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jueves, 28 de mayo de 2026

OSWALDO TREJO y «LA EXALTACIÓN»: Un cuento

 

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Imagen tomada de aquí.



«LA EXALTACIÓN», UN CUENTO DE OSWALDO TREJO (MÉRIDA, 1924 – CARACAS, 1996) ~





***


     Danzaba sobre sus movimientos, su yéndose llegando saludaba, indiferentes estaban a todo, ningún de dónde viene, ningún adonde irá cuando seguía. Le habría dicho, ¿volverás?, ¿regresarás?


     Una vez se acomodó en las conversaciones, insípidas, apagadas, ¿qué haces?, ¿vas a irte como siempre? Hacía con ello un lugar, un lugar para que se quedara.


     En vez de los movimientos, el elogio lo recibieron sus cabellos, la forma de llevarlos. La pregunta ¿puedo hacerlo? trajo el silencio, llegaron después en su mirada la respuesta favorable y las frecuentes permanencias.


QUE MAS


      Que más que eso, que sus movimientos, que alguien supiera que ellos, de su quien apareciendo y desapareciendo en estos lugares donde la exaltación dejó de ser, donde no es hecha si cosa alguna la merece, una boca, una voz, una risa, donde mucho sería que alguien dijera, ninguna cara es fea si en ella están unos ojos bellos, o algo del olor de una piel, de la expresividad de unas manos.


     Cosa última la exaltación, en un tiempo último llegando, llegaba en esos movimientos, estás pensando en ellos, creía escuchar donde de ningún lugar venían voces mientras recreaba sus aparecimientos, sus partidas, sus regresos.


     Viendo el caminado, lugares llevaban ya sus movimientos, el zaguán, el corredor, la sala con retratos de antepasados a la que entraban, se te van los ojos, los escuchaba afirmar cuando seguía aquellos movimientos del caminar, cuanto llevaban, el comedor, la cocina en el traspatio, el horno venido a menos, donde anidaban las gallinas, ¡si las asustan van a botar los huevos en el solar! 


     Miradas también había, imposibles en el trayecto hacia el cuarto de los tarros con yerbas, ungüentos, pomadas, son para verlos, no son para tocarlos, tal como si ocurriera y, aún más, se acercara al mesón con objetos de trabajo, balanzas, espátulas, morteros, pinzas, lupas, piezas de relojes descompuestos, y desde la cama repitiera, son para verlos, no son para tocarlos.


     Sonaban los despertadores, un milagro movía los pajes del reloj, desde años atrás parado en hora vespertina, siendo otra sorpresa que oyera la caja de música cuando afuera llamaban a oración mientras el cuarto a la voz sigilosa otra voz la suplantaba, cortada, gagosa, suplicante, se trasladaba desde las manos expresándose a cercanías, a silencios en los que ahora esperaban las frases, son para verlos, son también para tocarlos y jugar con ellos.


     Entraba en la fotografía fija en la pared, de una boda celebrada con almuerzo, pasaba de un último puesto a ocupar la cabecera de la mesa llevada del comedor al corredor, alargada con mesas pedidas en préstamos a vecinos, blancamente enmantelada y con sencillos adornos de una familia cuyo apellido se extinguía, siendo por ello relevante aquel suceso de la boda, de los novios en su sitio de honor, vestidos de blanco, de palideces enmotadas, y sendas filas de convidados que sentados en bancos enterizos, sin espaldar, miraban hacia la cámara en manos del fotógrafo.


     Viéndose viéndose y viendo todo cuanto estaba en el corredor, el nervioso mediodía, los convidados, las jaulas con pájaros sonoros, los tiestos con helechos en las vigas, el corno inglés en la pared, a la espalda de los novios de caras medio enfiestadas, una sonreída, sin llegar a la risa ni aun habiendo estirado los momentos, contra toda carcajada que dejara al descubierto un diente arriba, tres abajo y una muela solitaria. Manos entrelazadas en la fotografía, diciéndose cosas de aquel día: como ya pasadas las cosas de la tarde, los movimientos mismos, las frases, son para verlos, y también son para tocarlos y jugar con ellos. La exaltación recorría otros silencios, mayores que los de la casa, adentrándose en la noche.


QUE MAS


      Era eso, hasta ayer era eso, no más donde ya está, donde se encuentra ahora, en medio de bullas ajenas, las que para cada quien son las propias en estos lugares donde estuvo.


*


Cuento publicado en Hispamérica, Año 7, N. 20 (Agosto, 1978), páginas 97-98



*******


Oswaldo Trejo (Mérida, 1924 – Caracas, 1996). Narrador venezolano. Conocido por sus cuentos de inspiración surrealista. Sus cuentos más conocidos son Los cuatro pies, 1948; Escuchando al idiota, 1949; Cuentos de la primera esquina, 1952; Aspasia tiene nombre de corneta, 1953; Depósito de seres, 1966; Textos de un texto con Teresa, 1975. Publicó las novelas También los hombres son ciudades, 1962; Andén lejano, 1967. Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo, 1980), Mientras octubre afuera, 1996 y Metástasis del verbo, 1990. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Venezuela en 1988. 




https://digopalabratxt.com/2017/06/09/la-exaltacion-un-cuento-de-oswaldo-trejo-merida-1928-caracas-1996/



miércoles, 29 de abril de 2026

«Aspasia tenía nombre de corneta» de Oswaldo Trejo

 

Plaza Bolívar, Mérida, Circa 1930 / Foto Carmona





La crónica fue tomada de la “Antología de cuentos navideños venezolanos” de María Elena Maggi (1985)



*******


«Aspasia tenía nombre de corneta» de Oswaldo Trejo


Aspasia-Oswaldo Trejo 2




I


Este es un decir que corre de boca en boca en la montaña. Lo llaman la voz de Aspasia y nace en la Loma del Viento. Como un eco retumba hacia las cabeceras del Chama, y luego baja con el río hasta las cercanías del Lago de Maracaibo, en la Tierra Llana.


—Escuchá las aguas, indio. Cuando joven este río se desbordó, hi­zo bulla y arrastró puentes, casas y animales. Va es viejo. Se ha vuelto un poco necio y loco. Es como un espejo de los pájaros.


Aspasia fue la mujer de la pequeña aldea. Vivió bonito entre la serranía.


Tenía un hijo llamado Félix, que esperaba cada luna de di­ciembre.


El rancho de Aspasia y Félix estaba en las márgenes de la lagu­na, arriba, en la Loma del Viento. Eran aguas olvidadas, alimenta­das por un caño. Había también para Aspasia, además del agua, otras cosas: una cabra, gallinas y las crías de la puerca; y azules del cielo y de los pájaros, árboles, colinas y caminos que no eran de ella, pero que estaban en el mundo.


 


II


—Mamá, ¿cuántas lunas han venido? —pregunta Félix.


—Las suyas son varias, indio. Hace siete años que la luna le trajo la luz como primer regalo.


Félix había venido de lejanas tinieblas.


—¿Verdad que la luz fue su mejor juguete, indio?


En las entrañas de Aspasia sopló el viento de la laguna. Oyó que el hijo la llamaba. Llegaba por el firmamento en la luna de la luz. Fue su compañero en la montaña.


 


III


Los dos bajaban de la loma. En el pueblo tenían un puesto en el mercado. Vendían flores unas veces. Otras, cestas de frutas; cuan­do no, Aspasia y Félix arreaban la puerca con la manada de lechones.


—Cuatro pesos cuesta un cochino de Aspasia —decían los pobla­nos.


Son buenos marranitos porque engordan hasta comiendo flores. —Aspasia, la Corneta, ta, ta, ta —le gritaban los muchachos.


De los cabreros del mercado sabía muchos cuentos. De ella con­taban el de la serpiente. En el rancho convivían con las culebras. Félix se las presentaba a los muchachos campesinos y era como es­tar con ellos en un circo. Cuando llegaban compradores de galli­nas, el indio con un látigo las espantaba para que fueran a refres­carse en la laguna.


—Cuéntanos un cuento, Aspasia.


—Ahora no.


—Corne…. ta, ta, ta —Los muchachos le tiraban piedras.


—Corneti… ca, ca, ca —y le quitaban el sombrero de fieltro a Fé­lix con el cual y los calzones, parecía un hombre recortado.


Cuando pasaba vendiendo frutas se oía la gritería de los muchachos, unos para comprarle frutas que era como comprarle cuentos y otros para tirarle piedras. Era un pueblo sin cornetas, que sólo tuvo el pregón de Aspasia. Existía un automóvil, de los primeros que salieron. Inservible estaba en la plaza de la iglesia. De la carretera, derrumbada, quedó un camino angosto con peda­zos anchos.


—La corneta… ta, ta, ta. —Esta vez le habían soltado la marrana.


Calle Independencia, Mérida, Circa 1930 / Foto Carmona

 

IV


Por la loma se ven mejor los astros. La luna en nochebuena casi se pone encima de los cerros, y cuando explota, los muñecos, ra­nas, caballitos de celuloide y cajas de sorpresas se desparraman por el cielo.


En el catre se quedó dormido el indio. Siempre ocurría lo mis­mo: el sueño era más fuerte que la luna. Sin embargo, Aspasia le reseñaba el espectáculo: Por allí corrían fugaces los rebaños y los pastores iban ensartando estrellas. Por aquel lado aparecieron los elefantes. Allá en el sitio de la nube estaban las pelotas y tambo­res. “Como te quedaste dormido, aquí tienes, toma”. Le daba un soldadito de plomo.


Si Félix había despertado muy de mañana, volvía a dormirse y con los objetos que había visto en el Libro de Mantilla, en la Es­cuela Rural, completaba el inventario de juguetes que la luna lan­zaba sobre el cielo.


—Félix bobo —le decían sus amigos, los muchachos de la aldea—. No hagas caso del cuento de la luna.


Para comprobarlo, Aspasia trató durante el nuevo año de con­vencer a los muchachos.


 

 


V


Volvió la navidad. Cuando la luna estuvo grande, más grande que en años anteriores, todo era bueno porque los niños la espera­ban. Aspasia también estaba muy contenta. Entonces, compren­dieron claramente la verdad que traían las lunas de diciembre.


La voz de Aspasia susurraba por los ranchos, por los caminos, en catres de los campesinos. Así llegó el día de sacarlos. A cada uno le fue señalando mariposas, peces, ranas, pájaros y los inquietos ca­ballitos del diablo; y también las riquísimas frutas y los corpulen­tos árboles, así como los toros y los caballos grandes.


—Ja, ja, ja —se reía de alborozo—. ¿No ven que la luna sí re­vienta en el espacio con su cargamento anual de cosas? Como uste­des son niños campesinos, esta vez les trajo toda esa vegetación y los animales vivos que están sobre la tierra.


Los niños fueron felices con los juguetes de tales reinos. ¡Qué de mariposas y de peces!


 


VI


Los que ya eran grandes y los viejos se quitaron el sombrero. Ha­bía pasado un cajón que en romería bajaron de la Loma del Vien­to. Aspasia cruzó el pueblo con un lazo morado sobre el cuerpo y un ramo de capachos en el pecho. Era como un día de fiesta na­cional porque a las ventanas le nacieron pañuelos de todos los co­lores. Muy pocos supieron que Aspasia había pasado. Lo dijo des­pués el sacerdote en el sermón de una mañana.


—Se nos ha ido Aspasia.


En la montaña todos la lloraron porque en el viaje, para se­guirla, diciembre se desprendió del año.


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Oswaldo Trejo (Mérida, 1924 – Caracas, 1996). Narrador venezolano. Conocido por sus cuentos de inspiración surrealista. Sus cuentos más conocidos son Los cuatro pies, 1948; Escuchando al idiota, 1949; Cuentos de la primera esquina, 1952; Aspasia tiene nombre de corneta, 1953; Depósito de seres, 1966; Textos de un texto con Teresa, 1975. Publicó las novelas También los hombres son ciudades, 1962; Andén lejano, 1967. Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo, 1980), Mientras octubre afuera, 1996 y Metástasis del verbo, 1990. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Venezuela en 1988. 




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martes, 6 de enero de 2026

«Noche de Reyes» de Andrés Eloy Blanco

 




Estimados Amigos

Hoy compartimos con ustedes un cuento de Andrés Eloy Blanco (CumanáVenezuela6 de agosto de 1896 – Ciudad de México21 de mayo de 1955) quizás mejor conocido como el autor de "Las 12 uvas del Tiempo". 



Un poema que usualmente los venezolanos escuchaban el 31 de Diciembre. Era muy común que las radioemisoras lo colocaran poco antes de la medianoche y la versión más conocida era la que recitaba el actor Raul Amundaray



El cuento fue tomada de la “Antología de cuentos navideños venezolanos” de María Elena Maggi (1985)


Hoy agradecemos a todos ustedes por la atención prestada a nuestro espacio. Y les deseamos a todos ustedes una año nuevo acorde con sus deseos.

Gracias.

*******




—¿Es cierto que los niños de su tierra, en la noche de Reyes, ponen sus zapatos en la ventana?


—No, amiga Adriana, ya no. Esta costumbre pasó hace años. Ahora los niños ponen sus zapatos donde los ponen todas las noches; y allí les dejan lo que les dejen. En Caracas, quien trae co­sas, es el Niño Jesús. En Cumaná son los Reyes.


—Como en Madrid.


—Como en Madrid. Cuando yo era niño, todavía se ponían los za­patos en la ventana. Yo ponía mis zapatos en la ventana que da a la calle del Medio. Todavía está allí la ventana, en su misma casa; la casa en que nací. Está igual. Adriana, usted no sabe lo que es la luna de “allá abajo’’. Hay dos lunas, la de Cumaná y la otra. Di­cen que la de Cumaná da esa transparencia azul por fenómeno de refracción o de reflexión; no sé; dicen que el polvillo de sal que arrastra el viento o el reflejo de las salinas de Araya, produce esa tonalidad fantástica, buena para decoración de una escena feérica. Todo eso debe ser verdad. Yo sé que aquella luna es de bengala; es una luna como para poner los zapatos bajo ella la Noche de Re­yes. Antes de que los tres Magos lleguen, ella colma el zapato de una plata olorosa a cielo bueno. Y no crea usted que mis zapatos amanecían fríos y endurecidos por el relente. No señor. A la ma­ñana, yo saltaba del lecho y corría a la ventana. Allí estaban ellos, acurrucaditos, frescos, como dos patitos echados, rebosantes de golosinas, de juguetes, de adorables tonterías. Pero…


— ¿Pero?


—Pero, ¡qué lejos está eso, amiga mía! Eso era cuando los Reyes vendían el café a cuarenta y ocho pesos.

Entonces no había ventana que no tuviera por lo menos dos za­patos. Del Golfo avanzaban los Reyes. Coros de niños, muchachi­tos de sal cantarían al alimón.


Al alimón, al alimón, que se rompió la fuente, al alimón, al alimón, mándela a componer; al alimón, al alimón, yo no tengo dinero; al alimón, al alimón, yo le daré dinero…


Cuando pasaba el Rey indio, caigüireñitos desnudos trenzarían el sebucán o saludarían a Maremare:


 


Maremare, Maremare,


¿quién te trajo por aquí?


—Antonio Fariñas Gómez


de la plaza Guaiquerí.


 



Y cuando pasaba el Rey Negro, nochecitas desnudas de la Boca del Monte brincarían gritando:


 


Negrita cucurusera,


mete la pata y saca la cera…


 


—¡Ay Adriana! Esos que vienen ahora, son otros Reyes. Más viejos, claro y en crisis. ¡Con qué pena recuerdo la última noche en que puse mis zapatos en la ventana! Se lo voy a contar a usted. Eso nos acercará un poco a mi tierra y nos traerá a esta noche de otoño unas gotas de trópico, tónicas así como unas gotas de Angostura.


Las cosas que pasaban en esa época, las crisis, las guerras, los años buenos y malos, no se reflejan para mí, sino en la mayor o menor esplendidez de los Reyes, en la mayor o menor opulencia de los regalos en el día del cumpleaños, en la mayor o menor alegría de la Pascua del Niño. Por Pascua, se disfrazan en Cuma­ná, como en Carnaval. Cuando yo podía ir, bien repleto de golosi­nas y con un sable de banda tricolor, a gritarle a los marineros del Salado, que se disfrazaban de diablos:


—¡El Diablo! ¡La Cruz!, me sentía feliz. Y eso, sin yo saberlo, quería decir, Adriana, que el año había sido bueno.


 


Pues bien, ya había pasado un año en el cual los Magos apenas si me dejaron en los zapatos una triste pelota y una cajita de ciruelas pasas. Ese año fue de guerra, la guerra que llamaban Revo­lución Libertadora. Allí me mataron un tío alto, guapo y espléndi­do: mi tío Marcial Blanco, de la divisa blanca. También me mata­ron un burrito; peleaban el trece de noviembre, se asomó y lo ma­taron; él ¿qué iba a saber?


Al año siguiente esperé con verdadera desesperación la Noche de Reyes. Era un desquite goloso el que me prometía.


Pensaba con horror en las ciruelas pasas.


Llegó la noche memorable. Mis zapatitos estaban en la ventana desde el anochecer. Anduve hasta las diez con unas alpargatas viejas. A esa hora me acosté. Pero no podía dormir. ¡Qué iba a dormir! A cada instante me levantaba, corría a la ventana y allí es­taban los zapatitos, echaditos, pegaditos uno al otro, rellenos de luna.


A medianoche, cuando por décima vez fui a la ventana, vi acer­carse tres sombras por la calle. Venían paso a paso, envueltos en largos mantos, que la luna magnificaba. ¡Los Reyes! ¡Los Reyes! El corazón se me venía a la garganta, como si quisiera salirse para me­terse en los zapatos y darles las gracias a los Reyes. Pero me escon­dí para no molestarlos. Llegaron frente a mi ventana; cuchichea­ron; oí una risita amable. Se alejaron. Corrí a la ventana. Allí esta­ban los zapatitos vacíos, que daba lástima mirarlos. Empecé a llo­rar en silencio. ¡Nada! ¡No me traían nada! Eso era indecente. ¡Debería darles vergüenza! Bajo la noche azul, frente a la calle del Medio, mis zapatitos y yo estábamos con la boca abierta.


Pero, de pronto sentí un paso rápido. Hacia mí venía alguien. Saqué fuerza de la curiosidad y atisbé valientemente. Era un viejo tostado, como los indios del Golfo; una barba le caía, escasa y brillante; andaba penosamente; los ojos, algo oblicuos, pero gran­des y aceitosos, tenían mucha luna. ¡Era Gaspar! Me escondí para espiarle detrás de la cortina. Llegó a la ventana, de puntillas, cogió mis zapatitos y echó a correr.


Al día siguiente pasaron al Rey Gaspar por la calle del Medio, entre dos soldados y con las manos amarradas atrás. Se le encontra­ron seis pares de zapatos y seis hijos.


 

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