia” del desencanto, de la transmigración: el texto fragmentado de esta novela de Adriano da la idea de un espacio donde todo puede ser posible, hasta la muerte.


—Me quedo con lo que dijo Huizinga —remata el novelista.


Alberto Hernández


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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Galina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 




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martes, 31 de agosto de 2021

Alirio Díaz: Venezuela es un país lleno de locos y artistas.



Conversación con Alirio Díaz

“ESTE ES UN PAÍS LLENO DE LOCOS Y DE ARTISTAS”

**Alberto Hernández**

**Fotografía: Gil Montaño**

“La guitarra puede llegar a ser el alma de un país. En Venezuela hay una gran raigambre en esto de trabajar con la música de la tierra”.

“Mi segunda patria es Italia, pero en Venezuela existe un gran amor por las selecciones populares”.

Cercado por el recuerdo de Antonio Lauro y Pedro Oropeza Volcán, Alirio Díaz retorna al lugar en el que por primera vez vio y constató la existencia del desierto. Verificó la presencia de los sonidos, los acordes de la naturaleza.

—Soy de La Candelaria, un caserío a unos 30 kilómetros de Carora. Pero también soy de Carora.

Una madrugada atendió al llamado del Morere y se dolió de su padre y de la muerte de la corriente amarilla. “Fue un río, ya no queda nada de eso. El color de la tierra y la inmundicia denuncian su extinción”.

En la oscuridad de aquella hora decidió abandonar la casa del padre, quien era muy poco afectuoso. Era un padre duro, muy rígido, como cuenta el artista larense. “Nos pegaba con un rejo, pero un día tomé otro camino, el largo camino hacia Carora”. Fueron treinta largos kilómetros, bien caminados por un muchacho de 16 años. Ya los hermanos se habían ido al estado Zulia, “por aquello del petróleo. Yo buscaba otra cosa, la cultura, que estaba en Carora”.

—¿Qué se llevó de La Candelaria?

—Los recuerdos y las ganas de aprender. En mi caja de viaje llevaba muchos sueños, mapas, y dos libros que conservo: la Divina Comedia de Dante y el Método de guitarra de Fernando Carulli. Recuerdo que recitaba mucho a Dante y a Santillana.

Un día de febrero de 2002: la muerte de Héctor Mujica.

La noche se hizo con los acordes de Lauro. La conversación se realizó en la habitación de Beatriz Guzmán. La cama de la viuda de Ludovico Silva sirvió de escritorio y asiento para quien se entrevistó con el guitarrista y para el poeta Harry Almela. La fundación que lleva el nombre del autor de In vino veritas albergó nuestras palabras y la música de Natalia y el Concierto de Aranjuez. Alirio Díaz ha hecho de ambas piezas una fórmula perfecta. El genio de la guitarra celebró al poeta y filósofo con la maestría de siempre, como si hubiese estado ante el auditorio más exigente. “Es que esta casa es una fiesta siempre”, se le oyó decir en el recibo de la estancia a Beatriz.

—Vengo de Carora, de enterrar a mi amigo Héctor Mujica. Es una tragedia para mí y para el país la muerte de Héctor —confió en la intimidad del encuentro.

De inmediato, recurrí a las páginas del autor de cómo a nuestro parecer para saber del deseo de Héctor Mujica de quedarse definitivamente en su tierra: “...cuando muera, querría estar con sus huesos calcinados en la misma tierra, la misma que el labriego sin agua hizo de ella cielo, cielo azul, cielo de cosmonautas, el cielo que don Cecilio encontró (...) a treinta años de su hamaca caroreña”.

Y entonces, con los huesos de don Chío Zubillaga Perera y Héctor Mujica, sembrados en la misma heredad de Rodrigo Riera, Alirio Díaz habló de don Chío, “el mentor de todos nosotros”.

—¿Qué tiene Carora que ha dado tanto talento, tantos artistas?

—Mira, Carora fue ciudad colonial. Allí se acentuó la esclavitud, mucho sufrimiento. De eso surgieron muchas manifestaciones. El tamunangue, la zaragoza, por ejemplo, hacen que Lara sea un estado muy musical. Hay como una memoria anclada que hace que aparezcan músicos, escritores, poetas, historiadores... toda una camada de gente que ha dado tanto a este país. Es decir, las tradiciones son capaces de producir todo eso. Ese auge durante la colonia española tuvo que ver con esa multiplicación de artistas y creadores. Fíjate, un clero esclavista. Esa casta eclesiástica produjo muchos dolores, dejó marcas. Hasta grandes obispos caroreños jugaron papel importante durante la historia. Claro, don Chío fue el padre de todos. Él hizo toda una generación.

—¿Qué hizo Cecilio Zubillaga Perera por esa generación?

—Pasado el cansancio de los 30 kilómetros que separan La Candelaria de Carora, supe de don Chío. Recuerdo que llevaba en mi avío unas alpargatas nuevas y mi ropita. Claro, no tenía un centavo. Mira, hizo mucho. Pregúntale a mucha gente, y tendrás muchas respuestas sobre la maestría, las enseñanzas de don Chío. Sus palabras, sus libros, su manera de ser, de estudiar el mundo. A mí me ayuda mucho. Yo fui portero de un cine, del Salamanca. Él me dijo que debía enseriar mi camino. Que yo era artista. Y me aconsejó irme a Trujillo, a estudiar con Laudelino Mejías. Ese día, lo digo siempre, nací de nuevo. Allá estudié con él mientras trabajaba en una tipografía. Sí, me enseñó teoría, solfeo y armonía.

—Maestro, insisto en Carora. En la literatura de muchos caroreños se registran muchas cosas...

—Sí, fíjate tú, en Carora la gente se “cruzaba”. Es decir, se casaban familias con familias, primos con primas. Por eso encontramos tantos medio locos y locos. Y tú sabes que de eso al arte hay pocos pasos. Imagino entonces —como en muchos otros pueblos de Venezuela— esto habría pasado.

—Eso quiere decir que estamos llenos de locos y artistas.

—Bueno, sí, este es un país lleno de locos y artistas.

De izquierda a derecha Alberto Hernández y Alirio Díaz:. Fotografia de Gil Montaño.



Caracas y la Escuela de Música

Luego de la experiencia trujillana con Laudelino Mejías, el futuro guitarrista siente la necesidad de irse a Caracas. Pero don Laudelino no lo dejaba ir, hasta que lo hizo y en el año 1945 arriba a la capital, donde logra inscribirse en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas. Allí estudia con Raúl Borges.

—¿Fue en 1950 cuando se marchó a España?

—Sí, ese año viajé Madrid y estudié en el Conservatorio de esa ciudad con Regino Sáenz de la Maza. Bueno, después viajé a Siena y se me cumplió un sueño, estudiar con Andrés Segovia, mi maestro. Llegué a ser su asistente.

—¿Y ese mismo año fue su primer concierto?

—Así es.

Los dedos largos, delgados y morenos de Alirio Díaz fueron hechos para tejer las cuerdas de la guitarra. De allí que su instrumento sea lo más cercano a su cuerpo y a su espíritu. “Mi dama”. Con esos dedos el insigne músico ha tocado a Vicente Emilio Sojo, Antonio Lauro e Inocente Carreño, sólo para mencionar a los más relevantes músicos del país.
En la habitación de Beatriz, luego de adelantar algunas palabras —ya contenidas en esta entrevista— y de tocar para el público amigo de la fundación, Alirio Díaz, para ilustrar un ejemplo, tomó la guitarra y le dio por tocar como si se tratara de una bandola. También como el cuatro, “el artífice del cambur pintón”, como él mismo dijo de la afinación del noble instrumento nacional.

—Entonces, maestro, ¿qué relación existe entre la guitarra y el cuatro?

—La guitarra puede imitar el cuatro. Fíjate, te da más matices. La imitación de instrumentos es una tradición que viene desde el Renacimiento. Eso dio origen a otros instrumentos. Por ejemplo, yo hice El diablo suelto y ahora en todos mis conciertos lo piden. Hacer que la guitarra suene como el cuatro es tener una visión de país. Fíjate, lo que se hace en Europa está de capa caída, en lo folklórico. Lo que hicieron los rusos, los españoles... eso se ha venido abajo. No ha habido restauradores de estos hermosos sonidos.

—Y ahora que habla de Europa, ¿qué siente hoy desde Venezuela, ahora que está radicado aquí?

—Mi segunda patria es Italia. Cuando descubrí Nápoles pensé haber encontrado un filón, porque España dejó mucho en Nápoles. Un poco de melodía. La música napolitana es sencilla, entonces hice una recopilación de cuatro autores napolitanos y sentí los 300 años que España estuvo allí.

—¿Y Venezuela?

—Bien, positivo. Existe un amor por las selecciones populares. El arpa, la bandola, hay que aprovechar a los buenos cuatristas. Hay mucha calidad. Imagínate un concierto para bandola y orquesta sinfónica. Eso significa que existe más tradición aquí que en Europa. Nada de eso lo ves en Alemania, Inglaterra, Italia. Bueno, Vivaldi estilizó. Por allí quedó algo de Tchaikovski. Y en España, Manuel de Falla, entre otros. Mira, en América, la ópera, como en España, hizo mucho daño. En Italia, no hubo evolución. Bueno, son rasgos muy generales. Podemos decir que en Venezuela hay una gran raigambre en esto de trabajar con la música de la tierra.

(Esta conversación ocurrió en Maracay en febrero de 2002. Muchas fueron las cosas que se quedaron en el morral por razones de espacio. Hoy, para celebrar la existencia del maestro larense en sus 86 años, la retomo para disfrute de quienes se sienten cerca de nuestra música, pero sobre todo para muchos, jóvenes y no tan jóvenes, que tendrán la oportunidad de saber un poco más de este hombre nacido en Venezuela el 12 de noviembre de 1923, quien nos ha dado tantas alegrías).


Alirio Diaz - A. Lauro - Seis por Derecho






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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés.